Improvisación express.

Como mencioné antes, muy poquito para el final… a quien sigue aquí, que sepa que se lo agradezco mucho.

¡Capítulo!


Verde que te quiero verde.

Capítulo XXI


Ronald Weasley podía poseer, como le dijo una amiga una vez, la misma sensibilidad de una piedra. Y es que los asuntos amorosos no se le daban nada bien. Se le dificultaba mucho atajar las directas (con él no podían valerse de indirectas, era demasiado despistado), con todo y que en ocasiones, las jóvenes prendadas de él debían volverse un poco descaradas, y lanzarse, literalmente, sobre sus huesos en la primera oportunidad. Allí, era cuando él podía notar sus sentimientos. Debían ser claras, sin tantas vueltas, porque aquello le fastidiaba enormemente.

El pelirrojo no tenía mucho de entendederas en cuestiones del corazón, sin embargo allí se trataba de su hermanita pequeña. Podía ser el rey de los despistados, pero presentía que Ginevra no estaba del todo bien. Qué va. Lo sabía.

—Ginny… — llamó a la puerta. No se creyó ni una sola palabra de lo que había dicho.

Había llegado hacia apenas un par de horas de "la casa de Luna", alegando dolor de estómago. Evadió a su padre, a su madre y hasta a un llamado de Bill por teléfono. Eso no era normal, el que Ginny rechazara un llamado de Bill.

Era casi tan terrible como si rechazara una llamada de él desde África. Casi. Él, Ronald, era su favorito, rechazar su llamada era esperar un cataclismo de su parte.

—¡Joder, Ginevra, abre la puerta!

—¡No quiero hablar, Ronald!

—No seas tan estúpida de creerme estúpido, Ginevra. ¡Puedo averiguar con qué clase de mierda te metiste anoche hasta el punto de quedarte en su casa y llegar hoy! No soy idiota, ¡sé que no te quedaste en casa de Luna!

—¡No sabes nada, Ron!

—¡Tienes razón! Así que voy a… — la puerta se abrió de golpe, sobresaltándolo. Sintió un tirón en el pecho, como si le arrancaran del sitio una banda adhesiva que mantenía protegida algún tipo de herida.

Ginny estaba allí, toda lágrimas y mocos. Tenía las mejillas tan rojas y pegajosas que parecía a punto de una fiebre terrible.

—¿Qué fue lo que pasó, Ginevra? — la vena de su sien comenzó a latir furiosamente.

La joven movió la cabeza, negando repetidas veces, y abriendo grande la boca, comenzó a sollozar. Lágrimas y lágrimas continuaban cayendo y en medio de sus gritos, lanzó una verborrea de la cual Ron no entendió ni una letra.

—Y yo que pensé… no… aggghss… es… ¡tonta, Ron! Y ese idiota… ve… y creí… megustaynoséque… ¡estúpido! Yyoacepto… ¡tonta, tonta! ¡ESTÚPIDA! Eso… soy… yo… — sorbió por la nariz. — y me gusta… y Luna dijo… arrr… yo… matar… ¡idiota!

—¡Cálmate, Ginny! — sujetó sus hombros, pero Ginny siguió aullando, con la cabeza hacia atrás y sus mocos todavía cayendo. — ¡CÁLMATE! — La zarandeó.

—No… — hipó. — ¡No me zarandees, tonto! — se agitó en un espasmo, alejándose.

—¿Qué fue lo que pasó?

—Nada — dijo Ginny, tan sombríamente que Ron sintió un poquito de escalofríos.

—¿Cómo que nada? estás llorando y… joder, Ginny, límpiate la nariz.

La mujer suspiró, derrotaba. Fue a su cómoda y tomó un pañuelo de papel de la tercera caja que había abierto. Se sacudió la nariz con un desagradable sonido.

—A veces eres una puerca — comentó Ron, bromeando, mas Ginny no estaba para juegos infantiles entre hermanos. — Hey, enana, se supone que tú debes decir…

—No quiero — rezongó, parecía una niña perdida. Ronald se sentó en la cama, observándola.

—Averiguaré quién es y resolveré todo esto.

—Ni te molestes.

—¿No me dirás que no me meta?

—Dudo que puedas saber quién es Víctor.

—Con llamar al restaurante es suficiente — Ginny dejó el tercer pañuelo de papel a medio camino de su nariz, abriendo enormemente los ojos.

Ron tenía toda la razón. Incluso, podría ya saber de quién se trataba.

Pero no, hubiese dicho algo…

—¿Por qué no…?

—¿Por qué no llamé anoche para saber quién demonios quiere meterle mano a mi hermanita? No sé… quería confiar por un segundo en tu sentido común.

—Yo no tengo sentido común. — musitó, cabizbaja. — Si lo tuviese, no me habría acercado ni un palmo a ese hombre.

—¿Qué pasó, Ginny? — Ron estaba haciendo uso de todo su autocontrol para no gritar como un energúmeno.

Pensar que un hombre pudo haber lastimado a su hermana, le hacía bullir la sangre.

—¿Te lastimó? — Ginevra levantó la cabeza. Ronald había formulado la pregunta de forma siseante y oscura.

—No… en realidad… — sí la había lastimado. El escuchar a Malfoy referirse a ella como una "putita fácil" le había dolido mucho. ¡Porque no era cierto! Jamás había hecho con nadie lo que con él, se había atrevido a experimentar.

Sí podría llamarla pervertida, lo admitía y sin vergüenza alguna. ¡Pero puta jamás!

—No me lastimó, la verdad — susurró. Salir herida por sus palabras fue solo otra señal de que él le importaba demasiado, y Draco Malfoy no tenía la culpa por ello.

Ella había cruzado la línea, había creído que entre ambos podría surgir algo muy bonito. Y es que él… se había comportado muy…

Ella lo malinterpretó, eso era todo. Sólo quería un buen polvo, como siempre había dicho.

—Fui yo quien me equivoqué — dijo, terminando de limpiarse la nariz. — Ya no importa.

—Ginny…

—En serio, Ron — habló desganadamente. — Él me gusta mucho, muchísimo. Pero ayer me dio a entender que yo no le gusto de la misma forma. ¡Eso es todo! Lo superaré.

Ron tenía los mofletes rojos y las aletas de su nariz oscilaban temiblemente.

Ciertamente, no creía que existía en el mundo un hombre ideal para su hermanita. Todos eran unos idiotas… pero, el que a alguien no le gustase… y menos, después de escuchar una declaración de su parte…

—Es un pelmazo, Ginny — dijo, respirando. Tenía que averiguar cómo se veía ese tal Víctor. Quizá Luna lo podría ayudar.

—Concuerdo contigo. ¡Me olvidaré de él! — resolvió, alzando un puño. — Lo haré — susurró. — Siempre he estado bien sin novio, lo seguiré estando. — musitó, no muy convencida con sus palabras.

Ronald asintió con energía, pero era falto de entendederas. Porque Ginny sí quería un novio. Como contó una vez Luna, quería a alguien a quien querer y cuidar, y era muy bonito el sentimiento en su corazón al saber que alguien la quería y cuidaba de ella.

La pelirroja se concentró en doblar el pañuelo de papel con los dedos, jugando a una especie de origami. Ron la miró, aún estaba llorando.

OoOoOoOoO

—¿Lo dejarás todo así, Draco? — Blaise se veía preocupado, revisando los papeles en sus manos.

—Tú eres los suficientemente capacitado para encargarte, Zabini.

—Esto no es mi fuerte. Puedo suplirte en las conferencias con los viejos, pero…

—McLaggen se encargará del trabajo pesado.

—¿Cormac?

—Le daré un permiso firmado para que pueda asesorar los proyectos y firmar en mi nombre. Pero por supuesto, todo antes tiene que pasar por ti. Aprobarás lo que es y prohibirás lo que no.

—Draco…

—He dejado bien en claro cuáles serán los trabajos a realizar, no te preocupes — guardó un montón de carpetas amarillas en una de sus gavetas. — El trabajo está hecho, sólo deben encargarse de que cada quien cumpla su parte en esta empresa.

—¿Por cuánto tiempo piensas irte? — el moreno dejó a un lado los documentos, mirando a su amigo. El joven Malfoy se veía… agotado. Durante los dos últimos meses, Draco parecía haber cumplido diez años más.

—No lo sé — respondió, en un tono de voz muy bajo. — No me he planteado la fecha de regreso. — Australia era un bálsamo para él, sería un buen lugar para calmar sus agitaciones, acabar con sus desvelos y volver a ser el Draco Malfoy de antes.

De acuerdo, ¿y cómo era ese Draco Malfoy de antes? ¿No era el mismo de ahora?

No, porque ya no surfeaba, ya no se divertía en las noches de karaoke y no salía a juergas con amigos y chicas.

Había una brecha muy grande, entre el Draco Malfoy actual y aquel que creció siendo un chico rico "normal", pese a su familia. Alejarse por un tiempo era una buena idea. Tratar de saber qué quería y cómo debían ser sus pasos de ahí en adelante.

Y también podría dejar de pensar en Ginevra porque, Dios, la tenía en su cabeza cada maldito segundo del día. No lo dejaba quieto, se metía hasta en sus sueños y pesadillas, atormentándolo.

Su corazón se agitó.

Sacudió la cabeza. Algunos mechones rubios le cubrieron los ojos.

—Necesito irme — dijo, rodeando el escritorio. — Debería aprovechar y mandar a remodelar esta oficina; no la cambio desde que mi padre murió. ¿Qué opinas? ¡Beth! — gritó. Su secretaria llegó de inmediato. — Quiero que llames a Jean pier — Jean Pier era el diseñador y decorador de interiores de su familia. Sus padres confiaron en él ciegamente, para cualquier cambio tanto de la mansión como de las oficinas de la empresa. — Quiero cambiar todo esto. Las paredes, las sillas, las mesas, el bar… los muebles. ¡Tiren todo y compren nuevos! — miró por un instante el sofá de cuero, deforme. — Tiren a la basura lo que no sirve, y lo demás… pueden llevarlo a otra oficina o donarlo, como mejor parezca. — No dejó de observar la masa de cuero amorfa.

Blaise lo pilló, supo qué ocurría.

—Draco…

—Siempre me ha gustado esta alfombra, señor Malfoy, ¿podría quedármela? — Beth miraba fascinada el piso de alfombra color plata, las cuales contrastaban muy bien con las cortinas verdes satinadas de las ventanas. — ¡Y las cortinas! ¿Podría…?

—Llévate lo que gustes, Beth — Draco desvió la vista del sofá. — Me voy.

—Draco — Blaise lo tomó de un brazo antes de éste abandonar la oficina. — Beth, anda a llamar a Jean Pier. Y tú, Draco, hablarás conmigo.

La mujer miró a los jóvenes, entre curiosa y preocupada. Ella había visto crecer al chico Malfoy, le tenía un aprecio muy lindo y maternal y se asustaba al verlo cada vez más demacrado.

—Señor Malfoy…

—Anda, Beth — dijo su jefe, más como un pedido de favor que como una orden. Ella apenas asintió, frunciendo el ceño. — Y bien… — miró a Blaise después de que Beth cerrara la puerta.

—Estás vuelto mierda — el rubio alzó una ceja.

—Y eso…

—Por una mujer. Te enamoraste de la chica Weasley.

Draco quiso reír, pero no pudo. De su garganta salió el sonido de un carraspeo áspero, como una tos contenida.

Tosió de nuevo, cubriendo su boca con un puño.

—Lo… — carraspeó — lo siento. Quise reír, pero tengo la garganta seca. — Se alejó de Blaise hacia el mini bar.

—No lo niegas — dijo el moreno, cruzando sus brazos. Draco solo agregó tres cubos de hielo a un vaso de vidrio.

—Claro que sí — apoyó el vaso contra su frente y cerró los ojos. — Me duele la cabeza y ahora tú me vienes con esa estupidez. No me enamoré de ella, Zabini. No podría.

—¿Por…?

—Porque no — declaró. — No me gustaba cómo se estaba metiendo en todo, cómo empezaba a creerse que… y… hacerme creer que… ¡no me gustaba! Lo que ella pretendía… era…

—¿Qué cosa?

—No lo sé — aún con el vaso contra la frente, caminó hasta un lado y se apoyó de espaldas en la pared. Sus ojos se mantuvieron cerrados; el frío del hielo contra su piel le estaba ayudando a mitigar la incomodidad. — Nuestros encuentros se volvieron costumbre y cuando ella dejó de llamarme por una semana, yo…

—Una costumbre — comentó Blaise, alzando una ceja, pero él no podía verlo.

—Sí, una costumbre. Soy un puto hombre, Zabini.

—Está bien — sonrió. — Continúa.

—Cuando ella no vino y yo la llamé… y la miré… — el hielo que se derretía le humedeció la frente a través del cristal. — Y no podía dejar de verla… de lo hermosa que lucía y olía y… de cómo me atraía…

Blaise Zabini se mordió la lengua. No debía decir nada más. Draco parecía absorto, perdido en algún punto entre la realidad y sus propios pensamientos. Lo dejó ser.

—Y de recordar todo lo que me decía… Dios, habla demasiado. De su familia, de sus hermanos, de una tal Luna, del por qué hay que reciclar y cuidar a las malditas abejas… hasta me hablaba de Potter. Ella… yo fingía escucharla y, mierda, no… ¡No fingía! ¡porque recuerdo todo lo que me dijo! ¿Ves? ¿Ves lo que hizo? Ella… se inmiscuyó tanto que… maldición, quise saber más. Y los polvos son maravillosos con ella y… le dije cosas mientras estábamos juntos, y se quedó. La vi al despertar y después… deseé que fuese cierto, el tenerla allí, preparando la comida y yo… Joder, aún no mando a lavar la camisa que usó, todavía huele como su piel después del sexo… es… ¡Mierda! — abrió los ojos, alejando el vaso. Los cubos de hielo cayeron al suelo. — ¿Ves lo que hizo? — Draco clavó su mirada en su amigo y socio, aterrado.

—Y no estás enamorado — resopló Blaise, diciéndolo como un absurdo, negando con la cabeza.

—No… pero ella… hizo que quisiera saber más. ¡Y no! ¡Es inaceptable! No pienso en estar con esas idioteces y…

—¿Qué tendría de malo?

—No seas pendejo, Blaise. ¡Me voy! — dijo dramáticamente. Tomó su maleta y salió a trompicones de la oficina. — Mi vuelo sale esta noche, te llamaré apenas llegue. Apagaré mi celular durante el día, así que ni te molestes en joder. En las noches revisaré mi correo, allí podrás enviarme la información referente a los negocios y consultarme cualquier duda.

—Tengo una ahora — alzó la mano. — ¿Por qué no enfrentarte a ella?

—Referente al trabajo, idiota.

—¿Estás seguro de…?

—Me largo — se fue, dejándolo con la palabra en la boca.

Blaise respiró, alzándose de hombros. Los temas del amor no eran sus favoritos y él no era, precisamente, un diestro en cuestiones de pareja. ¡Vamos! ¡Que amaba a todas las mujeres por igual! Sin embargo, sabía que no todos podían soportar vivir con esa filosofía como modo de existencia. Y su amigo Draco era uno de ellos, no por decisión propia… pero cuando una mujer te atrapa, te atrapa. Y él, Draco, ya estaba acorralado desde hacía rato.

OoOoOoOoO

—¡Lo siento, Harry!

—Ya déjalo, Ginny — rió el muchacho.

—Nunca dejaré de disculparme por el idiota de mi hermano — refunfuñó.

Hacía dos meses y dos semanas atrás Ronald llegó de visita desde África, y durante todo su drama con Draco Malfoy (el supuesto Víctor) el pelirrojo parecía relativamente tranquilo.

Pero no.

El hombre quería cumplir con la promesa hecha hacía él mismo y defender a su hermanita. Luna no ayudó en nada, y cuando vio a Ginny reunida en la plaza Spring con un tipo de pelo oscuro, tomándole las mejillas y hablándole cariñosamente, supuso que era el tal Víctor. Sin esperar ni decir nada al llegar, tomó al joven por el cuello de la camisa y lo zarandeó. Ginevra gritó como una demente y Harry no entendía nada. Ron le propinó un puñetazo en la cara que le hizo sangrar la nariz.

Después, la vergüenza fue demasiado grande. Tanto Ron como Ginny no sabían cómo compensar a Harry.

—Ronald puede ser muy bruto a veces… o la mayoría de ellas — sentenció, arrugando la nariz.

—No te preocupes. Aunque no fue buena la forma de conocernos, me cayó muy bien — sonrió Harry. — Entiendo su vena protectora para contigo.

—Piensa que soy una niña.

—A veces actúas como una — Ginny resopló, deteniendo su andar y cruzando los brazos sobre su pecho. Harry se detuvo tres pasos más allá, sujetando la correa de Maggie.

Cuando giró para verla, ella le sacó la lengua, haciéndolo reír.

—Eres divertida — dijo, sonriendo alegre. — Hay toda una fiesta de facetas dentro de ti, ¿verdad?

—Soy como soy — dijo, alzando la barbilla.

—Eres muchas cosas, Ginny.

—No te pases de la raya — retornó la camina.

—Lo digo en el buen sentido — Harry le acarició la coronilla.

—¡Que no soy una niña! — sacudió su cabeza.

—¡Ya, ya, pequeña! — volvió a reír. — ¿Estás más tranquila?

—Hace poco me sumé a una marcha para concientizar a la población mundial sobre el cambio climático. Tengo dos amigos muy queridos que pronto se irán como voluntarios para Haití y en un mes retomaré la universidad. Todo está bien.

—¿No has hablado con Malfoy? — Harry no tuvo que devanarse los sesos para saber quién era el famoso Víctor. Algo se suponía desde el momento en el cual se encontraron con su antiguo compañero de la universidad en el cine.

—No, nunca más. Y así será por siempre. — Ginny aceptó que Harry supiera. Qué más… era un alivio el poder soltarse un poquito con alguien más que con Luna.

El joven no dijo nada más respecto al tema. Asintió con la cabeza y miró a Maggie, meneando la cola en cada paso de sus patas.

No sabía mucho de lo que había ocurrido entre el rubio y la pelirroja, no era su asunto aunque le importaba la seguridad de Ginny. Para él, era una gran idea el que ella se alejase de Malfoy, por su bien emocional.

—¿Quieres comer algo? — preguntó a Ginny.

—¡Mataría por un helado! — Maggie ladró, animada.

—Vamos a la plaza, yo invito.

OoOoOoOoO

Luna, a diferencia de Harry, era tan metiche como una vieja de vecindad. Atosigó a Ginny hasta el cansancio, pidiendo detalles. Ginevra estaba tan abochornada y cansada de todo, que incluso pelearon un poco.

¡Menos mal, su amiga apenas y se estaba idealizando la relación! Hablar de amor y enamoramiento era demasiado pronto. Ginny estaba embelesada, tontamente seducida por el encanto carnal y el placer primitivo. No podía decir amar a Malfoy si no lo conocía más allá de su cuerpo.

Eso es lo que quería, Luna, ¡conocerlo! — le había dicho, nuevamente, con lágrimas y mocos en la cara.

Se lamentó que las cosas no funcionaran como ella quiso en algún momento; todo de ensueño y pajarillos; con una Ginny feliz y enamorada de un hombre rico y encantador.

Bueno, lo mejor es lo que sucede. — citó ella a su amiga, una frase que a veces odiaba.

Se ajustó la correa del bolso y aceleró el paso, ese día llegaría tarde a su clase de actuación. Estaban trabajando en la obra de "La princesa Encantada" y ella espera obtener el papel de Odette.

Pensó en cortar camino por la plaza Spring, dándole al trote. Llegó a una de las esquinas principales y, al cruzar, un enorme letrero se interpuso en su camino, cortándole el paso. Los peatones se arremolinaban alrededor de una cinta amarilla que rodeaba todas las extensiones de la plaza, y varios hombres uniformados con trajes de construcción y cascos, pedían a las personas abandonar los espacios. A Luna no le gustó aquello. Vio máquinas demoledoras, grúas y excavadoras, incluso algunos explosivos.

—Esto no…

—¡Apártense! — gritó un vozarrón desde uno de los vehículos. La joven vio como una excavadora cogía marcha y se acercaba al enorme árbol principal.

Un grupo de naturistas y los que siempre hacían yoga en su sombra, gritaron de impotencia. Ella misma liberó un grito, que sonó tan alto como el motor de las máquinas

El árbol estaba siendo arrancado.

—Ginny se va a morir — musitó, acalorada.


¡Gracias a todos los que aún siguen por aquí!

Pese a todo lo que sucede por mis rincones, me alegra poder estar cumpliendo acá y continuar hasta acabar. Como siempre he dicho, finalizar las historias para mí es muy importante.

Uno o dos capítulos más, y listo.

Aprovecho para publicitar una vez más a mi amiga hermosa, Kathleen Cobac (Cata) que ya está publicando en su cuenta de wattpad sus maravillosas historias originales. Pueden encontrarla en la página con el mismo seudónimo. ¡Denle su apoyo! Es una escritora que se lo merece... Ya la conocen, por aquí, dejó parte de sus huellas. ¡Este fic también es de ella! :)

Les mando abrazos, y la promesa de un final para este fic.

Yanii.!