Rurouni Kenshin y todos sus personajes pertenecen a Nobuhiro Watsuki y Shueisha.

3

Okina y Aoshi le habían pedido una reunión, de Okina no le sorprendía, pero de Aoshi sí. Era la primera vez que le pedía reunirse oficialmente, él que siempre llamaba a su puerta y le pedía hablar. Era casi como si, por primera vez, la estuviese considerando seriamente como Okashira.

Se sentó frente a ambos hombres. Sobre la mesa había té, Misao se preguntó quién lo había llevado hasta allí, incluso cuál de los dos lo había pedido.

—¿Qué ocurre? —La pregunta escapó de entre los labios de Misao, no había quedado muy profesional, pero con ellos no necesitaba fingir que era alguien que no era.

—Estamos preocupados por ti —soltó Okina sirviendo el té, no habían hablado de ello, mas estaba seguro de que Aoshi compartía su preocupación—. Niña, esto es una locura.

—Oh, vamos, Jiya —espetó poniendo los ojos en blanco—. Soy mayorcita, sé lo que hago, aunque no te lo creas.

—Casarse con un desconocido no es saber lo que haces.

Aoshi asintió levemente, estaba de acuerdo con Nenji, era una locura.

—No seré ni la primera ni la última mujer que se case con un desconocido —rebatió, Aoshi sabía que iba a dar esa respuesta en cuanto Okina había abierto la boca—. Además, yo cuento con la ventaja de poder elegir a mi desconocido.

Estaba fingiendo, a pesar de su máscara sonriente, Aoshi podía ver lo mucho que odiaba aquella idea y las pocas ganas de casarse con un desconocido que tenía.

—Tú no eres como esas mujeres.

—Jiya, de verdad, no hay que hacer un drama de esto.

—Será una pérdida de recursos y tiempo buscar a un hombre que encaje en lo que Itsuka espera —dijo Aoshi intentándola hacer desistir por la vía práctica—. No puedes enviar mensajes a todo...

—No necesito mandar un sinfín de mensajes —le interrumpió Misao, permitiéndose valerse de su rango superior para que no continuase—. Le pedí a Oshige-san que me diese algunos nombres.

Aoshi maldijo a la anciana por haber decidido ayudarla en aquella locura.

—¿Qué nombres hay en esa lista?

Misao pareció desconcertada un instante, hurgó en su bolsillo sacando un papel perfectamente doblado que observó durante algunos segundos.

—Aún no la he mirado —siseó con sinceridad—. No he tenido tiempo con las reuniones de estos días. —Tampoco había tenido el valor para hacerlo, le daba un poco de miedo—. Supongo que ha llegado el momento de hacerlo.

La joven Okashira desplegó el papel con cuidado y clavó la mirada en los kanjis que formaban los nombres y edades de los hombres que, Oshige, consideraba adecuados a sus necesidades. Suspiró. Tomó la pluma y tachó el primer nombre de la lista, obvió el hecho de que la mujer lo hubiese escrito más grande que el resto.

—Ya tenemos un caído antes de empezar la guerra —soltó Okina con humor—, pobre diablo, no querría ser él.

—Quedan once —musitó Misao.

—Que buen trabajo el de Oshi-chan reduciendo la lista de hombres a doce nombres.

—Yo sólo me rodeo de los mejores —espetó llena de orgullo.

Okina extendió la mano arrebatándole la lista, enarcó las cejas al ver quién era el pobre descartado. Eso iba a doler. Volvió a plantearse la opción de exponer los sentimientos de ambos, pero se contuvo. Aquel imbécil tenía que luchar en aquella guerra si quería algo. Le pasó la nota a Aoshi que la tomó sin despegar sus ojos azules de Misao.

Miró la lista, viendo su nombre el primero atravesado con un trémulo trazo, así que era él el descartado. Se mantuvo inexpresivo. Revisó el resto de nombres, los conocía a todos, ninguno de ellos era digno de Misao.

—Aunque tengas una lista ¿qué harás? ¿Visitarlos uno a uno?

—Es eso exactamente lo que pienso hacer, Aoshi-sama.

—Bajo qué pretexto.

Okina observó a Aoshi, era un buen punto, aunque no el mejor modo de hacerla desistir ni el de luchar por ella.

—Excusas hay muchas. No les diré cuál es la intención real de mi visita. —La voz de Misao sonaba firme y segura, se encogió de hombros—. Quiero que reaccionen ante mí sinceramente, que no pretendan seducirme a cambio de poder. Porque quiero saber cómo serían conmigo sin estar atados al protocolo.

—Comprendo —pronunció Aoshi. Era un movimiento muy inteligente porque, aunque Misao era la Okashira, en privado aquellos hombres la tratarían como a una simple mujer—. Es arriesgado que vayas sola, te acompañaré.

—No será necesario, Aoshi-sama, sé cuidarme sola.

Por supuesto que lo sabía, no había necesidad de decirlo en voz alta, pero le preocupaba el cuarto nombre de aquella lista. En sus tiempos había recibido varias quejas de kunoichi sobre su actitud para con ellas. No la dejaría ir sola a verle.

—La Okashira no debe viajar sola. —Okina alzó las manos como si fuera un crimen mortal que se lo hubiese planteado—. Acepta que Aoshi te acompañe, no te morirás por eso.

Misao frunció el ceño, si tenía que ir con él sería aún más difícil e incómodo.

—Me mantendré a distancia si es lo que deseas, pero no irás sola.

—No va a rendirse, ¿verdad?

—Soy tu guardaespaldas.

Okina contuvo las ganas de chillarles que dejasen de comportarse como un par de imbéciles. Su guardaespaldas, menuda gilipollez, no quería que fuese sola porque tenía toda la intención de sabotear cualquier intento de aquellos hombres para tener a Misao si se le presentaba la ocasión.

—Cielo, ¿no sería más fácil que te casases con Aoshi?

El ninja miró a su viejo maestro de reojo deseando haberlo matado en aquella maldita cabaña, ¿cuántas veces más pretendía que Misao le dijese que no quería estar con él? Era un modo especialmente cruel de castigarle por lo que había hecho.

—Déjalo de una vez, Jiya. Ya te he dicho que no. No puedo casarme con Aoshi-sama y mi respuesta no va a cambiar por más que insistas.

—Tonterías, claro que puedes, ¿verdad, Aoshi?

La muchacha se puso en pie antes de que pudiese siquiera pensar en qué contestarle a Okina.

—Ya basta. Tengo trabajo que hacer.

Los dos hombres la observaron marcharse en silencio, molesta y con la lista firmemente sujeta en el puño cerrado. El ambiente era tenso e incómodo.

—Lo creas o no pretendo ayudarte.

—No te molestes, Nenji, pero no lo estás haciendo demasiado bien.

—Habla con ella, sé sincero con ella. Dile que la amas.

Aoshi suspiró molesto.

—Ya la has oído, no quiere casarse conmigo. No puedo obligarla a estar conmigo. No puedo hacerle cambiar de opinión mágicamente.

—Claro que puedes, otra cosa es que tú no quieras —dijo el anciano encogiéndose de hombros—. O puede que seas un cobarde y te dé miedo correr el riesgo.

º º º

Era bien entrada la madrugada y, aunque el turno de todos había acabado hacía horas, el reservado para los miembros del Oniwaban-shû estaba bien iluminado. La mesa estaba repleta de dulces y humeantes tazas de té, el ambiente era lúgubre y extraño.

Shiro se rascaba la barbilla con el ceño fruncido. Omasu suspiraba sujetando su taza entre las manos. Kuro miraba fijamente a Okon que, con los dedos entrelazados frente a la boca, mantenía una expresión siniestra.

Aoshi estaba extraño, todos en el Aoi-ya se habían dado cuenta. Ninguno de ellos podía seguir acusando a Okon de ver cosas que no existían.

—¿Es que no piensa hacer nada para detenerla?

—Kuro, no seas ridículo, le impedirá ca...

—Pues no tiene mucha pinta de intervenir. —Shiro la interrumpió golpeando la mesa con el puño—. Es un miserable.

—Shiro, cálmate, no sabemos si...

—¡Venga ya, Omasu! ¿Es que soy el único que ve que ese hombre pasa de todo? Aoshi es un malnacido egoísta, no le importa lo que le pase a Misao, así que no me vengáis con monsergas y cuentos de hadas en los que quiere salvarla de una vida de mierda con un cerdo que sólo ansía el poder.

—Lamento ser un malnacido egoísta al que no le importa nada.

La voz surgida desde la puerta entreabierta les hizo saltar nerviosos. ¿Desde cuándo estaba allí escuchándolos?

—¿Por qué no te sientas con nosotros, Aoshi? —preguntó Okon con un tono de voz suave e insinuante que no afectó en absoluto al hombre—. Vamos a sabotear ese matrimonio estúpido de Misao.

—¿En eso ocupas las noches, Ômine?

—No todas, algunas las ocupo en diversiones más excitantes.

La naturalidad con la que aquellos dos podían hablar con connotaciones sexuales era incómoda para el resto, aún y así ninguno dijo nada al respecto. Aoshi podría matarles por estar cuchicheando sobre él y tal vez aquella conversación haría que lo olvidase todo.

—Quizá deberías dedicarte más a esas diversiones.

—¿Eso es una proposición, Aoshi?

Ni parpadeó, la sensualidad de su compañera había chocado directamente contra un muro.

—Dejadla tranquila.

—Puede que tú estés dispuesto a que su vida se hunda —espetó Shiro tragándose el miedo—, pero nosotros no. Vamos a luchar por su...

—Lo único que vais a conseguir es ponérselo más difícil.

—Queremos su...

—Misao no es una niña —cortó Aoshi molesto, permitiendo que entreviesen la rabia que sentía ante aquella situación—. Ha tomado una decisión y si yo soy capaz de respetarla vosotros también.

»Dadle el espacio que necesita, apoyadla cuando lo necesite y tragaos el orgullo. Misao es la Okashira y lo que ella quiera es...

—¿Es qué? —interrumpió esta vez Okon—. ¿Es ley? ¿Es como un deseo propio? No, Aoshi. Es una estupidez que está haciendo sólo por ti.

»¿Le has preguntado por qué quiere hacerlo? O has dado por hecho que tiene un sentido cósmico superior.

»Misao es una cría que saltaría por un barranco sólo por ti. Si quieres verlo o no es problema tuyo.

El ninja suspiró agotado.

—No se lo pongáis más difícil —repitió—. Cuando vuelva espero que lo hayáis reconsiderado.

—Idiota —siseó Okon mientras Aoshi abandonada a el lugar por la puerta de servicio, llevaba su shinobi, era una salida oficial.

º º º

Había aprovechado la ausencia de su tutor para preparar los mensajes. Se había pasado horas garabateando distintas formas de expresarse sin delatar sus intenciones reales, al final se había decidido por algo sencillo y extraoficial para asegurarse de que la tratarían como a una mujer en vez de como la Okashira. Después había planeado los tiempos. Se sentía orgullosa de su trabajo, seguramente Aoshi también lo estaría.

Aoshi... dolía tanto pensar en él, su vida sería tan fácil y simple si él la correspondiera. Si para Aoshi ella fuese algo más que la chiquilla a la que había salvado y acogido siendo una niña.

Ojalá Aoshi la amase como a la mujer que era.

Se sentía miserable.

Como si aquello no fuese lo suficientemente complicado tenía a Okina todo el día detrás diciéndole que se tendría que casar con Aoshi y olvidarse de los demás. Si fuese capaz de comprenderla, de entenderla, dejaría de insistir.

No podía ni dormir.

Y después estaba Aoshi que se había marchado hacía tres días a cumplir una misteriosa misión. Le echaba de menos. Tenerle en la habitación de al lado la ayudaba a calmarse y sentirse a salvo, por eso su ausencia la estaba ahogando. Se sentía ridícula, siendo consciente de que cuando se casase, Aoshi, ya no dormiría en la habitación contigua, ¿qué haría entonces? ¿No volver a dormir?

—Aoshi-sama... ¿por qué no puede amarme? —susurró haciéndose un ovillo sobre el futón.

¿Por qué? Se lo había preguntado tantas veces. ¿Sería por su físico poco femenino? ¿Por su carácter poco reflexivo? ¿Por qué la conocía desde que era un bebé? Ojalá pudiese obtener respuestas, ojalá pudiese saber qué hacer para enamorarle. Ojalá fuese más afortunada. Ojalá lograse captar su atención como la mujer que era.

Un leve crujido rompió la calma nocturna en la que estaba sumido el Aoi-ya. Misao se incorporó manteniéndose en silencio, esperando oír algo más. Pasó un buen rato, tanto que creyó haberlo imaginado, sin embargo, escuchó un leve golpe.

Se levantó despacio asegurándose de no hacer ruido, se armó. Descorrió el shoji y se detuvo esperando oír algo que delatase a su visitante no deseado. Miró brevemente el cuarto de Aoshi, si estuviese allí habría salido del cuarto también y la estaría apoyando.

Se concentró. Tenía que sacar a Aoshi de su cabeza, no era momento para pensar en él. Un tintineo proveniente de la cocina la puso en guardia de nuevo. Saltó al patio descalza e ignoró el dolor que le provocaron las piedrecitas al clavársele en las plantas de los pies. Se movió lentamente, asegurándose de pisar las frías piedras, que marcaban el camino hasta la cocina a través del jardín, para evitar ser oída.

Empuñó sus kunai y avanzó con sigilo abriendo la puerta de servicio del restaurante. Definitivamente el ruido provenía de la cocina. Dio una bocanada de aire pegándose a la pared y aguantó la respiración bajando su ritmo cardíaco para evitar que la desconcentrase. Entrar a robar en el Aoi-ya ¿quién demonios podía ser tan idiota para hacerlo?

Saltó dentro de la cocina a punto de lanzar sus kunai y se detuvo a tiempo. Soltó todo el aire y se los guardó en el entre los pliegues de su yukata.

—Siento haberte despertado.

—No le esperábamos hasta mañana Aoshi-sama —susurró, alegrándose de que estuviera allí.

Aoshi la miró de reojo, sin atreverse a decirle que se había puesto en camino nada más acabar, aun sabiendo que llegaría casi al amanecer, porque no quería estar alejado de ella más tiempo.

—¿Ha cenado? —preguntó observando que rebuscaba en el armario.

—No he tenido tiempo.

—Siéntese, le prepararé algo.

—No te molestes, con un poco de arroz basta.

Misao negó con la cabeza. Mientras ella estuviese allí su Aoshi-sama no comería sólo arroz como un soltero cualquiera.

—Siéntese —ordenó con suavidad suficiente como para que él no se ofendiese—. Si hubiese sabido que volvería habría guardado algo de carne o de pescado. Lo siento.

Iba a insistir en que se conformaba con un poco de arroz, pero para qué perder el tiempo, además no quería hacerla enfadar. La observó trocear verduras moviéndose con soltura, su larga cabellera suelta, hasta las rodillas, caía en ondas que se balanceaban al ritmo del cuchillo.

Misao salteó las verduras, les añadió el arroz para que estuviera caliente y puso agua a hervir para preparar té. Y, antes de que Aoshi pudiese despegar sus ojos de ella, su cena estaba sobre la mesa humeando.

—Siento que no haya nada mejor —musitó, pero a Aoshi le parecía perfecto, cualquier cosa que preparase Misao estaba siempre deliciosa.

—Si no tienes mucho sueño ¿te importaría compartir el té conmigo?

—¡Claro!

Estaba agotada, pero no iba a desaprovechar esa oportunidad de estar a solas con él. Su presencia la había calmado.

Aoshi sirvió una taza para ella y otra para él.

—¿Cómo va tu búsqueda? ¿Has descartado a alguien? —preguntó deseando no ser el único desgraciado en caer antes de empezar.

—Es muy frustrante —farfulló la muchacha cerrándose la yukata que llevaba, como siempre, demasiado floja—. Todos los que cuentan con el respeto de la mayoría son unos vejestorios.

—Es normal —replicó él procurando sonar indiferente. Diez años, bueno, nueve y medio eran demasiados—. Los que luchamos durante el Bakumatsu nos ganamos una reputación, buena o mala, por...

—¡Ah! No quería decir que usted lo fuese —musitó nerviosa, no había esperado que se diese por aludido.

—Por lo que es difícil que encuentres a alguien cercano a tu edad —continuó como si ella no hubiese dicho nada—. Es mejor que te rindas y lo olvides.

—Pero no quiero hacerlo.

Aoshi suspiró y apuró lo que quedaba de su cena. Que terca que podía llegar a ser.

—Mi...

Se había quedado dormida. El ninja dejó el plato y las tazas en la pila de lavar y la cogió en brazos, automáticamente Misao se acurrucó buscando el calor de su pecho, como cuando era una niña.

Con su ligera y preciada carga recorrió el camino hacia las habitaciones intentando encontrar el modo de sacarle aquella idea loca de la cabeza. Okon tenía razón, era un idiota, también un cobarde.

º º º

La primera carta llegó cuando el sol apenas empezaba a salir, Aoshi interceptó a la agotada paloma, desató el papel que portaba en su pata conteniendo las ganas de destruirla. Si no podía luchar contra ello debía intentar hacérselo lo más cómodo posible, al menos hasta que encontrase el modo de hacerla cambiar de idea.

Llamó a su puerta, la voz adormilada de Misao le pidió que entrase, cuando abrió el shoji la encontró sentada en su futón con la yukata desarreglada y bostezando. Estaba preciosa, aún con cara de sueño y despeinada, la belleza salvaje de Misao le arrebataba el aliento, daba igual lo que hiciera.

—Ha llegado un mensaje para la Okashira —pronunció sentándose junto a su futón. Misao lo tomó de entre sus dedos rozándoselos en un gesto que Aoshi se preguntó si era casual o intencionado—. ¿Qué harás si es una negativa?

—No puede serlo —contestó desplegando el papel—. Nadie puede rechazar una reunión conmigo, aunque sea una extraoficial.

Era astuta, tenía razón, una negativa a reunirse con ella era una condena a muerte.

Misao leyó la carta bostezando, sonrió.

—Quiere que nos reunamos a finales de esta semana.

—Misao ¿has pensado en que podrían citarte todos durante los mismos días?

—Claro, lo había previsto, por eso a los más cercanos les envié mensajes en los que solicitaba verlos durante los próximos quince días y al resto dentro de un mes —respondió triunfante—. No soy tonta, no puedo estar en dos sitios a la vez. Tampoco me gustaría tener que ver a varios de ellos a la vez.

—Veo que has pensado en todo, Okashira.

Sonrió orgullosa, tenía fama de alocada e irreflexiva, pero no lo era tanto. Había crecido y madurado, seguía siendo impulsiva, pero meditaba un poco más las cosas antes de lanzarse a la aventura.

—Por supuesto, las cosas hay que hacerlas bien desde el principio.

¿Qué puesto habría ocupado él si no le hubiese descartado desde el principio?

—¿Va todo bien, Aoshi-sama?

—Sí, no es nada.

—Si tiene que hacer cosas puedo ir sola. —Casi parecía aliviada frente a la idea de que no pudiese acompañarla.

—No tengo nada que hacer durante el próximo mes.

—Oh, qué bien.

No sonó precisamente "bien", Aoshi no se molestó, se levantó y la dejó sola para que pudiera arreglarse y bajar a desayunar.

A lo largo de aquel día la joven Okashira recibió varías respuestas a su petición, con ellas se había encerrado en el despacho organizando todas las visitas de modo que no tuviese que correr para cumplir los plazos.

Iría primero a Otsu, allí estaba el hombre que le quedaba más cerca. Seguramente sería también el más joven de todos, había empezado su carrera como shinobi cinco años antes que Aoshi y su reputación era buena. No había llegado a trabajar directamente con Aoshi porque su abuelo lo había mandado a Hokkaido con una misión a largo plazo.

Sacó de nuevo la lista de Oshige, era el penúltimo de ella. Misao se preguntó si el orden seguía algún patrón o si sería aleatorio, se encogió de hombros; hubiese o no un patrón no influiría en su decisión.

—Mizunashi Akira, treinta y seis años.

Eso significaba que se llevaban dieciséis años, ¡oh Kami! Casi podría ser su padre...

—Déjalo, idiota —se regañó a sí misma, le estaba poniendo pegas sin ni haberlo visto—, a lo mejor no es tan terrible...

A lo mejor era el hombre más hermoso e increíble del mundo, o el segundo...

º º º

Aoshi le esperaba en la puerta de la pensión ataviado con aquel elegante traje occidental, en silencio y con el equipaje al hombro. Era tan guapo y le sentaba tan bien... Sacudió la cabeza concentrándose en el objetivo de aquel corto viaje, encontrar un marido y cerrarle la boca al viejo Itsuka.

—Siento haberle hecho esperar, Aoshi-sama.

—No es nada.

Llevaba una yukata rosa con un hakama negro en vez de su indumentaria habitual. Le quedaba perfecto, aunque él prefiriese a la Misao de siempre; la Misao libre.

—El carro nos espera, Okashira.

Le tendió la mano, Aoshi pocas veces lo hacía porque la consideraba capaz. Se la tomó, sintiéndose reconfortada y relajada. Tal vez Aoshi no fuese consciente de ello, pero todos aquellos pequeños gestos hacían que su corazón se acelerase y su imaginación se disparase hasta el punto de hacerla soñar despierta.

—¿Cree que tardaremos mucho en llegar? —preguntó, tratando de mantener los pies sobre la tierra.

A pie, siguiendo los caminos del Oniwaban-shû, se tardaba poco más de dos horas. Era la primera vez que recorrería aquella distancia en un carromato, pero hizo un cálculo aproximado.

—Puede que hora y media.

Misao apretó su mano logrando que se detuviera y la mirase.

—Estamos a tiempo de volver al Aoi-ya, Misao.

—No, estoy bien, no voy a echarme atrás.

Aoshi suspiró dibujando círculos con el pulgar sobre el dorso de su mano, si con eso Aoshi pretendía animarla o torturarla, Misao, no lo tenía claro, sin embargo la hacía desear que no la soltase jamás.

El carro les aguardaba en la calle principal del distrito comercial, el cochero tomó el escaso equipaje que cargaba Aoshi y lo amarró en el techado. Misao se sorprendió al no ver a nadie más dentro, no era un transporte privado del Oniwaban-shû, era un coche de línea normal.

—¿Cómo es posible que no haya nadie más?

Aoshi la miró brevemente antes de responder.

—Tal vez nadie quiere ir a Otsu hoy.

—Bueno...

Al inicio de la primavera mucha gente se desplazaba a Otsu, acampaban cerca del lago y pasaban en día. El movimiento era mayor cuando los cerezos florecían, pero aún y así debería haber alguien más allí.

—¿Lo ha alquilado para nosotros?

—¿Por qué debería haberlo hecho?

—Lo siento, ha sido una pregunta estúpida.

Aunque lo cierto era que Aoshi había alquilado el carro para ellos solos. Si Misao se rompía con la presión no quería que hubiera testigos que la incomodasen.

Misao bostezó, estaba cansada y muerta de sueño, había perdido ya la cuenta de las noches en blanco y las pesadillas que sufría desde la visita de Itsuka Goro.

—Duerme si estás cansada, te avisaré cuando lleguemos.

—Estoy bien, no tengo sueño.

Sin embargo, se quedó dormida al poco de iniciar la marcha, mecida por el traqueteo del carromato, apoyada en su hombro.

Aoshi la despertó, tal y como había prometido, al llegar a la plaza central de Otsu, la joven Okashira miró a su alrededor aturdida y desubicada, lo último que recordaba era Kyôto y su breve conversación con su tutor. El ninja la ayudó a bajar mientras el cochero desataba el equipaje para entregárselo.

—Deseo que pasen un gran día joven pareja.

Las mejillas de Misao se incendiaron al instante.

—Se lo agradezco —replicó Aoshi—. ¿A qué hora sale de vuelta a Kyôto?

—A las cinco, puedo esperar hasta y media si me asegura que vendrán.

—No será necesario, gracias.

—Lo siento —musitó Misao conforme se alejaban del cochero, Aoshi enarcó una ceja en un mudo "por qué"—. Que nos haya confundido con una pareja, debe de haberle molestado.

—¿Por qué habría de hacerlo?

—Bueno, por que no... no sé.

—Deja de darle tantas vueltas a las cosas, Misao.

Inspiró hondo. Tenía que calmarse, una mujer temblorosa y asustada no era la imagen de sí misma que quería proyectar ni al mundo ni a su cita. Mas estaba aterrada y muy nerviosa ¿cómo sería aquel hombre? ¿Sería una buena persona? No sabía nada de él, no creía haberle visto jamás, Aoshi tampoco se había pronunciado al respecto más allá de un "sí, le conozco". Sentía que iba corriendo a ciegas directa contra un muro.

—¿Quieres parar y tomar algo antes de ir a ver a Mizunashi?

—No, estoy bien.

Pareció molesto, aunque no medió palabra, tal vez su sugerencia había sido una manera de decirle que estaba cansado o que tenía hambre. Aoshi no necesitó comprobar la dirección, conocía el camino más que de sobras, aunque su relación con Mizunashi era prácticamente inexistente se había visto obligado a negociar con él en alguna ocasión.

—Aoshi-sama, ¿le importaría que entre sola? Si le ve, seguro que cambia su actitud conmigo, prefiero que crea que estoy sola.

—Es imprudente.

—No le pido que no vigile, sólo que no se deje ver, que parezca que voy sola.

—Está bien, me quedaré cerca. Si...

—Si le necesito silbaré.

La dejó una calle antes de su destino, desviándose y saltó a un tejado. Colgó el equipaje y su chaqueta en las ramas de uno de los árboles de hoja perenne, asegurándose de que fuese imposible de ver, y después continuó su trayecto en paralelo a Misao. Su traje oscuro evitaría que fuese visto entre las sombras.

La vio llamar a la puerta e inspirar hondo en busca de calma. La vio vulnerable, no porque Misao fuese una mujer débil, sino por el modo en el que estaba expuesta. Una sirvienta le abrió la puerta, la mujer pareció sorprendida por su presencia tanto como por que estuviese sola; la hizo pasar.

Aoshi la perdió de vista el tiempo que permaneció en el interior del recibidor. Vio al anfitrión, su viejo camarada no había cambiado demasiado, conservaba aquel aura de guerrero y la musculatura que le otorgaba una importante fuerza bruta. Pensó en Misao, rodeada por aquellos brazos y frunció el ceño, se la vería tan pequeña...

Cuando Misao reapareció le buscó con la mirada, Aoshi, realizó un suave gesto con la certeza de que lo captaría. Ella le sonrió y clavó la vista al frente siguiendo a la criada y a su anfitrión.

El aspecto físico de Mizunashi Akira la había intimidado un poco, le había hecho pensar en Shikijô y había sido extraño porque en vez de transmitirle paz como su viejo camarada la había inquietado.

—Les traeré un poco de té —anunció la sirvienta mientras asía el shoji para cerrarlo.

—Por favor, deje abierto —rogó Misao alzando la mano—, estoy un poco mareada y necesito aire.

—¿Señor?

Mizunashi meneó la mano indicándole que no había problema alguno con ello.

—Usted dirá, Okashira.

—Misao —le corrigió—, ya le dije que esta visita es extraoficial.

—Muy bien, Misao-dono, ¿qué la trae a mi hogar?

—Estoy estudiando la posibilidad de infiltrarme en una red de contrabando, necesito a alguien que me acompañe y haga las veces de mi marido.

—Creía que Shinomori era su acompañante habitual.

—Es cierto, pero esta vez no quiero recurrir a él —siseó. Enmudeció cuando la sirvienta regresó con el té y esperó paciente a que se marchase para continuar—. Shinomori-san no puede adoptar el papel que espero. Es demasiado cordial y distante conmigo.

Aoshi observó su lenguaje corporal, estaba algo más tranquila, pero permanecía alerta. Se preguntó cómo le estaba tentando a ser él mismo, estaba demasiado lejos para oírles o leerles los labios. Mizunashi parecía satisfecho con lo que oía, sonreía, bebía té e iba asintiendo. Se lo había metido en el bolsillo con facilidad y eso no dejaba de sorprenderle.

Mizunashi estaba relajado, tanto que, Aoshi, empezó a notar como iba actuando cada vez con más naturalidad, perdiendo su máscara y bajando la guardia. Misao lograba que la gente se relajase frente a ella, no sólo por su manejo de las palabras, su aspecto frágil e inocente era su arma más peligrosa. Su apariencia hacía que no la viesen como a una rival capaz, sino como a una niña jugando a ser mayor en un mundo de hombres.

La espera se le hizo eterna, por eso agradeció el instante en el que Misao se puso en pie dando por acabado aquel encuentro. Esperó en su escondite hasta que la vio salir de la casa a salvo e indemne y sólo entonces se movió. Recorrió el camino a la inversa, recogió sus cosas y salió a su encuentro.

—Aoshi-sama.

La miró, su sonrisa parecía sincera, sin embargo, no lo era.

—¿Quiere que vayamos a comer?

Asintió. Misao no estaba preparada para hablar de lo ocurrido en aquella casa de momento, Aoshi se tragó las preguntas que quería hacerle.

—Hay un restaurante junto al lago, Shiro me habló de él, ¿podemos ir?

—No veo inconveniente.

Misao le tomó la mano con fuerza y tiró de él, su tacto la reconfortaba. Sabía que no debía hacerlo, pero lo necesitaba.

La mesonera les sentó cerca de la entrada, en una mesa pequeña, pero bien iluminada. Misao pidió varios platos que no pegaban entre sí, Aoshi no le dijo nada y pidió un menú normal para él. Con la comida delante decidió que era un buen momento para tratar de hacerla hablar.

—¿Y bien? —Misao dejó de sorber la sopa para mirarle con interés—. ¿Tienes algún veredicto sobre Mizunashi?

—Pues... me ha recordado un poco a Shiki.

Ambos habían tomado las mismas drogas para desarrollar la musculatura por lo que era normal que así fuese, aunque en eso era en lo único que se parecían. Shikijô era un hombre de aspecto amenazante, pero de gran corazón, que había adorado a Misao desde el preciso instante en que la vio; para él había sido como una hija y a Aoshi siempre le había tranquilizado saber que velaría por ella como si compartiesen un vínculo sanguíneo.

—Es bastante cordial, aunque creo que no le gusto mucho.

—¿En qué sentido?

—En general, me mira como a una niña y no parece respetarme. Aunque tengo que decir que me lo esperaba más terrible. —Mordisqueó un trozo de pescado asado con el ceño fruncido—. Al menos no parece un viejo verde...

—¿Te importa el físico?

Le miró confusa, meneó suavemente los palillos sobre los platos y tomó algunas verduras.

—No especialmente, pero alguien con el aspecto de Jiya no me gustaría como marido.

—En la lista de Oshige no hay nadie de la edad de Nenji.

—No es una cuestión de edad, quiero decir que...

—Entiendo lo que quieres decir.

Ella le sonrió con cierta condescendencia, no estaba del todo convencida de que Aoshi realmente comprendiese lo que quería decir, pero era una muestra de apoyo sutil.

—Mañana querría partir hacia Kameoka.

—¿A quién vas a ver?

—Datte Nobu.

—Le conozco —declaró Aoshi. Misao le miró con interés—. Fue mi superior durante la defensa en el castillo de Edo.

—¿Cómo es?

—Severo.

Hizo una mueca, un simple adjetivo como descripción no era lo que había esperado, pero era Aoshi, al fin y al cabo, un hombre parco en palabras. Suspiró.

—Los comandantes suelen serlo, ¿no?

—Es severo, no estricto.

No veía la diferencia y seguía sin ser el tipo de descripción que había esperado, Aoshi no parecía estar dispuesto a decir más.

—Aoshi-sama, ¿es una buena persona?

—Nunca tuve conflicto alguno con él, nuestro trato era meramente militar, no sabría decirte.

—Pero ¿es justo?

Él, a título personal, no tenía queja alguna, aunque recordaba que había humillado varias veces a Beshimi, también que presionaba a los novatos más de lo normal. Suponía que no era demasiado justo.

Misao le hacía preguntas inteligentes a las que él no estaba sabiendo contestar.

—No demasiado.

—¿Y con las kunoichi?

—No había ninguna a su cargo.

Había equipos mixtos bajo las órdenes de otros comandantes, él se había negado a tener a kunoichi a su cargo.

—Entonces no le gustan las mujeres.

Le gustaban, recordaba claramente el elenco de prostitutas que desfilaban regularmente por su estancia, aunque suponía que Misao no se refería al plano sexual. Negó suavemente con la cabeza.

Misao continuó comiendo sin ningún tipo de orden por mera ansiedad.

—Misao, ¿por qué no le haces caso a Okina y te casas conmigo? Sería más fácil y no tendrías que pasar por esto.

Pareció dolerle en lo más profundo su pregunta, apuró la sopa de miso y le miró con el ceño fruncido.

—Lo siento, Aoshi-sama, no puedo casarme con usted.

Quería zarandearla y preguntarle por qué no podía casarse con él, sin embargo, asintió en un mudo y poco real "está bien".

—Entonces ¿a Kameoka?

—Sí, si le parece bien me gustaría pasar la noche allí.

—Por supuesto.

º º º

El sol despuntaba cuando el carromato entró en Kameoka, Misao se despertó con el sutil cambio del traqueteo de las ruedas. Aoshi había propuesto viajar por la noche para poder aprovechar el día y no limitarse en exclusiva a la visita.

Misao se frotó los ojos con sueño y miró a su tutor, seguía dormido o tal vez fingía dormir. Se apoyó en su pecho para aprovechar los últimos minutos hasta la llegada a su destino, Aoshi suspiró relajado respondiendo a su contacto, poniendo en evidencia que estaba dormido. Las veces en las que le había visto dormir de verdad podía contarlas con los dedos de una mano, Aoshi era como un gato que aún con los ojos cerrados seguía alerta.

El cochero detuvo el vehículo y llamó a la puertecilla, Aoshi abrió los ojos al instante y Misao se incorporó a su pesar frotándose un ojo.

Aoshi la llevó a una pequeña tetería a desayunar, intentó sacarle temas de conversación triviales, pero había renunciado, no se le daba bien y a Misao parecía estarla incomodando, por lo que cambió de estrategia preguntándole qué quería hacer durante las horas previas a la reunión. La joven Okashira le respondió con sencillez, pidiéndole que pasease con ella por la pequeña ciudad, le pareció buena idea, aunque Kameoka era uno de aquellos lugares que no le traían precisamente buenos recuerdos.

Invertir tiempo en no hacer nada con Misao era gratificante, incluso recorrer aquellas calles junto a ella parecía ser mágico. Se preguntó qué sentía Misao en aquel momento, compartiendo tiempo con él en trivialidades, siendo sólo dos personas que caminan por la vida sin un destino concreto.

—Es la hora —musitó Misao deteniéndose de repente.

—¿Prefieres ir sola?

—Sí, por favor.

—Estaré cerca si me necesitas.

Se separaron. Cuando Misao llegó a su destino se acomodó el hakama nerviosa, y llamó a la puerta. Esperó jugueteando con una piedrecita hasta que le abrieron. Un hombre con gafas y unas profundas ojeras la miró de arriba a abajo, se sintió incómoda casi como si estuviera desnudándola.

—Bienvenida, Okashira —saludó dedicándole una reverencia.

—Datte-san me alegra conocerle.

—Por favor, pase.

Misao entró al pequeño jardín, la casa estaba alejada de los lujos de la de Mizunashi, no había sirvientes, ni ornamentos, ni nada personal. Era un sitio plano y sin nada especial que delatase qué tipo de persona era su anfitrión. La guarida perfecta de un ninja.

—¿Qué la trae a mi hogar, Okashira?

—Por favor, llámeme Misao, como le dije estoy aquí de manera extraoficial.

—Como desee.

Era cordial, le sorprendió que así fuera, la incomodaba su modo de mirarle parecía a punto de saltarle encima y arrancarle la ropa. Evitó buscar a Aoshi con la mirada porque aquel hombre parecía estar atento a todo lo que le rodeaba y no quería descubrirlo por comportarse como una niña idiota y asustadiza.

—¿Ha venido sola, Misao-san?

—Sí, estoy sola.

—¿Seguro?

Se mantuvo tranquila mirándole a los ojos, si ella no delataba la presencia de Aoshi no tenía forma de verle. La joven Okashira extendió los brazos abarcando con ellos el jardín

—¿Le parece que hay alguien más aquí? He llamado a su puerta yo sola.

—Es extraño que una mujer joven y soltera venga sola a casa de un hombre —le dijo. Misao retrocedió un paso—. Y más si esa mujer es la Okashira. Dime niña, ¿dónde está Shinomori?

—Ya le he dicho, Datte-san, que esto es extraoficial y que estoy sola.

—En ese caso, eres una imprudente.

De acuerdo, había sido una mala idea ir hasta allí sin Aoshi. La estaba amenazando de manera velada, estaba segura de que se estaba comportando con ella tal y como era, un cerdo. No llevaba ni diez minutos y ya tenía clarísimo que no pensaba casarse con él, aunque fuese el último hombre sobre la faz de la tierra.

—¿Por qué no te sientas? No voy a atacarte ni a hacerte nada que no quieras o que pueda no gustarte.

—Estoy bien de pie.

De pie y preparada para huir. El tono de voz que usaba era el mismo que le había enseñado Okon para seducir, suave y vibrante. La estaba haciendo sentir acorralada y eso no era bueno.

—Entonces dígame, Misao-san. Si no es por un asunto oficial ni por un poco de diversión furtiva, ¿a qué ha venido?

"Diversión furtiva". Imaginó que estaba hablando de sexo, maldito cerdo.

—Olvídelo, no ha sido una buena idea.

—De las malas ideas, a veces salen cosas buenas —musitó tomándole el rostro entre las manos, acercando sus labios a los de ella.

Misao reaccionó por instinto, doblando la pierna, propinándole un buen rodillazo con toda su fuerza en la entrepierna. Datte, que no lo había visto venir, se dobló sobre sí mismo y ella aprovechó para salir de allí saltando el muro como si la persiguiese el diablo.

No sabía si la perseguiría o si se quedaría allí encerrado como el miserable que era, pero no estaba dispuesta a comprobarlo, giró la esquina y unas manos la atraparon, una sobre los labios la otra en sus hombros, tirando de ella hacia un estrecho paso entre las casas. Misao se retorció tratando de liberarse de aquellas manos.

—Tranquilízate.

Era Aoshi quien la aferraba con fuerza contra su cuerpo, dejó de forcejear y se dejó llevar poco a poco callejón adentro. Notaba su corazón latir fuerte contra la mano de Aoshi que se había movido buscado su estómago, pero había errado el cálculo, permaneciendo allí fija sabiendo que el roce de la tela podría delatar su posición. Era un poco violento, sin embargo, no hizo nada para que moviese la mano del lugar en el que descansaba.

Datte Nobu pasó a toda prisa mirando en todas direcciones, buscándola, Misao sintió pánico instintivamente se pegó más a Aoshi que ciñó el agarre sobre su cuerpo.

—Prepárate para saltar al tejado —susurró a lo que ella asintió—. Ahora.

Misao brincó con los movimientos algo entorpecidos por el largo del hakama tuvo que agarrarse a las tejas y subir en dos tiempos.

—Quiero que camines por los tejados en aquella dirección —siseó señalando hacia la casa de Datte—, no te detengas hasta llegar al bosque. Allí un templo pequeño franqueado por dos grandes rocas, espérame en él.

—Aoshi-sama, venga conmigo —suplicó.

—Todo irá bien, ve.

—Pe…

—No discutas. No voy a dejarme ver, puedes estar tranquila.

Asintió. Se desplazó por los tejados siguiendo la ruta marcada por Aoshi que la observó alejarse poco a poco. Regresó su atención a su viejo comandante comprobando que la buscaba en dirección contraria hacia donde ella iba. Lo siguió sin abandonar los tejados y zonas más altas; Aoshi había trabajado con él el tiempo suficiente como para conocer su patrón de movimientos, también para saber que pasaría horas buscándola.

Para Aoshi seria fácil saltar frente a él y plantarle cara, asegurarse de matarle para que jamás pudiese acercarse a Misao de nuevo, pero no iba a hacerlo porque se lo había prometido. Era irónico que alguien como él estuviese cumpliendo una orden como aquella.

Le vio darse por vencido y regresar furibundo a su casa. Tenía que asegurarse de que jamás volvieran a encontrarse a solas, porque aquella afrenta no la olvidaría así como así.

Siguió el camino que le había indicado a Misao, cruzó la ciudad y el bosque hasta llegar al templo flanqueado por las dos grandes rocas. La encontró sentada frente a la estatua de Buda, abrazándose las rodillas. Era una estampa curiosa ver a una sintoísta rindiéndole respetos a un Buda.

—Gracias.

—¿Por qué me las das?

Misao se giró para mirarle, tenía los ojos llorosos, aunque ya no estaba llorando.

—Me ha ayudado, se lo agradezco.

—Soy tu guardaespaldas.

Les dolió a ambos la distancia que marcaba el rol de guardaespaldas. Para Aoshi era duro mantenerse en tan segundo plano, viéndose reducido a ser un simple hombre que, desde las sombras, vela por la seguridad del Okashira; si bien lo había sido antes, de su abuelo, el serlo de Misao le obligaba a mantener una distancia que no quería. Para ella el que Aoshi fuese su guardaespaldas abría un abismo infranqueable entre ellos, guardaespaldas y Okashira eran dos roles que jamás podrían mezclarse.

—¿Le importa si nos quedamos aquí un rato?

¿Importarle quedarse en un templo? Se dio cuenta de cómo de estúpida era su pregunta. Aoshi se sentó a su lado sin decir nada, con los ojos cerrados, meditando. Misao sonrió mientras miraba su perfil, aquel rostro en paz calmaba sus nervios y acallaba sus temores. Cerró los ojos también.

Debería de haber sido más precavida, aunque no esperaba que un miembro del Oniwaban-shû fuese a tirarse sobre ella, por mucho que fuese un tema extraoficial seguía siendo la Okashira. Tendría que ser un poco más precavida en adelante, intentar asegurar su propio bienestar antes de quedarse a solas, sobre todo, en una casa con un hombre solo.

Misao abrió los ojos, Aoshi la estaba mirando, le sonrió fingiendo que estaba bien, que no había pasado nada, que no se había asustado ni siquiera un poco. Él disintió dejando claro que no creía que estuviera bien, aunque no lo verbalizase.

—Aoshi-sama, siento haber hecho que se preocupe.

—Lo importante es que estás bien, Misao. La próxima vez…

—Tendré más cuidado, lo prometo —interrumpió—. Me he confiado demasiado, pero de los errores se aprende y yo soy rápida aprendiendo. No volverá a ocurrir, ya lo verá.

»Tengo hambre, ¿tiene hambre, Aoshi-sama? —balbuceó nerviosa, tenía que cambiar de tema rápido—. Deberíamos ir a comer algo, o al hostal. Sí, en el hostal seguro que nos dan algo delicioso para cenar, ¿no cree? Y, quién sabe, quizás tenga algún tipo de té especial que no ha probado todavía.

—Está bien, vayamos al hostal.

Misao se puso de pie de un salto, con rostro aliviado, componiendo una sonrisa real. Aoshi se puso en pie, silencioso, y caminó hacia la salida, ella le siguió dando saltitos. La dejaría ganar, por el momento, pero tarde o temprano la obligaría a abordar aquel tema.

La anciana les recibió con una calurosa sonrisa que a Misao le calentó el alma haciéndola sentir un poco como en casa, segura y cómoda. Le dijo a Aoshi que se daría un baño antes de cenar y él pareció conforme con ello, aunque tampoco había esperado que se negase a que lo hiciese.

Misao se desnudó deprisa en el vestidor, tomó un par de toallas y se adentró en los baños de aguas termales, no había ni un alma.

«Mejor así» pensó. No quería tener que parlotear como un loro con nadie, buscaba un poco de paz y de tiempo para sí misma, quería volver a sentirse limpia después de aquella fallida visita. Se lavó, frotando su piel con tanta fuerza que la enrojeció, no había llegado a tocarla, sin embargo, era como si su mirada la hubiese ensuciado y quería eliminar cualquier rastro de ello de su cuerpo.

Sollozó cuando un par de lágrimas rodaron por sus mejillas, se sentía sucia, se sentía frustrada, sentía que se estaba rompiendo en pedazos y eso no podía permitírselo. Ella era fuerte, no era una niña frágil y quebradiza, no permitiría que la presión la rompiese, no dejaría que un maldito pervertido quebrase su determinación.

Salvaría el Oniwaban-shû y también se salvaría a sí misma.

Dejó de torturar su piel y se zambulló en la piscina de agua termal, el calor relajó sus músculos, aunque no sus nervios. Cerró los ojos y dejó su mente en blanco, a ella no se le daba demasiado bien eso de meditar, su cabeza siempre iba a toda prisa, pero necesitaba frenar, dejar de pensar en cosas que no la estaban ayudando.

Le escocía la piel, casi hasta el punto de sentir que era una tortura. Salió del agua cuando ya no lo soportó más, se secó dándose cuenta de los pequeños arañazos que se había autoinfligido. Frunció el ceño, tendría que ser cuidadosa si no quería que Aoshi le preguntase qué demonios le había pasado. Se vistió con la yukata blanca que había cargado en su equipaje y se apresuró a encontrarse con Aoshi.

El ninja la esperaba sentado en un rincón del pequeño restaurante, con la espalda pegada a la pared y de cara a la entrada, vigilante. Desvió la mirada hacia a ella, la muchacha avanzó sin despegar sus ojos de los de él y tomó asiento.

—Siento haberle hecho esperar, Aoshi-sama.

—Me he tomado la libertad de pedir nuestra cena.

—Oh, claro, no hay problema.

La anciana les sirvió un montón de platos deliciosos, entre ellos varios de los preferidos de Misao y que no estaban escritos en las paredes, por lo que Aoshi debía de haber pedido que los preparase expresamente. Se sintió agradecida por aquel detalle inesperado.

Procuró hablar de cosas triviales, esquivando el tema de lo ocurrido aquella noche, porque no quería pensar en ello. Sólo quería disfrutar de aquel tiempo a solas con él. No obstante, Aoshi la miró con seriedad y Misao supo que la tregua se había acabado.

—¿Vas a dejarlo?

Misao alzó la barbilla con orgullo.

—No.

—Misao —pronunció su nombre casi suspirando, otorgándole un tono nuevo y desconocido.

—Una mala experiencia no me va a hundir, rendirse es de cobardes.

—Retirarse a tiempo es un acto inteligente.

—Aoshi-sama, no se preocupe, la próxima vez estaré preparada.

—No debería haber una próxima vez. Misao, no seas terca.

La muchacha alzó ambas manos enseñándole las palmas. No quería volver a tener una conversación en la que él trataría de disuadirla y ella le diría que por más que insistiese estaba más que decidida. Tampoco quería seguir pensando en lo que casi había pasado con Datte.

—Me voy a dormir, estoy cansada —soltó levantándose de la mesa—. Buenas noches, Aoshi-sama.

Agradeció que él no abriese la boca ni para desearle un buen descanso. Recorrió el pasillo hasta llegar a la habitación que la anciana le había asignado y descorrió el shoji, el futón estaba pulcramente estirado en el centro del cuarto. Sintió un poco de paz cuando estuvo dentro, a oscuras y con el shoji bien cerrado.

Se deshizo de su ropa y se puso la yukata para dormir que había dentro de su morral, el olor familiar la hizo sentir casi como en casa. Se tumbó en el futón y cerró los ojos.

Aoshi recorrió el pasillo en silencio, no sabía que emoción era más intensa si la rabia o la impotencia. Misao estaba tan empecinada en aquello que le daban ganas de gritarle que era una idiota.

Pasó por delante de su habitación sin detenerse ni para comprobar si había cerrado bien como hacía siempre. Estaba enfadado consigo mismo por haber permitido que Misao entrase allí sola, aunque no esperaba que Datte se le abalanzase encima, tendría que haber estado a su lado, o haber intervenido, aunque ella no se lo pidiese.

Se puso la yukata para dormir y se metió en el futón con el ceño fruncido. Aquel maldito cerdo, tendría que haber salido a su encuentro y haberle rebanado el cuello.

Y Misao, con ella también estaba enfadado, por ser tan obstinada, por no querer casarse con él.

El shoji se abrió, vio a Misao de pie con su yukata y los ojos húmedos. No se movió, no alzó la manta ofreciéndole refugio como siempre. Volvió a cerrar los ojos.

—Vuelve a la cama, Misao.

Ella dudó, aquella respuesta no era la que esperaba, se sorprendió a sí mismo por haberle contestado así.

—Aoshi-sama, no puedo dormir.

—Sólo tienes que cerrar los ojos y dejar la mente en blanco.

Se encogió un poco sobre sí misma, pero se tragó el orgullo regresando al pasillo y cerrando de nuevo el shoji para volver a su dormitorio.

El futón le pareció terriblemente frío, aún y así se metió en él y se tapó hasta las orejas. Aquella visita a Datte Nobu no sólo había destrozado sus nervios, también había dañado su relación con Aoshi.

Continuará

Notas de la autora:
¡Hola! Arrancan las andanzas de Misao en busca de un marido, aunque Aoshi viaje a su lado las cosas no serán tan fáciles y tendrá muchas cosas que afrontar. Por lo que respecta a Aoshi, parece haberse resignado por el momento, pero ¿se rendirá? ¿la dejará casarse con un hombre al que sabe que no puede querer?
El próximo domingo más aventuras y desventuras de nuestro par de idiotas.

º º º

Harumigirl: ¡Hola! Gracias, creo que ese capítulo ayudará a entender la actitud de Aoshi en varios puntos de la historia. Si Misao aceptase ahora, el fic se acabaría jejeje. Un abrazo.
Serena Tsukino Chiba: ¡Hola! Gracias, me alegra que haya gustado el capítulo dedicado a Aoshi. Un abrazo.