HEART IS A MESS


Capítulo X:

"To fear, doubt and distrust (it's not enough)"

xxx


Fueron apenas unos cuantos minutos y Arthur sintió que el tiempo se le iba como un rayo. Qué bien se sentía ser sincero, dejar de mentir por un momento. Francis se entusiasmó como él y lo atrajo contra sí, Arthur intentó luchar contra su propio instinto cuando el francés separó las piernas para recibirlo, y de pronto sus ojos vuelven a abrirse como un espasmo violento. Ve el rostro de Francis de cerca, blanco y suave, sus pestañas rubias censurando sus ojos y se aleja de él, porque no puede, no debe abandonar la mentira y continuar con la sinceridad.

Francis lo ve de pie, nervioso, y aunque le apena su situación no puede evitar sentirse enternecido por la negación del abogado. A lo único que pudo atinar fue a pedirle unas torpes disculpas, a recibir unas todavía más torpes de parte de Arthur, quien al final de todo, tras el breve idilio de libertad, deseó irse inmediatamente.

Cuando tocó el pomo de la puerta, Francis detuvo su palabrería insustancial y sólo pudo decir una sola cosa.

—Me gustas Arthur, eso es lo que me pasa.

Él lo mira sin creerle nada. Aunque su rostro manifiesta desconcierto, no luce enojado. Sin embargo, no es nada de eso lo que realmente siente.

Es miedo.

—Me equivoqué —Continúa Francis—. Yo...

—Da igual. —Responde Arthur finalmente, y abriendo la puerta bruscamente se va, pretendiendo no volver a ese lugar nunca más.

Volvió a la oficina, trabajó como un obsesionado durante toda esa tarde y fue el último en volver a casa. Ya oscurecía, Charles fue a preguntarle qué tanto era lo que hacía como para no irse, a lo que insistió en que quería dejar listos varios contratos para que la próxima semana se le hiciera más relajada. Charles le creyó porque para él Arthur jamás mentía y se fue a su departamento, el último en el que ha vivido después de su separación con Anneliese. Por un segundo deseó irse con él a tomar algo, olvidarlo todo, olvidar la sensación, olvidar el recuerdo, olvidar hasta el primer día en el que comenzó a mentir. Pero qué sentido tendría si Charles jamás lo iba a entender.

Su hermano se fue, él se quedó allí. Todas las luces se apagaron y fue el último en salir, incluso después del personal de aseo. Llegó a su casa, no quiso comer, no quiso hablar ni siquiera con Isabel y al sentir que llegaba a su lado para dormir en la misma cama fingió estar dormido profundamente. Su mujer murmuró algo, tal vez se estaba lamentando porque igual esperaba encontrarlo despierto, y se recostó junto a él al apagar la luz.

Al otro día comenzaba el fin de semana. Arthur intentó evadir por todos los medios a su esposa e incluso le preguntó a Peter si debía ir a algún lado para ver si podía acompañarlo. Se sintió como un estúpido, uno de los auténticos. Su hijo le pidió si podía ir a dejarlo a la casa de uno de sus amigos, que igual eran varios kilómetros en auto, y le dejó dinero para que pudiera volver en autobús. Cuando llegó a casa, Isabel lo esperaba con el almuerzo servido y con Ann estudiando en la mesa de centro de la sala.

Miró a su hija, la princesa a la que adoraba con todo su corazón, y no logró sacarse de la cabeza a su sobrino. Pensó en Robert casi con lástima porque de verdad temía por él, si realmente Allistor sería capaz de levantarle la mano a su hijo tal como lo había hecho una vez con su hermano menor. Quiso llamarlo, preguntarle cómo estaba, cómo iba la universidad y el trabajo de medio tiempo que había conseguido, pero nada de eso hizo porque no encontró el valor suficiente. Tal vez Robert sí necesitaba confiar en alguien, James era una buena opción, pero sin dudas la peor de todas era guardar silencio respecto a quién era realmente.

Comió con su hija y su esposa intentando parecer tranquilo, igual de serio que siempre, dijo que tenía trabajo que hacer y se volvió a encerrar en su oficina en casa para atender casos particulares de defensa legal fuera de la empresa de su padre. De pronto, al mirar la esquina inferior de la pantalla de su computador, saltó una notificación del calendario.

Un nuevo aniversario de la muerte de su abuela, Alice, se cumplía el día domingo.

Probablemente ni siquiera su propio padre se acordaba de eso, quizás el único que lo recordaba era su abuelo Edmond, prácticamente imposibilitado de ir a la tumba de su esposa. Arthur iba todos los años, como si con ella pudiera sacarse de encima el peso de su mentira por un rato, para luego volver a su rutina fastidiosa, y que ahora, desde que Francis había aparecido en su vida, le resultaba alarmante también.

No le dijo a nadie que iría, ni en esa tarde de sábado ni en la mañana del día domingo donde tomó una ducha rápida, un desayuno insulso y agarró el auto hacia el cementerio. Alice Kirkland, rezaba la elegante lápida de la que alguna vez fue una distinguida señora de semblante tan bello como serio e imperturbable, de apariencia apática, pero diestra como un guerrero al momento de defender a su familia. Alice había comenzado a enfermarse cuando sus nietos empezaban a hacerse adultos, al menos los dos mayores. Fue allí donde manifestó los primeros síntomas del olvido.

Arthur la recuerda de mirada transparente cargada de inseguridad, como una niña pequeña perdida en medio de un bosque de concreto, buscando desesperadamente la mano de su madre. Lo que alguna vez fue una mujer fuerte y decidida, se había convertido en una prisionera dentro de un saco de piel conformado por olvidos y mares de recuerdos borrosos, una celda que apagó la luz de su ser para siempre, arrasando con recuerdos, alma y esencia para nunca más regresar. Y sin embargo es a Arthur a quien la vida embosca ahora, no a ella, quien ya nada siente, ni extraña, ni piensa, porque la memoria de Alice Kirkland ya no tiene tiempo ni lugar.

Arthur una vez lloró frente a ella, después de que Allistor lo atacara cuando era un adolescente. Jamás le dio detalles a su abuela, nunca le dijo que sentía miedo de ser quien era, de enfrentar a la vida como se debía y no detrás de un telón de teatro maltraído que lo hacía trizas. Alice acarició la mejilla del menor de sus nietos y no necesitó escuchar nada, porque sabía que Arthur era un chico reservado, serio, recatado con su intimidad aunque el corazón se le desgarrara de dolor, porque se sentía más traicionado que nunca por el hermano que más admiraba. Alice calmó su llanto, su ira, su desdén, y le dijo aquello que nunca más pudo borrar de sus recuerdos.

—Olvídalo, cariño— le dijo. Arthur no la miraba, sumergido su rostro en el hombro de su abuela. Ella, siempre valiente para enfrentar cualquier mirada, lo obligó a fijar sus ojos verdes en el rostro que ya no era tan terso como antes—. El olvido, Arthur —limpió su lágrima—, es una forma de venganza y perdón.

Él no lo entendió del todo, no hasta ahora, que intenta olvidarse del golpe y del insulto de su propio hermano casi a la fuerza. El olvido es libertad, continuó su abuela diciéndole, y cuán contradictorio era que Alice lo afirmara sin saber lo que su propia mente le depararía unos años después.

Alice se fue tan de a poco que ni siquiera alcanzó a decir adiós.

Arthur recuerda los primeros años del Alzheimer, en que su abuela ya no recordaba con exactitud su nombre. Muchas veces lo llamó Allistor, Charles o Hamish, incluso Frederick o Edmond, y cuando lo confundía con su marido Arthur decía que él era su nieto, el menor, y Alice se asombraba por lo parecido que era a su abuelo cuando era joven.

Fue cada vez más frecuente escuchar a Alice narrar su pasado, como si contarlo fuera la mejor forma de retenerlo contra su pecho para que al menos aquellos recuerdos más remotos no la abandonaran. Le contaba a Arthur (con quien más hablaba en sus momentos de descarga memorial) cómo vivió con su madre en Liverpool, cómo era su padre, qué muñecas le regalaba para las fiestas, la vez que conoció a Edmond, cómo había sido su primer beso, cuando se casó con él, cuando nació Frederick. Ya en los últimos momentos, antes de que comenzara a perder incluso el habla, ni siquiera recordaba el nombre de su hijo.

Necesita sonreír con tristeza al evocar ese tan agridulce recuerdo. Alice sí depositó mucho de ella en su nieto menor, pero lo que Arthur jamás olvidará, es cómo su abuela lo miraba. Muchas veces oyó que describían a su abuela como una mujer fría, pero para él, Alice, cuando le miraba, era el ángel más cálido y comprensivo del mundo. Siempre sintió que podría contarle cualquier cosa, que podría confesarle cualquier pecado o cualquier crimen y ella lo comprendería siempre, lo abrazaría y le diría que olvide, que siempre es mejor olvidar, que el olvido lo hacía libre.

Cuánto se arrepiente, de nuevo, de no haber sido al menos valiente con ella, con quien más lo merecía, y quien tal vez murió esperando esa confesión de parte de su nieto más especial, y él, un maldito cobarde y mentiroso, prefirió decirle no al olvido, pero si al silencio.

Y duele. Duele tanto que insensibiliza.

Caminó por los adoquines hasta llegar a la tumba de su abuela, se arrodilla junto a ella para dejar el modesto pero hermoso ramo de rosas blancas al frente de la lápida. Como siempre intenta ser sincero, ahora que está solo. Tal vez más tarde venga Frederick a visitarla, a dejarle flores, de esas que eran sus favoritas, para que así como Arthur se insistan más a sí mismos que a ella que jamás la olvidarán.

Pero por el momento es él quien está allí, solo, liberado, en el lugar menos indicado para sentirse bien por un segundo. Sabe que Alice ya no lo puede escuchar, pero de alguna forma siente que hablarle a ella es como hablarse a sí mismo, a su reflejo, con la ventaja de que éste no se puede burlar de él.

Y nada lo calma más que mirar la lápida, como si su abuela realmente estuviera allí sentada, esperándolo, anclada a la tierra de su eterno descanso. El silencio, imperturbable y sempiterno, no cambia ni con los pasos de alguien más detrás. Teme que sea Allistor, o su padre; es Charles, quien le palma el hombro despacio para dejar, junto a las flores que trajo, un pequeño ramo de rosas blancas.

—Sabía que te iba a encontrar aquí. —le dijo, sentándose a su lado.

—No me pierdo esta fecha importante. —responde Arthur. Charles se ríe un poco.

—Tú y tus fechas importantes —Dice, haciendo alusión al aniversario de matrimonio, al de la empresa—. Esta fecha es triste Arthur, pero me causa curiosidad que sea más importante para ti que para cualquiera de nosotros.

El abogado guarda silencio. Su hermano no lo mira, como si evitara ponerlo nervioso. Luego de unos segundos, responde:

—La abuela era muy especial para mí, más de lo que cualquiera podría imaginarse.

—Lo sé —Charles mira la lápida, cansado—. El abuelo quiere venir a verla también, pero papá no quiere arriesgarse a que le dé otra crisis. Extraña mucho a la abuela.

—¿Te lo dijo?

—Sí —Arthur tuerce la boca—. Me llamó ayer.

Hay silencio de nuevo.

—¿Allistor y Hamish vendrán a verla?

—No lo sé —Responde Arthur con la voz dura, dando el tema de Allistor por zanjado—. De todas formas, pensaba irme pronto.

Charles lo mira por fin, aunque el rubio no hace lo propio con él. Preocupado, no deja que el abogado se ponga de pie aún, sosteniéndolo de la muñeca.

—Arthur —lo llama—. Te noto extraño, hace ya varios días. ¿Qué te ocurre?

—Nada —responde; aún no lo mira—. Mucho trabajo, es todo.

—¿Estás seguro de que es sólo eso? —Charles insiste, y siente que está a punto de explotar—. Viejo, el trabajo nunca ha sido un problema para ti, eres el mejor abogado de todo el maldito Reino Unido —Arthur sonríe con modestia—. Hay algo que te sucede y es algo grave. Te conozco.

—No es nada importante. —miente, y como si todo le jugara en contra, siente que le tiembla la voz.

—Entonces ¿por qué no me cuentas qué es? A lo mejor puedo ayudarte...

—No—lo interrumpe—. Nadie me puede ayudar con esto. Tengo que resolverlo yo.

Charles lo suelta y Arthur se despide de él, quiere rehuirle a las preguntas, porque su hermano todos los días se vuelve un poco más observador, y él, un poco más valiente con Francis, un poco más cobarde con Isabel y con lo que conforma todo su mundo.

—Oye —lo escucha insistir, voltea hacia él y espera su voz—, si necesitas algo sabes que cuentas conmigo. Es que... no me gusta verte tan vacío Arthur... tan apagado...

—Estoy bien, en serio —respondió, intentando despreocuparlo; siente que le resultó precisamente todo lo contrario—. Estaré bien.

Y miente, miente una y mil veces, porque no estará bien mientras no busque un poco de alivio en alguna parte para continuar. Esa dosis de droga suficiente para encontrar la paz. Tiembla entero, y Charles, sorprendentemente, no lo nota.

—Eso espero...

Regresa al auto, arranca el motor, se mira en el espejo retrovisor y nota sus ojos más rojos que verdes. Sostiene el manubrio, lo aprieta con los dedos, todo el cuerpo le tiembla y absolutamente tenso suelta un grito de dolor que simplemente no puede guardarse. Está aterrado de todo cuanto ha sucedido en los últimos días. Siente que pierde todas las batallas que ha librado desde que conoce a Francis, ya no siente estabilidad en el trabajo, ni con su padre, ni con sus hermanos, ni con su esposa, ni siquieracon sus hijos.

Es momento de regresar a casa.

.

Ya es de noche, apenas consiguió volver a su expresión común antes de abrir la puerta principal. Isabel le preguntó dónde había estado, que Peter quería ir con él a ver un videojuego al centro comercial, Arthur se disculpó como pudo, hastiado de todo, se encerró en la habitación y luego en el baño para echar a correr el agua caliente y perderse, y así lo hizo durante toda esa semana hasta el viernes, cuando terminó agotado, perdido, rendido, sin querer regresar con Isabel ni sus hijos.

Había un solo lugar al que quería volver, y no era su casa, ni la casa de sus padres. Era al departamento de Francis, a sus manos y a su boca.

Ya estaba oscuro. Hamish, Charles y Allistor se habían ido. Al último lo vio fumarse un cigarrillo antes de subirse a su auto e irse y Arthur no puede evitar morderse el labio adelantándose a todos los hechos posibles. Su sobrino es otra de sus preocupaciones ahora. Allistor no le da lástima, por él puede irse al diablo, pero Robert es inocente y no sabe absolutamente nada de su padre, no como él al menos.

Como siempre es el último en irse. Al subir al auto el corazón le late con fuerza. Recuerda el beso, ese beso con Francis en el sofá, y la emoción que no sentía por un beso desde que Alfonso lo había besado cuando tenía apenas quince años le inundó, o incluso más. Con Francis sentía adrenalina pura, como si más que deseo hubiera un enfrentamiento implícito en cada gesto compartido, en cada mirada cómplice, y sin darse cuenta no está afuera de su casa aparcando su auto, está en la plaza donde hay varios edificios, donde vive Francis, donde, sabe, lo está esperando.

Es momento de mandar al diablo todo. A sus hermanos, a sus padres, a su negación permanente.

De mandar al diablo el golpe y el insulto de Allistor recibido hace tantos años.

Sube la escalera casi corriendo, da con el departamento que ya bien sabe cuál es. Toca el timbre, Francis le abre, lo recibe, le sonríe de esa maldita forma tan grata y como si el tiempo fuera eterno para ellos cierra la puerta, quedándose Arthur de pie en la sala.

Ninguno de los dos dice nada, porque las palabras sobran, y sobrarán de allí en más. Sin embargo, la tentación para Francis es evidente. Acercándose a Arthur por la espalda, al tomarlo de los hombros y notar la tensión presente en cada músculo, es su respiración queda lo que hace que el inglés cierre los ojos casi por inercia. Todo se le agolpa. El cansancio, el agotamiento, el amor, el odio, el rechazo por sí mismo, la sensación de saber que hace algo incorrecto. Y sin embargo allí está, sucumbiendo ahora de manera más peligrosa, porque no es ninguna sorpresa que Francis esté tocándolo así, sabiendo perfectamente bien qué es lo que está buscando.

—Arthur —Lo llama con voz dulce, demasiado condescendiente, intentando sonar lo más comprensivo posible sabiendo que es eso lo que necesita, aunque lo oculte bajo el estoico gesto de sus manos empuñadas—. Mírame.

Él, entonces, se relaja un momento, porque ya no tiene nada que ocultar, porque está bien que después de tanto tiempo haya aparecido alguien a calmar todos y cada uno de sus demonios.

—Mírame... —insiste, y por fin lo mira a los ojos, se miran de manera más intensa de la que quisieran admitir, y Arthur deja entrever la desesperación que tantos años ha cargado. Francis, pese a lo que logra verla claramente se siente tan contrariado como preocupado. No es sano lo que a Arthur le pasa, la soledad en la que está sumergido, el grito de auxilio que brama. Lo lee todo de una manera demasiado sencilla. Eso es algo que Arthur agradece, porque ya no quiere seguir excusándose ni dando explicaciones.

Que lo escruten con la facilidad de quien protege sinceramente y sin condiciones le es desconocido, pero no se negará a la oportunidad.

—Todo está bien. —le dice, porque es cierto, porque no hay nada de malo en sincerarse y alejar a los fantasmas por un rato, en huir por un momento de la guerra a muerte que tiene en la cabeza todos los días al despertar junto a Isabel, al mirar la cara de su hermano mayor en la oficina, al ocultar su implacable verdad.

Francis le sostiene el rostro a cada lado con ambas manos, pero no insiste en que Arthur vuelva a mirarlo cuando vuelve a inclinar la cabeza. Sujetándose de las muñecas de Francis encuentra la fuerza necesaria para no acabar por derrumbarse. El suspiro que exhala es, por fin, el llanto que por tantos años ha reprimido en soledad.

Gimotea como un niño, tuerce la boca en una sonrisa invertida, frunce el ceño, y las lágrimas resbalan por su nariz hasta perderse en el piso. Tan pesada es su carga que no se da cuenta de cuando sus ojos humedecen directamente la camisa de Francis, allí en su hombro. Se agita, se deshace, y el abrazo del francés lo derrota por fin.

—No está bien —dice entre sollozos—. No está bien, Francis...

—Claro que sí —insiste con un beso dulce en su cabeza, contra el cabello rubio, corto y grueso del inglés—. Está bien desear ser libre, Arthur.

—Yo no tengo ese derecho —determina, tan cruelmente consigo mismo y con las esperanzas de Francis—. No lo merezco, no ahora. Hay demasiada gente que podría resultar dañada y yo...

—¿Quién?—Pregunta Francis— ¿Tus padres? ¿Tus hermanos? ¿Tus hijos?

—Isabel... —dice, porque aún la quiere lo suficiente como para no herirla, y que ese sea un problema más en su cabeza sumado al de Allistor y su amenaza constante, lo vuelve todo más difícil. Tan difícil que no sabe exactamente dónde huir más que a los brazos de Francis.

Buscándole la mirada esquiva de nuevo, más roja que verde por el llanto, el francés lo enfrenta con la fortaleza que, espera, algún día Arthur tenga.

—Estoy seguro de que tarde o temprano todos lo entenderán. —le sonríe infinitamente comprensivo.

—No todos. —Dice Arthur, tan tajante que llega a ser curioso para Francis.

—¿Quién no lo hará? —inquiere.

—Allistor.

Francis parpadea un par de veces sin entender.

—¿Tu hermano? —Arthur asiente sin mirarlo— ¿Por qué no?

—No me gusta hablar de eso.

El francés traga saliva.

—E-entiendo...

—Algún día voy a contártelo —se seca las lágrimas con el dorso de la mano. Se siente peor que un crío y eso lo avergüenza muchísimo—. Pero no ahora. No puedo.

Francis asiente quedamente.

La distancia vuelve a hacer presencia entre los dos, pero al mirarse Francis nota que Arthur no desea decir adiós ni irse. Y el inglés, pese al llanto, pese a la vergüenza y al conflicto interno en el que vive, sabe que Francis tampoco desea que él se vaya.

—Puedes quedarte aquí esta noche —Le propuso el dueño de casa. Su voz tiembla, el rostro de Arthur enrojece por la idea—. Yo... —carraspea un segundo—, yo puedo dormir en el sofá.

Arthur quiere mostrar cortesía, desea hacerlo realmente, pero está tan cansado de fingir cualquier cosa que lo acepta todo a la primera. Entra al cuarto de Francis y lo nota pequeño, aunque la cama es para dos, cosa que lo hace sonrojarse al instante y agradece a todos los dioses conocidos que no lo haya notado. Cuando está a punto de verse solo en la habitación, gira hacia el francés para decirle lo último antes de terminar la noche.

—Gracias.

Y él le sonríe, como si no costara nada, como si todo en Arthur fuera paz y no guerra, como si se le hiciera tan fácil recibir una sonrisa sincera sin esperar nada más.

Francis besa su mejilla con lentitud y paciencia. Arthur recibe el gesto sin rechistar. Luego, lo ve cerrar la puerta por fuera.

Jura que, por un instante, las voces del pasado han dejado de hacer eco en sus emociones.