Acto II

Anna lo intentó. De verdad intentó incontables veces regresar el labio inferior al superior. Imposible. Desde que Elsa la sentenció al encierro unos segundos atrás, permaneció boquiabierta y con los ojos clavados en la cerradura congelada. Congelada igual que su cerebro. Todas sus vocecitas internas hacían un esfuerzo sobrehumano para descongelarlo; lo movían de un lado a otro, lo empujaban, hasta lo abofeteaban, pero nada funcionaba. Típico. Cuando pensó que la situación había mejorado, de la nada ¡PLASH!, chapuzón. De vuelta estaba nadando en una laguna inmersa de crisis.

Oh, dios mío. Me dejó encerrada. ¡Me dejó encerrada! ¿Quiere abusar de mí?, ¿es momento de gritar? No, ¡claro que no! ¡Es Elsa, jamás podría hacer eso!

Um... No quiero interrumpir tu crisis, pero eso mismo dijiste cuando estabas segura de que ella jamás te lastimaría. Y, por si no recuerdas lo que pasó, terminaste...

¡Ya sé, ya sé! ¡Pero esta situación es MUY diferente! Ella no es capaz de... ¿O sí? ¡No, imposible! ¡Me niego a creerlo!

¿En vez de entrar en pánico no deberíamos aprovechar la oportunidad? Digo, ya que estamos aquí y tenemos un temita de incomodidad... Ya saben, ahí abajo. Elsa podría atendernos.

¡NO! ¡Esfúmate voz del mal número dos!

Más por un impulso, pues, una mano agarrándola con firmeza de la espalda le recordó que estaba sentada sobre el regazo de su hermana, se obligó a regresar a esos marítimos ojos que desprendían un brillo travieso. Elsa estaba utilizando todas sus herramientas para hacerla caer, incluso la más poderosa: su magnética mirada. Anna debía reconocer que si su intención era desarmarla con ella, estaba teniendo éxito. Le costaba defenderse de esos penetrantes ojos. Mientras más los observaba, más se sentía pequeña e indefensa, tal como si estuviese a punto de ser devorada por un hambriento animal. Quería dejar de mirarlos, despegar las pupilas de las suyas con urgencia, ¡pero carajo que costaba! ¿Cómo podía tener tanto poder en ella? ¿Era Elsa o su magia la que la estaba hipnotizando? Lo que fuera, si no escapaba del hechizo pronto haría algo de lo que se arrepentiría.

—¿Qué crees que estás haciendo? —Hizo lo que pudo para que su voz no sonara temblorosa, pero más que nada para que Elsa no notara el entusiasmo que comenzaba a asomarse detrás del temblor. A pesar del conflicto interno, por primera vez en mucho tiempo sentía las emociones tan revolucionadas como el estómago, que hacía minutos no dejaba de hervir por los nervios. Adoraba la sensación de vértigo, de peligro. Las aventuras eran lo suyo, ¿y a quién quería engañar? Las había extrañado horrores.

Pero ésta aventura... sí que era muy particular. Sentirse entusiasmada debía ser un efecto colateral del encierro. Sí, eso tenía que ser.

—Encerrarte hasta que aclares la cabeza. —Elsa respondió con tranquilidad, ignorando que su acto tuvo un tinte bastante villano—. Por lo que veo, tomará su tiempo, así que nos quedaremos aquí hasta que finalmente te decidas y dejes de entusiasmarme por nada.

—¡No te entusiasmo! —exclamó Anna y Elsa reforzó el abrazo que la mantenía cautiva, estrechándola contra ella. Reforzó las cadenas. Elsa lo creyó necesario para evitar un posible escape suicida por la ventana. Anna, por otro lado, entendió que si llegaba a revolverse para huir las reforzaría aún más, o, peor aún, la acorralaría de otro modo que posiblemente muy lejos estaría de ser adecuado— ¡Solo...! Solo trato de entender qué pasa conmigo.

—¡Bingo! —Elsa levantó una ceja—. Entonces, sí pasa algo.

—Eso no...

—El tema es ¿por dónde pasa, hermanita?

Anna desvió la mirada, sonrojándose. Rogaba que Elsa dejara de actuar tan altanera, tal vez así se le destrabaría la lengua.

—Por aquí... ¿quizás? —Elsa puso una mano en su pecho y agrandó los ojos ante lo que sintió—. Oh, dios. Tu corazón está a mil, ¿estás bien?

A esa altura Anna ya no podía decodificar cuándo su hermana estaba fingiendo y cuándo no. Su inocente expresión la mareaba.

Y enojaba.

Se burla.

Se está burlando para despertarte.

Pero se burla de igual modo.

—¡Claro que no estoy bien! ¡Estoy encerrada! No me gustan... los espacios cerrados. —Se excusó, tratando de no pensar en las suaves caricias que estaba recibiendo en el centro del pecho. Miró hacia atrás. La otra mano de Elsa tampoco la dejaba en paz; acariciaba la parte baja de su espalda en un lento vaivén.

—Que yo recuerde, nunca fuiste claustrofóbica.

—¡Bien! ¡A partir de hoy lo soy!

Elsa soltó una cautivadora risita y la impulsó hacia sí por la cintura. Anna bajó la mirada, inquieta, al sentir la suave presión de sus pechos contra los suyos. Tan suave que parecía hecho apropósito.

Lo hizo apropósito.

El propósito de Elsa es tentarme. Quiere que caiga a sus pies.

Arrugó la frente, enojándose. Desde que plantó los pies en su habitación tuvo la sensación de que Elsa estaba jugando con ella. Manipulándola. Tirando frases coquetas o subidas de tono, mostrándose sensible en ocasiones y luego retomando su soberbio papel cuando el anterior surtió efecto. No le agradaba que jugaran con ella, menos la persona en la que creyó confiar ciegamente toda la vida. La sensación de traición volvió. ¿En quién confió todos esos años perdidos?, ¿en una sombra? Si iba a descubrir sus verdaderos sentimientos, no quería sentirse obligada a ello. Necesitaba tiempo. Tiempo que su hermana mayor no quería otorgarle debido a puras cuestiones egoístas. Anna, por el contrario, desconocía el egoísmo, al menos tratándose de Elsa. Siempre le tuvo paciencia. Toleró todos sus cambios y la apoyó en los momentos más difíciles. Ahora era ella la que necesitaba tiempo y paciencia, ¿y Elsa no pensaba dárselo?

Se le cerró el pecho. Esta vez no por miedo a perderla, sino por ira. Una importante ira contenida. No de hoy, no de días, sino de años. Fuertes años sintiéndose abandonada. Sensación que costó superar y que, ahora, resurgida de las cenizas gracias a las malas vibras, se estaba transformando en otra cosa: un remolino de furia.

Mala hermana.

Traidora.

De acuerdo, es la peor.

Las tres voces en su interior, que protagonizaban su crisis, por primera vez estuvieron de acuerdo, generándole una instantánea confianza y despertando a una nueva persona; una fusión de todas las demás. Una que nunca se vio en la necesidad de utilizar porque nadie le había hecho sentir una traición tan grande a sus sentimientos como ella, ni siquiera el corrupto príncipe Hans. Elsa, en la que menos esperó hallar esa traición, resultó ser la elegida para despertar su peor lado. La culpable de que se colocara la máscara de una malévola reina de Arendelle. No iba a darle el gusto de caer ante ella, no ante esa soberbia actitud.

Elsa se sorprendió debido al cambio de expresión en su hermana. Ésta última la observaba con seriedad. Furia huía de sus ojos.

—¿Por qué me miras así?, ¿tan enojada estás? —le preguntó con una sonrisa, llevando la mano a su mejilla—. Duele, ¿verdad? Descubrir quién eres en realidad.

Lo que duele es que te burles de mí.

—No descubrí nada —contestó Anna, agarrándole la mano. La desprendió de su cara y la dejó caer con una indiferencia que molestó a la mayor—. Y no lo haré si sigues así. Deja de analizarme y abre la maldita puerta. Es una orden.

Elsa se encogió de hombros, dolida por su tono. Anna estaba en lo cierto. Trataba de analizarla, pero tenía un buen motivo para hacerlo. Una certeza clavada en su alma que, testaruda, se negaba a abandonar.

—¿Es una orden directa de la reina o de mi hermana?

—De la reina.

Elsa asintió con las cejas alzadas y entrelazó los dedos detrás de su espalda, haciendo caso omiso.

—Y dígame, su majestad, ¿qué pasará si me niego?

Anna le mantuvo la visión con un severo gesto digno de la realeza y comenzó a levantar una comisura.

—Te encerraré en el calabozo.

Elsa sintió esas palabras como unos puntiagudos hielos clavándose directo en el pecho. Estrechó los ojos, intentando contener las inmediatas lágrimas que se acumularon en ellos. Quería desaparecer. Ahí estaba su hermana menor, con una actitud tan fría que hasta le robó el título. Era ella quién merecía ser llamada "La reina de las nieves". Le congeló el aliento, y el corazón. Tenía que ser un espejismo. Anna no era una persona cruel. Y, si lo estaba siendo, ¿significaba que la situación la sobrepasó? ¿Desintegró su adorable personalidad con sus pecaminosos comportamientos? ¿Tenía que detenerse?

¿Es momento de rendirme? Pensé que estaba aflojando, pero ahora nada parece funcionar. Solo estoy destruyendo nuestra relación.

Pensó Elsa, mordiéndose el borde del labio. Costumbre que adquirió de su hermana menor de tanto observarla hacerlo.

No, ya llegué demasiado lejos como para rendirme. Ya la destruí. Ella aún no lo sabe, ¡pero yo sí sé la verdad!

Elsa atrapó su rostro con las manos. Anna se tensó y la máscara que llevaba puesta se agrietó por la mitad. Juró escucharla crujir. Bastó una sola acción, un solo roce de parte de Elsa, para debilitarla. Comprendió, entonces, que no tenía mucho tiempo. Debía escapar antes de que terminara de quebrarse, pero la mayor no le facilitaba la salida.

—No voy a dejarte ir, Anna. Si me llevas al calabozo congelaré todo a mi paso. Arendelle volverá a ser un invierno eterno por tu culpa, y esta vez no te aseguro que todos sobrevivan. Una vez que mi poder se desate por la ira, no podré controlarlo.

Anna permaneció firme, dispuesta a hacerle frente a ese peligroso Avatar que amenazaba con destruir a su amado pueblo. Tenía que detenerla. La máscara estaba agrietada, sí, pero aún seguía en su rostro. Podía utilizarla un poco más. Sin embargo, su interior era otro tema. Se encontraba desorbitado. Sin máscaras, sin ayuda, dubitativo y sintiéndose un poco temeroso por la rebelde actitud de su hermana mayor. No podían ser ciertas sus palabras, pensaba. Y, si lo eran, tenía que accionar antes de que las llevara a cabo.

Separó los labios para decir algo en su defensa, pero volvió a cerrarlos al sentir un cosquilleo en las mejillas. Deslizó las pupilas hacia el costado. Los dedos de Elsa tiritaban en ellas, como si no pudieran contener el gran peso de su discurso genocida.

De su mentira.

Anna regresó a sus ojos para hallar la verdad. Un mentiroso brillo alumbraba las pupilas de Elsa, dejándola expuesta.

¿Así que no soy la única encarnando un personaje, eh?

—Pensé que no ibas a obligarme a nada, Elsa. Te contradices, como siempre. —dijo muy diplomáticamente. Si su hermana decidía interpretar el papel de malvada, ella también lo haría. Y mucho mejor.

—No voy a obligarte, solo quiero que pienses un poco.

—¿Pensar? No hay nada que pensar.

No si me obligas a ello.

—¡Lo hay! —Se exasperó Elsa—. Piensa, Anna... Piensa bien en nosotras, en nuestro vínculo, nuestros sentimientos y acciones a lo largo de este tiempo, ¿te parecen normales?

En ese peculiar instante, Anna no tenía ganas de pensar en ello porque sabía que dentro de esos recuerdos, en efecto, encontraría anormalidades. Darle la razón a su hermana estando enojada no era la idea.

—No tiene sentido esta conver-

—¡Piensa en mí! ¡Solo... reflexiona un poco!

—¿Pensar en ti? —repitió Anna en un iracundo murmullo. La máscara terminó de quebrarse. Cayó al vacío, dejando al descubierto a una afligida y enfadada reina. De todas las oraciones habidas y por haber, Elsa eligió las peores— ¡Toda mi vida solo he pensado en ti! ¡Tú eres la única egoísta aquí!

—¿A-Anna?

—¡Déjame respirar una maldita vez en la vida! —Anna hizo fuerza para desligarse de sus brazos. Pero Elsa, obstinada y empezando a desesperarse, volvió a reforzar el agarre.

—¡No! ¡Si te dejo ir ahora todo terminará! ¡Tú no querrás...! —Apretó las mandíbulas, bajando la cabeza. Su voz quedó ahogada debido a la congoja— ¡Tú no vas a querer saber nada de mí!

Anna levantó las cejas con sarcasmo. Su hermana era más infantil de lo que pensaba. En otro momento le hubiera dado ternura, pero justo ahora solo le daba impotencia. Una gran impotencia. Le había dicho unos minutos atrás que quería quedarse a su lado, a pesar de todo. ¿Acaso la memoria de la ex reina se había ido de viaje?

—¿Me tienes encerrada por eso? Idiota... Que esté enojada no significa que te quiera abandonar. Nunca te voy a dejar sola, ¿oíste? ¡Nunca! ¡Para eso estamos las hermanas, para molestarte toda la vida!

Elsa levantó la cabeza con los ojos bien abiertos. Sus palabras casi le hicieron reír. Era cierto, su presencia era una molestia. Le había arruinado la vida; despertándole sentimientos inapropiados, generándole más miedo del que ya tenía hacia sí misma, haciéndole desear cosas prohibidas, robándole el sueño por las noches... Definitivamente seguía arruinándole la vida, y, aunque así fuera, agradecía infinitamente su existencia en ella.

Porque sin ella no era nada.

—Pero ahora mismo necesito tiempo para... entender todo esto —continuó Anna, decidiendo bajar un cambio. Escuchó sus propios gritos desde afuera y no le gustó. Supuso que menos le gustaría a su hermana, que ahora mostraba una expresión tan dolida como tímida—. Tiempo que no me estás dando, Elsa, y lo necesito, ¿sabes? No es fácil procesar lo que está pasando. Terminemos este acto de una buena vez. Ni a ti ni a mí nos sale bien el papel de malvada.

Elsa declinó los ojos con un tenue rubor. Emboscada, así se sentía. Nunca fue muy buena comprendiendo los sentimientos de los demás debido a que, bueno, seamos honestos, ¡no tuvo para nada vínculos con el exterior en su infancia y adolescencia! ¿Cómo demonios iba a saber tratar con las personas si se la pasó encerrada en su cuarto hablando con ella misma? Los años finalmente fuera de él ayudaron a volverse más sociable, pero sus vínculos se limitaban a: su adorable hermana (que estaba un poco loca), el primate esposo de ella, Olaf y un reno. ¡Un reno! No quería justificarse, pero le parecía incoherente que pudiera comprender de la noche a la mañana una personalidad tan enredada como la de Anna. Sí, enredada. Tenía fuertes fundamentos para argumentar aquello. Luego de un tiempo de convivencia, empezó a notar algunos detalles de su hermana menor que le resultaron imposibles de ignorar. Uno, por ejemplo, era ciertamente curioso: Anna escucha voces en su cabeza, ¡voces! La vio hablando sola en varias ocasiones. Más allá de la ternura que le daba su monólogo interno, ¿tenía que entender a todas sus personalidades?, ¿cautivar a cada una de ellas? ¿Cómo hacerlo si apenas podía entender a la Anna que tenía enfrente? Difícil, ¿verdad? Por eso, como última opción decidió que solo quedaba accionar. Esa era la única estrategia en sus manos. Accionando quizás se daría cuenta de los sentimientos de Anna. No obstante, y para su mala suerte, se encontró con un laberinto peor del que ya era. No hallando la salida, entró en pánico: la encadenó con tal de no dejarla ir. Si pensaba detenidamente en eso, la respuesta al porqué Anna se encontraba tan enfadada era obvia: por su egoísmo. Sí, fue egoísta al obligarla a pensar en sus sentimientos. Pero la reina no se quedaba atrás respecto a los malos tratos. ¿Encerrarla en un calabozo? Aún seguía escuchando esa sentencia en la cabeza.

—Dijiste que ibas a encerrarme en un calabozo... Eso dolió.

Anna suspiró.

—Perdóname, estoy un poco... fuera de mí. Obviamente no pienso encerrarte, tonta. Pensé que me ibas a dejar ir si decía eso. —respondió, llevando la mano a su cabeza. La acarició, extinguiendo parte de los pesares de la mayor, pero no todos.

Elsa inclinó la cabeza cual cachorro, dejándose mimar, y dibujó una sonrisa triste.

—Sí, soy una tonta. De eso no hay duda.

—Els...

—¿Ahora lo ves, Anna? Tú eres la única que puede lastimarme. Quebrarme así... —Se tapó la boca, avergonzada—. Odio depender tanto de ti.

Anna sonrió de soslayo y pasó las caricias a su mejilla.

—Dímelo a mí, siempre dependí de ti. Hoy puedo asegurarlo, pero... aún no puedo asegurar lo que siento por ti.

Esas palabras retumbaron en la habitación, pero no fueron respondidas. Se quedaron en silencio. Anna observando su decaído semblante y Elsa meditando sus acciones pasadas. Reproducirlas le daba vergüenza. Se había superado a sí misma en términos de estupidez. No merecía la consideración de Anna. Menos el título de diosa, todavía se manejaba como una patética humana. Antes de hacer el ridículo, estaba segura de que tenía buenas razones para actuar como actuó, incluso aunque una sabia voz en su mente le advertía que mantuviera la calma. No le hizo caso. Se convenció de que, en algún lugar escondido del corazón de Anna, ella la amaba del mismo modo. Cayó en una trampa gracias a sus actitudes protectoras, las excesivas muestras de cariño, que le parecían exageradas tanto a ella como a cualquier otra persona, y muchas más cosas que le revolvieron el cerebro. «No parecemos hermanas», pensó más de una vez. «Esto es mucho más que una hermandad». Se equivocó. Estaba tan desesperada... Anhelaba tanto que su hermana menor viera la vida como ella que se dejó llevar por sus erróneos instintos. El deseo de ser aceptada era tan grande que incluso, allí, en su puerta y viéndola hacer el amor con su marido, armó un plan meticuloso que, si Anna lo llegase a descubrir, nunca se lo perdonaría. Ya está. Tenía que enfrentar la verdad, y esa era tan dura como el nudo en su garganta: no podía obligarla a corresponderle. Y si eso significaba aceptar la derrota, lo haría.

Por su bien haría lo que fuera.

Con mucha fuerza de voluntad, desenredó los brazos de su cintura. Anna se observó liberada y miró sus ojos, solo para no encontrarlos. Elsa no quería mirarla. Si lo hacía, la sabiduría se esfumaría, dando paso nuevamente al egoísmo. Se limitó a apartarse y descansar las manos detrás del cuerpo, como si no pudiera sostenerlo debido a la desgracia con la que cargaba. Quedó con la cabeza gacha. Rendida, apenada y muy, muy desdichada.

Y con esa desdicha carcomiéndola, pronunció las únicas palabras que podrían definir al verdadero amor.

—Te libero, Anna.

La nombrada ensanchó los ojos.

—Nunca quise obligarte a nada, perdóname si te hice sentir así. Estaba tan desesperada por ser correspondida que no pensé en tus sentimientos. —Elsa pasó la vista a la cerradura y en un parpadeo la descongeló—. Eres libre de irte y seguir con tu vida. Espero que algún día puedas perdonarme.

Anna contempló la puerta con la garganta cerrada. Tragó saliva, tratando de abrirla. Mostrar su lado dictador funcionó. Al fin era libre. Sin embargo, ahora no quería irse. No dejando a su hermana tan triste. No sintiendo ese vacío existencial en el centro del pecho y la sensación de que si traspasaba esa puerta cometería el peor error de su vida.

Histérica.

Cállate.

Eres peor que ella.

No quería aceptarlo, pero tal vez las vocecitas tenían razón. Tal vez nunca quiso irse, simplemente se sintió demasiado acorralada para su gusto. En general, era ella la exaltada, la que obligaba a su hermana a cumplir sus infantiles caprichos. ¿Y ahora?, ¿los roles se habían invertido? ¿En qué momento?, ¿cómo? Tenía que reflexionar y no había mucho tiempo, así que..., pensemos: ¿qué hubiera pasado si Elsa no la hubiera encadenado? Si no la hubiera amenazado con el encierro. Anna se encontraba encima de ella minutos atrás, y, aunque sonara extraño, no estaba incómoda. ¿Por qué? Porque ella tenía el control.

¡Ajá! Dominatrix resultaste.

¡No es eso!

¿O sí? ¿Y si solo necesitaba eso? Tener el control, un poco de confianza hasta descubrir sus verdaderos sentimientos. Sentirse de la realeza, poderosa. No ser la acorralada sino la que acorrale. De esa forma, con la inseguridad fuera, podía pensar mejor. No sería presa de nadie, ni siquiera de ella misma y de sus enredadas emociones. Y, en el mientras tanto, podía averiguar qué tan lejos era capaz de sentir.

Y llegar.

Esa reflexión le despejó un poco la cabeza. De repente, se encontró nadando hacia la superficie de esa pesada laguna en la que estaba hundida. Solo un poco más. Un poco más y lograría respirar, pero para eso necesitaba...

—¿No vas a irte?

La voz de Elsa la sacó de sus pensamientos. Anna miró esos ojos que estaban clavados en la sábana dispuestos a no caer en los suyos. Si Elsa la observaba, se desplomaría. Anna lo sabía y aquello le generaba una inmensa satisfacción. A esa altura era innegable que tenía a una diosa a sus pies. Realmente a una diosa. ¿Era merecedora de ello? Una simple mortal siendo adorada por una deidad.

La confianza volvió.

—Elsa, ¿tus sentimientos son reales?

Elsa levantó la mirada, desentendida. ¿No lo dejó bien claro? ¿En qué mundo loco estaba navegando su hermana como para olvidar la importante confesión que le regaló?

—¿Malgasté mis dedos por nada? —le preguntó.

—¿Huh?

—Escribiendo la carta. ¿La trajiste, no? —Señaló el bolsillo de su bata, donde se asomaba el papel. Hizo un ademán con el mentón—. Léemela.

Anna arrugó los labios. Imposible leer tales barbaridades sin trabarse en el medio. Su cerebro, en sí, ya se estaba trabando al recordar un párrafo específico: donde recitaba que se estaba masturbando mientras las observaba. Se aclaró la garganta, obligándose a borrar la inmediata imagen que apareció en su mente de una Elsa en ese íntimo momento.

—Sabes a lo que me refiero. —reprochó. Elsa suspiró.

—Por supuesto que son reales, Anna.

—Entonces, ¿qué conllevan esos sentimientos? Qué... ¿Qué quieres hacer conmigo?

—¿Es en serio? ¿La leíste o no?

—¡Lo hice! Bueno, gritando en el medio, ¡pero lo hice! Por algo estoy acá, pero no estoy segura de haber enten-

—Anna..., quiero todo de ti. —Elsa levantó el brazo y le tendió la mano en una invitación—. Tu aroma en mi cuerpo, tu piel sobre mí. Pero, más que nada..., tu corazón.

Anna miró su mano, sonrojada. Esa invitación le estaba resultando tentadora cuando no debía serlo. Pasó la vista a sus ojos, solo para querer escapar de ellos. Temía que la convencieran de terminar sobre ella. Y temió bien. No podía huir de su mirada; el magnetismo volvió. En esta ocasión, no hizo fuerza para salir del hechizo. Le hacía sentir bien, querida. Adorada.

—Mi corazón siempre lo has tenido, Els.

—Sí, pero tu cuerpo... Eso es algo que no he tenido el placer de probar, y, por lo que veo, jamás lo tendré —respondió Elsa, acariciándole la mejilla con una sonrisa amarga. Anna atajó su mano con la misma amargura—. Pero entiendo que sea así. Es lo correcto en tu mundo.

Sí, ya no hay nada qué decir, Anna. Si no despiertas ahora, nunca lo harás.

Anna continuaba observándola, silenciosa y pensativa. Curiosamente, sus pensamientos naufragaban muy cerca de los de su hermana mayor.

Si no pruebo ahora, nunca sabré lo que siento. Elsa seguirá sufriendo y yo también. Todo depende de mí. Aunque... Aunque engañe a Kristoff de nuevo por esto, tengo que hacerlo.

¿Eres capaz de acercarte a ella? Eso definirá lo que sientes. Tus peores temores.

Lo sé.

¿Eres capaz de dejar que te toque?

Quizás.

Entonces, tú lo dijiste. Tienes que hacer la prueba. Al menos una chiquitita, y no me refiero a un inocente beso.

Esa última vocecita, que sonaba traviesa comparada a la otra, era la última que se había despertado luego de un largo sueño. Una más osada y que admiraba a su hermana mayor. La creía indiscutiblemente preciosa y atrayente. Provocó que varias veces se congelara al observarla desnuda o que directamente perdiera la voz al tenerla cerca de sus labios. Tenía una admiración tan grande por ella que, en algún momento, Anna la hizo desaparecer al creerla exagerada y bastante inadecuada. Pero ahora había vuelto, y más chillona que nunca. No veía ningún modo de volver a encerrarla en el subconsciente y tampoco tenía la fuerza para hacerlo.

Vamos..., muévete.

Anna afinó la visión en los ojos tristes de su hermana y reforzó el agarre en su mano, que continuaba sosteniéndole la mejilla. Comenzó a bajarla. La arrastró por su torso y estacionó en uno de sus pechos. Elsa se tensó; Anna más.

¿Se siente extraño?

Sí, pero... no tanto como creí.

¿Crees poder seguir? Elsa te está mirando.

Anna profundizó la visión en los impresionados ojos de su hermana y esbozó una sonrisa suave. Gateó hasta ella y volvió a acomodarse sobre sus piernas. Elsa bajó las pupilas, tragando pesado, y admiró su mano secuestrada.

—¿Anna? ¿Qué estás...?

—Tócame... —musitó cerca de sus labios—. Quiero comprobar algo.

Elsa ahogó un grito. Por los nervios, inmediatas escarchas de hielo recubrieron el techo como si fueran garras trepando por él. Anna escuchó un crujido y elevó la vista. Contuvo una risita al ver todo el techo congelado.

—Si te pone nerviosa, no tienes que...

—¡N-No! ¡Estoy bien! —Elsa hizo un ademán con la mano libre, insultándose por dentro. Creía tener el control, pero, sin darse cuenta, en algún momento Anna lo tomó— ¿Por qué de la nada...? ¿Estás segura de esto?

—Un poco. Solo... quédate quieta. —Anna comenzó a mover aquella temblorosa mano sobre su pecho. La hizo rodearlo y presionó. Su frente se relajó al instante, contrario a su vientre, que se endureció, lanzando chispas por doquier.

Elsa la observaba con el corazón acelerando a una peligrosa velocidad. Podía sentir la blandura de su pecho a través de la fina bata que llevaba puesta. ¿Debía decir algo? No lo sabía y tampoco convenía. Tenía miedo de tartamudear al hablar, pero más temía morir de curiosidad con la pregunta que yacía atascada en la garganta. Trepaba por ella, no podía contenerla un segundo más.

—¿Estás poniendo a prueba mis habilidades?

—No, mis sentimientos —respondió Anna, detallando las orejas rojas de su hermana mayor. Sonrió, enternecida. Esa era su Elsa. La tímida Elsa que conocía— ¿Vas a moverte o tendré que hacer todo el trabajo yo? ¿Qué pasó con la osada persona de la carta?

Elsa frunció el entrecejo. Esa osada persona era mucho más fácil de llamar cuando no se encontraba tocando a su hermana de una forma tan íntima. No obstante, que quería ser llamada, quería. En realidad, nunca se fue. Estaba allí, asomándose por encima de su juicio, deseando tomar el control con una macabra sonrisa. Si Anna seguía provocándola, poco tardaría en tomarlo. Corrección: ya lo estaba tomando.

—Está aquí, pero no sé si te gustará verla. No sé si me gustará a mí... perder el control.

—Solo quiero un poco de ella, una pizca... para entenderme.

—Esa pizca que pides... —continuó Elsa en un áspero murmullo, sin quitar los ojos de sus pechos. No quería mostrarse tan básica, pero le resultaba una rigurosa tarea apartar la mirada. Veía nublado—... no podré dártela. Es el paquete completo o nada, Anna.

—¿Por qué tan exigente, hermana?

—Porque... —Elsa cerró la mano en su pecho y comenzó a masajearlo lentamente—... estoy en mi límite.

Anna se mordió el labio, un poco arrepentida. De acuerdo, ¡bastante arrepentida! Su valentía se esfumó así de rápido como llegó. Ésta surgió al verla vulnerable, creyó que iba a poder controlarla. Error. Los ojos de Elsa en absoluto se mostraban vulnerables. Si lo hicieron en algún momento, mintieron. Un oscuro brillo comenzaba a adueñarse de ellos. Mala señal. Antes de tratar de averiguar sus propios sentimientos, debió tener en cuenta que Elsa ya no era la misma. O que, para ser más precisos, por primera vez estaba frente a la verdadera Elsa: una atrevida diosa que la deseaba como nunca nadie la había deseado. Suficiente razón para acobardarse y querer huir con la cola entre las patas.

No tengas miedo, ella no va a lastimarte.

Solo te dará un inmeeenso placer. Uno que vienes deseando hace años, a todo esto.

¡Cállense! ¡Déjenme pensar!

No hay nada que pensar. Ya la provocaste, ahora no hay vuelta atrás. Hazte cargo de tus acciones.

Esa maldita voz era la más exigente de todas. La detestó, pues, no había nada que le gustara más a la reina que evadir responsabilidades.

—Tu corazón está más acelerado que antes —comentó Elsa, forzándola a escapar de su cabeza. Anna escuchó su voz ronca, vacía. Como si en realidad no estuviera allí—. Ya me está preocupando... ¿Debería echar un vistazo?

Sabía bien lo que significaba eso. Elsa estaba a punto de desnudarla. Y no, no con la mirada. De eso ya se había encargado.

—N-No sé si es una buena idea. Es decir, yo lo siento normal... ¿No es normal? —respondió Anna con torpeza.

Elsa no pudo evitar delinear una sonrisa coqueta al verla nerviosa. Su hermanita era tan dulce que apenas podía soportarlo. No quería soportarlo. No lo haría. ¿Cómo hacerlo? ¿Había algo más dulce que Anna haciéndose la temeraria para llevar las riendas? Todo para cagarla a los diez segundos. Ah..., claro que no. No había nada más dulce que su linda hermanita. Y por culpa de esa extrema dulzura, Elsa se declaró perdida. Su autocontrol se fue por la puerta de atrás y sin saludar. No lo extrañó. Sabía lo que Anna quería, y ella podía dárselo a la perfección: una prueba. Una rigurosa prueba que demostrara qué tan lejos podía llegar. Anna le estaba dando otra oportunidad. En silencio y sin admitirlo, pero lo estaba haciendo. No la desaprovecharía. Si la solución era llevarla al límite, lo haría.

—Deberíamos asegurarnos, ¿no crees? Para evitar accidentes —le dijo Elsa, llevando las manos a sus hombros. Comenzó a bajarle la bata por los brazos, dejándole un rastro de cosquillas en la piel. Levantó los ojos en el camino y miró los dudosos de la reina, quién parecía haber perdido la capacidad del habla—. Solo una pizca..., trataré.

Anna veía cómo se inclinaba hacia ella entornando los párpados, mirándole la boca, no dándole tiempo ni lugar a un futuro rechazo. Ya era tarde para arrepentirse. Tuvo un último pensamiento caótico, cerró los ojos y unos fríos labios la empujaron.

Se dejó besar.

Elsa separó los labios, llevándose los suyos, y sumió la lengua en su boca. Anna respiraba pesado mientras la mayor comenzaba un suave juego de lenguas; enredándolas entre sí, abriéndole la bata en el medio. Presa de sus besos, se alertó cuando la abrió por completo, descubriéndole los pechos, que brincaron en libertad. El ambiente fresquito de la habitación despertó a sus pezones, haciéndole sentir aún más desnuda. Desnudes que, si no se equivocaba, Elsa quería explorar con urgencia.

Y entonces, entró en pánico.

Quiso huir, tirar la puerta abajo. Lo que fuera para escapar de sus garras. Más tarde, cuando pudiera respirar, le recordaría a Elsa que tenía un concepto bastante erróneo de "una pizca".

Reláajate. Todo estará bien, confía en ella.

Mientras trataba de superar su crisis existencial, Elsa rompió el beso, dispuesta a disfrutar del panorama que consiguió. Declinó los párpados, sintiéndolos pesados, al ver esos perfectos y redondos pechos saludándola. Ya la había visto desnuda, cosas de la convivencia. Anteriormente, cuando vivía en el castillo, no faltaba ocasión en la que Anna apareciera a medio vestir en su habitación para dormir con ella (o no dejarla dormir gracias a sus ronquidos). Elsa tenía que contenerse de tal modo en esos momentos que sus manos podrían hablar de ello por sí solas de tanto que las fruncía, clavándose las uñas en las palmas, para controlar los inadecuados impulsos que la asaltaban. Sí, a su hermana no le molestaba pasearse desnuda frente a su persona porque creía que se encontraba a salvo. Inocente. Ilusa total. Sin embargo, esa desnudes que ahora tenía enfrente, ese cuadro perfecto, se sentía diferente al pasado. Nuevo, íntimo. Era como si la hermandad se hubiera desintegrado, dejando a la vista solo a una mujer ordinaria que deseaba devorar.

Se humedeció los labios al tiempo que detallaba las pecas que decoraban su pecho, el cual subía y bajaba apresurado debido a los nervios. Se moría por probarlas.

—Anna... —la llamó, inclinándose a su cuello. Empezó a bajar por él, presionando los labios en cada peca que hallaba. Anna ladeó el rostro con la mandíbula tensa y aún debatiéndose si hacerle caso a la picarona vocecita o detener aquella locura. Ella misma la inició, por ende, tenía el derecho de detenerla, ¿verdad?

—Elsa, espera...

El Avatar no hizo caso. Con la mente adormecida, continuó explorando su cuello; deslizando la lengua por él, trazando un camino hacia un lugar mucho más sensible. Se aferró a su cintura, como si así pudiera contenerse, y hundió el rostro entre sus pechos como si hubiera encontrado agua en un desierto. Anna respiró hondo cuando apoyó la oreja en medio de ellos y cerró los ojos.

—Sí..., tu corazón está desenfrenado. Está bien, es normal. No hay nada de qué preocuparse. Pero..., por las dudas, debería examinarlo un poco más.

Anna bajó la mirada para atajar el momento exacto en el que su hermana presionaba los labios en uno de sus pechos, justo encima del pezón. Una inmediata descarga eléctrica la atacó al sentirla. Arqueó las cejas, avergonzada, al ver cómo su pezón comenzaba a endurecerse por la cercanía sentida. Elsa no pasó desapercibido ese "pequeño" detalle. Lo observó con unas ganas insaciables que Anna vio a través de sus ojos. Ésta última pensaba que los nervios no podían crecer más, pero allí estaban, torturándola, quemándole el estómago y la entrepierna. Tenía que detenerla antes de que la situación se descabellara.

—E-Elsa, espera. Esto no es una pizca... para nada.

—Deja de jugar conmigo, Anna. —Elsa reprochó con una voz tan vacía como se encontraba su cerebro. Giró el rostro sobre sus pechos y Anna atrapó su cabeza en un impulso cuando mordisqueó suavemente uno de sus pezones. Allí quedó, congelada y aferrándose a su rubio cabello como si fuera a caer por soltarlo— ¿Por qué pedirme algo imposible?, ¿solo para que pierda el control? ¿Eso quieres ver? ¿Eso te hará entenderte? —insistió Elsa, para luego asomar la punta de la lengua. La dejó a un centímetro de su pezón, haciéndole rogar por dentro que siguiera—. Eres cruel, hermanita.

Tú eres la cruel.

Anna reforzó el agarre en su cabello con la respiración entrecortándose. Sintiéndose poco contenida por ese agarre, se sostuvo de su hombro para evitar caer. La ansiedad comenzaba a dominarla, poniendo un peso de más al cuerpo. Era incapaz de asimilar la situación actual que extrañamente estaba permitiendo. Sabía que era incorrecto que Elsa estuviera jugando con sus debilidades, pero otro lado de ella imploraba que siguiera, que por favor esa belleza atendiera más a sus pechos, los cuales se encontraban tan sensibles que hasta era desesperante. Sentía cosquillas en ellos y en el vientre. Cosquillas que la mayor captó. Los efectos secundarios de éstas eran notables.

Elsa se apartó conservando una lúgubre sonrisa, que no podía borrar, y llevó un dedo a uno de sus pezones. Anna cerró la mano en su hombro cuando empezó a frotar la yema contra él, despacio.

—Esto también está igual de entusiasmado que tu corazón, Anna. Me pide a gritos ser atendido... ¿Aún necesitas más pruebas?

Sí..., por favor.

¡Ajá!

Anna ensanchó los ojos de un tirón.

¡No, no, no, no, no! ¡No pensé eso! ¡No fui yo, fueron ustedes! ¡Nada de esto soy yo!

Nosotras somos tú, idiota. A todo esto, estás loca. ¡Muy loca! Por tu hermana. ¡Bella hermana! Acéptalo de una vez. Desde que se reencontraron la viste como algo más, solo no quisiste aceptarlo.

¡No es así, no es así!

Te resignaste a una vida normal con tu marido, ¿verdad? Una vida tan aburrida como el sexo que te da.

Anna se resistía, se negaba a creer en esas malditas voces. Su mente se encontraba a punto de colapsar. Estaba haciendo lo posible para aguantar, pero la carga de las sensaciones, del impensable momento y los latidos histéricos del corazón, le advertían que en cualquier instante estallaría.

Elsa, más tranquila que ella, levantó una ceja al verla con los ojos tan agrandados como los de Olaf.

—Anna, calla esas voces de una vez y céntrate en mí.

Anna la miró como pudo; le costó mover el cuello. Tanto fue así, que el movimiento pareció robótico. Elsa sonrió y apretó su pecho, hundiendo los dedos en aquella esponjosa piel. Anna sofocó un jadeo. Su voz quería liberarse, rogarle que deje de torturarla. Sin embargo, no podía dejar fluir esas palabras. Sería el fin de su vida y el inicio de una nueva que aún desconocía si podría tolerar.

—Ojalá pudiera callarlas. No puedo controlarlas, hoy están más descontroladas que nunca —contestó, tapándose el rostro—. Como tú, hermana.

Elsa rió por lo bajo y atajó con los dedos uno de sus pezones. Anna pestañeó contra la palma, acalorada. Elsa lo movía de un lado a otro, juguetona, pero también con un cuidado que jamás recibió. Kristoff, contrario a ella, era bruto.

—Esto fue tu idea —dijo y sin más le soltó el pezón, solo para volver a acercarse a él. Levantó su pecho en el camino, dispuesta a devorarlo—. Si puedes tolerar esto... podrás tolerar lo demás. —agregó, abriendo lentamente la boca. Anna vio esa acción sin verla realmente. Su lengua emigrando, estirándose hacia su pecho... Todo se sentía tan lejano a su normal realidad que parecía un sueño. Imploró estar en uno.

Pero una suave sensación acariciando aquel sensible lugar le hizo confirmar que para nada estaba soñando.

—¡E-Els...! —Anna estiró el cuello cuando esa húmeda lengua se deslizó por su pezón, llevándoselo consigo. Cerró los ojos con la mandíbula colgando. Solo ese mínimo tacto se sintió tan bien, como si siempre lo hubiera deseado. Pero su mente no opinaba igual—. E-Espera.

Elsa no esperó. Comenzó a rodear su pezón con la lengua y, abstraída por el ferviente escenario, cerró los labios en él y lo succionó de un modo tan lento y perfecto que Anna no tuvo más remedio que por fin liberar el placer sentido.

—Mh... —Frunció los dedos contra su cabello, mordiéndose el labio por quién sabe ya qué vez. La misma sensación de irrealidad que la asaltó al leer la carta volvió. No se sentía allí. Su mente estaba en blanco, dejándole lugar solo al placer—. Esto no está... pasando. —murmuró, detallando cómo Elsa estiraba su piel hacia sí. La soltó de golpe, dejando a su rígida sensibilidad rebotando sobre los labios.

—Lo está... y está bien —se limitó a responder la mayor, abriendo más la boca. La cerró sobre su pecho, no solo cubriéndole el pezón sino también gran parte de esa blanda piel. Continuó devorándola, emanando roncos jadeos que provocaban que la entrepierna de Anna ardiera inmersa de deseo. Sus caricias se sentían extremadamente bien, demasiado para ser su hermana. Esos fríos labios actuaban de sedante para su piel caliente, sus jadeos eran música para los oídos—. Eres tan perfecta... No puedo parar —balbuceaba Elsa, llevando la mano a su otro pecho. Lo rodeó; masajeándolo, apretándolo casi sin compasión— ¿Te gusta, Anna?

Anna, retorciéndose, sacudió la cabeza con una expresión de placer que se asemejaba al dolor.

—Mentirosa. —Elsa levantó el rostro y atajó su mentón con una sonrisa arrogante. Lo sintió liviano, sin sostén—. Te gusta tanto que no puedes evitarlo, ¿verdad? En especial aquí... —Bajó los dedos por su vientre, haciéndole cosquillas, y apretó su intimidad por encima de la bata. Anna apretó los párpados con fuerza— ¿Duele, Anna? ¿Quieres que la atienda por ti?

Sí.

Sus sentimientos más profundos respondieron.

¡No!

Pero la racionalidad se opuso.

—Relájate... —susurró Elsa en su oído, escondiendo la mano debajo de la bata. Rodeó su muslo hacia adentro, que hervía por las caricias, y apoyó dos dedos en su intimidad. El aire de Anna se perdió ante su tacto en ese sensible lugar. No podía respirar, le pesaba el pecho, y no solo por esas caricias que la estaban atendiendo. Su mente no podía soportar más la situación, se estaba quebrando— ¿Te gusta así, Anna? —le preguntó, frotando lentamente su centro sobre la ropa interior. Anna atajó su muñeca, agitada— ¿O así? —Arrastró los dedos hasta su entrada y la presionó, haciéndole sobresaltarse. Elsa sonrió al sentir cierta humedad en aquel sector— ¿O ambas?

Anna se tapó la boca con el pecho subiendo y bajando en picada. Elsa estiró la sonrisa, transformándola en una atontada. El goce que sentía era inexplicable. Ganó. Anna estaba cayendo con sus caricias, y eso solo podía significar una cosa.

—Lo sabía, eres como yo.

Anna parpadeó con torpeza, procesando sus palabras. Lento... Muy lento las procesaba. Poco a poco iban ordenándose en la cabeza, formando una oración que parecía estar en otro idioma. Tenía que traducirla. Y mientras lo hacía, la mente se despejaba, volvía a tomar color. Uno negro.

No lo hagas.

No las pienses.

No analices porque sino...

Tarde.

Sus pupilas se achicaron, impresionadas, cuando entendió el significado de aquella determinante frase.

No soportó más.

La apartó de golpe por los hombros. Elsa se despegó de su intimidad y la observó con el aliento perdido.

—¿Anna?

Anna se tapó los pechos y bajó la cabeza. Su rostro se ensombreció, impidiéndole ver a Elsa algo de vital importancia: los efectos de lo ocurrido.

—Cruzamos una línea, Elsa.

La nombrada la observó con pesar y cerró los ojos.

—Sí.

—¿Qué quisiste decir con eso? —Anna carecía de fuerza en las cuerdas vocales. Su voz sonaba quebrada—. Con que... soy igual que tú.

Elsa se mantuvo en silencio mientras volvía a la realidad. Costoso. Su cuerpo se encontraba al límite; la mente en algún otro lugar muy lejos de la cordura. En la boca aún tenía impregnado el afrodisíaco aroma de su hermana, los labios aún sentían el recuerdo de su piel y las manos no paraban de sudar por los nervios y la ansiedad de volver al acto anterior con urgencia.

—La verdad. —respondió al fin.

Anna apretó las muelas y se abrazó a sí misma. Sus dedos se aferraban a los brazos como si quisieran desgarrarlos. No podía creer que se dejó llevar por sus caricias, que las disfrutó y, peor aún, que las anhelaba de nuevo. Ahí estaba la respuesta que estaba buscando. Creyó estar preparada para encontrarla, pero se equivocó terriblemente. De hecho, agravó todo. Pasó de la etapa de negación a la desesperación. En lo único que podía pensar era en justificarse, en encontrar alguna excusa que le diera sentido a ese maldito sentimiento que estaba resucitando en el corazón. Uno que debió captar hace mucho tiempo atrás y, por temor, no solo no lo captó sino que también lo bloqueó.

—¡¿Cuál maldita verdad?! Esto es tan... retorcido.

Decir que esas palabras no le dolieron a Elsa, sería mentir. Arrugó la frente sintiéndose absolutamente insultada, pero más que nada lastimada. ¿Le estaba diciendo retorcida? Claro que sí, no había otra forma de interpretarlo. Entonces, si así iban a ser las cosas...

—¿Retorcido? No seas hipócrita. Tú eres un monstruo como yo, Anna.

Anna levantó la cabeza con la cara tan tensa como el cuerpo.

—¿Qué estás diciendo...?

—No puedes juzgarme porque tú también sientes lo mismo que yo. Lo mismo que un monstruo.

—No lo soy... ¡No lo soy porque tú tampoco lo eres!

Elsa soltó una cínica risita y sacudió la cabeza.

—Lo somos, hermanita.

Anna estaba perdiendo el rumbo. La realidad golpeaba su puerta sonoramente, amenazando con tirarla abajo. La sostenía con el cuerpo, hacía lo imposible para no terminar aplastada por ella, pero a nada se encontraba de perder la batalla.

—No... ¡Estás equivocada! ¡Todo lo que pasó es un error! ¡Todo lo que dices es...!

Su hermana mayor levantó la mano, deteniendo aquellas hirientes frases que no necesitaba oír. Continuar lastimándose mutuamente no iba a llevar a nada. Anna se estaba bloqueando de nuevo. Lo único que podía hacer a esa crucial altura era hacerle saber que no estaba sola en ese nuevo terreno que estaba pisando.

—Anna, escucha... Yo también me quise arrancar los pelos cuando descubrí lo que sentía por ti. Yo también me justifiqué de todas las formas posibles para evitar que pasara... esto que pasó. Pero... luego de descubrir quién era yo todo se aclaró, también lo más importante: mis sentimientos por ti. Decidí ser valiente y enfrentarte, ¿tú no lo vas a ser?

La reina volvió a bajar la cabeza, apenada por su debilidad. Elsa sonrió con dulzura al verla y levantó su mentón.

—Si aún te cuesta descubrirte, la pregunta que debes hacerte es simple: ¿quién eres tú, Anna?

Anna estrechó los ojos, le ardían. Otra vez estaba a punto de llorar. Llorar porque ya conocía la respuesta a esa pregunta. Durante los besos, caricias y puntiagudas palabras, la halló. Ahora sabía bien quién era y quién era capaz de ser si seguía adelante. La prueba funcionó. Aunque le dijo lo contrario, no sintió repulsión cuando Elsa la besó, ni miedo cuando la tocó. Sí ansiedad, placer y mucha, mucha confusión que tenía un nombre.

Se cubrió el rostro, sollozando. Lágrimas rodaban por sus mejillas coloradas. La vida que conocía había terminado. Su matrimonio, posiblemente, también.

Yo estoy... Quizás yo siempre estuve... enamorada de ella.

Esperó respuestas por parte de sus queridas vocecitas. Una ayuda, algo. Pero esta vez lo único que consiguió fue un tétrico silencio. Las voces se callaron, dándole espacio. Darse cuenta de tal impactante verdad no era fácil, Anna tenía que procesarlo por sí sola. Se retiraron en paz. El trabajo estaba hecho, por ahora.

Elsa observó sus hombros temblorosos por el llanto y la angustia no tardó en invadirla.

—Anna, sé que es difícil de...

—No sabes nada. —la cortó entre gimoteos. Elsa se enmudeció, pensando qué decir, y puso una mano en su hombro en un vago consuelo. Le sonrió con tristeza.

—Veo que acabo de arruinar tu vida... No era mi intención hacerlo. La verdad, no pensaba que fueras a corresponderme. Debí quedarme callada, no debí escribir la carta. No debí hacer nada. Lo sé. Pero..., a pesar de saberlo, aquí estoy, arruinándote. Lo siento tanto, Anna.

—No pareces sentirlo... Ganaste. Ahora soy un desastre gracias a ti. Primero me abandonas y ahora vuelves con ésto... No entiendo nada.

Elsa suspiró, mentalmente agotada. No había manera de llegar a ella. Excepto, quizás, si recurría a su última carta, la más peligrosa: sinceridad absoluta. Anna la estaba pidiendo. Quizás si le contaba la verdad la entendería, además de insultarla. Sus próximas palabras no serían un consuelo, más sí una revelación que, seguramente, la condenaría. Estaba preparada. Anna se merecía la verdad luego de haberle hecho pasar por tal calvario. Una verdad que venía ocultando para evitar un rechazo mayor.

—No creo que esto ayude, pero la única excusa que tengo para justificar lo que hice... es que desde hace tres años escucho una molesta voz en mi mente que finalmente me trajo a este momento. Luché contra ella mucho tiempo para protegerte de mí. Esta vez no la pude detener.

Anna se secó los ojos y la miró con fragilidad. Elsa pasó el pulgar por su mejilla, limpiando el rastro de lágrimas que quedaban.

—Esa voz... Esa esperanza me decía que tú ibas a despertar si yo algún día me alejaba.

Anna parpadeó, sin entender.

—Espera... ¿Qué estás diciendo?

—Sabes bien lo que estoy diciendo.

Esa noche estaba resultando ser una caja de sorpresas para la reina. Sin tesoros, sin diamantes a los que tanto estaba acostumbrada, pero sí con oscuras revelaciones. Si lo que pensaba era cierto, su querida hermana mayor realmente había cruzado una línea en más de un sentido. Y ese sentido era mucho peor que el anterior. ¿Se fue del castillo solo para ponerla a prueba?

¿Planeó todo esto?

Su rostro empezó a desfigurarse de un modo tan notorio que la diosa se sintió en la necesidad de evitarlo.

¿Elsa planeó esta maldita tortura?

Pensaba, yéndose hacia atrás. Aquel enojo olvidado regresaba para tomar su lugar y más intenso que nunca. Elsa contempló cómo se alejaba con el pecho oprimido. Tomó aire, intentando descontracturarlo. Se esperaba esa reacción y también la próxima.

—Extráñame, ódiame... —prosiguió, acomodándose en el borde de la cama—. Ódiame lo suficiente como para darte cuenta de que estás enamorada de mí, de que no puedes vivir sin mí... Esa es otra de las muchas razones por las que me fui, además de que ya estaba perdiendo el control. Pensé que la lejanía te haría abrir los ojos tanto como me los terminó de abrir a mí.

Anna plegó los dedos contra las sábanas con la bronca en aumento. Iba a estallar. Su hermana había jugado de más. ¿Acaso su vida era una partida de ajedrez? ¿Quién demonios se creía que era para manipular a sus emociones?

—Eso pensé, así que esperé. Esperé y esperé a que aparecieras en mi puerta gritándome que ya no soportabas vivir sin mí —dijo, cruzando las piernas. Apoyó el mentón en la mano, bufando—. Como sabes, no apareciste. Al contrario, te casaste y me dejaste atrás. Fui una ilusa al pensar que te comportarías como cuando eras pequeña.

Anna la escuchaba en un colérico silencio que poco más iba a aguantar atascado en la garganta.

—Por obvias razones, me resigné. Continué viajando tratando de olvidarte y a veces de recordarte. ¿Por qué el masoquismo? Te preguntarás. —Elsa giró el rostro hacia ella con una tenue sonrisa—. Porque es más difícil vivir sin tu recuerdo que con él, Anna. Me siento vacía si no pienso en ti.

Anna relajó un poco la frente. Solo un poco. El enojo seguía al mando, impidiéndole compadecerse de ella.

—Pero por culpa de querer recordarte... terminé aquí hoy. No aguanté más. Quería verte. Hacía dos meses que no te veía y se me estaba haciendo insoportable tu falta. Solo vine a verte, lo juro. No había dobles intenciones.

—¿Pero? —inquirió Anna de una forma tan tajante que los escalofríos no le fueron indiferentes a la mayor.

—Pero... entonces te vi con él y toqué fondo. —Elsa bajó el rostro con una expresión irritada. El solo recordar la imagen de su hermana teniendo relaciones con su marido le hacía querer congelar todo a su paso. La calma que pudo sostener durante un tiempo finalmente se disipó— ¡No soporté verte con él! ¡No soporté ocultar más lo que siento! —Regresó los ojos a ella. Anna se sorprendió por la mezcla de furia y dolor que desprendían sus pupilas— ¡Tú eres mía! ¡Solo mía! ¡Solo...! —Lágrimas escaparon de sus ojos. Se cubrió la frente, sollozando—. Solo mía..., pensaba. Y si eres mía y sé... Muy dentro de mí sé que me amas de la misma manera que yo a ti, ¿por qué lo elegiste a él? ¿Por qué...? ¡¿Por qué no fui yo la elegida?! —exclamó, aferrándose el pecho.

Anna desvió la mirada y se acomodó la bata, sintiéndose incómoda. Nunca la había visto en ese estado.

—Porque soy tu hermana, lo sé. Serlo... es lo que todo este tiempo mantuvo encerrado éste maldito sentimiento que tengo. —Elsa se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Odiaba quebrarse frente a ella—. Pero, como te dije antes, un día entendí que ya no podía mantenerlo encerrado. Iba a escapar en cualquier instante. Si no te lo decía hoy, sería mañana. Si no te lo decía mañana, te lo diría pasado mañana. Anna, tarde o temprano te hubiera dicho mis sentimientos porque no podía ocultarlos más.

La menor permanecía con la vista pegada a la ventana, inexpresiva. Cuánto amor, pensaba. Cuánta devoción. Cuántos años sufriendo en silencio. ¿El problema? Nunca notó ese peculiar amor, tal vez hacerlo le hubiera ahorrado la presente crisis. Se declaró inocente. Anna era distraída, sí, pero jamás lo era con su hermana mayor. Estaba atenta de todos y cada uno de sus movimientos, por ende, si Elsa hubiera tenido algún comportamiento extraño durante su convivencia hubiera sido la primera en notarlo. Ahí radicaba el problema. No hubo nada extraño, excepto la constante apatía de Elsa para con ella. Elsa jamás fue del tipo cariñoso, sino más bien del tipo ¿aburrido? Sí, aburrido y solitario. Anna casi tenía que obligarla a corresponderle sus abrazos o incluso empujarla a devolverle un simple "te quiero" al decírselo primero. Pocas fueron las veces que a su hermana le nació ser cariñosa por sí sola. Y esas veces fueron en situaciones críticas o, en su defecto, en sus cumpleaños. No había manera alguna de darse cuenta de sus sentimientos. Sin sospechar, sin pensar de más, estos cayeron como un balde de agua fría sobre su pelirroja cabeza.

Elsa la espiaba de reojo, refregando las manos entre sí con nerviosismo. Anna no hablaba; milagro. Sus ojos no expresaban nada más que un vacío. Tuvo miedo, pavor. Una mala noticia se avecinaba. No esperaba menos. Por mucho tiempo le ocultó sus sentimientos y, para rematarla, la puso a prueba de la peor forma: abandonándola. De pronto, se encontró rezando para que al menos su hermandad se salvase.

—Es... ¿Es realmente tan grave que te ame así? —le preguntó en un tímido murmullo— ¿En serio no te lo esperabas? Creí que...

—¿Esperarlo? —Anna soltó una risita irónica y se volvió a verla. Su hermana mayor solo notó frialdad en esa mirada, pero detrás de ella había un importante dolor camuflado— ¿Cómo hacerlo? Tampoco es que me diste muchas señales, Els. La verdad..., la única que pareció enamorada todo este tiempo fui yo.

Elsa separó los labios con impresión.

—La única que te siguió siempre fui yo. Tú siempre parecías estar un paso adelante de mí, siempre enfocada en algo más... —Anna dobló los dedos contra las piernas— ¡Siempre había algo más importante que yo!

—¡Eso no es cier-

—¡¿Cierto?! ¡Claro que lo es! Lo último fue alcanzar tu libertad, ¿no? Me duelen los pies cada vez que recuerdo lo mucho que te seguí por lo preocupada que estaba. ¡Hasta dejé a Kristoff de lado por ti!

Elsa se achicó en el lugar cual niña en penitencia. Anna, al verla, respiró hondo por la nariz, buscando tranquilizarse. Aquellos pasados recuerdos no eran el verdadero problema.

—Y está bien que decidieras liberarte después de pasar por tanto dolor. Lo entendí, Elsa. Lo único que quería era tu felicidad, por eso no quise molestarte en tu nueva vida —explicó, apartando la mirada—. Admito que me tenté muchas veces de hacerlo. Como sabrás, y dejé claro muy patéticamente unos minutos atrás, no me gustó que te fueras.

Elsa despegó los hombros del cuello, enternecida por la triste carita que puso su hermana al decir esas últimas palabras. Tenía ganas de abrazarla para contenerla, pero temía recibir una cachetada en lugar de un abrazo. Sabía de antemano que tenía mano dura. Hans lo comprobó en primera persona.

—Debo reconocer que me sorprendió que no te opusieras a que viviera en Northuldra. —Se limitó a decir.

—¿Oponerme? Ja, imposible. Era tu deber. Además, parecías tan feliz, tan... libre. Por eso mismo jamás se me pasó por la cabeza que sentías algo por mí. En sí, todavía no puedo creerlo.

—... Hice lo posible para esconder esos sentimientos, lo sabes.

—¿Hacer lo posible es igual a ser reacia a mi cariño?

Elsa dibujó una mueca arrepentida y un rubor comenzó a decorar sus mejillas.

—Sí. Era muy difícil para mí... Es muy difícil recibir tu cariño sin querer tocarte de más, Anna.

—Oh... —Anna se aclaró la garganta, incómoda con la revelación—. Entiendo. Es decir, no por sentirme así, sino por... entender. Empatía, ya sabes. Eso.

Elsa sonrió de lado y bufó. Si seguía suspirando se quedaría sin aire en los pulmones.

—Anna, es cierto que siempre me sentí diferente y que por eso busqué otro camino, deseé la libertad. Pero... es muy probable que me haya obsesionado con ella para no pensar en ti. Por eso, cuando por fin logré ser libre, mi mente dejó de tener una tarea fija. Tú volviste a ocupar todos mis pensamientos, y allí... supe que me vendría abajo en poco tiempo —dijo, poniéndose de pie. Anna la observó desde su lugar, intentando mantenerse firme—. Y sé que no es correcto lo que hice, que fue egoísta y desconsiderado. Pero Anna... también sé, muy dentro de mí, que tú aún te desconoces. Hoy lo confirmé con mis propios ojos detrás de tu puerta.

Anna por poco y gruñó. El rencor que se disipó por unos minutos, permitiéndole razonar, volvió de un tirón opacando cualquier razonamiento alguno, excepto los negativos. Todo ese tiempo estuvo siendo controlada, manipulada por las acciones de Elsa, ¿y ahora se atrevía a jugar con su mente?, ¿a enredarla y confundirla más de lo que ya estaba? La diosa no tenía límites.

—No me mires así, sabes que tengo razón. Analízate un segundo. Desde que nos reencontramos, hace tres años atrás, lo único que has hecho es estar muy ocupada enamorándote de otros, tratando de llenar el vacío que yo dejé en ti por rechazarte durante tantos años. Todo lo que hiciste fue superficial. No puedes negarme eso, no ahora. —Elsa se inclinó y agarró sus cachetes con los dedos—. Si no hubiera hecho esto, si no me hubiera mostrado así al regresar, ¿te habrías planteado lo que sientes por mí? No, no lo habrías hecho. Ni lo hubieras descubierto. Abre los ojos, Anna. Fui cruel, pero te liberé. Liberé esa parte escondida que tantos años te ha lastimado en silencio.

Anna giró el rostro con el ceño fruncido, escapando de su agarre. Todo empezaba a encajar.

—Lo sabía... Sabía que esa carta solo era una fachada —masculló entre dientes—. No había otro modo, ¿verdad? Solo así podías confesarte, mostrándote de otra manera. Porque si te mostraras como la Elsa que conozco..., esa carta no existiría.

Elsa le mantuvo la mirada un momento y levantó los brazos con una sonrisa emboscada que rozaba la burla.

—En efecto. Tardaría años en confesarme porque tartamudearía tanto al hacerlo que jamás llegaría a decir nada. Pero no te confundas, no fue planeado comportarme así. Surgió cuando te vi con Kristoff. Y tampoco es que sea completamente falsa la persona que escribió esa carta. Anna, al igual que tú, no soy solo de una manera. Digamos que verte de ese... extraordinario modo, me transformó.

—¡Aún así, pudiste haber evitado escribir esa maldita carta! ¡Y no me vengas con la estupidez de que estabas inspirada! —exclamó Anna, levantándose de la cama— ¡No es como si no fueras consciente cuando la hiciste!

—Claro que lo fui, y también fui consciente de las consecuencias por su contenido. Anna, decidí escribirla para que reaccionaras. Una confesión dubitativa no te hubiera despertado, ¡no hubiera provocado siquiera que me besaras! Solo me hubieras tenido lástima. Tenía que ser chocante, tenía que llevarte al límite para que lograras pensar, entenderte y confirmar mi teoría. —Elsa levantó una triunfante comisura—. Tú estás enamorada de mí.

Anna apretó los dientes de tal brusca manera que casi los destruyó. Tal como dijo Elsa, sucedió. La llevó al límite, le hizo pensar de más y recapacitar un tema en el que jamás se hubiese metido si no fuera porque la protagonista de éste era su mismísima hermana, quién antes quiso proteger y ahora solo quería abofetear. Podía tolerar sus sentimientos, podía incluso aprender a aceptar los suyos propios, pero esa falta de respeto... Transformar su corazón adrede en una ruleta rusa no entraba en sus excepciones. Elsa no merecía su amor, no pidiéndolo de ese incorrecto modo. Estaba harta. Harta de todo, de ella y de su propia persona.

—¡Deja de jugar conmigo! —exclamó, atrapando sus hombros— ¡¿Quién mierda te crees que eres para manipularme así?!

—No juego. Todo lo hice por ti. —Elsa sujetó sus mejillas y clavó unos penetrantes ojos en los suyos. Anna casi retrocede por la pizca de locura que huía de ellos— ¡¿Acaso quieres vivir una vida llena de mentiras?! ¡¿Una vida ocultando lo que sientes?! ¿Eso quieres? Eso no es vivir, Anna, es una agonía. Y sé bien lo que es eso. Tenía que romperte para que vieras la verdad, ¡para que entendieras lo nuestro!

—¡No hay nuestro!

—¡Lo hay! ¡Lo sentí! —Reforzó el agarre en sus mejillas mientras Anna liberaba lágrimas inmersas de impotencia— ¡Lo sentí en cada beso, en cada latido! ¡Anna, entiéndelo! ¡Fuiste tú la que quisiste probar qué tan lejos podías llegar conmigo! ¡¿Qué hay con eso?! ¡¿No te dice nada?! ¡¿Qué tengo que hacer para que puedas despertar de una buena vez?!

Anna cerró los puños con tanto ímpetu que sus nudillos resaltaron debajo de la piel. Los gritos de Elsa la aturdían, y no por el volumen. El discurso la mareaba. Su mente se desintegraba, colapsaba.

Colapsó.

—¡Alejarte! —exclamó fuera de sí, llevando una mano hacia atrás.

Elsa vio en cámara lenta como regresaba hacia adelante y se estampaba en su mejilla, dejándola hirviendo. Se llevó la mano a la cara con los ojos en blanco. ¿Anna la había golpeado? ¿Su Anna?

—¡Vuelve a Northuldra! ¡Es una orden! —espetó la reina, para luego dirigirse a grandes zancadas hacia la puerta. La abrió con una importante furia impregnada en el pecho y giró el rostro hacia ella una última vez. Elsa la miró, aún en blanco— ¡Y ni se te ocurra volver! —La cerró de un portazo, desapareciendo de su vista.

La diosa se quedó contemplando la puerta con la mandíbula desencajada. Sus manos temblaban, los labios también. Se aferró el pecho, sintiéndolo obstruido. No podía respirar.

¿Qué había hecho?

—Anna... —Se tapó el rostro y cayó de rodillas al suelo. Lo golpeó con el puño, enfurecida, angustiada, queriendo gritar y congelarse a sí misma.

La presionó demasiado. Su egoísmo no pudo haber sido mayor. El nivel fue tan grande que provocó lo impensable. La dulce persona que minutos atrás le había dicho que se quedaría a su lado no importase qué, la terminó por rechazar y de la peor forma: la echó del reino.

—Anna, yo... —Se clavó las uñas en las mejillas, sollozando. Lágrimas huían por su terrible equivocación; nieve rodeaba la habitación por el dolor—. Perdóname...

Ella... me cerró la puerta.

Pensó, acurrucándose contra el suelo. Los ojos le ardían, quemaban. Pero más quemaba su corazón, que se retorcía exasperado, robándole el aliento.

No..., yo la cerré.

Y esta vez... quizás para siempre.

Continuará...


¡Qué hermosa bienvenida me dieron, gente linda! ¡Mil gracias por leer esta loca historia y comentar!

Paso a responder los comentarios :)

Madh-M: ¡Gracias por leer ameega! Sorry la espera (ahre que lo alargué y vas a tener que volver a esperar jajaja) Prometo publicar más rápido esta vez :') Te voy informando en el camino cómo va la cosa jajaja Gracias por el apoyo y las apasionadas charlas sobre Elsanna. Son necesarias para vivir. ¡Besito!

Guest: ¡Gracias por leer! Bueno, al final son tres capítulos, por si eso te alegra un poco (? jajaja Genial que también leas mi otro fic! Amo LIS con mucha pasión, también es uno de mis juegos favoritos. Ese fic también ya está llegando a su tramo final. ¡Te leo en el próximo capitulo, entonces! ¡besos!

Chat'de'Lune: Essstimada, ¡tanto tiempo! ¿Cómo anda la vida? Espero que bien. Yo acá, como ves, dándote tu dosis de masoquismo jajaja Me alegra que te vaya gustando la historia. Respecto a las de Xena... Solo puedo decir que colgué importantemente jajajaj Todavía tengo que darle un final a "Destino" y además continuar "Madness", pero tuve la gran idea de hacer 56938458 fics en el medio y terminé desviándome del camino. Se me complicó. ¡PERO! la idea es terminar con esas cuentas pendientes. No pongo fecha porque las veces que las puse la cagué, así que solo ofrezco esperanza. Cuando menos lo esperes te va a llegar una notificación informando que finalmente las continué :') En fin, gracias por el apoyo y nos leemos en el último capitulo! ¡Námasteee y un abrazo grande!

gmkmmetal: ¡Gracias por leer! Qué bueno que te gustó la historia! Jamás la voy a abandonar. Puedo tardar en publicar, pero abandonar nunca! jajaj Te leo en el próximo, besos!

OBSIDEANFURY V2: ¡Gracias por leer! Qué alegría que te guste tanto el fic! Espero que este capitulo también te guste. Te leo en el último, besos!

HollieRubin: Awww gracias por leer y por tus lindas palabras :') Elsanna es uno de esos ships que libera mi inspiración al máximo jajaja No puedo evitar escribir algo de ellas cada vez que, justamente, sale algo sobre ellas, así que mil gracias por el apoyo. Te leo en el próximo, ¡besos!

Guest: Finalmente continué, algo tarde pero lo hice jajaja ¡Gracias por leer!

Gabs914: ¡Qué bueno que te gustó la historia y gracias por leer! Espero que este capitulo te guste también. Te leo en el próximo, besos!

Alina: Ahí lo subí! Tarde pero seguro jajaja ¡Gracias por leer!

daniela70306: Gracias por leer y por seguirme! Me alegra que te vaya gustando la historia :) Te leo en el próximo capitulo, entonces! ¡besos!

Roshell101216: ¡Gracias por leer y genial que te vaya gustando la historia! Anna sigue bastante negada respecto al tema, pero bueno, ¿quién no lo estaría ante una situación así? jajaja Decidí darle más espacio a la historia porque todavía quedan algunas cositas por explotar. Te leo en el último capitulo entonces! ¡besos!

darkmoon616: ¡Gracias por leer! Me alegra que te guste la historia :) Te leo en el próximo. Besos!

Srto. Schnee: ¡Gracias por leer! Genial que te guste la historia! Es verdad que no hay muchos fics donde se vea bien el desarrollo de los sentimientos de Anna. Me gustó la idea de ver cómo reaccionaría si se enterara de la nada misma de los sentimientos de Elsa. Ver qué hace y cómo se siente fueron las preguntas que me llevaron a esta loca historia jajaja En fin, te leo en el siguiente capitulo! ¡besos!

La chica del tatuaje: ¡Gracias por leer! Me alegra que te guste la historia! Te leo en el próximo, besos!

Bunny022: ¡Gracias por leer y por apoyar esta historia! :) Tu deseo se hizo realidad, va a tener un capítulo más jajaj Así que te leo en el próximo! besos!

M: ¡Gracias por leer! Genial que te encante :D espero que este capitulo también te guste y nos leemos en el próximo! besos!

Mariana: ¡Gracias por leer! Bueno, va a tener tres jajaja. Sentí que me quedaba corta si lo dejaba en dos capítulos nada más. Una trilogía no suena mal (? jajaja Te leo en el próximo, besos!