Acto III
Una agitada reina caminaba a paso firme por un largo pasillo que parecía interminable. Sus pies la devolvían a su habitación mucho más rápido que cuando lo cruzó en la ida. Los párpados no descansaban, no pestañeaban. Tenía los ojos inmensamente abiertos por la furia. Le ardía la palma por el golpe ocasionado y su corazón se contraía dentro del pecho, afligido.
Había perdido los estribos.
No quiso golpear a su hermana, todavía no podía creer haberlo hecho. Ni en sus fantasías más extrañas se encontraba una escena de ella abofeteándola. Pero sucedió. Fue real. Tan real como el temblor en su mano, quién se llevó la sensación de la suave mejilla de Elsa para el viaje de vuelta. Culpable, así se sentía. Impulsiva, no pudo evitar ser. Se sintió traicionada, lastimada. Ella jamás le hubiera hecho algo así a su hermana mayor. Jamás hubiera manipulado su mente hasta el punto de quebrarla. Todo por un cometido, un egoísta deseo guiado por un supuesto amor. Pensarlo solo aumentaba el desconcierto.
Elsa realmente se atrevió a jugar con sus sentimientos. Increíble.
Quizás si no le hubiera contado esa maldita parte de su historia, luego de superar la crisis y de unas buenas sesiones de terapia con Olaf, Anna le hubiera correspondido. Digamos que, después de todo lo que pasó, ya lo tenía bastante claro. Cómo para no. Sin embargo, el enterarse del macabro juego mental que la ex reina tuvo un buen tiempo entre manos destruyó aquella posibilidad. Abandonarla para ponerla a prueba; hacer que la extrañe apropósito, hacerla llorar sola en las noches... Esa no era la forma de comunicarse, y ni hablemos de la de confesarse. Elsa se desvió del camino de un modo tan drástico que pensaba con mucho dolor que el perdón lejos estaría de darse, aunque eso se podía aplicar a ella misma también.
Elsa no era la única que debía disculparse.
Se detuvo frente a la puerta de su habitación. Incapaz se sentía de entrar y ver a su marido. Cada vez que daba un paso adelante, un latigazo le azotaba el corazón, impregnándole un sentimiento lleno de culpa. Recordó que lo había engañado y creyó incoherente el haberlo olvidado. ¿Cómo verlo a la cara? Aunque las cosas no funcionaran con Elsa, ya no tenía permitido permanecer a su lado. Un engaño es un engaño y debía decírselo sin esperar un perdón a cambio, pero tal vez sí mucha repulsión, pues, con quién lo había engañado generaría una importante controversia y gran historia para los, algún día, futuros hijos de Kristoff, quienes ya no llevarían el apellido de la reina.
Elsa destruyó su vida en una mísera noche.
Reconstruirla no aparecía en sus planes, de momento. Ningún plan con sentido se le ocurría si los sentimientos encontrados le llevaban la delantera, empañándole los ojos cada vez que podían.
Apoyó la frente en la puerta. Lo único que oía, además de sus negativos pensamientos, eran los ronquidos de Kristoff.
—Es una maldita orquesta, como todas las noches. Qué envidia.
Se limpió la nariz con el brazo, aspirando el llanto que hacía minutos no la dejaba en paz.
—Tengo que entrar.
Sí, tienes que hacerlo.
Y limpiarte bien esos mocos. Eres un asco, socia.
Oh, finalmente volvieron. ¿Por qué se fueron cuando más las necesitaba? Ah, por cierto, Adrián, ¡son mocos de amor!
¡¿Me pusiste un nombre?! ¡Oh, qué alegría! ¡Tengo un nombre!, ¡y soy hombre! Espera..., ¿por qué soy hombre?
Porque tú vives en mi maldita entrepierna, claramente.
¡Hey! ¡Soy tus sentimientos más profundos!
Justamente por eso vives ahí.
Ah... Estás cada vez peor, ¿te das cuenta?
Oh. También te extrañé, Agnes.
… Al menos soy mujer.
No te pongas exigente, ¡me abandonaste! ¡Y tú también, Adrián!
Ya sabes porque lo hicimos, no había nada más que decirte.
Ya sabes tu verdad. Ahora, enfréntala.
Anna esbozó una sonrisa cansada y giró el picaporte de la puerta.
—De verdad... estoy más loca de lo que pensé.
Se le estrujó el pecho apenas entró y vio a su marido durmiendo con una expresión tan inocente que le hizo sentir peor. Le dio la espalda y se apresuró al baño. Se encerró. Allí quedó, con la cabeza gacha y sin fuerza alguna para enfrentarlo. Necesitaba despertar, aclarar la mente y, en especial, quitarse el aroma de su hermana de encima. Estaba en todos lados. En su cabello, en la piel, en sus labios.
Los rozó con los dedos, ensimismada.
Sus labios eran tan suaves...
¿Sabes que debe ser más suave? Su...
Sacudió la cabeza.
¡Adrián, no seas ordinario!
Caminó sin ganas a la ducha y giró la canilla. Kristoff no despertaría. Tenía un sueño más profundo que el suyo, lo cual era una característica llamativa que a veces le daba problemas en las mañanas. Si nadie lo despertaba, hibernaría eternamente.
Se sacó la bata y se metió dentro de la antigua y lujosa bañera. Cerró los párpados al sentir el agua calentita empapándola, pero no tardó en abrirlos cuando extrañamente comenzó a molestarle. Calor, hacía mucho calor. Abrió el agua fría. Ah..., mucho mejor. Eso necesitaba su cuerpo, calmarse. Enfriarse y... Sí, calmarse. Calmar las excitantes sensaciones que dejaron las caricias de Elsa en su piel. Sensaciones que, por el enojo, descansaron un rato. Pero que ahora, estando más tranquila, volvieron para recordarle lo bien que se había sentido ser tocada por ella.
—Maldita seas, Elsa —masculló, apoyando la frente en el azulejo— ¿Cómo pudiste hacerme esto?
¿Enamorarte?
Sí.
¿Lastimarte?
Sí...
Todos estamos de acuerdo en que sus acciones no fueron correctas, pero sabes que lo hizo porque estaba desesperada.
Lo sé. Eso es lo peor, que lo sé.
Elsa no se destacaba por planear buenas estrategias siendo consumida por las emociones. Sí, lo sabía bien. Sin embargo, no por eso merecía su perdón. No al menos de inmediato. Elsa debía recapacitar lo que hizo.
Y su entrepierna también.
Anna bajó la vista a su intimidad, que palpitaba ferviente debido a esos malévolos recuerdos que la seguían asaltando. Sus manos acariciándole los pechos, su lengua saboreándolos... Todo la atacaba sin piedad.
Se mordió el labio, ansiosa y odiándose. Odiándose porque no podía calmar la excitación que percibía cada vez más latente en su ser. Era insoportable. Le quemaba por dentro.
—De verdad..., maldita seas. —Refregó la frente contra el húmedo azulejo, negándose a la descarada idea que Adrián susurraba en sus pensamientos.
Hazlo…, alíviate. Estás en todo tu derecho. Fue una noche difícil.
No…, no pensando en ella.
¿En quién más podríamos pensar? Vamos, sé que quieres hacerlo. Solo un poquito…
N-No…
Entonces, si tú no lo haces, yo lo haré.
¡No! ¡Espe-!
Tarde. Adrián tomó el control. Sus dedos, desobedeciéndola, ya estaban bajando por el vientre y estacionando en la entrepierna. Despegó los labios cuando empezó a frotar su centro de arriba hacia abajo en lentos compases. Se sorprendió por la facilidad con la que sus yemas se resbalaban por su intimidad a pesar del agua. Estaba húmeda. Notablemente húmeda. Elsa le había dejado ese pequeño regalo gracias a sus caricias.
Eso es… ¿No te sientes mejor?
Anna se tapó la boca, intentando controlar los gemidos. Se encontraba más sensible de lo que pensó. ¿Tan grande era su deseo por Elsa que no era capaz de contenerlo? ¿Tan grande resultó su propia mentira? La que le hizo bloquear los sentimientos por su hermana durante tantos años.
¿Más?
Frunció los dedos contra la pared, acelerando los movimientos. El aire empezaba a perderse, la espalda a doblarse. Le temblaban las piernas y la pelvis se endurecía.
Ya no podía negarlo.
Deseaba a su hermana mayor. Posiblemente la deseó por mucho tiempo, pero la moral venció a esos pecaminosos sentimientos; encerrándolos, tapándolos, desapareciéndolos por completo. «Qué increíble es el poder de la mente», pensaba con la respiración entrecortada. Qué increíble como uno puede cegarse si realmente lo desea con la suficiente fuerza. Kristoff ayudó a tapar su error, ayudó mucho, pero no fue suficiente. Si lo hubiera sido, jamás hubiera sucumbido tan rápido al Avatar. Es todo. Tenía que aceptarlo.
La amaba. La amaba con locura.
Tanto como la odiaba por haber sido lastimada por ella.
Oh, oh. Te desviaste. Ese pensamiento estuvo de más. Ahora no tengo…
Ganas de…
Continuar.
Anna detuvo a sus dedos en pleno acto, pues, una importante tristeza la consumió en un segundo, quitándole las ganas de seguir y robándole totalmente la excitación.
Sonrió de soslayo y unas pesadas lágrimas rodaron por las mejillas. El agua que caía sobre ella pudo camuflarlas, más no a la tristeza.
—Lo lograste, Els. Me rompiste. Y ahora..., ¿qué tengo que hacer? No tengo fuerzas para nada. ¿Cómo encararte?, ¿cómo encarar a Kristoff? No sé... No sé qué hacer.
Anna permaneció inmóvil debajo de la ducha. Cabizbaja, la depresión seguía su camino, trepando por sus piernas como oscuras raíces hasta llegar al pecho, donde lo oprimió de tal modo que se endureció. Las puntiagudas raíces comenzaban a impregnarse en él, ocasionando que su mirada se tornara vacía.
Las voces se miraron entre ellas, preocupadas.
Está aquí.
Sí, apareció.
La inoportuna, le llamaban a la tristeza. Una profunda tristeza arraigada que con mucho esfuerzo contuvieron durante toda la vida de Anna para que no se desplomara. Esa es la razón por la que la reina siempre se mantuvo optimista y con una sonrisa en los labios a pesar de todas las tragedias por las que pasó. Muy contrario a Elsa. Sus voces internas no debían estar muy bien, pensaban. De vez en cuando dejaban salir a La inoportuna. ¿Por qué? Porque a veces es necesario estar triste para poder, justamente, eliminar esa tristeza y no convertirla en un terrible cumulo de malos sentimientos. Por ejemplo, cuando Anna pensó que su hermana había muerto, la dejaron en libertad. Pero cuando creían que se estaba adueñando de ella o exagerando situaciones, inmediatamente accionaban y colocaban algún pensamiento positivo en su mente. Algo que pudiera salvarla. Debían admitir que, bueno, no eran perfectas. Quizás se pasaron algunas veces, tornando a la reina un poco bastante hiperactiva e impulsiva. No obstante, preferían verla de ese modo que preocupándose por cosas banales que carecían de solución o que, en sí, la solución no dependía de ella. Ahora La inoportuna había vuelto, y muy poderosa. Era incluso más peligrosa que la ira. Tenían que evitar que abriera la puerta que llevaba al corazón de Anna, pero la fuerza que poseía las estaba superando.
¡N-No puedo contenerla más!
Exclamaba Adrián, sosteniendo la puerta para que no entrara. Agnes se apoyó también. La puerta se entreabría. Las oscuras raíces se asomaban como garras, amenazantes y rasgando la madera. La mirada de Anna se alejaba.
¡Aguanta! ¡No podemos dejarla entrar!
Debían hacer algo. Si Anna continuaba así, la situación sería irreversible. Se hundiría, perdería a su hermana y, peor aún, a su propio ser. No era momento de dejarse consumir por la tristeza, sino de ser valiente. Y solo conocían un método para liberarla de esas oscuras raíces que ya casi estaban cubriéndola por completo.
Un simple pero efectivo método.
Hey, Anna... ¿una chocolatada?
Anna arqueó una ceja y levantó el rostro. Adrián sonaba agitado, cosa que le extrañó.
Siempre te anima, ¿qué dices? ¿O prefieres quedarte acá hasta arrugarte y parecer una vieja?
¿Vieja? ¿Me dijiste "vieja"?
Las raíces retrocedieron.
¡Vamos, viejita! Una tacita no te vendrá mal.
Anna levantó la otra ceja, meditándolo, y cerró la canilla.
Trato.
Las voces suspiraron, aliviadas, y retiraron las manos de la puerta.
Por poco y la perdemos.
Qué se puede decir. Para una chocolatada, Anna siempre tenía fuerzas. Prepararse una buena taza de chocolate calentito no sonaba mal para recomponer un poco los ánimos y, valga la redundancia, para animarla a tomar una decisión. Siempre ayudaba. Hoy no rompería esa regla.
Luego del baño, se puso la bata y se dirigió a su inmensa cocina para preparárselo. De verdad, inmensa. No sabía dónde empezaba y menos dónde terminaba. Nunca gastó tiempo en averiguarlo. Lo único que conocía muy bien de ella era la alacena alta donde se encontraba el chocolate. No prendió velas. Se conformó con una sola velita adherida a la pared que alumbraba lo justo y necesario para encontrar su taza favorita, una que le hizo Elsa hace unos años atrás. Cero intenciones tenía de despertar a sus amables sirvientes en plena madrugada por un capricho.
Mientras se preparaba la chocolatada, su mente, un poco más tranquila, formulaba un intento de discurso para remediar la situación pasada con su hermana. Porque eso era lo único que podía hacer, remediarla y detener su posible ida lo antes posible. Pero, para eso, debía seguir unos necesarios pasos:
Uno: pedir disculpas. La cachetada estuvo de más. No apoyaba la violencia. Sí, aunque hubiera recurrido a ella. ¿Hipócrita? En absoluto.
Dos: informarle que su descarado plan la lastimó. Ah, eso ya lo había hecho. Bueno, no perdía nada por repetirlo, y realmente necesitaba repetirlo con toda su alma. Unas dieciocho mil veces, para ser más exactos. De paso, luego del descargo, le diría que podía quedarse el tiempo que quisiese, corrigiendo así sus palabras anteriores.
Tres: ... Um.
Gesticuló una mueca insegura y se volteó con la taza en manos, apoyando la espalda en la mesada. Sopló la chocolatada, pensativa.
Tres: ¿corresponderle?
El chocolate quedó trabado en la garganta. Tosió, tratando de pasarlo.
—Eso... no lo sé —musitó con la voz rasposa, refregándose el pecho—. No, en realidad sé la respuesta. Ahora sé lo que siento... Lo que siempre sentí. Pero, aunque lo sepa, no puedo negar que estoy comprome... —Se calló de pronto. Un ruidito a lo lejos, que oscilaba entre lo que parecía un llanto y balbuceos, la asustó.
Pasó la vista a la entrada de la cocina. Una sombra flameaba en la puerta de madera, dándole a entender que alguien había encendido una vela en el living. ¿Quién podía ser? No escuchaba bien. ¿Quién demonios iba a estar llorando en medio de la noche tan espeluznantemente? El único que se le ocurría era...
Oh, dios mío. ¡Es Gerardo!
Adrián se paralizó.
¡No me jodas! ¡Puta madre! ¡¿Qué hacemos?! ¡Odio a los fantasmas!
¿Podríamos conservar la calma? Debe haber una explicación razonable.
¡Razonable mis ovarios! ¿No escuchas bien o qué?
Ah... Cierren la boca y vayamos a echar un vistazo.
Nah-ah.
Ni muerta.
¡No me hagan enojar!
Tragando saliva y esperando encontrarse con su amigo, el fantasma Gerardo, Anna emprendió unos cautelosos pasos hacia el living, de donde provenía el llanto. El gimoteo subía y bajaba como una escala musical, rebotando en las paredes en un eco.
—Ok... OK, cálmate. Puedes hacerlo. Solo consuélalo hasta que desaparezca y asunto arreglado.
Espera, ¿cómo se consuela a un espíritu?
¿Velas?, ¿rezos?
¿Un abrazo?
Puufff- ¡Ja, ja!
… ¿En serio?
—Sí, ¡un abrazo será! ¡Vamos! ¡Podemos hacerlo! —Se dio valor, asomando la cabeza por la entrada que llevaba al gran comedor. Abrió los ojos de par en par al encontrarse, no a Gerardo, sino a su hermana mayor llorando junto a la chimenea.
¿Ven? Solo era Elsa.
Um... Creo que hubiéramos preferido que fuera Gerardo.
¿Es broma? Con todo el escándalo que hicie-
Anna se congeló.
Agnes, curiosa, se asomó por encima de su cerebro y la observó desde lo alto. Anna estaba paralizada. La taza temblaba en sus manos hasta el punto de derramar el chocolate. Bufó.
Ah... Aquí vamos de nuevo.
Anna apretó los labios. Un terrible nerviosismo la atacó de golpe, revolviéndole el estómago hasta sentir retorcijones. ¿Qué hacer?, ¿qué decir? Un "¡Hola!" improvisado no sonaba muy natural. "¿Qué tal la mejilla? ¿Duele?" Menos. No estaba lista para ese encuentro. ¡Para nada lo estaba! Pero, si estaba ocurriendo, por algo debía ser. Tenía que superar la parálisis y seguir a su instinto.
—¿E-Elsa?
La nombrada se dio vuelta, apresurada. Tenía los ojos rojos. Las bolsas debajo de ellos tampoco pasaban desapercibidas.
—¿Anna? —Se limpió las lágrimas con las manos—. Lo siento, ¿te asusté?
La reina negó varias veces con la cabeza.
—¡No! Solo… me sorprendiste.
Sí, claro.
—Perdóname, quería... recorrer el castillo una última vez antes de irme. Sin darme cuenta, terminé aquí.
¿Última vez...?
¿La echaste del reino, recuerdas?
Anna arqueó las cejas de un modo arrepentido y supo que debía accionar. Juntó valor antes de despegar los pies del suelo. Elsa, al verla dirigirse hacia ella, comenzó a arrugar su vestido blanco con las manos; los labios se arrugaban de la misma forma, dibujando líneas inseguras. Anna no se quedaba atrás respecto al nerviosismo, pero, curiosamente, lo llevaba mejor que su hermana. Cuando la vio, sintió un inmediato alivio, además de una necesidad de vomitar toda la chocolatada. Solo precisaba eso: verla. Saber que todavía estaba allí.
—El gran comedor, ¿eh? —inquirió en el camino, pasando la vista de un lado a otro—. Acá jugábamos cuando éramos pequeñas.
Elsa asintió con los hombros pegados al cuello.
—Sí, qué ironía terminar acá... Pensé que te habías ido a dormir.
Anna se detuvo frente a ella. La miró con melancolía.
—¿De verdad piensas que puedo dormir después de todo lo que pasó?
Elsa tardó en responder, aunque la respuesta apareció enseguida en su mente.
—No... Conociéndote, eso es imposible.
Anna hizo un silencio mientras examinaba esos marítimos ojos. Comparado a un rato atrás, no poseían ni una pizca de brillo. Lo único que había en ellos era una amargura tan pesada que hasta se sentía en el aire. Odiaba ser la causante de su tristeza.
—¿Quieres? —le preguntó, estirando la mano con la taza. Elsa bajó la vista y la tomó con cuidado, tal como si la taza tuviera un detonador escondido—. Es chocolate, no te va a morder. —aclaró Anna con una media sonrisa.
Elsa volvió a sus ojos, sonrojada, y asintió. Llevó la taza a sus labios. Le dio un buen sorbo y un inmediato calorcito la rodeó. Amor había en esa chocolatada. Mucho amor. Uno que, por primera vez en esa noche, le hizo sonreír con sinceridad.
—Está deliciosa. Eres la mejor haciendo chocolatadas.
—Va a sonar cliché, pero es porque tuve a la mejor maestra. —Anna le guiñó un ojo—. Tú me enseñaste a prepararla.
Elsa soltó una risita tímida.
—Veo que la alumna finalmente superó a la maestra.
—Es la ley de la vida. —contestó Anna con un aire de grandeza, llevándose el cabello hacia atrás.
—Sí..., lo es.
Dejarme atrás... es la ley de la vida.
Elsa acariciaba con los pulgares la taza, esquivando los ojos de su hermana menor. No podía sostenerle la mirada por mucho tiempo. Cuando lo hacía, en sus ojos veía pasar recuerdos de lo sucedido. Los gritos; los besos, las lágrimas, la cachetada, su cuerpo. La verdad y el castigo. Todo venía acompañado de una punzante vergüenza que le presionaba el pecho desde adentro.
Mierda, no puedo ni mirarla.
Volvió a taparse los labios con la taza y se dedicó a darle unos importantes tragos. Anna veía con las cejas alzadas cómo el chocolate pasaba por su garganta una y otra vez. Tragaba apresurada, a punto de atorarse. Bien, era un hecho que a su hermana mayor le estaba costando ese encuentro. Si esa chocolatada fuera alcohol, ya estaría desmayada.
Qué frío...
Anna se refregó los brazos por el vientito seco que comenzaba a soplar en el comedor. Intentaba reformular el discurso escasamente planeado con anterioridad, pero éste se encontraba hecho trizas. No podía pensar bien teniendo a una Elsa nerviosa frente a sus narices; le contagiaba los nervios. Tenía un nudo en el estómago.
No pienses tanto, solo habla.
—Hey, Els...
La nombrada bajó la taza y Anna tragó pesado cuando tropezó con su frágil expresión.
—Yo... Espera, tengo que ordenar bien las palabras para no decir una estupidez. Aunque posiblemente la diga igual —dijo, levantando una mano—. Quiero hablarte de lo que pasó. Yo... Perdóname. No quise golpea-
—Detente, Anna.
Anna parpadeó, frenando en seco, y Elsa clavó la mirada en el suelo. Ésta última se tomó un momento para continuar. Costaba hablar con la garganta endurecida.
—No hace falta disculparse, me lo merecía. Cuando te fuiste... todo se aclaró. Pensé. Pensé mucho, y entendí que te presioné demasiado. No debí ser tan egoísta. Perdí el control, para variar. Soy yo la que tiene que disculparse, aunque sinceramente no creo que lo que hice tenga perdón. —Elsa dejó la taza en el borde del mueble de la chimenea y se volvió a ella con unos desolados ojos. Se inclinó en una educada reverencia que provocó que los cachetes de la menor se enrojecieran—. Discúlpeme, su alteza. Fui descarada, no volverá a suceder. Y si usted aún lo desea, tampoco volverá a verme.
Anna se perdió en aquel rostro que mostraba devoción. Y amor.
¿Lo deseas?
¿En serio quieres que se vaya?
Estrechó los ojos, acongojada, y negó con la cabeza. Sabía la respuesta. En realidad, la supo desde que abandonó la habitación de su hermana. Podía estar enojada, confundida, queriendo gritar a los cuatro vientos su frustración, pero todo aquello no se comparaba a lo que sentía por Elsa. A lo que quería confesarle y ya no era capaz de callar.
—No... No deseo eso. ¡No quise decir lo que dije! —respondió con la voz quebrada, estirando los brazos. Elsa se tensó cuando la envolvió en un fuerte abrazo—. Elsa, no quiero que te vayas. ¡Es lo que menos deseo!
—¿Anna...?
—Tenías razón, ¡todo este tiempo la tuviste! Yo... Yo también estoy enamorada de ti.
Elsa dejó escapar un suspiro. Giró el rostro para verla, pero Anna enterró el suyo en su hombro, avergonzada y a punto de llorar.
—Y aunque tu forma de mostrarme la verdad fue odiosa, ¡muy odiosa!, no puedo negar que funcionó —prosiguió, frunciendo los dedos en su espalda—. Yo también pensé mucho. Ahora todo tiene sentido, ¡todo encaja! Mi obsesión contigo, mi obsesión por enamorarme de alguien más con tal de llenar tu vacío... Debí haberme dado cuenta hace años, pero me convencí de que solo te amaba como una hermana. Así era más fácil sobrevivir, ¡ese lugar era mucho más seguro! Pero... ahora sé que ya no puedo negar la realidad.
—Anna... —Elsa deslizó las manos por su espalda y la abrazó. Estaba conmocionada, sin saber qué decir. No esperaba esa confesión luego de lo sucedido. No esperaba nada directamente. Tanto era así, que le costaba creerle— ¿Estás diciendo la verdad?
—Lo estoy, ¡juro que es la verdad! Pero..., aunque así sea, aunque te ame, yo... ¡no sé qué hacer!
Así como la esperanza irrumpió a la diosa, la abandonó igual de rápido y dejándole una amarga sensación en el centro del pecho.
—¿Porque somos hermanas? —preguntó Elsa en un decaído murmullo. Anna negó sobre su hombro.
—A esta altura, aunque no lo creas, eso es lo de menos.
—Entonces, ¿por... lo que te hice?
Anna volvió a negar, reforzando el abrazo.
—No, ya sabes porqué.
Elsa declinó los párpados. Los cerró y unas pesadas lágrimas rodaron por las mejillas. Solo quedaba una opción. La que más peligraba el vínculo de ambas.
—Kristoff. —adivinó. Anna asintió en su hombro.
—Le voy a contar la verdad, así que no sé lo que va a pasar. Lo único que sé es que él no se merece todo nada de esto.
Elsa se imaginaba aquella respuesta. Quizás, muy internamente, siempre supo que el peor obstáculo no iba a ser su hermandad, sino Kristoff. Y su lealtad para con él. Más allá de si lo amaba o no, Anna no era el tipo de mujer que engañaba a su marido por nada y menos el tipo que se casaba sin estar decidida a corresponderle toda la vida. Sabía que cuando finalmente reconociera sus sentimientos, ese maldito y último obstáculo iba a aparecer: su marido. Su mayor oponente. Sin embargo, ya no tenía fuerzas para enfrentar al jefe final, no las necesarias; Anna se las robó. En sí, su foco había cambiado desde que Anna la devolvió a la realidad con esa tremenda cachetada. El egoísmo desapareció, la desesperación también y solo quedó un deseo: el bienestar de su hermana menor.
—Si Kristoff te perdona..., ¿vas a sacrificar tu felicidad por él? —preguntó Elsa en su oído.
Aquella pregunta le revolvió el cerebro a la reina, y con buenas razones. Elsa era su felicidad. Si decidía quedarse con su marido, se esfumaría. Hacer lo correcto o seguir a su corazón, esa era la cuestión. Su batalla final. Una difícil.
—No sé. Quizás debería hacerlo si él decide quedarse conmigo, a pesar de todo. Se lo debo. O tal vez debería apartarme... Ya no merezco estar con él. La verdad..., no lo sé, Elsa. No sé qué hacer.
Elsa delineó una sonrisa afligida y comenzó a desprenderse de su cuerpo. De pronto, empezó a dolerle la cercanía; la pesadumbre en su voz, sus palabras. Todo. Que su hermana fuera tan amable, debatiéndose arduamente por ella, le dolía más. Era otra cachetada de realidad que no tenía ganas de aceptar, pero que ya era tiempo de hacer. Sí, era tiempo de aceptar la fatídica verdad:
Anna jamás sería solo para ella.
La reina buscó sus ojos al sentir la falta de calor. No los encontró. Lo único que halló fue a una cabizbaja y ensombrecida diosa.
—Entonces, no le cuentes la verdad y asunto arreglado. —murmuró Elsa.
—¿Qué...?
—Sigue adelante con tu vida y haz de cuenta que no pasó nada entre nosotras. Nunca existió, tampoco la carta.
—¿Cómo...? ¡¿Cómo podría hacer eso?!
Elsa levantó la cabeza, revelando una sonrisa triste, y llevó la mano a su pecho.
—Simple. Escóndelo, no sientas.
Anna ensanchó los ojos.
—Si yo pude esconder algo tan pesado por tanto tiempo, tú también puedes.
—No... ¡Yo no soy como tú! —exclamó, atajando su muñeca— ¡No podré tolerar esa mentira! ¡Es demasiado grande! ¡No puedo ocultarla! ¡No es correcto hacerlo!
Elsa detalló esa mano, que la aferraba con ímpetu, y la desprendió con cuidado de su muñeca. Aquella acción le produjo pavor a la reina. La sentía lejos, sentía a su hermana mayor codenadamente lejos.
—Anna, escucha... Sé que parece contradictorio lo que estoy haciendo. Hace una hora atrás te insistí hasta destruirte para que estemos juntas y ahora te estoy dejando ir. Soy incorregible, lo sé. Pero... esto es lo correcto. Lo entendí. Cuando te fuiste, al fin entendí lo que sabía desde el principio: yo vine aquí a verte, no a obligarte a corresponderme. Por eso tú no tienes que hacerte cargo de nada.
—¡No se trata de hacerme cargo! ¡Te dije que yo siento lo mismo que tú!
—Eso sería ideal si no sintieras también lo mismo por tu marido. Qué problema, ¿no?
Anna se enmudeció con una mueca emboscada. Elsa notó la incomodidad en su persona y desvió los ojos, frunciendo el entrecejo. Se tapó la frente. Cada vez le costaba más verla.
—Es un hecho que subestimé lo que sientes por Kristoff. Que te plantees sacrificarte por él... lo deja muy claro.
—Elsa, yo...
—No me gusta... A nadie le gustaría estar en medio de dos puntas, Anna. Si vas a corresponderme, que sea porque solo me amas a mí. Que sea porque me amas mucho más que a él. No por pena y menos por descarte. Seré una diosa, pero no soy benevolente. No puedo tolerar esa bipolaridad. Que estés enamorada de dos personas... Eso no es para mí. Quiero seguridad, y si no me la vas a dar... —Regresó los ojos a ella con una mirada firme—... lo mejor es que siga haciendo mi vida fuera de aquí. Ya he destruido demasiado la tuya. Además, aunque quisiera quedarme, sería muy doloroso hacerlo. Por eso... lo siento.
Anna separaba los labios incontables veces para contestarle, pero nada emanaba de ellos. Solo una silenciosa desesperación.
¡Te amo mucho más a ti!
¡No quiero vivir sin ti!
Sus sentimientos gritaban en la mente y corazón, se desgarraban la voz para que Anna los escuchase, pero la culpa continuaba consumiéndola, generando que las escuchara en un lejano eco.
Elsa le mantenía la mirada esperando una respuesta que no llegaría. Un "¡Quédate, te amo a ti!" que nunca escucharía. Una esperanza vacía.
Lo sabía.
Sonrió de lado y giró el cuerpo. La salida estaba a pocos metros. Tenía que irse. Todo había terminado. Anna ya había elegido. No habló, no lo dijo, pero definitivamente eligió al quedarse en silencio.
No puedo soportar más esto.
El nudo que tenía en la garganta desde hacía unas horas la asfixiaba; la fría temperatura de su cuerpo le quemaba la piel, a pesar de ya estar acostumbrada a ella. Conocía esos síntomas. Debía escapar con urgencia antes de quebrarse y congelar todo el castillo.
—Voy a seguir conociendo al mundo, Anna. —Se obligó a decir—. Es demasiado grande como para que lo desperdicie.
Anna bajó el rostro, cerrando los puños. La estaba perdiendo de nuevo y esta vez quizás para siempre. Tenía los minutos contados para inventar alguna excusa que impidiera su huida, pero nada se le ocurría más que decir la verdad. Y esa verdad lastimaría a Kristoff y cambiaría por completo las reglas de su reino. Entre dos puntas... Sí, realmente lo estaba.
—Els, eres mi única familia... No quiero dejar de verte, no quiero perderte.
—No lo harás. Si realmente quieres seguir viéndome, estaré de vuelta en unos meses. Para tu cumpleaños —contestó Elsa, sin mirarla. Si lo hacía, se desplomaría—. Si aún soy bienvenida en tu reino, aquí estaré.
—¡Es tu reino también!
Elsa volteó el rostro hacia ella con una sonrisa forzada.
—Mi reino es el mundo ahora, Anna.
Anna giraba entre la impaciencia y el dolor. Lo que tenía que decir para retenerla subía y bajaba por la garganta, dubitativo. ¿Cómo decirlo? ¿Cómo hacerle eso a Kristoff? A su mejor amigo. Necesitaba tiempo. Más tiempo para pensar y planear una estrategia en la que ninguno de los dos saliese herido. ¡Mucho más tiempo! Y éste escaseaba. Se estaba desesperando. ¿Qué decir?, ¿qué hacer? ¡¿Qué demonios podía hacer para detenerla?!
—Por favor, dame un poco de tiempo para...
—¿Decidirte? Anna, ya te decidiste. Tú eres la única que no lo ve. Yo lo veo bien claro. No hay manera de que puedas hacernos felices a los dos. Aunque te de tiempo, eso no va a cambiar nunca, y lo sabes. Perdóname..., no quise meterte en este aprieto. Lo único que puedo hacer por ti para compensar mi error es dejar de estorbar y devolverte tu vida.
—¡No tienes que compensarme nada! ¡Y no eres un estorbo!, ¡eres mi hermana!
Elsa negó con la cabeza y pasó la vista a la puerta principal.
—De cualquier forma, no puedo dejar solo a Northuldra por mucho tiempo. Así que...
"Adiós". Anna escuchó la sentencia en su cerebro antes de que Elsa siquiera llegara a pronunciarla. Aquella alucinación la sacudió, la llevó atrás. Muchos años atrás, cuando fue abandonada por su hermana mayor y la agonía comenzó. Allí nacieron Adrián y Agnes, quiénes con paciencia la consolaron y apoyaron en aquellas largas estaciones de soledad. Sin embargo, no bastaron para aplacar en su totalidad el dolor de la indiferencia recibida, la soledad de la añoranza y los sentimientos prohibidos que iban creciendo con el tiempo cada que enganchaba a su hermana deambular de noche por los pasillos con una expresión solitaria. Era lo mismo, ahora tenía la misma expresión. ¿Estaban volviendo atrás? Volviendo a esos días en los que, desconocidas, se limitaban a descansar la espalda en la puerta que las separaba. Anna le hablaba, le contaba historias, pero Elsa nunca respondía. Elsa la había abandonado y con ello se había llevado su felicidad. Ahora estaba sucediendo de nuevo. No podía permitirlo. No iba a dejar que la historia se repitiera.
Antes, muerta.
—¡Quédate esta noche al menos! —exclamó, agarrándole el brazo. Elsa miró el agarre boquiabierta y pasó la vista a sus ojos—. Solo... ¡Solo esta noche! Es muy tarde para salir, podría ser peligroso.
—¿Con quién crees que estás hablando? Soy la reina de las nieves, nada puede pasarme. —respondió Elsa con un dejo de arrogancia. Anna sonrió de soslayo.
—Aún así..., dame esta tranquilidad. Quédate.
Elsa apartó la mirada, pensativa.
—Por favor.
Regresó la atención a la menor y su corazón se estrujó, incómodo. Ah... No podía decirle que no a esos ojos de cachorrito. Si Anna se lo proponía, con esos ojos podía conseguir todo. Todo.
—Nunca cambiarás, hermanita. Siempre tan protectora... —susurró, acercándose. Llevó la mano a su mejilla y la acarició con dulzura—. Por ti me quedaré esta noche. Pero... ¿puedo pedir algo a cambio de este favor? —inquirió, arrastrando los dedos a sus labios. Los delineó con el pulgar, haciendo que Anna se tensara— ¿Dormirías conmigo?
Anna dibujó una ridícula sonrisa y se aclaró la garganta. La voz de Elsa sonó tan seductora para sus oídos que no podía evitar pensar que sus palabras escondían un doble sentido.
—Eso... no sé si será una buena idea después de... Ya sabes, todo lo que pasó. —balbuceó, jugando tímidamente con sus dedos. Elsa levantó las cejas.
—¿Qué tiene que ver lo que pasó? Solo dormiremos... —Se inclinó a su oído y acomodó un mechón detrás de él—... muy abrazaditas. Prometo no hacer nada indebido.
La sangre le subió a las mejillas a la reina. Calor, mucho. El calor volvió y como nunca.
—E-Ese es el problema. Con todo lo que pasó, no sé si solo podré... abrazarte, Els.
Elsa agrandó los ojos y la miró de frente con una expresión de total sorpresa. ¿Escuchó bien o su mente le estaba jugando una mala pasada?
—¿Es... en serio?
Anna esquivó su expectante mirada, avergonzada.
—Lo siento... ¡Perdón! —exclamó con los ojos bien cerrados— ¡Soy una maldita contradicción!, ¡lo sé! ¡Debería destronarme! ¡Debería echarme a mí misma! ¡Mierda!, ¡soy lo peor! ¡Pero...! Pero... es lo que siento. —Se tapó la boca, roja hasta las orejas—. Que si duermo contigo terminaré de destruir mi matrimonio por... obvias razones que no podré controlar.
A Elsa le costaba devolver el labio inferior al superior. Anna estaba dejando muy claro que si dormían juntas, en efecto, traspasarían la línea que previamente rozaron. Y esta vez no por insistencia suya, sino por la de la mismísima reina. Anna la deseaba. Quería alegrarse por ello, de verdad quería, pero... ¿para qué hacerlo? Aunque fuera correspondida en cuerpo, el alma era otro tema. Su hermana menor ya había elegido: la culpa y la responsabilidad por encima del amor. Esa fue su elección. Tenerla solo una noche no era suficiente. Elsa la quería todas las noches. Quería su palpitar junto al suyo hasta el fin de sus días. ¿Una noche?, ¿en serio? Ja, ridículo. Ella nunca ofrecería eso. Cuando le dijo de dormir juntas, literalmente se refería solo a dormir. Quería sentir su calor una última vez.
Niña tonta... ¿Cuánto más piensas desarmarme?
Pensaba, acariciándole la cabeza con una pequeña sonrisa.
—Entiendo. Entonces, le recomiendo que vuelva a su habitación, su majestad. Ya es muy tarde, lamento haberla entretenido tanto.
Anna arqueó las cejas. El pesar que sentía era insoportable, mucho más que antes. Mucho más que cuando se enteró de los sentimientos de su hermana, de los suyos propios y de toda esa irremediable situación. Nada se comparaba a lo que ahora estaba sintiendo: un agobio total. Esta vez de verdad la estaba perdiendo. El aura de despedida que las rodeaba era casi visible.
—Yo volveré a la mía y cuando usted despierte, ya me habré ido.
—Elsa... —Anna sujetó su mano para evitar que se retirara y de su voz escapó sinceridad—. Te quiero, Elsa.
El avatar hizo lo posible por sonreír. Dolía. Sus comisuras dolían demasiado por el inmenso esfuerzo que estaba haciendo para sonreír y no llorar. Le pesaba la garganta de tanto que estaba reprimiendo la congoja en ella.
—Y yo a ti, Anna. —Elsa se llevó su mano a los labios y depositó un leal beso en ella—. Siempre te amaré —murmuró, para luego besarle la mejilla. Lágrimas se deslizaron por los ojos de Anna cuando la sintió—. Siempre.
Y con eso dicho, su hermana le regaló una última sonrisa, se dio vuelta y emprendió los pasos a su habitación. Anna la observaba retirarse. Sus pisadas dejaban un rastro de hielo en el suelo. Un rastro de dolor.
—Elsa...
Desapareció de su vista, pero su corazón se fue con ella.
Se tapó el rostro apretando las muelas con ganas de partirlas. Gimoteos morían en sus manos; los mismos que Elsa debía estar ocultando en la garganta. ¿Qué había hecho? ¿Qué quería lograr obligando a su hermana a quedarse una mísera noche?, ¿ganar tiempo? No podía aclarar la mente. Dos pensamientos luchaban entre sí: Kristoff contra Elsa. La culpa contra el amor. La lucha hacía tanto ruido en su cabeza que comenzaba a dolerle. Estaba perdiendo la paciencia, enojándose. Enojándose con ella misma; lo primero que debió haber hecho. Si hubiera notado antes sus sentimientos por Elsa, aquella maldita situación no existiría. ¿Y ahora qué? Ahora ya era tarde. Tenía demasiadas responsabilidades en la espalda como para cambiar su destino. Sofocada. A punto de gritar, de arrancarse los pelos. Así se sentía. Y no podía sentirse de ese modo siendo la reina. No debía permitírselo. Ahora entendía lo que Elsa sintió en su mandato y el porqué se mostraba tan rígida la mayoría del tiempo. Perder el control no era una opción. Todo un reino dependía de sus decisiones. Si éstas eran mal dadas o resultaban inestables, Arendelle se hundiría junto a ella. No, no podía perder el control.
Y aún así, lo estaba perdiendo igual.
Hey...
Ahora no.
... De acuerdo.
Anna se limpió las lágrimas, cerró los ojos y respiró hondo. Bien hondo una y otra vez tratando de calmar el dolor que la asaltaba, de recordarle a su persona quién era y el porqué debía mantenerse neutral. Ya no era una princesa disparatada, libre de tomar las decisiones que quisiese. Tenía que volver a recordarse aquella realidad que, sin estar preparada, en su momento tuvo que aceptar.
Tomando aire una última vez, emprendió la marcha a su habitación con el paso más firme que pudo encontrar. ¿Por qué? Porque ella era la reina, y su deber era hacer lo correcto. Manejar el reino, ser fiel a su marido y dejar a su hermana en libertad.
Eso suena muy claustrofóbico, ¿no crees?
Cállate.
¿Acaso viniste a este mundo para sufrir?, ¿para cumplir con las "normas establecidas"? ¿Quién las estableció? ¿Quién dijo que eran correctas?
¡Cállate!
Deja de engañarte a ti misma, Anna. Ya has sufrido demasiado. Tú viniste a este mundo para encontrar tu propio camino, y sabes bien que éste no es el correcto.
¡Te dije que te calles!
Anna se tapó los oídos en el recorrido. Estaba perdiendo el control de su mente. Su psiquis ardía, se prendía fuego. Demasiadas cosas en poco tiempo, demasiadas verdades y responsabilidades.
Pudiste callar a Adrián, tapar tus sentimientos más profundos, pero a mí no me vas a callar. ¿Sabes por qué?
Estampó el puño contra la pared del pasillo, queriendo acribillar a Agnes. El agudo dolor en la cabeza aumentaba. Le azotaba el cerebro.
Porque soy tu subconsciente, por eso no puedes callarme. Vivo muy lejos de tu hogar, no puedes controlarme. Yo no miento. No tengo moral, no tengo arrepentimiento alguno, pero más importante que eso...
Anna se detuvo frente a la puerta de su habitación con una desquiciada mirada. Agarró el picaporte.
Yo soy tú. Tú antes de convertirte en ésta barata imagen.
Abrió los ojos de golpe.
Y todo lo que digo en realidad te lo estás diciendo tú, porque tú eres la que quiere un cambio.
Anna se quedó contemplando la puerta con unos ojos ausentes. Su respiración se entrecortó, pero no la sintió. El corazón latía insistente, pero tampoco lo sentía. Era como si la hubieran separado de su cuerpo. La mente quedó flotando encima de él, juzgando todo desde lo alto cual espectadora.
Lentamente comenzó a girar el picaporte, pero ella ya no estaba ahí. Su consciencia se fue a dormir por el impacto de esa verdad que, muy dentro de su ser, siempre supo. Ponerle nombres a sus voces podía ayudar a sobrellevar la situación, hacer que fueran externas. Solo una mala influencia, un desliz de su típica locura. Pero, al final del camino, no podía encubrir más la realidad. Y éste era el final del camino. Esas voces eran ella. Ella misma dándose ánimos para hacer lo que su corazón anhelaba hacía tiempo. Elsa las despertó de nuevo.
Caminó hacia la cama de modo robótico, pues, el cuerpo tiene memoria, y fue la última orden que le dio consciente. Se metió adentro sin mirar a su marido y se arropó hasta las orejas con la frazada. Ahí quedó. Escondida en medio de la oscuridad, sin moverse y sin siquiera pestañear. Los minutos pasaban y nada. Nada aparecía en su mente. ¿A dónde fue? Trataba de hallarla, pero solo se topaba con palabras sueltas; frases, recuerdos, olores, emociones... Todo relacionado con Elsa. Y toda racionalidad parecía haber desaparecido, llevándose también al caos. Todo se despejó. Lejos de entrar en pánico, extrañamente se sentía liviana, como si el gran peso que cargaba en la espalda hubiese desaparecido. Ahora podía respirar, y se sentía bien. Muy bien. Pero... ¿estaba respirando en el lugar adecuado? ¿Qué hacía metida en la cama y con Kristoff roncando al lado? ¿Qué hacia oliendo su fuerte perfume cuando debía estar oliendo el suave y exquisito de Elsa? De pronto, le pareció incoherente estar allí. Incorrecto. Sin sentido alguno. Ella no quería estar ahí, quería estar con su hermana. Siempre quiso estar con ella.
Yo soy la que no tiene moral, yo soy la que no quiere arrepentirse, yo soy... la que desea dejar todo atrás por Elsa.
Una fuerte energía comenzaba a trepar por su cuerpo. Una conocida, pero que hacía un buen tiempo no invocaba. Desde que se convirtió en reina por pedido de su hermana, olvidó lo que era divertirse. Cayó en una inevitable y aburrida rutina que se asentó más ante la falta de visitas de Elsa. En algún momento perdido, entre papeleos y trabajo exhaustivo, también olvidó una importante característica de sí misma: su explosivo ser. Ella no era racional, ¡para nada lo era! Mejor dicho, ¡era todo lo contrario! ¿Qué quería conseguir fingiendo ser alguien que no era? Si seguía así, tarde o temprano esa máscara se caería, al igual que su reino. Reprimirse desencadenaría un único final: la autodestrucción. Y entonces, comprendió a Elsa. Comprendió porqué la diosa ya no pudo callarse más, y la aplaudió. La aplaudió de pie porque esa diosa había entendido todo: vivir reprimiéndose es igual a no vivir. Y Anna quería vivir. ¡Quería volver a sentirse libre!
Pero ¿y el reino? El reino se derrumbaría si Anna no era feliz en él. La única forma de mantenerlo en su lugar era tan simple que se sentía una estúpida por no haberlo notado antes: siendo ella misma. Así de simple resultó. Gobernando a su manera. Y su manera, por más peculiar que fuese, sería la correcta, ya que estaría guiada por la honestidad. Ésta siempre la guió aún en los momentos más oscuros, ¿cómo pudo dejar de creer en ella? Sino fuera por sus voces, ella... No, nada de voces.
Esas voces siempre fui yo. Y aunque de alguna forma lo sabía, ahora lo creo. Yo misma me he estado animando, porque yo amo a Elsa como a nadie en este mundo. Yo... ¡quiero estar con ella!
Y ante la falta de razón, el corazón despertó.
¡Hasta que te llegó el agua al tanque! Ah..., perdón. ¿Ya puedo hablar, su alteza?
Anna cerró los ojos y esbozó una sonrisa sincera. Una que hacía tiempo no nacía de ella.
Sé lo que tengo que hacer, Adrián.
¿En serio? ¿No me vas a callar más?
Su sonrisa se transformó en una burlona.
Ya no puedo callarte, tontito. ¿Agnes?
¿Sí, su alteza?
Gracias.
Anna se destapó de un tirón y salió despedida hacia la puerta. La abrió de una forma tan estrepitosa que el ruido tapó los ronquidos de Kristoff. Empezó a correr. A correr y correr por los pasillos con una sonrisa abierta, aquella que por las responsabilidades y el alejamiento de su hermana se había esfumado. Ahora había vuelto y mucho más alargada que nunca. Se sentía extremadamente ligera, libre. Trompetas de bienvenida sonaban en la cabeza. Y en medio de la maratón, solo una persona aparecía en ésta.
¡Elsa!
La aventurera Anna volvió, ¡y lista para llevarse al mundo puesto!
¡Dios salve a la reina!
Ah... Finalmente despertó.
¡Elsa! ¡Elsa!
Llegó a la puerta de su habitación y, sin pararse a tocar, la abrió de una patada. Elsa, quién estaba sumida en un profundo sueño, saltó de la cama por el abrupto ruido. La miró infartada, agarrándose el pecho para calmar la taquicardia y descongelar la ventana que sin querer congeló. El susto que le dio no tenía nombre.
—¿Anna? ¿Qué demonios...?
Anna le mostró los dientes y se tiró de cabeza sobre ella, aplastándola contra la cama. Elsa agrandó los ojos, ahogada por la zambullida, y sujetó sus hombros.
—¿Qué te pa-
—Cállate y bésame.
Anna jaló su mejilla y atrapó sus labios en un fogoso beso que para nada vio venir. Elsa parpadeó sobre sus largas pestañas y se obligó a cerrar los ojos por fuerza mayor, dado que la reina no la dejaba en libertad. Ésta separaba sus labios en contra de su voluntad y no se reprimía de entrar a su boca para buscar su lengua y jugar con ella. Elsa cerraba los dedos en sus hombros, asfixiada.
—¡Hm!
—Elsa... —la llamó, abandonando sus labios en un suspiro. Suavizó la sonrisa, ignorando la incrédula expresión de su hermana— ¿La oferta sigue en pie?
—¿H-Huh?
Anna se relamió los labios de forma incitante y se inclinó a su oreja.
—Dormir... Ya sabes, muy abrazaditas.
Elsa se tensó de pies a cabeza.
¿Estoy soñando?
Se preguntó, admirando los brillantes ojos de Anna. Se veían muy reales.
Debo estarlo.
Se sumergió más en aquellos vivaces ojos, sonrojándose debido a la bella sonrisa que la menor le regalaba.
Tiene que ser... un hermoso sueño.
Continuará...
He aquí el tercer capítulo. Mil disculpas de nuevo por extenderlo, pero de verdad iba a quedar muy largo si no lo cortaba acá jajajaj. Esta vez sí. Y JURO QUE SÍ, el próximo es el último. ¡Así que los leo ahí!
¡Besitos a todxs! ¡Qué anden bien!
Madh-M: Siento que te estás cagando de risa por el "agregado de capítulo" que veías venir jajajaj Gracias por leer amegaa :') El próximo SÍ es el último. No da alargarla más. Te leo ahí, besitos!
Roshell101216: ¡Gracias por leer! Bueno, vas a tener que esperar un capítulo más para ver si son felices o no jajajaj Beso!
Srto. Schnee: ¡Qué bueno que te guste la historia! ¡Gracias por leer! Espero que vos también que andes bien, te leo en el último capitulo! beso!
Yali Potter Granger: ¡Gracias por leer! No era mi intención que llores D: Espero que no llores con este también jajaja besito!
Mariana: ¡Gracias por leer! Sí, Elsa se pasó. Y mucho. No hay duda jajaja Te leo en el próximo, beso!
Chat'de'Lune: ¡Gracias por leer, como siempre! Adorada sea tu paciencia para con esta humilde escritora (? Solo para que sepas, yo también prefiero un final feliz a la tragedia jajaja Te leo prontito, besos y Namasteee.
Alina: Awww... No llores ): Espero que este capítulo te haya dejado con un mejor sabor de boca. Mil gracias por las lindas palabras! Me alegra transmitirte tanto :) Te leo prontito, beso!
darkmoon616: ¡Gracias por leer! Qué alegría que te guste esta loca historia. Espero que este capítulo también te haya gustado. Beso!
Bunny022: ¡Gracias por leer! Y sí, al igual que se entiende el enojo de Anna, también se entiende el descontrol de Elsa. No pudo aguantar más, pobrecita ); Te leo prontito, beso!
Xiomimlp: Me publicando! jajajaj Gracias por leer! Espero que este capitulo te haya gustado. Te leo en el último, beso!
La chica del tatuaje: ¡Gracias por leer! Me alegra que te guste la historia. ¿Un consejo? Mmm, soy una escritora novata, así que mucho para decir no tengo. Ni siquiera me dedico a esto profesionalmente jajaj. Pero el mayor consejo que te puedo dar es que leas mucho (MUCHO) y practiques seguido tu escritura. Si no practicás un poquito todos los días, la escritura se achancha y no avanza. Hasta corrés el riesgo de perder tu estilo narrativo. Pero, sacando eso, reitero que leer todo tipo de lectura para mí es esencial. Lo más importante, sin duda. Espero haberte ayudado un poquito, y te leo pronto! beso!
RukiaJr-chan: ¡Gracias por leer! Me alegra que esta historia te guste y puedas sumergirte más en el hermoso fandom de Elsanna :) Te leo prontito, beso!
Joss sonoda: ¡Gracias por leer! Como ves, terminé alargándolo de nuevo. Me cago en mí. Pero bueno, si te gusta que sea largo, mejor jajaja. Te leo prontito, beso!
