Gracias infinitas por su tiempo y sus comentarios. A KattytoNebel y The Darkness princess (Sol) por darme su opinión en el último capítulo.

El capítulo para ustedes, reinas...


Verde que te quiero verde.

Capítulo XVII


—¿Se puede saber en qué demonios pensabas, Ginny? — Harry alzó los brazos al aire. — ¡Pensé que te había ocurrido algo malo! Y cuando Malfoy no regresó a la sala, yo…

—No pasó nada, Harry. Solo…

—¿Qué sucede? Entre tú y Malfoy — exigió saber, sentándose en el sofá y cruzando sus brazos.

Ginny soltó una bola de aire por la nariz. Ya había tenido la fastidiosa charla con su madre, ahora tocaba aclararle a su amigo que nada había pasado.

Una mentira, pero ciertamente, nada malo había ocurrido.

Todo lo contrario.

—Tenías razón — dijo al moreno, sentándose junto a él y dirigiendo su atención hacia el plato de galletas de su mamá.

—¿Qué? ¿Razón sobre qué? — Harry la miró tomar una galletita y mordisquearla en los bordes. Decidió hacer lo propio y apoderarse de una; su estómago sonaba y la señora Weasley preparaba las mejores galletas del mundo, además.

Información que su madre Lily, no debía nunca escuchar.

—Draco Malfoy no es un mal tipo — admitió Ginny, esperando a que su tono no evidenciara sus verdaderos sentimientos hacia el magnate rubio.

Harry la observó con los ojos abiertos y una segunda galleta a mitad de camino hacia su boca. La primera le había dejado un rastro de migajas alrededor de sus labios.

—¿Cómo es posible que…? ¿Qué pasó entre ustedes? — la escrutó con atención.

Ginevra luchó por verle a la cara y darle convicción a su historia. Sentía el calor extenderse por su cuello y plantarse en sus mejillas.

—Me dijo que podíamos hablar… civilizadamente, sobre la plaza y él me escucharía.

El hombre carraspeó, después de morder la galleta. Masticaba en silencio, sin dejar de observarla, y Ginny se sintió sumamente incómoda.

Cuando Harry tragó, continuó mirándola con toda intensidad.

—Dices que Draco Malfoy te dijo que podían hablar civilizadamente sobre la plaza, ¿no?

—Así es — asintió enérgicamente.

—Y que escucharía tus puntos de vista y todas tus razones.

—¡Sí! — exclamó.

—Y te sugirió dejarme en el cine y a ti, como buena amiga, no te importó en lo absoluto.

—¡No, Harry! Yo no quería…

—¿Me estás diciendo la verdad, Ginevra? — Harry se acercó a ella, tal cual un policía malo queriendo sacarle la verdad a su más reciente recluso.

—Sí… es decir… — suspiró. — Lo siento mucho. Draco Malfoy es un tipo difícil y me dijo que me escucharía si íbamos a hablar a un lugar más tranquilo.

Harry alzó una ceja.

—Y yo no podía desaprovechar la oportunidad de explicarle el por qué no debe tocar esa plaza —. Continuó Ginny, añadiendo seguridad al tono de su voz.

Su amigo la estudió, sus verdes ojos sin pizca de estupidez. Quizá no le creería ni la más mínima palabra.

Pero para su sorpresa, Harry no dijo nada. Se irguió en el sofá y volvió a cruzar sus brazos.

—Sabrás que no te creo toda la historia.

—¡Es la verdad!

—Fingiré que sí, es la verdad. — dijo, alzando una mano. — Y dime, ¿cómo te fue? ¿La plaza estará a salvo?

Ginny abrió su boca y de inmediato la cerró. ¿Estaba la plaza a salvo? ¡No hablaron de nada de eso! En lo absoluto.

Él le había dicho, una vez en su oficina, que darle algo más que un beso podría persuadirlo. Y eso pasó, exactamente. Algo más que un beso. Mucho más.

¿Y eso sería todo? No podía pensar que allí terminaría la historia, porque él se había portado tan bien y atento después, tratándola con una animosidad que nunca se esperó encontrar en su persona. Se veía relajado y tranquilo a su lado y con una sonrisa verdaderamente bonita y sincera. Eso no podía fingirse. A ella le gustaba y él gustaba de ella. Draco no podía pensar en no verla nunca más, así cumpliera con no tocar la plaza Spring.

—La plaza estará a salvo — reveló, no muy segura.

—¿Completamente? Cho tenía planeado replantear el caso en el congreso cuando tenga el documento firmado por un abogado. Eso tomaría tan solo unas semanas antes de citar a la empresa a…

—No creo que sea necesario, Harry. ¡Tanto protocolo! — bufó. — Me fastidia todo eso. Y, en serio, Draco no tocará la plaza.

—Una charla civilizada y ya lo llamas por su nombre — Ginny se ruborizó, desviando la vista.

—Oh, cállate — rumió al escucharlo reír.

—Verás, Ginny… — se acomodó las gafas, una sonrisa aún sobre su boca. — Conozco a Malfoy, y quizá haya cambiado un poco desde nuestros estudios y proyectos, pero no es un mal tipo. Lo sé. — Harry le tomó las manos. — Pero, confiar en él ahora sería algo imprudente y absurdo. Creo que lo mejor sería decirle a Cho que consiga el documento y así asegurarnos que…

—Hablaré con él otra vez — dijo con rapidez. Debía hablar con él sobre la plaza y algo más, claro está. Ese algo más que ocurrió en su auto y lo que pasó después; las risas en la feria, las manos apretadas y dedos entrelazados, la diversión compartida y miradas calientes.

Porque sí, ella quería más de ese algo más y podrían llamarla fácil, no le importaba, pero quería.

Sonrió sin querer, porque no podía evitarlo aunque quisiera, y Harry, engullendo otra galleta, la miró sin comprender.

OoOoOoOoo

Draco se plantó en su oficina, enfocándose al cien por ciento en su trabajo. Contratos, reuniones, más contratos y más reuniones insoportables. Todo era tan horrible que en más de una ocasión tuvo ganas de encerrarse en su baño y llorar como un malcriado. Estaba harto de todo y en lugar de continuar con sus planes hacia Australia, se encerraba aún más en planes para la compañía.

Todo para evitar pensar. Pensar en Ginevra, por supuesto. Parpadeaba y la veía, sonriéndole con picardía o mirándolo con inocencia, mientras abrazaba a su osito y saltaba como una niña. Adorable.

Y no podía pasar, no podía estar cerrando los ojos a cada rato sólo para verla dibujarse tras sus párpados. No podía dejar a su mente divagar entre los recuerdos de su cabello rojo y el olor de su perfume mezclado con su transpiración. No, no, no.

Así que bien, trabajo… ¡trabajo, trabajo, trabajo! Aunque lo odiase, más trabajo.

—Los contratos que me pidió, señor Malfoy — Beth dejó en su escritorio un grueso folio lleno de hojas de papel. — Señor… — la mujer miró a su jefe, recostado en la silla. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa extraña en su cara. — ¡Señor Malfoy! — bramó, asustando al joven.

Draco saltó de su silla y maldijo en voz alta, mirando a todos lados.

—¿Qué mier…? ¡Beth!

—¡Lo siento, señor! Pero estaba… ¡Usted nunca sonríe! — dijo la mujer, mostrando las palmas de sus manos. — ¿Se encuentra bien?

—Por supuesto que estoy bien — rumió, echándose el pelo hacia atrás.

—Usted nunca…

—¡Que estoy bien, Beth!

—¿Está seguro? ¿No quiere que llame a su terapeuta?

Draco resopló. Hacía años que había dejado de ver al doctor Jomsons.

—No digas estupideces y tráeme los contratos que te pedí.

—Están en su escritorio — señaló Beth, aún mirándolo escrutadoramente.

—Que estoy bien, joder — murmuró, respirando a profundidad. Beth no tenía la culpa de su locura temporal por una chiquilla tonta. — ¿Podrías ordenarme un café? Por favor.

—Oh, sí. ¡En seguida, señor! Pero, ¿de verdad no quiere…?

—¡QUE NO! — Beth decidió darse media vuelta y salir, no por sus alaridos malcriados y testarudez.

Beth fue secretaria de Lucius Malfoy y conocía a Draco Malfoy desde que era un bebito en pañales. Su ahora jefe parecía estar pasando por alguna especie de revelación o sufriendo de algún tipo de trastorno mental, porque estaba extraño, mucho muy extraño. Sonriendo a la nada, perdiéndose en sus pensamientos y hasta hablando solo de algo que no lograba ella escuchar bien, aunque pegase la oreja lo más que pudiese a la puerta.

Quizá debiese telefonear al doctor Jomsons y prevenirlo, por si acaso.

—¡JODER! ¡DÉJAME EN PAZ, MUJER! — escuchó gritar a su jefe.

Sí, llamaría al doctor.

Draco, en su oficina, lanzaba su celular contra el sofá hundido. Ginevra llamaba por cuarta vez durante ese día.

La había ignorado desde que la dejó en su casa aquella noche, después de la feria (hacía ya cinco días atrás), y ella insistía en atosigarlo, llamando no solo a su empresa sino también a su celular personal.

Por qué le dio el número, no sabía… Un mero momento de debilidad en donde quería darle todo lo que ella le pidiese.

Estúpido. La insistencia de la niña resultaba ser un dolor de culo y él se sentía fatal, creyendo que respondiendo, sería como darle pie a que todo se le complicara como la mierda. No quería una relación, no quería una responsabilidad de esa índole y menos sentir todo lo que estaba sintiendo. Era agotador y enfermizo.

No podía involucrarse más, le daba terror dar algo para la cual no estaba preparado. Ninguna mujer lo había tenido así, con una pelota de emociones rodando descaradamente en su estómago. El tirón en sus tripas era insufrible y tan solo por ello debería estarla odiando, en lugar de desear contestar su llamada y volverla a ver.

OoOoOoOoo

Ginevra apartó el celular de su oreja y miró a Luna, sus ojos humedeciéndose de inmediato.

—Oh, Ginny — la rubia la atrajo por los hombros.

—No debería afectarme tanto, Luna — musitó, apartándose.

—Solo quien te conoce sabe lo romántica que puedes llegar a ser. ¡Y te ilusionaste, querida! — Ginny soltó un bufido, secando sus ojos.

—Yo no quería nada con él. — dijo, arrugando la nariz. — ¡No quería nada, salvo que dejara mi plaza en paz! Y luego viene y…

—Te gusta más de lo que hubieses esperado, amiga. Y eso es lo que quieres, alguien a quien querer y cuidar.

—Yo no…

—Quieres una relación, Ginny, un novio, y eso es algo completamente normal.

—Bueno… — se arrojó a la cama. — Draco Malfoy es el menos indicado para ese plan. Él no es nada normal.

—¿Estuvo bien?

—¡Luna! — se sonrojó, mas sonrió al recordar todo. Rápido, inesperado y completamente genial.

—Ah, querida, ¿él es el joven perfecto para tu rompecabezas? — Luna la observó, acostándose junto a ella.

Una sonrisa dividió la cara de Ginevra en dos. Ella amaba los rompecabezas, eran su gran pasatiempo así como el de su hermano Ron era el ajedrez y pensó, una vez, adquirir uno de cinco mil piezas para armar. Era un propósito y un desafío y se había prometido en una oportunidad, comprarlo cuando tuviese a alguien con quien compartir la ambición de acabarlo. Un proyecto en pareja, casi, casi tan importante como un anillo, mas sin tanto gasto ni compromiso.

El rompecabezas era, más que una promesa de durabilidad, una promesa de que la relación podría funcionar, y de que ambos harían todo el esfuerzo por ello.

No obstante, Draco Malfoy no era el ideal para su rompecabezas. Él era el joven multimillonario ajeno a las promesas de amor eterno y cualquier otro tipo de cursilería estúpida. Sabía ella, por las revistas, que el muchacho no duraba más de dos meses con una misma pareja (todas modelos de pasarela y alguna que otra actriz de televisión).

Ginevra Weasley no entraba en el esquema por ningún lado.

Sin embargo, había logrado algo que ninguna otra mujer consiguió; se le había metido de tal forma en la cabeza que él no podía, simplemente, no pensar en ella ni por un segundo.

Pero Ginny ignoraba aquel detalle, muy importante. Y creía que si quería llegar a Draco Malfoy, debía ser tanto o más indiferente que él… Indiferente en cuanto a sus sentimientos, claro. Ella tampoco estaba enamorada, por supuesto, y bien podría esclarecerle ese punto a Malfoy y darle a entender que no debía sentirse atado.

Le gustaba mucho y quería compartir con él, nada más. Un poco, quizá, hasta que la ilusión acabase y pudiesen los dos seguir con sus vidas como si nada hubiese pasado.

—Tú le gustas y me encantaría que todo fuese como un cuento de hadas para ambos. Pero sabes, amiga, que las cosas pueden no terminar bien, ¿verdad? — soltó Luna, cuando le contó aquello. — Te liarás más, te llegarás a enamorar de él y sufrirás como una condenada por no ser correspondida. Va a romperte el corazón si no es él capaz de devolverte el sentimiento.

Pero Ginny ya había decidido intentarlo, creyendo, muy en el fondo, que Draco Malfoy podría llegarse a enamorar también.

OoOoOoOoo

Blaise Zabini no era tan diferente a Draco Malfoy en cuanto a sentimentalismo. Odiaba toda muestra de romanticismo y mariconería ilógica que a las mujeres tanto les encantaba.

Él requería de su propio espacio, su tiempo de ocio y esparcimiento sin ninguna fémina fastidiándole los planes. Podía querer a alguien por poco más de tres meses (el tiempo más largo en el que estuvo compartiendo con una misma mujer), o hasta que la diversión se acabase. Pero sucedía que, después de un tiempo, el aburrimiento le aplastaba terriblemente y las chicas se volvían locas pidiendo más de lo que podría darles.

Prefería cortarlas por lo sano.

Afortunadamente, "fans" no le faltaban, y siempre existía una que otra jovencita risueña y fácil que no se tomaba el sexo tan enserio. Compartían una noche y se olvidaban al día siguiente. Era divertido y objetivo, nada más.

Resumiendo, Blaise Zabini era tan áspero como Draco Malfoy. Nunca se había enamorado, jamás se había planteado siquiera en querer a alguien más que a él mismo y así estaba muy bien, era feliz y rico, no tenía por qué complicarse la existencia. Por ende, él era el más indicado para señalarle lo loco que estaba, por pensar tanto en quien menos se esperaba.

Su amigo era, además, poseedor de una gran lista de jovencitas lindas que podrían calentarlo tanto o más que Ginevra Weasley. Encontraría a alguien mejor y se olvidaría de ella. Debía hacerlo.

PODRÍA HACERLO.

—Una cita doble, amigo. Tú y Amanda. Hilary y yo. ¿Estás de acuerdo?

Draco arrugó la cara. Recordaba a Amanda Spike de una fiesta de gala la navidad pasada. Era terriblemente hermosa y terriblemente aburrida. Le irritaba su timbre de voz y hablaba muchísimo, además. Él se perdía en la mitad de sus charlas, sin tener el menor interés pero fingiendo una que otra sonrisilla y asintiendo de vez en cuando, sólo por educación.

Como se dijo, era terriblemente hermosa. Podrían pasar un buen rato nada más con ello.

—Como sea, Blaise.

—Las llamaré ahora mismo — Blaise salió de la oficina, siempre tecleando en su opulento celular plano. Sus pulgares se movían veloces sobre la pantalla táctil.

El rubio resopló, reclinándose en su silla. Dio unas cuantas vueltas en ella, mareándose, y se detuvo cuando sintió lo ingerido batirse desagradablemente en su estómago.

Así hacía de pequeño, cuando su padre se ocupaba en la sala de reuniones y Beth lo dejaba solito para dibujar en unas hojas de papel. Se sentaba en la silla y giraba y giraba hasta querer vomitar.

A veces jugaba, imaginándose un portal mágico que se abriría si giraba con mucha más prisa… y más y más rápido.

Se levantó, a penas con un poco de equilibrio. Cerró los ojos por un momento y los abrió, enfocándose en la puerta. La misma se estaba abriendo y por ella entraba la preciosa figura que lo había estado atormentando desde el instante en el que se cruzó en su vida.

Mierda… ¿habría funcionado el portal mágico he ido a un mundo fantástico? porque no entendía como demonios ella pudo llegar por segunda vez a su oficina, burlando la seguridad. Así, sin más que su linda sonrisa y unos ojos castaños que prometían peligro, astucia e hilaridad.

Se lo preguntó muy en serio hasta que dio por sentado que aquella era la respuesta; ella era, en suma, peligrosa y astuta.

Se tambaleó cuando dio un par de pasos. El piso debajo de él aun temblaba con ligereza.

—¿Qué…?

—¿Estás borracho? — preguntó Ginny, viendo la vacilación de sus pies.

—No — se apoyó al costado de su escritorio y cruzó los brazos sobre su pecho, queriendo lucir su mejor postura de tipo rico e importante y guapo. — ¿Qué se supone que…? — su voz fluctuaba, todavía recuperándose de la sorpresa de verla allí.

—No contestabas mis llamadas y pensé…

—Maldición, Weasley — musitó, cerrando los ojos y frotándose el puente de la nariz.

Debía romper sus ilusiones de niña tonta enamoradiza y sacarla de su vida, antes de que fuese todo más allá de lo impensable.

—¡Fue un momento nada más!

—¿Cómo? — Ginny se acercó a él, solo dos pasos. Draco la miró, receloso.

—No te me acerques — refunfuñó, apretando las manos. — Te dije lo que quería y me lo diste. No hay nada más después de eso. Una follada y todo termina, ¿de acuerdo?

Ginevra arqueó una ceja, Draco no sabía qué esperar de esa simple reacción, así que continuó.

—Entiendo que puedas desear más, pero… ¡No te engañes, niña! Si en algún punto pensaste que tú y yo podríamos tener algo más allá, ¡estabas muy equivocada! Y… y… y… ¿de qué mierda te ríes? — la miró con ojos molestos y mentiría si dijese que no se sentía un poco… insultado.

—¡Dios, Draco! — rió ella, agitando su cabello rojo a un costado. — No te alteres, que no vine sino a dejar en claro eso — reveló, aún sonriendo.

El entrecejo de Draco se alteró con unas cuantas arrugas.

—Es… ¿por qué llamabas con tanta insistencia? — tenía que pensar que a ella le importaba un poco más. No era lo conveniente y no quería aceptar el por qué de aquel anhelo, pero quería pensar que a ella le importaba, un poco al menos.

De verdad lo quería.

Él y su mierda de contradicción.

—Quería asegurarme de que cumplirías con tu parte, y dejarías la Plaza Spring en paz.

—Esa jodida plaza — rumió, repentinamente irritable.

—¿Cómo? — Ginny caminó hasta quedar frente a frente, a no más de dos pasos de distancia.

—¡Esa jodida plaza! — bramó, irguiéndose. — ¿Molestas solo por ello? — sus ojos relampaguearon. — ¿Por esa jodida y fea plaza?

—¡No es fea!

—Oh, sí lo es — repitió, disfrutando el carmesí que empezó a cubrir las mejillas pecosas de la chica.

Dios, adoraba verla incendiarse. Molestarla era, quizá, su más reciente pasatiempo favorito.

—Bien… — pero ella parecía no querer darle el gusto esa vez. La notó respirar hondo antes de enfrentarlo, alzando la barbilla. — Da igual lo que pienses de ella. No la tocarás, ¿está claro?

Draco pensó que podría jugar otro poco, porque adoraba su presencia explosiva. Y fastidiarla antes de correrla, sería su cierre perfecto.

—Y si no lo hago, ¿qué? — desafió, alzando la barbilla tanto o más que ella. — Sé que estarías dispuesta a darme un poco más, sea en mi auto o en cualquier lado. Ciertamente, no eres muy exigente.

—Si estuve contigo, es obvio que no lo soy.

—Yo no… — su piel pálida enrojeció. — ¡Me refería al lugar, Weasley! — Ginny elevó una ceja carmesí, tirando la comisura de sus labios en una sonrisa petulante.

—Te tienes en un puesto muy arriba, Malfoy — murmuró. — Cuidado y tu pálido trasero presumido termina partiéndose al caer.

—No me… — agarró aire. — Eres una…

Estaba tanto o más rojo que el cabello de la chica y no sabía con exactitud por qué. Sus "insultos" no eran nada peliagudos, había escuchado cosas peores. Y por supuesto, no creía ni una sola palabra que menospreciara aquella alocada follada en su auto, porque ella misma le había demostrado que le gustó tanto como a él.

Entonces, ¿por qué mierda hiperventilaba? No quería creer que se debía al sublime aroma de su colonia barata, al movimiento de su pecho al respirar que si bien no rozaba el de él, estaba muy cerca de hacerlo. Tampoco se debía al contacto de sus ojos retadores y brillantes ni a su aliento fresco colisionando bajo su nariz…

No se debía a su cercanía hipnótica y a su maldita y sonriente boca.

—Yo… — y joder, él seguía tartamudeando.

Los ojos castaños de la muchacha volvieron a brillar. Vislumbró un destello vivo en el color junto a sus pupilas y él ya no supo qué decir y menos qué hacer.

Ginny bajó el rostro, sonriendo modestamente. Había obtenido la prueba que necesitaba y ya no tenía dudas sobre dar el próximo paso.

Era un riesgo, pero valía la pena.

—Quiero repetirlo — susurró, pintándose cual tomate maduro. El rubor cubrió su cuello y sus mofletes.

Draco tuvo que tragar saliva y carraspear, recuperando su voz. Algo en su vientre saltó vigorosamente, sintiendo la vibración hasta su pecho y rebotando en su cabeza.

—¿Cómo? — preguntó, voz ronca y ojos oscuros. Ella podría volver a pedirle cualquier cosa, y se la daría.

Por Dios que lo haría. Ahora sí, realmente lo haría.

—Quiero repetirlo — coreó, tímida. Alzó la mirada y él no supo nada más salvo que los separaba una corta distancia y si se inclinaba, podría besarla, tomarla en brazos y terminar de arruinar su costoso sofá. Costoso e inútil…

Sin embargo… podría dejar de ser inútil, en unos minutos.

—Yo… — tragó una nueva bola de salida. — Yo también — y retornaron al momento en el auto, con él encima de ella, susurrando las mismas frases.

—Bien — Ginny trató de controlar el intenso calor que arremetía desde su vientre bajo.

—Solo… Weasley, esto no… — las neuronas en el cerebro de Draco se reactivaron, enviando a su mente un poco de lucidez. — Esto no significa que tú y yo…

—Sin compromisos, ¿está bien? — completó ella, ignorando la desazón en la punta de su lengua. — Esto no tiene por qué atarnos. Solo nos divertiremos, ¿de acuerdo? Como aquella vez… y…

—Nada más diversión — asintió él, aproximándose. Se relamió los labios de la ansiedad.

—Y la plaza…

—Estará bien.

—¿Lo prometes? — Ginny jadeó al sentir una mano cerrarse en su nuca, presionando. Sus dedos masculinos masajearon por debajo del nacimiento de su cabello y ella gimió por el placer otorgado, cerrando los ojos. El calor de sus dedos era absorbente y escurridizo. Lo sintió marcar camino desde allí hasta lo largo de su columna vertebral, erizándole la piel. Su estómago saltó, repleto de alas de mariposa.

—Lo prometo — y atrapando su cintura con la otra mano, la apretó hacía él y la besó.

A Dios gracias, era la hora de almuerzo de Beth.


N/A: Gracias a todos por leer.

Cualquier duda, queja o corrección, pueden decirla con confianza. Este fic en sí no estuvo nunca planificado (en cuanto al contenido de los capítulos) y aunque Cata ya no esté escribiendo, yo igual improviso, es decir, no tengo idea de qué pasará después (salvo una que otra escena que me gusta inventar con anticipación). Así que disculpen si lo ven un poco sin sentido, a lo loco y con poco trabajo. Pero así es, realmente (y con ello no quiero decir que lo quiera menos que mis otras historias. Este fic me está ayudando a desestresarme y sencillamente, amo a Draco y a Ginny) ¡Arriba el Drinny!

¡Nos leeremos en el próximo capítulo, corazones!

Besos,

Yani.!