HEART IS A MESS


Capítulo IX:

"You've lost (too much love)"

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Arthur se dirige a la oficina con paso apresurado. Después de ir, dejar a sus hijos al colegio y desearle por inercia un buen día a Isabel en el gimnasio, o en lo que sea que vaya a hacer, se encierra en la oficina junto con un té que, ese día, se le hace más amargo que nunca. Té negro. Es el que menos le ha venido gustando desde hace varios meses.

Charles no tarda en aparecerse. Trae una cara de desesperado que casi hace que Arthur salte de la silla como un gato asustado. Le pregunta qué diablos le pasó ahora, a lo que este le dice que necesita esconderse. El abogado entiende todavía menos, pero no tarda en comprenderlo todo cuando Anneliese entra a la oficina de su ex cuñado intentando parecer lo más dama posible (como siempre lo había sido en todo lugar y momento) a exigirle a Charles que deje de esconderse como un cobarde. Arthur, que siempre ha sido pésimo mediador de discusiones matrimoniales ajenas (y propias también, para qué estaba con cosas), le pide por favor a Charles que deje de esconderse tras la cortina como un crío, casi fingiendo ser invisible. Su hermano lo hace, y lo primero que recibe es una orden clara de su ex esposa.

—¡No vuelvas a seguirme! —gritó señalando a donde se "escondía" su ex marido ¡Lo que yo haga o no haga con Gilbert no es asunto tuyo! ¡Dejó de serlo cuando preferiste a esa rusa antes que a tu familia!

—Ucraniana... —Se atreve a corregir Charles y Anneliese aprieta los puños y los dientes como si quisiera golpearlo, pero se lo traga todo porque jamás dejará de ser toda una señora.

—Arthur —el susodicho se tensa en el acto—, convéncelo de que ya no tenemos nada que hacer juntos. Charles parece escucharte sólo a ti —se gira, dejando que sus tacones suenen al caminar hacia la salida—. Perdóname por este mal rato. —Y dicho ello, la puerta de su oficina se cierra por fuera.

El menor de los cuatro hermanos lo mira negando con la cabeza. Charles, de pronto, se siente insignificante.

Minutos más tarde están en la cafetería con Arthur exigiéndole una explicación. Charles se encoge de hombros sin saber qué decir.

—Nos encontramos en el centro comercial. —Dice con la boca casi cerrada. Su hermano alza la ceja, incrédulo.

—¿Se encontraron o la seguiste?

Charles titubea y se rinde sin remedio.

—¡Ya, bueno! ¡Sí, la seguí! ¿Pero qué querías que hiciera? No me recibe en la casa ni me contesta el teléfono. Tenía que seguirla para poder verla, que yo sepa no soy ningún mago.

—¿No te deja ver a los niños?

—Claro que me deja verlos, Anneliese es muy madura para todo, pese a que me odie.

—Y con justa razón, sinvergüenza.

—Hey, hey —Charles niega con las manos—, tienes que estar de mi lado, no del de ella, soy yo tu hermano.

Arthur suspira, cansado. Anneliese tiene razón al decir que Charles al único que escucha es a su hermano menor. En otro tiempo quizá hubiera sido un halago para el abogado, pero estos días había sido un revuelo tremendo, y es inevitable que la confianza y el cariño que Charles le profesa le pese en la espalda y, de una forma u otra, lo haga sentir incluso culpable.

Charles lo escucha, lo respeta, lo admira incluso. Qué poco lo conoce, piensa Arthur. ¿Seguiría siendo así si se enterara de esos encuentros con Francis a espaldas de todo el mundo?

Sacude la cabeza, decepcionado de sí mismo por atreverse a pensar en algo así.

—Escucha —Dice entonces, cruzando los pies bajo la mesa—, tienes que aprender a dejar ir las cosas. Tu matrimonio con Anneliese está roto, y ella, más que nadie, no perdonaría una infidelidad. La cagaste, Charles, entiéndelo de una buena vez.

Su hermano tuerce la boca, entristecido. Sabe que se equivocó con creces, que lo que hizo es imperdonable, pero ya era demasiado tarde para darse cuenta y querer enmendar las cosas.

Anneliese tenía todo el derecho de rehacer su vida con quien quisiera, y eso siempre le dolerá.

—Cómo lo haces para tirarme siempre el cable a tierra, Arthur.

Y eso, ni siquiera él mismo puede respondérselo. Cómo, si su vida es un desastre que todos los días se va a pique un poco más; el por qué Charles confía tanto en él, es algo que nunca comprenderá del todo.

Se pregunta por qué él no puede confiar en Charles de esa misma manera, en viceversa, y cómo es que su hermano encuentra la fortaleza y la madurez en alguien tan mentiroso y disconforme como él y aquello, aunque lo negó y lo intentó evitar de allí en más, rondó su cabeza durante toda esa tarde en la oficina mientras intentaba disiparla sin éxito, hasta que lo único que pudo hacer para terminar de irse al diablo era pensar en Francis. Lo peor, sin duda.

Siente que lo extraña. No tiene motivos para hacerlo, apenas y han interactuado. Lo último había sido una mirada en el trabajo mientras modelaba y él se colaba por curioso (y algo más, pero lo omite) a mirar la sesión de fotografía. Y Francis le había sonreído. Tal vez eso había sido suficiente para plantar más semillas de dudas y desesperaciones en su maltrecho corazón.

Francis no se ha vuelto a aparecer en la oficina aunque sigue siendo parte importante de la campaña. El ajetreo va y viene durante unas cuantas jornadas siguientes y Arthur parece desesperarse por no verlo. Quiere ir a visitarlo a su departamento, o a su trabajo en el gimnasio, o en la discoteca a la que acude con, al parecer, bastante regularidad, o algún maldito lugar que frecuente. Sabe que está arriesgando demasiado al actuar de manera tan impulsiva, pero ya no se soportaba, ni a sí mismo ni a nada. Ni la oficina, ni a la familia, ni a Allistor ni a nadie.

Quería ver a Francis, y la noche del sábado fue a la discoteca en la que lo conoció.

Estacionó afuera con una cómica discreción. La gente lo miraba extraño porque, una vez más, volvía a ser un bicho raro entre tanta gente joven y estrafalaria. Un abogado comercial de traje intachable y zapatos de vestir, con una corbata tentadora para cualquiera que quisiera hacerlo experimentar un rato, era absolutamente algo fuera de lugar. Entró y bajó las escaleras, encontrándose varias parejas, hombres, mujeres, y algunos que se le hacía un poco más difícil adivinar por las siluetas un poco andróginas, pero nada lo dejaría más perplejo, asustado y con el recuerdo latente, que encontrar a su sobrino bailando con otro joven que muy probablemente era de su misma edad.

Robert, su sobrino mayor, el hijo de Allistor en un lugar así, que parecía ser cliente casi tan frecuente como Francis lo era, y quien parecía demasiado entusiasmado con el otro muchacho, tanto, que eso más que baile era, para Arthur, una relación sexual en vertical. Necesitó respirar profundamente porque temió ya no sólo por él mismo, sino por Robert, su sobrino; y era perfectamente capaz de imaginarse lo que sucedería si Allistor se enteraba de algo así.

Tal vez las circunstancias serían mucho peores. Tal vez Robert debería ser sincero al menos con su madre, pero Emma tampoco parecía saber nada, nunca Arthur los vio teniendo un espacio de confianza, o una relación estrecha. Incluso ni siquiera James lo sabía y justo la persona menos indicada debía ser el primero en saberlo y de una manera tan impactante. ¿Por qué sus andanzas lo llevaban por rutas tan peligrosas cuando todo lo que pretendía hacer en su vida era evitar, precisamente, el peligro?

Intenta respondérselo cuando Robert da con él. Arthur quiere salir corriendo y así lo hace, y el muchacho va tras su tío temiéndose lo peor. Afuera están solos, lo detiene, le suplica no decirle nada a nadie, que si su padre se entera sería capaz de echarlo de casa o algo peor, y Arthurintenta no cerrar los ojos porque sabe que es cosa de tiempo para que los recuerdos le regresen en forma de insultos y golpes, y sus ojos lloren de impotencia otra vez. Robert, desesperado y a punto de llorar, abraza a su tío sin importarle nada más, quien le acaricia el cabello rojo como si estuviera a punto de tocar fuego, aún descolocado, sorprendido, sin tener ninguna palabra que decir, porque no sabe de dónde podría sacar algo pertinente. Su estabilidad es un desastre y bien sabe que de alguna manera, se odia por ser precisamente aquello que sabe perfectamente bien que es, pero que no aceptará jamás.

No obstante, simpatiza tanto con el muchachito que le llega a doler. Todo lo que puede decir al mirarlo a los ojos es algo mucho más simple de lo que creía que Robert necesitaba escuchar.

—No se lo diré a nadie, menos a Allistor.

Él lo agradece, y segundos después el muchachito repara en todo. ¿Qué diablos hace Arthur ahí? No lo pregunta de inmediato, sino que espera a que su tío baje un poco la guardia y se relaje después del momento de sinceridad que jamás pensó tener en el lugar menos indicado. Arthur capta la curiosidad en los ojos de su sobrino de inmediato, y antes de que Robert haga ademán de manifestarla se despide de él rápidamente insistiéndole en que puede estar tranquilo, que nadie se enterará de nada.

Igual no era tan mala idea irse. Francis no estaba ahí.

Pero contra todo pronóstico, el asunto de su sobrino pasó con más indiferencia de la que pensó. Sí le preocupaba, pero Robert era un muchacho inteligente, Allistor tampoco vivía pendiente de él particularmente así que sabría cómo sobrellevarlo, al menos de momento, mientras aún era dependiente de sus padres. De todas formas, si ocurría lo peor, Arthur no iba a tener corazón para dejar al pobre muchachito a su suerte y desentenderse del asunto fingiendo que no sabía nada. La pregunta era otra, una mucho más complicada: si no fue lo suficientemente valiente para enfrentarse a los odios infundados de su hermano por defenderse a sí mismo, ¿lo sería, sin embargo, por otra persona?

Arthur siempre manifestó frialdad en sus gestos, sus acciones, su forma de hablar. Hasta con Isabel tendía a serlo a veces, con Peter y Ann, con sus padres nunca fue particularmente demostrativo porque de manera casi inconsciente, él siempre se consideró a sí mismo un caballero inglés y por lo tanto, sus modos debían ser recatados y correctos. No niega que durante su adolescencia persiguió bastante al anarquismo, pero tal como Frederick lo dijo una vez, todo era cuestión de madurez, y Arthur finalmente había logrado interiorizar aquello hasta que sus pies volvieron a "la senda del bien". Curiosamente, eso aún era trabajo para él después de ser adulto, padre de familia y un profesional exitoso.

Era un hombre de tradiciones, de costumbres abnegadas, casi de dogmas. Negarse a sí mismo para defender a alguien más era algo que debía plantearse todavía, incluso tratándose de Robert, pero era totalmente justificado cuando era Allistor quien estaba involucrado.

Y con todo, el deseo de ver a Francis no se le fue de la cabeza ni aún cuando pensaba en todo eso, las situaciones hipotéticas que quisiera o no, lo hacían ponerse ansioso y beber más té negro en la oficina o en los horarios del almuerzo. Charles no tardó en hacerle el comentario, que probablemente estaba abusando del té y claro que no tardó en proponerle ir a un bar de esos que él tanto frecuentaba, a lo que Arthur volvió a negarse por enésima vez, pero agradeció la preocupación de su hermano. Charles, luego de tantos años, se atrevió a indagar un poco más.

—Estás extraño, Arthur.

—No es nada —Se justificó, fingiendo lo mejor que pudo—; está todo bien.

Mentiroso, decía su propia mente. Eres un vil mentiroso.

Charles prefirió no insistir.

El fin de semana Isabel le insistió en que fuera a la playa con los chicos, quienes habían terminado sus exámenes. Arthur dijo que tenía demasiado trabajo y agregó, mintiendo por supuesto, que Charles lo había convencido de ir por ahí a tomar algo. Isabel entrecerró los ojos y no tardó en advertirle que ella sabía perfectamente cómo era su cuñado, y que más le valía a Arthur no seguir sus pasos, a lo que él sonrió con cierta modestia y le regaló una coquetería que hace años no le salía con naturalidad.

—Jamás podría engañar a la mujer perfecta.

Isabel, sonrosada como una chiquilla, desistió entonces. Besó la boca de su esposo con calidez y Arthur se lo permitió sin chistar, la despidió en la puerta de la casa y hasta no asegurarse completamente en que el vehículo desaparecía tras la rotonda, se encerró en la habitación matrimonial con la adrenalina por las nubes y el corazón latiéndole desesperado, como si estuviera cometiendo una ilegalidad, y marcó el número de Francis.

Cada segundo se volvía más y más tortuoso. Cuando escuchó su voz al otro lado de la línea, la cara le explotó en rojo y la sangre le fluyó por el cuerpo como si el placer ya lo hubiera tocado sin ninguna clase de preámbulo, y Arthur necesitó cerrar su garganta al tragar saliva.

—Francis, soy Arthur.

—Ya lo sé —rio él, de forma tan inocente como burlista. El inglés apretó los ojos, avergonzado por la obviedad que acababa de suceder—, qué bueno escucharte.

—S-sí... —titubea—, necesito verte.

Francis guardó silencio, tal vez sorprendido. Arthur, apresurado, se corrige inmediatamente.

—Quiero decir... Necesito que nos veamos. Ahora.

—Estoy trabajando ahora mismo.

—¡Pues pide un receso, por Dios! ¡No voy a quitarte mucho tiempo!

—Típico de ti —le reprochó Francis, aunque sin ánimos de iniciar una discusión—, siempre dando órdenes —Arthur rodó los ojos—. Bien, veámonos. Te adjunto la dirección de un café. Nos vemos ahí a las una.

Colgó. Deseó no sorprenderse por eso, pero lo hizo de todas formas.

A las doce del día con cuarenta y cinco minutos estaba ya en el lugar. La puntualidad no era un problema para él ni para nadie de su familia. Francis, un poco más relajado, llegó a las una con cinco minutos y aunque deseó reprocharle su impuntualidad, lo cierto es que no se atrevió a hacerlo.

Lo vio sentarse frente a él y observó su rostro. Parecía venir realmente del trabajo, porque vestía con la camiseta y el pantalón holgado con el logo del gimnasio bordado, zapatillas deportivas y el cabello amarrado en un medio moño en la nuca. Arthur necesitó carraspear antes de saludarlo, nervioso como él solo.

—¿Quieres un café? —Ofreció como pudo. Francis volvió a sonreír de esa manera peligrosa.

—Claro.

Pidió un capuchino de vainilla para el francés y un té negro para él. Francis le hizo el mismo comentario que le había hecho Charles hace unos días y esta vez Arthur no necesitó disimular nada.

—No vine hasta aquí para hablar sobre mi adicción al té. —Respondió con voz dura.

Francis sonrió de medio lado, medio decepcionado porque realmente quería conversar con Arthur en términos comunes. Suspiró medio cansado y replicó:

—¿Entonces? Porque por más que pienso no se me ocurre.

—Quiero hacerte una pregunta.

Francis asintió, mirándolo fijamente. Su intención no era intimidarlo, pero Arthur inevitablemente necesitó carraspear una vez más.

—Tú, así como me ves... ¿T-te parece que yo...? —No fue capaz de terminar la pregunta. Francis lo esperó simplemente y segundos después continuó— ¿T-te parece que yo luzco como un homosexual?

El francés se echó hacia atrás, medio impresionado y un poco enternecido por el rubor que inundó la cara de Arthur. Se notaba demasiado que le era difícil hacer una pregunta como esa y más a él, y aunque evitó por todos los medios mostrarse burlista, inevitablemente se le escapó una sonrisa y deseó en ese mismo instante irse de ahí, aunque por algún motivo no lo hizo.

—Es un poco complicado lo que me estás preguntando. —se limitó a responder.

—Tú sólo contéstame lo que te pregunté. —cortó Arthur.

Francis dio un sorbo a su café.

—¿No quieres ir a conversar de esto a otro lugar?

—No —negóinmediatamente—. Respóndeme.

—Es que... Arthur —Francis se acomoda en la silla—, es un poco difícil de responderte eso aquí.

El inglés frunce el ceño. Parece ceder un poco.

—¿A dónde quieres ir?

Francis fue y volvió. El gimnasio en el que trabajaba estaba muy cerca así que no le tomó más de dos minutos informar que no estaba sintiéndose muy bien y que si no era mayor problema, iría a su casa por el resto de esa tarde y recuperaría las horas perdidas otro día. Su jefa no le negó su solicitud y le insistió en que no se preocupara por eso, que se fuera y no volviera hasta que se sintiera mejor. Ella era una mujer demasiado empática y no estaba del todo mal aprovecharse de eso aunque fuera una vez. Tampoco es que estuviera mintiendo, igual la pregunta de Arthur lo descolocó al punto de marearlo, pero en fin.

Subió al auto con él, y después de un pequeño viaje llegaron al departamento de Francis. Lo hizo pasar, Arthur entró con cierto recelo y luego fue a sentarse al sofá. Allí esperó a que Francis cerrara la puerta y se fuera a sentar con él.

—Podemos conversar hasta que llegue Santiago. —Dijo el dueño de casa.

—¿Quién es Santiago? —Inquirió Arthur.

—Mi pareja, vive conmigo.

Arthur parpadeó un par de veces, en alguna medida decepcionado, aunque prefirió disimularlo con simple cortesía pese a que no le haya salido del todo bien.

—Sabía que era mala idea venir. Me voy. —se puso de pie, pero no alcanzó a dar un paso: Francis lo detuvo al tomarlo del brazo y sonreírle de esa forma que lo hacía perder los estribos.

—Era broma, tonto —rio dulcemente. Arthur se irritaba más segundo a segundo—, no tengo pareja. Estaremos solos.

El inglés vuelve a sentarse donde estaba. De pronto la inquietud, la pregunta que le había hecho a Francis, desaparece de su cabeza por completo al verlo sentarse a su lado de nuevo, al darse cuenta de cómo lo mira, de cómo se miran, la atmósfera cálida que los rodea en un espacio tan reducido comparado con la sala de su casa, con la vista hermosa de la ciudad desde la altura del departamento de Francis, y su intensa mirada azul.

—Además —su voz se vuelve más ronca, Arthur lo nota y tiembla entero—, si tuviera novio, se pondría muy celoso de ti.

Y no alcanza a responder nada, embobado con la sonrisa de Francis y su mirada que lo cautivan por completo, y sucumbe porque no puede defenderse, y prefiere mirar hacia otras partes, las esquinas, los muebles, las plantas, todo menos Francis, quien lo nota, y con un movimiento rápido de su mano lo hace mirarlo y no sólo eso, lo sostiene de la quijada y un segundo después lo besa en los labios sin dejarlo escapar.

Arthur, aturdido al principio, se queda congelado. Ve los ojos cerrados de Francis, siente la lengua queriendo entrar a su boca, dulcemente entreabierta por la sorpresa. Y cómo resistirse, se pregunta en ese momento y luego, cuando quiere buscar una excusa. Sus manos estáticas no ejercen contacto, pero sus labios corresponden el beso con lentitud y paciencia, como si él también quisiera demostrar experiencia y tranquilidad. Cierra los ojos igual que el francés, se acompasa con él, y se besan durante minutos enteros, abstraídos.

Pero es Arthur, sin embargo, el que lo sostiene como si no quisiera dejarlo ir.