¡Gracias a KattytoNebel por su comentario!

Sé que no es la gran cosa este fic, pero recuerden, por lo momentos no cuento con la brillante mente de Kate para que me ayude, así que pido un poquito de consideración y paciencia.¡Estoy improvisando! Así que, si hay alguien más perdiendo el tiempo acá, pueden decirlo y darme su opinión, eh!

Capítulo! Porque me prometí acabar la historia este año. =)

Para Kattyto...


Verde que te quiero verde

Capitulo XIII


—¿Puedes creerlo, Luna? ¡Me hace pensar que le gusto! ¡Que realmente le gusto! Y después me insinúa ser nada más que su puta por una noche para... — arrancó la página de la revista, cuya imagen era la del joven magnate, Draco Malfoy. — ¿Puedes creerlo? — hizo bola la hoja y la aventó al cesto de basura.

Luna la observaba desde el suelo, sentada con las piernas en posición de indio.

—Sí le gustas, Ginny. Y me atreveré a decir que demasiado, quizá.

—No digas estupideces.

—Se habrá querido meter un tiro al darse cuenta de lo que pasó. Y no me refiero a la propuesta que, tienes razón, es ofensiva, sino más bien al hecho de haber caído y demostrarte a ti y a él, quizá, lo loco que lo traes. — Ginevra encaró a su amiga, con las mejillas acaloradas y los ojos destellando peligrosamente. — Y tú también estás loquita.

—No por ese idiota.

—Puedes negármelo — se alzó de hombros. — pero te tiene tan en las nubes como tú lo tienes a él.

—Ridículo — bufó, cruzándose de brazos. Trataba, con toda cada fuerza de cada partícula de su orgulloso ser, no pensar en absurdos y hacerse ilusiones, nuevamente.

Todo había sido demasiado bueno pero a su vez, efímero y distante. Draco Malfoy no veía en ella a nadie más que a una chiquilla molesta que debía sacarse del camino. Los besos y caricias intensas vividas en su oficina, no fueron nada más que un mero desquite y algo de momento, hormonal y quizá, provocado con la intención de hacerla sentirse enferma. Sí, porque su insinuación le había dejado un mal sabor de boca y humillada hasta los tuétanos. ¿Cómo pudo caer? Y lo peor, ¿como pudo hacerla, por una micro fracción de segundo, considerar esa propuesta? Estúpida, Ginevra, estúpida.

Quiso seguir besándolo, tocarlo como él lo hacía con ella y apretarse a sus exigentes caderas hasta desfallecer. Dios, sí lo deseaba y era insoportable.

El calor volvió a subir por su cuello hasta extenderse en sus mejillas. Se mordió el labio y cerró los ojos, rememorando el instante; sus manos grandes y de dedos largos en su trasero, guiándola, y todo su poder masculino peleando dentro del pantalón...

Soltó un gemido involuntario y Luna rió, trayéndola de regreso al presente.

—¿Quieres que te deje sola para... poder calmarte? — Ginny, más roja que un jitomate, le lanzó un almohadón. — ¡Vamos, Ginny! Hace mucho que no disfrutas de un alegre momento de pasión, además de contigo misma. El sexo es muy sano y de vez en cuando necesario.

—¿Qué mierda me quieres decir? ¿Qué debo aceptar ser su prostituta, solo por...?

—La plaza ya ha pasado a segundo plano, querida.

—¡Esa plaza es importante para mí, Luna!

—Lo sé — la rubia levantó una mano. — Pero debes darte cuenta de que ya no es lo que importa ahora, ni a ti ni a él. No la destruirá, ya sea porque le gustas o...

—¡Yo no le gusto!

—O porque él es tal como Harry te dijo que era, un buen chico en el fondo. Y sí, querida, le gustas y punto. Nadie le anda ofreciendo millones a cualquiera para tener un revolcón, ¿sabías?

—Estás insoportable.

—Estoy siendo como siempre he sido.

—No lo quiero volver a ver — mintió, esperando creérselo. — Me tiene harta. Él y su maldito poder. ¡Que no se le ocurra hacer nada más! Quiero mi plaza y olvidarme de todo. ¡Dios! ¡Ya no aguanto! ¡No es justo y quiero tenerlo en frente para meterle un puñetazo! ¡Pero no lo quiero volver a ver!

—Deberías venir a clases conmigo. Le metes al melodrama de forma increíble y en la actuación de hoy en día, eso está muy buscado.

—No molestes.

—¿Qué piensas hacer? — Luna se levantó del suelo. Sacudió sus pantalones y la miró. Ginny se tiró de espaldas en la cama.

—Llamaré a Harry y lo invitaré al cine.

—¿Le abrirás las piernas? Eso no sería nada justo para... — otra almohada la interrumpe, cayéndole en la cara.

—No voy a hacer nada. ¡Ojalá pudiera! ¡Ojalá fuese él quien...!

—Melodrama, Ginny. — La pelirroja bufó. — ¿Quieres un momento de chicas? Las muchachas me llamaron para una noche de películas. Parvati consiguió las últimas de Collin Farrel, aún no las estrenan en el cine.

—Suena bien — habló sin ganas, girando su cuerpo y dándole la espalda a su amiga. Luna le dio una palmada en las nalgas. — ¡Hey!

—Te llamo a la noche, querida. ¡Tengo clases en media hora!

Ginny, con la cara apretada contra un cojín, rezongó en respuesta y asintió con la cabeza. Escuchó la puerta al Luna cerrarla y la despedida de su amiga hacia su madre.

Respiró, inhalando el aroma florar del detergente impregnado en su ropa de cama, y pensó que una siesta no le caería mal. Le escribiría un mensaje de texto a Harry apenas despertase.

Draco Malfoy podía irse a la mismísima mierda, ya no se partiría la cabeza ni un minuto más.

OooOoOoOo

Draco pidió un Moccachino, imitando a la mujer castaña que llegó tres segundos antes que él. Nunca había ido a esa cafetería pero todos sus colegas alegaban que allí se bebía el mejor café de todo Londres.

Para una persona de escasos recursos e incluso para la clase media, los precios podían llegar a ser de locura. ¡Una ridiculez pagar tanto por un café!Pero ese problema no lo presentaban personas como Draco Malfoy. ¡Qué va! Así que ordenó, además del Moccachino, una ración de rosquitas espolvoreadas con canela, las cuales costaban más que el mismo café.

Se apropió de la mesa pegada al ventanal. Se preguntó si alguien sería capaz de reconocerlo pero, de ser ese el caso, no debía preocuparse. ¿Quienes, además de los adinerados, asistían a ese café tan lujoso? En una esquina pudo divisar a Jacob Finnich, dueño de la cuarta cadena de hoteles más solicitados en Inglaterra, Francia e Italia. Estaba acompañado de su mujer, una rubia bajita y de contextura gruesa, cuerpo de atleta pero con las piernas muy cortas. Draco recordó cuando tuvo que bailar con ella en una de las fiestas de beneficencia del gerente del banco principal de Londres. Tuvo que inclinarse demasiado y la mujer, completamente creída y confundida, casi le roba un beso en la boca.

Tomó el azucarero de plata y vertió demasiada azúcar en su café. El dulce le apetecía como nunca, algo un poco inusual. Miró la espuma cremosa y la entretenida forma en la cual los copos dulces se hundían en ella. Le habían dado, por supuesto, una cucharita, pero él agarró una pajilla diminuta y delgada y mezcló su café antes de chupar por ella como si estuviese muriendo de sed.

—¡JODER! — gritó, llamando la atención de los meseros y los comensales a su alrededor. La maldita bebida estaba, por supuesto, caliente. Una idiotez sorberla como lo hizo, casi con desesperación. — ¡Carajo! — rezongó, sintiendo las punciones en su lengua.

—¿Se encuentra bien, señor Malfoy? — el mesero que lo atendió se acercó discretamente, respetando su espacio personal.

¡E quemé a lengua! Adita sea... — y para sorpresa de todos los que estaban allí, el gran Draco Malfoy, hijo del famoso empresario Lucius Malfoy, dueño de una de las corporaciones más importantes del país y uno de los rostros de la revista People, sacó la lengua como un perro de calle, y con sus manos se abanicó, añorando el aire necesario para calmar el dolor.

—Señor Malfoy, ¿le traigo un poco de agua? — un cuestionamiento absurdo. ¡Por supuesto que necesitaba el agua! La garganta le ardía como la madre y a punto estuvo de batir como un malcriado la taza de café. — ¡Agua, señor! — el joven había cumplido de inmediato y un vaso de agua fría se posó ante sus ojos enrojecidos, lagrimeando apenas.

El rubio bebió precipitadamente, ahogándose en el proceso y escupiendo el agua en un chorro que llegó a la cara del mesonero.

—¡Mierda! — suspiró,aún sintiendo el malestar en su lengua.

—Yo... — el mesonero se secaba la cara con un trapo, sin quejas, y Draco pensó que tenía el peor trabajo del mundo. Sintió pena. — Lo sentimos, señor. Si gusta otro café, o algo más del menú... — todo por su nombre y su dinero. Sonrió de lado después de sonarse la garganta. Con elegancia masculina, cogió una servilleta de papel y se limpió la boca.

—Mis disculpas — dijo, con la voz enronquecida. — Fue mi culpa por... — hacia mucho tiempo que no se disculpaba con nadie. Su madre le enseñó a ser educado, con todas las personas en todo momento. Así fue Narcisa Malfoy. Pero su padre señalaba otro punto: educación para quien merezca educación. Y según Lucius Malfoy, esos eran aquellos que podían pagar una grosera cantidad de euros por un simple café. — Lo siento — expresó, sintiéndose extraño.

—¡No tiene por qué disculparse usted! Entiendo que... — el rubio hizo un movimiento con la mano, callando al joven. Entendió que así estaban entrenados, entrenados de tal manera que, si a él se le antojaba lanzarles mierda de perro en globitos de agua, ellos bajarían la cabeza sin rechistar.

Draco lo sabia. En su vida, pocas personas le habían llevado la contraria y plantado con firmeza por cualquier cosa; podría contarlas con una mano. Harry Potter fue una de ellas.

Y Ginevra Weasley, por supuesto.

—Está todo bien, solo limpie todo esto.

—¿No desea mudarse a otra mesa? — negó con la cabeza y en un santiamén, el joven junto con otro mesero cambiaron el mantel y todo lo que se había llenado con su escupitajo.

Las rosquitas de canela no sufrieron ningún daño y Draco aceptó las mismas. Se bebió el café moderadamente cuando el ardor en su lengua se alivió y agradeció al cielo y a la tierra por no haber sido visto por Jacob. No por nada, pero el hombre era más tedioso que un barro interno en las nalgas. Y su esposa, ni hablar.

Tomó la última rosquita y le metió un mordisco hambriento, estaban deliciosas. Apoyó los codos en la mesa y miró al ventanal, pensativo. Se sentía preso de un encantamiento o vaya a saber uno qué cosa, pero lo cierto era, que no se sentía el mismo Draco Malfoy desde hacia semanas.

Se sentía más bien, como el Draco Malfoy de hacia unos años; cuando planeaba con Harry y Theodoro partidos de golf y se escapaban a las playas heladas a nadar y surfear. Sin presiones, sin responsabilidades de más. Era un muchacho libre y aventurero, orgulloso y educado como solo su madre pudo educarlo.

Al terminar, dejó una generosa propina y partió, pensando en hacer cualquier cosa que no fuese ir a la empresa. Mensajeó a Blaise y lo dejó al mando de su oficina. Llamaría ante cualquier emergencia. Se adentró en su auto y manejó sin rumbo fijo, solo dando vueltas de allá para acá. Recordó los meses en los cuales tenía guardaespaldas y se agradeció por salir de aquellos gorilas que solo le atosigaban, impidiéndole incluso asomarse por la ventana.

Sin nadie que le prohibiese ya aquello, bajó los vidrios y dejó que el viento arremetiera en el interior del vehículo. El cabello, ahora más largo y sin rastro de gel, se le despeinaba graciosamente. Acomodó sus gafas de sol por encima del puente de su nariz y empezó a tararear las canciones de la radio, ¡y qué libertad! Se sentía tan bien que de la nada empezó a reír, gustoso. No quería nada más.

A la mierda todo y todos. Se largaría a Australia y se quedaría meses en la playa, gozando del sol, el mar, la arena y las hermosas mujeres...

Mujeres...

Creyó que se la imaginaba pero no. Al detenerse en una luz roja, divisó la cabellera rojo-naranja, inconfundible. Y le agradó verla, lo admitía. Le gustó muchísimo. Sin embargo, al sus ojos seguir el camino desde su hombro pecoso y pasar por todo su brazo delgado, notó el amistoso agarre del hombre a su lado. No andaba sola, estaba con Harry... con Potter, y reían como aquella vez en el parque. Un par de estúpidos.

Aferró las manos en torno al volante y ni cuenta se dio de cuándo la luz pasó a estar en verde. Apretó la mandíbula y rechinó los dientes. Alguien lanzó un pitazo detrás y solo allí regresó en sí y dio marcha, estacionándose un puesto libre más allá del cine. La parejita había ingresado aún del brazo y él no se lo pensó dos veces.

Se echó el pelo hacia atrás y bajó del auto. Dio zancadas hasta llegar a la taquilla y sin quitarse los lentes, exigió saber a qué película entraban el hombre de pelo negro y la mujer de pelo rojo.

—Ellos dos, ¿qué película verán? — la vendedora de tikets era apenas una adolescente, como mucho tendría diecisiete años, y utilizaba unos lentes de pasta cuadrados que cubrían sus ojos ambarinos. Leía una revista de moda juvenil al él llegar.

Draco notó su mirada, curiosa al inicio, y bastante vivaracha. Le sonrió apenas.

Escena del crimen — dijo, sin darle mucha importancia.

Draco respiró, no se trataba de ningún culebrón romántico. Sintiéndose más alivianado, pidió una entrada a la misma función. Cuando ingresó, los interceptó en el puesto de dulces.

Se quitó los lentes, sonriendo.

OooOoOoOo

—¡Tú pagaste las entradas, Harry! Y fui yo quien te invitó, déjame al menos comprar los dulces y las gaseosas.

—No es molestia, Ginny. Piensa que te me adelantaste, pues yo estaba por llamarte para invitarte también. Originalmente, esta fue mi idea, así que yo pago todo.

—Pero...

—Hagamos algo — Harry la acercó del brazo. — Tú pagarás las hamburguesas al salir, ¿está bien? — Ginny sonrió.

—Soy vegetariana.

—Puedes pedir una ensalada — rieron. — ¿De acuerdo?

—De acuerdo — Harry le obsequió una espléndida sonrisa, capaz de humedecerles las bragas a cualquier mujer...

Y no es que de la noche a la mañana pensara solo en sexo. No, no, no. Solo que... después de Draco Malfoy, su cuerpo pedía y exigía pero... ¡solo con la imagen de Draco Malfoy! ¡Dios! ¿Podía alguien explicarle? Porque Ginny no entendía nada.

Se excitaba pensando en Draco, pero veía a Harry, encantador y guapo, y deseaba excitarse con él. Trataba, hacía el intento... mas el calor de su vientre solo se generaba si le pintaba el cabello de rubio-platino y le añadía un par de ojos grises y fríos.

No era justo. No era NADA justo.

—Potter — y es que hasta su voz la perseguía. Era un condenado insufrible.

Ginny miró a Harry, observando por encima de su cabeza a alguien en especial. Su amigo frunció el ceño y Ginny sintió un peso abrumador oprimirle el estómago.

—Malfoy — dijo Harry, serio.

—Y Weasley — Ginevra siguió dándole la espalda, aferrada al brazo del moreno y percibiendo una especie de temblor que empezaba a emerger desde las puntas de sus pies, y pretendía ascender por todo su cuerpo. Las mejillas se le enrojecieron, simulando dos manzanas en temporada.

—¿Qué..? — Harry parecía no percatarse de su alarmante estado. Miraba a su antiguo amigo con la curiosidad marcada en su rostro.

—Tomé la tarde libre y vine a relajarme con una película — Draco Malfoy sonreía, adorando la reacción de la pelirroja ante él; no podía darle la cara. Su pelo rojo lucía suelto y cubría su espalda delgada. Se tentó, quiso estirar su mano y enredar los dedos en su melena, recordando su suave tacto. — ¿Y ustedes? — metió las manos en los bolsillos, para no cometer la locura de extenderla y tocarla.

—Nosotros... — Harry miró a Ginny, frunciendo más el ceño. — Ginny, ¿estás bien?

Draco amplió su sonrisa. Potter no tenía ni la más remota idea de lo que había ocurrido hacia una semana en su oficina.

—Hey, linda, ¿te sientes bien? — la sonrisa del rubio se desvaneció apenas escuchó el cariñoso apodo de Potter para con Weasley. Era patético.

—Sí, yo... — Ginny se retaba mentalmente. ¡No podía ser tan infantil y estúpida! Debía dar la cara ante él y hacerle entender que no le importaba, no, para nada, y que la escenita en su oficina no había sido nada. ¡Nada! Incluso ya la había olvidado. ¡Caput! Podría actuar como si nunca hubiese pasado. Sí, podría. ¡Podría! Después de todo, esa era la verdad. Esa escenita, a la final, no había significado nada.

Se giró lentamente, sin darse cuenta de que aguantaba la respiración. Malfoy la miraba con expresión indescifrable, crispándole los nervios.

—Hola — dijo como una niña. Draco supuso que no se dio cuenta de aquello y lejos de parecerle idiota, la consideró adorable. Sus mejillas le recordaron al rojo de las cerezas, su fruta favorita.

—Hola — y sonrió.

Harry parecía el espectador de un partido de tenis, mirando a uno y después a otro.

—Ginny — la llamó, preocupado. Le haló el brazo que aún se enredaba al de él, apartándola de la escrutadora vista de Draco Malfoy. — Linda, ¿pasó algo entre Malfoy y tú? ¿Algo que no nos hayas contado? — Ginny pareció volver en sí. Agitó la cabeza antes de clavarle los ojos.

—¿Qué? No, no... ¡no pasó nada! — nada. — Solo lo detesto, nada más. No lo quiero ni ver, ¡y mira donde se viene a aparecer! Parece a propósito, ¿no crees? — enfurruñada, se cruzó de brazos.

—Bueno, no es que vayamos a sentarnos con él. Dudo incluso que veamos la misma película. — Y Harry tuvo que morderse la lengua al alzar la vista y ver a Draco, con un enorme tazón de palomitas y una gaseosa grande, entrar a la sala de Escena del crimen.

—Supongo que tienes razón. —Ginevra respiró hondo y se obligó a controlarse, a ser madura y disfrutar de la compañía de su amigo con una Coca-Cola (que sabía, era muy mala para la salud) y los infaltables ositos de gomita ácida.

Largó un suspiro dramático y volvió a colgarse del brazo del moreno. Harry la miró sonriendo, sin querer decirle nada más. Estarían en una sala oscura, quizá no muy llena pero sí amplia y espaciosa. No volverían a cruzarse con Malfoy.

Pero Harry no contaba con que el rubio estaba decidido a fastidiar a Weasley durante la velada. Apenas el magnate los vio coger asiento tres filas más adelante, él se levantó y se apropió del puesto una fila al frente, quedando ante al campo de visión de Ginevra. Sonrió ampliamente al escucharla bufar.

—¿Quieres cambiar de asiento? — Potter no se lo arruinaría. A dónde fuese ese par, él iría a molestar.

—No dejemos que moleste — dijo la joven. — Ignóralo, no merece la pena.

Y los tres guardaron silencio al ver a la pantalla iluminarse.

La película parecía ser muy buena y Harry estaba completamente metido en la trama. Apenas y parpadeaba y tomaba un puñado pequeño de palomitas que le duraban. Ginny quería prestarle toda su atención y saber qué mierda estaba diciendo el agente Malcom cuando encontraron el cuerpo de Brigget, ensangrentado y violado, en todo el centro de su sala de estar... pero sus ojos castaños divisaban única y exclusivamente la nuca rubia de Draco Malfoy. Su pelo, cada vez más largo, le cubría un poco más del cuello y ella no podía ver el nacimiento de su cabellera. Tenía un lunar bajo la oreja izquierda y cada tantos minutos, levantaba su mano derecha para apartarse el flequillo de los ojos.

Deseó que volteara, deseó que le hablara y le diera la oportunidad de ver sus ojos grises y atractivos, su nariz larga pero perfilada y el ángulo de su mentón, cubierto por cardenales tan rubios como su pelo.

Jadeó, pensando en ese montón de estupideces y en lo patética que podía ella llegar a ser. Ese hombre la había insultado como ninguno, tratándola de puta, y ella allí, admirándolo como si fuese alguna especie de Dios.

Y es que ni tan guapo era, si se veía bien. Harry era más hermoso,en todo el sentido de la palabra.

Volvió a jadear y su amigo la miró. En la pantalla, el forense examinaba el cadáver de Brigget.

—Necesito ir al baño — habló con rapidez y se levantó. — Vuelvo enseguida.— a Harry no le dio tiempo ni de abrir la boca.

Salió de la sala y se paró en seco en el pasillo entre el puesto de dulces y el baño de caballeros. Era una noche de Lunes y el cine estaba prácticamente desierto. Se apoyó sobre la publicidad de una nueva película de Keanu Reeves y respiró, retándose por su completa falta de lógica.

No conocía a Draco Malfoy y él no conocía a Ginevra Weasley. Era ridículo estarse sintiendo así, tan vulnerable a pensamientos que no tenían nada que ver con el supuesto desprecio que sentía hacia él, solo por tratarse de alguien con el poder de hacer lo que le entrara en gana, sin importarle nada ni nadie.

Se llevó las manos a su pelo y lo sacudió hacia atrás. Se obligó a poner los pies en la tierra e ir y averiguar quién fue el maldito que asesinó a Brigget. Tenía además su bolsa de ositos de goma más arriba de la mitad. Disfrutaría de la película a como diera lugar.

Giró sin ver y se dio de bruces con Draco Malfoy. Y es que él se había decido por aparecércele hasta en la sopa.

—¿Pero qué mierda...? ¡Malfoy! — se sacudió. — Qué demonios...

—Obstruyes toda la entrada al baño, Weasley.

—¿Qué...? — Ginny movió la cabeza. — ¡Da igual! Quítate de mi camino. — Lo rodeó e iba a volver a la sala cuando la mano de él, larga y grande, se cerró alrededor de su brazo. Ella tembló, sin poder contenerse.

—Yo... — lo miró a los ojos. Sus pupilas destellaban de modo curioso y tenía un leve rubor en todo el rostro. ¿Era posible? ¿Qué estaba pasando? — Yo quería...

—¿Disculparte? — soltó, enfrentándolo al fin. — Después de pretender que fuese tu puta de turno, quieres que...

—¿No paras de hablar en ningún momento? ¡Eres peor que una cotorra, mujer! — Draco nunca admitiría en voz alta lo hermosa que ella lucía con el rostro escarlata. Abrió sus ojos castaños grandemente, y su boquita rosada se frunció hasta parecer un pequeño botón. Deseó alzar su mano y con su índice presionar, abrirle los labios y meterle el dedo para que lo chupara...

Sonrió ante la imagen y el calor se extendió por todo su cuerpo, haciéndolo vibrar.

—Su... suéltame — farfulló Ginny, inquieta ante su mirada.

Él negó con la cabeza y asiendo su otro brazo, la pego hacia sí y la besó, tan intrépido y necesitado como la primera vez.

Ella respondió, frenética, y que la ilógica atracción que sentían el uno por el otro hablara por sí sola.

Draco la pegó a la cara de Keanu Reeves y apretándola con su cuerpo, soltó los brazos y poseyó su cintura. Ginny gimió, tocándole el cabello, despeinándole los rizos que se formaban bajo sus orejas y acariciándole el cuello.

El muchacho se perdía en el sabor de la Coca-Cola y las palomitas de maíz, en el aroma de las gomitas y el de perfume barato de ella; quería inhalarlo hasta que el mismo se quedara pegado a su propia piel. Buscó su calor y se aferró a él con tanta añoranza y deseo que el pecho le dolió. Su corazón latía tan rápido que creía estar a punto de un ataque y enloqueció cuando ella gimió contra su boca, apenas mordiéndole el labio inferior.

Se alejó apenas unos centímetros, reposando frente con frente y apretando su nariz pequeña con la de él.

—¿Qué...? — ella habló en un hilito de voz.

—¿No te callas nunca?

—No — Draco sonrió. — ¿Qué se supone que...? — abrió los ojos, él ya la miraba, con tanta intensidad que su estómago dio un brusco vuelco. Sus manos acariciaron el cabello rubio una última vez antes de reposar en su cuello. Sus meñiques tocaron la tela de su camisa y de inmediato la estudió, frunciendo el ceño levemente. Draco arqueó una ceja. — No es de seda. —El hombre rió.

—Detesto la seda — ella sonrió y para el placer de ambos, lo besó.

Quizá era tiempo de escuchar a Harry, y conocer al verdadero Draco Malfoy.


¡GRACIAS INFINITAS POR LEER!

Abrazos apachurrables, corazones, y hasta el próximo capítulo...

Yanii.