Rurouni Kenshin y todos sus personajes pertenecen a Nobuhiro Watsuki y Shueisha.

4

El viaje de vuelta a Kyôto transcurrió en un silencio incómodo, con una Misao centrada en el paisaje que se negaba a mediar palabra alguna. Aoshi se preguntó mil veces si estaría enfadada por haberla hecho volver a su futón cuando era más que evidente que necesitaba apoyo moral y refugio. Había sido un miserable por haber permitido que su orgullo la hiriese. Se había comportado como un niñato egoísta y estúpido.

Okina se limitó a observarles cuando entraron en el Aoi-ya, tan serios y enfurruñados, se preguntó qué había pasado durante aquel viaje para verlos en aquel estado, sobre todo porque el hecho de ver a Aoshi desbordado por un sentimiento era inusual.

Misao esquivó sus obligaciones durante todo el día y Aoshi se quedó encerrado en su cuarto. No hubo té, ni risas, ni parloteo. Okina se ahorró la tortura que supondría preguntarle a Aoshi qué había ocurrido, también la de preguntarle a Misao que era más que probable que se pusiese a balbucear y llorar como una niña. Pero quería saberlo, sobre todo porque el futuro de aquella niña atolondrada estaba en juego. Aún y así no hizo nada, se limitó a mirarlos de lejos y esperar a que la mañana les trajese un estado anímico más agradable.

Apenas había amanecido cuando Misao interceptó a una de las palomas mensajeras del Oniwaban-shû, en su pata llevaba atado un pedazo de papel amarillento que se apresuró a leer. Era una respuesta a su mensaje, la más escueta de todas las que había recibido, una formada por nueve palabras: me reuniré con vos, Okashira, estoy disponible cualquier día.

Suspiró. No se había molestado en firmar su respuesta, aunque al menos había tenido la deferencia de escribirla al dorso del mensaje original para que ella pudiese saber de quién era. Iría a verlo, pero ya tenía claro que no quería casarse con él, alguien incapaz de firmar un mensaje no podría ser jamás un buen marido para ella.

Bajó al patio saltando por encima de la barandilla, sin molestarse en usar las escaleras, las piedrecitas se clavaron en las plantas de sus pies desnudas; el dolor físico aplacó una parte del emocional. Frunció el ceño. Tenía una mezcla de emociones batallando dentro suyo, enredándose entre ellas, presionándola. Necesitaba hablar con alguien, lo sabía, necesitaba desahogarse o acabaría rompiéndose en pedacitos como si fuese de cristal. Haciéndose daño a sí misma no arreglaría nada, pero ¿con quién podría hacerlo? Okon u Omasu serían condescendientes con ella, la tratarían como a la niña que era antes y no como a la mujer que era ahora, Kuro y Shiro no la comprenderían, como tampoco lo haría Okina. Y Aoshi… él estaba más que descartado. Sin embargo, tarde o temprano tendría que sincerarse con alguien, por su propio bien.

º º º

Las esperanzas de Okina murieron nada más ver a Aoshi, sintió la ira burbujeando en su interior mientras Aoshi permanecía sentado revisando cuentas como si nada malo ocurriese. No lo entendía. No comprendía qué demonios pasaba por esa cabezota, ni cómo podía estar ahí tan tranquilo cuando la mujer a la que amaba iba a casarse con otro. Le parecía mentira que estuviese dispuesto a perderlo todo sin molestarse en luchar, como si su amor por Misao fuese un mero capricho pasajero.

No podía dejarlo así. Que Aoshi estuviese dispuesto a bajar los brazos y rendirse no significaba que él también lo estuviese. No. Él no había criado a aquella niña dándole una voz y libertad para que quedase reducida a una existencia miserable con un hombre que no estuviese a su altura.

Farfulló entrando en la cocina para preparar té, uno normal y corriente, nada de tés especiales como los que le preparaba Misao, porque Okina no le quería tanto como para hacer nada especial por él y, aún menos en aquellas circunstancias. Sirvió dos vasos y los cargó hasta el reservado para los miembros del Oniwaban-shû.

Okina se plantó frente a él, Aoshi alzó la mirada del libro para mirar al anciano que permanecía serio con ambos vasos en las manos.

—Tú y yo tenemos que hablar. Ahora.

Aoshi cerró el libro y lo dejó a un lado, no podía decir que le hubiese sorprendido, había esperado aquello desde que habían puesto los pies en el Aoi-ya.

—Ha recibido un mensaje de Aizu —farfulló con el ceño fruncido—. De Takamura.

»No vas a dejar que Misao vaya a la otra punta del país, no por un malnacido que bien podría ser su padre.

—Es lo que Misao quiere.

—No, no es lo que quiere.

Aoshi se permitió exhalar un suspiro.

—¿Qué esperas que haga?

—Cásate con ella, eso es todo lo que tienes que hacer.

—Yo podría ser casi "su padre" también.

El viejo ninja le clavó una mirada iracunda.

—Como mucho podrías ser su hermano mayor —bufó Okina sin rastro alguno de la jovialidad que normalmente acompañaba a sus palabras—, no eres tan viejo, Aoshi. Diez años no es tanta diferencia.

—Misao no quiere casarse conmigo —soltó maldiciendo internamente a su anciano maestro por obligarle a decirlo en voz alta y recordar que ella le había rechazado directamente al pedírselo—. No importa cuánto lo quieras tú, tampoco cuánto lo desee yo.

Okina le lanzó el vaso humeante que, Aoshi, interceptó al vuelo casi sin inmutarse, salpicándose apenas en la manga. Por supuesto Okina no había esperado darle en la cara, por mucho que estuviese retirado Aoshi seguía manteniendo la excelente forma física que le había valido su título de Okashira.

—No permitas que sea una desgraciada por tu estúpido orgullo.

—¿No lo entiendes? —inquirió el joven ex-Okashira acomodando el vaso sobre la mesa, todo calma y apatía—. No es una cuestión de orgullo, tampoco es por obstinación. Misao dijo que no, y si no lo quiere no puedo obligarla.

Okina frunció el ceño, el muy idiota... tendría que decirle la verdad. Exponer abiertamente lo que sentía Misao por él, aunque no fuese justo, por mucho que disfrutase de verlo retorcerse en la miseria, no podía dejarla a la merced de cualquier imbécil que sólo persiguiese una buena posición dentro del clan.

—No tienes que obligarla, ella te...

—Perdón... —La vocecilla de Misao interrumpió la oratoria de Okina—. No sabía que estabais reunidos.

—Ya hemos acabado —declaró Aoshi poniéndose en pie, tenía que aprovechar la oportunidad que se le presentaba para escapar de aquella conversación.

—¡Siéntate! No hemos acabado —bramó Okina.

Misao se tensó, nunca había oído a su abuelo hablarle así a Aoshi, de hecho no estaba acostumbrada a oírle alzar la voz.

—Con su premiso, Okashira.

Sintió que le odiaba. Odiaba que Aoshi le hablase de usted, que la llamase Okashira, y aún más que lo usase para huir de lo que fuera que había interrumpido.

—Lo siento, Jiya.

—No lo sientas —pronunció meneando la cabeza—, no es culpa tuya que ese idiota sea así...

»Siéntate un rato con este anciano.

Misao obedeció sentándose donde unos segundos antes había estado Aoshi, observó el vaso de barro que le había regalado cuando había vuelto a casa, se había resquebrajado y empezaba a derramar su caliente contenido.

—El vaso de Aoshi-sama se ha roto... —murmuró, como si aquel, fuese mayor drama del planeta. Okina alzó una ceja, no había ejercido fuerza suficiente sobre él como para romperlo, y Aoshi lo había soltado con cuidado sobre la mesa—. Tendré que comprar uno nuevo.

—Que lo compre él —replicó el anciano entendiendo que había sido el propio Aoshi quien lo había roto al cazarlo al vuelo—. Puede hacerlo perfectamente.

—¿Por qué estás tan enfadado, Jiya?

Okina se mesó la barba.

—Porque vas a hacer una estupidez.

Misao dibujó una pequeña sonrisa agarrando su mano arrugada.

—Jiya, todo va a ir bien, ya lo verás.

—¿Cómo va a ir bien si te emperras en casarte con alguien que te va a hacer desgraciada?

—Eso no lo sabes. Tal vez conozca al hombre de mi vida —declaró resuelta, con tono alegre.

—El hombre de tu vida es Aoshi, por más que me pese.

Suspiró cansada, sintiendo el peso de todos aquellos años de lucha, primero para lograr que Okina aceptase que ella amaba a Aoshi y, que por eso, tenía que encontrarle, para decirle que le amaba y poder seguir adelante con su vida; después por su infructuosa lucha por que la viera y, tal vez, llegase a corresponderla. Misao estaba cansada de que Aoshi fuese el amor de su vida, de chocar contra un muro de hielo cada vez que trataba de robarle, aunque sólo fuera una mirada.

—Por favor, no me lo pongas más difícil —rogó—. El mundo no empieza y acaba en Shinomori Aoshi.

—¿Quieres que comamos en el Shirobeko?

Misao le dedicó una amplia sonrisa antes de aceptar la propuesta de su abuelo.

º º º

Había pensado mucho en ello, en su propia necesidad de desahogarse y la importancia de no demorarlo más. Haber pasado el día fuera del Aoi-ya la había ayudado a sentirse algo mejor, menos presionada, más ella y gracias a eso se había decidido finalmente a buscar su propio desahogo. Pensó en todas las amistades que había entablado durante aquellos años y se decidió por la persona que más había parecido comprenderla. Una buena amiga que sabía lo que era estar enamorada de un hombre con un pasado turbio.

Se encerró en su propio cuarto, aún sabiendo que en el despacho estaría más cómoda escribiendo, porque era una mujer escribiendo a una amiga, no una Okashira mandando un mensaje a un subalterno.

Inspiró hondo, sumergió la pluma en el tintero y dudó un instante, porque tal vez ella no querría saber nada de aquello, pero eran amigas, ¿no? Las amigas estaban para apoyarse, ¿cierto?

Sacudió la cabeza. Presionó la punta de la pluma contra el papel en blanco y escribió:

Querida Kaoru:

Creo que no tendré valor suficiente para enviarte esta carta, pero necesito desahogarme y ya no sé con quién hacerlo. Sí, estoy un poco desesperada, quién lo diría, ¿eh? Todos pensáis que mi vida es fácil, que me dejo llevar por la corriente y eso hace que todo sea plácido como un soleado día de primavera, pero no.

Me he metido en un lío. Sí, lo sé, menuda novedad, debería cambiarme el nombre a Lío Makimachi. Sé que te prometí que me mantendría a salvo, que pensaría más en las cosas antes de hacerlas y que no haría ninguna estupidez de la que pudiese arrepentirme. ¡Kami! Sabes que soy un desastre, ¿por qué me haces prometer cosas que me resulta imposible cumplir? Perdón, estoy divagando, como siempre que me pongo nerviosa...

Hace tres meses un viejo verde, un viejo líder del clan, vino a echarme en cara que el Oniwaban-shû desaparecería porque no había un heredero, y ¿sabes qué? Que le dije que habría uno, claro que si hubiera sabido lo que quería decir con lo del heredero le habría mandado a paseo, pero no lo sabía y aquí estoy metida en un buen lío. Tengo que casarme, con un ninja, pero no vale cualquier ninja, tiene que gustarle al viejo cerdo y eso es lo malo, porque los que pueden gustarle podrían ser mi padre y son bastante asquerosos, aunque aún me quedan bastantes por conocer. Después está Jiya que no para de decirme que me case con Aoshi, que él le gusta al cerdo. No entiende que no puedo casarme con él.

Si estuvieras aquí me dirías que soy idiota, que claro que puedo, tal vez tú tampoco lo entenderías. Yo quiero casarme con Aoshi si él me quiere, no quiero que sea por obligación. No soporto la idea de que se ate a mí como si fuese un acuerdo comercial, él no. Me duele tanto que ya no sé qué hacer para...

Misao dejó de escribir y frunció el ceño, toda aquella palabrería desordenada era un desastre de principio a fin. Además lo sabía, Kaoru no la entendería, no del modo en que ella necesitaba. Arrugó el papel y lo tiró a la papelera suspirando. ¿Quién podría comprenderla?

Tomó otra hoja.

Querida Megumi:

Sé que esta es la primera vez que te escribo y que te estarás preguntando a santo de qué me da por hacerlo ahora. Sé que es feo, pero necesito tu ayuda, creo que eres la única que será capaz de comprenderme.

Por una serie de circunstancias estoy en un lío. Tengo que casarme con un hombre al que no quiero y tengo que tener un hijo con él. Bueno, aún no sé con quién me casaré porque no he tomado una decisión ni los he conocido a todos, pero será un desastre absoluto, estoy segura.

Tú eres una mujer inteligente y reflexiva que estoy segura sabrías aconsejarme, porque de verdad que necesito ayuda. No puedo más, creo que voy a morirme de angustia.

En quince días partiré hacia Aizu, ¿podríamos vernos? Sólo te pido un par de horas de tu tiempo y prometo no darte mucho la brasa.

Makimachi Misao.

Releyó la carta, era una petición egoísta, pero realmente necesitaba hablar con alguien fuera de las paredes del Aoi-ya, alguien que no fuese a tratarla como si pudiese romperse por escuchar la verdad y no se lo ocurría nadie más adecuado que Takani Megumi.

Volvió a mojar la pluma y añadió unas últimas palabras al dorso:

Átale con cuidado el mensaje, no te hará nada. Dile "a casa" cuando quieras que se vaya. Gracias, Megumi.

Sopló para que se secara y dobló el papel con pulcritud antes de salir hacia el palomar. Aizu estaba lejos, necesitaba a un animal resistente y confiable. Escogió a una de las palomas que solía enviar, era lista, su plumaje oscuro y brillante era precioso. Misao le ató el mensaje con mucho cuidado y después silbó sus instrucciones, la paloma le respondió y salió volando.

—Tendré un montón de rosquillas esperándote cuando vuelvas.

º º º

El viaje hasta Aizu fue sencillo. El viaje en tren fue cómodo e incluso agradable, incluso Aoshi intentó entablar una conversación casual con ella. Misao era consciente de que se estaba esforzando para que se sintiera mejor y eso le partía el corazón.

—Lo siento, Aoshi-sama. —El ninja la miró con una ceja enarcada sin entender por qué se estaba disculpando—. Tengo que ir a un sitio, no puedo acompañarle a dejar el equipaje al hostal.

Él no le rebatió ni preguntó a dónde demonios pensaba ir sin él; se limitó a asentir.

—Ve con cuidado.

—No se preocupe, estaré en el hostal antes de que se dé cuenta.

Salió corriendo antes de que a él se le pudiese ocurrir pensárselo mejor e interrogarla. Correr con el hakama era extraño, aunque le daba libertad de movimiento se sentía bastante torpe y la obligaba a estar pendiente de sus propis pasos, temiendo enredarse con ella misma y acabar rodando.

Estaba nerviosa, más que los días que había estado esperando una respuesta de su amiga, no sabía cómo reaccionaría Megumi ante aquel lío en el que se había metido ella solita. Eran amigas, pero no del mismo modo en el que lo era con Kaoru, además Megumi era poco predecible y muy apasionada. También seguía sintiendo cierto odio hacia Aoshi. A lo mejor había sido una idea pésima.

La vio de pie esperándola al sol junto a un árbol. Su elegante kimono resaltaba el blanco de su piel, le daba aspecto de mujer de buena familia. Misao sonrió pensando en Sanosuke, si la viera se caería de culo al suelo de la impresión.

—¡Megumi!

La doctora la miró casi como si no pudiese creer que la muchacha con yukata y hakama fuese la misma que había conocido con shinobi. Cuando Misao llegó a su altura le dio una fraternal palmadita en la cabeza.

—Has crecido —musitó colocando los dedos bajo su propia barbilla analizándola en detalle—. Pareces otra.

—No me tomes el pelo. —Rió sabiendo que Megumi no lo decía en tono ofensivo, además ella misma era consciente de que había cambiado.

—¿Estás tú sola? ¿No ha venido nadie contigo?

—Bueno, más o menos. Aoshi-sama ha venido conmigo hasta aquí —declaró balanceándose sobre los talones—. Pero le he pedido que se quedase en el hostal e instalase nuestras cosas.

—Lástima, siempre es grato poder alegrarse la vista con tu ninja.

—No es "mi" ninja —espetó Misao.

—Lo que digas.

Megumi dibujó una sonrisa zorruna, definitivamente aquella chiquilla vivía en su propio mundo sin darse cuenta de que su amor era correspondido.

—Vamos a comer algo, ¿quieres? Estoy muerta de hambre.

—Claro, pero no conozco…

—Cabeza hueca, vivo aquí, no lo olvides. Te llevaré a un sitio que te encantará.

Megumi la guio por las calles de la ciudad mientras hablaban de banalidades, no le preguntó por todo aquel asunto del matrimonio y Misao no se pronunció al respecto.

—¿Soba? —preguntó Misao leyendo el cartel del restaurante frente a ellas, miró a Megumi que no le parecía el tipo de mujer que come soba.

—Hacen los mejores fideos de todo Japón, ya lo verás.

—¿Te gustan los soba?

Megumi enarcó ambas cejas.

—¿Por qué parece sorprenderte tanto?

Misao soltó una risita nerviosa.

—Es que te imaginaba comiendo cosas muy elegantes.

—¿Qué clase de cosas elegantes? —le preguntó entrecerrado los ojos.

—No lo sé, es absurdo, olvídalo.

La doctora suspiró y lo dejó pasar, porque no tenía sentido alguno insistir. Además, aquella estupidez sobre comer cosas elegantes era irrelevante, ella quería saber más sobre lo que le había escrito.

Se sentaron en las mesas del fondo y pidieron sus platos. Charlaron, poniéndose al día, mientras comían. Misao parecía más interesada en sus aventuras y desventuras en Aizu que en explicarle algo sobre ella y su situación. Megumi le dio margen, entendiendo que no debía ser fácil para ella. Aquella niña había crecido en libertad, sin presiones sociales, y verse atada de repente debía de ser asfixiante.

Megumi dejó los palillos sobre la mesa con un golpecito seco que sobresaltó a la joven Okashira.

—¿Me lo vas a contar o no?

—Ah… es que no sé por dónde debería empezar. —Y pareció a punto de ahogarse con las palabras.

—Prueba por el principio, —replicó comprensiva, tendría paciencia con ella— ¿cómo has acabado en semejante enredo?

Misao apuró las últimas gotas de caldo de su bol. Suspiró con los ojos cerrados y el ceño fruncido.

—Pues verás, hay un tipo asqueroso que me odia, se llama Itsuka, nunca ha querido relacionarse conmigo porque me considera una ladrona de títulos. —Suspiró de nuevo, lo había suavizado un poco sabiendo que Megumi pondría el grito en el cielo si se lo contaba tal cual—. De repente le envió una carta a Aoshi-sama solicitando una reunión con el Okashira.

—¿Por qué a Aoshi? El Okashira eres tú, ¿no?

—Porque considera que me hice con el título de manera ilegítima y que Aoshi-sama sigue siendo el legítimo Okashira.

—Menudo gilipollas.

Misao estalló en una sincera carcajada, Megumi con toda su elegancia, en ocasiones, soltaba alguna grosería que contrastaba con su imagen. Le encantaba tener una amiga así, porque en cierto modo se parecían.

—Aoshi-sama me dio la nota a mí y…

—Sólo faltaría que no lo hubiese hecho. —Suaves notas de rencor filtrándose en su tono de voz.

—Y acepté la reunión —continuó con una sonrisa, el pasado que unía a Megumi y a Aoshi hacía que tendiese a pensar lo peor viniendo de él, a Misao no le sorprendía y ahora ya tampoco le resultaba molesto.

»Al principio no dejaba de repetir que estábamos condenados a desaparecer y que no había sangre nueva y un montón de palabrería de viejo chocho. Hasta que dijo que no había un heredero.

Megumi abrió la boca sorprendida, entrecerró los ojos.

—¿Y le dijiste que tendrías uno?

—No… bueno sí, más o menos.

»Le dije que tenía fácil solución.

—¿En serio? ¿Eres tonta? —soltó frotándose la frente.

—¡No! No me imaginaba que lo dijese en ese sentido, a ver… Aoshi-sama fue Okashira y no es hijo de ningún otro Okashira. Yo lo soy porque le destituí, por eso…

—Tu abuelo fue el predecesor de Aoshi, ¿me equivoco?

Misao asintió como si las piezas de un puzle acabasen de encajar dentro de su cabeza.

—Entonces es evidente que como nieta del Okashira tú debías ser el Okashira y, por lo que sé, eras muy pequeña y por eso debieron buscar a alguien que se hiciese cargo hasta que fueses mayor.

—Tal vez… pero ¿sabes qué? Que si se hubiesen molestado en explicármelo, en explicarme las cosas importantes, la mayor parte de mis dolores de cabeza estarían resueltos.

—En eso tengo que darte la razón —admitió, era evidente que en aquella casa de locos habían sido muy negligentes con aquella niña, y eso incluía al hombre que la abandonó para dedicarse a negocios turbios.

Megumi alargó el brazo cuando pasó la mesonera por su lado y pidió más té y algunos dulces.

—Volvamos a lo de casarse.

—Para tener un hijo tengo que casarme.

—Hasta ahí está claro. —Ninja o no, las normas sociales existían para todos—. ¿Por qué con alguien que no quieres?

—Las leyes del clan marcan que si quiero seguir siendo la Okashira me tengo que casar con alguien que apruebe el Oniwaban-shû.

»Jiya insiste para que me case con Aoshi-sama, incluso él me ha dicho que debería hacerle caso a Jiya y casarme con él —barbotó con la cara teñida de un rojo encendido.

»Le pedí a Oshige que me hiciera una lista de hombres que pudiesen encajar —musitó sacando el papel de entre su ropa y tendiéndoselo a su amiga.

Doce nombres, uno de ellos tachado, Megumi frunció el ceño. Había tachado a Aoshi, la muy idiota, incluso después de que él le pidiera que se casase con él.

—Tienen nombres aburridos.

—Ya…

—¿Por qué está Aoshi tachado?

Misao dio un par de palmaditas sobre la mesa nerviosa e incómoda.

—Bueno… es complicado.

—Complicado —repitió con el ceño fruncido—. Lo diré de otro modo ¿por qué no te casas con Aoshi?

—¡No puedo! —Casi chilló, como si la simple idea de casarse con él fuese un pecado mortal.

—Por supuesto que puedes, sólo tienes que decirle "sí".

—Pero no quiero casarme con él. No si no me corresponde, Aoshi-sama merece encontrar a alguien que le haga feliz.

—Sabía que eras tonta, pero no que lo fueras tanto.

»¿Tú no mereces ser feliz? ¿Sólo él lo merece?

»Además ¿cómo sabes que no te corresponde? ¿Se lo has preguntado? ¿Te ha dicho que no te ama? ¿Te ha dicho que quiere casarse contigo sólo para sacarte del mal paso? ¿O que se casaría contigo porque le das pena?

—No —contestó agachando el rostro—. Pero es obvio, mírame, vamos. ¿De verdad crees que podría enamorarse de alguien como yo?

—Por supuesto que sí.

Y lo creía de verdad. El tiempo compartido con aquel hombre hacía que supiera, con total seguridad, que jamás haría nada que no quisiera hacer, ya fuese algo tan trivial como beber alcohol o algo tan transcendente como casarse. Además le había visto mirarla en el despacho de Saito, lleno de orgullo y con interés; a ella jamás la había mirado ni con una tercera parte de aquel interés a pesar de que había intentado seducirle en más de una ocasión, incluso desnudándose frente a él. Aún le dolía el orgullo de tantos rechazos juntos.

—No seas ridícula, Megumi.

—¿Por qué no os sentáis juntos y habláis de ello? Aún no es tarde, puedes salir bien parada, Misao.

—¿Y cómo pretendes que saque esa conversación? —preguntó incómoda con las mejillas rojas.

—Hablar se te da bien, improvisa, déjate llevar.

Megumi lo veía todo tan fácil… Le había ido bien hablar con ella, pero seguía perdida y sin saber cómo salir de aquello.

—Come, estás muy delgada —le soltó plantándole los dulces, que había traído la camarera, delante.

—Lo que digas, mami.

No se ofendió, apreciaba a aquella chiquilla atolondrada y, debía de admitir que se estaba comportando como si fuera su madre.

—Habla con él.

—Que sí.

º º º

Aoshi estaba sentado sobre una gran roca en el jardín bajo el sol, sereno, meditando. Misao se preguntó si ya sabía que estaba allí mirándole. Dio un tímido paso adelante.

—¿Ha ido bien? —interrogó sin abrir los ojos.

—Sí, ha estado bien.

Aoshi descartó preguntarle con quién se había visto, tal vez habría quedado con su amor no correspondido y, si era así, prefería no saberlo ya tenía bastante con saber que se casaría con alguien que no era él.

—Aoshi-sama, ¿quiere tomar té conmigo?

Él entonces sí la miró con interés, se levantó. Había cambiado su traje occidental por una de sus yukata y los zapatos por unas geta, aquella indumentaria la hacía sentir más cómoda. En casa.

Le amaba.

Aoshi siempre estaba dispuesto a compartir un té y Misao se había valido de ello. Envalentonada por su conversación con Megumi, había decidido preguntarle por qué quería casarse con ella. Su amiga tenía razón diciendo que a ella se le daba bien hablar.

—¿Aquí o fuera?

—Aquí.

Era más probable que en aquel lugar dispusieran de más intimidad que en alguna tetería de la zona, no quería oídos ajenos en su conversación.

La dueña del hostal les sirvió té y unos dulces. Misao aún se sentía llena del atracón de comer que se había pegado con Megumi, pero se lo agradeció y se esforzó por comer un poco.

—Le agradezco mucho lo que está haciendo por mí.

Aoshi asintió, no necesitaba que se lo dijese.

—Todos estos viajes, las noches fuera del Aoi-ya, el tener que… —Se detuvo, inspiró hondo—. Quedarse en un constante segundo plano.

—No necesito que me lo agradezcas, lo hago porque quiero hacerlo.

—De todos modos, me ayuda mucho que esté aquí, a mí lado.

—Misao, ¿qué…?

—Lo siento, estoy divagado.

Ella le miró con la determinación brillando en sus ojos verdes, deseó que aquello significase que se iba a echar atrás, dejar correr aquella locura y pensar en su propio bienestar y felicidad, que tal vez así tendría una oportunidad de conquistarla.

—Aoshi-sama, hay algo que quisiera preguntarle.

—Adelante.

Notó sus mejillas encenderse justo antes de agachar la mirada y beber té nerviosa. Se preguntó qué era lo que pretendía preguntar para que le diese tanta vergüenza.

—¿Usted…? —Soltó el vaso como si quemase de repente y sacudió las manos inquieta—. Olvídelo, era una estupidez.

—Puedes preguntarme lo que quieras, Misao, te daré respuesta.

—De verdad, Aoshi-sama, olvídelo, era una tontería.

Aoshi tomó su mano con fuerza, Misao las observó, su mano se veía tan pequeña atrapada en la de él, incluso su tono de piel parecía más claro en contraste con la de Aoshi. Le parecieron hermosas, en cierto modo parecían estar hechas para estar unidas.

—Yo sólo… quería preguntarle si… —Tragó saliva, tenía la garganta seca, pero no quería separar su mano de la de él para tomar la taza y beber—. Si… si cree que podría ser una buena esposa para alguien.

Reprimió las ganas de estrellar la frente contra la mesa, ¿qué mierda acababa de soltar? Semejante pregunta estúpida no iba a ninguna parte, es más, la respuesta podía hundirla, aún más en la más absoluta miseria.

—Por supuesto —contestó Aoshi con sinceridad, para él sería la esposa perfecta. Una mujer capaz, valiente y brutalmente sincera—. ¿Por qué dudas de ello?

—Porque no soy lo que se dice "una dama" —replicó tan sorprendida por su respuesta que le falló la voz—. O sea, no soy delicada, ni femenina, ni elegante, se me escapa constantemente el acento de Kyôto y no sé ser…

—Misao, tú eres una kunoichi, no tienes que seguir las mismas normas sociales que el resto de mujeres. Además, eres la Okashira, no le debes sumisión a nadie. Tienes poder y es tu deber usarlo. —Le soltó la mano dejando en su piel la calidez de aquel contacto prolongado—. Y el acento de Kyôto no tiene nada de malo.

—Ya, pero… Aoshi-sama.

—Eres perfecta, tal y como eres, no permitas que nadie te haga dudar jamás de ello.

Dibujó una sonrisa triste. Era perfecta, pero no podía robarle el corazón al hombre al que amaba.

—Gracias, Aoshi-sama.

º º º

La casa de su anfitrión estaba en la ruina, Misao contuvo las ganas de volver por dónde había venido y fingir que jamás se había detenido frente a aquella puerta. Sería descortés y poco coherente con su rango, además Aoshi pensaría que era una mocosa superficial y no lo era. Llamó a la puerta y esperó nerviosa a que alguien abriese.

—¿Quién llama?

—Makimachi Misao —respondió sintiéndose ridícula, ¿su nombre era una buena respuesta? ¿Tal vez debería haber dicho que era la Okashira?

La puerta se abrió cortando el hilo de sus pensamientos. El hombre que apareció apestaba a alcohol y parecía llevar semanas sin lavarse. El pelo demasiado largo y grasiento se le adhería a las mejillas.

—Makimachi Misao —repitió el hombre como si su nombre fuese algún tipo de mantra ridículo—. Un nombre grande para una mujer pequeña.

¿Acababa de insultarla o sólo había elegido pésimamente las palabras? Misao permaneció impertérrita, como si no hubiese abierto aquel agujero maloliente que tenía por boca.

—Supongo que querrás entrar.

Sintió claramente que aquello jamás funcionaría, no sólo por el aspecto de aquel hombre, sino por el menosprecio por ella que destilaba. Pero estaba allí y tendría que hacer su papel para no parecer una estúpida.

—Podemos hablar en otro lugar si lo prefiere.

—No, no me gusta salir de casa. Entra.

Cuando él le dio la espalda, Misao, buscó a Aoshi con la mirada, le encontró escondido en un tejado oculto por las frondosas ramas de un cerezo, se sintió más tranquila. Aunque se aseguraría de despachar aquel asunto rápido.

Siguió al hombre hasta el descuidado jardín, él tomó asiento, ella permaneció en pie, colocándose estratégicamente para evitar que pudiese ver a Aoshi.

—Pues tú dirás, te escucho.

—Takamura-san, he venido hasta aquí para proponerle algo, sin embargo, tengo toda la impresión de que no le interesa…

—No, no me interesa. Eres una mujer —bufó—. Las mujeres sólo valéis para estar en la cocina y complacernos. A parte sólo eres una estúpida mocosa jugando a ser una gran mujer.

»Eres pequeña. Eres patética. No eres nada.

Se sorprendió de la falta de efecto que esas palabras le habían producido. Permaneció calmada.

—Espero que pronto alguien te dé tu merecido y que aparezcas en alguna cuneta devorada por los carroñeros.

—En ese caso, usted y yo no tenemos asunto alguno que tratar. Que pase un buen día.

No esperó muestra alguna de cortesía por su parte, Misao se movió hacia la salida con la cabeza bien alta y paso seguro. No iba ni a molestarse en despedirse de él. Si aquello salía bien se aseguraría de expulsar a aquel hombre del Oniwaban-shû.

Cerró la puerta tras de ella y caminó por la calle hasta que se encontró con Aoshi, tan hermoso, tan tranquilizador. Suspiró y le sonrió.

—Ha sido breve —pronunció él.

—Sí, bueno, cuando no hay nada que hacer no lo hay, ¿para qué perder el tiempo?

Aoshi asintió como su hubiese comprendido algo más allá de sus palabras, le tendió una mano que ella aferró al instante. La llevó hasta el hostal en el que se alojaban, rodeados de silencio, Misao no estaba de humor y él no era un hombre de muchas palabras.

Misao agradeció la calma de aquel pequeño hostal tanto como el ser los dos únicos inquilinos. La dueña del lugar se aseguró de que estuvieran cómodos, agasajándolos con todo tipo de atenciones que era improbable que dispensara a todos sus huéspedes. Al final Misao se las había ingeniado para que los dejase a solas y se sentó junto a Aoshi en el porche bajo un manto de estrellas.

—Me odia —soltó. Si Aoshi no fuera quien era le habría preguntado de quién demonios estaba hablando, pero era él y la comprendía mejor que nadie.

—Eres una mujer.

Misao puso los ojos en blanco ante tal obviedad.

—Los hombres no estamos acostumbrados a que una mujer esté por encima nuestro —explicó con sinceridad, aunque estaba seguro de que Misao lo sabía más que de sobras—. Eres menuda, eso junto a tu aspecto aniñado hace que, hombres como Takamura, te consideren poca cosa y una figura de poder débil.

—Ya bueno, siento no ser una supermujer.

—No te equivoques, Misao —continuó colocando uno de sus mechones tras su oreja, rozando su piel con cuidado—. El físico de un Okashira no es importante, lo que importa es su modo de llevar el clan.

—Tampoco es que se me dé demasiado bien eso, soy un desastre.

—No es cierto. Eres una buena Okashira, eres justa, eres fuerte y los que te conocen lo saben.

»Siempre habrá alguien dispuesto a hacerte creer que no vales para ello.

—Pero, Aoshi-sama, no siento que lo esté haciendo bien.

La atrajo hacia a él, refugiándola en un abrazo protector sin importarle si alguien podía verlos.

—Sé que, aunque te lo repita mil veces seguirás teniendo dudas y eso es normal, pero Misao eres el mejor Okashira al que he servido.

—Usted sólo ha servido a mi abuelo.

—Él estaba muy por encima de mí, igual que lo estás tú. Un Okashira no debe ser sólo un buen soldado, hay muchas otras habilidades necesarias para ello y tú las reúnes todas.

—Gracias, Aoshi-sama —musitó refugiada entre sus bazos. Agradecía de verdad que tratase de animarla y convencerla de que se le daba bien algo en lo que sentía que era un desastre.

—Es la verdad, no me lo agradezcas.

—Le quiero, Aoshi-sama.

—Y yo a ti, Misao.

º º º

Misao se despertó sola en aquella habitación fría e impersonal del hostal. Se había dormido entre los brazos de Aoshi y suponía, que él la había llevado hasta el futón. Estaba cansada.

Miró su ropa perfectamente doblada a su lado, aquellos ropajes eran tan ajenos a ella. Estaba hecha para correr arriba y abajo con su shinobi, no para parecer una elegante señorita, las marcas de su piel lo evidenciaban más que de sobras.

El día que se casara, ¿qué pensaría su marido de su habitual indumentaria? ¿le parecería indecente? Ella amaba la libertad de movimientos que le otorgaba, la comodidad de la tela sobre su piel.

Había muchas cosas que no se había llegado a plantear y le daba miedo hacerlo. No quería dejar de ser lo que era por ningún hombre, menos aún por uno al que no amaría nunca. No quería quedar relegada a ser un adorno del brazo de un hombre.

A veces miraba a sus amigas, aquellas que habían crecido en una familia normal, renunciando a ser quienes eran para agradar a un hombre, convirtiéndose en personas diferentes y tristes, algo que Misao se había prometido a sí misma no hacer jamás.

Se sentía estúpida, como una niña pequeña con una pataleta. Tenía que cambiar su forma de pensar, no tenía sentido machacarse a sí misma con aquello, al fin y al cabo, había sido decisión suya lo de casarse, nadie la estaba obligando a atarse a un hombre.

Aoshi… él… Sacudió la cabeza, a santo de qué iba a torturarse pensando en si él la seguiría aceptando tal cual era si se casasen. Eso nunca pasaría, tenía que dejar de ser una niña tonta correteando tras un hombre que no le correspondería nunca. Se palmeó las mejillas.

Se levantó, se deshizo de su yukata y se puso la ropa de calle. No podía pasarse el día remoloneando en la cama, además tenía un hambre feroz.

Recorrió el pasillo solitario y se adentró en el pequeño comedor del hostal. Aoshi estaba sentado a la mesa comiendo algo de arroz, no pudo evitar sonreír al verlo tan en paz.

—Buenos días Aoshi-sama.

Él movió la cabeza a modo de saludo.

—El té aún está caliente, puedo pedir más si…

—No, está bien —se apresuró a decir—. No me importa que el té se quede frío.

El ceño de Aoshi se frunció un instante. Un té frío era un insulto a la ancestral cultura del té que tanto fascinaba a Aoshi. Misao no pudo evitar reírse.

—¿A dónde vamos? —preguntó cambiando de tema.

—A Kawasaki —susurró Misao—. A ver a Komatsu Wataru.

—¿Estás segura de querer ir?

—¿Uh?

Era una pregunta inusual. Misao dudó, analizándole con aquellos ojos verdes tan vivos e inocentes.

—¿Ocurre algo, Aoshi-sama?

—Preferiría que le dejases para más adelante, si es posible.

No insistió, aunque era más que evidente que le estaba ocultando información importante. Misao asintió despacio.

—De acuerdo, lo dejaré para más adelante —siseó, dispuesta a sonsacarle algo a cambio—. ¿Le conoce?

—Sí.

—¿No le gusta?

—No.

—¿Por qué?

Él la miró por encima del vaso de té, planteándose si darle una respuesta sería correcto o no. Misao era tan testaruda que tal vez su respuesta le haría tener más ganas de ir y enfrentarse a él.

—Es una mala persona —contestó deseando que se conformase con aquello y que, con suerte, lo borrase de su lista de candidatos igual que había hecho con él.

—¿Le hizo daño?

—A mí no, a otras personas.

Misao asintió. Se había conformado con eso y Aoshi lo agradeció.

—Entonces iremos a Urawa primero y después a Nerima.

Pensó en lo agradable que era viajar con Aoshi, el compartir aquellos momentos íntimos con él, planeando a dónde ir… si no fuera porque iba en busca de un marido estaría realmente disfrutando de ello.

—Urawa, perfecto.

»Misao, ¿te importaría que tomásemos un pequeño desvío?

—Claro, no hay problema.

º º º

Las olas del océano rompían con fuerza contra las rocas. Los ojos de Misao centellearon de la emoción. No era la primera vez que lo veía, ya que había recorrido muchos pueblos costeros buscando a Aoshi, pero contemplar aquella gran masa de agua siempre la emocionaba. Contuvo las ganas de dar saltitos y pedirle a Aoshi que pasaran allí la tarde.

—¿Te gusta la playa, Misao?

—¡Me encanta!

Su expresión ponía en evidencia que era verdad. A Aoshi le ponía un poco nervioso la amplitud del océano, pero había supuesto que a alguien tan libre como ella le encantaría.

Misao se descalzó, lanzando las botas al aire, y corrió por el arena remangándose el hakama como una chiquilla hasta llegar al rompeolas, el agua la mojó hasta las pantorrillas cuando la ola rompió, soltó un gritito y regresó sobre sus pasos corriendo y riendo.

—¡Qué fría! ¡Qué fría!

Aoshi se quitó los zapatos, colocándolos cuidadosamente ordenados, recuperando las botas de ella, poniéndolas junto a su calzado. Se movió con calma hacia la orilla, Misao corrió a su encuentro con las mejillas rojas.

—¡Venga a mojarse los pies! —exclamó tirando de él hacia el agua, Aoshi se dejó llevar—. Ya verá que bien que sienta.

—No hemos venido aquí a jugar, Okashira.

Tampoco es que supiera por qué estaban allí en realidad. Ella le miró muy seria, con el ceño fruncido, y después le sonrió como una chiquilla planeando una travesura.

—Divertirse es necesario de vez en cuando, Aoshi-sama. Tiene que aprender a relajarse.

¿Relajarse? Aoshi no se había relajado en su vida, no había tenido tiempo para ello, lo más cerca de la relajación que había estado era cuando meditaba y batallaba contra sus demonios.

—Misao…

—Créame le sentará bien. Sé que usted es un guerrero, pero bajar la guardia de vez en cuando es bueno.

—Bajar la guardia puede matarte.

—Yo le cubriré las espaldas.

No dejaba de ser curioso que se ofreciese a hacerle de guardaespaldas, a él que siempre la había estado cubriendo, velando por su seguridad. Él que había sido designado por Makimachi Kazuya como su guardaespaldas oficial.

—Hagamos un trato, si le gano nos quedaremos aquí relajándonos toooda la tarde —siseó con tono desafiante—. Si gana usted haremos lo que quiera… Haré cualquier cosa que quiera durante una semana entera ¿qué me dice?

¿Realmente Misao creía que podía ganarle? Era fuerte y espabilada, pero de ahí a poder derrotarle…

—De acuerdo.

—El primero en caer al suelo habrá perdido.

—Muy bien.

Clavó los talones en el arena húmeda y firme de la orilla, valiéndose de la diferencia de sus alturas y de su centro de gravedad más bajo le hizo perder el equilibrio tirando con fuerza de él. El cuerpo de Aoshi se inclinó hacia adelante, el terreno describiendo una leve pendiente jugaba en su contra, su altura jugaba en su contra. Misao había sido muy inteligente y había demostrado haberle estado escuchando cuando le dijo que, ser una mujer, era una ventaja si sabía emplearlo en una lucha. Extendió el brazo para no caer de cara y poder rodar sobre sí mismo, y también agarró el hakama de Misao para derribarla con él, por descuidada. Aoshi cayó de espaldas y ella sobre él.

—Bien jugado —admitió su derrota.

Una ola los arrolló y revolcó.

—¡Está helada! —se quejó Misao, con el pelo pegado a la cara y la ropa mojada a su piel.

¡Vaya que si estaba fría! ¡Estaba congelada! Misao se rió con ganas hasta que se le saltaron las lágrimas y se quedó sin aliento, mientras él se mantenía inexpresivo como, si en realidad, no se estuviera congelando.

Era tan hermosa que Aoshi deseó besarla y abrazarla hasta el final de sus días. No lo hizo. Se incorporó levantándola con él, tomándola en brazos.

—Entonces pasaremos aquí la tarde —dijo ella entre risas—. He ganado, ¿verdad?

—Lo has hecho —admitió, había cometido el mismo error que los que no la conocían, infravalorando sus habilidades por ser pequeña y delgada. Misao había ganado en todos los sentidos, más allá de su descuido provocado por la confianza que le tenía—. Sin embargo, si nos quedamos aquí pillaremos un buen resfriado.

Misao dejó de reír, tenía razón, estaban empapados.

—Podemos ir al hostal a cambiarnos de ropa.

Y Aoshi accedió.

Con la ropa seca y el ánimo en alto por su victoria, Misao, le había llevado de vuelta a aquella playa. Habían pasado un buen rato sentados en el arena mirando el oleaje sin decir absolutamente nada. Aoshi se preguntaba qué pasaba por su cabeza cuando estaba callada, porque Misao era de las que hablaban sin parar y, su silencio, era intrigante.

—¿Sabe una cosa, Aoshi-sama? La primera vez que vi el océano me dio un miedo increíble —confesó acomodándose un mechón tras la oreja, la brisa se revolvía el pelo—. Tan amplio, tan inmenso…

La comprendía, más allá del horizonte seguía habiendo agua salada, era casi como si no existiera nada más que el agua.

—¿Sabe qué hice?

—No —contestó aún sabiendo que era una pregunta retórica.

—Le pedí a un pescador que me dejase montar en su barca y que me llevase mar adentro.

»Que absurdo, ¿verdad? Estaba muerta de miedo, pero pensé que el único modo de dejar de tener miedo era enfrentarme a toda esa agua.

—¿Funcionó?

—¡Sí! Fue increíble, incluso me atreví a nadar estando tan lejos de la orilla.

Era valiente. Él jamás se habría atrevido a hacer algo así. Aoshi era de los que analizaban un problema y montaba un millar de estrategias para derrotarlo; nunca se habría lanzado sin conocer algo desde todos los ángulos posibles. Por eso la admiraba. Misao encaraba sus miedos y retos de frente, sin tomar desvío alguno.

—¿Es lo que estás haciendo ahora? —Sus ojos verdes llenos de confusión se clavaron en él—. ¿Te estás enfrentando a algo que te da miedo?

—No. Me estoy enfrentando a algo que tengo que hacer.

Tenía miedo, aunque no lo dijese. Por eso había aceptado aquel cambio en su destino, por eso estaban allí sentados en el arena fría de una playa en vez de dirigirse hacia Urawa. Aoshi no dijo en voz alta que sabía que estaba asustada, no podía culparla por ello.

—Aoshi-sama, cuando me case… ¿seguirá a mi lado? —Había hecho acopio de todo su valor para formular aquella pregunta porque la respuesta la aterraba.

—Siempre estaré a tu lado, Misao.

—Gracias.

Aunque se casase con otro él seguiría siendo su guardaespaldas tal y como le habían ordenado con trece años.

º º º

El día de relax acabó demasiado pronto, aunque Misao lo había aprovechado al máximo, la playa, una buena visita turística, una copiosa cena y dulces. Aoshi tenía que admitir que había disfrutado del plan de no hacer nada de Misao. Alejado de obligaciones, viviendo una vida diferente a la suya habitual.

Pero la pausa había acabado y el rodeo también. Habían dejado el hostal temprano, tras un pequeño desayuno, sin hacer ruido, sin dejar rastro, como los buenos ninja que eran. Misao estaba de buen humor, caminaba con aquel paso jovial que la caracterizaba, él la seguía de cerca.

—Aoshi-sama ¿cómo es Ugajin Makoto? ¿Le conoce?

—Es ruidoso.

—¿Cómo nosotros?

Aoshi se lo pensó, comparando al hombre que recordaba con los miembros del Aoi-ya.

—No. Es más… —enmudeció, no se le ocurrió otra forma de explicarlo que no fuese repetir la palabra "ruidoso".

—¿Es buena persona? —preguntó entendiendo que no sabía cómo definirlo de manera adecuada.

—No es mala persona.

Ahí estaba otra vez su incapacidad para definir a personas con las que había compartido experiencias. Lo lamentaba por Misao, era un desastre en ese ámbito, no podía darle lo que necesitaba.

—¿Odia a las kunoichi?

—No.

De hecho, a aquel hombre le encantaban las mujeres, jóvenes, mayores, no parecía importarle en absoluto en qué franja de edad se encontraban.

—¿Estuvo en su equipo?

—Así es, durante el asedio del castillo de Edo.

—Entonces debe de conocerle bastante bien.

No lo dijo, pero Aoshi por aquella época no se fijaba mucho en los otros miembros de su escuadrón más allá de los asuntos militares. Sólo le importaba si estaban preparados para aguantar la presión y si podía confiar en sus habilidades, porque alguien poco preparado o afectado por la presión podía llevarles a todos a la tumba. Si la situación hubiera sido diferente, tal vez, podría haberse fijado en el tipo de cosas en las que lo hacían los demás, pero, Aoshi, no había querido permanecer allí, tan lejos de casa, con la guerra acechando frente a las puertas de Aoi-ya. Estando en Tokyô sólo podía pensar en volver a Kyôto, el resto no le importaba en absoluto.

Meneó la cabeza.

—Aoshi-sama, ¿cree que sería bueno para mí?

Se detuvo, la miró. Misao se balanceó nerviosa, no sabía qué pretendía conseguir haciéndole aquella pregunta tan estúpida sabiendo que Aoshi no le diría que se olvidase de todo, que se casase con él porque la amaba.

—A esa pregunta sólo puedes contestar tú.

—Pero, ¿cree que ese hombre…?

—No puedo darte la respuesta que buscas, Misao. —Reemprendió la marcha, pasando junto a ella y avanzándola—. Si me preguntas si me gusta para ti, la respuesta es no. Si te conviene, la respuesta es no. Sin embargo, no importa lo que yo diga, la opinión que importa, en este asunto, es la tuya.

—Aún y así, Aoshi-sama, su opinión sí que importa para mí.

Se lo agradecía, que le considerase algo más que un guardaespaldas o un instructor.

—La calesa sale en treinta minutos, si no nos apresuramos la perderemos —cambió de tema, Misao no se enfadó ni molestó, tampoco se sorprendió.

—Claro, vayamos.

—Aún podemos volver a casa si lo prefieres.

—Sabe que no puedo.

Asintió, tampoco es que hubiese esperado que le dijera que sí, pero conservaba cierta esperanza de que pudiese ocurrir.

Cuando llegaron a la plaza del pueblo el carromato ya estaba allí. El conductor fumaba un cigarrillo con la mirada perdida y cara de sueño. Aún quedaba un rato para que emprendiera el camino, pero fueron hasta allí. El cochero lanzó el cigarrillo a medio consumir y le tomó el equipaje para atarlo en el techado del carro.

—Podemos partir ahora si lo desean, son los únicos pasajeros que han contratado mis servicios hoy.

Misao estuvo segura de que, Aoshi, se había asegurado de que nadie más les acompañase, igual que las otras veces. Eran demasiadas coincidencias como para creer que era pura casualidad.

—Sí, partamos ya.

Fin

Notas de la autora:
¡Hola! Aquí os dejo el cuarto capítulo con él llegamos al ecuador de la historia. Ahí siguen nuestro par de idiotas dando vueltas sin comunicarse como es debido entre ellos, Misao por falta de confianza en sí misma y Aoshi por no querer presionarla. Espero que os haya gustado la aparición estelar de Megumi, al principio había pensado en Kaoru, pero Megumi me parece mucho más adecuada.
Una vez más recordar que esto está ambientado a finales del siglo XIX y que el papel de las mujeres en aquella época no era el mismo de hoy en día, que no tenían libertad, que, socialmente, estaban obligadas a someterse a un hombre, que su lugar solía reducirse a las labores domésticas, que una mujer soltera era una mujer que no servía para nada; así que, aunque no me guste, el contexto histórico está ahí y no puedo eliminarlo, con ello quiero decir que si no te gusta puedes leer alguno de los AUs que rondan por FFnet y ahorrarme el DM con lo mucho que te desagrada que haya actitudes machistas en este fic, porque SORPRESA la sociedad japonesa es extremadamente machista hoy en día, así que qué decir de Meiji. En serio, puedes leer cualquier otra cosa que te mantenga en el mundo de la purpurina donde las mujeres siempre hemos gozado de derechos y libertades.
Tras la aclaración, como siempre, espero que os haya gustado. Un abrazo.

º º º

Serena Tsukino Chiba: ¡Hola! Idiota o no, la adaptación de Aoshi es más complicada, para alguien que encierra sus emociones con candado dejarlas salir y controlarlas es difícil, porque los sentimientos a veces se desbordan, y no creo que sepa manejar la situación en general.
Misao también se cierra en banda, no explicándole porque no puede casarse con él, a ambos les falta comunicación, les iría bien sentarse a hablar tal y como le dice Megumi, pero de momento no parece que estén por la labor.
Espero que el nuevo capítulo te haya gustado. Un abrazo.
Harumigirl: ¡Hola! Aoshi siempre está allí protegiéndola, pero necesita espabilarse o acabará perdiendo a su chica. Espero que te haya gustado. Un abrazo.
Blue-Azul-Acero: ¡Hola! Aoshi es una persona distante y manejar la cercanía no se le da bien, si a eso le añades los celos el resultado es un desastre. Te doy la bienvenida a mi fic, espero que lo disfrutes. Un abrazo.