Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Juan 8:32

Nunca es igual saber la verdad por uno mismo que tener que escucharla por otro. Aldous Huxley


The Truth About All

Ulquiorra estaba mirando fijamente el boleto de vuelta que Baraggan le había comprado. La lámpara en la mesa a su lado tenía una luz tenue color amarillo, que iluminaba su rostro y daba una sensación de tranquilidad al ambiente a su alrededor. Despedirse siempre era difícil y más sabiendo que su madre no deseaba que él se fuera. Regina estaba sentada a su lado mirando con nostalgia a su hijo, y debes en cuando al boleto que este tenía en sus manos. Nunca le había agradado tenerlo lejos. Esos tres últimos días se habían convertido en silencios incómodos, empacar e indirectas muy directas de su madre para que se quedase allí, en Nápoles con ella. Esta tenía la certeza que algo le había ocurrido a su hijo, el día que este fue a visitar a su padre, a causa del casi imperceptible nerviosismo que este tenía, las miradas furtivas que lanzaba a la puerta verde de la entrada y las repetidas veces que este tocaba su pecho, sin contar la inusual expresión de dolor que surcaba su rostro cada vez que hacia esto. Ella estaba haciendo su mayor esfuerzo para no preguntarle ni comentarle al respecto, pero le dolía más que otra cosa que él siguiese sin confiar del todo en ella.

El instinto que las madres desarrollan al final de cuentas nunca falla.

El joven de los ojos verdes tenía sus maletas en el piso al lado de sus pies, entre estas tenía el maletín de metal que contenía el arma, Regina sabía de qué se trataba, pero prefería no preguntar, entendía. Esta debes en cuando acariciaba la espalda de su hijo con ternura sin decir nada. Él se agacho a amarrarse sus cordones o más bien a verificar que los nudos no se fuesen a deshacer. Su madre trataba de mantenerse tranquila por el bienestar de él, pero no podía negar las ganas que tenia de que nunca saliese por esa puerta, que no la volviese a dejar sola, que olvidaran todo y tratase de rehacer su vida allí, pero más que nada, sabía que eso era imposible.

Guillermo llego con unos diez minutos de retraso, algo extraño en él. Este a diferencia de las veces anteriores no toco el claxon sino que se desmonto del auto y toco la puerta. El viento soplaba fuerte esa mañana, este movía las plantas del pequeño jardín delantero. Él tenía su usual traje negro, sus gafas negras, llevaba una camisa blanca con puños franceses y unos gemelos de Batman negros en acero. Algo que llamaría la atención de Ulquiorra. Regina abrió la puerta con parsimonia. Se encontró con un sonriente Guillermo apoyado en el marco de esta.

— Ha pasado mucho tiempo — dijo arreglándose los puños el hombre del traje negro.

Regina rió.

— Mucho tiempo y cosas que no deseo recordar.

Estos se miraron y rieron, era una risa cómplice.

— No estamos tan viejos para hablar de esa manera.

Guillermo echo hacia atrás delicadamente su manga para mirar la hora en su reloj Casio dorado. Le molestaban esas mangas, pero no había tenido más opción que ponerse esa camisa esa mañana, ya que su esposa se la había regalado y esta no lo iba a dejar pasar por la puerta sin que se la pusiese.

— Creo que nos deberíamos ir ya — comento este mirándola a través de sus lentes.

Regina suspiro y miro a su hijo quien intentaba reprogramar su reloj con la hora de Hueco Mundo.

— Supongo que si — dijo esta.

Ulquiorra subió el rostro y miro a su madre y al hombre del traje.

— ¿Nos vamos? — cuestiono con indiferencia.

— Si — contestaron a unísono estos.

Guillermo entro a la casa con la intención de tomar el maletín del chico de los ojos aceitunas, pero este hizo un ademan negativo con la mano.

— Vengo a tomar esto — dijo el hombre señalando el maletín — No me mal intérpretes — dijo con una expresión seria, que se suavizo con una sonrisa.

Ulquiorra se lo paso sin preguntar, realmente no le interesaba lo que este fuese a hacer con este.

— No la necesitaste ¿cierto? — dijo sin ninguna expresión en su rostro.

— No, ni la necesitare más — pronunció el chico con seguridad.

Guillermo sonrió.

— Excelente, Casper — este dijo con tono de burla — Un poco de vitamina D, de tu amigo sol no te haría mal.

Ulquiorra se limitó a mirarlo y no responder.

— Sonreír es algo que también deberías probar — este sonrió y asintió con la cabeza — pero basta de consejos, vayámonos.

Era una mañana extraña de domingo, todo se sentía nostálgico. La fuerte brisa chocaba con los cristales de la ventana haciendo a Regina más de una vez voltear el rostro hacia estas. Había un olor a tierra mojada alrededor, como si hubiese llovido toda la madrugada. El sol no parecía que fuese a salir de atrás de las nubes grises, que decoraban el cielo haciéndolo ver melancólico. Ulquiorra miraba a su alrededor, como si quisiese grabar todo en su memoria, por si algún día desease recordar lo que había dejado atrás. Sus ojos verdes se detuvieron en la foto familiar que su madre tenía colgaba en la pared, se sorprendía de cómo había cambiado en todo ese tiempo al igual, que su padre. El calor de esa casa, el olor a comida recién hecha, la comodidad de su cama y sus padres, eran cosas que realmente extrañaría, pero no se arrepentía de irse. Tenía una gran tarea al volver. Este se acomodó su mochila y tomo su maleta.

— Estoy listo — dijo él.

— Vayámonos, entonces — respondió Guillermo con el maletín en la mano.

Regina se acercó a Ulquiorra, y le tomo la mano con fuerza y le dijo sonriendo:

— ¡Es hora! — trataba de mantener el buen ánimo.

Regina salió de último para cerrar la puerta, pero tan pronto como lo hizo le volvió a tomar la mano a su hijo. Guillermo le abrió la puerta del auto negro a estos y luego encendió el motor. Ulquiorra se acomodó y echo la cabeza hacia atrás. Sintió una ligera punzada en el pecho, lo cual lo hizo cerrar los ojos. Respiraba profundo y trataba de enfocar su mente en otra cosa que no fuese el dolor. Su mente no podía divagar sin encontrarse con el rostro de la mujer de cabellos de fuego. Ella era hermosa. No podía evitar en ocasiones recordar la suavidad de su pelo y el roce de sus labios con los suyos. Este abrió los ojos, no era momento para eso, debía enfocarse. Odiaba distraerse. Su madre había insistido en sentarse a su lado, esta le seguía agarrando la mano con fuerza. Guillermo acomodo el retrovisor y acelero. Este estaba manejando más lento de lo usual, lo cual volvió a extrañar a Ulquiorra. Asumía que esto era para tranquilizar a su madre.

El hermoso paisaje de la ciudad pasaba delante de ellos. Las hojas de los arboles parecían que iban a ser arrancadas por la violenta brisa, que chocaba con sus ramas. Ulquiorra no paraba de mirar este espectáculo delante de sus ojos. Era algo que no iba a olvidar. El transito estaba bastante ligero, como cualquier otro domingo. A pesar de Guillermo conducir despacio, llegaron en menos de lo pensado. Ulquiorra podía divisar el aeropuerto. Este se estaciono en el mismo lugar de la vez anterior. El estacionamiento estaba repleto de autos y taxis al igual que el aeropuerto de personas, con caras de molestia al parecer porque los vuelos se habían retrasados a causa del mal tiempo. Guillermo miro por el retrovisor a Ulquiorra y Regina, suspiro y dijo:

— Espero que nos volvamos a ver.

Ulquiorra no podía asegurar eso, pero simplemente asintió con la cabeza. Regina al ver la expresión de su hijo, se entristeció. Ulquiorra abrió la puerta lentamente. La brisa fría choco con su rostro. Daba gracias por llevar ropa abrigada. No terminaba de explicar cómo sin ser invierno la temperatura estuviese así. ¿Culpa del calentamiento global, tal vez?, Regina salió del auto después de él, lo cual sorprendió al chico de los ojos aceitunas, quien la miro fijamente.

— ¿Pensabas que me iría y te dejaría solo? — pregunto Regina al sentir la mirada de su hijo sobre ella.

— Imposible — respondió Ulquiorra.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Regina y le volvió a tomar la mano.

Guillermo bajo el cristal y le pregunto a Regina antes de que esta se alejara mas.

— ¿Te espero?

— No es necesario. No sé qué tiempo vaya a tardar en salir el vuelo.

Este acomodo sus manos en el volante.

— No es molestia — dijo Guillermo mirándola.

— Lo sé, pero… — esta no termino la oración. No quería dar razones, simplemente deseaba estar sola aunque fuese unos minutos. Quería volver habituarse a ese confortable sentimiento de soledad al cual se había acomodado esos últimos años. Sabía que él no volvería. Tenía constancia de ello.

Él entendió y dijo:

— Está bien, entonces — pronunció el hombre del traje algo decepcionado — ¡Chao! — dijo mientras subía el vidrio y ponía en marcha el auto.

Estos caminaron hacia las gigantescas puertas corredizas de cristal del aeropuerto. Había muchísimas personas entrando y saliendo de estas, con grandes maletas, otros con mochilas, unos sonriendo, otros tratando de secarse las lágrimas y algunos empresarios hablando por sus teléfonos móviles y mirando sus relojes, que costaban más o igual que cualquier auto que estuviese estacionado en el aeropuerto. Estos al llegar a la entrada, tuvieron que hacerse espacio entre la multitud que abarrotaba la puerta. Regina se aferró del brazo de su hijo, tratando de no perderle. Ulquiorra suspiro, por lo menos no tendría que hacer tantos papeleos para irse, simplemente las revisiones de lugar a las cuales estaba más que acostumbrado. Era seguridad, al final de cuentas. Le había pedido a su madre, que lo dejase solo para estas. Ella se había ido a sentar en el área de espera. Esta estaba repleta de turistas molestos, quienes llevaban en su gran mayoría sombreros, sandalias y camisas floreadas, a pesar del clima, pero Regina resaltaba entre todos, ya que esta llevaba una vestimenta bastante modesta hasta para alguien de su edad. Tenía un sweater cuello de tortuga negro mangas largas, unos jeans grises, el pelo recogido en una cola alta y una expresión seria en el rostro. La aura a su alrededor era de tristeza y de haber vivido demasiado en poco tiempo. Una vida no le alcanzaría para describir con palabras todas las cosas que habían pasado y sentido en todos esos años. La madre de Regina le había advertido de no casarse con Nicolás, ya que este no era más que un simple extranjero sin ningún tipo prestigio, según ellos, aunque realmente estaban en lo correcto con él. Ella no venía de una mala familia, todo lo contrario, su familia tenía un apellido y por ende una posición social que proteger. El hecho de que se casara con un inmigrante por amor, como ella decía, a pesar de todas las advertencias de que este la iba a usar y ofertas de matrimonios con hijos de familias adineradas que le habían hechos sus padres y abuelos, esto fue tomado como una desobediencia, algo imperdonable. Sus padres le dieron la espalda con todo lo que tuviese, que ver con ella y Nicolás Massimo o más bien Vasili Jökull. Ella no se arrepentía de su decisión, amaba a Nicolás, con sus virtudes y defectos, que en ocasiones sobresalían más que sus virtudes. Eso era algo que no podía negar. Regina al ver a su hijo caminando hacia a ella, susurro:

— No me arrepiento de nada — conteniéndose las lágrimas.

La historia no se puede cambiar, era algo que ella tenía siempre en cuenta, mantenerse en pie ante a la adversidad, era realmente la respuesta en momentos como esos. Al Ulquiorra llegar a su lado dijo:

— Creía que me tomaría más tiempo.

Su madre lo miraba fijamente.

— Sabía que no durarías, ya que la gran mayoría de personas que están acá son por retraso en sus vuelos.

— Excelente deducción.

— Siempre — esta rió.

Los parlantes empezaron a anunciar la llegada de un vuelo con destino a Brasil en diferentes idiomas. Los turistas empezaron a dirigirse a la puerta de salida. La expresión de muchos de estos se suavizo. El aeropuerto empezó a vaciarse lentamente, al parecer había llegado otro vuelo a un destino que ni Ulquiorra ni su madre pudieron escuchar a causa del ruido que había allí. En menos de treinta segundos el aeropuerto se había vaciado, quedando uno que otros turistas dispersos. Regina estaba en silencio con la vista fija en la pantalla que mostraba los vuelos. Ulquiorra tampoco decía nada. Este estaba parado a su lado con los brazos cruzados encima del pecho, parecían dos extraños, que por coincidencia se encontrasen juntos allí. Regina se levantó y lo abrazo con todas sus fuerzas.

— Aún no me voy — dijo Ulquiorra como una protesta.

— Lo sé, pero después será mucho peor.

Este no respondió y se limitó simplemente corresponder. Él podía escuchar su respiración irregular en su oreja, ella trataba de no llorar. Hundió su rostro en el hueco entre su cuello y hombro. Lloraba en silencio. Parecía como si el tiempo alrededor de ellos se hubiese detenido, al igual que el ruido. Sólo estaban ellos allí. Los parlantes volvieron a sonar, parecía que hubiesen subido el volumen de estos. Anunciaban la llegada del vuelo de Ulquiorra. Su madre se alejó de él en contra de su voluntad.

— Ya es hora de que te vayas — dijo limpiándose las mejillas con las palmas de sus manos — que tengas buen viaje.

— Gracias — dijo Ulquiorra.

— Te amo — dijo ella.

— Lo sé — este respondió mientras sacaba su boleto y pasaporte del bolsillo.

Su madre lo miraba, no sabía que más decirle. No quería decir adiós, por nada del mundo quería repetir esa palabra mientras tuviese vida, pero no era que ella quisiese, simplemente las cosas eran como eran.

— Adiós — dijo Ulquiorra estoico.

— ¡Hasta pronto! — respondió ella sonriendo a pesar de querer llorar un río.

Prefería la palabra hasta pronto antes que un cruel y frío adiós. Este le daba seguridad de que tal vez se volverían a ver, no por ahora, pero si pronto.

— Llámame más seguido.

— Lo haré — dijo con certeza.

Lo había prometido. Este empezó a dirigirse a la salida y dijo para sí mismo:

— Yo también — respondiendo al te amo que su madre le había dicho. Tenía que esforzarse en expresar sus sentimientos mejor.

Regina se despedía de él con su mano derecha. Este llego a la salida, donde estaba una chica de pelo castaño perfectamente peinado y ojos café con un uniforme azul marino ancho recibiendo los pasaportes y boletos con una sonrisa. Esta al revisar los documentos y comprobarlos se los entrego y amablemente le dijo:

— Le deseo un muy buen viaje, señor — esta sonreía con sinceridad.

— Gracias — dijo fríamente.

Este abordo el avión sin problemas. Casi todos los asientos estaban llenos, no le sorprendía. Los pasajeros trataban de acomodarse y otros tenían las miradas fijas en sus ventanillas. Ulquiorra no podía explicar cómo, pero estar sentado al lado de la ventanilla ayudaba a pensar y hasta despejar la mente. Este camino sin mucha prisa a su asiento, otra vez le había tocado el asiento de la ventana. Tomo asiento y se acomodó. Miraba por la ventana lo que se podía ver de la rampa. Hasta nunca Nápoles, pensó. Un chico de su misma edad con una barba descuidada, pantalones joggers rojos vinos y una camiseta negra se sentó a su lado. Este no dijo nada ni siquiera miro a Ulquiorra. Esto puso de mejor humor al susodicho, ya que tendría un viaje tranquilo y tiempo para poner en orden su vida. Los pasajeros en su totalidad habían abordado. Las puertas se cerraron y las azafatas empezaron a dar las indicaciones para el despegue. Se encendió el letrero de abrocharse los cinturones al cual todos hicieron caso. El avión empezó a tomar altura. Ulquiorra recostó la cabeza del asiento. Su mente comenzó a divagar en todo lo que haría al llegar, primeramente iría a casa, luego que acabasen las vacaciones, entregaría su proyecto, se graduaría, conseguiría un trabajo y haría las paces con ella, aunque no se le ocurriese nada que decirle. Todo iba a ir bien, por primera vez en su vida lo sentía así. Todo estaba en orden, solamente debía esperar. No se dio cuenta ni cuándo ni cómo se quedó dormido.

Muchas horas después.

Tenía las piernas dormidas y un terrible dolor de cuello, las horas habían pasado rápido, su cuerpo lo sentía. Se estaban acercando a tierra, empezaba a distinguir el verde y los grises característicos de las ciudades. Suspiro.

— Estoy en casa, por fin.

No veía la hora para que el avión se detuviera. Pudo divisar la rampa, el avión estaba descendiendo. Sintió el impacto de las gomas del avión al chocar con la rampa. La velocidad se iba disminuyendo conforme este avanzaba por esta. Cuando se detuvo totalmente, el chico de su lado empezó a parpadear rápido parecía como si hubiese salido de un trance, este miro a Ulquiorra y le sonrió.

— Camarada — dijo este con un acento indescifrable.

La puerta se abrió. Las personas empezaban a levantarse y tomar sus equipajes de mano. Ulquiorra nunca antes había estado tan desesperado de salir de algún lugar como en ese momento, pero trataba de disimular esto. Al salir del avión fue directo a buscar su equipaje, el cual encontró enseguida. El lobby de espera estaba repleto de personas como era de esperarse, había un hombre de pelo castaño y una barba larga con una camisa blanca y pantalones oscuros con un cartel naranja en sus manos, en el cual estaba mal escrito su nombre. Ulquiorra se acercó a este con parsimonia, este lo miro y le dijo:

— ¿Ulqurra?

— Sí, pero se pronuncia Ul-quio-rra — dijo con paciencia, porque entendía, que su nombre era poco común y complicado de pronunciar.

— Es exactamente lo mismo — dijo este molesto por la corrección.

— Claro — dijo el chico de los ojos verdes, no había razón para discutir. Le podía decir como quisiese siempre y cuando lo llevase a casa.

Ulquiorra lo siguió hasta el aparcamiento. Se preguntaba que le habría pasado a Baraggan que no lo había podido ir a buscar. ¿Estaría ocupado?, el hombre se dirigió a un Mercedez Benz C63 nuevo color blanco, sin placa. Este se montó en el auto con rapidez, algo que Ulquiorra imito. El interior del autor era de cuero y, tenía olor a piel y ambientador de almendras. Este había dejado su identificación arriba del asiento del pasajero, que decía: Rafael del Pozo. Este parecía ser un hombre de poca paciencia, y contra todos los pronósticos conducía como una persona civilizada y respetaba las leyes de tránsito. Esto tranquilizaba a Ulquiorra en gran medida. Rafael encendió la radio y se pudo escuchar Bittersweet Symphony de The verve. Este la tarareaba con entusiasmo, la canción iba perfectamente con el momento y el clima, el cual estaba templado. Los autos rebasaban a gran velocidad. Ulquiorra no podía evitar que las comisuras de sus labios formaran una mueca parecida a una sonrisa. Estaba en casa, aún no lo creía. Llegaron a Hueco Mundo en una hora y media. El chófer se detuvo al frente de su edificio y con desgano apago el radio.

— Señor Baraggan le llamara — dijo este más como un robot que una persona.

— Ya veo — dijo el chico tomando sus cosas.

Abrió la puerta del auto y salió con rumbo a la entrada. Cuando entro en esta empezó a observar su alrededor como queriendo comprobar que nada había cambiado, sólo habían sido dos semanas, pero sentía que había pasado una eternidad. Tomo el ascensor. El aire en ese lugar se sentía más fresco de lo normal. La pantalla del ascensor marco el número cuatro y abrió sus puertas. Se acomodó la mochila y salió de este con una expresión impasible, que cambio por una de sorpresa al ver el gran número de cajas cafés amontonas, que llenaban el espacio de ese gran lobby, parecía que su vecina se iba a mudar. Movió unas cajas que estaban delante de su puerta de entrada con su pierna izquierda. Que molesto, este pensó. Saco las llaves del bolsillo de adelante de su mochila y abrió la puerta sin mucho esfuerzo. Encendió las luces y miro a los alrededores, como extrañaba estar allí, al dar un paso adelante sintió algo en el pie. Era un sobre. Este lo miro fijamente y lo levanto, era blanco y tenía una inscripción en marcador negro que decía en Italiano léeme con letra tosca e infantil. Su mirada se tornó fría, tenía la ligera sospecha de saber de quien se trataba, pero lo que realmente le intrigaba era saber que él quería. Llevo la maleta y la mochila a su habitación, las cuales dejo encima de su cama, desempacaría después. Se dirigió a la sala con el sobre en la mano, y se acomodó en su sillón verde. No lo pensó mucho y rasgo el sobre cuidando de no dañar su contenido. Era una hoja estrujada y sucia, doblaba en cuatro partes. Ulquiorra con cuidado la abrió. Se leía:

Hey, supongo que si estás leyendo esto han pasado dos semanas y ya no estoy aquí, así que no te molestes en buscarme ¿entendido? Vuelvo a Nápoles. Me da igual si te fue bien o mal en tu viaje, por mí se hubiese caído el avión contigo adentro, basura, pero el punto no es ese, te hice un favor, uno muy grande. No me mal interpretes no lo hice por ti, lo hice porque mi familia le debía favores a la tuya, simplemente eso.

Le conté a mi padre, que irías a Nápoles y ni te imaginas lo mucho que insistió en que te dijese que lo fueses a visitar, pero le explique sobre tu estupidez de quererte alejar… blablablá, no me importa, le pedí que te pusiese seguridad, debiste haberte sentido observado, jajajaj hubiese pagado por ver tu rostro. Me entere también de que los Mallardo te harían "una visita" eso me hizo reír, realmente, ¿recuerdas lo que significan las visitas? ¿Cierto? Pero que te digo, tuve remordimiento, creo, y le dije a mi padre que mandase seguridad contigo cuando fuiste a la cárcel. Listo, no te debo absolutamente nada ni a ti ni tu familia. No te mueras, que ese es mi trabajo.

Besos,

Stefano Baldassare. Jodete.

Ulquiorra fijo sus ojos en la pared del frente. No lograba entender lo que acababa de leer, ¿Por qué Stefano se había molestado tanto? No terminaba de tragarse esa excusa de que lo había hecho por los favores que su familia le debía a la suya. El timbre de la puerta comenzó a sonar incesantemente. El rostro de ella volvió a su mente, ¿sería ella? Imposible. Ella no tenía nada que decirle. Este se levantó con pereza del sillón, puso la carta en la mesa y se dirigió a la entrada. Era Baraggan, quien tenía un traje de rayas gris a medida. Este al verlo lo abrazo con afecto.

— Me alegras de que estés aquí — le dijo al chico.

Ulquiorra no dijo nada y se limitó a recibir el abrazo. Tenía preguntas que hacerles, pero no sabía por dónde empezar.

— ¿Cómo estuvo tu viaje? — este se alejó de él, poso sus manos en sus hombros con la mirada fija en rostro.

— Estuvo bien — respondió.

— ¿Visitaste a tu padre? — cuestionó.

— Si — pausa — él ha cambiado.

— La cárcel cambia hasta a los hombre más duros.

Este asintió con la cabeza, eso era cierto, lo había visto con sus propios sus ojos. Baraggan no esperaba nunca a que el chico de ojos aceitunas lo invitase a pasar a su departamento para entrar. Realmente le encanta ese departamento en específico, ya que Ulquiorra lo tenía casi vacío y no había nada como cuadros que le interrumpiesen la vista, algo que lo ayudaba a apreciar más la estructura del lugar. Él se sentó en el mismo lugar donde Ulquiorra estuvo sentando.

— Disculpa no haberte ido a recoger, últimamente estoy más ocupado — se excusó Baraggan, pero su expresión era de preocupación.

— Me imagino — dijo Ulquiorra cerrando la puerta.

Baraggan al ver el maltrecho y arrugado pedazo de papel encima de la mesa, este sintió curiosidad. Lo tomo y lo empezó a leer. Ulquiorra fijo su mirada en Baraggan, no quería mostrársela por el momento. Ya que este no sabía cómo él fuese a reaccionar con eso.

— Stefano — pronunció Baraggan.

— Cuando fui a visitar a Papá — no solía decirle así a su padre — me preguntaron sobre él. Saben que él está aquí — prosiguió — no dije nada por supuesto, pero lo están buscando por tráfico.

Baraggan dejo la carta encima de la mesa.

— Lo sé — contesto él sin sorpresa — desde siempre lo he sabido, ¿Crees que lo hubiese dejado estar conmigo si no lo conociese?

— Pero — pauso Ulquiorra — ¿por qué? Eso te pudo causar problemas con la justicia, bueno, más de los que ya has tenido — dijo cruzando los brazos encima de su pecho.

Ulquiorra tenía razón y Baraggan lo sabía, estaba jugando con fuego. Este se había arriesgado demasiado, lo podían acusar de complicidad y, Baraggan de por si no estaba en buenos termino con la justicia de su país, y una acusación así de grave podía ponerlo tras las rejas por un largo tiempo.

— Lo sé, pero me he ablandado contigo, Ulquiorra — continuó — siento que no puedo darle la espalda a ningún joven, como tú, que por mala suerte han tenido que nacer en una familia mezclada en estos negocios, tu tuviste la oportunidad de irte a tiempo de allí conmigo, ¿pero y los que no la tienen y toman la decisión de seguir los pasos de sus familias? — pauso y lo miro fijamente — esto está destruyendo a las personas, especialmente a los jóvenes, que crecen con este concepto errado de que nadie aparte de ellos importa, hay muchas más cosas… — creí que podía ayudar a Stefano, pero no pude, él estaba más involucrado de lo que yo me imaginaba. Esta carta cuenta como una despedida — dijo señalándola — él no saldrá de la cárcel por mucho tiempo, aunque encuentre un buen abogado y tenga el respaldo de su padre. Él lo sabe.

Baraggan entro la mano en el bolsillo del interior del blazer de su traje y saco un pedazo de hoja de periódico doblado en cuatro partes. Este se lo paso a Ulquiorra quien estaba parado a su lado, y lo desdoblo con sumo cuidado. Era un artículo de página completa sobre el arresto de Stefano. En la foto este estaba sonriendo mostrando las esposas al parecer a la cámara. Lo estaban agarrando unos oficiales, que llevaban unos chalecos anti balas por encima de sus camisas con las siglas del comando especial y unas caras de pocos amigos. El artículo relataba detalladamente el arresto, de que se le acusaba, lo amable que este había sido con los oficiales al momento de arrestarlo y su negativa a hablar de donde y con quien había estado. Ulquiorra doblo la hoja y se la paso a Baraggan. No era quien para criticarle o juzgarle a Baraggan por lo que hizo, no era que este se hubiese ablandado era más que este era consciente de las consecuencia de sus actos. Stefano por otra parte era amable, a su extraña manera de serlo. Le había ayudado.

— Te entiendo, Baraggan — dijo Ulquiorra.

Este se levantó y le agarro el hombro a Ulquiorra bruscamente.

— Tomaste la decisión correcta con tu vida. La vida que llevo tu padre, yo, hasta Stefano no es la vida real, ni lo será jamás — le miro con nostalgia.

— Gracias, por ayudarme esa vez.

— No hay nada que agradecer, Ulquiorra.

El teléfono celular de Baraggan empezó a sonar, era su secretaria como siempre. Ella tenía cinco años más que Ulquiorra, pero actuaba como si tuviera toda su vida trabajando en esa oficina con Baraggan. No contesto la llamada porque sabía que eso era un "vuelve a la oficina" seguro.

— El deber llama — dijo el susodicho.

— Veo que sí.

— Descansa, sé que fue un viaje largo.

— Lo haré.

Este le miro, guardo el recorte del periódico en el bolsillo una vez más y camino hacia la puerta.

— Guillermo me dijo que le caíste bien — dijo antes de cerrar la puerta tras de sí.

— Sí, sí, sí — respondió este.

Ulquiorra fue a su habitación, esta estaba ligeramente desordenada, pero nada que pudiese alarmar al chico. Este subió las cortinas, dejando entrar los tenues rayos del sol a la habitación. Este abrió el bolsillo delantero de su mochila, buscando su teléfono, el cual no había usado mucho esas últimas dos semanas. Lo encendió. Tenía un mensaje de Grimmjow, el cual no le apetecía leer en el momento. Busco en la lista de contactos el número de la peli naranja, miro hacia a la ventana con una ligera expresión de duda en su rostro. ¿Era prudente llamar? ¿Mejor no sería hablar con ella personalmente? ¿Qué le diría? ¿Cuál sería su reacción? ¿Estaba preparado si ella lo rechazaba? Bloqueo el teléfono y lo tiro en la cama, y se fue de allí. Preferiría hablar con ella en dos semanas cuando empezasen las clases. Necesitaba pensar en que diría. Sabía lo que sentía, aunque se estuviese acostumbrada a esos nuevos sentimientos. Esas eran una de las cosas las cuales no terminaba de aceptar aún, ya que lo confundía y en ocasiones le frustraba el hecho de no entenderse así mismo del todo. Esperar, era la respuesta más acertada en ese momento. Descansaría y pondría las cosas en orden. Se había hecho todo un procastinador, en esos últimos años cuando se trataba de hacer cosas importantes.

Dos semanas después.

Las vacaciones habían acabado. Estas eran sus últimas en la universidad. A diferencia de veces anteriores estaba desesperado porque estas acabasen, deseaba graduarse y verla. Odiaba esa parte de él que lo detenía de dar pasos importante, si, era miedo a que las cosas no fuesen como él deseaba que fuesen. Pero nunca se podría controlar del todo nuestro alrededor, estaba tratando de asimilar eso, aunque estudiase a las personas, las personas al final de cuentas no tenían manuales. Riptide de Vance Joy empezó a sonar, esta era su nueva alarma. Sus ojos esmeraldas se empezaron a abrir. Los rayos del sol, que se colaban por la ventana iluminaban las paredes dando la sensación de que tenía alguna luz encendida allí. Este volteo el rostro a la mesa de noche donde tenía su proyecto, hoy era el día de entregarlo. Él lo había encuadernado y hasta había comprado un sobre manila verde para que este no se maltratase. Se levantó y se dirigió directamente al baño, quería salir lo más rápido posible, aunque se viese igual de tranquilo que todas las mañanas estaba nervioso, no tanto por el proyecto, ya que lo había revisado minuciosamente, más de treinta veces mal contadas, hablar con ella, era lo que realmente le causaba eso. Detestaba sentirse así. No se podía controlar. Se dio una ducha rápida, no quería llegar tarde en su último día. Este se puso una camiseta negra con diseño tribal y unos jeans azules con sus converse. Tomo su proyecto, y salió de su habitación. Ni siquiera se observó en el espejo, no se reconocería si se viera en ese momento. Fue a la cocina donde abrió la nevera, se encontró con unas tres botellas de agua y un envase de mantequilla. Tengo que hacer compras dijo como un susurro. Tomo una botella de agua y cerro la nevera. Iba a mejorar su dieta, tenía que. Este abrió la botella de agua y fijo su vista en la pequeña ventana de la cocina, hoy era el día su mente le repetía constantemente. No hay pensado en nada para decirle, pero algo ya se le ocurriría. Tenía fe. Este al acabarse el agua boto el envase en el zafacón y se dirigió a la puerta. Las cajas ya no estaban allí, todo estaba en orden. Tomo el ascensor y en menos de lo pensado ya estaba en la salida del departamento.

Este camino hasta la Universidad, al llegar se dirigió a la Facultad de Psicología, esta estaba repleta de personas como usualmente pasaba los primeros días. La habían vuelto a pintar de blanco, al parecer, por el brillo de las paredes. Este fue directo al salón del Prof. Aizen. Tenía la mirada fija en sus pies y sus manos en sus bolsillos, deseaba entregar el trabajo y continuar con lo que había venido a hacer, pero no podía evitar sentir que algo saldría mal, muy mal. Quería correr, dejar el proyecto e irse. Al llegar al salón pudo contemplar los ventanales imponentes de este que estaban tapizados con unas hojas amarillas, en las que a simple vista se podía ver una petición de mil firmas para que el profesor psicópata de Sōsuke Aizen renunciase, y dejase de crear monstruos con títulos de psicólogos. ¿Se le había ido la mano a alguien con su proyecto, una vez más?, Ulquiorra volteo el rostro al escuchar la estrepitosa risa de Grimmjow, quien estaba sentado encima de su mesa señalando la ventana al lado Nelliel quien miraba esta con preocupación.

— ¿Ulquiorra? — dijo Grimmjow secándose las lágrimas — ¿Cómo estuvo tu viaje?

— Bien — respondió este — ¿a alguien se le fue la mano con su proyecto?

— Respóndete tú mismo — dijo Nelliel.

Esta miro a Ulquiorra.

— Creo que yo la firmaría — dijo ella esperando una respuesta del moreno.

— Bueno — contesto Ulquiorra.

Los métodos de Aizen no eran los más correctos, pero eran eficaces, aunque terminasen dañando personas. Se lograba aprender mucho con él, ya que este era uno de los más reconocidos psicólogos del país. Dar clases no era su vocación, pero este lo veía como un asunto más profundo, hasta personal se podría decir. Quería formar psicólogos, que no se detuviesen si la situación se tornara difícil, más bien, que no dudasen si algún día tenían que usar herramientas fuera de lo común para llegar a un diagnóstico o dar terapias eficaces a sus pacientes.

Aizen llego con unos minutos de retraso, esa mañana se veía especialmente bien, ya que era su última clase con ese grupo, llevaba una camisa de rayas azules con unos pantalones negros y su cabello peinado hacia atrás. Al ver sus ventanas llenas de peticiones de renuncia sonrió aún más, este ni siquiera se molestó en quitarlas.

— ¡Buen día! — dijo en voz alta con una sonrisa.

Saco la silla de atrás del escritorio y la puso en el centro del salón. Todos los estudiantes tomaron asiento rápidamente al verlo tan de buen humor hasta Grimmjow casi se cae de la mesa al tratar de levantarse. Nadie se atrevió a decir nada sobre la ventana.

— ¿La han pasado bien? Supongo que si — este observaba el rostro de cada uno de los estudiantes — lo pase igual de bien, y me alegra también, que me tuvieran pendiente— dijo señalando la ventana.

Este parecía saber quién había sido y que estaba entre ellos.

— Vamos al grano, ¿no? — este se sacó su estuche de lentes del bolsillo y se puso sus lentes de pasta negra — el proyecto — muchos se levantaron de sus pupitres para entregarse, entre estos Ulquiorra, pero Aizen hizo un ademan negativo con la mano — aún no, hagámoslo más dinámico — ¿Qué les pareció su proyecto?

Un silencio sepulcral lleno la habitación. Nadie quería hablar o tal vez nadie sabía por dónde empezar. Ulquiorra tampoco deseaba hablar, gracias a ese proyecto había ganado y perdido algo. Había crecido personalmente. Nada que realmente pudiese interesar en una clase.

— Este silencio me deja dichas muchas cosas, ni se imaginan — dijo Aizen arreglándose los lentes con el dedo anular — No es obligado hablar tampoco, así que no se preocupen.

Todos se levantaron en orden a poner los trabajos en el escritorio del profesor. Muchos habían empastados sus proyectos como libros otros como Ulquiorra, lo habían encuadernado, al final de cuenta lo que más valía era el contenido.

— Déjenme contarles, esto es mucho más interesante de lo que piensan — todos los estudiantes le miraron con atención— el proyecto en el cual haya esfuerzo, compenetración de parte del autor y, que por supuesto este bien hecho, recibirá todo mi apoyo y referencias si desea iniciar su propio consultorio— la expresión en el rostro de todos cambio— Anunciare el elegido el día de la graduación.

Tener referencias y apoyo del mejor psicólogo del país, era un sueño hecho realidad. Nadie nunca te negaría un trabajo por el simple hecho de leer el nombre de Aizen en tu currículo.

Grimmjow gruño.

— ¿Algún problema Grimmjow jaegerjaquez?

— ¿No cree que debió decir eso antes?

Todos miraron al chico del pelo celeste expectantes de las respuestas del maestro.

— No, realmente. Si les hubiese comentado se hubiesen sentido más presionado de lo que yo entendía, que ya estaban y no hubiesen hecho tan buen trabajo como yo asumo que hicieron unos estudiantes de termino — dijo Aizen con parsimonia.

Era cierto. Grimmjow no dijo nada, no tenía más nada que decir. Detestaba las sorpresas.

— Pueden irse todos, excepto Ulquiorra.

Esto hizo salir al chico de sus cavilaciones y quitar los ojos del metrónomo que Aizen había puesto en su escritorio. Sentía que estaba perdiendo tiempo, deseaba ir a verla. Al salón vaciarse por completo y sólo quedar estos dos. Aizen se levantó y comenzó a quitar las peticiones de las ventanas con una sonrisa en su rostro.

— ¿Qué te pareció el proyecto, Ulquiorra? — pregunto sin mirarle.

— Interesante — dijo mientras ponía sus manos en los bolsillos de su pantalón.

— ¿Aprendiste algo útil sobre ti?

— Si.

— Excelente, mi trabajo está hecho — este asintió con la cabeza — te puedes ir.

Eso había sido extraño, pero nada era del todo normal con Aizen. Al este salir empezó a correr. La iba a ir a ver. Nada lo detendría, pero algo dentro de él le seguía diciendo que las cosas iban a salir mal. Terribles. Acelero más hasta que choco por error con la última persona que deseaba ver en la tierra, Ichigo Kurosaki. ¿Qué él hacia allí?, este tenía una sudadera Vans y unos jeans azul oscuro, y el ceño fruncido. Le miro y le dijo:

— Justamente te estaba buscando.

— ¿Qué deseas? — dijo Ulquiorra, tratando de que este no le quitase mucho tiempo.

— Debería preguntar yo, ¿Cuál es tu punto con esto, no? — dijo Ichigo con ira.

— ¿Punto de que? — este empezó a mirar a su alrededor, el pasillo de la facultad estaba vació.

— No es momento de hacerse el imbécil — le empujó hacia la puerta de un salón que estaba al lado izquierdo de ello. Este reboto en esta— sabes de lo que estoy hablando, lo sabes muy bien.

— No te entiendo — era cierto, sabía que él no le caía bien, pero no era para tanto ¿o sí?

— Por tu culpa ella se fue.

— ¿Quién se fue? — este pregunto temiendo lo peor.

La mujer no se podía ir. No, eso era imposible. Ella no era de esas que abandonan todo.

— Inoue — este frunció más el ceño al pronunciar su apellido — le advertí sobre ustedes. No la encuentro por ninguna parte.

— La mujer — dijo Ulquiorra.

— Cállate, todo es tu culpa.

Ulquiorra no creía lo que estaba escuchando. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Su mente atinaba a preguntarse. Era su culpa... Ella se había ido por lo que había pasado. No vio venir el puño de Kurosaki sobre su rostro. Sólo sintió como la sangre empezaba a bajar por su nariz. Lo merezco, pensaba este, no había punto en defenderse. Ichigo retrocedió al ver que Ulquiorra no había subido el rostro. Tenía la mirada fija en sus pies, aunque un poco borrosa a causa del golpe.

— Levántate — dijo este con ira — métete con alguien como yo.

— Basura — dijo Ulquiorra en voz alta, estaba molesto.

— Exactamente, eso es lo que quiero oír.

Ichigo se volvió a acercar a Ulquiorra, quien subió el rostro, pequeñas gotas de sangre habían manchado el piso. No iba a dejarse provocar, simplemente no. Este retrocedió y suspiro.

— No quiero pelear — dijo Ulquiorra.

Esto molesto aún más al chico del pelo naranja.

— No creo que tú tampoco estés en posición de pelear porque esto también es tu culpa, tú eras su amigo y la dejaste sola. Simplemente ustedes estaban más ocupados en otras cosas y la ignoraban, ¿crees que ella no se daba cuenta? — dijo este fríamente — tal vez sea mi culpa, pero ustedes son la raíz del problema.

— Cállate — grito Kurosaki tomándolo por el cuello de la camiseta.

— ¡Ichigo, no! — grito una voz femenina — basta…

Era Tatsuki quien venía corriendo aun con su uniforme de karate.

— ¡Esta no es la manera! — esta le dijo mientras tomaba el brazo del Ichigo — a ella no le hubiese gustado, que las cosas acabasen así.

Este dejo caer a Ulquiorra, quien no dijo nada, y se limitó a observarlos. Estaba molesto consigo mismo, por lo que había causado. La chica del pelo negro trataba de calmar a Ichigo. Esta miro de reojo al peli negro y le dijo:

— No lo hice por ti.

— No me interesa.

Esta hizo que Ichigo se fuese con ella. Ella le hablaba con un tono calmado. Ulquiorra se calmó también y siguió caminando. Lo había arruinado todo. ¿Dónde ella estaría? Este pensaba mientras se limpiaba la sangre de su nariz. No entendía lo que estaba sintiendo, pero quería irse de allí. Alguien había movido algo dentro de él. Tenía miedo, miedo de verdad ¿y si tal vez no la volviese a ver jamás?

Camino lento hasta la salida de la facultad no tenía nada más que buscar allí, ni en ninguna parte. Quería ir a casa.

Ella ya no estaba.

Continuara

Muchas bendiciones y gracias por su tiempo

Dato: esta historia es publicada los domingos o lunes.


Notas de autor:

Disculpen la tardanza, este es mi último mes en el colegio y ya se pueden imaginar cómo estoy. Esta historia oficialmente tiene un año, ¡Yuju!, gracias por el apoyo de todos ustedes. Espero que les haya gustado el capítulo. Quedan pocos capítulos. Casi. Casi.

Si pudiese musicalizar a:

Regina Cifer sus canciones serian: Non Je Ne Regrette Rien de Edith Piaf, Counting Stars de One Republic y For whom the bells tolls de The Bee gees

Gracias a:

Juvia: ¡Hola, chica qué bueno leerte otra vez!, que mal eso :c, pero por lo menos ya no lo estas más /0/ . Trato de que sea así, aún falta un poco. Tratare de actualizar más pronto la próxima vez. Muchísimas gracias por tu tiempo y tener pendiente la historia. Besos y abrazos. Suerte con todo. Espero que te guste este capítulo.

IrisTohruSohma: ¡Hola hermosa! Sí, es que estoy ocupadísima. Gracias, trato de buscar cosas, en serio. Me alegra muchísimo leer eso. Jajaja mucho remordimientos…mucho. Sí, no podía dejar que se fuese sin ver a su padre. Quise que se parecieran, jajajaja muy buena deducción. Las madres son así con su séptimo sentido. A mí por igual, Guilermo me hace reír. Exactamente lo inspire en el manga, me encanta su relación, de verdad. Sí, porque nunca mencione el color de su pelo, porque no me decidía, ya que quería que Ulquiorra tuviera rasgos de sus dos padres aquí. Nicolás tiene sus maneras, al igual que su hijo. ¡Claro! Toda esa experiencia cambia mucho a las personas. Si. Gracias. Más adelante sabrás las respuestas a esas interrogantes. Tratare de no tardar tanto. Omg, gracias no sabes lo feliz que me pone leer eso. Ni te imaginas… Gracias como siempre por el apoyo. Espero también leer tus actualizaciones, pronto. Besos y abrazos. Suerte y animo con todo.

Amakii: ¡Hola preciosa! Qué bueno. Eso pasa la mayor parte de las veces, así como dices si no son de nuestro interés. A mí por igual, mucho la verdad. ¿De verdad? Jajaja, es que nadie debe tocar sus platos ni adornos. Todos. Si, por los asuntos de su familia, es peculiar en verdad. ¡Qué bueno! Me alegra bastante leer eso. Tratare de actualizar más rápido. Besos y abrazos. Suerte con todo. Animo.