"Capítulo 5 – Un Evento Desafortunado"
Lola permaneció bajando las escaleras, mientras era tomada de la mano de Lana. No estaba segura de la reacción que recibiría de su hermano al momento en que la viera. ¿La miraría con enojo y furia? ¿La vería con miedo? ¿Rogaría por piedad? Últimamente había sido demasiado insegura de sí misma, era como si no se reconociera ni aunque se viera en frente de un espejo. No reconocía a la Lola Loud ahora presente y que estaba a unos segundos de encontrarse con la persona a quien no se había podido quitar de la cabeza en todo el día.
Mientras bajaba, su mente le parecía insistir en la mala decisión que había tomado tras acceder a la propuesta de su gemela. Los segundos parecían horas por cada pie que bajaba sucesivamente. Sus pies querían aferrarse al piso, pero Lana impedía que se quedara quieta.
—Vamos, Lola. Creo que somos las últimas en llegar —dijo Lana, quien bajaba con más prisa, llevándose a Lola con ella.
—Sí-sí, ya voy —le respondió.
Muy contadas veces cenaba junto a su familia en la gran mesa al ya estar predeterminada para ella, Lucy, Lana y sus hermanas menores «y anteriormente Lincoln» la mesa de los pequeños. Esta parecía ser una excepción a la regla.
Ambas llegaron a la planta baja y no tardaron en encontrarse con todos sus hermanos y padres, quienes se miraban algo impacientes por comenzar a cenar, cosa que Lana notó e intentó pensar en algo para excusar su pequeño preámbulo.
—Lamentamos la tardanza... Hopps salió de su estanque y tardamos en regresarlo. El tipo es todo un demente.
Lana hizo una risa forzada, mientras golpeaba ligeramente el brazo de Lola con su codo para que dijera algo al respecto, pero su hermana se veía más concentrada en otra cosa, por lo que tardó un poco en responder.
—Es-es cierto —Lola corroboró con una risa nerviosa.
Lola finalmente pudo ver a Lincoln. Él apenas volteó a verla, pues no tardó mucho en apartar la mirada a otro lado. Se entristeció al saber que sus suposiciones estuvieron en lo correcto, y que su hermano sí estaba molesto con ella.
Para sorpresa de ambas gemelas, las dos únicas sillas sobrantes eran justo al lado de Lincoln. La situación era peor de la que se imaginaban, parecía que el destino se burlaba de Lola y le estaba jugando una muy mala broma. Sin importar la opción que eligiera, era inevitable sentarse junto a su hermano durante el tiempo que durara la cena. ¿Minutos? ¿Horas quizás? Todo dependería de la cantidad de comida servida y anécdotas que sus hermanos tuvieran que contar.
— ¿Lola? —preguntó Lana para llamar la atención de su hermana, pero ella no contestó.
Lola quedó perpleja ante tal situación, le importaba poco escuchar los malos chistes de Luan o el complejo lenguaje de Lisa, una de ellas estaría en la silla que eligiera, pero eso era lo de menos. Estaba más centrada en su hermano mayor y el gran conflicto que se armaría al tomar asiento junto a él.
Lana pudo observar lo que sucedía. Fue algo que para nada estaba planeado, o eso parecía a simple vista. Prefería no decirle a Lincoln que se moviera, las cosas ya estaban peor de lo que se imaginaba y eso solo traería sospechas del plan que tenían.
«No es posible... ¿Por qué me tiene que suceder esto a mí? ¿En dónde me sentaré? ¿A su izquierda o a su derecha? ¿Qué tal si no le gusta el lado derecho? ¿Será mejor el lado izquierdo? No... no sé qué debo hacer... solo... solo quiero ir a mi habitación» pensó.
Su corazón comenzó a latir más rápido que de costumbre, quedó atónita ante tal espectáculo; deseaba que una extraña coincidencia sucediera en ese momento para que la cena quedara suspendida. Por más extraño que sonara, deseaba que cualquier cosa pasara.
Ante la perplejidad de su gemela, Lana se vio obligada a tomar la mejor decisión que pudo pensar.
—Siéntate en la silla izquierda. Sé que es mejor para ti escuchar a Lisa y su extraño idioma a los chistes de Luan.
Lola la volteó a ver algo dudosa. Realmente eso era lo de menos, su problema era algo más que simples chistes o palabras a las que no les hallaba sentido, pero terminó aceptando la orden.
—Como tú digas —dijo sin más.
—No te preocupes por Lincoln, yo lo mantendré ocupado para que no tengas que hablar con él —respondió guiñándole su ojo sano.
—Gra...
Lola trató de agradecerle a Lana por el gesto; sin embargo, una voz la interrumpió antes de que pudiera hacerlo.
—Lola, Lana. ¿Qué hacen ahí paradas? La cena ya está servida, solo faltan ustedes dos —dijo el señor Loud al ver a sus dos hijas paradas en la entrada del comedor.
—Sí, papá. Lo sentimos —se disculparon ambas al unísono, y entonces, tomaron los asientos que acordaron.
Lincoln apenas y vio de reojo a Lola. La situación era peor de lo que creía, su plan para evitar hablar con ella se estaba estropeando. Para nada estaba dentro de sus planes que algo así sucediera tan pronto. Suspiró hondo al verla tomar asiento junto a él, ella tampoco le dirigió la mirada y claramente no lo haría en ningún momento. Lo que menos quería era seguir en malos términos, pero si tenía que hablar con ella, aunque fuera en un lapso de tiempo fuera al que tenía planeado, lo haría si era necesario.
— ¡Bien! Ahora que estamos todos, podemos comenzar —declaró el señor Lynn, preparándose para el caos que se desataría en un par de segundos.
Dichas esas palabras, la mayoría de las hermanas Loud comenzaron a arrasar con todo alimento frente a ellas, pero el ruido era poco comparado a los inminentes sonidos que daban llegada a la fuerte tormenta. El soplido del viento hizo que las hojas del árbol fuera de la casa se sacudieran, causando un sonido que fue audible para todos dentro de la casa.
—Parece que esta tormenta será muy fuerte —comentó la matriarca con algo de preocupación al percatarse de lo que sucedía ahí afuera, mientras degustaba de la comida y ayudaba a Lily con la suya.
—No te preocupes, querida. Tenemos toda la casa asegurada, ¿no es así, chicos? —preguntó, viendo a todos sus hijos alrededor de la mesa.
—Sí, papá. Yo y Lori aseguramos la ventana de nuestra habitación —respondió Leni con una sonrisa despreocupada.
—Leni, se dice Lori y yo, no yo y Lori —mencionó Lisa con algo de disgusto por el error gramatical que acababa de cometer su hermana mayor.
— ¿Qué? ¿Por qué Lori tiene que ir primero? Eso no es justo.
—Es cuestión de gramática, Leni —le hizo saber, mientras se acomodaba sus anteojos.
—Yo que tú mejor no le explicaría eso —comentó Lynn antes de darle un bocado a su comida.
—Qué curioso, toda esta situación me recuerda a un chiste —dijo Luan con las risas que estaban a punto de salir de su boca.
—Qué novedad, apuesto a que será uno muy bueno como los tantos que tienes —mencionó Lynn con tono sarcástico.
—Pff, como digas, de todas formas, lo contaré.
—Grama... ¿qué? —preguntó Leni.
—Ahí te va... Un amigo le dice a otro: Oye, te noto huidizo, misántropo y taciturno. ¿Necesitas algo? Y este le responde: Sí, un diccionario. ¡Ja, Ja! ¿Entienden?
— ¡Ja, ja! Ese fue bueno —añadió el señor Lynn, siendo el único que río de toda la mesa.
— ¿Y para qué necesitaba el diccionario? —preguntó Leni confundida y con la expectativa de saber cómo terminaba el chiste.
—Olvídalo, Leni —respondió Luan, agobiada.
— ¡Ja, ja! No te lo voy a negar, ese fue bueno —dijo Lisa entre risas.
—No, no entendí —comentó Lynn haciendo una mueca de aburrimiento tras escuchar el chiste.
— ¿Necesitas un diccionario? —preguntó Lucy.
Toda la familia comenzó a reír por el chiste que complementó Lucy e hizo más agradable la cena.
La comida pasó tranquila, sin presentarse ninguna incidencia o demasiados problemas como era costumbre en la mayoría de veces en las que toda la familia cenaba en la gran mesa. Algunos compartían palabras entre sí: como más chistes de Luan, de los cuales ella junto a su padre reían sin parar y no importándoles qué tan malos fueran. Todos los demás contaban sus anécdotas que pasaron esa mañana. Luna narró los momentos que pasó con los padres de Sam y su hermano, Simon; Lynn contó cómo ganó otro más de sus partidos de fútbol junto a su equipo estrella, y Leni mencionó la tragedia que vivió en el centro comercial junto con Lori al no saber si elegir entre un helado de chocolate o vainilla. Esa tarde era más que perfecta, la cena tan deliciosa como siempre, todas las chicas felices de contar sus historias y el ambiente familiar que nunca faltaba.
Lola solamente se limitaba a guardar silencio. Ninguna palabra o risa escapaba de su boca, únicamente silencio absoluto y varias cucharadas a su comida. No sabía cuánto tiempo más resistiría en esa silla, quería escapar lo antes posible para ya no tener que soportar ver el rostro de su hermano, el cual le traía cierta tristeza y mucha lástima en especial.
Lincoln actuaba como cualquier día; reía y preguntaba más detalles acerca de las vivencias de sus hermanas. Pero, esa felicidad no le duraba por mucho, pues seguía ideando la mejor forma de comenzar a hablar con su hermana que estaba justo al lado de él. Comenzar con un ¿qué tal? O ¿Cómo estuvo tu día? Sonaría muy cínico de su parte.
Aunque no lo demostraba, estaba afectado por el nuevo comportamiento que Lola tenía presente hacia él, mostrando un resentimiento muy fuerte y que parecía guardar cierto recelo. No se dignaba a hablarle y mucho menos mirarlo a la cara, al menos no directamente.
A Lincoln nunca le gustó estar en malos términos con sus hermanas o amigos, veía el modo de arreglar las cosas y, si era necesario, humillarse o hacer algo para recompensar sus malas acciones. Sin embargo, esta no era la ocasión en la que lo resolvía todo con rapidez.
El chico divisó la mesa, todas sus hermanas y padres charlaban entre ellos. Comenzar a hablar con ella aprovechando el momento de distracción era una buena idea para arreglar las cosas entre Lola y él. Lincoln se preparó y dio leves golpes con su dedo índice al hombro de su hermana para llamar su atención.
—Lola... tú...
—Oye, Lincoln. Es tu turno.
Lana reaccionó al instante, casi gritando para que la atención de todos se enfocara en su hermano, cosa que pareció funcionarle.
— ¿Turno? ¿De qué? —preguntó el chico confundido y un poco molesto porque su reciente plan que fue totalmente arruinado por las palabras de Lana.
—De que nos cuentes algo, hermano. Estás aquí absorbiendo todo sin dejar nada a cambio —mencionó Luna.
—Es-es cierto... yo...
Antes de que pudiera hablar, fue interrumpido por la voz de alguien más.
—Papi, ya terminé. ¿Puedo regresar a mi habitación? —preguntó Lola.
—Por supuesto, cariño. Solo no olvides dejar tu plato en la cocina —respondió el señor Lynn.
Inmediatamente, Lola se levantó de su silla y caminó rumbo a la cocina para poder dejar su plato. Posteriormente, fue a su habitación, para así desahogar toda la pesadez que había guardado dentro de ella por todo ese tiempo.
Lincoln solo la miraba con un sentimiento de pena. Sabía que la nueva actitud de su parte era por su culpa. Esa fue una de las tantas consecuencias del plan que necesitó hacer. Cada vez estaba más arrepentido de haber elegido justo ese día para su reunión con Clyde. Debía resolver ese problema cuanto antes si no quería que llegara a mayores.
—Bien. ¿Quién va a lavar los platos esta noche? —preguntó el señor Lynn.
—Yo no —dijeron todas las presentes incluyendo Rita, colocando sus dedos en la punta de sus narices.
—Yo... —intentó decir Lincoln; sin embargo, ya era demasiado tarde, pues había tardado demasiado en reaccionar— ¡Rayos!
—Lo siento, cariño. Lavarás los platos esta noche —mencionó Rita.
—Es... está bien, mamá —respondió algo desilusionado, pues tenía planeado hablar con Lola en unos momentos para arreglar todo de una vez por todas. Lavar todos los platos, vasos, y cubiertos sería algo que tomaría su tiempo y eso era lo que menos tenía.
—
La noche había caído en Royal Woods: una noche llena de lluvia y truenos cayendo por todos lados. Lincoln seguía lavando los platos y vasos sucios que había dejado toda su familia, sumando los que ya estaban en el lavabo ya eran demasiados para hacerlo perder dos horas de valioso tiempo.
En la planta alta de la casa, todas las hermanas Loud ya estaban más que preparadas para tomar un sueño placentero que las ayudaría a recomponerse luego de ese día tan agotador. Todas estaban frente al espejo del baño, cepillándose los dientes y conversando acerca de lo que tenían planeado para el día siguiente, y otras un poco preocupadas por la gran tormenta que estaba presente esa noche. Las gotas de lluvia poco a poco golpeaban cada vez más fuerte contra el techo y los rayos se hacían más abundantes y ruidosos, cosa que no pasó desapercibida por todas en el baño.
Lola y Lana se cepillaban junto a sus demás hermanas, listas para continuar con su plática acerca de la forma más adecuada en la que la princesa amante del rosa comenzaría su disculpa con su hermano mayor y ayudarla a confiar en ella misma para hacerlo. Habían ideado algunas maneras de cómo comenzar durante esas dos horas luego de terminar de cenar, pero todas no fueron del agrado de Lola, pues quería que fueran sinceras y nada sacado de la nada, tal y como Lana le había dicho.
— ¿Ya terminaste, Lola? —preguntó Lana.
—Dame un segundo, tengo que cepillarme bien los dientes. Tú deberías hacer lo mismo y no solo lavarte por un minuto, ya sabes lo que ocurrió cuando... —le susurró al oído— cuando cambiamos de ropa y no pudiste comer helado.
—Sí, sí. Lo que tú digas, solo date prisa.
Lola decidió ignorarla, ya que ella la estaba ayudando y no era justo decirle algo a cambio y terminaran molestas luego de redimir las pases.
—Te estaré esperando en nuestra habitación, ¿de acuerdo?
—Está bien —respondió Lola.
Dicho eso, Lana salió del baño, aunque con un poco de dificultad debido a la multitud que sus hermanas mayores y menores formaban dentro de la pequeña habitación.
Lola, al terminar de cepillarse, caminó rumbo a su habitación para continuar con su previa plática con Lana.
—
Ya todas las hermanas Loud estaban en sus habitaciones, algunas se encontraban dormidas y unas pocas seguían despiertas como era el caso de Lori, Luan o Luna.
Lincoln había terminado de lavar todos los utensilios de cocina luego de tardar cerca de tres horas. Todos sus planes de arreglar las cosas con Lola durante la cena se habían ido por la borda, no tuvo otro remedio más que dejarlo pasar y esperar a que el siguiente día fuese mejor.
—Casi las diez... Demonios, no creo que sigan despiertas... Todo lo que tenía planeado se arruinó —comentó, mientras se secaba las manos con la toalla que había cerca del lavabo.
Sin otra opción, apagó la luz de la cocina y subió las escaleras para descansar un poco de ese día que no paró de traerle una sorpresa tras otra.
Al llegar al baño, procedió a cepillarse los dientes y lavarse la cara. El sonido de fondo le inquietaba un poco; las gotas de lluvia que caían del techo no lo dejarían dormir por un buen tiempo. Pensó en volver a usar sus audífonos que compró en aquella ocasión, pero declinó la idea al recordar el conflicto que eso le trajo, sin mencionar... que lo harían pensar en Lola.
Terminado de hacer lo que necesitaba, apagó la luz del baño y caminó rumbo a su habitación para descansar un poco. Estuvo por girar la perilla, pero el sentimiento de culpa lo inundó nuevamente. Sabía que eso no lo dejaría tranquilo, así que hizo lo primero que se le vino a la mente.
Se giró a su izquierda y vio momentáneamente aquella puerta de esa habitación. Con mucho cuidado y sigilo, abrió levemente la puerta, dejando entrar la luz proveniente del pasillo. Lentamente y caminando entre puntillas, se acercó a la cama rosa en la que se encontraba una tierna niña durmiendo, abrazada de su oso de peluche. Lincoln no lo pensó mucho y le susurró en su oreja lo que más deseaba en ese momento.
—Ojalá puedas perdonarme —tras decir esas palabras, se acercó a la frente de su hermanita y le otorgó un tierno beso en el que depositaba toda la culpa que tenía.
Su acto hizo que la pequeña esbozara una leve sonrisa.
—Dulces sueños, Lola —le susurró en su oreja nuevamente antes de bajarse de la cama para regresar de donde vino.
Lincoln cerró por completo la puerta, dejando a la habitación nuevamente a oscuras. Quedó pensativo sin dejar de quitar su mano de la perilla.
—Sí, lo sé. Muchas veces no nos llevamos muy bien, ya que su manera de ser hace las cosas difíciles... pero eso no importa. No se merecía ser atada a una silla... Fui demasiado egoísta —comenzó a caminar a su habitación—. Se lo compensaré de cualquier forma, ya lo verán.
Se puso frente a su puerta, suspiró y procedió a poner su mano en la dorada, pero algo oxidada perilla.
—Está bien, Lincoln. Hoy no pudiste solucionarlo, pero mañana podrás hacerlo sin ningún distractor o extraña coincidencia. Mañana será otro día.
Entró a su habitación, y cerró la puerta detrás de él para comenzar una nueva noche llena de lluvia y en la que trataría de dormir lo mejor posible para despertar temprano y preparar algo que pondría de ánimos a su pequeña hermana... sin saber el horrible suceso que pasaría en cuestión de horas.
