Siempre las gracias por leer. Ambas lo apreciamos.


Verde que te quiero verde.

Capítulo III


— Los viejos esperan, Draco.

— ¡Joder, Blaise! Tengo la nariz… ¡auch! ¡Maldita sea! Esos hijos de puta van a… ¡Maldición! — volvió a colocarse la compresa de hielo que Beth le había preparado sobre la zona lastimada. Su sien, antes latiente, empezaba a pintarse de un grotesco color.

— ¿Quieres ir a un hospital?

— ¿Estás demente?

— ¡Oh, discúlpeme, su real alteza! ¿Quiere ir a una clínica?

— ¿Crees que deba? — se examinó, preocupado, la cara en el espejo. ¡Una porquería! — Me las van a pagar, Blaise. Por mi padre que ese par de rastreros me las pagarán. — Hablaba sin despegar los ojos de aquel enorme, gigantesco tomate maduro, que ahora tenía por nariz.

— ¿Está rota? — interrogó su amigo.

— No sé — intentó respirar con normalidad, pues desde el incidente, tomaba bocanadas de aire solo por la boca. — ¡Joder! — regresó a la compresa.

— Muy bien, creo que sí deberías ir.

— Los malditos viejos esperan — se apoyó al borde del lavamanos, tratando de recuperar el aliento. Aún estaba caliente, en excesiva medida irascible, por lo ocurrido hacia unos minutos.

— Déjamelos a mí — Draco observó al hombre, evitando fruncir su juvenil rostro herido. — ¡Vamos! Solo daré la introducción al proyecto, la parte que me corresponde. El resto… pues, será proponer fecha para una reunión extraordinaria contigo. Quédate tranquilo, aún tenemos tiempo.

— ¿Se calmó todo afuera?

— La policía puso orden, incluso detuvieron a un par de esos locos. Se los llevaron en sus patrullas.

— ¿A un par? — Draco deseó que ese par fuese precisamente el corpulento pelirrojo, y su harapienta compañera.

— Dos chicos, tendrían como mucho dieciocho años.

— Ah — se decepcionó, en parte, pues al menos habían aprehendido a dos de esos dementes. Volvió a presionar la compresa fría sobre su nariz y un nuevo dolor laceró todo su rostro, extendiéndose hasta sus mejillas rojas. Aguantaba las lágrimas por mera necedad, pues su padre le enseñó que no era de hombres ponerse a lloriquear. Pero me duele. Me duele, me duele, me duele… ¡Joder! — Iré a revisarme esto — señaló su nariz. — Creo que necesitaré calmantes para pasar el día. Hablaré con Beth, necesito la fecha más próxima para la nueva reunión.

—Me encargaré de eso.

—No vayas a joder los planes — caminó hacia la salida del baño.

— ¿Por quién me tomas? ¿Un aprendiz? Llevo siendo tu socio desde que teníamos pañales — Blaise lo siguió hasta el escritorio de su secretaria. — Beth, dile a los señores que esperen un minuto. Acompañaré a tu jefecito a su auto.

— ¿Cómo se encuentra, señor? — preguntó la secretaria, más por cortesía que por genuino interés.

— ¿Acaso no puedes verlo por ti misma? — mantenía la compresa pegada a su cara y las palabras salían un poco contenidas. — Démonos prisa, Blaise.

— Tu nariz parece pelota de golf — rió su compañero al, estando en el ascensor, librar de hielo la zona herida.

— No me jodas – volvió a estudiarse en el reflejo que mostraban los espejos del elevador. — Esto no será gratis, Blaise. ¡Por mi padre que no! Esos cerdos van a pagar con creces. ¡Lo harán!

— Relájate un poco, hermano.

— ¡Pagarán! ¡Pagarán! — alzó un puño al aire, agitándolo. — ¡Lo harán! — resopló.

— ¿Por qué era protestaban?

— ¡Al carajo!

—Beth dijo que era por la plaza Spring. La destruirás en tres meses.

— ¡Eso haré! ¡Sí! — las puertas se abrieron. Draco aún agitaba el puño en el aire, como un lunático.

Los empleados eran incapaces de hacerle frente, no obstante, buscaban poder ver, al menos de reojo, al jefe con la nariz sangrante mientras cruzaba hacia el estacionamiento. Habían apostado, cien dólares a quien fuese capaz de tomarle una foto. Por supuesto, nadie se atrevió.

— ¡Van a pagar! — abrió la portezuela del auto.

—Aflójale a tu sed de venganza y ve a que te den algo, cada vez te ves peor.

— ¿Tres meses?

— ¿Tres meses de qué? ¿Vacaciones?

— ¡La plaza, idiota! ¿Destruiremos la plaza en tres meses?

— Unos días más, unos días menos. — Blaise se alzó de hombros.

— Días menos, ¡muchos días menos! — sonrió a medias, deformándose un poco más. Ingresó al auto y cerró la puerta antes de arrancar el motor.

— ¿Qué pretendes? — su compañero se inclinó hacia la ventana.

— Espera mi llamada esta noche, adelantaré esa demolición lo más que pueda. ¡Para mañana mismo, si es posible! No digas nada a los viejos, quiero concretar con la empresa demoledora y de construcción antes de dar el anuncio. — Prendió el carro.

— Bien — el moreno respiró. — ¿Vas directo a la clínica?

— Ya no siento la nariz, no respiro bien.

— Bien, es algo bueno para ti.

— ¿Cómo?

— Aún hueles a mierda.

Draco Malfoy lanzó una maldición al volante y, volviendo a ser una furia con pelo rubio engominado, arrancó del estacionamiento.

oOoOoOoO

— ¡Te lo hemos dicho tanto, Ginny! ¡Tanto! — Molly Weasley se pasó una mano por la frente. — ¡Tanto! ¿Por qué no…?

— ¡No puedo detenerme, mamá! ¿Sabes lo que pretende hacer esa corporación? No les ha sido suficiente con todo el desastre que han ocasionado. ¡No! Ahora pretenden acabar…

— Lo sabemos, tesoro — la mujer extendió el brazo a través de la mesa y tomó la mano de su hija. — Pero debes entender, querida, que hay personas con las cuales no se puede negociar. La Corporación Malfoy es muy poderosa, y no creo que…

— No es imposible, mamá.

— ¡Casi nos da un infarto cuando supimos la noticia! Gracias al cielo tú, Luna y tu hermano están bien. ¡Tu hermano! Siempre consintiendo tus acciones naturalistas. Es muy noble, hija, pero debes entender…

— Era una protesta pacífica — refutó la muchacha. — Ese imbécil de Malfoy, armó un escándalo como hijo de papi, que…

— Pudo enviarlos a la cárcel — comentó su madre, como si estuviese adjudicando alguna ilustre actitud por parte del joven.

— ¡Eso pretendía! ¡Llamó a la policía! — exclamó la mujer. — Pero no. ¡Oh, no! No se va a librar de nosotros tan fácilmente. — Sonrió anchamente, mostrando los dientes.

Recordó la humillación sufrida, ocasionada por la venenosa boca de aquel ser. Por un momento, se sintió deshonrada, verdaderamente mancillada, como si no valiese siquiera un céntimo.

Pero no, no, no, nada que ver. No le daré poder a su palabra. ¡Esto aún no acaba! No, no. Nos volveremos a ver, señor Malfoy. ¿Señor? No, Malfoy, sin señor, sin nada. Simplemente Malfoy, Malfoy hijo de papi, sí. ¡Idiota! Nos volveremos a ver y se tragará sus palabras, sí, sí…

Comenzó a reír, imaginándose al joven rubio y estético sentado bajo un árbol, amarrado de pies y manos, y tragándose, literalmente, todas sus palabras desde un enorme cuenco de madera. Ella estaría sosteniendo la cuchara, embutiéndosela en su mal hablada boca de aristócrata.

— Ginny — llamó su madre, asustada. — ¡Ginny!

— ¿Qué? ¿Qué? ¡Oh! Lo siento — sonrió.

— Algo está maquinando esa cabeza tuya — apuntó su padre, quien no había hablado hasta ese momento.

— ¡Ay, Ginevra!

—Ustedes no se preocupen por nada — se levantó de la mesa y fue a darles un beso a ambos. — Por nada.

— ¡No te metas en problemas!

— Descuiden, no seré yo quien tendrá problemas — volvió a reír, subiendo las escaleras.

— ¡Esa hija tuya! — bramó Molly, alzando los brazos.

— No te preocupes, querida — Arthur le tomó una mano. — Es una mujer con convicciones muy fuertes, pero es también muy sensata. Dejemos las preocupaciones y confiemos, no es la primera vez que Ginny se ensaña con alguna de sus acciones ambientalistas.

Los dos suspiraron, queriendo confiar plenamente en aquella supuesta sensatez.

— Sí, Bill, ya estoy en casa. No, no te preocupes, ya hablé con mamá y papá. ¿Qué…? ¡No! ¿Están bien? Ok, sí… ¿Los soltarán mañana? ¡Joder! — Sujetó el celular entre su oreja y hombro derecho, mientras se descalzaba los pies — ¡No! Bill, no daremos marcha atrás. ¡Vamos! Confía en mí, sí. Algo tengo pensado. No te preocupes, dile a Fleur que debe relajarse o se arrugará muy rápido — se sujetó el cabello en una cola. — Sí, descuida. Gracias, hermano. ¡Descansa! Te quiero — colgó.

Largó una honda exhalación y se lanzó a la cama, pensativa. Las acciones de esa tarde circulaban frente a sus ojos como una película. Pensó en Jack y Michael, presos. Aún cuando los soltarían al día siguiente, una noche en la cárcel debía ser traumática.

Debes pensar bien, Ginny. ¿Qué vas hacer?

Se levantó y fue hasta su cómoda. Una copia de la revista People descansaba bajo su lámpara. Desde ella, el joven Draco Malfoy la mirada con calculadora intensidad. No sonreía. Su boca, tan delgada como una línea sobre una hoja de papel, se mostraba completamente inexpresiva. Su pelo rubio hacia atrás, brillando a causa del gel, y una nariz perfilada que se veía un poco más pequeña en persona.

Debes tenerla como una bola de boliche en este momento, con tremendo trancazo que te dio Bill.

Tomó la revista y la acercó hacia sí, analizando la imagen.

Idiota.

Entrecerró los ojos, abstraída por tantas ideas. Ese joven sería una mandarina muy difícil de pelar. Parecía impenetrable.

Su celular volvió a sonar, era Luna.

Mi padre pretendía castigarme, ¿puedes creerlo? ¡Tengo veintidós años! Es…

— Va a ser difícil, Luna — interrumpió. — Este Malfoy…

¿Dejarás las cosas así?

— ¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! Solo dije que será difícil.

Le haremos frente como podamos. ¡Sí, sin infringir la ley! — gritó, Ginny tuvo que apartarse el teléfono. — Lo siento, era para mi padre.

— Debe creerme una mala influencia.

No pienses eso, te adora.

— ¿Qué vamos a hacer? pensé que con una protesta pacífica sería más que suficiente.

Ya ves que Malfoy es diferente. ¡Te lo dije! Mi sexto sentido me expresa, con toda su sabiduría, que deberás buscar medios más… permisibles, para penetrar tan gruesa coraza.

— Algo se me ocurrirá — suspiró.

Quizá pueda ayudarte.

— ¡Anda!

Ve en el bolsillo de tus pantalones — dijo. — Y hablaremos luego, me queda poco crédito.

— Sí — buscó en el bolsillo delantero de su pantalón, extrayendo una servilleta. — ¡Luna! — había colgado la llamada.

Ginny arrojó el teléfono a la cama y miró, con una confina emoción en la boca del estómago, el número escrito.

— Harry Potter — leyó, y su corazón pareció dar un brinquito. — ¿Podrás ayudarme, joven apuesto y encantador? — dobló la servilleta y la guardó en su cofre de prendas, encima de sus múltiples colgantes artesanales. Ese día estuvo lleno de muchas emociones, suficientes. Al día siguiente pensaría qué hacer.

oOoOoOoO

Daba su décima vuelta cuando entró una llamada, interrumpiendo su música. Se detuvo cerca del banquillo y respiró hondo, buscando calmarse.

— ¡Maggie, aguarda! — gritó hacia su perra. Maggie detuvo su andar, volteando hacia él. Meneó la cola y al trote, regresó junto a su dueño. — Diga — contestó él. — Ola… ¿alguien…? — se escuchaba la respiración de la otra persona al otro lado de la línea. — Colgaré si no…

¿Harry? — era la tímida voz de una joven.

— ¿Quién habla?

¿Hablo con Harry Potter?

— Depende de quién…

Soy Ginny… Ginevra, Ginevra Weasley. ¿Me recuerdas? Nos conocimos hace tres días, estaba con mi amiga Luna y…

— ¡Por supuesto! Claro… Maggie, deja… — apartó la mano que Maggie lamía, solo para llamar su atención. — Ginevra… — sonrió, sentándose en el banquillo. — Un placer escucharte.

Gra… gracias, igual — la muchacha tragó en seco. — Harry… quería saber…

— ¿Qué sucede?

Draco Malfoy — el joven de azabache cabello bufó, entendiendo las razones de la llamada. Miró a Maggie y, rascándole tras la oreja, aguardó a que la chica se explicara.

Pasaron quince segundos, y al ver que Ginevra no volvía a decir palabra alguna, él habló.

— Ginevra…

Por favor, llámame Ginny.

— Ginny — Harry volvió a sonreír. — ¿Qué es lo que quieres saber sobre Draco Malfoy, que…?

Quiero enfrentarlo.

— Añadiré tu nombre a la lista. ¡Incluso tenemos un grupo en el Facebook! — rió.

No te burles — dijo con seriedad.

— ¡No! no pretendía… — suspiró. — Escucha, hablar por teléfono no me gusta. ¿Por qué no nos vemos, y tomamos un café? Te diré todo lo que sé sobre Malfoy. — la joven dudó. Harry acarició la cabeza de Maggie distraídamente, esperando una respuesta. — Gin…

Está bien — respondió.

— Genial — la sonrisa volvió al rostro del hombre. Miró su reloj de pulsera — ¿Podrás en una hora?

— Sí, no hay problema. ¿En dónde…?

— ¿Conoces el The Ritz?

¡Claro que sí! — Harry rió, divertido ante la espontaneidad de aquella afirmación.

— Bien, bien. ¿Te parece vernos ahí?

De acuerdo. ¿Una hora?

— Una hora — Ginevra colgó el teléfono y Harry, sin desvanecer su sonrisa, miró a su perra de rostro cariñoso. — Vamos, Maggie, tenemos una cita con una chica linda.

La perra ladró y sacó la lengua. Harry sabía, por supuesto, que también ella estaba sonriendo.


Autora del capítulo: Yanii.

Nota: ¿Qué les parece? Ya se verá como avanzará todo. Como se mencionó en el primer capítulo, ni siquiera nosotras sabemos qué seguirá a continuación, jajaja.

¡Gracias infinitas por leer!