HIJA DE LA LUNA.

Dime, Luna de Plata, que pretendes hacer con un hijo de piel.

Tengo planes y una promesa que cumplir decía ella mientras miraba la tierra desde su trono hecho con fragmentos de estrellas y supernovas que están por apagarse ya.

¡No seas estúpida!. No hagas que un humano cargue con esa responsabilidad, mejor dicho, tu responsabilidad, cualquiera de aquí, se hubiese prestado a procrear con usted, Luna, mi amada Selene.

¡Basta! No quiero que mi hija se crie aquí, en algo tan etéreo como esto, quiero que viva y aprenda a amar a los humanos con sus virtudes y defectos. Que sienta lo que yo sentí. Que cuando ocupe mi lugar ella entienda que es amar, y que al volver, aunque sus ojos hayan visto la verdadera naturaleza humana no se opaquen sino más que brillen con mayor intensidad.

¿Qué te hace pensar que será así? ¿Y que no fallará?

Porque creo en ella.

Algún lugar en Marruecos

Una joven gitana pedía a la luna que le concediera el don de la fertilidad para poder desposar a un rey. Mientras sus lágrimas caían. Una luz la arropo, no era más que la luz de la luna sobre ella, iluminando sus cabellos negro azabache. Una voz cálida respondió a sus pedidos.

— Hija mía, no llores más, no deseo que sufras — aunque no viera a nadie sabía que esa voz provenía de la luna, con sus muñecas limpiaba sus lágrimas que aún brotaban sin parar.

La voz continúo:

— Levantarte y ve, despósalo a él. Que mañana habrá un niño en tu vientre, pero ese niño primogénito será mío, ocúltalo de todos e ízalo al monte y déjalo allí. Yo me hare cargo de su subsistencia. No me desobedezcas humana o las consecuencias serán graves.

— Luna, disculpa mi intromisión, pero para que necesitas un hijo —esta decía entre lágrimas— ¿Se siente sola allá arriba? ¿Por qué pedirle eso a una humilde humana como yo?, ¿no hay nadie que te pueda hacer mujer?

— Calla, esas respuestas con el pasar de los tiempos serán respondidas. No me siento sola te lo puedo asegurar, con ustedes me es más que suficiente.

La mujer al escuchar esas respuestas entendio que no sacaría información a la luna.

— Lo entiendo, Gracias Luna, guardare esto en mi corazón — dijo tocando su vientre.

Nueve meses después.

— Mujer impura, ¿cómo te atreves? ¿de quién es esa niña? ¿Ese cabello naranja y esos ojos grises?, ¡RAMERA!— el repetía entre las preguntas mientras forcejeaba con ella para que soltara al bebé. Esta lo tenía envuelto contra su pecho— Yo tengo los ojos aceitunas y tú también — grito el hombre.

Este alzo un cuchillo con las manos temblorosas y sudor escurriendo por su frente y dijo:

— No me hagas hacerlo, sólo dame esa cosa —decía señalando con el cuchillo al bebé.

Ella insistía que no le iba a entregar al niño, y en un despliegue de adrenalina salió de la casa tropezando con todo. El hombre gritaba fuera de sí con el cuchillo en las manos y señalándola a la distancia — No la dejen ir con el hijo de otro, Ramera, no dejen ir a esa ramera— esa voz se colaba entre sus oídos hasta que todo ese ruido fue nulo y se fue corriendo hacia los montes. La luna era testigo de lo que sucedía y la mujer entre sollozos le pedía perdón a esta por su imprudencia de mostrar el niño a su esposo. Esta al llegar al monte con la niña en brazos la recostó sobre el pasto, en aquel momento pudo divisar en su frente una mancha con forma de luna en cuarto menguante, que extraño que no me hubiese dado cuenta antes, pensó. Una luz arropadora cubrió a la recién nacida y la mujer. Esta lentamente sintió que algo la traspasaba y la sangre caía sobre su regazo sin manchar a la niña. Detrás de ella estaba el Rey con sus ojos desencajados y con una sed de sangre irreconocible en un humano. Ella veía el filo traspasándola, pero en su rostro se dibujó una sonrisa y con sus últimas fuerzas dijo: —Fui útil, aunque fuera para alguien. El cadáver de la mujer cayó al lado del bebé cubriéndola.

El hombre al entender la gravedad de sus acciones, corrió lejos del lugar dejando olvidada a la niña de pelo naranja, y arrojando el cuchillo hacia un lado lejos del cuerpo de aquella mujer. La luna mirando esto empezó a llorar. Una fuerte tormenta arraso esa noche con todo lo que mojaba y, entre sollozos decía:

— ¡Oh, mundo este!

— Vez lo que hacen tus acciones Selene, entiendes la gravedad del asunto, ese bebé sufrirá por siempre.

— No sufrirá, yo no lo permitiré, por algo le dije que lo llevase al monte. La muerte de ella no estaba en mis planes, pero no será en vano —una lagrima se asomaba por sus ojos y miraba con melancolía el cuerpo de la madre— no debiste desobedecerme humana, conoces los de tus especie.

Una pareja de viajeros que pasaban por ahí tocando la flauta vieron un claro de luna iluminando algo que a lo lejos no pudieron distiguir, pero al estar más cerca se detuvieron y, vieron un bebé llorando al lado de un cadáver, y la voz de la luna dijo:

— Ustedes han sido elegidos desde el inicio de sus vidas por mí para llevar a mi vástago con ustedes.

La pareja se miró con sorpresa y dijo a unísono:

— Pero Luna, somos nómadas, no podemos criar un hijo como usted manda.

— ¡Callar!, son los más indicados para esto — dijo con un tono autoritario.

La mujer se arrodillo delante del cadáver y recogió a la bebé con una expresión de tristeza.

— No te preocupes por ella. Ella está ahora en un lugar mucho mejor que este. Su muerte no fue en vano.

La mujer al ver los ojos grises de la niña sintió la calidez de esta y con pesar en su alma acepto la responsabilidad de la luna. De esta descendió una voz y dijo:

— Su nombre es Orihime, protéjanla y enséñenle lo que saben de la naturaleza. No la limiten.

La mujer con timidez delimito la marca de luna en su frente con sus dedos.

— Bueno Hime, seremos tus protectores —el hombre puso su mano en el hombro de la mujer y dijo: — más que sus protectores, sus padres.


-Mi primer Fanfiction –

Bendiciones y gracias por su tiempo.

Editado 24-11-15