De pie y en la lucha.

Para quien lee, ¡muchas gracias!


Verde que te quiero verde

Capítulo XV


Olvídalo, susurró su mente. Y con impresionante velocidad, Draco tomó a Ginny de la mano y la sacó del cine.

La sintió tirar de su brazo pero él, insistente y más fuerte, presionó los dedos en torno a su muñeca de tal forma que le dejaría una marca.

Se disculparía después.

—Draco...

—Entra — la empujó a su auto. Ginny tuvo la inteligencia y velocidad de meter las piernas antes de que la puerta las magullara. El rubio parecía no ver siquiera lo que estaba haciendo y a punto estuvo de fracturarle los tobillos. — Pero qué mierda... ¡Draco Malfoy! — gritó, pero él no la escuchó. O al menos eso fingió. Lo miró correr rodeando el auto y meterse en el asiento del conductor. La carrera y todo el jaloneo que empleó con ella le habían dejado el cabello más despeinado y las mejillas pálidas un tanto coloreadas. No quiso pensarlo, sin embargo, no pudo evitar notar lo bien que se veía. Demasiado guapo. — ¿Qué...?

—No voy a pasar mi tarde libre con Potter — cuchicheó, prendiendo el motor.

—!No puedo irme sin decirle a Harry que...!

—¿Qué? — le echó un ojo y su sonrisa la descolocó.

La muchacha tragó saliva, antes de que la misma empezara a desbordarle de la boca.

—No pienso dejarlo plantado - logró decir, tan bajo que pensó que él no la escuchó.

Draco entornó los ojos hacia el frente, acomodándose las gafas.

—¿Quieres ver? — y arrancó. El equipo de sonido zumbaba con una canción pop moderna la cual ninguno de los dos había escuchado jamás.

Ginny se mordió el labio inferior, su corazón retumbando y la mente demasiado creativa. Pensar en Draco junto a ella, conduciendo sin rumbo hacia un destino desconocido, le resultó encantador y excitante. Incluso Harry se había desvanecido de su mente, ahora cautivada por el camino, la brisa desordenándole el cabello y las canciones que no conocía de la radio. Los dedos de Draco en torno al volante, sus brazos con vellos rubios, prácticamente erizados por el viento, la mandíbula recta y su boca relajada, la nariz perfilada y aún así, masculina.

Se quedó allí, pasmada.

—¿Te gusta lo que ves? — cuestionó él, y Ginny notó el asomo de sonrisa en la comisura de sus labios.

No le respondió, no iba a caer en ese juego tonto y aunque él debía saber -o al menos suponer- que sí, le gustaba -le gustaba mucho, vale aclarar-, debía darse por enterado que no le daría el agrado de escucharlo, no primero.

Así que solo sonrió, brillantemente, y miró hacia el camino. Frunció el ceño de inmediato.

—¿A dónde vamos?

Draco rió, apartando sus ojos hacia ella. Se acomodaba el cabello en una cola de caballo, evitando la molestia del viento.

—¿Cierro las ventanas?

—No, me gusta así — aseguró su moño con una coleta que tenía en una de sus muñecas. — ¿A dónde vamos?

—Cambridge — dijo, acomodando el espejo retrovisor. — Colócate el cinturón.

—Hum, responsable — Ginny obedeció. — ¿Qué hay en Cambridge? — él solamente sonrió. —¿Qué?

—Sorpresa.

—Bien, ¡no me digas!

—Impaciente.

—Secuestrador — Draco volvió a reír y aquello, para Ginny, fue un sonido delicioso.

Se sonrojó, repentinamente. No quería que la tensión de su cuerpo y el martilleo de su corazón se evidenciaran tan fácilmente, así que apoyó un brazo por encima de la ventana y fijó su vista en el camino, descansando la barbilla en su antebrazo. Miró el cielo, las ramas de los árboles pasando a gran velocidad y el sol calentando su cara. Cerró los ojos, disfrutando. Todo era como una suave caricia de plumas.

El joven, acostumbrado al silencio pero extrañado al no escuchar cualquier cháchara de la chica, giró y la observó, y sin poder evitarlo, se sintió abrumado.

Ella se veía preciosa, con su cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, mechones de cabello rebelde rozándole la piel de las mejillas... quiso poder hacer lo mismo con las yemas de sus dedos; acariciar la piel y sentir la calidez bajo todas sus pecas y suavidad. Tenía puesta una blusa ligera blanca de tirantes y el viento invasor la alzaba desde abajo, mostrando parte de su estómago plano. Un ombligo pequeño y redondito llamó su atención y Draco sintió endurecerse, tan solo con eso.

Lo que daría por ver más allá y tocar sin restricción, sin resistencia. Deslizar por cada pliegue de su cuerpo no solo los dedos sino también su boca y lengua, contando las pequitas y los lunares. Saborear sus reacciones y escucharla decir su nombre sin desprecio, Draco..., así, como en su oficina, sobre el sofá que antes había lamentado perder y que ahora le recordaba un momento alucinante y que creyó imposible.

—Mierda... — la polla se le aprisionó bajo los pantalones y decidió desviar la vista.

Pero no lo hizo, no podía. Se congeló en el instante y antes de darse cuenta, una de sus manos había soltado el volante y se dirigía al aromático cabello rojo. Quería halarlo y guiarle la cabeza hacia su boca. Después la empujaría y la inclinaría hacia...

—¡Draco, cuidado! — el chillido de Ginny lo sacó de su ensoñación. Volteó el rostro y un bosinazo agudo le taladró los oídos. Afianzó las dos manos al volante y dando un giro hacia la derecha, logró esquivar, por muy poco, el enorme camión. — ¡Dios mío! ¿Qué...? — el auto chilló antes de detenerse bruscamente a un lado del camino. — ¿Qué mierda fue eso? — Ginny se llevó una mano al rostro, recuperando el aliento.

—Solo...

—¿Buscas matarnos? — se quitó el cinturón y se tocó el pecho. El brusco movimiento que sacudió el auto cuando frenó, pareció lastimarla.

—¡Por supuesto que no! — la miró, respirando agitadamente. Tomó aire y arrojó la cabeza contra el volante, negando fervientemente.

—¿Qué...? — Ginevra calmó los nervios y disipó el susto. Cuando se viró hacia Draco, queriendo reclamarle, se preocupó.

El hombre tenía la cabeza contra el volante y su respiración era jadeante. Parecía sudar bajo el pelo y murmuraba algo que ella no lograba comprender.

—Hey... ya... — creyó que sufría de un ataque de pánico o algo así. Le gustaba, pero no lo conocía. No sabía si el joven, tan distinguido y millonario, sufría de algún tipo de trauma emocional. — Draco, no... — alzó una mano y le tocó el hombro. Él se sacudió.

—No me toques — ciertamente, estaba alterado, pero no se debía al trágico accidente que lograron evitar por los pelos, como pensaba Ginny.

Draco estaba en total desequilibrio por ella y no lo entendía, no le encontraba explicación y no sabía cómo demonios podía dejar de sentir aquello que estaba sintiendo. Por Dios, si ninguna chica tenía ese poder de desestabilizarlo así... ¿cómo podía estarle pasando? ¿No se lo había prohibido? ¡No quería querer a nadie! ¡A nadie! Porque si quieres, sufres, sufres porque te dejan y sufrir es una reverenda mierda y además, nada le aseguraba que fuese correspondido.

Joder, si ella había dicho odiarlo...

-Pero es mentira- su mente volvía a hablarle. Ella no lo odiaba o si bien lo hacia, también lo deseaba.

Porque, claro está, el deseo no tiene que ir de la mano con algo más que la simple atracción sexual. Ambos podrían follar y odiarse al mismo tiempo, ¿no era eso una solución?

Follarla y dejarla quieta. No verla nunca más y evitar empezar a quererla.

Se enderezó, atrapando una honda bocanada de aire. Se recostó en el asiento y volvió a respirar. Escuchaba la respiración de Ginny, igual de agitada, a su lado. Se imaginó su torso subiendo y bajando, acorde con el ritmo caótico de sus pulmones, y recordó la visión de su ombligo desnudo, encantador y bonito.

—Maldición — se quitó al cinturón y su cuerpo fue hacia ella, atraído como el metal hacia un imán. Ni siquiera la miró, la escuchó o dijo algo. Su enorme mano de dedos largos la tomaron de la nuca y sus labios cayeron contra su boca. Percibió las palabras de ella ahogándose, pero no le dio el tiempo para nada.

Cuando sus bocas chocaron, él inmediatamente la mordió, deslizando la punta de su lengua al interior de su cavidad... y la escuchó gemir, demasiado alto, demasiado exquisito. Sus pequeñas manos treparon hasta su cuello y se afianzaron, empujándolo más hacia ella, y Draco supo que era allí y ahora. Estaría dentro de su cuerpo y él podría empaparse hasta por fin, dejarla ir.

—Oye... Draco... — Ginny lanzó un gritito cuando él reclinó el asiento hacia atrás y fue a acomodarse encima de ella, besando su cuello, dejando salir toda la pasión acumulada desde que le puso los ojos encima. Los labios le delinearon la mandíbula antes de trazar el contorno de su clavícula, haciéndola suspirar sin proponérselo... porque él, dentro de su burdo paquete superficial, era el único con el poder de hacerla sentirse así con su boca, caliente y deseada. Sumado a ello, le gustaba muchísimo, ¿ya lo había mencionado? Le gustaba su piel pálida y a veces áspera al tacto, el color rubio plateado de su cabello fino y la nariz perfilada. La mandíbula en punta y los ojos grises.

Y ella había tenido unos cuantos novios, sí, y besó y acarició muchas veces y de varias maneras, y una noche se entregó sin estar del todo segura... pero lo hizo, qué más. Y el placer que le estaba proporcionando Draco Malfoy no podría compararse con aquel que creyó sentir en esa ocasión. El rubio era fuerte y rígido y besaba con rudeza. Ginny se medía de igual forma, añadiendo un poco de ternura en las pausas para recuperar el aliento. Perdía el poder sobre su cuerpo y creyó sentir desaparecer su columna vertebral cuando él le acarició los costados de los pechos, todavía ataviados dentro de su ropa interior bajo la blusa. La piel en punta, erizada y estremecida.

Jadeó, incesante. Draco se apartó con un gruñido y unió sus frentes, sudando a mares y respirándose.

—Draco... — los hilos de su cuerpo no estaban siendo manejados por ella. Allí, en ese auto de lujo, al lado del camino y con las ventanas abiertas, se rindió.

—Necesito, yo... — habló él. El tibio aliento de ella le acariciaba con el aroma de los dulces del cine. — Yo...

Ginevra pensó si sería tan orgulloso como para no admitir que él gustaba de ella. Parecía estársele dificultando cualquier tipo de declaración, y siendo ella sincera, no quería perder más tiempo.

—Yo... necesito... — Ginny le acarició la nariz con la suya y algo revoloteó en el pecho del rubio. Sus entrañas se volvieron gelatina y su mente terminó nublándose, acabado ante toda la gama de emociones que ella, sin mucho esfuerzo de su parte y sin proponérsolo, despertaba en él.

—Necesitas... — y en un ataque de osadía, Ginny bajó su mano y rozó la erección bajo el pantalón. Draco gruñó, sobresaltado, cerrando los ojos y abriéndolos de inmediato, porque ella se veía demasiado hermosa, con los mofletes casi tan rojos como su propio cabello oloroso y los ojos oscuros, dilatados y con un destello peculiar en todo el centro de sus pupilas. Las pecas sobre su nariz pequeña se oscurecieron, queriendo resaltar aún sobre el carmesí de su maravillosa piel.

—Joder... Ginny... — la besó.

—Yo... yo también... — logró articular entre picotazos sobre su boca. — Yo... yo también, Draco. Sí... — todo entre gemidos, escuchándose demasiado sensual, sexual, erótica, sofocada...

Él le levantó los brazos, sacando la camisa. La misma fue arrojada hacia el asiento trasero y de un movimiento desabrochó el brassier, urgido por la visión de sus pechos. Necesitaba saciar su curiosidad y comprobar que eran tan exquisitos como se los había imaginado.

Y lo eran, hasta un poco más. Pequeños pero turgentes, cremosos y sonrosados.

—Pecas... — sonrió, y Ginny lo miró. — No... — tartamudeó — Es... son... tú... — mierda, ¿qué le ocurría? ¿desde cuándo se quedaba sin palabras ante una mujer casi desnuda? — Es decir... — la chica elevó una ceja.

—¿Sí?

—Eres preciosa — confesó, sincero, despegando la lengua de su paladar y respirando otro poco de su aroma. Quizá aquello fue un error, el respirarla con tanta necesidad... olía divinamente y creyó que podría comérsela de un solo bocado.

Ginny le sonrió de vuelta y él no pudo más. No, no, no. Realmente, realmente la necesitaba. No podía más.

El lugar era incómodo para desvestirse, incómodo para tocarse como deseaban hacerlo, mas detenerse no era algo que ambos planearan. ¡En lo absoluto!

Se excitaron, se frotaron. Draco besó y chupó sus pezones y ella se arqueó rogando por más. Los dedos femeninos alcanzaron la meta bajo el cinturón de sus pantalones y él logró bajar sus vaqueros y bragas hasta las rodillas. Ella acarició la longitud de aquella piel con miedo y a su vez con deleite y él atrapó su mano y la guió de arriba-abajo antes de apartarla, erráticamente, porque no quería terminar si no era dentro de su cuerpo.

Y todavía incómodos y con los movimientos bastante limitados, se unieron. Buscaron el ritmo juntos y Draco se vio necesitando recostarse en ella, sentir su torso chocando con cada estocada y las caderas imitando el vaivén de su pelvis. Hundió la cara en su cuello y gimió. El placer era demasiado, demasiado. Tan ardiente, apretada y húmeda. Tan ideal y única para él...

Esperaba, con demoledora intensidad, que ella sintiera lo mismo. El placer abrupto hasta casi doler, las luces tras los párpados cerrados y el revoloteo inninterrumpido de criaturas que dominaba en su pecho y en su vientre; el hormigueo en toda su espina dorsal, el cosquilleo en sus labios al besar su piel mojada...

Sus brazos lo rodearon y por como gemía en su oído, con un sonido tan fascinante y hermoso, no dudó que así fuese.


N/A: A Harry le tocó solito en el cine!

Aquí vamos nuevamente, poco a poco. Tenía unas ideas, pero las mismas se han ido modificando y ahora tengo el fic apuntando hacia otro lado. ¡Ya verán! Sea lo que sea, espero no sea taaaaaan malo. Igualmente, trataré de no desenfocar lo que viene con el inicio de la historia, al menos no tan abruptamente.

¡Gracias a quienes se encuentra leyendo! Cualquier crítica, ¡suéltenla!

Cariñitos,

Yanii.!