Rurouni Kenshin y todos sus personajes pertenecen a Nobuhiro Watsuki y Shueisha.

1

Misao refunfuñó mientras Okon anudaba el obi a su espalda.

—Compórtate como una señorita, Misao.

—Odio los kimonos.

—No seas niña.

La pequeña Okashira se giró poniendo morros y ojitos de corderito.

—Eso no funciona conmigo —replicó Okon apretando el nudo sin piedad hasta casi cortarle la respiración—. Así que déjate de caritas suplicantes.

—No es justo...

—Yo no soy ninguno de los chicos, soy inmune a tu carita de niña buena.

La Comadreja bufó resignada. Estaba muy nerviosa y la incomodidad que le provocaba el kimono no la ayudaba a calmarse.

—¿Estás preocupada por lo que diga el vejestorio?

—Un poco —admitió. Allí nadie soportaba a aquel hombre mezquino—. No entiendo por qué, de repente, quiere hablar conmigo.

—El poder —replicó Okon acabando de adecentarla—. Seas consciente o no, eres poderosa y el poder atrae a los hombres como el fuego a una polilla.

Misao frunció el ceño, poderosa ¿ella? Si lo más emocionante que hacía era cocinar y servir mesas sin prenderle fuego al Aoi-ya. Okon le propinó una colleja.

—Eres la Okashira, idiota, ¿o es que lo has olvidado?

—No, pero...

—Aoshi se enfadaría si te viese dudar tanto.

Se frotó la nuca distraída, no se sentía nada poderosa, aunque Okon tenía razón, el Okashira tenía el poder sobre el resto de los shinobi del clan.

—Dime, Okon ¿crees que soy una buena Okashira?

—Tienes tus propios métodos, no sigues ninguna regla y eres un caos —soltó encarándola—. Pero eres justa, compresiva y capaz. Así que sal ahí y aplasta a ese vejestorio pervertido, ¿de acuerdo?

Misao asintió con una sonrisa, llena de energía de nuevo. Aoshi tendía a suavizar las cosas cuando hablaba con ella, Okon, en cambio, era más directa y clara y eso la hacía sentir reconfortada.

Acompañada de su compañera recorrió la distancia que separaba su habitación de la sala de reuniones del asentamiento de Kyôto. Su amiga se arrodilló y deslizó el shoji permitiendo la entrada de la Okashira. Misao siempre se sentía incómoda con aquello, para ella sus compañeros del Aoi-ya eran iguales, no soportaba que se arrodillasen en su presencia cuando había una reunión.

Ahogando un suspiro, que habría quedado fuera de lugar, caminó, como flotando, hasta el cojín de seda roja que, tiempo atrás, había pertenecido a Aoshi y que ahora le pertenecía a ella. Su tutor la miró con un brillo diferente en los ojos, últimamente siempre la miraba de aquel modo extraño e indescifrable que Misao era incapaz de comprender.

Tomó asiento con elegancia y el hombre frente a ellos le dedicó una educada reverencia.

—Bienvenido a Aoi-ya, Itsuka-san.

—Okashira.

La mirada de aquel hombre se había desviado a Aoshi, la palabra Okashira iba dirigida a él y no a ella. El muy maldito, ya estaba otra vez ninguneándola, si no tuviese que hacer el papelito de persona madura, impasible e inalterable le habría lanzado todos los kunai del Aoi-ya, y puede que los shuriken también.

Miró de reojo a su tutor, allí inmóvil, como una bella estatua que respira y sintió que su cuerpo se relajaba. No iba a permitir que aquel imbécil la pusiese en evidencia.

—¿Con qué motivo me ha convocado? —preguntó tajante, pero cordial.

—Como bien sabrá, Okashira —pronunció y de nuevo su mirada se clavaba en la impasible de Aoshi—, los tiempos están cambiando a pasos agigantados. Hoy en día las necesidades de la sociedad en la que vivimos nos relegan a un plano totalmente secundario.

»Los ninja ya no somos tan necesarios como lo éramos antes y eso nos convierte en algo que está condenado a desaparecer.

Y dicho esto dibujó una sonrisa torcida, los rostros de Okina y Aoshi permanecieron inexpresivos. Misao tragándose las ganas de lanzarle algo a la cabeza, clavó sus ojos verdes en los negros de aquel hombre frente a ella, si había ido hasta allí sólo para eso podría habérselo ahorrado y haberle enviado una carta.

—Que los tiempos y las necesidades cambien no nos condena a la extinción —rebatió Misao.

—Esa afirmación es muy inocente de su parte, Okashira.

Se tragó al replica, le había faltado al respeto de un modo lo suficientemente educado como para impedirle echárselo en cara. Le estaba provocando, Misao era totalmente consciente de ello y por eso se contuvo.

—El Oniwaban-shû siempre se ha caracterizado por su capacidad para adaptarse y superar todos los retos a los que ha debido enfrentarse.

Aoshi la miró de reojo, satisfecho y orgulloso, su actitud era perfecta. Le maravillaba cómo aquella muchacha alocada e impulsiva era capaz de cambiar su actitud para convertirse en una auténtica Okashira.

—Aunque nos adaptemos, eso no soluciona el problema base.

—¿Cuál es ese problema base al que hace referencia? —preguntó Misao con seriedad.

—El Oniwaban-shû está condenado porque no hay nadie para sacarlo adelante.

—No le comprendo —musitó Misao mirando al anciano de ojos negros y crueles, cómo demonios no iba a haber nadie para sacarlo adelante si había tantos guerreros en activo.

—Lo que está diciendo, Okashira, es que en el Oniwaban-shû hace mucho que no entra sangre nueva —apuntó Okina dando un énfasis especial a "sangre nueva" que Misao no supo descifrar.

—Bueno, podríamos reclutar a gente nueva —replicó la joven Okashira reprimiendo las ganas de aflojarse el obi del kimono y chillar—. Ya se ha hecho otras veces.

—Sí, eso es cierto. Pero los tiempos están cambiando, la juventud ya no desea convertirse en ninja. Hemos perdido nuestro encanto de antaño. Los ninjas estamos condenados a evaporarnos entre las sombras, ya no se nos necesita como antes —pronunció Itsuka con la mirada fija en los ojos verdes de Misao que sentía que, si volvía a repetir el discurso de los tiempos y las sombras, iba a acabársele la paciencia y le patearía el trasero—. Estamos en un período de paz, ahora quienes presentan batalla son los ejércitos y estos ya no requieren nuestros servicios, tienen sus propios sistemas de espionaje.

»Somos sombras que se pierden en el tiempo, es así y cuanto antes lo asuma mejor.

—Eso no es cierto —protestó—. Nosotros somos un clan ninja activo, tenemos suficiente trabajo para mantenernos al pie del cañón, de hecho, si cerrásemos el Aoi-ya tendríamos suficientes fondos para seguir viviendo gracias a nuestro trabajo de espionaje.

Itsuka Goro asintió con una mirada sombría, había esperado una defensa apasionada por parte del antiguo Okashira y del viejo Okina y en cambio le presentaba batalla la mocosa que se había autoproclamado Okashira, eso le hacía sentir sumamente decepcionado.

—Bien, eso es cierto, pero vuestra solvencia no soluciona el principal problema. No hay sangre joven. Y, sobre todo, no hay un heredero.

Misao abrió la boca para preguntar a qué demonios se refería con lo del heredero, pero volvió a cerrarla. Seguramente era una de esas cosas que nadie se había molestado en explicarle y que la harían quedar como una idiota delante de aquel vejestorio desagradable.

—Eso tiene fácil solución —soltó alzando la barbilla.

Sintió como el ambiente de aquella pequeña reunión cambiaba radicalmente, Okina y Aoshi se habían puesto tensos e Itsuka parecía furioso con ella.

«¡Oh, mierda! Ya he dicho algo que no debía» pensó sintiéndose idiota y desdichada a partes iguales. Un momento, no era culpa suya, era culpa de su abuelo y de su tutor por no explicarle las cosas y esperar que por inspiración divina llegasen a su cerebro.

—En ese caso, me gustará verlo, pero ya sabe cómo funcionan las cosas, tiene que contar con el visto bueno de todo el clan.

—Por supuesto.

—Muy bien. —Itsuka le dedicó una sonrisa torcida—. Me gustará ver a su heredero, Okashira —finalizó con cierta sorna en su voz, dedicándole por primera vez el título de Okashira.

El anciano se levantó y abandonó la sala de reuniones envuelto en un aura siniestra, sus pasos se perdieron por el pasillo. ¿Qué demonios había sido eso? ¿Esperaba realmente que fracasase en la labor de reclutar a gente nueva? ¿Tan estúpida e incapaz la consideraba? ¿En serio? Como si no lo hubiese hecho antes.

—¿Es que has perdido la razón? —exclamó Okina cuyas manos se cerraron en torno a sus hombros y la zarandeó.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—¿Sabes a qué cojones te has ofrecido?

La muchacha trató de contestar, pero empezaba a marearse con tanto zarandeo. No entendía nada. ¡Oh, joder! Estaba furioso. Esta vez parecía dispuesto a matarla.

Las manos de Aoshi se cerraron en torno a las muñecas del viejo Okina obligándole a soltarla, la sostuvo con cariño hasta que se le hubo pasado el mareo y entonces le habló:

—Misao, le has dicho que tendrás un heredero.

—¿Ah? ¿Qué? ¡No! Yo no he dicho eso, he dicho que tenía fácil solución.

—Eres la Okashira, tonta, el heredero tienes que darlo tú —espetó Okina temblando.

—¿¡Qué!? ¿Y por qué demonios no me has avisado?

—¡Porque eres la Okashira! ¡No puedo interrumpirte!

—¡Pues haberme atizado con el cojín en la cabeza!

—¡Agredir al Okashira es una condena a muerte!

—Basta —siseó Aoshi tratando de calmar el ambiente, que esos dos discutieran no iba a solucionar nada—. No tienes que hacerlo, Misao. El Oniwaban-shû desaparecerá, pero el Aoi-ya seguirá.

La joven ninja miró a su tutor con dolor. Ella no quería que el Oniwaban-shû desapareciera, no por ella ni por el resto de sus compañeros, no quería que desapareciera por Aoshi. Ese clan lo significaba todo para él, lo había entregado prácticamente todo por él y no era justo.

Muy bien. Vale. De acuerdo. A hacer puñetas todo. Decisión tomada.

—Pues lo haré —declaró con la determinación brillando en sus ojos.

—Necesitarás un marido —le lanzó Okina con seriedad.

—Pues me buscaré uno —bufó empecinada.

—Pero no puede ser uno cualquiera, tiene que aprobarlo el clan por mayoría.

—¡No fastidies! —se lamentó Misao.

Estaba dispuesta a ceder en eso de casarse sin amor, de hecho, tenía un candidato, eran amigos, él la quería y ella sentía algo por él; no le amaba, pero le gustaba lo suficiente como para ser capaz de tragarse el orgullo y hacerlo.

—Supongo que entiendes que tendría que ser un ninja, alguien del clan, alguien que cuente con el beneplácito de todos.

La comadreja miró estupefacta a su abuelo, eso lo complicaba todo.

De nuevo un coro de ancianos en paños menores empezaron a hacerle gestos sexys tratando de seducirla en su propia cabeza. ¡Kami! Todavía acabaría casada con un viejo verde y siendo una desgraciada. Un escalofrío la recorrió, sacudió la cabeza y las manos para hacerlos huir.

¡Un momento! También estaban Shiro y Kuro ¡claro! Ellos eran jóvenes, pero... si se casase con Shiro Omasu no se lo perdonaría en la vida y era más que probable que la matase de la manera más cruel y violenta posible. En cuanto a Kuro, era Kuro, no podía pensar en él como nada más que un hermano mayor grandullón y encantadoramente torpe.

—Siempre podéis casaros vosotros dos —dejó caer el anciano como si nada.

Misao abrió los ojos desmesuradamente, miró a su abuelo, que evidentemente había perdido la poca cordura que tenía, y después giró lentamente a mirar a Aoshi que permanecía impertérrito. ¡Oh, Kami! Ni siquiera había reaccionado, como si no le hubieran dicho nada, seguro que si le hubiesen ofrecido un té habría respondido con más entusiasmo.

—Ya sé que es muy pesada, algo tonta y muy grosera, pero...

—¡Oye! —gruñó ofendida tironeando del endiablo obi que parecía haberse estrechado sobre su cintura sin previo aviso para asfixiarla—. ¡No soy tonta!

—Pero pesada y grosera sí, ¿no? —soltó el anciano haciendo el signo de la victoria con sus artríticos dedos.

—¡Serás...!

Misao se puso en pie de un brinco dispuesta estrangular a su abuelo, Aoshi cazó el extremo del obi que, a base de tirones, había logrado desabrocharse y que amenazaba con aflojarse del todo y dejar caer el kimono al suelo y tiró de él logrando que Misao girara sobre sí misma, cual peonza, un par de veces hasta perder el equilibrio y acabar ridículamente sentada sobre el regazo de su tutor-amor de su vida.

—Basta, no eres ni tonta ni pesada —siseó Aoshi negándose a pronunciarse sobre el calificativo de "grosera", porque lo era, y podía serlo mucho.

—Pero grosera sí —canturreó el viejo.

—Nenji —dijo con semejante tono gélido que el anciano se estremeció de pies a cabeza sin remedio.

Las manos de Aoshi ataron un nudo flojo e improvisado en aquel obi huidizo y después la hizo moverse para que se sentara frente a él, como cuando era una niña y trataba de hacerla cambiar de opinión, cosa que lograba en tan pocas ocasiones que era un mero dato anecdótico.

—Misao, no sacrifiques tu futuro por algo que está condenado a desaparecer desde el primer año de Meiji.

—¡Ni hablar! —exclamó estampando las manos en el suelo y acercando su rostro ofendido al del ninja, el kimono entreabierto dejó ver el vendaje que le cubría los pechos, Aoshi desvió su mirada azul a la cara del viejo que parecía estarse divirtiendo de lo lindo con aquella situación—. No pienso dejar morir el Oniwaban-shû porque un vejestorio amargado piense que puede burlarse de mí por ser una mujer.

—Angelito, un poco amargado está, pero no es tan viejo, pobre Aoshi, qué cosas le dices.

Con una venita palpitándole en la frente, la más joven del Oniwaban-shû, se giró lentamente hasta ver a su anciano benefactor con la ira brillando en sus ojos verdes.

—¡Tómatelo en serio!

Y por segunda vez consecutiva se estremeció de los pies a la cabeza, se llevó las manos al pecho con lágrimas de cocodrilo en los ojos ¡su pobre y anciano corazón ya no estaba para esos sustos!

—Encontraré un marido que le guste a ese tipo odioso.

—Aoshi le gusta, puedes casarte con él.

Misao miró intensamente al anciano, ahora que la ira se había evaporado ya no daba miedo.

—No —soltó con vehemencia.

—¿No? —inquirió Okina mirando por encima del hombro de su nieta como la cara del ninja perdía el color.

—Ya me has oído. No.

La joven cruzó los brazos sobre el pecho con el ceño fruncido tratando de ocultar el motivo por el que decía que no. Estaba dispuesta a casarse con alguien que no la amase, a sacrificar sus sentimientos por el bien de su amado clan, a condenarse a una vida sin amor sólo por cumplir; pero no estaba dispuesta a casarse con el hombre al que amaba sin que él la amase.

No quería condenar a su amado a quedar atado a ella, a privarle de dar con una mujer que lograra fundir el hielo tras el que se ocultaba su corazón de ninja, una mujer que triunfara allí donde ella había fracasado estrepitosamente.

Se puso en pie con el kimono flojo y el extremo del obi casi arrastrando por el suelo.

—Lo conseguiré —rezongó con un aura encendida de determinación rodeándola.

Y dicho esto abandonó la sala de reuniones remangándose los bajos del kimono de un modo nada femenino ni elegante, pero curiosamente atractivo.

—Es idiota —bufó Okina.

—No lo es —replicó Aoshi antes de seguir los pasos de su protegida.

—Y tú también lo eres.

Par de idiotas.

El anciano negó con la cabeza recordando una surrealista conversación acontecida un año atrás:

Se había encerrado a primera hora de la mañana esquivando sus quehaceres en el hostal, porque estaba cansado, no tenía ganas de hacer nada. Y si asomaba su anciana cabeza por el restaurante su amada nietecita le pondría a trabajar sin piedad.

Unos golpecitos en la puerta hicieron saltar su corazón con terror, sintió el ki de la persona que había al otro lado y se relajó, él no le obligaría a trabajar, al menos eso esperaba.

Okina.

Adelante.

El imponente ex-Okashira cruzó la puerta del pequeño despacho en el que el anciano se encerraba cuando fingía hacer cosas de provecho y trabajar.

¿Qué ocurre?

Le contestó el silencio, aquel hombre y su desesperante falta de palabras. Okina frunció el ceño, Aoshi estaba todavía más raro de lo que era habitual en él y eso daba bastante miedo, porque era bastante impredecible en ese sentido.

Me preocupa.

El anciano estuvo a punto de lanzarle el tintero a la cabeza. Muy bien, le preocupaba algo, fantástico, muy interesante... lástima que él no pudiese leer la mente de la gente, porque entonces podría saber qué demonios podía preocupar a semejante ninja idiota.

Ajá —soltó esperando que captase el "no soy adivino, idiota" que encerraba.

Misao.

¿Te preocupa Misao?

Aoshi asintió a aquella pregunta. ¡Oh, Kami! Podría apiadarse de él y darle un poco más de información, que él ya era un pobre ancianito a las puertas de la muerte, pero ya se veía batallando para arrancarle las jodidas palabras de su maldita garganta.

¿Y por qué te preocupa?

Su edad.

Veintiún años no era una edad por la que preocuparse especialmente. Era una edad para hacer locuras, pero estaba seguro de que, Misao, ya las había hecho todas, había tenido una amplia franja de edad para hacerlo viajando por todo el jodido país en busca de aquel idiota. De hecho, Misao, era la persona por la que menos debería preocuparse ya que era perfectamente capaz de cuidarse ella solita y enfrentarse a lo que fuese.

Bueno, bueno —soltó meneando la mano con gracia—, todos crecemos, es ley de vida.

No es eso.

Okina frenó sus ganas de darse cabezazos contra la mesa para noquearse a sí mismo y librarse así de aquella tortura estúpida. Cada día le sacaba más y más de sus casillas el tener que mantener una conversación con él. Aoshi siempre había sido parco en palabras y muy celoso de su intimidad, todos sus instructores se habían encargado de modelarle así, incluido él.

No está casada.

No, no lo está —reafirmó el anciano con un punto de desesperación en la voz—. ¿Eso es lo que te preocupa? ¿Que no se haya casado?

Por un instante, Okina, juraría haber visto un destello de agonía en aquellos ojos azules y fríos.

¿Quieres buscarle marido? ¿Quieres que se lo busque yo?

Y tras formular aquella pregunta por primera vez, desde que era sólo un niño empezando su aprendizaje de ninja, Okina, logró leer su expresión. Boqueó tontamente sintiendo que el mundo entero giraba sobre sí mismo al recibir aquel golpe directo de realidad.

¡No me digas! —exclamó medio mareado por aquella revelación—. ¡Te has enamorado de ella!

Antes de lograr una confirmación verbal el ninja se esfumó como si nunca hubiese estado allí plantado con su parquedad de palabras y su halo de misterio.

Okina asintió, solo en la sala de reuniones, tras la fuga de su nietecita y el mutis de Aoshi. Oh, sí, aquella revelación había sido muy chocante y ahora que ya había superado el duro golpe y querido ayudar le surgía una enemiga sorprendente.

Había creído que se volvería loca de alegría al darle la opción de casarse con Aoshi, la negativa le había roto todos los esquemas. Y al parecer también había roto algo dentro de Aoshi ¡se había puesto tan pálido que parecía que iba a desmayarse! ¿Debería explicarle lo que sentía Misao por él? Se mesó la barba con los ojos cerrados, ¡al diablo! Un poco de sufrimiento le iría bien a aquel imbécil. Misao había padecido durante todos aquellos años, era justicia poética, así que por el momento guardaría silencio y dejaría las cosas tal y como estaban.

El aura de determinación de Misao se colaba por todas las rendijas del Aoi-ya, la muchacha que era un derroche de energía andante, se metió en su habitación y se deshizo del kimono sin molestarse en cerrar la puerta. Cuando estaba en aquel estado ninguno de sus compañeros osaba a acercarse a ella por si acaso acababan siendo arrastrados a hacer algo que no quisieran. Lástima que Aoshi no fuera uno de sus temerosos camaradas.

Tan concentrada estaba refunfuñando cosas malsonantes que no se percató de que tenía compañía hasta que lo oyó moverse bruscamente, armando tanto ruido que parecía mentira que aquel hombre fuese el causante. La muchacha abrió los ojos como platos y se tapó tontamente con las manos, lanzó un grito avergonzado y cerró el shoji con fuerza.

—Lo lamento —se disculpó el ninja en mitad del desierto pasillo. ¡Qué demonios! No lo lamentaba, pero no iba a decirle lo contrario—. Volveré más tarde.

Misao deslizó la puerta y asomó la cabeza con las mejillas adorablemente sonrojadas.

—¿Necesita algo?

—Quería hablar contigo.

—De-deme un minuto.

El ninja asintió mirándola de reojo. Ella volvió a cerrar, oyó el frufrú de la tela sobre su piel, para cuando ella volvió a abrir él ya se había recompuesto y su expresión distante volvía a dibujarse en sus rasgos.

—Pase.

Aoshi se adentró en aquella habitación con prudencia. Verla con sus ropajes de siempre le regalaba una sensación de calma.

—Usted dirá.

—Esto es una locura, Misao. Casarte sólo para salvar el Oniwaban-shû y únicamente porque Itsuka lo ha dicho.

—He tomado una decisión —replicó ella—. Además, tengo edad para casarme. Ya le dije que no quiero ser una solterona.

—Aún y así ¿no preferirías casarte con alguien a quien amases?

Las mejillas de Misao volvieron a incendiarse. ¡Claro que lo prefería! ¿Cómo no iba a preferirlo? Llevaba toda la vida soñando con ello, sin embargo, debía asumir que nunca lograría casarse con el hombre al que amaba, al menos no por amor, y si no era por amor no quería casarse con él.

—El hombre al que yo amo —soltó la joven ignorando la punzada de dolor que acababa de sentir el hombre frente a ella—, no me corresponderá jamás, él me ve como a una niña y creo que siempre me verá así.

—Ese hombre debe ser realmente estúpido —pronunció con tono neutro.

—No lo es —contestó ella sonriéndole con ternura—. Simplemente le cuesta asumir que he crecido.

Aoshi enarcó una ceja. Punto número uno de su lista mental: descubrir quién era semejante imbécil y explicarle un par de cositas, a la vieja usanza.

—No quiero que lo hagas.

—No se trata de lo que usted quiera —soltó tratando de sonar amable, porque tenía la sensación de que la vergüenza le hacía hablar como una antipática—. Se trata de lo que debo y quiero hacer.

¡Oh Kami! ¿Y si la desafiase para recuperar el título de Okashira? Así Misao no... así no tendría que hacer aquello que él no quería que hiciese. Sonaba fantástico. Cruel, pero fantástico.

—¿Por qué me mira así? —preguntó incómoda. Aoshi se había ido inclinando hacia delante y su ceño se había fruncido, era lo más parecido a una expresión de enfado que le había visto en muchísimos años.

—Pensaba.

«Pues parecía que quisiera matarme...» pensó la muchacha llevándose la mano al pecho, su corazón palpitaba con fuerza contra sus costillas.

—Quiero que te lo pienses muy bien —dijo desechando la idea de arrebatarle el título—. Tómate, como mínimo, un par de meses. No lo hagas en caliente.

—¿Por qué le importa tanto? —preguntó con sincera curiosidad, jamás habría imaginado que a Aoshi pudiese preocuparle con quién se casase.

Porque la quería, pero no podía decirle eso, no quería complicárselo todavía más.

—Porque no quiero que acabes siendo una desgraciada.

Aoshi abandonó aquella habitación dejando a su joven protegida sentada en el suelo, sin entender nada y sin saber cómo reaccionar a aquello.

º º º

Mientras Misao trataba de ordenar sus ideas el resto cuchicheaba sobre lo ocurrido en aquella reunión. Aunque todos coincidían en que casarse era una buena idea el obstáculo de un pretendiente aprobado por el clan les incomodaba.

—Aoshi no la dejará hacerlo —soltó Okon mordisqueando una galleta—. Da igual a quien elija Misao, le pondrá mil y una pegas para que no se case.

—No creo que le importe con quien se case mientras no deje de ser la Okashira —replicó Shiro.

—Créeme, a Aoshi le importa mucho más de lo que parece.

Misao y Okon eran las dos personas que mejor conocían al antiguo Okashira, junto con Okina, por eso ninguno de ellos solía poner en duda lo que dijesen. Sin embargo, la afirmación de Okon les parecía tan poco lógica que no podían creerla.

—Ese hombre es de hielo, por mucho que la acogiese siendo una niña, no creo que sienta nada especial por ella —musitó Omasu calentándose las manos con la taza de té—. No digo que no la aprecie, pero...

—Pero no la quiere —finalizó Shiro.

Okon soltó un bufido.

—No puedo asegurar que esté enamorado de Misao —les dijo con seriedad—, pero sí que la quiere y que le gusta, aunque sea un poco.

—Okon, ¿seguro que no son tus ganas de que ocurra las que te hacen ver cosas que no existen?

—Os digo que la quiere, conozco a Aoshi, sé cómo mira a las cosas y a las personas que quiere.

—Ojalá tengas razón —siseó Omasu.

—De todos modos —interrumpió Kuro—, Okina me dijo que Misao ha rechazado la opción de casarse con Aoshi.

Los tres Oni alzaron la mirada atónitos, aquello no había llegado a sus oídos.

—¿Que Miso qué?

—Ha rechazado a Aoshi —repitió el ninja.

—¡Imposible! Si el mundo de esa idiota gira entorno a Aoshi —espetó Okon incrédula.

Si Misao se estaba saboteando a sí misma la cosa pintaba mal. Necesitaban un plan para que la vida de su joven compañera no se convirtiera en un infierno.

º º º

Suspiró, acurrucada en su futón sintiéndose miserable dándole vueltas y más vueltas a la idea de casarse. Con quién podría casarse, no conocía a muchos guerreros que pudiesen contar con el favor del cerdo de Itsuka. No sabía a quién podía pedirle ayuda, Aoshi no era una opción, y Okina seguramente seguiría insistiendo para que se casase con Aoshi.

—Maldita sea —refunfuño tapándose con la manta hasta las orejas.

¿A quién recurrir? ¿Conocía a alguien lo suficientemente viejo como para poder ayudarla? Frunció el ceño concentrándose al máximo en toda la gente del clan que conocía...

—¡Oshige-san!

Por supuesto, la vieja doctora del Oniwaban-shû, llevaba en activo tantos años como Okina, por lo que conocía a los shinobi más relevantes e influyentes. Ella la ayudaría, seguro.

Salió de debajo de la manta y abandonó el cuarto sin molestarse en cambiar su yukata por ropa de calle, a esas horas era poco probable que se encontrase a alguien por la calle, y tampoco estaría mucho rato fuera. Con sigilo saltó al tejado del Aoi-ya y después al del edificio más cercano. Hacía frío, su aliento se condensó en una nubecilla. Avanzó con cuidado hasta la casa de la anciana y se coló por una de las ventanas de la planta de arriba. Se quedó inmóvil, aguardando oír algún movimiento, pero no ocurrió.

—Oshige-san, soy Misao —susurró.

—Asaltar la casa de una anciana de madrugada puede ser peligroso, joven Okashira. —La voz de la mujer sonó demasiado cerca de ella, oyó el sonido de un tantô al ser enfundado, Misao no permitió que se le notase que la había asustado—. ¿Qué te trae por mi hogar a estas horas? ¿Hay alguna emergencia médica?

—Ah... no. Yo... necesito su ayuda, Oshige-san.

La doctora la analizó saliendo de entre las sombras de la habitación con la mirada llena de curiosidad.

—Debe de ser muy importante si has venido ataviada con ropas de cama. —Las mejillas de Misao se encendieron—. Pasa, prepararé un poco de té.

Siguió a la anciana hasta la cocina y tomó asiento nerviosa, quizá se había dejado llevar demasiado y debería de haber esperado a que amaneciese, debería pensar más las cosas antes de hacerlas.

—Y bien, Okashira, ¿en qué puede ayudarle esta pobre anciana? —preguntó dejando una humeante taza frente a ella.

—Siento mucho haber venido a estas horas.

—Tranquila, chiquilla, soy vieja, duermo poco.

Misao dibujó una leve sonrisa.

—Necesito un poco de ayuda y creo que usted es la persona más adecuada.

—Te escucho.

—Verá... me preguntaba si podría ayudarme a encontrar a miembros masculinos del clan solteros y que sean bien considerados.

La anciana parpadeó sorprendida, puesto que, a pesar de ser la Okashira, Misao no era el tipo de persona a la que le preocupase la reputación.

—¿Es que ha ocurrido algo, Okashira?

Misao movió las manos nerviosa.

—No, es curiosidad... como Okashira debería saber esas cosas y...

—Eso es algo que podrías preguntarle a Nenji o a Aoshi.

—Sí, lo sé. Pero ellos son hombres y...

—¿Por qué solteros? El estatus civil de un shinobi nunca ha sido importante.

—Bueno yo...

—Entiendo —replicó bebiéndose el té—. Te haré la lista de hombres que deseas y la llevaré mañana al Aoi-ya. Acábese el té y vuelva a la cama joven Okashira.

Había entendido su dilema, aunque no se lo dijese claramente. Misao se bebió el té caliente sintiéndose algo menos miserable.

—Gracias, Oshige-san —susurró poniéndose en pie—. Siento la intromisión nocturna.

—No importa.

La anciana la observó salir por la ventana con la misma agilidad con la que había entrado.

Reputados hombres solteros... Oshige se encogió de hombros, para qué quería esa niña una lista teniendo a Aoshi bajo su propio techo.

Cuando Misao saltó al tejado del edificio adyacente al del Aoi-ya vio a Aoshi con los brazos cruzados, mirándola serio. Se quedó quieta, dudando, ¿estaba enfadado? Saltó a su lado tiritando de frío, pensando en lo conveniente que hubiera sido coger un haori antes de salir, él la observó.

—Buenas noches, Aoshi-sama.

—¿Dónde has estado?

—No podía dormir —siseó sorprendida por la pregunta de su tutor.

—No deberías pasearte de madrugada en yukata y sin nada con lo que abrigarte.

Entonces no estaba enfadado con ella por haber salido sola de madrugada y sin decir nada, sólo estaba molesto por que no se había abrigado. Era un poco estúpido, pero se sintió más relajada.

—Tiene razón, así que voy a volver a la cama y a meterme debajo de la manta.

—Misao. —La muchacha le miró con atención—. Buenas noches.

Misao se limitó a pasar por su lado y saltar al interior del edificio. Aoshi suspiró decepcionado solo en el tejado, no había sido capaz de pedirle a Misao que se casase con él.

La joven Okashira se arrebujó con la manta y trató de dormir en vano. Cada vez que cerraba los ojos y parecía que se sumiría en el mundo onírico un ninja sin rostro se dibujaba tras sus párpados para exigirle que fuese su esposa. Renunció a dormir, prendió su lámpara de aceite y pasó lo que restaba de noche leyendo.

Cuando salió de su cuarto el desayuno ya estaba servido y Oshige la esperaba sorbiendo té. Misao le pidió que la acompañase al despacho y encargó a Omasu que les llevase té y algo para comer.

—Gracias por venir Oshige-san.

—No me lo agradezcas, parecía importante así que te he traído esto —musitó la anciana tendiéndole un papel pulcramente doblado que Misao tomó al instante—. No hay muchos hombres que cumplan con tus requisitos y que sean jóvenes.

—Gracias, de verdad.

No le había pedido que fuesen jóvenes, pero la mujer había comprendido para qué necesitaba aquella lista realmente.

Continuará

Notas de la autora:

¡Buenas! Vamos con el primer capítulo, empieza el lío. Nuestra Misao tiene que casarse para lograr mantener vivo el Oniwaban-shû, pero no quiere casarse con Aoshi, así que ha pedido ayuda a Oshige para saber qué hombre pueden ser sus candidatos. ¿Conseguirá Aoshi sacarle la idea de la cabeza? ¿Acabará Misao renunciando? ¿Okina hará algo de utilidad?
Nos leemos el domingo diecinueve de enero,

º º º

Alina: ¡Hola! Aquí tienes la continuación, espero que la hayas disfrutado.
Persefomina: Hola, me habría gustado que tu review fuese sobre este fic (que parece que ni te has molestado en leer) y no sobre otro, pero te contestaré: "Lobos" es un fic que está en reedición tal y como pone en el resumen del mismo. Si quieres hablar de ello tienes muchos métodos para hacerlo, podrías haberme mandado un DM y te habría contestado encantada.