¡Disculpen la tardanza! Andamos en otras cosas, ocupaciones, proyectos, distracciones... Pero ya el capítulo. Tarde pero seguro. De una u otra forma, el fic continuará. =)

¡Gracias a quienes están presentes!

El capítulo va dedicado a las Nenas Walpurgis. Ellas nos hicieron la linda portada =) ¡Gracias, chicas!


Verde que te quiero verde.

Capítulo X


— ¿Qué haces aquí? — masculló Ginny, mientras volvía a tomar posición con las piernas cruzadas. Malfoy cruzó las suyas.

— Vine a hacer el estudio del terreno — miró de reojo hacia arriba — Sí, este árbol será lo primero que haga desaparecer.

Ginny lanzó un grito agudo.

— ¡No te atreverás! —exclamó, exaltada.

— Ginny, nena, vamos, estás rompiendo el enfoque del grupo — pidió el líder, un poco más molesto. Ginny bufó igual que un toro.

— Estás buscando problemas, Malfoy —lo amenazó bajando la voz. El rió liberando aire por la nariz.

— Una criatura como tú no hará que me amedrente —la miró de costado y Ginny se vio forzada a tragar saliva. Había algo distinto en él, que la hizo desconcentrarse. No supo cómo defenderse de su insulto.

— Bien, hermanos — llamó el líder—. Todos de pie para hacer el saludo al sol.

Todos los presentes siguieron instrucciones. Ginny intentó bloquear su cerebro, pero el maldito perfume de Malfoy la estaba descentralizando.

Comenzó a elevar sus manos, respiró profundamente e hizo los ejercicios imitando al líder.

— ¿Para estas estupideces quieres mantener la plaza? — Espetó Malfoy, intentando seguir torpemente el ritmo de los integrantes—. Qué suerte que después no exista más. Un lugar menos para que se reúnan aberraciones como tú.

Se giró bruscamente y lo miró con rabia. Pero se contuvo, intentando hallar un modo de hacerlo entender, en lugar de romperle la nariz por segunda vez, tal como lo estaba deseando.

— Somos un grupo de personas pacificas que solo queremos mantener lo poco bueno que le queda a la comunidad para las futuras generaciones — dijo bajito, colocándose de rodillas en el suelo —. Esta plaza es un área verde muy necesaria para los vecinos. Es segura, sirve para hacer deportes, los niños juegan libremente y es un buen lugar para escapar de la oficina. ¿Por qué alguien querría arruinar eso?

Lo miró de soslayo y entonces levantó su cuerpo apoyando las manos delante de su cabeza y la punta de los pies atrás, formando un triangulo. Agachó la cabeza, sintiendo las mejillas rojas, y no necesariamente por el esfuerzo.

Malfoy se quedó mudo un instante, mientras veía sin recato aquel trasero redondo y levantado que había arruinado su asiento. Sabía que tenía algo que argumentar, mas su cerebro bloqueó por un momento las palabras.

— Hermano, tú también, inténtalo — le dijo el líder. Malfoy lo miró frunciendo los labios. Hizo amago de levantarse, pero luego sus ojos se desviaron hacia Ginny. Sonrió internamente y comenzó a imitar su postura.

— ¿Qué haces? —masculló Ginny, se notaba el esfuerzo por mantener la posición y su atención en Malfoy.

— El hermano dijo que debía hacer el ejercicio — dijo irónico, aunque Ginny notó el tono de burla en su voz.

— Estás arruinando todo — respiró hondo y volvió a la postura original, enrollándose en el suelo sobre sus piernas. Él la imitó.

— Quiero saber cuántas reglas se están rompiendo para poder tener pruebas y sacar a todos estos hippies de mi plaza —dijo con la cabeza apoyada sobre el suelo. Ginny giró la suya hacia él y lo miró con odio.

— ¿Reglas? ¡Esto es un lugar abierto, idiota! — chistó —. La gente puede hacer lo que quiera.

— La plaza es mía y yo coloco las reglas, y creo que tú llevas muy poca ropa encima — soltó. Ginny se puso de pie y lo miró desde arriba, completamente sonrojada.

— ¿Y a ti que te importa cómo vista, imbécil? —exclamó enojada. Malfoy se puso de pie y la enfrentó, la mueca socarrona seguía en sus labios.

— Me importa porque hay niños mirando y como buen ciudadano que soy, tengo que velar por el bienestar de la sociedad.

Ginny se cruzó de brazo y lanzó una risotada.

— Eh… hermanos — llamó el líder, pero ninguno lo escuchó.

— ¿Bienestar, tú? — rió con sarcasmo —. ¡Tú no piensas en nada que no sea tu propio trasero! ¿Te preocupan los niños? ¡Bien! Porque este parque está repleto de niños —gritó moviendo los brazos para abarcar el espacio—. Si tanto te importa la sociedad y su bienestar ¿por qué mierda quieres destruir esta plaza? —gritó a todo pulmón.

Los asistentes al grupo, que los habían estado observando, súbitamente se pusieron de pie. Uno le arrancó la gorra a Malfoy y éste comenzó a retroceder, intimidado.

— ¿Este es el tipo que quiere destruir la plaza?

— ¿Qué no piensas en las familias?

— ¿Y nuestra comunidad?

— ¡Qué hijo de puta!

Malfoy comenzó a retroceder y Ginny notó con algo de nerviosismo que un grupo de personas lo habían comenzado a rodear y a gritar contra él.
Un sujeto grande que jugaba con su hijo lo comenzó a empujar.

— Ey, ¡basta! —exclamó.

Otro empujón y cayó al suelo.

— ¿Quieres acabar con la plaza? Primero por nuestro cadáver —dijo el grandote.

Ginny comenzó a mirar hacia todos lados, levemente atemorizada. Recordó la trifulca que se había armado fuera del edificio de Malfoy y comprendió que estaban a punto de linchar a un tipo que no podía defenderse.

— Ey, no es necesario ponerse violentos —pidió, interponiéndose entre la gente que los rodeaba y Malfoy. No podía comprender como el "hermano" de repente ya no era tan pacífico como se mostraba.

— ¡Aléjate de él, mocosa! ¿Quién se cree que es éste petulante engreído? ¡Venir a destrozar un patrimonio! —exclamó un sujeto que tenía los brazos muy grandes. Ginny retrocedió aterrada y tropezó con una piedra.

Cuando su escudo humano se desvaneció, Malfoy comenzó a correr siendo perseguido por un montón de energúmenos pacifistas, que de pacifistas no tenían nada. Ginny miró hacia atrás completamente aterrada, viendo como lo perseguían hasta el otro lado de la calle.

— Ay, no, no, no… ¿qué hice? —susurró atemorizada. Se puso de pie y se sacudió las calzas y las manos. Las mujeres que estaban a su alrededor contenían a los niños curiosos.

— ¿Estás bien? —le preguntó una. Ella asintió—. Ya le darán su merecido a ese cobarde.

— ¿Merecido? —tembló Ginny.

Recordó su pacto de no violencia. Ella había prometido no volver a atacarlo, pero la gente no se limitaba a aquellos acuerdos cuando estaba con rabia.

— Mínimo un buen par de golpes a ese mal nacido —exclamó otra—. Para que no vuelva a aprovecharse de gente buena y honesta como nosotros.

Ginny las miró. Estaban todas sonrientes. Una corriente la cruzó de pies a cabeza.

— ¿Buenas? —exclamó, sorprendida—. ¡Son seis hombres contra uno! ¿Qué tiene eso de bueno? ¿Creen que por romperle los dientes dejará la plaza en paz? ¡Volverá peor! ¡Y si no es con la plaza arremeterá contra todo lo que esté a su alcance! —dijo, señalando las casas aledañas—. ¡Es un cabrón con dinero! ¡Nos va a joder a todos si lo muelen a golpes!

Las mujeres parecieron pensarlo, pero otra contraatacó.

—Tal vez si le hacen pedazos la cabeza no recuerde nada —rió. Pero nadie se carcajeó con ella.

— ¡Rosemary! —exclamó otra.

— ¡No seas cruel!

— Da igual —dijo agitando su mano en el aire—. Un tipo rico menos en el mundo, mejor para nosotros los de la clase trabajadora.

Y se largó ante el silencio incómodo de las demás. Ginny miró hacia todos lados, y sin pensarlo salió corriendo. Sin prestar atención a lo que las demás mujeres gritaban.

Cruzó la calle a toda velocidad, un autobús casi le pasa por encima y un taxi frenó en seco antes de arrollarla por completo.

Con el corazón en la mano, Ginny llegó hasta el otro lado de la calzada, intentando escuchar algo. Preguntó a varios vendedores si habían visto a un grupo de personas correr, un vendedor de flores le indicó que se habían metido por un callejón, y le advirtió que era mejor que se alejara de esos asuntos. Sin hacerle caso, corrió hasta encontrarse en un mugriento espacio entre dos paredes que dividían unos restaurantes. Escuchó gritos y gemidos. Sin pensarlo dos veces, se metió al escondrijo que había al fondo y descubrió un bulto en el suelo, lleno de manchas de sangre.

— Ay Dios, ay Dios…—gimió Ginny aterrada. Corrió hasta el bulto y descubrió a Malfoy con la cara totalmente inflamada y con sangre escurriendo de diferentes lados.

— Ayud…da —pidió en un jadeo.

— Quédate tranquilo, llamaré a una ambulancia.

— No….no…. — pidió. Ginny parpadeó confundida —. No… más…. Escándalos… no…. No clínica…

— ¿Y dónde…?

— Ayuda... — escupió una bolsa de sangre y a Ginny se le retorció el estómago.

Sin saber cómo actuar, finalmente hizo lo primero que se le vino a la cabeza. Corrió hacia el restaurante y pidió el teléfono.

— ¿Alo, Má? — gimió—. ¡Necesito tu ayuda! ¡Es urgente!

OOoOoOoO

Cuando abrió los ojos sintió algo en su cabeza. Un aroma dulzón y picante le molestó la nariz. Nada que hubiese olido antes.

Un ruido de voces llegaba de lejos. Abrió un ojo, la luz le molestó. ¿Dónde estaba?

— ¡Lo sé, me siento realmente terrible!

— Vas a tener que hacer algo para remediarlo, Ginevra.

— ¿Qué más puedo hacer?

— ¿Qué tal disculparte?

— ¿Pero acaso no ves que es justamente él quién quiere destruir la plaza?

— ¡Y por culpa de meterte con personas así es que al pobre muchacho casi lo matan!

— ¡Pero si fue su culpa! ¡Si yo no hubiera estado ahí habría dado igual! ¡Tal vez lo habrían descubierto de todos modos!

— ¡Pero no fue así! ¡Lo descubrieron por tú culpa! ¡Así que ahora asume las consecuencias! Anda, llévale esto. Ya debe haber despertado.

Escuchó un bufido seguido de un resoplido. Cerró los ojos con rapidez al momento que escuchó la puerta abrirse. Unos pasos crujieron sobre la madera y luego el sonido de algo apoyándose sobre una superficie.

Los pasos se acercaron hasta donde estaba él. El aroma se intensificó. De inmediato adivinó dónde estaba.

— ¿Malfoy? — escuchó un susurro. Pero no se movió —. Rayos… ¡Malfoy! — volvió a exclamar con suavidad. Sintió un empuje en los hombros.

Abrió un ojo lentamente y luego acopló los dos a la vista que tenía delante. La chiquilla estaba inclinada sobre él. El sol del atardecer entraba por algún lugar y reflejaba luz contra aquella cortina de cabello rojizo que caía por ambos lados del rostro de la muchacha. Cuando finalmente pudo ver mejor, contempló de cerca la cara más bonita que había podido imaginar, con dos tremendos iris castaños y rojizos producto de la luz, y una piel repleta de pecas.

Jadeó y se sentó de golpe.

— ¿Dónde estoy? ¿Qué haces tú aquí? — el dolor de cabeza casi lo desarma.

— ¿Estás bien? — preguntó. Se llevó la mano a la cabeza y sintió una gruesa venda. Su boca le sabía a metal. Ella parecía avergonzada—. Lamento lo que sucedió. Por suerte fueron solo heridas superficiales. Mamá era enfermera, ella te curó las heridas.

— ¿Estoy en un hospital? —farfulló. Intentó sentarse y para su sorpresa, ella lo ayudó.

— No. Estás en mi casa — dijo. Finalmente pudo reacomodar la vista al espacio que tenía. Era una habitación amplia y cálida, con muchos dibujos y bocetos pegados a las paredes, una lámpara de tela turquesa pendía sobre su cabeza, un pequeño tocador de madera blanca descansaba a un costado, y justo al otro lado de la cama, había una ventana. El sol entraba a raudales.

— ¿En dónde? — cuestionó, sorprendido. Intentó levantarse, pero ella lo detuvo.

— Aguarda — le pidió —. Tienes el suero conectado a tu brazo. No te muevas.

Con sorpresa descubrió que estaba con el torso desnudo y que conectado a su brazo derecho, había una aguja enterrada unida a una bolsa sobre un costado de la cama.

— No te desharás de mí tan fácil — jadeó, y tiró de la aguja. Un chorro de sangre saltó con fuerza—. ¡Mierda!

— ¡Serás idiota!

La chica tomó un pañuelo e hizo presión contra el hueco del codo. Un leve dolor agudo invadió hasta su mano.

— ¿Qué quieres? ¿Por qué me trajiste a esta mugre y no llamaste una ambulancia? — lo miró como si estuviera loco.

— ¿Es broma? Me pediste que no llamara a ninguna ambulancia por los escándalos —explicó enojada—. Pero si quieres que te lleve a un hospital, ¡perfecto! ¡Te largas y dejas de ocupar mi cama!

Parpadeó varias veces antes de descubrir que efectivamente el cuarto era de chica. Y justamente de quién se estaba encargando de la punción en su brazo.

— ¿Así que aquí es donde vives? —dijo burlón, ella elevó los ojos al cielo.

— Si vas a hacer una amenaza procura hacerla luego, que tengo que ir a preparar la cena — pidió enojada. Él frunció el ceño. ¿Por qué no se amedrentaba? —. ¿No lo harás? Bien. Quédate quieto para recolocarte el suero.

Quitó el brazo de golpe.

— Ni loco me vas a poner eso ¿quién me asegura que no es veneno?

Ella resopló.

— Diablos, Malfoy, te estoy tratando de ayudar ¿sí? — parecía avergonzada —. Lamento lo que te sucedió en la plaza. No era mi intención que te agarraran a golpes y mucho menos que uno de ellos intentara matarte, jamás lo esperé.

La contempló viendo como trabajaba con su brazo. Asintió lentamente y luego sonrió.

— Para ser un grupo de pacifistas, son bastante violentos —masculló. Ginny asintió.

— Están enojados con el sistema — sacudió la cabeza—. No lo comparto, pero entiendo que estén enojados contigo. Saben que no pueden hacer nada contra alguien que tiene dinero.

Se miraron. En un movimiento rápido ella volvió a encajarle la aguja en el brazo. Malfoy chistó con dolor.

— Lo lamento, no soy tan buena como mamá con esto —se disculpó casi con miedo.

— Gracias —dijo finalmente. Sentía el sabor amargo en su boca. Se llevó la mano libre y encontró sangre—. Mierda.

— Oh, se te abrió otra vez la herida —dijo con suavidad. Se inclinó hacia un lado y cogió del tocador una cajita de metal—. Esto te va a arder un poco.

La observó, algo temeroso cuando la vio sacar un paño pequeño y humedecerlo con una sustancia. Lo acercó a su boca y se quedó a un centímetro de ella por un segundo.

— Nuevamente, disculpa por todo esto —susurró. Y colocó el paño sobre la herida. Malfoy emitió un quejido.

— ¡Mierda qué arde!

— Si te quedas quieto puedo curarte —dijo levemente ansiosa. Él sacudió la cabeza.

— Ya es suficiente —exclamó, alejando la cabeza. Ella negó con la suya.

— ¡Deja de comportarte como un crío y deja que te cure!

Volvió a hacer presión, y él volvió a emitir un quejido. Se quedó quieto hasta que el dolor comenzó a menguar. Sentía el aroma del agua oxigenada, pero también de algo más. Aquel aroma dulce que lo había despertado finalmente, emanaba de ella.

La chica estaba esmerada en la tarea de limpiar la herida. Se dedicó a observarla. Por supuesto que era una chiquilla pobre, que vivía en un antro como aquel, mugroso y simplón. Sin embargo, a diferencia de su lujoso apartamento, aquel espacio cálido le era mucho más confortable.

De repente, ella pasó a llevar con sus dedos parte de la herida. Algo se despertó dentro de él, pero la chica no se había dado cuenta de lo que había hecho. Miró sus ojos, que con la luz del atardecer estaban rojizos. Un halo dorado envolvía sus iris. Sus pecas parecían flotar sobre su piel, y su cabello rojizo caía rebelde delante de sus mejillas.

De repente, ya no estaba respirando.

No fue consciente de lo que hizo cuando agarró la mano de ella y detuvo el rose del paño. Ginny lo miró, sus ojos parecían despiertos y curiosos.

Sintió su respiración contra sus mejillas. Era igual de cálida que la habitación. Toda ella era calidez.

¿Qué estaba ocurriendo con él? Repentinamente, no había nada más alrededor. Ella quitó el paño despacio, aún con la mano de él sobre su muñeca. Nada de aquello estaba bien. No era correcto. No era normal. No para alguien de su estatus. Ella era una mocosa. Una loca hippie. Pero una loca… hermosa.

Nunca supo si la suerte o la desgracia estaba a su favor. Pero justo cuando decidió cortar la distancia para saber a qué sabía la calidez que lo envolvía, la puerta se abrió. Y ambos se separaron abruptamente, devolviéndolo a la realidad.

Su corazón latía desbocado. ¿Qué había estado a punto de hacer?


Autora del capítulo: Kate Cobac.

Pueden seguirla en su cuenta de instagram Kathleencobac y en facebook con el mismo nombre. Está pronto a publicar su primera novela y necesita de mucho apoyo para llegar a todas partes del mundo. =) En sus cuentas, siempre encontrarán información.

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