Rurouni Kenshin y todos sus personajes pertenecen a Nobuhiro Watsuki y Shueisha.

5

El plan de Misao de ver a solas al hombre con el que se había citado fracasó estrepitosamente. Cuando el carromato llegó a la plaza del pueblo les esperaba una gran comitiva con Ugajin Makoto a la cabeza, Misao frunció el ceño, sin embargo, se esforzó en componer una cordial sonrisa para su anfitrión. Aoshi, quien, normalmente, se habría molestado por todo aquel ostentoso despliegue, se sintió aliviado ya que, eso le permitiría quedarse cerca.

—¡Makimachi-sama, Shinomori-san sean bienvenidos! Es un placer tenerlos entre nosotros.

Tanta efusividad pilló a Misao por sorpresa, movió las manos intentando que hablase más bajo, o que se callase. Al menos había tenido la delicadeza de no referirse a ella como Okashira.

—¿Han tenido un viaje agradable?

—Sí, gracias —contestó Misao casi en un susurro intentando que su tono de voz se le contagiase a su anfitrión.

—¡Fantástico! —bramó—. Han arreglado los caminos, antes era un infierno venir hasta aquí en calesa, ¿verdad, Shinomori-san?

Aoshi asintió, recordaba su primer viaje hasta Urawa, el camino estaba en tal mal estado por el ir y venir de carros que había acabado saltando del vehículo y continuado el trayecto a pie pese a las quejas de sus guardaespaldas.

—Por cierto, Shinomori-san, me alegra volver a verle, creía que se había retirado.

—Lo estoy —replicó Aoshi logrando que Misao le mirase con curiosidad—, tenía asuntos que atender cerca y me ofrecí a acompañar a Makimachi-sama.

Sintió un escalofrío, aunque sabía que era por protocolo, aquel distanciamiento resultaba inquietante. Se había acostumbrado a que se refiriese a ella como "Okashira" cuando quería marcar distancia, pero era la primera vez que a su apellido le agregaba el honorífico "sama" y deseaba que fuese la última.

—Bien hecho, una dama nunca debe viajar sola, hay tantos peligros al acecho...

«Idiota» pensó Aoshi, si supiera que Misao llevaba años recorriendo el país sola se tragaría sus palabras, una por una.

—¡Vamos, vamos! —soltó dando palmadas movilizando a todos sus criados que cargaron atropelladamente con su equipaje—. Iremos a casa, tomaremos té y comeremos.

—Ah... —Misao dudó, la situación se le estaba yendo de las manos—. Yo esperaba...

—Sois muy joven, Makimachi-sama, relajáos. Un poco de diversión y después los negocios.

—Tranquila —susurró Aoshi, debería haberle hablado de Makoto y su gusto por la diversión.

Ugajin y Aoshi hablaban de la lucha en el castillo de Edo mientras ella les seguía sintiéndose fuera de lugar. Había leído los informes de Aoshi sobre lo ocurrido, que su abuelo había encuadernado como si fuese un importantísimo diario militar, pero haberlo leído no era lo mismo que haberlo vivido y, por tanto, no tenía modo de participar de aquella conversación. Resistió la tentación de hablar con el servicio que les acompañaba con la cabeza gacha en perfecto silencio; su rol como Okashira, aunque no le impedía hacerlo, la haría quedar como una líder descuidada.

Ugajin soltó una estruendosa carcajada diciéndole a Aoshi que tendría que haber visto la cara del comandante al enterarse de que, él solo, se había cargado a la mitad de los espías que les habían enviado. Misao no sabía quién era aquel comandante, pero entendía su sorpresa al darse cuenta de que el nivel de Aoshi estaba muy por encima de la media. Añadió que Datte también se había sorprendido tanto que creyó que se mearía encima.

Misao evitó estremecerse al oír de nuevo hablar de Datte, clavó la vista al frente y se concentró en cantar, mentalmente, una de las canciones que le había enseñado Shiki siendo niña para así no seguir escuchándolos.

Al llegar frente a la casa de Ugajin, Misao, se sorprendió al descubrir que tenían muchos más sirvientes preparados para darles cualquier cosa que quisieran. Se sintió agobiada entre tanta gente con la cabeza gacha y modales sumisos.

Su anfitrión les llevó hasta una enorme sala con vistas al precioso jardín. En la mesa elegantemente pertrechada estaba llena de comida y bebida.

—¡Sentaos! —exclamó presidiendo la mesa—. ¡Sírvenos sake, Machi!

—Prefiero un té —replicó Aoshi sin dar síntomas de que le molestase el constante tono alto de Ugajin.

—El té es para las niñas.

Misao se puso tensa ante la falta de respeto que acababa de mostrar hacia a Aoshi.

—No me gusta el alcohol. —El tono suave de Aoshi desprovisto de molestia alguna—. El té está bien.

—Yo también preferiría un té.

Ugajin sacudió la cabeza como si desaprobase profundamente el gusto de ambos por el té.

—¡Machi, maldita sea! Suelta el sake, trae el té.

Machi agachó la cabeza como si fuese la culpable de que ambos prefiriesen el té al sake, a Misao le habría gustado poder darle ánimos, pero se mantuvo en silencio.

—¡Vamos, vamos! Comed, no está envenenado.

A Misao la estaba poniendo tremendamente nerviosa su actitud, tanto que había empezado a apretar los puños bajo la mesa.

—Cálmate —susurró Aoshi apenas moviendo los labios. No podía calmarse, no soportaba el modo en que trataba a sus sirvientes.

—Okashira, coma tanto como guste, tenemos a los mejores cocineros de la zona.

—Se lo agradezco.

Aguantó con estoicismo las dos horas que duró aquella comida ruidosa, reprimiendo las ganas de chillarle que tratase a sus empleados como a personas en vez de hacerlo como si fuesen basura. Cuando Aoshi se retiró y ambos quedaron a solas en la sala cerrada. Misao empezó a hablar explicándole por encima la mentira que había planeado, respondiendo a algunas de las preguntas que el hombre le hacía. Agradeció el silencio y la calma que había, sin sirvientes, sin sake... pero había algo nuevo.

Misao reprimió las ganas de taparse la nariz. Encerrados y a solas había empezado a notar un olor desagradable que ahora lo llenaba todo. Al aire libre no lo había notado. Era asqueroso.

—Entonces, Misao. —De nuevo no sintió nada cuando pronunció su nombre desnudo—. Busca a alguien que haga las veces de su marido y la ayude a infiltrarse en esa organización, ¿la he entendido bien?

—Eso es.

—Yo podría hacerlo —declaró relamiéndose los labios, imaginándose a sí mismo fingiendo ser su marido, la intimidad de las noches, disfrutar de un cuerpo femenino joven y caliente—. Cuente conmigo, Misao.

Misao evitó ponerle cara de asco, no necesitaba más pruebas de que no podía casarse con él. Si llegase a ponerle la mano encima acabaría vomitando.

—Todavía no es una decisión en firme, sin embargo agradezco su ofrecimiento y no dude que lo tendré en consideración —respondió manteniendo la cordialidad.

Desde el jardín Aoshi oía los susurros de sus voces, aunque era incapaz de saber de qué estaban hablando, un oído más entrenado, como el de Han'nya, habría descifrado suficientes palabras como para seguir el hilo de la conversación. Si Han'nya estuviese vivo seguramente Misao no estaría en aquella situación... Si Han'nya y los demás no estuviesen muertos, seguramente él seguiría siendo el Okashira.

Sintió la oscuridad engullirlo de nuevo. La culpa. La rabia. El dolor. Sacudió la cabeza, tenía que dejar eso atrás de una maldita vez. Ahora lo que importaba era Misao y su futuro.

La esperó paciente, sin hacer el menor ruido, torturándose a sí mismo imaginando a Misao casada con aquel hombre demasiado mayor, con mala higiene, formando una familia, infeliz. La sangre hervía en sus venas.

Aoshi nunca había querido que Misao entrase en el Oniwaban-shû, aunque estuviese al tanto de sus actividades, siempre había querido mantenerla lo más alejada de aquel mundo oscuro. Pero Misao era testaruda y obstinada, convenció a Han'nya de que tenía que enseñarla a defenderse, por si la atacaban algún día, y para cuando quisieron darse cuenta la estaban instruyendo para ser una kunoichi. Le encargó a Okina cesar su entrenamiento cuando él se marchó con Kanryû, sin embargo, Misao había seguido aprendiendo por su cuenta.

Misao siempre organizando su propia vida a pesar de lo que los demás quisieran para ella.

Finalmente el shoji se abrió, Misao, no sonreía. Aoshi la miró sentado en el porche, preocupado.

—¿Todo bien? —preguntó consciente de que no le había visto aún.

—¡Claro! —replicó ella componiendo al instante una sonrisa que él sabía falsa, cerrando la puerta.

¿En qué momento había empezado a ver con tanta claridad la máscara de Misao? No lo sabía con certeza, pero había empezado a ver cuándo sonreía de verdad y cuando a modo de escudo. Y lo peor era que él también había caído en la trampa de creer que siempre estaba contenta, que su vida era plácida cual soleado día de primavera.

—¿Era lo que esperabas?

La vio dudar, casi encogiéndose sobre sí misma, a punto de dar una respuesta clara y sincera. No obstante, se irguió y alzó la barbilla.

—No es tan terrible.

—Entonces ¿te casarás con él?

No. No podía casarse con él. Aquel tipo olía fatal, sólo con imaginar que pudiese llegar a tocarla le daban ganas de vomitar, pero era uno de los más joven de los posibles candidatos. ¿Qué podía hacer? Rendirse no era una opción.

—Déjalo ya, Misao, no vale la pena.

La joven Okashira frunció el ceño.

—No voy a cambiar de opinión, Aoshi-sama.

Y Aoshi supo con certeza que no se rendiría nunca.

º º º

El camino que separaba Urawa de Nerima discurría por un denso bosque que, Aoshi, no había pisado antes, en cambio Misao parecía conocerlo y se movía ágilmente por él. Quiso preguntarle si había estado allí buscándole, sin embargo, no lo hizo.

Los pájaros graznaron y revolotearon, Aoshi bajó el ritmo, Misao le imitó, alguien les seguía desde hacía un rato. La miró de reojo y supo que ella también se había dado cuenta y que se esforzaba por mantener el mismo modo de caminar, aunque más lento.

Eran ninja, eso era indiscutible, ningún bandido o persona normal se adentraría tanto en el bosque y, menos aún, seguiría aquel camino por muy jugoso que pudiese ser el botín.

Misao asintió de manera casi imperceptible.

Aoshi se detuvo, ella continuó unos pasos más asegurándose de mantener una distancia más que prudente con el ex-Okashira y sus kodachi. El silencio era perturbador.

Una risita precediendo al sonido de unos arbustos al ser sacudidos por alguien.

—Parece que nos han descubierto.

Cuatro hombres. Misao se concentró en localizar a los demás, era evidente que tenía que haber alguien más, cuatro hombres era una cifra maldita.

—Eso es que no son tan idiotas después de todo —cacareó uno de los hombres, le faltaba un colmillo que seguramente había perdido en alguna batalla.

—Al fin y al cabo, son ninjas —soltó otro de ellos, el más alto.

¿Cómo podían saber que eran ninja? Ella iba vestida con un gi y un hakama como habría vestido cualquier muchacha recorriendo un camino de montaña, y Aoshi llevaba su traje occidental. Dudaba que la funda larga en la que Aoshi guardaba sus dos kodachi fuese un indicio suficiente como para adivinar qué eran. Misao llegó a la conclusión de que ellos también eran ninja y que, probablemente, les habían encargado darles caza.

¿Sabrían quiénes eran? ¿Sabrían que ella era la Okashira? ¿O que él era el famosísimo Shinomori Aoshi? Aquello la hizo ponerse un poco nerviosa. Contuvo el pánico y miró a su alrededor.

Un breve destello entre la maleza la puso alerta.

Saltó esquivando un shuriken y casi se enredó consigo misma, no estaba acostumbrada a luchar con aquella indumentaria larga y pesada que le limitaba los movimientos. Bufó y tiró de los cordones de su hakama para quitárselo con un ágil salto, se lo lanzó a la cara al rival que tenía enfrente y que acababa de abandonar su escondite. Se sintió más libre y menos pesada cubierta sólo por un gi que apenas le llegaba a medio muslo. Aoshi no dijo nada, no sabría decir si había sido un movimiento inteligente o una locura absoluta. Los hombres rieron.

—Puedes quitarte el resto si te apetece —se mofó quitándose el hakama de la cabeza.

Misao le sonrió, una sonrisa desconocida para Aoshi, una sonrisa desafiante.

—Estoy bien así —replicó proyectando su voz, haciéndola parecer más profunda, grande y seria. Reconoció en ella el trabajo de Han'nya que le había enseñado a jugar con su voz imitando la de otros y sonidos diversos—. Puedes venir a quitarme el resto si gustas.

El ex-Okashira se tragó las ganas de gritarle que era una idiota por provocarle de aquella manera, que si la pillaba no se contentaría con quitarle la ropa. Si la situación fuese otra y ella no fuese quien era podría decir que era una estrategia brillante, provocar a tu rival para hacerle cometer un error al precipitarse; pero era Misao y su seguridad le preocupaba más que la elección de una estrategia acertada; porque Misao no era sólo una kunoichi.

—Sé lo que hago, no se preocupe por mi —susurró y Aoshi deseó que fuese así.

Eran seis rivales, lo que dejaba tres para cada uno. Tal vez Misao pecase de optimista, pero sus tres rivales estaban demasiado ocupados mirándola con lascivia como para considerarla una contrincante digna, ya había pasado por eso antes, gracias a ello había logrado viajar durante tanto tiempo en busca de su escuadrón perdido.

Agarró el bajo de su gi, levantándolo un poco, dejándoles ver más carne de la que ya mostraba. Estaban embelesados, a pesar de que su cuerpo no era espectacular aquellos hombres no podían apartar los ojos de su piel. Con gesto rápido, sacó varios de los kunai que llevaba sujetos en los muslos y los lanzó con fuerza. Apenas lograron esquivarlos, uno de ellos recibió una grave herida en el estómago, no podría usar su katana y no parecía llevar ningún arma arrojadiza.

Escuchó el sonido del metal de Aoshi chocando con el del rival, el siseo de la sangre al salir a presión. No se giró, sabiendo que la imagen la haría estremecer y que, por supuesto, le jugaría en contra. No sabía si habían caído los tres, pero sí que no tenía que preocuparse por Aoshi.

—Puta voy a rajarte de arriba abajo.

Katanas contra kunais, aquello no iba a ser un combate equilibrado, estaba en desventaja, por mucha puntería que tuviera, por más fuerza que pudiera infligirles a sus lanzamientos, sin el factor sorpresa sus ataques podían predecirse sin demasiada dificultad. Tendría que combinar sus armas con el kenpô.

Inspiró hondo y sacó otra tanda de kunai, se rieron como si acabase de sacar una muñeca de trapo con la que jugar. Se sintió confiada, si se estaban burlando de ella de aquel modo era porque no creían que pudiese hacer más que lo que había mostrado, pero ella era mucho más que una experta en armas arrojadizas con gran puntería. Lanzó cuatro, manteniendo los otros cuatro en su mano izquierda a modo de garra y aprovechó que esquivaban para atacar con una buena patada en las costillas del rival que había herido previamente, las sintió hundirse bajo su pie. El grito que soltó el hombre le erizó la piel. Se recompuso. Esprintó, puño al frente, mano armada a la espalda, se tiró al suelo y alzó el pie al colarse entre las piernas del hombre más alto golpeándole con fuerza en la entrepierna, logrando que se doblase sobre sí mismo.

Al levantarse vio a Aoshi correr hacia a ella con ambas kodachi preparadas para cortar la carne de quien se interpusiera en su camino. Se agachó deprisa, acuclillándose y tapándose la cabeza. Se detuvo a su lado, ella se levantó, sorprendida por el hecho de que los dos hombres siguiesen de una sola pieza.

—Estás herida.

—Sólo son unos arañazos —replicó, se había raspado el muslo al deslizarse por el suelo, escocía como el infierno, pero no era nada de lo que preocuparse.

Quedaban tres rivales. Tres contra dos era un escenario más deseable. Parecían sorprendidos por el hecho de que pudieran derrotarlos, cuchichearon entre ellos, Misao apenas logró entender algunas pocas palabras, pero comprendió que quien los había contratado no les había dicho quiénes eran. Se reagruparon.

—¿Quién demonios son? —inquirió Misao con la respiración algo agitada.

—Asaltadores de caminos.

Supo que le estaba mintiendo, en otros tiempos le habría creído, pero no ahora, no después de haber visto tanto mundo, no después de haber luchado tanto. Sin embargo, no dijo nada, consciente de que era probable que él sí que supiera quiénes eran y para quién trabajaban.

—Prepárate para contraatacar.

Asintió algo sorprendida por el hecho de que Aoshi estuviese dispuesto a librar una batalla que, en principio, no les era propicia. Empuñó sus kunai y esperó órdenes.

—Pase lo que pase concéntrate en tu propio bienestar, ¿me has entendido?

—Sí, capitán.

Sonrió brevemente. El tiempo en el que había sido el capitán para Misao había sido breve, apenas habían compartido cuatro o cinco misiones, poco exigentes y sencillas, antes de ser nombrado Okashira, no obstante, ella le seguía considerando digno de aquel rango.

—Ahora.

Misao saltó a la derecha, él lo hizo hacia la izquierda para, al instante, atacar frontalmente mientras uno de los kunai de ella pasaba por su lado, sin tocarle, con el objetivo de hacer dudar al rival. Aoshi lo aprovechó al máximo deshaciéndose de aquel tipo de un sólo golpe.

Hacían un buen equipo, Aoshi, lo había sabido siempre. Misao sabía sacarle ventaja a su pequeño cuerpo, del mismo modo que sabía abrir huecos en las defensas con sus kunai. Se sincronizaban bien, sin necesidad de practicar elaboradas tácticas de combate durante horas, era algo natural como si estuvieran hechos para luchar juntos.

Quedaban dos.

—¿Preparada?

—Sí.

Aoshi atacó primero, Misao esquivó al hombre que se lanzó sobre ella. Había dejado de considerarla inofensiva, la atacó con fuerza haciéndola rodar por el suelo. Se incorporó de un salto, esquivó de un modo más eficiente el siguiente embate logrando mantenerse en pie e indemne. Lanzó varios kunai para hacerlo retroceder y ganar así unos segundos vitales para lograr urdir un plan. Necesitaba más tiempo, necesitaba más espacio, Aoshi estaba demasiado cerca, eso le limitaba los movimientos y la obligaba a estar pendiente de sus kodachi. Buscó más kunai entre su ropa, pero sólo le quedaban dos. Maldijo entre dientes.

La embistió de nuevo, con más fuerza que antes, agarrándola por la cintura y derribándola. Se revolvió, evitando que anulase su centro de gravedad, liberando sus piernas para patalear y asestarle algún que otro golpe. Tenía que hacer algo rápido, no tenía la suficiente fuerza física como para combatir en el suelo de tú a tú con un hombre. Aferró un kunai a modo de puñal y lo movió veloz; este se clavó letalmente en el cuello de su rival. Sin pararse a pensar en ello lanzó el que le quedaba hacia Aoshi que se movió rápido apartándose de su trayectoria girando sobre sí mismo, valiéndose de la distracción para matar a su contrincante.

Se quitó el cadáver de encima con grandes aspavientos y respiró con dificultad, con el peso de aquella muerte sobre sus hombros, se llevó la mano al pecho buscando calmarse. Aoshi corrió hacia a ella y la rodeó con un abrazo fuerte, refugiándola en su pecho.

—Tranquila, no pasa nada.

—Aoshi-sama... le he...

—Lo has hecho bien, Misao.

La tomó en brazos cuando a ella le fallaron las fuerzas, el pánico y la culpa pesaban demasiado. La llevó con cuidado hasta una zona de bosque cercana y más despejada desde donde no se podía ver el escenario truculento que habían dejado.

Misao lloró, aunque trató con todas sus fuerzas no hacerlo, con gran desconsuelo para el que él no tenía palabras adecuadas. Acarició su espalda y le dejó llorar sin juzgarla en absoluto.

—¿Quieres que volvamos a casa? —preguntó cuando su llanto cesó.

—No, ya estoy bien.

—La primera vez que maté a alguien —musitó Aoshi necesitando hacerle comprender que su reacción era normal y correcta—, estuve a punto de dejarlo todo.

Misao le miró, aún tenía los ojos enrojecidos y vidriosos de haber llorado.

—Llegué a hablar con el Okashira para decirle que no servía para ser un shinobi. —Misao se acurrucó entre sus brazos—. Es normal sentirse mal; no tienes que avergonzarte de ello.

—Gracias, Aoshi-sama.

—Descansa, no tenemos prisa.

Lo hizo, ovillada en su regazo, con la cabeza reposando contra su pecho, escuchando sus latidos, durmiendo un par de horas durante las que Aoshi no se movió ni aflojó su agarre.

Con los ojos entreabiertos Misao contuvo las ganas de preguntarle por qué no podía corresponderle y decirle que todo sería tan fácil si lo hiciese, que podrían volver juntos a casa, formar una familia y beber té para siempre. Pero no dijo nada, movió su mano por el pecho de Aoshi hasta colocarla sobre su corazón buscando un cambio en su latido que no se produjo.

—¿Te sientes mejor?

—Sí, estoy bien —respondió decepcionada.

—Nerima aún está lejos, podemos hacer noche aquí si lo prefieres.

—No, estamos a una media hora de allí, prefiero continuar.

—Está bien, recuperaré nuestras cosas. Espérame aquí.

Aoshi se apresuró en hacerlo, en dejar atrás la sangrienta escena. No quería que Misao tuviese tiempo de estar a solas y siguiese repitiendo la escena en su cabeza, que no pudiese pensar en si el primer hombre al que había herido y partido las costillas había muerto también.

Le devolvió su hakama y sus kunai sin rastro alguno de sangre en ellos. Se vistió y guardó sus armas con movimientos mecánicos.

—Cuando te sientas preparada seguiremos nuestro camino.

—Estoy preparada —contestó llenándose los pulmones de aire.

Tardaron algo menos de una hora en llegar, cuando la noche ya había empezado a caer. Por algún motivo llegar al anochecer la tranquilizó, tal vez porque había menos posibilidades de que alguien la viese llorosa y vulnerable. Para su tranquilidad, al llegar al hostal, Aoshi se encargó de todo. Sólo quedaba una habitación disponible, pero les llevaron dos futones.

Misao se tomó un largo baño y lloró en la soledad del lugar, sabiendo que la imagen de aquel hombre cayendo desmadejado sobre ella la acompañaría para el resto de su vida.

Cuando regresó al cuarto se sorprendió al ver que Aoshi había pedido que les llevasen algo para cenar. De nuevo allí estaban algunos de sus platos preferidos, se sintió como una niña mimada.

—Gracias —musitó sonriéndole.

º º º

Misao amaneció en el futón de Aoshi, con su mano reposando cuidadosa en su cintura, no recordaba cómo había acabado allí, aunque era evidente que en algún momento se había levantado y buscado refugio, porque sí que recordaba haberse acurrucado bajo la manta de su propio futón.

—¿Te sientes mejor?

—Sí. Lo siento, Aoshi-sama.

—Está bien, no pasa nada —susurró sin abrir los ojos.

Misao apenas le había dejado pegar ojo, se había removido en sueños tanto como cuando era una niña, le había tocado esquivar y bloquear golpes.

—Sigue durmiendo, Misao, estás cansada.

—No puedo esconderme para siempre bajo su manta.

Sin embargo, para Aoshi esconderla bajo su manta y darle refugio, incluso teniendo que esquivar golpes, era algo que querría hacer para siempre.

—Te has citado con Nanakase a media tarde, ¿cierto?

—Sí.

—Entonces aprovecha y descansa, no tienes nada que hacer hasta entonces.

—Sabe que ya no soy una niña, ¿verdad?

Aoshi abrió los ojos y la miró, sus labios estaban tan cerca que apenas tendría que moverse para alcanzarlos.

—Lo sé.

—Sin embargo, me sigue permitiendo colarme en su cama como si lo fuera.

Esperó en silencio intentando descubrir a dónde pretendía llegar con aquello, ella no añadió nada más.

—No hay nada que te obligue a meterte en mi cama ni a permanecer en ella.

Misao dibujó una breve sonrisa. Una respuesta muy Aoshi, imposible de detectar en ella algún tipo de emoción, positiva o negativa, pero cordial y educada.

—Aoshi-sama… —Suspiró—. Nada, olvídelo.

Aunque había parecido ofenderse, Misao, no dijo nada, volvió a cerrar los ojos y poco después se quedó dormida de nuevo. Esta vez su sueño fue profundo y tranquilo, no se removió, ni pataleó y Aoshi consiguió dormir un par de horas seguidas.

º º º

Aún estaba sorprendida por el hecho de que Aoshi no le insistiese para ir con ella, se había preparado mentalmente para aquella batalla que no había tenido lugar, porque necesitaba estar sola y tener algo de espacio por si tenía que echarse a llorar en algún rincón. De vez en cuando se giraba y lo buscaba entre los tejados esperando encontrarlo, pero él no estaba allí. Era extraño.

El gentío se movía a su alrededor constante, sólo era gente, pero no podía evitar permanecer con la guardia en alto, después de lo del bosque tenía los nervios crispados. Sacudió la cabeza y se palmeó las mejillas cuando se detuvo frente a la elegante puerta del dojô de su anfitrión. ¿Qué clase de persona debía ser? Tenía que ser alguien calmado e inofensivo para que Aoshi no estuviera allí.

Llamó a la puerta algo nerviosa y esperó arreglándose el hakama. El portón se abrió, una mujer de ceño fruncido y mirada severa la analizó al detalle barriéndola de los pies a la cabeza con sus ojos negros. Se sintió como una niña a la que van a soltarle una regañina por no haberse peinado y vestido correctamente.

—Buenas tardes, ¿sois Makimachi Misao-sama?

—Sí, buenas tardes. —Deseó que su voz hubiese sonado firme y segura y no estrangulada y temerosa.

—Nanakase-sama os espera, adelante.

Abrió de par en par. El caminito de piedra estaba bien cuidado, igual que lo estaba el resto del patio. Debía de ser tremendamente laborioso mantener aquel lugar tan limpio y esplendoroso.

—Nanakase-sama os aguarda en el gran salón, por favor, sígame.

—Oh, por supuesto —siseó, la mujer se tensó y Misao no pudo evitar preguntarse por qué.

—En seguida les serviremos el té.

—Se lo agradezco.

A Misao le dio la sensación de que intentaba agradarle, pero que no sabía cómo hacerlo. La mujer hizo una seña con la mano hacia los dos bloques de piedra que hacían las veces de escalerilla, los subió con aquella agilidad que la caracterizaba y se obligó a esperar a que la mujer le abriera la puerta.

—Nanakase-sama —siseó arrodillándose y aferrando el shoji—, Makimachi Misao-sama está aquí.

—Adelante.

La mujer descorrió el shoji con gesto solemne y Misao avanzó, pero se detuvo al ver a su cita, con todo el pelo blanco y un sinfín de manchas en la piel. Si recordaba bien la lista de nombres y edades de Oshige, aquel hombre, tenía cuarenta y cinco años sin embargo, parecía más mayor que Okina, de hecho, parecía estar a punto de morirse.

—Bienvenida, joven Okashira —saludó con respeto genuino en su voz.

—Gracias Nanakase-san.

—Por favor, pasad y tomad asiento.

Misao se sentó frente a la mesa con un centenar de preguntas burbujeando en su garganta.

—Ruego me disculpéis por no haber salido a recibiros. —Una profunda reverencia, ojos cerrados, puño al pecho. Respeto más allá del protocolo. Era la primera vez que Misao lo veía dirigido a ella, movió las manos nerviosa como si quiera ayudarlo a levantarse, se detuvo sintiéndose ridícula—. Mi salud no es muy buena los últimos meses.

—No pasa nada. —Misao se había repuesto de la impresión cuando él la miró con sus ojos castaños hundidos—. Siento haberle pedido audiencia estando enfermo.

—No os disculpéis, Okashira.

Los labios de Nanakase se curvaron en una sonrisa llena de ternura. A Misao le caía bien, parecía un hombre agradable y apacible.

Las sirvientas entraron en tropel cargadas con té y dulces que dispusieron sobre la mesa como si estuvieran realizando algún tipo de danza exótica. Lo comprendió, no eran sirvientas, eran kunoichi igual que ella, llevaban armas bajo los kimonos y estaban más que dispuestas a rebanarle el cuello si intentaba atentar contra su anfitrión.

—Retiraos, por favor —rogó Nanakase con tono paternal—, no necesitaremos más servicio durante la reunión.

Ellas asintieron al unísono como si lo practicasen en sus ratos libres, salieron en perfecta armonía.

—Disculpadlas Okashira, son muy protectoras.

—No, son increíbles, se nota que le tienen en gran consideración.

—La nueva era llena de paz nos ha puesto a todos las cosas difíciles, hemos tenido que adaptarnos a ella —lo relató con calmada resignación, era un guerrero igual que lo había sido Aoshi—. Los clanes de antaño empezaron a desmoronarse como las flores de cerezo bajo una ventisca, y muchos shinobi buscaron refugio dentro de otros clanes más grandes y resistentes.

»A mi puerta llegaron muchas kunoichi. Para las mujeres siempre ha sido más difícil que para los hombres. Las acogí, informé a vuestro predecesor de ello, espero que a vos no os moleste, Okashira.

—Claro que no.

¿Cómo iba a molestarle? Teniendo en cuenta que ella era una kunoichi y que los hombres solían comportarse con ellas como unos auténticos gilipollas, agradecía que alguien las refugiase.

—El día en que muera —musitó despacio—, no sé qué...

—Pueden venir al Aoi-ya, allí siempre recibimos a todo el mundo con los brazos abiertos.

Él asintió, el Aoi-ya era un lugar cálido y acogedor en el que sus habitantes eran como una gran familia más allá de los rangos y las jerarquías. Echaba de menos aquel lugar.

—Decidme, Okashira, ¿qué os trae tan lejos de casa?

—El motivo de mi visita...

—No encajo en lo que esperabais encontrar, ¿me equivoco, Okashira?

Misao asintió, se había delatado sin ser consciente de que lo hacía. Le sabía mal, pero se alegraba de no tener que fingir ante él, aquel hombre parecía ser una gran persona, pero sabía que jamás podría casarse con él, aunque el cabrón de Itakura lo aceptase.

—Si me contáis el motivo real tal vez pueda ayudaros.

—Necesito encontrar un marido —se sinceró—, uno al que pueda aprobar el clan.

—Debe de ser difícil, sois muy joven Okashira.

—Eso no importa...

—¿Qué opina Aoshi-sama de esto?

Misao le miró confundida, creía que era la única que llamaba así a Aoshi.

—Él no habla mucho.

—No obstante, es vuestro benefactor, puso en peligro su cargo por vos —declaró con calma sirviéndole más té—. Para Aoshi-sama vos sois muy importante.

—No se opondría a mi decisión.

—Lo comprendo.

Dudó, agarró el vaso de barro entre ambas manos apretándolo. Le miró con la curiosidad chisporroteando en sus ojos.

—¿Qué quiere decir con que puso su cargo en peligro por mí?

Nanakase dibujó una sonrisa amable y sincera.

—Tal vez sea mejor que empiece por el principio —musitó irguiendo la espalda como si fuese a dar el informe oficial sobre la misión que se le había encomendado—. Digamos que por la época de la defensa del castillo de Edo.

Misao se quedó muy quieta, con sus ojos verdes y brillantes fijos en los de él, con toda su atención puesta en sus palabras.

—Por aquel entonces Aoshi-sama tenía apenas doce años y, a diferencia de todos los demás, ya contaba con el favor del entonces Okashira, Makimachi Kazuya-sama. —Su abuelo, igual que el resto, Nanakase se había referido a él por el nombre completo marcando una clara diferencia en el trato que, en general, recibían Aoshi y ella—. Fue el contendiente más joven del Oniwaban-shû, el niño prodigio del clan. El Okashira quería verlo crecer y convertirse en un líder imparable e iba por el camino correcto para lograrlo.

»El escuadrón al que ambos pertenecíamos era el más eficaz, aunque nuestro capitán dejase bastante que desear.

»Cuando regresamos a casa Aoshi-sama se había convertido en un joven con una reputación de dimensiones colosales. El orgullo del Okashira.

Su abuelo había admirado a Aoshi hasta el día de su muerte, aún recordaba el orgullo brillando en sus ojos mientras lo veía entrenar.

—Unos le admiraban, otros le odiaban, pero todos esperaban grandes cosas de él. Mucha presión para alguien tan joven. No sé cómo pudo gestionarlo, pero salió adelante soportando tantas críticas que habrían destrozado a cualquiera.

»Aoshi-sama añadió a un nuevo guerrero a nuestras filas, Shikijô, un enemigo convertido en Oniwaban-shû. Hubo un gran revuelo, porque se había tomado una licencia que nadie se habría atrevido a tomar.

Misao recordaba vagamente los cuchicheos sobre Aoshi y Shikijô, sobre que alguien debería darle un buen escarmiento por creerse tan importante y hacer lo que quería siempre. Era demasiado pequeña como para haberle dado la importancia que en realidad tenían.

—A Makimachi Kazuya-sama ni le importó ni le sorprendió, Aoshi-sama ya había reclutado antes a Han'nya-san por su propia cuenta y riesgo, aunque de cara al resto tuvo que imponerle un castigo por saltarse la jerarquía de mando.

»Le impuso ser vuestro guardaespaldas. Sin embargo, en realidad, era un premio. Entrar a formar parte del círculo del Okashira es algo que todos desean.

»Aoshi-sama lo aceptó sin protestar, sin ningún tipo de problema, puesto que por aquel entonces vos ya formabais parte de su escuadrón.

—Recuerdo ser del escuadrón de Aoshi-sama, pero era muy pequeña, ¿cómo es que me pusieron en un grupo de élite?

Nanakase le sonrió abiertamente, consciente de que nadie le habría explicado nada de aquello.

—Fue el castigo por reclutar a Han'nya sin permiso.

—Oh...

Había sido un castigo constante para Aoshi, no entendía cómo no la odiaba con todas sus fuerzas.

—Aoshi-sama os adoraba —explicó leyendo en su expresión que se sentía como una carga para él—. Nunca le he visto tan en paz como cuando estaba con vos.

—No soy precisamente alguien que transmita paz —farfulló. Era ruidosa, grosera y muy movida.

—Pero vos le regalabais aquella humanidad a la que tuvo que renunciar para ser un shinobi. También le permitíais ser él sin ser juzgado, le quitabais presión de encima, estando con vos no tenía que ser perfecto, ni fingir que lo era.

»Así que de manera natural se sentía ligado a vos.

Nanakase suspiró y bebió té como si estuviera reuniendo el valor necesario para continuar.

—Poco después el Okashira murió. Su hijo, el heredero oficial había caído en combate junto a su esposa y...

—Y sólo quedaba yo —pronunció sorprendiéndose a sí misma.

—Así es, erais tan pequeña... A Aoshi-sama le preocupaba vuestra seguridad, puesto que si alguien con ansias de poder os arrebataba la vida podría reclamar el mando del clan.

»Se aseguró de estar cerca vuestro en todo momento, sin poder vivir su propio duelo. Quizás no lo sepáis, ya que no habla mucho, pero él quería a vuestro abuelo como si fuese el suyo propio.

»Vuestro abuelo designó a Nenji-san como sucesor, pero él nunca había querido ser Okashira. Mucha responsabilidad y nada de tiempo para otras cuestiones, además Nenji-san no disponía del carácter y la disposición adecuadas. Por ello todos esperábamos que anunciase su renuncia y se declarase un periodo para elegir a un sustituto.

—Cuando Nenji-san renunció al cargo en favor de Aoshi-sama hubo un buen revuelo. Había demostrado de sobras que era un shinobi excelente, pero ¿podría con las responsabilidades del cargo? Un Okashira debe de ser muchas cosas a parte de un buen shinobi.

Misao lo sabía. Pesaba más el modo de gestionar una crisis que luchar bien.

—Aoshi-sama aceptó el cargo a regañadientes mientras buscaban una familia adecuada a vuestra posición para que os criase. Sin embargo, cuando la encontraron, Aoshi-sama, se negó a ellos. —Suspiró mirando los posos del té en su vaso, como si estuviera mirando algo muy lejano que sólo él podía ver—. Y de repente dijo que él se haría cargo de vos.

»Podéis imaginaros la de voces contrarias que se alzaron. Muchos tacharon de locura el que os acogiese, sobre todo por vuestra edad, porque erais muy joven y no podíais ser su esposa. Porque en ese caso lo hubiesen comprendido sin problemas.

—Ya... las kunoichi siempre entorpeciendo a los grandes shinobi.

Una sonrisa afloró al rostro de su anfitrión.

—No soy una esposa para Aoshi-sama.

—Eso es algo que no puede saberse si no se pregunta, joven Okashira.

Algo en su tono de voz sonó roto, Misao pudo reconocer algo de desamor en él. El tipo de tono que había oído antes en otro hombre.

—Nanakase-san ¿está enamorado de Aoshi-sama?

—¿No os parece inadecuado?

Misao dudó creyendo que se refería al hecho de preguntar aquello, después se dio cuenta de que siendo la Okashira no existían preguntas inadecuadas y que, en realidad, se refería al hecho de amar a otro hombre.

—No, claro que no.

—Sois una persona curiosa, Okashira.

—Amar a alguien es hermoso, igual que lo es ser amado.

—Sin embargo, soy un hombre amando a otro hombre.

Ella sonrió.

—Igual que Han'nya —replicó con naturalidad—. Yo era muy pequeña entonces, pero recuerdo como cambiaba su lenguaje corporal cuando estaba con Aoshi-sama. Cuando crecí me di cuenta de que no era por admiración, si no por amor y, creo, que todos en nuestro escuadrón conocían esos sentimientos porque a veces bromeaban con él y Han'nya se enfadaba como un diablo.

»Así que no me parece algo raro, está bien para mí. No somos dueños de nuestros sentimientos y no existe nada más hermoso que el amor.

—Gracias Okashira —susurró agachando la cabeza y llevándose el puño al pecho.

—Ha sido un auténtico placer conocerle, Nanakase-san, pero tengo que marcharme ya.

—Por supuesto.

—Si viene a Kyôto alguna vez no dude en venir a visitarnos, me encantaría volver a compartir un té con usted.

Él asintió con una sonrisa amable en los labios.

—Lo haré. Mi puerta estará siempre abierta para vos.

—Se lo agradezco, de corazón.

»No se preocupe, no necesita acompañarme, su salud es más importante que cualquier protocolo.

Misao salió de la casa con paso firme y seguro. La visita había sido agradable, aquel hombre le había explicado cosas, hablar con él la había hecho sentir mejor y olvidarse un poco del muerto que cargaba a sus espaldas. Sin embargo, estaba enfadada con Aoshi por no haberle dicho que visitarle era perder el tiempo, que nunca podría sentir nada por ella ni por alguna otra mujer. Si Aoshi hubiese sido sincero con ella se habría ahorrado el viaje hasta allí, tal vez no habría tenido que matar nunca a nadie.

Soltó un bufido y pisó fuerte el suelo sintiendo como la rabia tomaba cada célula de su cuerpo.

Era un idiota.

Llegó al hostal deseando lanzarle a la cara lo primero que encontrase en su camino por haberle hecho perder el tiempo, por haber permitido que creyese que, de aquella visita, podía llegar a salir algo.

Le vio, sentado en el porche, la mitad de él a la sombra, la otra mitad al sol con un té en la mano, en calma. Frunció el ceño intentando que su enfado no se evaporase como un charco al sol en verano.

—Usted lo sabía, ¿verdad? —Aoshi la miró con una ceja enarcada sin soltar su humeante té—. Por eso no ha insistido para acompañarme ni se ha quedado cerca para vigilar.

—¿Me habrías escuchado de habértelo dicho?

Misao abrió la boca para replicar, pero volvió a cerrarla sin decir nada. No, no le habría creído, habría pensado que era una estratagema para hacer que se rindiera. Se sentó a su lado, al sol, enfurruñada.

—Está enamorado de usted, ¿eso también lo sabía?

Aoshi no contestó, lo sabía. Aquel hombre se había ofrecido a ser su guardia personal y "lo que necesitase", hasta que un día envalentonado por el sake y por el hecho de que, Aoshi, rechazase a todas las mujeres que le ofrecían, se le declaró. Aunque Aoshi le había rechazado con cortesía y asegurado que no pasaba nada, había acabado solicitando que lo mandase a otro asentamiento a lo que había acabado accediendo.

—Me lo podría haber dicho.

—Misao, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Estoy enfadada —musitó mirándose las botas llenas de polvo—, pero sí, puede preguntar lo que quiera.

—Ese hombre al que amas. —Ignoró la molesta sensación que le produjo pronunciar aquellas palabras—. ¿Pertenece al Oniwaban-shû?

Misao dudó. Se acomodó la yukata. Suspiró.

—Sí.

—¿Le conozco?

—Eso son dos preguntas.

—Misao...

—Sí, es un ninja. Sí, le conoce. No, no voy a decirle su nombre. No, no le diré de dónde es. Tampoco le revelaré si tiene algún cargo dentro del clan. Ni le diré su edad.

Aoshi no replicó, le había cerrado todas las puertas en las narices.

—Podemos visitarle, quizás descubras que él sí te corresponde.

Había hecho cosas difíciles en su vida, pero nada tan difícil como pronunciar aquella simple frase. Aoshi deseaba que Misao fuese feliz, aunque dolía pensar que lo pudiese ser lejos de él.

«No puedo visitar a quien tengo al lado» pensó con el ceño fruncido, sabiendo que no podía decirlo en voz alta. Si se lo decía Aoshi se sentiría mal y, aunque no sabía cómo reaccionaría, suponía que se sentiría obligado a consolarla, o quizás intentaría convencerla de que era una idiota que confundía sus sentimientos. Tal vez la rechazaría con su dolorosa cortesía como había hecho con aquel hombre.

—No vamos a visitarle, está bien así.

«Cabezota» pensó Aoshi reprimiendo las ganas de decirlo en voz alta.

—Cásate conmigo, Misao.

Sintió las ganas de llorar anudándose en su garganta.

—¿Por qué?

—Es más fácil así. No tendrás que seguir pasando por todas estas visitas que no llevan a ningún lado.

—No, Aoshi-sama, no me casaré con usted.

Y dolió, para ambos.

º º º

Misao se sentía mal, no sabía si era a causa del traqueteo de la calesa o porque su estado de ánimo estaba haciendo mella en su cuerpo. Aceptó la mano que Aoshi le tendía para bajar sintiéndose mareada y débil.

—Estás pálida —soltó sin delicadeza alguna apuntando a un dato obvio.

—Me he mareado un poco.

—Te llevaré al hostal.

—No, estoy bien, se me pasará con el aire fresco.

Sin embargo, el suelo pareció moverse bajo sus pies, la sujetó ayudándole a mantener la verticalidad.

—Misao, no seas terca.

—Deme un minuto, estaré bien en seguida.

Cedió, esperó, pero Misao cada vez estaba más lánguida entre sus brazos. Se cansó. La tomó en brazos.

—Es evidente que no estás bien.

—Aoshi-sama, de verdad que...

Su voz sonaba débil, ahogada, pequeña y patética.

—Basta. Supongo que no querrás que tu posible futuro marido te vea en este estado tan lamentable. —Había sonado cruel, pero sabía que para ella era importante no parecer una persona frágil o débil—. Iremos al hostal, te tomarás un rato para ti misma y después, si estás mejor, podrás ir a ver a quien quieras.

—Pero Aoshi-sama...

—No estás en condiciones de protestar.

Si hubiese tenido fuerzas se habría enfadado e, incluso, le habría gritado que sabía lo que hacía. No obstante, él tenía razón, no estaba en condiciones. La cargó como si fuese una niña indefensa, la enfurecía, tener que depender de alguien la sacaba de sus casillas.

El hostal estaba cerca y, de algún modo, Aoshi había logrado no cruzarse con nadie durante el camino. La hostelera los llevó hasta los cuartos que les habían asignado, Aoshi esperó, de espaldas, a que Misao se quitase la ropa y la cambiase por la yukata, por si necesitaba ayuda. La arropó y, finalmente, la dejó a solas.

Misao cerró los ojos, sintiendo que el maldito mundo giraba sin cesar de un modo inadecuado, que estaba en su maldita contra. Ojalá se le pasase con una pequeña siesta. Ojalá todo regresase a la normalidad. Ojalá dejase de sentirse tan mal.

Un par de horas después de haber llegado, Aoshi regresó al cuarto de Misao para comprobar cómo estaba. Descorrió el shoji, sin llamar, porque no quería despertarla si se había dormido. La observó, estaba pálida, pero tenía las mejillas teñidas de rojo y tiritaba. Se arrodilló junto a ella y le tocó la frente, estaba ardiendo. Se preocupó, Misao nunca enfermaba, tenía una salud de hierro. Necesitaba un médico, urgente.

Casi corrió hasta la recepción en la que, la hostelera, le miró con una amable sonrisa dispuesta a cumplir con cualquier petición que tuviese su cliente.

—Disculpe, mi compañera no se encuentra bien, ¿dónde podría encontrar un médico?

—Oh, no se preocupe, uno de mis trabajadores irá a buscarlo, quédese con ella, en seguida le traeremos.

Aoshi asintió, preferiría buscarlo él, pero no podía decirle a la mujer que él sería mucho más rápido haciéndolo. Regresó a la habitación de Misao y se sentó a su lado a esperar con la preocupación devorándolo por dentro. Si algo malo le pasaba no se lo perdonaría jamás, habría sido por el baño oceánico no programado, quizás la herida de su muslo se había infectado y la estaba matando lentamente…

—Adelante —musitó en cuanto llamaron a la puerta.

A Aoshi le sorprendió ver al hombre que acompañaba a la hostelera, había sido uno de los médicos del Oniwaban-shû muchos años atrás, había abandonado el clan poco después de que le nombraran Okashira.

—Buenas tardes —susurró con un leve asentimiento—. Sumire-san, la avisaré si necesitamos algo.

La mujer cerró la puerta dejándolos a solas.

—Okashira, es un honor volver a veros.

—Ya no soy Okashira, Satô.

Pareció sorprendido, pero no se pronunció al respecto. Miró a la muchacha que tiritaba con las mejillas encendidas.

—¿Es la nieta de Makimachi-sama? —preguntó, tocando su frente caliente.

—Así es.

—Cómo ha crecido. —Aoshi no contestó nada a aquella obviedad—. ¿Cuánto hace que tiene fiebre?

—Unas tres horas, estaba mareada cuando hemos llegado.

Satô la destapó hasta las caderas, le tomó el pulso con el ceño fruncido y después palpó su vientre.

—¿Puede estar embarazada?

Aoshi dudó, ¿podía estarlo? ¿Había estado Misao alguna vez con un hombre? No tenía ni la más remota idea, ni siquiera se lo había planteado jamás.

—No lo creo —contestó tras un buen rato en silencio en el que se había ganado una mirada llena de curiosidad del médico.

—De acuerdo. —Le tocó el cuello, el hueco entre la mandíbula y la oreja, coló la mano bajo su nuca y le echó la cabeza atrás para poder mirar dentro de su boca. Desnudó su pecho, Aoshi, apartó la mirada—. Bueno, puedo asegurarte que no es nada de lo que debas preocuparte.

»Es agotamiento, que descanse un par de días y estará como nueva. Si le sube la fiebre ponle paños empapados en agua fría en la frente y las muñecas.

—Tiene una herida en la parte trasera del muslo.

El doctor frunció el ceño y la giró, le levantó la yukata hasta los glúteos y analizó la herida.

—No hay rastro de infección, pero si tienes que quedarte más tranquilo con ello te daré un ungüento desinfectante.

—Gracias.

—¿Estáis aquí por negocios? —preguntó arreglándole la ropa y estirándola de nuevo boca arriba.

—Algo así.

—Me temo que tendréis que cancelarlos.

Misao no se lo tomaría nada bien, pero no le quedaría más opción que aceptarlo.

—Dime, Shinomori-san, ¿cómo lleva la presión del cargo?

—Es fuerte, lo hace bien.

—No lo pongo en duda, los Makimachi son gente de carácter, pero le dejaste un listón difícil de alcanzar.

Aoshi frunció el ceño.

—Puede que me retirarse, pero seguí en contacto con muchos viejos amigos, sé que lideraste el Oniwaban-shû de manera magistral, sacándolo adelante cuando el mundo se desmoronaba alrededor de los clanes con la llegada de Meiji.

»Debe de ser muy duro para una mujer, que no ha sido instruida para ello, intentar llegar a las mismas metas que conquistaste previamente.

—Misao no necesita imitar mis logros.

—¿Estás seguro?

¿Lo estaba? Dudó.

—Puede que a ti no te importe, pero a los más viejos seguro que sí, no creo que le estén poniendo las cosas fáciles. Sin duda no serán comprensivos con ella, no verán las cosas que tú le ves.

—¿Insinúas que no es válida?

—No, no puedo juzgar algo que no conozco. Deberías preguntarle cómo la están tratando y cómo lo lleva, porque es evidente que si está así de agotada es por la enorme carga que lleva sobre los hombros.

Aoshi asintió. Lo haría.

Continuará

Notas de la autora:
¡Hola! Aquí os dejo el quinto capítulo, hay un poco de todo, drama, acción y redención. Sé que el comportamiento de Aoshi es algo complicado de comprender, pero espero que con los próximos capítulos se le entienda un poco más; es un hombre complicado, alguien que procura mantenerse a un lado, pero cerca de quien quiere. Alguien que, sobre todo, quiere mantener a los que quieren a salvo.
Lo de Han'nya es uno de mis
headcanon de este fandom, espero que no os haya molestado jejeje.
La semana que viene no podré actualizar porque me ha surgido un viaje no programado, así que tendréis que esperar hasta el veintisiete de febrero para leer la continuación. Espero que os haya gustado. Nos leemos.