¿Alguien por estos lares?
Dejaré el capítulo y me iré lentamente... =)
Verde que te quiero verde
Capitulo XII
Mientras más esfuerzos hacía por sacarse a la chiquilla de la cabeza, más y más dentro se instalaba ella. Se estaba haciendo de un espacio demasiado importante para su gusto y odiaba no pensar en nada más que en aquel loco momento en el parque, en donde sus impulsos y deseos pudieron más que su juicio y autocontrol.
—¡Tierra llamando a Draco! ¿Estás allí, Malfoy? — Blaise alzó la mano y le dio un zape en la nuca.
—¡Maldición, Blaise! — el rubio se sobresaltó, moviendo con su cuerpo la silla, alejándose de la ventana y regresando al escritorio. Metió la nariz entre los papeles que aún no leía, con las mejillas acaloradas pese al frío de la oficina.
—¿Qué te sucede? — el moreno tomó una pluma y la empezó a deslizar entre sus dedos. Se reclinó en su asiento y apoyó la pierna derecha sobre su rodilla izquierda, observando a su socio y mejor amigo enterrarse entre un montón de carpetas.
—No me pasa nada. ¡Nada! — dijo, pero Blaise sabía que se trataba de una patraña, pues Draco había estado más distraído y amargado que de costumbre. Nunca lo había visto así, entre quejas y suspiros, con la mirada perdida en la ciudad y una montaña de trabajo atrasado sobre el escritorio.
Había perdido la cita en el juzgado y cancelado su viaje a Australia. La plaza seguía intacta, mas no desistía de su ambición. Quería destruirla, sin embargo, ya no hacía esfuerzos por que fuese pronto.
Zabini lo miraba con atención, entre contrariado y divertido. Observar a Draco Malfoy siempre resultaba confuso porque ese hombre representaba el enigma hecho persona. Blaise no conocía a ser humano más necio y contradictorio que él.
—Amigo, ¿qué pasó?
—Y una mierda, Blaise. Déjame en paz.
—Estás firmando donde no debes — Blaise se inclinó hacia los papeles y señaló con la punta de su pluma, el extremo opuesto del documento que Draco ojeaba con cero interés.
El joven magnate bufó entre dientes, lanzando una maldición. Presionó el botón del auricular y exigió a Beth una copia nueva del mismo contrato que recién había arruinado.
Blaise lo miró desabotonarse los primeros botones de la camisa, con todo y el aire acondicionado funcionando a máxima potencia. Después, se giró hacia el ventanal y volvía a suspirar, totalmente ido. Se despeinó el cabello y apoyando un codo en el respaldar de su silla, descansó la mejilla en la palma.
El moreno parpadeó varias veces, curioso. Tamborileó los dedos sobre el escritorio y observó a su mejor amigo con un interés nada disimulado. Era como mirar una pintura de Picasso y tratar de entender qué quiso decir el artista con ese montón de trazos irregulares y manchas desordenadas.
Beth tocó la puerta y nadie respondió. Después de un cuarto toque, Draco gruñó un "adelante" y la secretaria entró, dejando el papel sobre el escritorio. Se detuvo un minuto, por si le solicitaban algo más, pero el señor Malfoy se quedó prendado de la vista del ventanal y Blaise Zabini lo estudiaba a él con evidente atención y pasmosidad. La mujer no entendía nada, los dos empresarios parecían sumergidos en una especie de hechizo, hipnotizados. Carraspeó y no hubo respuesta. Abrió la boca para decir cualquier cosa, mas la cerró de inmediato y salió de la oficina sin agregar nada. Algo le decía que no era buena idea interrumpir las cavilaciones de su jefe.
OoOOoOOo
Ginny se había metido de lleno en un par de trabajos para ayudar a sus amigos. Participó en una caminata pacífica por la prohibición de las corridas de toros en España e incluso salió por veinte segundos en la televisión cuando los medios de comunicación llegaron a cubrir el evento.
Ahora se dedicaba a crear carteles para los hermanos Finnigan; un par de morochos que como ella, les gustaba luchar por el bienestar de la naturaleza y los derechos de cada ser viviente.
Llena de brillantina y pintura rosada y verde, se levantó del suelo y sacudió las manos. Su habitación era un desastre, llena de cartulinas de todos los colores, pegamento, listones y marcadores regados por el suelo, pero estaba muy orgullosa de su trabajo. Levantó la última pancarta, producto de su esfuerzo, y sonrió. Si esos carteles no lograban llamar la atención de la gente, nada lo haría. Esperó a que la pintura secara y los guardó en su armario; su madre nunca fue muy partidaria de los mensajes que solía ella transcribir para hacer notar las intenciones de las protestas. Los extremos iban con ella, mas no con Molly Weasley.
Se lavó las manos y la cara y peinó su cabello. Revisó sus mensajes y no encontró nada interesante. Luna había iniciado sus clases de teatro hacia menos de dos semanas y Harry se encargaba de su negocio con mucha dedicación. Sus hermanos con sus vidas y ella aburridísima sin ningún llamado a luchar por algo. La situación de la plaza estaba en detención, por los momentos. Draco Malfoy no había hecho ningún otro movimiento y Cho Chang había mencionado, incluso, que podría estar él considerando no destruirla.
—¿Lo crees en serio? — preguntó Ginny, agrandando los ojos.
—¡Yo sí! — exclamó Harry, alzando una mano. — Te dije que él no es tan malo.
Ginevra se sonó la garganta y perdió el hilo de la conversación cuando recordó el beso... aquel inesperado y delicioso beso... el mejor que le hayan dado en su vida.
Y aún pensaba en él. Cuando se encontraba despatarrada en su cama, sin nada que hacer, su inquieta mente volaba a ese breve pero placentero momento. Y no quería, no quería devanarse los sesos buscándole una explicación a todo lo que estaba sintiendo en esos instantes.
Sí, le gustaba Draco Malfoy. ¡Ya qué! Lo admitía, no había problema... pero de allí a imaginar que él sentía lo mismo, al menos un poco...
Pero entonces... ¿por qué desistió con el asunto de la plaza? ¿Por qué no continuar con sus ambiciosos planes y acabar con lo poco bueno que guarda aquella ajetreada ciudad? ¿Sería por ella?
"No seas estúpida, Ginny. Harry te dijo que él no es tan malo". Sí, no es tan malo. "Pero desistió justo después de besarte..." Y fue un beso tan, tan pero tan rico... completamente diferente al beso de Harry. Total y absolutamente diferente a cualquier otro beso que le hubiesen brindado...
Llevó dos dedos de su mano izquierda a la boca y se acarició los labios, queriendo rememorar aquel apasionado contacto. Demasiado arrebatador para llamarse tierno pero lo suficientemente cálido como para hacerla sentirse protegida y entregada. Recordó la textura de su lengua y el sabor a sal y menta. Las manos apretando su cintura y el choque de su pecho fuerte contra su torso...
—Dios mío... — se restregó la cara con las manos, moviendo las piernas de manera involuntaria. Un calor particular irradiaba de entre ellas y se retó por ser tan hormonal y calentona.
Largó un hondo suspiro y cerró los ojos, extendiendo los brazos hacia los lados. ¿Cada vez que pensara en Malfoy, ocurriría aquello? ¿Cómo era posible? Y ya su mente no resultaba tan descarada, pues negar lo obvio era algo rematadamente estúpido. Siempre lo consideró así, por lo tanto, no se partiría la cabeza.
Necesitaba una cura, alguna distracción... no podía fantasear con el joven millonario y creer que éste iría en su búsqueda para aclarar tan loca acción en el parque. No, él era demasiado orgulloso para eso.
¿Y era ella lo suficientemente intrépida como para llegar a él y cuestionarle?
¿Y en serio esa era su intención? ¿Y en serio quería aclarar el beso, o sólo deseaba verlo de nuevo? ¿Así?
No, no, no... Ginevra Weasley era tanto o más orgullosa que Draco Malfoy. ¿No? ¿Sí? ¡No sabía! Pero algo sí tenía ella bien clavado en el pecho y era el inmenso odio hacia la duda e incertidumbre. No podría estar tranquila hasta averiguar qué se traía Malfoy entre manos. Porque ese beso fue por alguna razón, ya sea por la plaza o por cualquier otra cosa, y ella no podía quedarse con la duda martilleándole las sienes. Debía ir y aclararse y no, no era una excusa para verlo.
¡JÁ!
Se levantó de un salto y miró su reloj, Malfoy estaría en su oficina después del almuerzo. Se le despertaron mariposas en la panza al imaginar el momento frente a él. Se preguntó si declinaría a sus deseos de volver a estamparse contra su boca o darle una bofetada. ¡No lo soportaba! Que le gustara no significaba que debía agradarle.
Dios, ¿tenía eso sentido?
Se levantó de un salto y se miró al espejo, debía darse un baño. Tomando todo lo necesario y despojándose de sus trapos sucios, se metió en la ducha y no tardó más de veinte minutos en estar lista. Seleccionó su ropa favorita para ir a verle, sin disfraz, sin nada más que su propia personalidad reflejada en cada prenda, y salió de casa sin decirle nada a sus padres. Caminó a la parada más próxima y esperó el bus con una confina expectación en su vientre bajo.
OoOOoOOo
Blaise se dio por vencido, Draco no abría la boca y se aburrió tremendamente de estar allí, viéndolo suspirar como un colegial ilusionado.
Tenía una teoría pero no quería crearse una discusión para ese momento, tenía una cita con una de las abogadas del piso siete y no quería perderse la oportunidad de pasar una divertida y placentera noche, debía alistarse y reservar la mesa en un buen restaurante. Despidiéndose de su amigo y sin recibir respuesta, salió de la oficina. Beth aún se encontraba en su puesto, tecleando con una velocidad admirable en su computadora.
—¡Que pase muy buenas tardes, señor Zabini! — Blaise agitó una mano y desapareció tras las puertas del ascensor.
Apenas salía del edificio cuando Ginevra entró. Se hubiesen visto de no ser porque él se encontraba concentrado en el celular y ella, nerviosa, se mordía las uñas de una de sus manos hasta casi llegar a la cutícula.
—¡Buenas tardes! — bramó con demasiada energía. La recepcionista, una mujer de unos treinta y tantos años, la miró por encima de sus gafas. — Ehh... con el señor Draco Malfoy, por favor. — Era muy estúpido creer que sería tan fácil. La mujer tras la recepción alzó una ceja, finamente depilada, y se inclinó un poco, viéndola de pies a cabeza.
Ginny se sonrojó, mordiéndose la lengua.
—¿Tiene alguna cita programada para el día de hoy? —era obvio que no le permitiría pasar. No sin una mentira y aunque Ginevra Weasley odiaba mentir, en ocasiones no había opción alguna.
Agarró aire y se acomodó el cabello hacia un lado, pulcramente peinado y liso hasta por debajo de sus hombros.
—Se supondría que vendría a las diez de la mañana. Teníamos una cita para cerrar un negocio sobre los embalses de agua a las afueras de la ciudad. Mi padre debía venir pero le ha surgido un inconveniente en una de sus empresas ubicadas en Berlín y a tomado un vuelo de emergencia. Lo siento, si le llama a su oficina, él...
—¿Cuál es su nombre? — Ginny se creyó muy convincente, sin embargo, la mujer había vuelto a bajar la vista, pegando la espalda a su asiento, y dirigiendo su vista hacia un cuadernillo de notas.
—Ginevra Weasley — se maldijo apenas acabó de decir su apellido, mordiéndose el cachete interno hasta el punto de hacerse daño. Le había cagado, Draco Malfoy nunca aceptaría verla y menos en su oficina, el lugar donde le había zarandeado, gritado y arruinado su carísimo sofá.
La recepcionista marcó un número y se pegó el auricular a la oreja, totalmente a la vista al tener su cabello rubio recogido en un moño apretado. Dijo algo que Ginny no entendió, hablaba en murmullos.
La pelirroja suspiró, cruzando los dedos. La esperanza era lo último que se perdía, ¿no?
OoOOoOOo
Draco saltó de su asiento, derramando el café sobre su camisa.
—¡Maldita sea! — la bebida estaba caliente. Le rozó la piel blanca y una marca roja se formaba en su pecho. Se sacó la prenda, quedando en una camiseta blanca que estaba igual de manchada. Despotricó con ganas mientras cogía unas cuantas toallas de papel de una de sus gavetas.
Ginevra Weasley siempre debía arruinarla, ¿no era así?
— Beth, ¿quién...? — habló al auricular.
—Ginevra Weasley, señor. Dijo que venía por su padre y...
—Ya, ya. ¡Joder! — se tropezó con una pata de su silla.
—No sabía que el señor Vladimir Theodoro Morarty Weasley tenía una hija. ¿Y por qué no apedillarla Morarty? ¿No es ese su primer apellido? Y eso que...
—¡Ya, Beth! — a trompicones fue hasta la puerta de su oficina. — ¡Consígueme otra camisa!
—¡Oh! Enseguida, señor. ¿Y la señorita Weasley? Supongo que usted no...
—¡No!
—¿No la atenderá? ¿Será que puede atenderla el señor Mcllagen? Lleva el mismo trato junto con el señor Morarty, él podría...
—¿Qué? ¡NO! Yo...
—¿La atenderá?
—Joder, sí. ¡La atenderé! — entró a su oficina como un poseso, cerrando la puerta de golpe. Beth parpadeó, estupefacta. Volviendo en sí, marcó a la recepcionista y permitió el ingreso de Ginevra Weasley.
La pelirroja no cabía en su asombro. Frotandose las palmas de sus manos, tomó el ascensor.
En su oficina, Draco iba de allá para acá, parecía un animalillo enjaulado. No había pensado bien las cosas. Esa chiquilla no podía estar atormentándolo tanto, ¡por Dios que no podía! ¿Qué se suponía que haría? ¿Por qué había accedido a tan estúpido impulso?
Claro, ella había ido a verlo. ELLA. Había mentido para lograr llegar a él, por una u otra razón, y algo le decía que sería la última vez, porque no pretendía caer en ningún ridículo juego.
Saldarían las cosas y se olvidarían, punto y final.
—Señor Malfoy — Beth llamó. — La señorita Weasley...
El rubio pegó los pies al suelo, quedándose quieto. Sentía un extraño burbujeo en su estómago y la garganta rasposa.
Tragó saliva, escuchando el agradecimiento de la chiquilla hacia su secretaria y con un toquecito suave de su puño, pidió permiso para pasar.
—A... — carraspeó. — Adelante.
Draco Malfoy no estaba preparado para lo que vio, en definitiva. El rostro más bonito enmarcado por el pelo liso, levemente enroscado en las puntas, con un rubor adorable en sus mejillas pecosas y la nariz igual de coloreada.
Volvió a tragar saliva, estupefacto, y sintió a las burbujas de su estómago estallar en una corriente.
Ella entró con un solo paso, otro más, nerviosa, y cerró la puerta tras de sí. Draco la estudió sin pudor alguno, desde sus llamativos ojos almendrados hasta las puntas de sus pies, ataviados con unas zapatillas color ocre de talla muy pequeña. Ella era así, pequeña y acomodada, con poco pero lindo pecho y un trasero generoso. Vestía unos pantalones holgados de estampado de hojas verdes, con una camisa a juego de mangas largas, ligera pero a su estilo, sofisticada.
La consideró preciosa, sin mucho arreglo ni maquillaje. Era hermosa.
—Yo... — Ginny agarró aire, tratando de controlar el estremecimiento de todo su cuerpo ante la glacial mirada de su acompañante. Carraspeó y lo miró, alzando la barbilla. — ¿Estás bien? — preguntó, al percatarse de su estado.
—¿Qué...? — Draco regresó a sí mismo y recordó el lamentable estado de su camisa. Seguía en camiseta, con la mancha oscura del café sobre el pecho. — Sí, yo... — sabía que debía darse la vuelta y pedir a Beth la camisa, mas se quedó plantado apenas giró. No procesaba nada que no fuese la idea de volver a probar la calidez de la boca de ella, una y otra vez. — ¿Qué...? — regresó a girar hacia ella, perdiendo el aire.
— Yo... — Ginevra no podía verle a la cara, era impactante. Bajó la cabeza y miró las puntas de sus zapatos, aplicando todo su esfuerzo para analizar bien cada palabra y coordinar sus ideas adecuadamente. Sus neuronas no hacían las sinapsis correctas; estaba pensando en cualquier locura con Draco Malfoy, menos en lo que realmente importaba; el destino de la plaza. — La plaza... — era lo último de lo que quería hablar con él. Su mente gritaba BESO. Beso, beso, beso... porque él se veía demasiado guapo y quería volver a disfrutar de sus labios sedientos y exigentes. De su colonia de marca y el aliento mentolado. Las manos en su cintura y torso contra torso, chocando con cada respiración.
El hombre se enderezó sobre sí, observándola sin parpadear. Ella parecía una niña regañada y más tierna no podía verse. Sonrió sin querer, imperturbable. Era una joven que le divertía, loca y hippie, y besaba como ninguna.
—La... — Ginevra alzó la vista, quedándose sin habla.
—La... ¿plaza, dices? — sacudió la cabeza y se obligó a colocar un poquito de cordura a la escena. Ginny asintió con la cabeza, con tanta fuerza que su pelo bailó con ella. Draco percibió el aroma cítrico de su perfume barato, y se contuvo de inhalar como un adicto. — Desaparecerá de la faz de la tierra — dijo calmadamente y la reacción de Ginny le hizo sonreír más.
Ella le apuñaló con una mirada furibunda. Sus ojos brillaron con intensidad, retadores, y sus mejillas adquirieron un tono aún más rojo que antes. Levantó una mano y lo señaló, abriendo la boca y volviéndola a cerrar varias veces. Draco volvió a sonreír.
Sí que era divertida.
—Eres un idiota — musitó. Draco alzó una ceja y metió las manos en los bolsillos. — ¿Por qué te empeñas en...?
—Es MI plaza y hago con ella lo que me de la gana, ¿no lo entiendes aún? ¿Necesitas un esquema por escrito, para comprenderlo?
—Eres un... ¡Mierda, Malfoy! Y yo que pensé que... que...
—¿Qué? No fantasees, Weasley. No creas que un simple beso te hace importante, y menos para mí.
—¿Qué...? — agrandó los ojos.
—No te confundas. Te vi ese día con Potter, simplemente pensé que repartías besos a cuanto hombre se... — Ginny dio dos zancadas y le cruzó la cara con una bofetada.
Draco se llevó una mano a la mejilla roja, sorprendido, tanto que no contraatacó con alguna otra hiriente suposición inventada.
—Eres un idiota, un patán desabrido y...
— ¿Y qué? ¡Niña ilusa! Si en algún momento pensaste que tú me...
—¡Yo no pensé nada! — mintió. Sí se había ilusionado un poquito. — Yo...
—Tú y Potter son un chiste. ¡Tal para cual!
—Harry es un perfecto caballero, en cambio tú... tú...
—Soy incomparable, pequeña.
—Cierra la boca — escupió, dándose la vuelta. Su vista nublada por la rabia. Caminó hacia la puerta, dispuesta a irse porque no quería discutir y meter la pata, confesándole a ese desagradable ser humano lo mucho que le había gustado aquel beso desesperado.
Pero Draco no podía dejarla marchar. No quería. Molestarla le era irresistible, verla enojada le resultaba excitante.
Cuando la vio tomar el pomo de la puerta, la llamó.
—Te propongo un trato, Weasley — regresó a meter las manos en los bolsillos. Sonrió internamente al verla congelarse a un paso de la salida. — Verás... un beso para mi, no es suficiente. Si te portas un poco mejor conmigo, puedo considerar...
Eso fue todo. Ginevra Weasley no iba a permitir que aquel hombre la tratara de prostituta, menos cuando le había abierto las puertas de su casa y hasta acostado en su propia cama.
Se dio vuelta lentamente, entrecerrando los ojos, y en una carrera llegó hasta él y volvió a cachetear, una y otra vez, una y otra vez.
—Pero que mierda... ¡Weasley!
—Eres un maldito hijo de puta... ¿Quién te dio el derecho de hablarme así? — Draco se protegía como podía, ella era pequeña pero fuerte de brazos. Después de un golpe de puño al pecho, la tomó por las muñecas, su cara le dolía pero no dejó de sonreír. — Después de que te ayudé... mi madre te curó, nosotros...
— ¡Me curó las heridas que por tu culpa me hicieron!
—¡Te dije que lo lamentaba! Me disculpé, y tú...— respiraba agitadamente y con cada inhalación y exhalación, sus pechos chocaban con el pecho de Malfoy. Estaban demasiado cerca. Él sujetaba sus muñecas, fuerte para doblegarla pero no lo suficiente como para hacerle daño.
Draco movió las manos y las llevó a su espalda, atrapándola en una especie de abrazo.
—Fue tu culpa — repitió él. Acercó su cara y Ginny aspiró su aliento mentolado.
—Yo no... — estaba aturdida y deseosa. Su lengua humedeció sus labios mientras observaba la fina boca de Draco Malfoy, muy cerca de ella, provocativa y sensual.
—¿Te niegas a darme un poco más, cuando se nota que te mueres por hacerlo? — Ginny tembló.
—Muérete — lo miró a los ojos. — No eres nadie.
—¿Piensas eso realmente?
—Por supuesto — se removió, inquieta. Draco gruñó... el movimiento de ella contra su cuerpo había sido... — Suéltame — exigió, ruborizada.
—Si sigues moviéndote así, no voy a querer soltarte. ¡Todo lo contrario!
—Eres un...
—Ya cierra la boca — y la besó, ya no queriendo ni pudiendo aguantarse. La besó como aquella vez en el parque y un poco más. La besó con el deseo de hacerla darse cuenta que besaba mejor que Potter y que cualquier otro estúpido que hubiese tenido la dicha de probar su boca. La besó deseando que ella no deseara a nadie más. La besó con las ganas de dar otro paso, atrevido y placentero.
Soltó sus muñecas y las sostuvo por la espalda, con una mano entre sus omóplatos y la otra en su nuca, masajeando y moviéndola, guiándola hacia un lado y después a otro, dándole a su lengua la oportunidad de explorar cada húmedo rincón de su apetecible boca. Era dulce y cálida.
Ginny aferró las manos a sus brazos, clavando las uñas como un gesto de resistencia. No obstante, sus deseos fueron más persistentes y tenaces, sacando a relucir su más ferviente pasión. Su cuerpo se apretó al de él y buscó la estabilidad de sus pies apoyándose completamente contra su torso. Draco la abrazó, maravillado, y un gemido seco emergió de ambos.
Se estrujaban con exigencia y reclamo, separándose apenas un poco para recuperar el aire y después, volver a atacar. Había hambre por el otro; un apetito poco común, que no habían experimentado por nadie más.
Ginevra se enlazó al cuello masculino y Draco apretó las manos en su cintura, atrayéndola más, moviéndola consigo y llevándola al sofá hundido. La marca del trasero de Ginny pasó a unirse a la marca del trasero de Malfoy cuando, sin dejar se besarse, él cayó sobre ella y la llevó consigo, sentándola en sus piernas. Ginny se acomodó como pudo a horcajadas, sin dejar de tocarlo, de besarlo y olerlo... su aroma era delicioso. Le derretía su tacto, firme pero en ciertos puntos, bastante tierno, y eso era todo un descubrimiento, porque quien conociese a Draco Malfoy, no consideraría jamás agregar el término de "tierno" a una frase con su nombre.
Pero así era, firme y tierno y fuerte y necio. Ella luchaba por dirigir en algún momento, pero su inquieta lengua no se lo permitía. Mordía sus labios posesivamente y tomándola del cuello, le obligaba a responder como él quería. Era un beso cautivador, capaz de matar de puro placer.
Draco gruñó al sentirla sobre sus caderas. Sus movimientos adquirieron más intensidad y él, atrapado en una especie de frenesí, la tomó con solidez de las nalgas y le ayudó a moverse sobre él en un baile candente. Ginevra gimió contra sus labios y Draco se desquició, deseando más de ella, más de su piel tan suave y su aroma cítrico, más de su boca y su saliva y su aliento y sus dedos halando su cabello. La deseaba como un lunático.
—Draco...
—Tú... eres... — se fundió en su cuello y lo besó sin tregua, saboreando la piel.
Ambos se hundían en el sofá y aquello limitaba los movimientos. Ginny se agarró a los hombros de él siguió, encantada, con el placer atacando su centro, la lengua de Draco marcando, su boca succionando y mordiendo... en su cabeza no había cabida para otros pensamientos. Se abandonó a la irracionalidad y dejó que su cuerpo la guiara en aquella corriente, disfrutando como nunca.
—Draco...
Escucharla gemir su nombre sin ápice de desprecio o indiferencia fingida, era la gloria misma. Dios, no la conocía y ya estaba perdiendo la cabeza. ¿Cómo era eso posible? Ninguna mujer le había causado aquello con su sola presencia, menos con insultos y pataletas.
Dejó un rastro de besos por su mandíbula y retornó a su boca, desesperado. El sofá seguía absorbiéndolos y él decidió buscar la comodidad recostándola, colocándose sobre ella y uniendo sus caderas para continuar el placentero vaivén. Ginny cerró los dedos en los pelos de su nuca, musitando contra sus labios, y Draco acabó el beso pausadamente. Sus bocas se tocaron con delicadeza después de tanto delirio. Respiraban jadeantes, estremecidos y locos.
El rubio descansó su frente en la de ella, recuperando el aliento, y no abrió los ojos hasta que Ginny le acarició la piel que la camiseta manchada dejaba al descubierto... sintió los suaves dedos deslizarse desde su hombro izquierdo hasta la base de su cuello, trazando un camino invisible que le ocasionaba cosquillas.
La chica se mantenía con los ojos cerrados, su boca roja, brillante e hinchada entreabierta, toda roja y apetitosa... La deseaba, con tanto vigor que hasta dolía.
—Weasley... — le daría la plaza, el mercado, sus centros comerciales, su mansión en las afueras, sus carros e incluso parte de su corporación si ella accedía a una noche con él. Solo una noche, no pediría nada más.
Una noche sería suficiente para calmar el ardor en su estómago y sacársela de su maldita cabeza.
—Una noche, y te doy lo que quieras — susurró sobre su boca. Ella abrió los ojos, rápidamente, y Draco se quedó sin palabras al detallarse en sus pupilas dilatadas.
Su mirada avellana brillaba, cristalizada por una película de lágrimas. Tan absorto estaba en todas sus ganas de ella, que no anticipó sus esfuerzos por apartarlo de su cuerpo. Lo empujó con toda la fuerza de la que fue capaz de juntar. Él cayó de lado al suelo, lastimándose el codo derecho.
Ginevra se irguió tan rápido que incluso se mareó. Aturdida por toda la pasión, el placer, y el abrupto malestar que aquellas últimas palabras le ocasionaron, se levantó del sillón y pasó junto a Draco, sin mirarlo. Unía toda la dignidad posible y no bajó la cabeza cuando salió de la oficina, queriendo llorar a lágrima viva.
Nota/A: ¡Soy Yanii! Como comenté en el capítulo anterior, seré yo quien continué el fic hasta terminar. Cata se encuentra muuuuy ocupada y en una nueva y maravillosa etapa de su vida, así que no tiene mucho tiempo para estas cosas. Pero aquí sigo yo, de pie y en la lucha, como decimos en la patria amada.
¡GRACIAS A QUIENES ESTÉN ALLÍ! Me conocen, este fic tendrá su justo final, todo para ustedes. =)
Abrazos desde el alma y hasta el próximo capítulo,
Yanii.!
