Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente mía, queda prohibida cualquier adaptación. Todos los medios de contacto se encuentran en mi perfil.


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Ellie GouldingLove me like you do

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Sacrifice – Black Atlass

Vi desde el campo, entre las flores como Edward alzaba a nuestro hijo por los aires. Thomas levanto la cabeza y comenzó a reír al cielo.

Me tuve que resistir las ganas de tomar mi celular para sacarles una fotografía.

Preferí disfrutar del momento.

El cabello cobrizo de ambos brillo a contra luz, provocando que mi corazón se saltara un latido. La piel de mis brazos se erizo por el sobrecogimiento de verlos juntos como padre e hijo al fin.

Max se sentaba entre mis piernas después de tomar su siesta tardía. Su cabello cobrizo, igual al de mis otros dos chicos me hizo cosquillas en la barbilla cuando me incline a dejar un beso en la cima de su cabeza.

Él era mi otro chico. Sin más vueltas al asunto había logrado colarse al fondo de mi corazón para acampar.

—¡Pa! ¡Pa! ¡Pa! —levanto las manos al aire para luego dejarlas caer sobre mis muslos.

Thomas vino corriendo, escapando de las manos de Edward. Sus mejillas arreboladas iguales a las mías y los ojos verdes relucientes.

—¡Mami! ¿Podemos volar mi cometa? —pidió con voz de niñito.

Gire y ancle a mi cadera a Max. Sus deditos regordetes juguetearon con los pendientes en mis orejas.

—Vamos. —urgí a Thomas.

Su sonrisa brillante me robo el aliento cuando tomó la cometa de la manta en el suelo por el día de campo y corrió de nuevo hacia Edward. Él lo atrapo en brazos para volver a darle vueltas en el aire.

Partí con ellos, pero sin interceder en su dinámica mientras Edward le explicaba a Thomas como agarrar la cometa correctamente.

La cosa roja de papel china se levantó en el aire cuando Edward ajusto el agarre de la mano de nuestro hijo sobre la cuerda.

Los colores brillantes de las cintillas alrededor se reflejaron por todas partes.

Thomas insistió hasta que Edward lo dejo en el suelo. Corrió por el campo abierto lleno de flores y rodeado de árboles.

Edward se le quedo viendo sin ni siquiera moverse.

Acaricie su espalda para llamar su atención.

Su cabello cobrizo se movió con al aire cuando giro su cabeza hacia mí. Me tendió una mano y yo la tomé. Max gorgojeo, alegre de ver a su padre y divertido por el aire acariciando sus mejillas. Lo acune más cerca de mi pecho y acepte la mano de Edward.

Sus dedos se entrelazaron con los míos.

Dejo un suave beso en mi frente.

—Gracias. —susurro contra mi piel.

Levante la mirada hacia la suya, chocolate contra verde.

—Siempre.

—Siempre. —repitió fervientemente.

Solo rogaba porque el para siempre de verdad llegara algún día. No podía evitar, en el fondo de mi mente, temer que de un momento al otro, la oscuridad volviera a coger nuestras vidas.

Tomé esos pensamientos y los escondí en el fondo de mi mente.

Edward debió notar mi titubeo porque beso mis labios lentamente y acaricio mi mejilla con la punta de sus dedos.

—Te amo. —susurre por lo bajo.

Sus ojos revolotearon.

—Yo también te amo.

Recargue mi cabeza en su hombro, mientras ambos observábamos corretear a Thomas. La brisa cálida del sol ocultándose para abrir paso al crepúsculo. Edward enredo su brazo alrededor de mi cintura y recargo su barbilla en mi cabeza.

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Al final termínanos por comer los sándwiches que Edward había preparado para el día de campo en el sofá de la sala de estar mientras veíamos una película.

Thomas sorbía de su jugo ruidosamente en tanto nosotros tomábamos un poco de vino tinto. Max se encontraba sobre su portabebé en un sofá de una plaza, profundamente dormido luego de pasar toda la tarde afuera.

A veces me encantaba observarlo dormir. Me recordaba muchísimo a Thomas de pequeño. Eran realmente idénticos, excepto los ojos chocolates.

Esos ojos chocolates que atrapaban mi corazón en un puño cada vez que me miraban como si fuera la cosa más brillante del mundo.

Los últimos créditos de la tercera película de Shrek comenzaron a reproducirse en la pantalla plana.

—¡Oug! —Thomas gruño, removiéndose en el sillón inquieto— ¿Podemos verla de nuevo?

Deje mi copa de vino sobre la mesita de café.

—No, jovencito. —miré la hora en mi celular— Una de la mañana. Hora de dormir.

Thomas hizo pucheros.

—Quiero ver otra vez Shrek.

Edward se levantó, recogió las copas de vino a medio llenar y el cartón vacío del jugo.

Thomas le dio una mirada.

—Oh, no. —Edward levanto las manos sobre su cabeza— Lo que tu madre diga.

—Jerry dice que las niñas no pueden darnos órdenes. —se cruzó de brazos enfurruñado.

Tomó todo de mí no reírme.

—No soy una niña, soy una mujer. —contraataqué.

Thomas frunció el ceño hasta casi juntar sus cejas entre sí.

—¡Eso no es cierto! ¡Eres mi mami! —escalo las dos plazas del sofá hasta ponerse sobre mi regazo y enredar sus brazos alrededor de mi cuello— ¿Edward puede contarme un cuento?

Le di una mirada especulativa a Edward, pero no note ningún cambio en su expresión preveniente del hecho que Thomas lo siguiera llamando por su nombre aun después de saber que él es su padre.

Edward dejo las copas limpias sobre la encimera de la cocina y se secó las manos.

—Tengo un excelente repertorio de cuentos.

Los verdes ojos de mi hijo se iluminaron.

—¿Te sabes el del cascanueces?

—¿No es algo rápido para Navidad? —pregunte yo.

Thomas me dio un beso en la mejilla.

—Nunca es demasiado rápido para Navidad, mami. —dijo, como si fuera la única respuesta razonable.

Edward escondió una sonrisa.

—Vamos. —Edward tomó en brazos a Max desde su portabebé y le tendió una mano a Thomas.

Thomas se bajó del sofá de un salto, se tambaleo un poco sobre el suelo, pero logro recuperar el equilibrio. Cogió la manta de Max y aunque era mucho más grande que su propio pequeño cuerpo se las arregló para enredarla sobre sí mismo.

—No puedes llevar a mi hermano arriba sin su cobija favorita. —dijo sabiondo, comenzando a ir por el pasillo hasta desaparecer.

Edward y yo nos miramos con la boca abierta.

—Dime que escuchamos bien.

—Llamó a Max su hermano. —Edward susurro.

Aquella idea me sobrecogió. Fuera como fuera el pasado, era un hecho. Thomas y Max eran hermanos y primos por partida doble. Quite el primo, pues ese lazo se había roto el día que Clarie murió en aquel accidente de auto, si así podíamos llamarlo.

Lo deje simple en mi mente. Eran hermanos y siempre lo serian. Tan parecidos que si tuvieran la misma edad podrían pasar por gemelos.

—Oye. —Edward me saco de mis pensamientos— Sea lo que sea que estás pensando, déjalo fuera. —no me atreví a mirarlo, así que él lo hizo por mí. Agarro mi barbilla y me dejo mirarlo directamente a los ojos— Vamos un paso a la vez.

—Un paso a la vez. Lo sé es solo que… —pase mi peso de un pie a otro— me tomó desprevenida. Fue…

—Extraño. Lo sé. —le dio un toquecito a mi nariz con su dedo indice— Es muy inteligente, seguro es porque tiene a la mejor madre del mundo.

Fue inevitable. Intente impedirlo, pero un sonrisa rompió con mi recién nueva tensión.

—Así me gusta verte. —me dio un suave beso en los labios, apenas acariciando mis labios con los suyos.

Un minuto después nos separamos.

—Tienes un cuento que contar. —juguete con el borde de su camisa.

Levanto las cejas.

—Dijiste que tenías una sorpresa.

Mi cuerpo entero comenzó a hormiguear de anticipación.

—La tengo.

Me dio una sonrisa torcida que tuvo graves efectos en mi respiración. Siempre ame esa sonrisa, desde la primera vez que nos conocimos apenas siendo unos niños. Desde entonces y por encima de todo lo que paso después, mi corazón seguía siendo suyo. Y probablemente siempre lo seria.

—¿Es buena?

Su mano libre acaricio mi cadera.

—Puede.

—Necesito más información. —dejo un beso languino en mi barbilla.

Me aleje un par de pasos. Su mano cayó sin vida a su costado y me miró con ojos entrecerrados.

—Eres mala.

—Un poquito. —señale un pequeño espacio entre mi dedo indice y pulgar.

Puse mis manos atrás de mi espalda y me balance sobre mis pies. Lo vi dar marcha atrás con una sonrisita divertida en los labios. Descendió por el pasillo hacia el domo que daba a las habitaciones poco a poco para no despertar a Max y antes de partir, se giró.

—Te estoy vigilando.

Deje salir una carcajada.

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No lo pude evitar. Mis dedos temblaban sobre el cepillo con el que me peinaba el cabello. La maraña castaña después de bañarme. Las gotas de agua goteaban sobre mis hombros desnudos, aumentando mi estrés.

Dios.

Parecía una adolescente en su maldita primera vez.

Por más que lo quería mantener simple, no pude evitar el sudor en las palmas de mis manos, que el corazón me latiera como loco en el pecho y mucho menos, el sonrojo que pintaba mis mejillas de un suave rosa.

La idea de hacer de nuevo el amor con Edward después de tantos años me tenía como una novicia en su noche de bodas.

Fulmine a mi reflejo en el espejo.

Me agache para conectar mi secador de cabello al conector de luz. Solo faltaba secarme el cabello y ponerme el camisón que había elegido especialmente para esta ocasión.

Lo levante sobre mi cabeza, seleccione el botón y…

Fruncí el ceño, lo intente de nuevo, pero la cosa hizo un ruido extraño y ni siquiera encendió.

—¿Es en serio? —gruñí entre dientes. Intente agacharme de nuevo para comprobar la conexión a la electricidad, pero gire demasiado rápido y me golpeé la cadera contra el granito del lavamanos.

Gemí adolorida.

—Mierda. Mierda. Mierda.

Desenganche el conecto de luz y deje de lado el secador. Aquello era causa perdida.

Solo yo quería tener una noche sexy y terminaba con el secador descompuesto y un moretón en la cadera. Abrí la toalla para poder ver el daño. Ya sé podía ver mi piel rojiza.

Intente caminar de nuevo a la habitación.

Me detuve al lado de la bañera y tomé mi neceser de baño. Había olvidado meter las cuchillas de afeitar. Las seque sobre la toalla y las metí sobre el neceser.

—¡Mierda! —chille al sentir una de las navajas cortar la piel de mi dedo.

La sangre comenzó a aglomerarse sobre mi mano.

—¿Bella? —pregunto Edward del otro lado de la puerta.

Apreté los dientes para no dejar salir un alarido de dolor.

Deje el neceser sobre la mesita y respire profundo. En serio, solo estas cosas me pasan a mí.

Edward insistió de nuevo, esta vez toco la puerta con suaves toques.

Me acerque a la puerta y le quite el seguro.

Asome solo la cabeza.

—¿Uh? —lo descubrí del otro lado con una mirada preocupada.

—Escuche un golpe y luego te oí maldecir. ¿Estás bien?

Cabeceé.

—Me hice un poco de daño dentro del baño.

Empujo su mano contra la puerta.

—Déjame pasar.

—No. —gimoteé obstinada.

—Bella. —advirtió.

Me rendí. Aparte mi cuerpo lejos de la puerta para que pudiera entrar al baño. Su cuerpo delgado entro seguido del mio. Examino el secador tirado en el suelo, el neceser en la mesita con manchas de sangre y luego a mí.

Estaba apoyada en un pie, aun me dolía la cadera por el golpe contra el lavamanos y tenía mi mano apresada contra mi pecho.

Torció los labios.

—Ven aquí. —me guio hasta el retrete y me hizo sentarme. Se puso en medio de mis rodillas— Enséñame.

Se refería a mi mano.

Poco a poco la aleje de mi pecho y la extendí. La agarro entre sus dedos y la subió al nivel de sus ojos para examinar la herida.

La dejo en mi regazó y avanzo hacia el lavamanos. Abrió una de las puertas bajas y saco un kit de emergencias.

—¿Cómo lo sabias?

Me guiño un ojo.

—Marie siempre los ponía allí.

Me reí ligeramente.

Abrió el kit sobre el piso. Busco alcohol, algodón y un curita.

—Soy un desastre. Se supone que te daría una sorpresa y terminamos aquí. Tú curándome y yo sangrando.

Unas pocas arrugas se hicieron notar en las esquinas de sus ojos.

—¿Qué es tan divertido?

Negó leventemente en tanto comenzaba a limpiar mi dedo con un algodón.

Siseé por el escozor del alcohol.

—Siempre fuiste torpe.

Me encogí de un hombro.

—Logre mejorarlo con los años.

Edward se inclinó y soplo sobre mi dedo ahora limpio de sangre. Saco el curita, le quito el papel y la puso con cuidado.

—Hasta que te encuentras con un secador o una cuchilla. —se rio.

Le di un manotazo en el hombro.

—No es divertido.

Beso mi dedo enrollado en la curita.

—No, no lo es cuando te lastimas.

Suspire con pesar.

—Soy terrible para las sorpresas.

Sus hombros se agitaron cuando comenzó a reírse abiertamente. Admire como sus ojos verdes se entrecerraron y como en su barbilla apareció ese hoyuelo que hacia me entraran ganas de besarlo.

—Lo sé. —me ayudo a ponerme de pie— ¿Qué tal si traigo la cena a la cama?

Puso las manos en mi cadera para sostener la mayor parte de mi peso. Me apoye contra su pecho mientras nos guiaba a la cama.

—Quería que fuera una noche especial. —repuse.

Beso mi sien desde atrás.

—Aún puede ser una noche especia desde la cama.

Me mordí el labio inferior.

—Quería llegar a la cama, pero después de la cena.

Nos quedamos estáticos a menos de un metro de la cama. Espere su reacción. Quizás mi torpeza había enfriado las cosas. Sus manos subieron de mi cadera a mi cintura, regalándole a mi piel suaves caricias. La cercanía me hizo estremecer.

—Cenemos. —susurro con voz ronca.

Su barbilla se recargo sobre mi hombro. Me gire y deje un beso en la comisura de sus labios. El beso no acabo allí.

Me gire poco a poco hasta que quedamos frente a frente. Mis manos buscaron sus hombros hasta que mis brazos terminaron alrededor de su cuello. Mis dedos apresaron su cabello cobrizo.

El beso no hizo más que subir y subir y subir hasta que su lengua pidió acceso a mi boca con una suave caricia en mi labio inferior. Le permití el acceso. Su boca saqueo la mía, como si me estuviera haciendo el amor. Sus dientes mordisqueaban y su lengua me proclamaba.

Mi pecho contra su pecho con nuestros corazones coordinados era lo único que me mantenía anclada al suelo. Me removí inquieta contra su cuerpo cuando sentí la caricia de mis pezones contra la tela rígida de la toalla. Me olvide del desastre del baño, de la secadora descompuesta, el golpe contra la encimera y el corte en mi dedo.

Gemí contra su boca.

Simplemente necesitaba más.

La toalla envolviendo mi cuerpo cayó al suelo en un ruido sordo que rompió con nuestras respiraciones agitadas.

Ya está.

Estaba desnuda.

Edward ni siquiera se movió, sin embargo sus ojos buscaron los míos.

—No tenemos que hacer esto. —dijo a pesar de su voz ronca y sus ojos con un tinte más oscuro— Si no estás lista…

—Lo estoy. —respondí simplemente.

Sus manos acariciaron la piel desnuda de mi cadera. Sus ojos siguieron el movimiento de sus manos. Un segundo después, ya estaba de rodillas enfrente de mí.

Lo mire desde mi posición.

Acaricio con la punta de sus dedos el golpe en mi cadera, luego, inclino la cabeza y dejo un beso húmedo sobre la piel mallugada.

Aquello me hizo cerrar los ojos.

Los besos siguieron bajando. Paso la nariz sobre mi pubis e inhalo profundamente.

Mi coño se apretó.

Necesitado.

—Quiero probarte.

Tragué.

Nunca había dejado que James me practicara sexo oral, de alguna manera me dije a mi misma que no me sentía cómoda. Mentí. Era algo demasiado íntimo, una parte de mí que nunca estuve dispuesta a darle a nadie más que a Edward. El solo pensamiento de tener su boca entre mis piernas ya me hacía mojarme.

Asentí.

Me cogió en brazos.

Mis piernas enredadas sobre sus caderas, mientras me levantaba en vilo. Sus manos sobre mi trasero y mi pecho a la altura de sus ojos.

Mis senos revolotearon sobre su rostro.

Me dio una mirada, antes de dejar un beso firme sobre mi piel, justo donde mi corazón retumbaba bajo mi piel a punto de un colapso.

La tela fresca de la ropa de cama hizo a mi piel estremecer cuando me dejo sobre la cama. Mi trasero apenas tocaba el límite del colchón, lo que dejaba a mis piernas en el aire.

Sus dedos acariciaron desde mis tobillos hasta mis muslos. Ajusto el agarre y me atrajo hacia él.

Puso mis piernas sobre mis hombros y…

—¡Dios! —arqueé la espalda cuando su lengua hizo contacto con mi coño. Lamio mis labios, como si besara mi boca. Luego soplo. Beso y soplo. Hasta que me abrí como una flor. Mis piernas se aflojaron hasta que apenas colgaban de sus hombros.

Me aferre a su cabello cuando su lengua se arremolino alrededor de mi clítoris. Se sintió como una corriente eléctrica, como fuego en mi sistema.

—Deliciosa. —resoplo por lo bajo.

Su mano subió entre mi muslo y su rostro. Introdujo dos dedos en mi canal y comenzó a moverlos a la par de su lengua.

Jadeé.

Gimoteé.

Puse una mano sobre mi boca para tratar de acallar los sonidos que salían de mi garganta. Dios…

Mis caderas se arquearon, pero él no permitió que me alejara. Siguió y siguió. Poseyéndolo todo a su paso.

—Ed… Edward. —su nombre entrecortado salió de mi garganta cuando mi bajo vientre comenzó a hormiguear. La pesada sensación me hizo aferrarme a sus hombros. Mis uñas se enterraron contra su piel, pero poco importo.

El orgasmo destruyo todo a su paso. Mi cuerpo exploto en millones de puntillos eléctricos, sacudiendo mi cuerpo en violentos espasmos. Casi fue demasiado para poder soportarlo.

Edward levanto la cabeza y miró con ojos oscuros como me corría.

Se lamio la comisura de los labios y me sonrió.

Deje salir una risita tonta.

Subió sobre mi cuerpo, escalando desde mis caderas hasta mi abdomen, al borde de mis senos, mis pezones. Sus labios se prendieron alrededor de el, primero besando, luego mordiendo y succionando.

—¡Ah!

Uso una de sus manos libres para llevarme más arriba en la cama. Mi cuerpo reboto cuando me dejo de un simple movimiento en el centro.

Se levantó sobre sus rodillas y se quitó la camisa de un tirón.

Edward nunca fue excesivamente musculoso, era alto, atlético, con músculos definidos en los lugares correctos. Me llamó la atención una marca sobre su pecho, pero evite mencionarlo cuando una de sus manos comenzó a frotarme el coño de nuevo.

Lo necesitaba.

Cerré mis muslos, tratando de encontrar el tipo de liberación que mi cuerpo necesitaba. Sabía que no podría correrme si no era su polla la que me llenara.

—Por favor…

—Bella. —su voz sonó suplicante. Siempre fue así durante el sexo. Se aseguraba que yo disfrutara mucho más que él, pero ya no éramos los adolescentes de hace cinco años. Lo quería a él y solo a él.

Crudo y sin barreras.

—Ahora. —demande.

Lo jale de la pretina de sus pantalones cortos y lo hice caer sobre mí.

Subí las manos a su cuello, apresándolo contra mí. Me aferré a él como si no pudiera acercarme lo suficiente.

Enganche uno de mis pies a su pantalón corto.

Lo baje por sus piernas.

Seguro éramos un desastre desde afuera, yo desnuda y él en pantalones cortos sobre mí. Mi cabello humado goteaba sobre la cama, las colchas de bajo de nosotros eran un desastre. No me importaba en absoluto.

Lo necesitaba como el aire para respirar.

A este hombre de carne y hueso. Imperfecto y llenó de secretos, pero que podía hacer caer a mis barreras con solo mirarme a los ojos. Siempre pensé que nuestro amor había muerto el mismo día que me dejo, solo para darme cuenta que estaba allí, justo en el borde, listo para saltar de nuevo hacia la vida como un ave fénix.

No importa de qué estamos hechos, pertenecemos juntos.

Sus pantalones cortos salieron volando a alguna parte de la habitación. No me importo. Saboreé sentir piel contra piel. Pase mis manos desde sus muslos hasta su trasero y luego su espalda.

Gruño entre dientes.

—Te he extrañado por los últimos cinco años. —susurre, no sé de dónde vino eso, pero simplemente lo dije. Porque era verdad. Mi corazón, mi alma y mi cuerpo. Toda yo siempre le pertenecimos.

Enredo sus dedos entre mi cabello. Me beso, tan fuerte y voraz que casi me hace correrme.

—Cada día. Cada cosa que he hecho, es por ti. —me miró a través de sus ojos, directo hacia mi alma— Soy un hijo de puta por estar aquí después de todo lo que te hice, pero si algo es verdad… es que el infierno lo conocí cuando no te tuve a mi lado. Eres mía, Bella.

Abrí mis piernas hasta que no pude más. Ancle mis pies por detrás de su espalda, uno sobre otro. Sus caderas encajaron entre las mías. Su polla se alojo entre mis pliegues.

La sensación de su glande acariciando mi clítoris me hizo gritar. Gire el rostro y mordí su bíceps.

El comenzó a moverse contra mí, follandome en seco sin penetrarme. Sus dientes mordisquearon la piel de mi cuello, probando y succionando. Aquello dejaría una marca, pero no podía importarme menos.

Ansiosa, baje una mano y cogí su polla en mi mano. La guie directamente hacia donde quería. Gimió contra mi cuello y me embistió.

Sin una maldita berrera.

Ambos lo sabíamos. No queríamos nada entre nosotros dos. No lo necesitábamos. No quería admitirlo, pero lo añoraba. Mis entrañas añoraban salvaguardar una parte de mí y de él de nuevo.

Quizás por eso finalmente no dije nada.

Mi excitación no hacía más que aumentar al par de la suya. Mi cuello se arqueo y no pude soportar un segundo más, mis pies cayeron al lateral de sus caderas mientras comenzaba a levantar las caderas para encontrarme con sus embestidas.

Edward bajo la cabeza para succionar uno de mis pezones, mientras una de sus manos serpenteaba entre nosotros hasta mi coño. Estimulo mi clítoris. Sus caderas siguieron embistiendo. Mordió mi pezón y luego lo succiono con fuerza.

Una y otra vez.

Estimulo.

Embestida.

Succión.

Lloriqueé sobre su hombro.

Era demasiado, cada uno de mis sentidos estaba completamente llenó de él. Su sabor, su olor, su respiración agitada, su piel contra mi piel, su polla enterrada profundamente en mi coño.

Su respiración caliente barría contra mi piel cada vez que sus caderas se zambullían entre las mías.

Aferro mis manos entre una de las suyas. Mi pecho se levantaba con cada jadeó y resoplido.

Mi bajo vientre comenzó a hormiguear de nuevo. La electricidad hizo que los dedos de mis pies se retorcieran. Todo mi cuerpo entro en tensión, preparándose para lo que venía.

Mi clítoris latió entre sus dedos, listo y deseoso.

Se las arregló para sacar la mano, apresarme completamente y acariciarme el clítoris con su pubis.

Mis ojos rodaron dentro de mi cabeza y el orgasmo me golpeo, demoliendo todo a su paso. Seguí moviendo las caderas de arriba y abajo, tratando de alargar la sensación. Mi coño se aferró a su polla. Mis paredes pulsaron una y otra vez a su alrededor.

—Bella. Mi Bella. —susurro entre jadeos.

Todo su cuerpo entro en tensión.

Levanto el rostro y soltó un gruñido desde el fondo de su pecho, la vibración viajo desde mi pecho hasta mi coño, alargando mi placer. Se corrió. La presión se hizo más intensa, su grande estimulo el lugar correcto. Y lo hice de nuevo. Me volví a correr. Otra maldita vez.

Su corrida pulso dentro de mí. Su semen inundo mi coño hasta que sentí como nuestra humedad se colaba entre nuestros cuerpos. Directo de donde su polla todavía se alojaba dentro de mi coño.

—Edward. —gemí.

Su cuerpo cayo laxo sobre el mio, pero sin poner todo su peso sobre mi débil cuerpo. Cada uno de mis músculos pulsaban, cada terminación nerviosa prendida en fuego.

Rego besos sobre mis hombros.

—Te amo. —susurro en silencio sobre mi pecho.

No necesitaba palabras para saberlo. Poco a poco libero mis manos, mis muñecas tenían marcas rojizas por la fuerza de su agarre. Las beso también. Tratando de curar la piel lastimada. Use una de mis manos para soltarme y acariciar su cabello.

—Yo también te amo.

Por fin me anime a abrir los ojos. La luz de la habitación me hizo cerrarlos de nuevo, mientras lanzaba risitas risueñas.

Note como Edward sonrió sobre mi piel.

Gemí molesta cuando sentí su cuerpo removerse sobre el mio. Su calor me hizo falta de inmediato. No duro mucho. Lo escuche ir y venir desde el baño. Me anime a abrir los ojos de nuevo, esta vez la luz en mis ojos no me lastimo.

—Apagaste la luz.

Prendió la lamparita de noche.

Me dio una sonrisa adormilada. Tenía las mejillas arreboladas y el pelo más alborotado de lo usual. Siempre había amado su cabello cobrizo.

Agarro del buro un paño con agua en un pequeño contenedor, lo mojo y comenzó a limpiar entre mis piernas.

No me sentí en lo más mínimo avergonzado, sin embargo no pude evitar bromear.

—Eso no es muy sexy.

—Lamento contradecirte. —tomó un frasco de loción, se puso un poco en las manos, las froto y masajeo mis muslos.

Cerré los ojos ante la sensación.

—Lamento si fui demasiado brusco.

Me reí.

—¿Estás hablando en serio? —me gire sobre mi costado sin molestarme en ocultar mi desnudez— Fue perfecto.

Levante una mano y acaricie su rostro. Sus cejas, sus parpados, su perfecta nariz y labios. No pude evitar rememorar su cabeza entre mis piernas. Cerré los músculos y los froté entre sí.

—Pervertida. —me apretó el trasero.

Aferre su cuello con un brazo hasta que lo hice inclinarse. Le robe un beso corto en los labios.

—No soy yo quien sigue manoseándote. —puse morritos.

Palmeo mi trasero.

—¡Oye!

—Vamos, mujer. Bajemos a cenar antes de que esa cena deliciosa que pediste de "La guarigione" se desperdicie.

Deje caer mi cabeza sobre la almohada.

—¿No podemos quedarnos en la cama para siempre?

Su sonrisa creció.

—Primero comemos, luego podemos continuar.

—Engreído.

Sus ojos verdes brillaron felices. Me cogió en brazos y me cargo al estilo novia. Chille por la sorpresa.

—¡Edward!

Camino hasta el armario, lo abrió con el pie y me apunto con la barbilla.

—Coge.

Refunfuñando, agarre un camisón simple. No el que quería para esta noche, porque ese lo usaría en otro momento. Edward apenas me permitió metérmelo sobre la cabeza y me ayudo a acomodarlo en el resto de mi cuerpo. Antes de partir del todo, cogí unos pantalones cortos de pijama para Edward también.

Al menos si Thomas despertaba, no encontraría a sus padres desnudos.

—¿Y ahora? —pregunte mientras salíamos de la habitación.

—Nos espera una rica cena Italiana. Luego, podemos volver a la habitación y no te dejare salir de ella hasta que nuestros hijos despierten por la mañana. ¿Qué te parece?

Deje caer mi cabeza sobre su hombro.

—Me parece perfecto.

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"Jamás creí que podía significar tanto. Tanto. Eres el miedo. No me importa. Porque jamás he estado tan alto. Sígueme a través de la oscuridad. Déjame llevarte más allá de los satélites, puedes ver el mundo que trajiste a la vida. Así que ámame como tú lo haces"

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¡Hola, chicas bonitas! Aquí andamos con todo. Lamento al actualización un poco tarde, pero fue día familiar. Ya saben, sabadito. Entrando de lleno al capítulo nos encontramos con una escena hermosa de Edward y Thomas jugando en el campo mientras Bella mira con Max en los brazos. ¿No es hermoso? ¡Me derrito! Amo verlos en modo familia, después nos vamos a una noche completamente familiar entre nuestros tortolitos y los bebecitos hasta la esperada noche donde nuestra Bella y Edward se dan mucho amor. ¡Les dije que prepararan las duchas frías! Advertidas estaban. Ame muchísimo este capítulo. Escribirlo y editarlo me ha hecho pasar puros buenos momentos. ¡Muchas gracias por estar aquí una vez más! Las invito a pasarse al siguiente capítulo ya que hay actualización doble. ¡Gracias! Les mando besos a la distancia y muchas buenas vibras. Excelente fin de semana.

Las leo en sus reviews siempre y no lo olviden: #DejarUnReviewNoCuestaNada.

Ariam. R.


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