"How thankful I am today, to know that all my past struggles were necessary for me to be where I am now." Unknown
Vuelta a casa: Detrás de los ojos verdes
Parte 3
El número que usted marco no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio.
Cerró el teléfono y fijo los ojos en el reloj de la sala. Eran más de las 11 a.m. y era la sexta vez en ese día, que Ulquiorra escuchaba ese mensaje. Su madre no acostumbraba a apagar el teléfono ni mucho menos tenerlo lejos de ella. La noche había caído al igual que la temperatura. Este se había parado repetidas veces en el balcón, creyendo oír su voz. Estaba inquieto, su mente en específico. Ese era el único problema de quedarse solo. No importaba lo mucho que intentase distraerse, su nombre, su físico, su sonrisa y las lágrimas en sus ojos la última vez que la vio no hacían más que volver a sus pensamientos. Miro por la ventana de su habitación, las gotas de lluvia resbalaban por el cristal dando un toque melancólico a la noche. No entendía que estaba sintiendo. Los sentimientos nunca habían sido su fuerte, siempre había preferido reprimirlos. Las situaciones con su familia le habían enseñado eso y también su padre.
Flashback
— Señor Massimo — dijo la maestra mientras se levantaba de su escritorio para ir a darle la mano — primera vez que nos conocemos. Soy Andrea. Su esposa y yo ya nos conocimos antes.
— Si, ella me ha comentado — eso no era cierto— un placer conocerla en persona — dijo sonriendo.
Él llevaba un traje azul marino, camisa blanca y una corbata azul satinado. Tenía una ligera sonrisa en su rostro. Típico en él. Su personalidad era atrayente y al mismo tiempo fría. Algo bastante útil cuando eres vendedor.
Adriano estaba sentado en el último pupitre de la fila, que estaba al lado de la ventana. Él tenía la cara sucia de tierra y sangre, que brotaba de su labio inferior. Ni siquiera había levantado la cabeza al ver entrar a su padre. Sabía que aunque este tuviese una sonrisa en su rostro estaba enojado porque lo habían llamado del colegio por este pelear. No era la primera vez que eso pasaba, pero su madre había evitado en varias ocasiones comentarle sobre esto, porque conocía el mal carácter de Nicolás cuando se trataba de quejas de profesores, pero esta vez lo habían llamado a él al no poder contactar a su madre.
— Sé que es un hombre ocupado, pero quería hablar con usted de su hijo Adriano — el susodicho subió el rostro —Él es un joven inteligente, pero su comportamiento nos resulta bastante incorrecto para su edad. No es respetuoso con sus maestros y compañeros y siempre está peleando.
— No tengo porque respetarlos — dijo Adriano limpiando su labio inferior con furia — No siempre estoy peleando, ellos me provocan y reciben lo que se merecen — este dijo como si fuese lo más simple.
— De eso señor Massimo, le estoy hablando — dijo la maestra arreglándose los lentes — Eso nos resulta problemático.
— No se preocupe. Me encargare de ello — dijo sonriendo — ¡Adriano ven aquí!
Este se levantó sin vacilar del pupitre al escuchar la gruesa voz de su padre. Tomo su mochila y la puso en uno de sus hombros. Nicolás lo miraba fijamente con los brazos cruzados encima de su pecho. Al este llegar a donde ellos estaban, Nicolás agarro el hombro de Adriano, y le pidió amablemente:
— Discúlpate con tu maestra y ponte la mochila correctamente.
— No quiero hacerlo — dijo Adriano ceñudo.
Apretó su hombro.
— Hazlo, te he dicho — dijo como una orden.
— Discúlpeme, Señorita.
— Me encargare de su actitud, no se preocupe — le dijo con seguridad.
Este subió su manga para ver la hora en su reloj nuevo. Iba a tarde a una reunión.
— Ve a buscar a tu hermano — dijo Nicolás.
— Está bien — dijo molesto.
En otra situación este se hubiese negado rotundamente a hacerlo, pero ese no era el momento.
— No es necesario, lo he mandado a buscar, Señor Massimo.
Ulquiorra no tardó mucho en llegar acompañado de una maestra bastante joven de pelo negro y con un uniforme compuesto de unos pantalones negros y una camiseta roja con el logotipo del colegio. Este entro y no miro a nadie ni siquiera a su padre, que estaba delante de él.
— Por otro lado, Ulquiorra es amable, pero tímido — dijo la profesora al verlo entrar — diferente a su hermano.
Nicolás poso sus ojos en Ulquiorra quien tenía estos fijos en el piso.
— Me tengo que ir y no se preocupe por Adriano — dijo este cortante.
— Señor Massimo, creo que esto le puede interesar — comento, mientras sacaba un folleto colorido del cajón del medio de su escritorio.
Era una pequeña guía de cómo tratar con la timidez en los niños y jóvenes. Este lo tomo y lo miro fijamente. Ulquiorra no era tímido, su padre lo sabía, simplemente era poco efusivo. Eso era excelente para el mundo que le tocaría vivir si seguía sus pasos.
— Gracias — susurro este aun sonriendo.
— ¡Siempre!
Al salir del curso la sonrisa se esfumo del rostro de Nicolás. Su expresión se tornó fría. Saco el teléfono de su bolsillo y llamo a su chofer.
— Espéranos en la puerta, Marcelo — pronunció con autoridad.
Cuando este cerró el teléfono, el silencio incómodo se apodero del lugar. Su padre no volvió a hablar, simplemente se limitaba a caminar y mirar hacia delante. Los pasillos eran amplios y de color verde limon que se iluminaban con los rayos del sol que entraban por los ventanales aun lado de ellos. Al llegar a la amplia entrada, se encontraron con que Marcelo estaba parado delante del auto, este era un Chrysler 300 con vidrios tintados totalmente, esperándolos como le había ordenado. Su padre se montó en el asiento del acompañante, siguió en silencio, hasta que este soltó un gruñido y pregunto:
— ¿Te crees rudo?
Fue una pregunta al aire, pero iba dirigida a Adriano. Marcelo tenía una expresión calmada, parecía como si estuviese acostumbrado a escuchar discusiones.
— Te estoy preguntando, Adriano — pronunció enojado.
Adriano lo ignoro y volteo su rostro a la ventana. Nicolás ahora volteo y lo observo fijamente. Había frialdad en esa mirada.
— Bien, entonces, permite responder por ti. No eres rudo. Eres un mocoso molesto con complejo de superioridad.
Ulquiorra estaba mirando fijamente a su padre. Este continúo.
— Si sigues dejando que tus emociones te controlen, algún día te llevaran a una situación que no podrás controlar y te encontraras con alguien verdaderamente rudo que no vacilara para destruirte — hizo una pausa— los chicos impulsivos, que pelean por estupideces ¿sabes dónde acaban? — ahora sonrió — Muertos o en la cárcel. ¿Divertidísimo, no crees?
Adriano seguía mirando por la ventana.
— Los sentimientos destruyen a las personas, las hacen débiles y hacen que cometan estupideces. Si deseas sobrevivir en este mundo tienes que dejar esas cosas aún lado o no te dejaran funcionar ¿me entiendes? — pronunció — Adriano Massimo, tienes talento y veo que lo quieres desperdiciar en esto.
— Sí, señor.
— Si me vuelven a llamar del colegio, habrán consecuencias graves y le diré a tu madre.
— Entendido, señor — dijo con un tono exasperado.
Aunque Ulquiorra nunca hubiese tenido esos problemas, entendía perfectamente a lo que su padre se estaba refiriendo. Entendía que si dejaba que sus sentimientos interfirieran con su vida nunca llegaría a ningún lado. Su padre era el ejemplo vivo de ello, si alguna vez hubiese dudado tal vez no hubiese llegado tan lejos. Al este calmarse, Marcelo preguntó:
— Señor Massimo, ¿vamos directo a la reunión o desea que deje a sus hijos en casa?
— No es necesario. Ellos entienden.
Fin del Flashback
Ulquiorra se sentía abatido. Débil. No podía explicar ese sentimiento de culpa latente dentro de él. No tenía por qué sentir culpa o sí. ¿Había sido cruel? No sabía cómo responder a eso, pero tampoco había sido muy amable. Tal vez sólo extrañaba la atención que recibía de parte de ella, la manera en que ella hacia sus días menos solitarios. Era tan fácil destruir las relaciones y las personas, lo frágiles que eran estas en específico. Nunca había tenido tacto, mientras más crecía más corroboraba esto. Era como si se hubiese desensibilizado y deshumanizado en el proceso de crecer. Desde que este era niño se había acostumbrado a ver a las personas como meros objetos con patrones conductuales o piezas necesarias para un fin. El chico de los ojos aceitunas se había pregunto en repetidas ocasiones si realmente era humano o un monstruo como mucha veces le habían dicho en el pasado, no se sentía humano del todo en ocasiones. Pero había algo en ella, no se explicaba cómo, pero la chica de cabello de fuego despertaba en él cosas como ¿Su humanidad? ¿Sus sentimientos? No se terminaba de decidir cuál de los dos.
— Esto es patético — dijo Ulquiorra en voz alta.
Se alegraba de estar solo en ese momento. No soportaría que su madre lo viese en esas condiciones. Ulquiorra fue al balcón, este alzo la vista al cielo, tratando de buscar respuestas o tal vez sentirse menos turbado. Esa noche no había luna. El cielo estaba repleto de nubes negras. Todo se veía tan tranquilo y solitario. Las horas pasaban rápido, pero la melancolía de la noche no parecía irse. Ulquiorra estuvo un largo rato sumido en sus pensamientos hasta que oyó unas sirenas de unas cinco patrullas pasar al frente de su casa a toda velocidad. Esto lo hizo reaccionar. Entro y cerró la puerta de cristal del balcón de golpe, maldijo dentro de sí haberlo hecho, ya que al otro día iba a tener que desatascarlas. Este se dirigió a su habitación una vez más, la cual estaba oscura, se lanzó en su cama y cerró los ojos. No se molestó ni siquiera en quitar el cubrecama.
Al otro día.
Ulquiorra empezaba a abrir los ojos lentamente. Sentía como su tórax se contraía y se expandía lentamente. Todo estaba en silencio.
— Ulquiorra, ¿estás despierto? — dijo la voz de su madre a través de la puerta mientras tocaba esta.
— Estoy despierto — dijo aún acostado.
Su madre abrió la puerta y entro. Esta llevaba su uniforme blanco de enfermera, el cual estaba un poco arrugado. Tenia el cabello suelto. Su rostro tenía el aspecto de no haber dormido en toda la noche y, había sido así. Esta observo a Ullquiorra quien aún estaba soñoliento acostado en la cama.
— Sólo tengo dos preguntas — esta lo miraba fijamente — ¿Te fuiste a dormir con los zapatos puestos?
— Si — Ulquiorra se miró lo pies para confirmar esto. Si, los llevaba puestos.
Esta lo miraba con preocupación, pero su expresión cambio por una más dura.
— ¿Por qué usaste mi plato barroco para comer?
— Lo pusiste en un lugar incorrecto —hizo una pausa — ¿Cómo te diste cuenta? — este pregunto curioso, ya que lo había lavado bien.
— Me doy cuentas de más cosas de las que crees, jovencito — dijo esta.
Ella se tocó las sienes. Nadie nunca jamás debían tocar sus adornos mucho menos comer en ellos. Estaba molesta.
— Me pregunto cómo deje que te fueras a vivir solo — dijo mirándolo con los brazos cruzado encima de su pecho.
Ulquiorra se empezó a estirar. Su madre lo observaba fijamente, parecía como si quisiese decirle algo, pero no encontraba las palabras correctas.
— Antes de que me digas que no, escúchame, por favor.
Los ojos de Ulquiorra se posaron en ella. Tenía la extraña sensación de saber lo que ella le iba a decir.
— Quiero que vayas hoy a visitar a tu padre. Ayer desde que salí del trabajo fui allá para averiguar sobre los horarios y eso — suspiro.
Ulquiorra estaba en silencio.
— No lo hagas por mí. Hazlo por ti y por él.
— Está bien, supongo.
— Quiero que aunque no vuelvas, te vayas con un recuerdo. Tienen mucho sin verse.
— Lo sé — dijo este levantándose de la cama — ¿A qué hora?
— Tienes una hora para arreglarte.
— Ya veo.
— Él y yo te amamos mucho.
Este empezó a caminar hacia la puerta ignorando esto. Su madre seguía allí. Una sonrisa se dibujó en su rostro, le tomo el brazo y lo halo hacia ella. Lo abrazo, Ulquiorra tímidamente le correspondió. Esta le beso la mejilla.
— Rápido que sólo tienes una hora — le dijo mientras le daba una nalgada.
Este miro a su madre de reojo.
— Algo más — ella dijo.
Este volteo.
— Nunca vuelvas a usar uno de mis platos de decoración, ¿comprendes? — le dijo como si este fuese un niño señalándolo.
— Entendido.
Este se dio un baño rápido, demasiado rápido para su gusto a causa de lo fría que seguía el agua. A pesar de eso se sentía extraño, ir a visitar a su padre después de todo ese tiempo. ¿De que debían hablar?, Ulquiorra no fue amable con él la última vez que lo había ido a visitar. No se arrepentía de haberse ido de allí, pero había días en que se preguntaba como hubiese sido su vida si hubiese seguido los pasos de su padre y ese era uno de esos. Nunca hubiese tenido que ir a la universidad, no hubiese tenido que trabajar en otras cosas más que en los negocios, no hubiese conocido a la mujer, eso le causaba molestia de sólo pensarlo, ¿Tuviese tal vez una casa propia?, ¿estuviese vivo o muerto? Al entrar en su habitación sus ojos se posaron en el gigantesco espejo en esta. Ninguna de esas preguntas tenía respuesta al final de cuentas. Le sorprendía como simples decisiones pudiesen cambiar el rumbo completo de una vida. Este entro en su closet, busco una camisa de tela jean desgatada y unos jeans de un tono más oscuro, que le ajustaban perfectamente al cuerpo. Decidió no ponerse los converse, ya que se vería bastante informal, tomo unas medias botas café que no había sacado de sus maletas. Se cambió y amarro sus cordones. Salió del closet y se empezó a ver en el espejo. Se remango las mangas hasta los codos, prefería las camisas así. Luego se arrodillo y tomo el maletín que tenía debajo de la cama y lo puso encima de esta. Quito los seguros del maletín sin mucho esfuerzo. Allí seguía el arma igual como la había dejado. Empezó a tocar la culata en níquel de esta. Estaba acostumbrado a esa textura. La tomo, la cargo y le puso el silenciador como los viejos tiempos. La sostenía su mano derecha. Sus ojos verdes se fijaron en el reflejo de sí mismo en el espejo. Había un silencio abrumador en esa habitación. Quito el seguro de esta y apunto a su reflejo como le había enseñado su padre. Su mano no temblaba. Sus ojos estaban inexpresivos. Ulquiorra no reconocía a quien tenía de frente. Ese no era su reflejo, ese no era él, ni nunca lo seria. Nunca lo podría ser.
Bajo el arma, le puso el seguro y la arrojo a la cama y volvió los ojos a su reflejo. Se sentía extraño. El hecho de haberse ido de allí, fue como romper su presagio y silenciar a muchas personas que juraban que él sería igual o peor que su padre. Su madre toco la puerta y este dirigió su vista hacia la cama, especificamente donde había caído esta.
— ¿Estás listo? — pregunto ella.
— Si — dijo este esperando que su madre abríera la puerta.
— Baja a desayunar, entonces.
Este suspiro aliviado al ver que esta no lo hizo, ya que si ella entraba le iba a empezar a preguntar cosas que él no deseaba responder. Entonces, tomo el arma, la desarmo y la volvío guardar en el maletín. Este abrió la puerta de su habitación, olía a huevos fritos y tostadas francesas. El olor a comida siempre lo relajaba. Este bajo las escaleras lentamente. Su madre estaba bebiendo de su taza de café favorita. Ulquiorra vio la hora eran las 8:45 a.m., su madre subió la vista al verlo.
— Tardaste mucho en arreglarte.
Este no respondió. Que le iba a decir.
— Algo.
— Ulquiorra, no te estoy obligando, te estoy pidiendo un favor.
— Yo no he dicho que no quiera ir.
El rostro de Regina se sorprendió al escuchar eso. Tomo dos sorbo de café y se levantó de la mesa, llevo la taza rosa a la cocina y empezó a rebuscar en su bolso café hasta que saco una identificación con el nombre de Ulquiorra y se la entrego. Este se sorprendió. Tenía mucho sin ver una tarjeta de visita de cárcel. La suya este la había perdido a propósito.
— Por eso llegue tarde anoche.
Este la miro.
— Gracias.
— De nada, me tengo que ir — esta empezó a dirigirse a la puerta — Me cuentas como te fue, ¿sí? — dijo animada — Guillermo vendrá por ti.
— ¿Lo conoces? — Ulquiorra pregunto extrañado.
— Más de lo que crees — esta dijo como si fuese obvio — Fui yo quien le dijo a Baraggan que hablara con él — esta rio — piénsalo de este modo, no te dejaría venir hacia acá sin nadie de confianza.
— Buen punto.
— Me subestimas — dijo su madre mientras abría la puerta.
— Nunca, no lo podría hacer.
Eso era cierto. A pesar de todo, su madre siempre había sido la jefa de la casa en todo el aspecto de la palabra.
Esta sonrió y cerró la puerta tras de sí.
— Ojalá hagan las paces — dijo esta para sí mirando los maseteros en su jardín.
20 minutos después.
El ruido del claxon hizo a Ulquiorra abrir los ojos repentinamente. Este se encontraba tendido en el sillón. No entendía como se había quedado dormido en esas circunstancias, pero estaba cansado. Este miro a través de la ventana, era el auto de Guillermo. Este parecía que no iba a parar de tocar la bocina. El chico de los ojos verdes abrió la puerta lentamente, se estaba acostumbrando a la claridad. Este cerró la puerta tras de sí, toco su bolsillo para asegurarse que llevaba el carnet y la llave. Guillermo bajo el cristal tintado del auto y le saludo con la mano. Ulquiorra no le devolvió el gesto. Lo cual era de esperarse. Este se desmonto del auto y le abrió la puerta.
— ¡Buenos días! — dijo animado.
— Buenos días — respondió Ulquiorra con indiferencia.
Guillermo arreglo el retrovisor y acerolo el auto. Ulquiorra se abrocho el cinturón de seguridad. No entendía porque todas las personas de ese país tenían que conducir de esa manera. Tal vez nunca lo entendería. Guillermo llevaba unas gafas negras Ray Ban estilo wayfarer. Su usual traje negro, pero esta vez llevaba una camisa blanca con una corbata negra.
— Veo que no haz seguido mi consejo de tomar sol —dijo con decepción — Te vez más pálido, pronto desaparecerás.
Ulquiorra miro su muñeca detenidamente, se veía igual.
— Ya veo — dijo cortante.
Este no quería hablar, se sentía nervioso, aunque no fuese la primera vez que fuese allí, pero volver después de todo ese tiempo como si nada hubiese pasado, eso sí, lo ponía nervioso.
Guillermo suspiro.
— Estas preocupado, ¿cierto?
— No realmente.
Este rio.
— Mentir no se te da bien — este paro en un semáforo — No tengo ni la menor idea de cómo debes sentirte, te lo aseguro, pero no tienes por qué preocuparte. Nada pasara.
Ulquiorra tenía los ojos fijos en las personas que pasaban delante del auto, pero escuchaba detenidamente al hombre de adelante.
— Supongo — respondió.
— Te preocupas demás.
Al semáforo cambiar la luz a verde, Ulquiorra se agarró del asiento, sabía lo que venía. Guillermo piso el acelerador a fondo.
Los segundos pasaban con la misma rapidez que el paisaje se desplegaba delante de los ojos verdes del chico. Las cosas a su alrededor no parecían parar al igual que su vida. Podía recordar la primera vez que fue a visitar a su padre. Fue un viaje bastante agotador, ya que la cárcel quedaba lejos de la ciudad. En el camino a esta su madre no había pronunciado ni una sola palabra y de vez en cuando le agarraba la mano a Ulquiorra. Adriano no había querido ir, nadie pudo hacer nada para convencerlo de lo contrario y, él por igual no deseaba ir, pero ver a su madre triste no le ayudaba a tener la consciencia tranquila.
Guillermo encendió la radio, esto hizo salir a Ulquiorra de sus recuerdos. Se pudo escuchar Maneater de Hall & Oates, pero este la cambio sin pensarlo dos veces y puso las noticias matutinas. Ulquiorra no prestaba mucha atención a estas.
— Falta poco, ¿cierto? — dijo con seguridad.
— ¿recuerdas el camino? — este dijo — vamos a mitad, gracias a lo flojo que esta el tránsito.
Recuerdan que la otra semana hablamos acerca de la ola de robos de autos, que ha sufrido Nápoles en los últimos tres meses dijo la locutora con una voz chillona.
Guillermo empezó a reír a carcajadas y subió un poco el volumen del radio.
Si, dijeron los otros dos locutores. Uno era un hombre y el otro una mujer. Pues ayer el autor intelectual y jefe Bazz-B fue apresado en su casa. Se dice que el fiscal Jugram Haschwalth, Guillermo pronunció este nombre al mismo tiempo que la locutora. Esta prosiguió; Este dio especial seguimiento a este caso. Nápoles podrá dormir en paz esta noche.
La risa de Guillermo no parecía que iba a parar. Este respiraba y volvía a reír.
— ¿Lo conoces? — preguntó Ulquiorra.
— ¿Conocerlo? — este dijo irónicamente — Pues claro que sí, trabaje con él.
Ahora hablaremos del Clima, dijo la voz masculina. Empezó a sonar una ligera tonada.
— Me sorprende que esta vez haya puesto especial empeño en esto. Bazzard y el fiscal son muy buenos amigos — hizo una pausa — o lo eran.
Era sorprendente como dos personas que alguna vez fueron tan buenos amigos hubiesen escogido caminos tan diferentes. Uno era parte de la justicia y el otro un criminal reincidente.
— La primera vez que apresaron a Bazz fue porque este se hacía pasar por valet parking y se robaba los autos de los mejores restaurantes de la ciudad— este dijo— Cuando lo atraparon, Jugram personalmente hizo que lo liberasen, le advirtió que no lo iba a volver a hacer y veo que el chico no entendió el mensaje de su amigo.
— ¿Amigos? — dijo Ulquiorra.
— Me hice esa pregunta la primera vez que los vi hablando. Son totalmente opuestos. Y Jugram no es de los que tienen "amigos" — Para nada —dijo esto como si lo estuviese confirmando para sí mismo — Se comentan muchas cosas sobre estos, que eran cómplices, pero me consta que el anterior fiscal, Yhwach lo recogió de las calles en unas de sus investigaciones habituales aun siendo muy niño, porque este se sintió reflejado en él, le dijo que él iba a ser su mano derecha — dijo dudando — Bazz se sintió dolido por esto y bueno… mira como las cosas acabaron.
Ulquiorra suspiro. Este imaginaba como se debió haber sentido Bazz al haberse quedado solo o tal vez no haber sido el elegido. Trataba de formar un perfil de él.
— Tu madre me dijo que eres un psicólogo. Me imagino lo que debes de estar pensando.
Ulquiorra no respondió.
— Cuando ella me dijo eso, entendí que no eres tímido como me había dicho Baraggan, sino analítico. Me das más miedo todavía — empezó a reír.
Aunque Ulquiorra intentase evitar responder a las preguntas de parte de Guillermo, la insistencia de este lo llevaba a hacerlo. Estos terminaron teniendo una larga y tendida conversación acerca de temas sin importancia. Guillermo trataba de hacer esto para que los nervios de Ulquiorra no se llevaran lo mejor de él.
30 minutos después.
— Llegamos.
Guillermo había tenido que enseñar su identificación y responder a un pequeño interrogatorio en la entrada del penal. Esto era parte de la seguridad del lugar. Este se estaciono en el amplio estacionamiento de allí. Se podían contar los autos que se encontraban a su alrededor. Había un autobús al parecer para transportar prisiones, ya que las ventanas tenían rejas. Guillermo le abrió la puerta del auto a Ulquiorra, este vacilo un poco para salir. Ulquiorra observo a su alrededor para asegurarse de que estaba solo. Le parecía deprimente el lugar. Los muros altos grises llenos de alambres de púas. Nunca había sido su lugar favorito, no entendía como había podido ir tan seguido allí en el pasado para hablar con su padre. Guillermo le toco el hombre y le dijo:
— Me tengo ir, muchacho — pauso — vuelvo en una hora.
— Está bien — dijo Ulquiorra.
Lo entendía, estaba solo.
— Gracias — murmuro.
— No hay porque, ayudo a mis amigos — sonrió.
Ulquiorra empezó a dirigirse a la entrada del lugar. Este era un edificio gris gigantesco, había ventanas en la parte izquierda de este, donde al parecer se encontraban las cárceles. Este empezó a caminar más rápido. En la puerta había una pequeña caseta pintada de gris con azul en donde había un hombre alto con una expresión bastante hosca, a su lado tenía una computadora bastante moderna y una taza llena hasta arriba de té. Este pregunto sin ningún tipo de cortesía a Ulquiorra que él iba a hacer allí, este respondió pausadamente y le enseño el carnet y su identificación. Este lo empezó a mirar detenidamente tratando de comprobar si él era la misma persona de su identificación y carnet.
— ¿Ulquiorra Massimo?
— Si.
— Ya veo.
Este toco un botón que abría la puerta de hierro reforzado azul delante de él.
— Adelante, Señor Massimo — dijo mientras le entregan sus identificaciones — Pase a información.
Al este entrar pudo sentir como las luces halógenas molestaban sus ojos. Estas eran bastante brillantes. Las paredes estaban pintadas de un blanco hueso, no había nada de acogedor en ese lugar, más bien era un lugar frío. Gélido. Habían cámaras por todos lados y un policía con una escopeta apoyado en la pared, este parecía ser parte de la decoración. Había un gran cubículo de acero inoxidable en el medio de ese lugar donde había una chica de cabello rubio recogido en una trenza, cuerpo menudo, con un traje azul marino ceñido al cuerpo. Esta estaba sonriente. La única fuente de calor en esa habitación. Le sorprendía un tanto a Ulquiorra la expresión de su rostro en un sitio tan deprimente. Este se acercó a ella.
— Hola, vengo a hacer una visita.
— Buenos días — dijo la chica con ánimo — Pase por esta puerta, entonces, y diríjase al final del pasillo — dijo señalándole la puerta a su izquierda, hablando pausadamente— más adelante le explicaran el proceso y las reglas, si es su primera vez aquí — pero antes déjeme ver sus identificaciones.
Esta revisión no duro mucho y entro por la gran puerta azul que ella le había señalado. Este camino hasta el fondo donde había un letrero en donde se podía leer visitas en varios idiomas. Aquí había un pequeño cubículo donde estaba una señora de cabello negro con mechas rojas tarareando Behind Blue eyes de The Who, está al ver Ulquiorra, se levantó, lo saludo y le dijo.
— Soy Letizia, ¿eres Ulquiorra, cierto?
— Exactamente.
— Dudo que te acuerdes de mí, pero tu madre ayer vino y me comento que venias. Me muestras tu carnet, por favor.
— Claro.
Este se lo paso. Ella no duro mucho revisándolo y los puso al lado del teclado, para registrarlo.
— Toma asiento.
Este hizo exactamente lo que ella le pidió. Ella saco algunos formularios de la pila de papeles arriba del escritorio y empezó a copiar algo en la computadora.
— ¿Portas armas de fuego? — dijo mirándolo.
— No.
— Bien.
— Levántate. Esto es parte del protocolo.
Salió un guardia de seguridad de la puerta atrás de ella, con cabeza rapada y lo halo bruscamente a una pequeña habitación en donde lo empezó a revisar. Lo hizo pasar por un detector de metales y un escáner corporal de rayos x. No encontró nada y lo dejo salir. Al ella verlo salir sin ningún problema, empezó a teclear rápidamente en su computador. Esta subió la vista y lo observo seriamente.
— Te mostrare una foto y, quiero que me seas sincero.
— Está bien — este dijo.
Esta movió la pantalla del computador hacía él.
— Este muchacho se encuentra en Hueco Mundo, pero no sabemos en dónde. Se le busca por comercio y tráfico de estupefacientes. Recuerda, todo lo que me digas es confidencial. ¿Lo has visto? Sabemos que tu padre y su padre hacían negocios.
Era una foto bastante nítida de Stefano.
— No lo conozco.
— Está bien, gracias por cooperar.
Ulquiorra no había dicho nada, porque realmente no le interesaba verse ligado en nada así y ser un delator era algo al final de cuentas mal visto. Su padre siempre le había dicho que delatar a alguien era igual que apuñalarlo y esto se castigaba con algo peor que la muerte. Ulquiorra pensó en Baraggan, y se preguntó así mismo ¿él lo sabría?
— Siempre que veo jóvenes que ingresan a la cárcel, me siento triste y decepcionada como si estuviésemos haciendo algo mal, pero cuando veo niños como tú, que a pesar de que sus padres estuvieron ligados a negocios sucios no siguieron sus pasos, me hace tener esperanza, que aún queda algo en que confiar — pauso.
Ulquiorra la observo. No hubiese podido seguir los pasos de su padre, aunque se lo hubiese propuesto.
La puerta doble gris a la izquierda de ellos se abrió y salió una mujer. Esta llevaba un vestido corto rojo ceñido a su pequeña figura y unos zapatos de tacón negros, tenía unas medias de red. Tenía una piel tersa, su rostro era hermoso, pero reflejaba tristeza. Sus ojos mostraban que esta tenía mucho rato llorando. Esta se puso un gran abrigo negro de cuero que llevaba en las manos. Sus uñas estaban pintadas de rojo escarlata. Esta le sonrió a Letizia e ignoro a Ulquiorra.
— No te deje pasar porque cuando esa chica viene — esta empezó a contarle en voz baja — empieza a discutir con su esposo y no hay quien la pueda detener. Siempre acaba llorando por culpa de este. Creo que ella es una prostituta, es muy triste ver una chica tan joven así.
— Lo es.
— Puedes pasar ya — dijo señalándole la puerta con melancolía.
Ulquiorra se levantó, su corazón latía rápido. Este paso la puerta de donde acababa de salir la chica, habia un letrero azul sobre esta que decía visitantes en varios idiomas. Allí había varios asientos color negros divididos por paredes falsas para dar privacidad a los visitantes. Ulquiorra se sentó en el segundo de estos. Había un guardia de seguridad de piel oscura, robusto con un medallón en el pecho al otro lado. Pasaron unos cinco minutos, que se sintieron como una eternidad para Ulquiorra hasta que la puerta del otro lado del cristal se empezó a abrir. Primero entro un guardia y luego un hombre con el pelo rubio peinado hacia atrás, esposado. Este en ningún momento volteo el rostro, al parecer el guardia le estaba diciendo algo. Este asintió con la cabeza repetidamente. Este no era tan alto, pero tenía un aire de indiferencia sobre él. El guardia le quito las esposas y, Nicolás empezó a masajear sus muñecas y al voltear el rostro, sus ojos verdes similares a los del chico chocaron con los de este. Este se sorprendió. Se sentó en el pequeño asiento negro con una extraña sonrisa en su rostro, puso sus manos encima de la mesa y tomo el teléfono a su lado.
— Ulquiorra.
— Papá.
— ¿Qué haces aquí? — este toco su cabello con su mano libre — Déjame adivinar, Regina. Me avisaron que tenía visita, pero no me dijeron quién.
— Ya veo.
El silencio con cada segundo que pasaba se volvía más profundo. Había mucho que decir, cosas que contar, pero nadie quería hablar. El verde y el verde volvieron a chocar una vez más.
— ¿Te vas a graduar?
— Si — este dijo.
— Tu madre me dijo, eso está bien.
— ¿Cómo va todo? — pregunto Ulquiorra.
Este sonrió.
— ¿Cómo crees que van las cosas? — Estoy vivo.
— Eso puedo verlo.
— No me mal intérpretes. No es que no esté feliz de verte, todo lo contrario estoy muy orgulloso de ti. Te graduaras y estas bien. Pero la verdad es que me — este respiro profundo— no poder ir a tu graduación, no haber estado con ustedes todo este tiempo, lo que le paso a Adriano y no haber sido un padre es — hizo una pausa, había tristeza en sus ojos — Me fastidia.
Volteo el rostro y toco su nariz. Un usual gesto en él.
— Me imagino — dijo Ulquiorra.
— No te imaginas nada, te lo aseguro — lo miro.
Los guardia salieron de la habitación dejándolos solos. Nicolás se acomodó.
— Creía que no te iba a volver a ver.
— Yo pensaba mismo.
— Estoy feliz de verte afuera — una ligera sonrisa se formó en los labios de Nicolás — No aquí — Lo hice bien contigo, por lo menos.
Ulquiorra tenía una mezcla de sentimientos dentro de él, que no le dejaban decir nada o no se le ocurría nada que le pareciese correcto.
— Recuerda algo Ulquiorra, lo más triste es el talento desperdiciado — este dijo seriamente — tener potencial y dejarlo escapar, por tener dinero, una buena casa y mujeres — quito su cabello de su frente — sabes algo, en la cárcel y en el cementerio todos somos iguales. Aquí simplemente empiezas a entender quienes realmente importaron en tu vida.
Ulquiorra asintió con la cabeza.
— El dinero que consigues fácil te puede hacer sentir poderoso — que las personas se callen cuando tu hables, es una sensación indescriptible — este lo miraba fijamente — pero nada, absolutamente nada de eso importa, Ulquiorra. Lo que menos te imaginas es acabar aquí, aunque te lo digan siempre te preguntaras ¿Por qué ese tengo que ser yo?, puedes ser tu o cualquiera —suspiro— no te quiere nunca ver aquí.
— Nunca.
— No quiero que vuelvas a Nápoles tampoco. Gradúate y por favor ten una vida lejos de aquí.
Su rostro se volvió triste.
— No me imagino las cosas por las que has tenido que pasar por mi culpa
Ulquiorra no dijo nada, simplemente lo observaba. Eran innumerables las cosas que había tenido que ver y aprender a lo largo de su vida por ser hijo de un traidor.
— Estoy bien — dijo Ulquiorra mirándolo fijamente — ya estoy bien — No importa. Hiciste lo que creíste mejor en su momento.
Los ojos verdes de Nicolás se posaron en los de sus hijos, ¿Qué estaba escuchando de los labios de este?, ¿Lo estaba consolando?
— Sentiste la presión no poder responder como un padre o bueno el estándar que hay de esto — No estoy enojado contigo, ni me siento decepcionado, al principio si, lo estuve. Tuve que acostumbrarme a un nuevo país, un nuevo idioma y costumbres — hizo una pausa — personas nuevas — pensó en Grimmjow, Yammy y la mujer — pero allá no estoy tan solo como aquí.
— Lo sé, por eso no quiero que te vuelvas a aparecer por aquí ¿entendido? — le dijo con una cara seria, pero al mismo tiempo sentía alivio.
— Entendido — dijo Ulquiorra con una mueca parecida a una sonrisa en su rostro.
Este guardo silencio.
— Tal vez salga en libertad condicional en uno o dos año más — dijo Nicolás con una sonrisa que suavizaba sus facciones duras.
— Qué bueno. Llámame cuando lo hagas.
— Lo haré — este peino su sedoso cabello rubio hacia atrás con sus manos — Llama a tu madre más seguido, no me gusta que ella venga hacia acá a hablarme de porque no la llamas.
La puerta detrás de ellos se abrió, el oficial de la vez anterior había entrado con parsimonia, llevaba unas esposas abiertas en las manos y dijo:
— Se acabó el tiempo, señor Massimo.
Nicolás se levantó sin vacilar ni un momento, poniendo el teléfono en su lugar. Miro al guardia con enojo, pero este era imperceptible. El tiempo era algo valioso y más allí. Este tomo el teléfono una vez más y le dijo a su hijo:
— Recuerda que no te quiero volver a ver por aquí.
Nicolás puso el teléfono una vez más en su lugar y se acercó al guardia quien estaba estoico pegado a la pared. Parecía como si todos los guardias de esa cárcel, hubiesen trabajo tanto allí que fuesen parte de la decoración. El hombre de ojos verdes extendió sus manos a este, este le puso las esposas y le abrió la puerta para que pasase. Este miro de soslayo a Ulquiorra, una lágrima salió de su ojo y rodo por su mejilla, pero la sonrisa fría no desapareció en ningún momento de su rostro.
Ulquiorra miro sus manos detenidamente, su padre había cambiado. Eso le sorprendía, no era la misma persona ambiciosa, que había conocido años atrás. No lo podía reconocer. Se levantó de la silla y abrió la puerta. Allí estaba Letizia tomándose un café en una taza de The Who, al parecer su grupo favorito.
— ¿Todo en orden? — pregunto sin despegar sus rostro de la taza.
— Si — prosiguió — todo en orden.
— Me alegra — dijo subiendo la mirada — Espero que nos volvamos a ver pronto.
— Claro — dijo él.
Eso era mentira, dudaba que se volvieran a ver, mucho menos después de lo que su padre le había dicho. Esta le dio la mano y el pelinegro correspondió amablemente. Eso era un adiós, por siempre. Este empezó a alejarse de allí. Las paredes que al principio le había parecido frías, tenían un toque de calidez. Las luces halógenas no le molestaban tanto, se había acostumbrado a su brillo, estas eran un sustituto de la luz solar que carecía allí dentro por la falta de ventanas. Al abrir las puertas que conducían a la recepción, se encontró con dos hombres conocidos, más que conocidos, nunca olvidarías sus rostros. Uno hablaba con la recepcionista de pelo rubio y el otro hablaba con el guardia quien al parecer se sentía incómodo con la presencia de aquel hombre a su lado, este era Doménico Mallardo, su abundante cabellera café había desaparecido por completo, al parecer se había afeitado la cabeza, al juzgar por las sombras que había en esta de su pelo y el que hablaba con la recepcionista y le lanzaba una que otra mirada, era Cesare. Este volteo el rostro y vio a Ulquiorra. Abrió sus ojos con sorpresa fingida, ya que estos sabían de ante mano que Ulquiorra se encontraba allí.
— ¡Ulquiorra! — este dijo en voz alta.
Doménico dirigió su vista hacia él, al escuchar a su hermano y, lo miro con enfado, el cual no supo disimular. Ulquiorra sabía que lo último que debía hacer era mostrarse débil o presentar alguna emoción delante de ellos.
— ¿Cómo estas, chico? — este dijo sonriendo — ¿Qué te trae por acá, escuche que te habías mudado lejos?
— Estoy bien — sus facciones no variaban.
— ¿Viniste a visitar a Nico? — dijo Cesare como si nada hubiese pasado entre ellos.
— Si.
Este paso su brazo alrededor de los hombros de Ulquiorra y le dijo al oído.
— No le guardo rencor a tu padre, no fue personal, sólo negocios ¿entiendes?
Ulquiorra no lo había visto así y tampoco había sido así.
— Entiendo — respondió Ulquiorra.
— Me agradan los chicos como tú — este le dijo susurrándole al oído — Podríamos hablar de negocios, ¿si te parece?, yo puedo pagarte los gastos si decides volver después.
La puerta se abrió de golpe, entro un guardia corriendo con una expresión de desconcierto en el rostro y le dijo algo a Doménico inaudible para cualquiera que no estuviese cerca de ellos. El rostro de este se oscureció de la ira, se acercó a su hermano quien aún seguía hablando con Ulquiorra y le dijo algo al oído. Cesare empezó a reír y le dijo a Ulquiorra:
— Si andabas con alguien me debiste decir, ¿no crees? — dijo sonriendo
Ulquiorra estaba quieto, su rostro no variaba, pero sentía miedo, ¿era miedo realmente? No lo sabía. No andaba con nadie, además de Guillermo, quien aún no llegaba. ¿Quién diablos estaba allá fuera esperándolo?
— Creí que nos podíamos entender, pero veo que eres una rata al igual que Nicolás — le dijo susurrándole al oído mientras le daba un fuerte puñetazo en el pecho, el cual dejo sin aire a Ulquiorra, este luego se alejó de él mirándolo con enojo.
Doménico le grito vámonos a su hermano, mientras le abría la puerta para que saliera. Estos se fueron rápidamente de allí. Esa eran las razones por las que realmente no deseaba volver jamás allí. Ulquiorra trataba de recuperarse del golpe, ni el guardia ni la recepcionista se acercaron a ayudarlo porque tenían miedo de que si lo ayudaban algo le pudiese pasar a ellos. Este cerró sus ojos, tratando de calmarse. La vio a ella sonriéndole con calma y acercándose a él. Este no deseaba que se acercase a él, ya que no quería involucrarla a ella tampoco, pero a pesar de sus negativas, sintió los brazos de ella alrededor del, esta le susurró al oído que todo iba a estar bien. Ulquiorra abrió los ojos al sentir la mano del guardia tocándole su hombro, diciéndole:
— Señor, ¿le llamo a una ambulancia?
— Estoy bien — dijo Ulquiorra, quitando la mano de su pecho e intentando pararse correctamente.
Sintió el teléfono vibrar en su bolsillo, era Guillermo. Este recobro el aire y respondió.
— ¿Si? — dijo Ulquiorra con mucho esfuerzo.
— Estoy aquí.
Este jadeo un poco.
— ¿Paso algo?
— No, nada.
— JAJAJAJ, No sabes decir mentiras — dijo Guillermo antes de cerrar el teléfono movil.
Este salió y vio el auto de Guillermo estacionado al frente de la puerta. Ulquiorra subió la vista tratando de buscar a algo o tal vez alguien, vio un Maserati sin placa que estaba saliendo del estacionamiento a toda velocidad. Los ojos de Ulquiorra lo siguieron, algo le decía que ese auto no era propiedad de nadie de la cárcel ni mucho menos de los ex socio de su padre. Guillermo salió del auto, y le abrió la puerta trasera a Ulquiorra y le preguntó con leve preocupación:
— ¿Qué te paso?
— Nada — este respondió. No desea hablar, no en ese momento.
— Entiendo.
Se iría en tres días, no valdría la pena decirle nada, ya que si este le contaba, Guillermo se vería en la responsabilidad de contarle a su madre y si eso pasaba, ella le contaría a su padre y realmente él no se sentía tan importante, ni tampoco deseaba que este se sintiese culpable por una estupidez como esa y como sea nadie haría nada porque nadie se deseaba ver involucrado con Los Mallardo, más bien, no les convenía. Este deseaba que esos tres días pasaran rápido, porque realmente se quería ir de allí y la quería volver a ver. Deseaba escuchar su dulce voz. La extrañaba, pero antes que nada tendría que pedirle perdón y no sabía por dónde empezar. Dejar atrás su orgullo y sus antiguas creencias, que lo detenían de avanzar. Había tomado una decisión. Su vida ya no estaba ahí. Eso él lo sabía muy bien. Su casa estaba en Hueco Mundo, aunque renegara de ello, en ese lugar estaba su corazón. Sabía muy bien que aunque intentase ocultarse de las cosas, estas no desaparecían, pero no tampoco estaba obligado a lidiar con estas. Tal vez había sido miedo lo que había estado sintiendo todo ese tiempo, aunque no terminaba de aceptar esto. Haría las cosas diferentes al volver.
Continuara
Muchas bendiciones y gracias por su tiempo
Dato: esta historia es publicada los domingos o lunes.
Notas de Autor.
Hola, ¿Cómo están? Gracias por leer mi historia. Escribir este capítulo me gustó mucho, ni se imaginan. La película A Tale Bronx, me inspiro bastante. Amo la relación entre Jugram y Bazz-b, en serio o-o
Si pudiese musicalizar a los personajes, la canción de:
Nicolas Massimo sería Behind The Blue eyes de The Who.
Ulquiorra Cifer sería That Green Gentleman (Things Have Changed) de Panic! At The Disco.
Cesare y Domenico Mallardo sería BAD de David Guetta & Showtek (Feat. Vassy)
Gracias a:
IrisTohruSohma: Hola preciosa, ¿Cómo estás?, ¿de verdad? muchísimas gracias *se sonroja*, hahahahah claro que hay que ayudar. Sí, pero imagínate es una marca que le quedara por siempre. Si, realmente Regina lo es. Yo también pienso lo mismo, vivir de esa manera no es vida. Ella entenderá u-u. Un poquito, pero más adelante veras porque llevo las cosas así. No lo hará, sabes cómo es Orihime. Gracias una vez más, busque muchísimas fotos de palacios. Sólo un poco, no te puedo decir más nada acerca de eso. ¡Si! Esposos. Tienes razón en eso, no es tan soberbio, me costó un poco intentar que se viese así. La respuesta a eso es: Si, de 25 a 30. Jajajajaja muchísimas gracias, y lo mismo digo de ti. Trato de ver películas y leer. Si, tuvo un hijo y no te puedo decir más nada. Gracias por tu tiempo y ánimos. Me alegran el día. Besos y abrazos. Suerte con tu historia.
Amakii: Hey detective lol, ¿Cómo estás?, nuevo user, a todos nos gusta leer cosas documentadas, da firmeza a la historia, descuida y entiendo lo que dices. Respuesta a tu duda: Si, habrá grandes consecuencias para Orihime que marcaran su destino, aclarare que en capítulos futuros y, estas por ende afectaran los asuntos futuros con Ulquiorra y en parte su vida. Nada es tan fácil. No especifico más. Descubrirás más adelante quien es su hijo. Me puedo Imaginar JAAJA. No aburres, la verdad, me parecen interesantes tus dudas. ¡No eres la única!, espero que mi respuesta te haya satisfecho. Gracias por tu tiempo y por detenerte a pensar en eso. Besos y abrazos. Suerte con todo.
Juvia: ¡Qué tiempo sin verte por acá! Hola, ¿Cómo estás? ¡Ya lo descubrirás! Lo haré siempre que pueda. Besos y abrazos. Suerte con todo. Gracias por tu tiempo. Espero verte más seguido por acá.
Gracias a todos los que leen esta historia.
Canciones que me inspiraron y ayudaron a escribir: Behind The Blue Eyes de The Who, popurrí de The Doors, With All I am de Hillsong United, 21 Questions de 50 cent, Lipstick Lies de Julias Moon y Do You Really Hurt me and Time de Boy George and The Culture Club.
Los comentarios son bienvenidos.
