Improvisando como siempre.
Muy poquito para el final… a quien sigue aquí, que sepa que se lo agradezco mucho.
¡Capítulo!
Verde que te quiero verde.
Capítulo XX
Lo vio y lo aceptó, lo había extrañado como una condenada.
Apenas vislumbró el cabello rubio, casi plateado, se sintió maravillada. El mozo la llevó hacia la mesa y en cada paso que daba hacia su encuentro, su sonrisa se ensanchaba. El corazón le bailaba.
El restaurante era, como lo supuso, exageradamente pretencioso, mas ella no tenía ojos sino para el hombre delgado que aún la esperaba. Su espalda cubierta por una camisa cuya tela no conocía, pero sabía ya, no era de seda.
—Señor Malfoy, la señorita Weasley — Draco se levantó apenas el mozo apartaba la silla para que Ginevra se sentara. El rubio asintió con la cabeza, sentándose de inmediato, como si pararse hubiese sido una mala decisión. — En seguida llegará el mesero para tomar sus órdenes. ¿Desean algo en particular? ¿Una bebida?
—Denos cinco minutos, por favor — habló Draco, aflojando los botones de su solapa. El mozo hizo un educado movimiento de cabeza y se apartó, dando rápidos pasos entre las mesas.
El lugar estaba prácticamente vacío. Ginny lo notó y se preguntó si por aquella razón, Draco había escogido ese sitio.
Nadie que los viese juntos.
Dejó escapar el aire de sus pulmones, entre nerviosa y emocionada. Movió un mechón de su pelo con los dedos y alzando la mirada, encontró a Draco, viéndola sin parpadear, con el pelo peinado de modo casual, como un jovencito, y una barba de apenas un par de días.
La miraba y miraba… miraba con una atención asfixiante y Ginevra se preguntó si le había gustado su vestido, su cabello en hondas y su nuevo perfume. Ella lo observó de vuelta y quiso cruzar la mesa, tomarlo de su camisa y besarlo en la boca, rápida y atrevidamente. No entendía cómo él podía jugar de esa forma con su cuerpo y sus emociones, arrinconándola en un estado que le hacía sentirse entre abochornada y osada… su cuerpo parecía un campo de batalla, con sus hormonas ardiendo y disparándose en todas direcciones… incluso sentía sus pezones erguidos, como respuesta inmediata a sus deseos por él.
Si tan solo estirase su mano y la tocara…
—¿Cómo…? — su voz salió áspera. Se sonó la garganta y tomó un sorbo de la copa de agua. — ¿Cómo has estado, Draco? — dio otro trago al agua, calmando el ardor de su vientre.
Él seguía mirándola, casi sin pestañear.
—Dra…
—No llamabas — el joven movió la cabeza, una mano sobre la mesa y la otra apoyada en el reposabrazos de la silla.
Ginevra pensó que quería mostrarse relajado y tranquilo, sin embargo, aquella apariencia la veía tan tiesa como un palo de escoba. Él parecía estarse reteniendo.
Suspiró, demasiado familiarizada con su postura de hielo.
—Como te dije, pensé que te gustaría tu espacio. Yo… también lo necesitaba y bien… esto no es nada formal, ¿no es así? Así que… — el que también estuviese en sus días color escarlata, tuvo que ver con su ausencia. No fue fácil negarse al placer que ese joven le otorgaba.
¡Válgase el cielo! Debía cuidarse de no volverse una loca ninfómana.
—Claro, por supuesto. — dijo él, moviéndose en su asiento. — ¿Ordenarás? — tomó la carta y se cubrió todo el rostro con ella. Ginny apenas asomó una sonrisa.
—¡Madre santa! ¿Has visto estos precios? ¿Cómo es…? — leyó el menú con ojos saltones.
—Dios, Weasley, calma tus alaridos de urraca por una vez.
—Con el precio de un par de platos, podría hacer las compras para más de un mes — Draco resopló.
—Exageras.
—Nunca has estado en la vida real, ¿verdad, Malfoy?
—Nunca he estado en tu realidad.
—Entonces no me comprendes.
—Trata de calmar tu turbación y escoge qué comerás.
—Me enfermaría si tuviese que gastar tanto por un plato de comida.
—Tú no pagarás, Weasley, y ya deja el maldito drama por el dinero y ordena de una vez. Otra mujer estuviese fascinada, estando en tu lugar.
—Claro, claro — rodó los ojos. Volvió a leer la carta y muchos platillos tenían un nombre que en ningún momento de su vida había escuchado… — ¿Qué recomendarías?
—El salmón es delicioso — Draco ya había dejado la carta a un lado y regresaba a fijar sus ojos en ella.
—Soy vegetariana.
—Lo sé.
—¿Por qué me recomiendas pescado?
—Es lo que recomendaría.
—¡No le recomiendas a un vegetariano comer algún tipo de animal, Malfoy!
—Joder, escoge lo que quieras, mujer — soltó, moviendo los brazos.
—Bueno… — apretó los labios, pensando en qué ensalada sonaba mejor. — Aunque… debo admitir, extraño mucho comer alas de pollo. — rió ante el sonido obstinado del muchacho ricachón. — Ya… creo que escogeré… rollos primavera.
—De acuerdo.
El mesero llegó y además de los platos principales, Draco ordenó una ración de panecillos de orégano con requesón.
Ginny debía decir que la comida era costosa, sí, pero muy deliciosa. Los panecillos estaban recién hechos y el requesón era el más sabroso que hubiese ella comida. Los rollos primavera sin carne eran perfectos, y debía admitir que el salmón de Draco olía exquisito y se veía muy apetitoso.
El joven pidió una botella del mejor vino tinto y durante diez minutos completos, no se dijeron nada.
Ginevra no sabía qué pensar con relación a lo que se estaba viviendo en ese instante. Si bien había empezado a creer que Draco Malfoy sentía algo más por ella, una pequeña parte de su cerebro –la porción más racional y lógica- le repetía constantemente que no debía esperanzarse. Pintarse un cuadro feliz junto a Draco Malfoy, era muy ingenuo e infantil.
Quería preguntarle, directamente, sin pelos en la lengua, y sacarse la espina para poder estar tranquila.
—Draco… yo…
Él parecía ausente, detallándola y al mismo tiempo, con la mente puesta en otro lugar.
—¿Por qué…?
—¿Quieres bailar?
—¿Cómo? — ella ni se había percatado de la música. Sonaba un arpa acompañada de un piano. Barreó el lugar con sus ojos castaños y descubrió la pista habilitada unos metros lejos de las mesas. Había una par de parejas danzando lentamente, con elegancia y sofisticación. — Yo… no sé si…
—Verás que es un baile lento, Weasley, no tienes que hacer nada más que moverte de un lado a otro.
—Sé bailar, Malfoy, solo…
—Vamos — él ya se había levantado he ido hacia ella, extendiendo su brazo, y Ginny no pudo rechazarlo porque, por Dios, desde que llegó, solo quería tocarlo.
Se preguntó si él podría sentir el temblor en su cuerpo, sus manos calientes y su pecho transpirado. Era como si fuese la primera vez de ambos tan cerca uno del otro, y no un simple momento de baile después de varias noches de sexo placentero.
Al menos, así lo vivía ella.
Si enamorarse era sentir todo como si fuese la primera vez junto al mismo hombre, entonces sí, estaba absurda e irremediablemente enamorándose de Draco Malfoy.
—Mi madre me enseñó a bailar a los 13 años, cuando me creyó lo suficientemente maduro como para ir a las fiestas de gala — dijo él, tomando una mano entre la suya y colocando la otra en su cintura. — Se sorprendió al notar mi agilidad en apenas la primera lección. Me dijo que soy ligero de pies y los pasos los logré sin problemas. Nunca le pisé los pies, nunca tropecé — la atrajo a su cuerpo, rozando sus torsos. A Ginny casi le dolió la dureza de sus propios pezones. Tomó una bocanada de aire. — Nunca le dije que yo la veía bailar con mi padre en el salón de la mansión. Aprendí de memoria la melodía y la coreografía — empezó a moverse, llevándola con él al suave ritmo del piano y el arpa.
Ginny se dejó hacer, a punto de derretirse entre sus brazos, deleitándose con la voz suave y ronca con la cual empezó a relatarle parte de su vida. Respiró su colonia y apoyó la cabeza cerca de su hombro.
Por un minuto, lamentó no haber llevado tacones, pues los centímetros extras le hubiesen permitido estar cara a cara.
Pero… aquello no estaba nada mal, a decir verdad. Apreciaba el aliento a vinotinto de Draco acariciar el pelo que cubría su oreja derecha, y podría jurar que él la estaba olfateando.
—Tu perfume… no es el de siempre — susurró él.
—No. ¿Te gusta?
—Sí — respondió, demasiado rápido. — Es decir… no es…
—Ya entendí, Malfoy — sonrió ella. Añoraba recibir un poco más, pero tampoco quería presionarlo. ¡Qué va! huiría como conejillo asustado.
Si todo se estaba moviendo tal como quería, su plan (que no era un plan) era lo mejor que se le pudo haber ocurrido.
Tan solo ser ella misma, a veces tierna, y dejarlo a él ser. Poquito a poco, las barreras terminarían por ceder completamente.
—Mi hermano me enseñó a bailar.
—¿Cuál de todos? — Ginny rió. Le había contado en alguna ocasión sobre sus hermanos, seis. Todos tan diferentes y únicos.
—Percy, el más estirado y pesado de todos. Le gusta moverse un poco en la política, pero no ha tenido mucha suerte con los cargos importantes. Una vez, logró que un congresista lo invitara a un baile, y no tenía pareja con quien ir. Me llevó a mí y me enseñó el baile de salón. No me costó nada aprenderlo y me sorprendió mucho al ver que Percy tenía ritmo, y no solo para bailes de salón, ¡también es bueno bailando salsa! — exclamó, asombrada. — ¡Nadie pudo imaginar aquello!
—Nunca terminas de conocer a las personas, ¿cierto? — dijo él, con el tono de voz más bajo e incluso un poco nostálgico. — Ni aunque se trate de tu familia.
—Tienes toda la razón — descansó la mejilla cerca de su pecho, y sintió con deleite los fuertes latidos de su corazón.
La cita tenía poco más de dos horas y ella creyó que todo había ocurrido en tan solo treinta minutos. Bailaban sin moverse mucho y de un momento a otro, el roce de sus manos no fue suficiente, ni las caricias de los dedos de Draco en su cintura, ni el aliento en su oreja.
Se mordió el labio para evitar gemir, al sentir la fricción poco pudorosa de la pelvis masculina contra sus caderas. Alzó la cabeza, buscándole el rostro, y cuando abrió la boca para hablar, sin saber qué decir, él la besó deliberadamente.
Draco soltó su mano y asió su culo con fuerza, apretándola. Ginny sabía que no estaban en un bar de mala muerte bailando reggaeton, que aquello no sería bien visto por ninguno de los demás comensales ricos que estaban allí… pero, mierda, estaba con Draco Malfoy. Seguramente, él tenía permitido hacer lo que le viniese en gana en cualquier lugar en el que se encontrara.
Y podía hacer lo que le viniese en gana con ella, también.
—Draco…
—Vámonos — pidió, con la voz abrumada. Todavía sostenía sus nalgas y la oprimía libidinosamente contra él, demostrándole con la dureza bajo su pantalón, que también la deseaba desde que llegó.
Y ella preocupándose por sus pezones…
—Draco, yo…
—Por favor, Ginny — volvió a besarla, con lentitud. Saboreó sus labios entreabiertos antes de introducir su lengua y hacerla jadear.
—S… sí… vámonos — respiró, abrazándolo.
—Ven — Draco la apartó solo para arrancar hacia la mesa. — ¡Garzón! — el mesero llegó a ellos — anótalo todo a mi cuenta.
—Sí, señor Mal… — Draco ya había ido en busca de los abrigos, sin soltar a Ginny. Ella apenas tuvo el tiempo suficiente de tomar su cartera antes de verse arrastrada hacia la salida del restaurante.
Cuando llegaron con el auto del rubio, Ginny casi corrió al asiento del copiloto. Draco se acomodó tras el volante, el rostro perlado y los labios rojos… Ginevra pensó que se veía hermoso.
—Ponte el cinturón, conduciré un poco rápido.
Ella obedeció, y estuvo todo el camino sonrojada, ansiosa, y sonriendo hasta más no poder.
OOoOoOoOO
Draco despertó, aún sintiéndose en un sueño. No quería admitir que había tenido la mejor noche de su vida. No, no quería… sin embargo…
—Mierda — musitó, observando a la figura a su lado.
Joder, joder, joder.
Lamentó no haber bebido lo suficiente porque, maldición, una buena borrachera hubiese justificado su estúpida actitud.
Mierda, ¿en serio le había pedido que se quedara? ¿A dormir?
—Carajo — se cubrió la cara con las manos, frotándolas contra sus párpados. — No, no, no… — movió la cabeza de un lado a otro, rezando por aún estar en una especie de sueño y que al despertar, Ginevra no estuviese.
Regresó a abrir los ojos, ella seguía allí, acurrucada bajo la sábana y su pelo rojo resaltando como una pintura sobre las almohadas. Las hondas estaban completamente despeinadas y rozaban parte de sus mejillas y cuello, blanco y pecoso… Draco no apartó su atención, degustando el recuerdo reciente que le ocasionaban las marcas rojizas en la blanca piel cerca de sus clavículas.
Sí, ella se había quedado, pero poco habían dormido.
La despertó a media noche, con besos en su espalda baja; lo hicieron de rodillas y fue asombroso.
Volvió a despertarla cerca de las tres de la mañana, con sus labios nada inocentes rozando su muslo derecho; lo hicieron de nuevo, él debajo y ella arriba y fue igual de extraordinario. Brillando ambos de sudor y temblando imparables.
Lo hicieron un par de veces más antes de permitirse descansar. ¿A qué hora pararon? ¿Qué hora era?
Se irguió a medias y miró su reloj en la mesa, casi medio día.
—Mierda — se sentó al bordillo de la cama, apoyando los codos en sus rodillas y enterrando la cabeza entre sus manos.
Todo era una maldita fantasía. Nada de lo que había sucedido podía alterarle en su día a día. Ella no tenía el derecho de desestabilizar su vida de esa manera, no se lo permitiría.
—Es imposible — no volteó a mirarla de nuevo. Se levantó y fue directo al baño, necesitaba una ducha para enfriar su cabeza y pensar con toda la claridad posible.
Tardó, dándose un tiempo. El agua caía con fuerza sobre su espalda y aún así, distinguía el perfume de Ginevra con severidad, como si él lo llevase dentro de cada poro.
Sacudió la cabeza y se talló el pelo con bastante champú, concentrándose en el aroma de la espuma. Frotó sus axilas, se restregó los brazos y piernas y se quedó tieso bajo el chorro de agua a máxima potencia. Estaba helada.
Aguantó lo bastante como para ver sus dedos arrugados. Al salir del baño, con una toalla en su cintura, Ginny ya no estaba ahí.
Su corazón pegó un brinco; no sabía si angustiarse o alegrarse por ello. Escuchó ruidos en la cocina y al llegar, la vio de espalda cerca de la estufa, con su cabello recogido como una cebolla y encima de su cuerpo, una de sus muchas camisas.
Eso no estaba nada bien.
—Ginevra…
—Oh — ella saltó, golpeando el cucharon de madera contra el bordillo de la olla que hervía. — ¡Buenos días! ¡O buenas tardes! — rió, animada. — Muero de hambre y pensé en preparar…
—¿Qué mierda crees que haces? — estalló, enrojeciendo. Ginny abrió los ojos, sorprendida.
—¿Qué…? Yo…
—Maldita sea, Weasley, ¡no puedes pisar mi cocina! — iracundo, con la sangre subiendo a su cabeza, caminó hasta ella y le arrebató la cuchara. — ¡No puedes tocar mis cosas! — jaloneó las solapas de su camisa, sacudiéndola.
—¡Oye! — Ginny se apartó, dándole un manotazo. — ¿Qué mierda te pasa, idiota?
—¡No puedes tocar mis cosas! ¡No puedes estar aquí! ¡Solo tenías permitido el baño y la habitación! ¿No estaba claro?
—Yo…
—¿Qué creías? ¿Qué intentabas?
—Solo, Draco… yo…
—¡Esto no es un maldito noviazgo, niña! ¡No estamos ni cerca de una maldita relación! Tú…
—¡Lo sé, Malfoy! Pero… tú… yo… anoche — ella enrojeció tanto como él. Draco la vio a los ojos, enormes y cristalinos. — Tú me pediste que me quedara — susurró, la voz apagada.
—Todo por un par de folladas. ¿No era así? ¡Un maldito polvo, Weasley!
—Yo no…
—¡Solo es sexo! ¡Nada más! Eres demasiado fácil de engañar y sorprender.
—Draco… — soltó un par de lágrimas. Draco no estaba seguro de cómo se sentía al respecto; su pecho retumbaba, al igual que su cabeza. — Yo pensé…
—¿Qué cosa? — habló, la voz grave y enronquecida. — Te entregas como una putita fácil y ahora quieres… — no terminó, Ginny había dado los dos únicos pasos que los separaban, y cruzado el rostro con una sonora bofetada.
La mejilla le latía, roja y ardiente. Los dedos comenzaron a marcar su piel.
Levantó la cabeza después de un minuto, cuando el estupor causado por el impacto se fue disipando. No tocó su mejilla adolorida, no hizo nada más que verla. Ella había dejado de llorar. Tan solo le devolvía la mirada, con la barbilla en alto, los ojos rojos y la respiración irregular.
—Yo…
—Está bien — dijo Ginny, respirando a profundidad. — Me voy — pasó por su lado, desabotonando su camisa. Draco la sintió resbalar al suelo cuando la sacó de su cuerpo desnudo.
Se obligó a no mirarla, a no hablarle, a no hacer nada más que esperar a que se largara. Se quedó de pie en medio de la cocina, con la toalla como única prenda, el cabello goteando, la mejilla aún punzando y el corazón en la garganta, en el estómago, en las sienes y hasta en las palmas de sus manos... Los ojos comenzaron a escocerle y se los frotó con el antebrazo, sin saber qué demonios le estaba pasando.
La sangre caliente parecía inundarle el cerebro. Pensó que podría sufrir de un aneurisma.
—Lamento haberme sobrepasado — Ginny volvió a pasar por su lado, vestida con su vestido, sus sandalias planas y su pelo otra vez suelto.
Se detuvo a medio camino de la puerta, como esperando alguna respuesta de su parte. Él no dijo nada, no se atrevía a pedirle una disculpa ni mucho menos.
Tenía que largarse, era lo mejor para ambos.
—Es… — ella quiso hablar de nuevo, mas su voz vaciló, quebrándose. Carraspeó. — Espero hayas disfrutado de mi servicio y puedas darte por satisfecho. No pienso volver a verte nunca más. — Levantó la cabeza, dio la vuelta y salió del departamento.
Draco se desplomó en el sofá, apretando los párpados con dos de sus dedos. Lanzó un grito de frustración que bien Ginevra pudo haber escuchado aún dentro en el ascensor.
No le importó… o sí, quizá, así volvería y…
—¡No! — no era lo correcto, no era como tenía que ser.
No volvería a verla nunca. Sería lo mejor para los dos.
Como dije, un capítulo improvisado pero a la vez, reflejando las ideas que ya tenía para este fic.
Quedan un par de capítulos, estoy simplificando las cosas un poco más. Estoy escribiendo a duras penas, obligándome a terminar porque odio dejar las cosas inconclusas. Y aunque disfruto mucho escribir fics, estoy llegando al punto en el que me veo necesitando cerrar este ciclo.
Lo bueno de esto, es saber que fanfiction estará, y cuando sienta que el mundo real me vacila y se anda burlando de mí, siempre podré volver aquí.
Espero pronto subir la continuación. Aquí donde estoy, las cosas están que arden, andamos a la expectativa y llenos de incertidumbre, peeeero como siempre he dicho, ¡la historia continúa!
Y lo diré acá, sin censura… ¡MALDITO MADURO! (Jajá)
¡Nos leeremos pronto, corazones!
Yanii.
