HEART IS A MESS
Capítulo VIII:
"Let me occupy your mind as do you mine"
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Cuatro días de caos para Arthur que, para bien o para mal, se extendieron incluso hasta el momento de la sesión, cosa en cierta manera inexplicable, pues su trabajo estaba única y exclusivamente ligado a la esfera legal, por lo que ir a inmiscuirse a la sesión de fotografías no era ni por asomo parte de sus obligaciones ni algo necesario para el correcto desempeño de sus funciones. Lo que sí era cierto, es que después de que Francis firmó el contrato bajo la presión de Hamish (y lo feliz que ponía al francés formar parte de una campaña tan importante como esa) Arthur llegó a su casa más hecho un lío que en otras ocasiones. Ann le charló sobre su clase de canto, Peter sobre el equipo de fútbol en el que estaba participando de manera cada vez más activa; a ninguno de los dos le puso efectivamente atención. Luego, en la soledad de la habitación matrimonial, Isabel le preguntó cómo se había tomado Francis la buena noticia de su casting y su aceptación y Arthur terminó de estallar.
Le respondió de manera más brusca de la que Isabel se esperó y con toda la razón del mundo, pensaba él. Isabel le había hecho una simple pregunta y Arthur, de nuevo, pareció retroceder hacia las tensiones de hace varios días e, incluso, aunque fue mucho mejor que no se hubiera dado cuenta, la de hace varios años.
—Arthur, sólo es una pregunta, no tienes que reaccionar así... —Se disculpó ella, medianamente, y muy contrariada por la reacción de su esposo.
—Para empezar —dice él, irritado y tenso como nunca—, tú no tenías ninguna autorización a incluir a Francis en el casting de algo que involucra directamente mi trabajo. No esperes que te ande felicitando.
Isabel se sorprende y se entristece en iguales dosis, casi haciendo un puchero. En otro tiempo a Arthur se le hubiera hecho adorable; ahora, sólo lo irritó más.
—¡Pero no lo hice con mala intención! —Se justifica ella, o intentando hacerlo, porque no sabe cómo realmente.
—Mi trabajo no depende de tus buenas o malas intenciones, Isabel —Responde, duro—. Pero ya, Francis firmó y no puedo hacer nada más.
Ella se extraña todavía más por eso último.
—¿Le pediste que no tomara el trabajo? —Arthur cierra los ojos con fuerza, maldiciéndose en silencio— ¿Por qué?
—No es asunto tuyo. —Dice, y da por finalizado el tema. Toma su chaqueta, Isabel le pregunta si saldrá, a dónde irá y él insiste en dar la misma respuesta a su contrariada mujer.
Al subir al auto, su instinto le reclama un destino claro aunque no se atreve a reconocerlo y cuando llega hasta allí, a los edificios donde vive Francis, se queda mirando como un tonto, con una presión extraña y una culpa que lo hace sentirse perseguido. Por qué, piensa, se le hace tan difícil llamarlo y decirle que está afuera de su departamento, agregar que le gustaría conversar con él, beber algo; dejar de sentirse tan solo. A Francis de seguro no le molestaría; al contrario, lo invitaría a pasar, tomarían té, o alguna cerveza o lo que sea, reirían un poco, él volvería a su auto, a su casa, a dormir con Isabel para luego ir a trabajar al otro día en la mañana y toda esa falsa rutina volvería a empezar una vez más, sin presiones ni malos entendidos innecesarios.
Pero Arthur sabe que decirse algo así es mentirse a sí mismo de forma tan descarada como negarse que se siente culpable por estar ahí.
Pero no sólo es culpa, es miedo. Allistor taladrándole los recuerdos, el golpe del puño limpio directo a su pómulo, la rotura de piel, el moretón, las lágrimas de rabia y frustración y lo pesado que se siente no habérselo contado jamás a nadie. Era un doloroso recuerdo que compartía con su hermano, y sólo con él, y podría ser perfectamente de la peor clase existente.
Es irracional lo que piensa, pero no puede evitar que se le cruce por la cabeza. Él bajaría del auto, Allistor lo estaría mirando, lo descubriría in fraganti y lo volvería a insultar, a llamarlo "maricón" y a amenazarlo con que no puede decirle a nadie lo que acabaría de suceder, y él terminaría odiándose por ser un cobarde, por comportarse como un miedoso después de tanto tiempo, donde a nadie le debe explicaciones, donde es independiente, donde podría agarrar todas sus porquerías y mandarse a cambiar con quien fuera. Alfonso, quizá.
O Francis.
Pero no. Porque tal como hace tantos años, prefirió ser un cobarde y guardar silencio. Construir una farsa tan endeble como un castillo de naipes. Por qué nadie se dio cuenta de lo que sucedía con él, ni siquiera Charles lo hizo, o su padre, o su madre; ¿acaso tan aburrido era como para que nadie notara que algo estaba mal? ¿Por qué lo tuvo hacer el menos indicado? ¿Por qué Allistor?
Quebrado, aprieta el manubrio hasta que sus brazos tiemblan, hasta que sus ojos lloran. Nota, también, que todas las luces del edificio se han apagado. Francis probablemente se dormirá en uno o dos minutos, y él continúa despierto con sus miedos, sus franquezas, la compostura que lo agota todos los días un poco más.
Pero, al mismo tiempo, no es más fácil o más difícil cada vez; es más y más de lo mismo.
Y duele. Duele tanto como cansa.
Echa a andar el motor, es momento de volver. Y apenas es el primer día en que sabe que tendrá a Francis más cerca que nunca y sin poder acercársele como quisiera. Sin embargo, el arrebato se quedó como tal, un momento de debilidad que se permitió a sí mismo y continuó con su rutina como lo ameritaba su trabajo, los intercambios de documentos, las firmas de contratos, de esporádicos roces entre colegas, los encuentros con Charles en la cafetería; hasta el día viernes, donde Francis se apareció con toda la calma del mundo y ese glamour innato que arrastraba con él. Arthur, mientras, era un manojo de nervios y ansiedad en su oficina, ya no encerrado, sino aislado.
Lo que no sabía es que Allistor estaba exactamente igual que él. No lo supo hasta momento después, cuando salió y vio a través de la ventana que su hermano estaba abstraído en su lugar de trabajo como si quisiera evitar a todo el mundo. Pero Arthur, momentos antes de salir, pensó en que no tendría nada de malo ir a echar un vistazo y asegurarse de que todo estuviera funcionando bien, que nada malo podría pasar si miraba el desempeño de los fotógrafos, los maquilladores o los decoradores. Pero al salir, miró hacia la oficina de Allistor y toda esa seguridad maltrecha se le vino abajo.
Tragó saliva. Qué podría tener de malo, es lo que pensaba responderle a Allistor en caso de que se le acercara a amenazarlo otra vez por hallarlo con las manos en la masa. Cerró la puerta por fuera, caminó hasta el primer piso y vio un alboroto de proporciones. Hamish maldiciendo por lo bajo a Charles porque éste todavía no llegaba y cuando se dignó a aparecerse, se excusó con que Anneliese no había podido ir a buscar a Cadin a la escuela y que había tenido que ir él por urgencia y Hamish se vio obligado a creerle. Charles le dijo a su hijo que se quedara quietito en un lugar mientras papá trabajaba y el niño se quedó entretenido con un juguete de acción en un rincón. Saludó a su tío Arthur cuando lo vio aparecerse, Arthur le revolvió el cabello y después miró hacia el frente sin esperarse encontrarse tan de golpe con la imagen que vio.
Si Arthur se hubiera visto a solas, no hubiera dudado un solo segundo en dejarse llevar por el instinto, por el deseo, por la lujuria que le significó tal cuadro, y por supuesto ganas no le faltaron aún estando todo el recinto lleno de personas presionando a Francis para posar de tal o cual forma. Lo vio con el cabello suelto, las ondas de oro rodeándole el rostro sincronizadas con sus delicadas facciones, la barba recortada, la nariz respingada, el perfil alto, el torso desnudo. Arthur notó que Francis era más delgado de lo que parecía, tal vez, incluso, un poco más que él, pero poseía músculos tensos y marcados, el estómago firme, el pecho amplio, los brazos fuertes y la espalda ancha; su piel era blanca con un ligero toque cálido, mediterráneo, que lo hizo estremecer; la topografía del flash revelando sus líneas. Sonreía encantador, sus ojos azules, almendrados y delicados, brillaban en emoción, en picardía, y lo hicieron más aún cuando él notó su presencia escabullida entre los paneles y los pilares de luces, atento a sus gestos, yendo más allá con su imaginación gracias a lo bello que le pareció.
Francis lo vio y sonrió más, plasmando en las fotografías una belleza singular y verdadera que para muchos resultaría ser algo tan encantador como interesante.
Y Arthur, absorto, siguió mirándole la sonrisa, deseándolo desde lejos, desde aquel lugar que se obliga todos los días a ocupar en una mala comedia en la que nunca le ha gustado participar. Francis le pareció perfecto, como un semidiós ajeno a la tierra, propio del cielo, o del infierno, y lo admira sin miramientos y lo seguirá haciendo para siempre y entonces decide regresar. Hace varios días que ya se hacía a la idea de que debía empezar a acostumbrarse a deambular por su casa y por la oficina también si quería ver a Francis sin despertar sospechas en Allistor. Pasó por fuera de la oficina de su padre, Frederick ni siquiera lo notó; estaba demasiado concentrado en el trabajo o eso parecía, o tal vez todavía intentando llegar al meollo del funcionamiento de las redes sociales que ninguno de sus nietos se dignaba a explicarle. Allistor tampoco notó sus pasos acelerados por el pasillo, lo cual era bueno siempre. Se encerró en su oficina de nuevo tapándose la boca, con un ardor extraño en todo el cuerpo que le explotaba en lo más sensible de su placer y sus emociones. Por primera vez en toda su vida, el deseo lo había atacado como un rayo hasta casi dejarlo indefenso.
Lo peor de todo, era esa sonrisa. Se moría por deshacerla con la suya propia, colando las manos bajo la ropa y palpar la piel y el deseo mismo manifiesto en su mente y corazón. Desahuciado de sí mismo llegó esa tarde a casa, Peter y Ann no estaban. Isabel, distraída en la cocina, fue víctima de un atraco por parte de Arthur que la hizo sorprenderse y reírse hasta deshacerse con él, quien ni siquiera se dignó a llevarla a la habitación porque, sentía, no había tiempo de nada.
Pero no todo podría salirle tan bien. Isabel de pronto reaccionó cuando Arthur estaba subiéndole el vestido, y lo detuvo en seco al mirarlo a los ojos. El verde frío, que siempre le pareció bellísimo, ahora se le hacía ajeno, abstraído, posicionado casi en otro lugar del universo, demasiado remoto de ella.
Sentada en uno de los muebles, con Arthur inmiscuido entre sus piernas, lo escrutó y le preguntó qué diablos le sucedía.
—¿Tengo que recordarte cómo me trataste hace unos días? —Le reprocha, agitada.
Él resopla, levantando un poco el cabello que le resbala por la frente sin prolijidad.
Parece calmarse, entonces. Respira profundamente y el oxígeno regresa a su cerebro, volviendo a pensar con la claridad de un ser racional y no con la de una bestia en celo. Aprieta la cintura de Isabel, como rogando auxilio, y sólo se digna a responderle:
—Perdona. —su voz, un cubo de hielo abstracto.
Ella, todavía agitada y dulcemente sonrojada, como una niña, lo toma del rostro y lo obliga a mirarla. Arthur parece rehusarse al principio, pero luego cede, porque no tiene sentido negarse y sin embargo, no encuentra lo que le hubiera gustado tanto encontrar. No vio comprensión, no vio empatía, sólo vio el reproche y el deseo disipándose poco a poco de la calidez de su mediterránea piel.
—¿Eso es todo lo que me vas a decir? ¿"Perdona"? —Se irrita ella. Toma los brazos de su esposo y lo aleja, bajando del mueble para volver a concentrarse en su cocina. Con Isabel dándole la espalda, Arthur se queda tieso en su lugar sin agregar nada más—. Fuiste hosco conmigo y esperas que yo tenga que estar siempre dispuesta para cuando tú quieras sacarte las ganas —Dice, intentando ocultar lo dolida que la había hecho sentir no sólo hace unos días, sino casi siempre desde un tiempo hasta esta parte—. Olvídate de eso hasta nuevo aviso. —Determina.
Arthur intenta replicar, mas no lo hace. No le sale. Se siente débil de pronto, pero el deseo no lo abandona jamás. Deja sola a Isabel porque cree que, por el momento, es lo mejor. Se encierra en el baño en suite y echa a correr la ducha. Agua fría. La piel le arde como mil demonios y la imagen de Francis haciéndole añicos la cordura se le hace cada vez más palpable y peligrosa. Se quita la ropa tan rápido como puede y se mira al espejo. Su sexo en ascenso es lo primero que nota en la imagen que tiene delante, incluso antes que el cansancio, más que las ojeras, el agotamiento, el miedo, el mal recuerdo; se mete a la ducha y el agua no parece ser suficiente para calmar su ardor. Cierra los ojos y Francis regresa a su mente casi sin la necesidad o la intención de evocarlo. Lo imagina cerca, tan desnudo como él, tan despierto y dispuesto como él, al mero alcance de sus dedos, y su mano se mueve sola hacia su miembro, rodeándose a sí mismo, agitándose a su alrededor para despertarse cada sensación. La que más disfruta es, sin dudas, lo bien que se siente ser sincero consigo mismo después de tanto tiempo sin serlo. Francis era un respiro a su alma, una brisa fresca calmando su abrasado corazón y no sólo su placer se lo decía, también lo sentía en su mente que, por ese instante mero, se abstraía de su farsa.
Francis en su mente tocándolo, acariciándose contra él como un gato, bajo las gotas de agua fría que parecen remover todo pecado. Y sin darse cuenta, cuando el orgasmo lo atraviesa como una flecha incendiaria y lo hace gritar ahogadamente, la fantasía se deshace, desaparece como el agua bajo sus pies, y la tristeza lo embarga porque la farsa regresa. Llora, derrotado, asqueado, con su mano hecha evidencia implacable de su error así como todo su cuerpo. Él mismo, siempre, ha sido un error desde que decidió ser un cobarde.
Entonces prefiere, una vez más, mentir y camuflarlo todo, camuflar su llanto con el agua fría de la ducha, camuflar sus ojos humedecidos con el cansancio del trabajo, camuflar su silencio con un sueño pesado cuando Isabel llega y le pregunta cómo está, pero sí nota el alcohol en el aliento de su esposa y sin embargo, por el contrario, no nota cuando ella se quita la bata y su piel morena resalta con un lindo babydoll rojo, buscándole el tacto y la voz agitada. Pero Arthur, deshecho en su mentira, prefiere darle la espalda y fingir estar dormido. Escucha que ella hace lo propio al tiempo que refunfuña algo ininteligible y la luz de la habitación, de los ojos de ella y la de su propio corazón, se apagan.
