¡YAHOI! ¿Qué? ¿Me habéis echado mucho de menos? Espero que al menos un poquito sí xD.

Bueno, se suponía que esto debía estar subido AYER, era uno de mis regalos de navidad para vosotros. Pero, como siempre, la vida se interpone y al fina estoy terminándolo ahora, a la 1:46 de la madrugada. Tampoco pasa nada, dicen que dormir está sobrevalorado (además, mañana es sábado y no curro, así que... no problem xDDD).

En fin, antes de que empcéis la lectura, tengo que advertiros que el capítulo no es apto para mayores de 18. Sí, hay lemon, así como alguna que otra escena que a alguno puede resultarle sensible.

Hala, ya he avisado. A partir de ahora, leed bajo vuestro riesgo.

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.

¡Espero que os guste!


6


Hinata cerró los ojos y trató de relajar su tenso cuerpo contra la silla del escritorio. No debería haber ido a trabajar aquella mañana, lo supo en el mismo momento en que puso un pie en la acera nada más salir de casa. Pero su orgullo le impidió darse media vuelta y volver a entrar en el que era su hogar.

Acababa de tener una terrible, terrible discusión con su prometido―si es que aún lo era―por causa de su estado. A él no le gustaba que anduviese sola por ahí, Hinata lo sabía. Naruto tenía un instinto protector muy desarrollado, especialmente hacia ella y, por supuesto, hacia el bebé que crecía dentro de ella, hacia su hijo.

El hijo de ambos.

Los ojos se le llenaron de lágrimas y tuvo que coger un par de pañuelos de papel para sonarse y secarse las húmedas mejillas. El bebé en su vientre se removió y ella lo tranquilizó acariciándose la hinchada barriga con la mano libre.

Era cuestión de tiempo que él explotara. Hinata había estado esperando aquel estallido desde hacía semanas. El estrés y la incertidumbre había hecho mella en su relación de pareja, aunque se habían esforzado al máximo para separar una cosa de la otra. Ambos sabían que en algún momento la olla se iba a destapar, pero simplemente no habían podido evitarlo. Hinata llevaba tiempo gruñona y respondona. Naruto había tenido una paciencia infinita con ella, se lo reconocía. Pero también ella había sido paciente con él, haciendo caso a sus múltiples advertencias y medidas de seguridad.

«No te pongas tacones, puedes caer y hacerte daño, a ti y al niño». Y lo había hecho. Había sustituido sus zapatos de tacón alto por zapatos más bajos o directamente planos.

«No vayas a trabajar si hace mal tiempo, estamos en invierno y podrías resfriarte», y no lo hacía, porque podía trabajar desde casa, ahí podía ceder sin problemas.

Solo había puesto una condición: que la dejara ocuparse de los clientes más importantes en persona, para no perderlos y que así su negocio se mantuviera. No pedía que creciera, le bastaba con lo que tenía. Y, además, si crecía, no iba a tener tiempo para dedicarse a todo. Ser madre iba a ser su nuevo proyecto de vida, como lo fue en su día establecerse y abrir su pequeña empresa de decoración.

Ahí sí habían llegado a un punto medio de entendimiento. Naruto, aunque todavía joven, ya estaba pensando en dejar la liga de fútbol profesional y buscar un trabajo que le permitiera quedarse más tiempo en casa. Los últimos partidos fuera de Konoha habían sido un infierno para él, llamándola cada dos horas, preocupado y nervioso. No rendía bien ni en los entrenamientos ni en los partidos. Pero el fútbol solo había supuesto un medio para él. Había estudiado ciencias del deporte en la universidad y estaba en proceso de sacarse los certificados correspondientes para poder entrenar a equipos juveniles. Había estado sondeando en los institutos y universidades de la zona. La idea de ser profesor había empezado a formarse en su mente cuando tuvo que hacer unas prácticas profesionales durante la carrera. Le había gustado mucho ejercer de guía y mentor de los más jóvenes, incluso de los más pequeños. Y desde que se enteraron de su embarazo esa idea no había hecho más que arraigarse aún más.

Suspiró, haciendo círculos sobre la blusa pre mamá que se había puesto aquel día. Era una de sus favoritas: era azul, con un lazo que se ataba a un costado. El pantalón era vaquero, también pre mamá, por supuesto. En los pies se había calzado unas zapatillas acolchadas por dentro, que aliviaban la presión constante de sus pobres pies que el peso extra que cargaba ejercía sobre sus pobres tobillos hinchados.

Su malestar era lo que había desatado la discusión de aquella mañana. Cuando Naruto la vio salir de la ducha directa al vestidor para arreglarse para un día laboral más normal y corriente, no había podido dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo…

―¿Vas a salir?―Los ojos azules la recorrieron de arriba a abajo, demorándose en su tripa redondeada―. No has dormido apenas'ttebayo… y llevas varios días quejándote de-

―Tengo que trabajar―lo cortó Hinata, quizá en un tono más seco del que pretendía. Cerró los ojos y respiró hondo, diciéndose que su novio solo estaba preocupado―. Hoy va a venir una nueva clienta. Quiere conocerme en persona porque al parecer mis diseños son los que más le han gustado. Es la mujer de un socio de mi padre. Tengo que ser yo. ―Naruto apretó los labios, claramente disconforme con sus palabras.

―Pídele a Konan que se haga cargo. Esa señora tiene ya cierta edad, ¿no? Y Konan sabe cómo encandilar a ese tipo de señoras. No tienes por qué ir tú. La fecha del parto está cerca, llevas varios días con dolores y casi sin descansar como es debido. El médico te recomendó reposo en el último trimestre, que te tomases las cosas con calma…

―Solo es una reunión de trabajo. Estaré en casa para la hora de la comida.

―Hace frío―insistió él―. No deberías andar sola. ¿Y si resbalas? ¿Y si te desmayas? ¿Y si te pones de parto y-

―Aún faltan dos semanas para que salga de cuentas.

―Pero el niño puede adelantarse. Eso dijo el ginecólogo. Además, el frío…

―Ya no hace tanto. Estamos casi en primavera. El sol empieza a pegar más fuerte y a hacer más calor. Ni siquiera hacen falta ya los abrigos gruesos. ―Se volvió mientras se colocaba el pantalón, solo para toparse con la mirada horrorizada de Naruto.

―¡No hablarás en serio! ¡Hinata, por Dios, hay mil y una cosas que podrían salir mal, ¿y tú te las tomas a broma?!―Ella se abrochó el pantalón con calma y se tomó su tiempo para buscar una blusa y una chaqueta a juego que ponerse. Sus hipersensibles senos protestaron con los sutiles movimientos y tuvo que morderse la lengua para no dejar escapar un quejido de dolor. No quería claudicar. Tenía su orgullo.

―No me lo tomo a broma, ni mucho menos. El bebé es lo más importante para mí, lo sabes. Pero mi trabajo también es importante. Lo sabes. ―Naruto apretó los puños.

―Tenemos dinero de sobra, supongo que eso también lo sabes. No es necesario que te fuerces'ttebayo―replicó Naruto, esforzándose por mantener un tono razonable a pesar de que la tensión podía notarse en todo su cuerpo, en su postura rígida, en sus puños apretados y en la vena que le latía en el cuello, señal de que estaba a nada de explotar de ira.

Hinata suspiró. Entendía la preocupación de su chico y en parte le encantaba que la cuidase de esa manera tan concienzuda, porque era una señal de que la amaba y de que deseaba a ese hijo tanto o puede que incluso más que ella. Uno de los sueños de su amado rubio de ojos azules siempre había sido tener su propia familia y también comprendía que estuviese asustado por la inminente llegada del niño. Era un hombre, al fin y al cabo, y para ellos el embarazo aún albergaba un montón de misterios incomprensibles para su mente masculina.

―No me estoy forzando―contestó Hinata, en un tono calmado, tratando de sonar conciliadora―. En serio, estaré bien. Solo serán un par de horas como mucho y-

―¡Pero pretendes conducir!―Hinata hizo una mueca; no pudo negarlo, le gustaba conducir a pesar de que fuese un poco incómodo por la tripa―. ¡Y sabes que si estás mucho tiempo sentada te dolerán los riñones y la espalda! ¡Por no hablar de tus pies hinchados!

―¡Estaré bien!―exclamó ella, ahora sí comenzando a enfadarse―. ¡Por Dios, solo estoy embarazada! ¡Si antiguamente las mujeres embarazadas podían trabajar hasta en las peores condiciones hasta el último minuto yo puedo hacer lo mismo sin problemas con las comodidades del siglo XXI!

―¡No me vengas con esas! ¡Todavía hay mil y una cosas que podrían salir mal! ¡Sabes tan bien como yo que aún mueren muchas mujeres durante el parto por complicaciones o dolencias que no se han detectado antes!―Hinata puso los ojos en blanco.

―No seas exagerado.

―¡¿Exagerado?! ¡¿Ahora soy un paranoico?!

―¡Yo no he dicho eso! Solo… estás alterándote demasiado por nada.

―¡Oh, claro, porque preocuparme por la seguridad de mi novia y de mi futuro hijo es ser un conspirador paranoico!

―¡Basta! ¡Estás poniendo palabras en mi boca que yo no he dicho! Me voy a trabajar. Espero que cuando vuelva estés más calmado. ―Y se fue, sin permitirle responder o sin siquiera dejarle disculparse…

Y sin disculparse ella tampoco. Estaba tan enfadada que solo salió de la casa sin mirar atrás, temerosa de que la discusión se recrudeciera si seguía más tiempo en la misma habitación que su prometido.

Ahora se arrepentía de no haberse quedado para intentar hacerlo entrar en razón. La falta de sueño y las molestias e incomodidades de la noche habían hecho mella en su generalmente buen humor y en su lucidez. Se había dejado lleva por la irritación del momento, algo que no solía pasarle. Normalmente, era capaz de controlar sus reacciones y mostrarse civilizada y razonable, especialmente con Naruto, que solía ser más emocional que racional, dejándose llevar a menudo por lo que sentía en vez de pensar con la fría lógica de la razón.

Hinata suspiró, apoyando ahora las dos manos sobre el lugar donde reposaba su bebé y acariciándolo con tranquilidad.

―Tal vez… deberíamos hacer algo para disculparnos con papá y animarlo un poco. ¿Qué dices? ¿Hacemos algo de ramen para cenar?―Una patadita la hizo soltar una risita―. Tienes razón, también un postre. Eso le gustará… ―Sintió un repentino dolor en el vientre bajo y tuvo que cerrar los ojos y respirar hondo. Era una contracción de Braxton Hicks, una simple preparación para cuando llegara el momento.

Hinata pasó los siguientes minutos recostada en el sillón que Naruto había comprado expresamente para ella, con respaldo ergonómico, apoyo para las lumbares y de material flexible y suave, que se acomodaba a la perfección a su postura―cosa que agradecía porque últimamente la zona de los riñones la traía por el camino de la amargura―; los ojos cerrados y las manos acariciando su tripa, buscando relajarse y calmar a su bebé.

Cuando la presión remitió y los músculos se destensaron volviendo a su lugar original dejó escapar un suspiro de puro alivio que casi sonó a gemido. Naruto tenía razón: seguramente se estaba exigiendo demasiado, ¡pero es que amaba su trabajo! Su pequeña empresa era uno de sus mayores logros y de sus más grandes orgullos. Había tenido ayuda para montarla, sí―era consciente de que sin la ayuda financiera de su padre habría sido prácticamente imposible por no decir inviable―pero habían sido ella, Konan e Ino las que la habían levantado, las que habían conseguido prestigio y reconocimiento a través de su duro trabajo. Jamás olvidaría los dos primeros años, yendo de feria en feria de diseño, de foro en foro, de seminario en seminario sobre economía y crecimiento empresarial, de conferencias sobre gestión de recursos y de cursos sobre la digitilización de los negocios, marketing―tanto tradicional como en internet―, redes sociales―Ino era un hacha para las mismas, le encantaba postear hasta el más mínimo detalle, tenía un talento natural para ello― e incluso sobre captación y fidelización de clientes.

La empresa había sido, hasta hacía poco, su máxima aspiración en la vida. Seguía siendo importante, por supuesto, pero a día de hoy sus prioridades eran otras: su futuro hijo, su prometido casi marido y la hermosa familia que ambos estaban formando.

Cuando sus pensamientos llegaron a dicha conclusión no puedo evitar sonreír, observando con ojos brillantes para el hermoso anillo que Naruto le obsequiara el día que le pidió que se casaran. Uno de los días más felices de su vida…

Suspiró y se frotó las sienes, sintiendo que el cansancio acumulado se le venía encima de golpe. Echó un vistazo al reloj del ordenador. Eran las diez menos diez. A en punto había quedado con la clienta. Se enderezó con algo de esfuerzo, agarró su botella de agua para darle un sorbo y luego se puso a revisar que todo en el diseño estuviera perfecto. La clienta había solicitado unos cambios de última hora. Cuadrar todo el plano para incluir esos cambios y que además los aspecto técnicos encajasen también―no se podía tirar una pared si esta era una pared maestra, por ejemplo, o no se podía hacer un balcón si este iba desequilibrar toda la estructura hacia un lado―era un trabajo tedioso y engorroso, porque en ocasiones había incluso que cambiar los materiales iniciales cuando muchas veces estos ya estaban pedidos o rehacer todo el trabajo desde cero para que absolutamente todo quedase al gusto y a la satisfacción del cliente.

Hinata y Konan eran las que normalmente se encargaban de estos casos, de los clientes más exigentes, dado que Ino, como ella misma admitía, carecía de la paciencia y la mano izquierda necesarias para tratar con ese tipo de gente. Era muy difícil para la Yamanaka morderse la lengua cuando alguien se ponía caprichoso o se le daba por hacer modificaciones en el plan original cada dos por tres.

―¡A nosotras nos lleva el doble de trabajo y que yo sepa no nos pagan las horas extras! ¡Aquí no damos mano de obra gratis! ¡La esclavitud terminó en hace miles de años!―solía decir, entre gruñidos y refunfuños de pura―y más que justificada algunas veces―molestia.

Hinata y Konan eran más prácticas y, sobre todo, más diplomáticas. Tal vez porque ambas se habían criado en un ambiente cosmopolita donde las apariencias y el arte de decir las cosas sin decirlas era muy codiciado y apreciado por igual. Así que ellas solían lidiar con las peticiones más engorrosas, algo que Ino les dejaba hacer de mil amores. A cambio, la rubia se encargaba casi exclusivamente de toda la parte digital de la empresa, así como de la mayor parte de la captación de la clientela.

Si había algo que Ino amaba hacer era hablar, y hablar y hablar y hablar… sin parar. Nada escapaba a los esfuerzos de Ino de intentar ir a la última en todo, especialmente en lo que a actualidad rosa se refería. Y esa clase de conversación banal solía encandilar a las clientas más ricas y frívolas, que se veían reflejadas en Ino: una joven avispada, hermosa y con facilidad de palabra.

Sacudió la cabeza para despejarse y apartar todo pensamiento superfluo. En esos momentos debía concentrarse. Revisó el proyecto por última vez, apurando los últimos minutos antes de que la clienta llegara.

Le dio tiempo incluso a conectar el ordenador a la pantalla de proyección del despacho que habían reconvertido en una pequeña sala de conferencias. Esperó con paciencia a que la imagen se cargase y luego configuró el programa para que todo funcionase como debía y no llevarse sorpresas desagradables en medio de la reunión.

Los aparatos informáticos podían solucionarte la vida, pero también complicártela de manera increíble como se les diera por estropearse, cosa que solía suceder en las situaciones más inoportunas.

Ley de Murphy, lo llamaban.

Justo acababa de colocar el dosier con toda la información del proyecto en cuestión cuando el teléfono fijo de la oficina comenzó a sonar. Hinata se apresuró a contestar, llevándose un pequeño susto cuando tropezó con la pata de la mesa de su escritorio, en su afán porque el teléfono no se colgase.

―¿Sí? Oh, Rie. Sí, la estoy esperando. Dile que suba por favor, gracias. Buen día. ―Tras cortar la llamada, Hinata cerró los ojos y respiró hondo, buscando calmar sus nervios y los frenéticos latidos de su corazón.

Aquel proyecto tenían que poder sacarlo para delante. No solo por el dinero―y el tiempo―que ya habían invertido en el mismo, sino porque perder un cliente siempre repercutía negativamente en un negocio, ya fuese directa o indirectamente en mayor o menor medida.

Escuchó un rítmico taconeo que se acercaba por el pasillo hacia la zona donde se ubicaban los despachos. Hinata compuso una sonrisa para recibir alegre y cordialmente a su clienta.

―¡Hinata, querida!

―Señora Kikuoka, es un placer verla de nuevo. ―Se saludaron con dos afectuosos besos en la mejilla y dos luminosas sonrisas.

―Yuka, Hinata, ¡si prácticamente nos conocemos desde que naciste!―Hinata tuvo que ampliar su tirante sonrisa para no decirle que no la conocía de nada y que solo se habían visto 2 veces como mucho formalmente hablando.

Con su marido, en cambio, sí había coincidido más veces, dado que su padre había hecho tratos con él a lo largo de los años; aunque, sabiamente, Hiashi había mantenido a sus dos hijas alejadas del lado femenino de los negocios, de los sitios y de las reuniones sociales que las hijas y mujeres de sus amigos, socios y conocidos solían hacer. Siempre había alegado que eran demasiado jóvenes para eso y, una vez crecieron y se hicieron adultas, habían ido por caminos muy distintos a los de sus semejantes.

Hinata tomó aire imperceptiblemente mientras la señora Kikuoka se acomodaba en una de las sillas de la sala de conferencias. Hinata le dio la espalda fingiendo que hacía una comprobación de última hora. No estaba de humor para seguir el juego social al que acostumbraban estas señoras.

Ya se estaba arrepintiendo de haber sido tan cabezota esa mañana. Debió hacerle caso a Naruto y quedarse en su casa, en la comodidad de su sofá, con una buena taza de té y alguno de sus dulces preferidos al alcance mientras revisaba tranquilamente y sin prisas todos los pendientes, o tal vez repasando la lista de cosas para la llegada del bebé o la disposición de las mesas de los invitados para la boda que ya tan próxima estaba.

Pensar en eso trajo una leve sonrisa a su rostro y le levantó el ánimo en cierta manera. Era verdad: no estaba sola. A pesar de todo, Naruto no la abandonaría por algo tan nimio como una diferencia de opinión. Es solo que últimamente estaban muy estresados con todo lo que se les venía encima. Sí. Solo era eso. Estrés y miedo ante la incertidumbre de lo desconocido.

La señora Kikuoka llevaba como diez minutos parloteando sin parar. Hinata se esforzó por regresar a la realidad y seguir el hilo de la conversación:

―… a mi marido no le gustan los cambios que he propuesto. Sé que son repentinos, pero le he dicho que sois muy profesionales y que, como el dinero no es problema… ―Hinata sonrió, decidida a ser tanto firme como diplomática.

Allí, entre las paredes de la sede de su pequeña empresa de decoración, ella era la jefa. Y punto pelota.

―Sí, pero los cambios repentinos suelen ser para bien, o eso se suele decir, ¿verdad? No se preocupe. Estoy segura de que los ajustes que hemos hecho en el plano y en la distribución serán de su total agrado. ―La señora Kikuoka enarcó las cejas imperceptiblemente.

―¿Cambios en la distribución? ¡Pero si me encanta la distribución que ya teníamos! ¡Y los cambios que quiero hacer son nimios! ¡No puede ser que afecte a la distribución! ¡Necesito luz natural en esa estancia! Es bueno para el equilibrio. ―Hinata tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no levantar las cejas ahora ella también, ni para resoplar como un caballo de carreras.

Sí, definitivamente debería haberse quedado en casa.

―Y tendrá su luz natural, señora Kikuoka. Por eso no debe preocuparse. El problema no son las ventanas. ―La clienta pareció algo más aliviada al escucharla―. El inconveniente lo tenemos con la pared que ha pedido que quitemos de este lado… ―Puso el plano en la pantalla de proyección y con un bolígrafo señaló el lugar en el dibujo.

―¡Solo es una pared, por Dios! Seguro que se puede hacer algo al respecto. Mi marido ya no usa su despacho del piso de abajo, ¡y quiero ampliar el salón! Podría instalar un pequeño comedor íntimo, o una pequeña biblioteca de esas que ahora están tan de moda… ―Hinata se mordió la lengua para no espetarle que dudaba mucho de que hubiese leído algún libro entero en su vida.

―El problema radica, señora Kikuoka, en que se trata de una pared maestra, lo que implica que no podemos tirarla.

―¿Y por qué no, si puede saberse? Es mi pared y si quiero, la tiro y ya está. ―Hinata estiró la comisura de sus labios hasta el límite de sus fuerzas.

«No lo estropees, Hinata. Llevas semanas trabajando en este proyecto. No lo tires todo ahora por la borda. Sé una buena chica, educada y lista. Sobre todo lista».

―Si la tiramos, como es su deseo, lo más seguro es que la casa se le caiga encima en un futuro próximo―le dijo, en un tono ligero que pretendía dar una nota de humor a la conversación.

―¿Cómo? ¡Pero eso no puede ser! ¡Si solo es un muro!

―Si yo la entiendo, señora Kikuoka, de verdad. Pero no creo que el arquitecto que la diseñó y que la puso ahí lo hiciera por capricho ¿no cree usted? Seguramente lo hizo con toda su buena intención para impedir que una casa tan bonita y tan sólidamente construida se viniera abajo. ―La señora Kikuoka suspiró.

―Supongo que tienes razón, querida. Uno de los mejores amigos de mi esposo es arquitecto. Hiroshi Yamamoto. Seguro que has oído hablar de él. ¿No diseñó uno de los centros comerciales de los que tu padre es dueño? Sí, creo recordar que el de la zona sur, inaugurado hace como un par de años…―Hinata la dejó hablar y explayarse a gusto, haciendo acopio de voluntad para no salir corriendo de aquella habitación. Había empezado a hacer calor de repente, sentía el sudor perlándole la nuca y las axilas. El dolor en pies y espalda se había acrecentado también, seguramente por culpa de su estado de ánimo, nada católico en ese instante―… no querría que tuviésemos algún accidente, por supuesto, eso sería catastrófico, ¿te imaginas lo que habría que limpiar luego? Y la pobre Masako ya no es tan joven como antes… Oh, Masako es nuestra chica para todo, lleva toda la vida con nosotros, nos adora… y nosotros a ella también, claro. Hace poco pensamos en reemplazarla, pero los niños, nuestros nietos―puntualizó, como si a la señora Kikuoka le diera repelús el solo pensar en que pudiese tener más hijos a su edad―están muy apegados y, ya se sabe, nunca conviene crearles un trauma de esa categoría. La de psicólogos y terapeutas en los que tendrías que gastar luego… ―Hinata inspiró hondo y expiró muy despacio. La señora Kikuoka se interrumpió al ver el leve movimiento de su pecho subir y bajar―. ¿Te encuentras bien, querida? ¡Ay, pero qué tonta! ¡Yo aquí hablando y hablando cuando debería haberme ido ya hace rato! ¡Cielos, qué horas! ¡Voy a llegar tardísimo a la peluquería!―Se levantó de la silla y recogió su bolso y su pañoleta, que había dejado sobre la mesa―. Pues quedamos así, entonces, Hinata querida. Confío en ti y confío en tu buen gusto. Eso sí: para los muebles me consultas, ¿de acuerdo?―Hinata consiguió asentir sin borrar la sonrisa. Aún no supo cómo lo consiguió―. Bien. Pues hasta la vista. Ciao. ―Hinata la acompañó hasta la puerta, dejó que le diera los dos besos de rigor y al fin la buena señora se marchó.

Hinata soltó un enorme suspiro de alivio cuando finalmente se vio sola en la tranquilidad del despacho. Volvió a la sala de conferencias para recoger todo lo utilizado. Apagó el ordenador y la pantalla de proyección, agarró sus carpetas y regresó a su mesa. Revisó el plano, hizo los cambios necesarios para amoldarse a las nuevas exigencias y luego se puso a mirar muebles en sus tiendas, almacenes y proveedores habituales. Seleccionó aquellos que encajaban en el nuevo diseño y con los gustos de la clienta. Aquello le llevó todo el resto de la mañana. Pidió algo para almorzar, algo ligero, a pesar de que el bebé le exigía algo más contundente. Pero si comía en exceso luego le entraría sueño y no podía permitirse el lujo de perder tiempo…

El teléfono de su despacho sonó y contestó.

―Hinata Hyūga al habla, ¿en qué puedo ayudarle?―dijo, distraída.

―Señorita Hyūga, ha llegado su comida. ¿Se la subo yo o…?―Hinata pestañeó y miró al reloj. Se le había pasado el tiempo volando.

―Sí, por favor, si no es mucha molestia…

―¡No, en absoluto! ¡Estaré ahí arriba en un periquete!―Hinata escuchó el clic que daba fin a la conversación telefónica y se quedó mirando el aparato, extrañada. ¿Era ella o le había parecido oír demasiado entusiasmo y expectación en el tono de voz de su interlocutora?

―Está feliz, Hinata, no como tú, que ahora mismo estás en modo amargado―se recriminó. Dejó escapar un sonoro suspiro y regresó la atención a lo que estaba haciendo antes de que el teléfono sonara.

No le dio tiempo más que a guardar el documento con todo lo hecho cuando unos tímidos golpes en la puerta se oyeron. Hinata se extrañó aún más. La amable recepcionista a la que había contratado no solía ser tan comedida. En parte por eso la habían escogido entre varias docenas de candidatas: la chica no perdía la sonrisa ni el entusiasmo ni ante el más borde de los clientes…

―Matsuri, puedes pasar. Estoy sola, además… si quieres incluso puedes acompañarme… ―La puerta se abrió al tiempo que ella se giraba en su silla para rebuscar en las estanterías que tenía detrás hasta dar con la carpeta que buscaba. Imprimiría el nuevo diseño y se lo enviaría al marido de la señora Kikuoka. Sí, ella las había contratado, pero era su esposo el que les pagaba las facturas, y el hombre era algo antiguo en lo referente al papeleo, así que…

―¿Y esa invitación es extensible a un novio arrepentido'ttebayo?―Hinata se quedó congelada al escuchar la voz excitantemente ronca y masculina. Sintió un tirón en todo su cuerpo y maldijo a su cuerpo y a sus hormonas por rendirse tan fácil ante el aparente tono de arrepentimiento.

«Traidores», pensó, girándose de nuevo mientras trataba de enmascarar el cosquilleo de alegría que le subió por el estómago y los pechos; cosquilleo que fue a alojarse en sus sensibles pezones nada más ver a su guapo prometido ataviado con unos vaqueros oscuros, una camiseta que se ajustaba a todos sus perfectos y duros músculos y una chupa de cuero que ella misma le había regalado en su último cumpleaños, pensando cuando la compró que se vería endemoniadamente sexy sobre él. Además, las ropas oscuras resaltaban sus ojos azules y su cabello rubio como el sol. Y el muy maldito lo sabía. Seguro que se había vestido a conciencia, sabiendo lo poco que podía resistirse a él cuando se vestía como el adolescente rebelde que la había vuelto loca en la época del instituto.

Se le enrojecieron las mejillas al recordar la vez que, en uno de sus arrebatos de pasión hormonales―no se atrevía a calificarlos de otra forma, ella jamás había sido tan… lanzada―le había suplicado al oído que le hiciera el amor sobre la encimera de la cocina… llevando tan solo esa chupa de cuero.

Dios, cómo se arrepentía de aquello porque, ahora cada vez que se ponía la chupa, no podía evitar recordar ese momento en concreto. Malditas hormonas que la hacían hacer y decir cosas que en circunstancias normales no haría ni diría nunca jamás.

Naruto estuvo atento a todas y cada una de las reacciones que se reflejaron en el rostro de su chica antes de que Hinata tuviera tiempo de enmascararlas bajo una capa de indiferencia que él sabía estaba muy lejos de sentir. Contuvo el impulso de sonreír arrogantemente. Bien. Su plan había surtido efecto en parte. Sabía que a Hinata le encantaba que se vistiera como él mismo, especialmente si se ponía esa chupa de cuero que ella le había regalado y que le había dado uno de los momentos más calientes de toda su relación.

Es más: juraría que había sido ese momento en concreto el que había hecho que concibieran a su bebé. Las fechas cuadraban y, además, ambos habían estado muy… a tono en aquella ocasión. Recordar el momento hizo que una erección creciera dentro de sus pantalones. Joder. Él no había dio para eso―bueno, no sólo para eso―, había ido arrepentido, dispuesto a pedirle perdón de corazón y a que olvidaran la desagradable escena de aquella mañana.

Reconocía que se había pasado tres pueblos, pero es que Hinata pareciera que a veces no entendía que estaba embarazada y que debía mantener un ritmo más bajo que antes de que esa circunstancia llegara a sus vidas. Entendía y respetaba que su trabajo era importante para ella y que no quisiera defraudar a sus clientes porque sería como defraudarse a sí misma.

Vaya si lo entendía. Pero Hinata también tenía que comprender que ahora una vida dependía de sus decisiones―de las de ambos―y que estaba en juego no solo su salud, sino la de su pequeño.

Suspiró y se acercó a la mesa con cautela, sin apartar la vista ni un minuto de la mujer que seguía sentada en su silla, mirándolo con los ojos entrecerrados, como si quisiera adivinar cuáles eran sus verdaderas intenciones. Levantó la bolsa que colgaba de una mano y esbozó una sonrisa.

―Te he traído algo de comer. No sabía muy bien lo que te apetecería, así que he ido al restaurante de Chōji y le he pedido un poco de todo… Aunque de postre hay rollos de canela, por supuesto… ―Vio cómo los labios de Hinata se separaban ante la mención de su dulce favorito.

Dos a cero, Naruto. Bien por ti.

Hinata sintió el delicioso olor de la comida colarse en sus fosas nasales. Si lo había preparado Chōji en persona―como estaba segura de que así había sido―todo estaría para chuparse los dedos. Sus papilas salivaron nada más imaginarse el riquísimo sabor de los tesoros que albergaba aquella bolsa de papel. ¿Y había dicho que de postre había rollos de canela? Su resistencia se estaba resquebrajando peligrosamente.

―¿Puedo?―preguntó Naruto, señalando para una mesa redonda que había en un rincón y que era la que ella, Ino y Konan para tomarse los descansos, charlar entre ellas o simplemente discutir sobre algún proyecto que tuvieran entre manos.

Asintió con la cabeza lentamente. Naruto le sonrió―y Hinata sintió como todo su mundo daba vueltas con esa sola sonrisa; estúpido corazón y estúpidas hormonas―; vio cómo dejaba la bolsa sobre una silla de plástico vacía y sacaba de dentro un mantel de papel de colores y platos y cubiertos de plástico. Alzó las cejas al ver semejante detalle por su parte. Bien, al menos algo le había enseñado durante todos aquellos años de relación. Punto para Hinata.

Cuando lo hubo dispuesto todo, Naruto metió la mano una última vez en la bolsa, para sacar los envases con la comida, supuso Hinata. Pero no: su chico la sorprendió una vez más al ver que su mano sostenía frente a él un único girasol, cuidadosamente envuelto y adornado con un lazo lila. El color amarillo de la flor no pegaba para nada con el tono de la cinta, pero todo el conjunto de sus simples gestos hizo que se le saltaran las lágrimas y que toda ella se derritiera como mantequilla al sol.

¿Cómo iba a seguir enfadada con él? Su postre favorito, su flor favorita adornada con una cinta de su color favorito, comida como para dejar saciada a una volátil mujer embarazada y su bebé y un hombre al que amaba con todo su ser y que era más guapo que Apolo y más sexy que Jason Momoa emergiendo del océano en plena crisis mundial.

Se levantó de su silla y prácticamente fue corriendo a tirarse a sus brazos. Naruto tiró la flor sobre la mesa y la encerró contra su pecho, evidente alivio emanando de todos los poros de su piel.

―Lo siento, nena, de verdad. Por todo lo que te dije esta mañana. No quería- ―Hinata lo interrumpió con un fugaz beso en los labios que lo acalló y lo dejó con ganas de meterle un buen morreo.

―Lo sé―le dijo ella, con lágrimas haciendo brillar sus preciosos ojos perlados―. Perdóname tú a mí por ser tan cabezota. Tenías razón: me estoy excediendo y eso no es bueno ni para mí ni para- ―Ahora fue el turno de Naruto de silenciarla con un beso, pero un beso de los de verdad, con lengua y todo. Hinata gimió y se aferró a su camiseta, apretándose contra ese duro torso todo lo que su barriga hinchada le permitía.

―¿Me perdonas, entonces? ¿Por ser un cabrón insensible que no sabe ver lo que es importante para ti?―Hinata sonrió y le acarició la barbilla recién afeitada con la punta de los dedos.

―No eres eso que dices―dijo, negándose a pronunciar palabras tan fuertes referidas al hombre al que amaba―. Solo estás estresado y preocupado… y lo entiendo. Soy demasiado testaruda a veces y- ―Se interrumpió al ver que Naruto alzaba una de sus rubias y perfectas cejas como diciendo «¿Solo a veces?». Hinata le dio un cariñoso pellizco en el cuello que, lejos de enfriarlo, lo puso a cien.

Se preguntó si sería buena idea dejar a un lado lo de la comida romántica, subirla a la mesa, meterse entre sus piernas y hacerle el amor lenta, muy lentamente, hasta que le suplicase por la liberación…

Sacudió la cabeza y se dijo que más tarde. Primero debía mimarla y consentirla, hacerla sentir especial, disculparse por cómo le había hablado aquella mañana. Luego, tendría toda la tarde para levantarle la falda, liberar esos apetecibles y redondeados senos de la prisión de las ropas y devorarla entera.

Sí, Hinata tenía rollos de canela para el postre, pero en cuanto a su propio dulce… era ella. Ella y su tentador y suave cuerpo. Solo de pensar en poder hundirse en su cálido y acogedor interior se ponía aún más duro.

«Después, Naruto, después. ¿Cómo era el refrán? La paciencia es la madre de la ciencia o, en este caso, la madre del disfrute».

Sonrió para sus adentros mientras soltaba a Hinata y se volvía para separarle una silla como todo un caballero, agradeciendo a su madre las interminables horas que lo obligaba a pasar de pequeño aprendiendo modales cuando lo castigaba. Sí, no contenta con dejarlo sin televisión o consola se dedicaba a torturarlo. Aunque ahora se lo agradecía en ocasiones como aquella. Infinitamente.

Hinata se sentó con elegancia en su silla y permitió que Naruto la ayudase a acomodarse. Mientras él se quitaba la chupa y la colgaba del respaldo de su asiento para seguidamente sentarse y empezar a sacar los recipientes con la comida y empezar a servir. Hinata tragó saliva al ver las deliciosas viandas. Desde luego, había de todo: pasta con salsas diversas, una lasaña vegetal cuyo olor a queso fundido y verduras hizo que su estómago rugiera, carne en rollo con patatas asadas, pollo acompañado de arroz, tallarines con marisco, incluso un plato de caldo bien contundente, con sus trocitos de carne, verdura, patata y legumbres. Era uno de los platos estrella de Chōji y el que más disfrutaba de cocinar, puesto que había conseguido ganar un certamen culinario con esa receta con el que pudo adquirir cierto reconocimiento profesional dentro de su gremio.

Naruto le tendió con cuidado un cuenco de cerámica. Hinata lo miró algo sorprendida y él se encogió de hombros con una sonrisa.

―Me pareció que sería un poco complicado tomar caldo en platos de papel o de plástico, si es que al final te apetecía'dattebayo. ―¡Y tanto que le apetecía! Le devolvió la sonrisa y cogió el cuenco y una cuchara. Con mucho cuidado, Naruto le echó caldo hasta casi el borde. Hinata se relamió los labios y hundió la cuchara en el espeso mejunje, aspirando con fuerza hasta dejar que el olor que emanaba del plato la envolviera. Sopló para enfriar el humeante líquido y acto seguido se lo llevó a la boca, gimiendo de puro gusto al notar la delicada mezcla de sabores en la lengua.

Naruto retuvo el gruñido que quiso dejar escapar al escucharla gemir por una cucharada de la comida que habían preparado las manos de otro hombre. Su mente le recordó que no fuese irracional. Era estúpido ponerse celoso por algo como eso. Además, era él el que más tarde iba a disfrutar de sus gemidos, claro que en otro contexto totalmente distinto… y en otra situación radicalmente diferente.

―Y… cuéntame, ¿qué tal tu… reunión?―Hinata dejó escapar un inaudible suspiro y esperó a que Naruto terminara de servirse para contarle.

―No fue… mal. La clienta se marchó contenta, creo. Aunque todavía queda esperar al resultado final y a los costes actualizados para la nueva obra―suspiró, audiblemente esta vez.

Naruto se contuvo de decirle «Te lo dije». Eso era lo último que Hinata necesitaba oír en ese momento y también lo peor que podría hacer, porque desataría una nueva discusión de la que no quería formar parte. Una pelea a la semana era su límite. Por mucho que algunos de sus amigos opinaran que las reconciliaciones eran lo mejor él no soportaba estar mucho tiempo sin hablarse con Hinata, sin poder abrazarla, acariciarla y besarla.

Hinata era su droga. Y él era un adicto de lo más cumplidor.

Hinata le contó a grandes rasgos cómo había ido aquella reunión de trabajo con la esposa de uno de los amigos y socios de negocios de su padre. Él, por su parte, le contó que se había arrepentido de su pequeño desacuerdo de aquella mañana nada más escuchar el portazo que dio ella al salir de casa. Reconocía que podía haber tenido un poco más de tacto o haber sido un pelín más paciente, especialmente en el delicado estado en el que Hinata se encontraba. Ella arrugó el ceño ante aquello.

―Lo hemos discutido muchas veces, Naruto-kun: estoy embarazada, no enferma. Puedo seguir haciendo las mismas cosas que antes…

―Pero tienes que tomártelo con más calma. Recuerda lo que dijo el médico: sin pausa, pero sin prisa―Hinata entrecerró los ojos en su dirección al ver la sonrisa que adornaba los perfectos y cincelados rasgos masculinos―. Sí, lo sé, el refrán no era así, pero, nena, sabes que tengo razón. Al menos en esto'ttebayo. ―Hinata le sostuvo la mirada unos segundos para después respirar hondo.

―Lo sé. Sé que tenías… tienes razón. Mi cerebro lo sabe, pero a mi orgullo le cuesta aceptarlo. ―Naruto sonrió, ahora con cariño, hacia ella.

Esa era una de las cosas que a él también lo enorgullecían: el hecho de que su futura esposa había sido capaz de labrarse su propio futuro y estaba orgullosa de eso, no queriendo ceder ni un centímetro del terreno que había ganado en el mundo empresarial a sus competidores.

Empresas de decoración o decoradores había muchos, y él lo sabía porque investigaba y leía al respecto―a escondidas un poco de su novia, ya que no quería que ella se imaginase una tontería, como que él no creía en ella―; le gustaba estar al tanto de lo que se cocía en el mundillo cosmopolita de la moda y la decoración―ya que ambas disciplinas iban de la mano y se complementaban la una a la otra―para así poder estar alerta en caso de que detectara algún tipo de desánimo en su siempre sonriente y optimista prometida.

―¿Me prometes, entonces, que a partir de ahora te cuidarás un poco más?―Hinata terminó de comerse un riquísimo trozo de lasaña y lo miró, dejando escapar un largo y sonoro suspiro.

―Sí, creo que eso… sería razonable. ―Naruto sonrió ampliamente, dejando entrever lo mucho que le gustaba aquel triunfo―. Pero seguiré trabajando, no pienso abandonar mis proyectos. Mis clientes confían en mí, Naruto-kun.

―Y yo no te he dicho que dejes de trabajar, solo que bajes un poco el ritmo, nada más'dattebayo. ―Hinata sonrió, ahora con ternura.

―Lo sé. ―Naruto suavizó su expresión severa y le correspondió la sonrisa.

―Me alegra haber tenido la idea de venir. No soporto cuando nos peleamos. Sobre todo cuando son tonterías como esta.

―A mí tampoco me gusta―reconoció Hinata.

Naruto se levantó hasta posicionarse delante de ella. Extendió su mano y Hinata la tomó sin dudarlo. Con un leve apretón la ayudó a levantarse para poder abrazarla como deseaba. Hinata suspiró de placer al sentir esos fuertes brazos rodeándola, los largos y bronceados dedos abarcando su ahora deforme cintura.

―Estás preciosa―le susurró al oído la voz ronca de su prometido, quizá adivinando por dónde iban los derroteros de sus pensamientos.

Una cálida mano se posó en su mejilla, acariciándola y haciendo que levantara el rostro para mirar a esos ojos azules que la habían encandilado siendo apenas una adolescente de doce años. Vio como la boca masculina descendía sobre la suya y entreabrió los labios, más que dispuesta a recibir el que sería uno de los besos más memorables de toda su relación. Un beso que recordaría por el resto de su vida.

Naruto sintió cómo las caricias prodigadas por las pequeñas manos de su chica en su cabello inflamaban aún más el deseo que ya sentía por ella. Sabía que debía ser cuidadoso, pero le estaba costando controlarse. Hinata era sencillamente increíble, y él la amaba y la deseaba a cada segundo de cada día.

Cerró los ojos para sentir con más intensidad el placer que los suaves dedos femeninos le provocaban en su nuca y cuero cabelludo, mientras sus propias falanges se ocupaban de mandar escalofríos por toda la espalda femenina. Con lentitud y cuidado, se apropió de las cintas que adornaban la bonita blusa que cubría el cuerpo de Hinata y tiró de los extremos para deshacer el nudo que mantenía el lazo en su lugar, aflojando este y haciendo más fácil la tarea de quitarle por la cabeza la prenda de ropa.

Hinata se estremeció al sentir el súbito cambio de temperatura. Sus mejillas se tornaron rojas al sentir la mano libre de Naruto deslizarse por su costado hasta alcanzar el borde del sujetador y pasar el pulgar por el delicado tejido de algodón, especialmente preparado para no dañar la sensible epidermis de una mujer en avanzado estado de gestación.

Sonrió al sentir el leve temblor que asoló a su chica y se inclinó para volver a besarla, deleitándose con su dulce sabor, dejando que la lengua se colase en su boca y chupando la de ella. Hinata apretó el agarre que mantenía sobre sus cortos mechones rubios y se arqueó, como suplicando más de su contacto y de su boca.

Pero él quería tomarse su tiempo, adorarla y amarla como ella realmente se merecía. ¿Qué importaba que estuvieran en las oficinas de su empresa a pleno día? Cualquier lugar con algo de privacidad era bueno para demostrarle lo mucho que la amaba. Y para que ella le reafirmase que su amor era correspondido en la misma medida.

La mano izquierda abandonó su cintura y subió hasta ponerse a la par de la derecha, sobre sus hinchados pechos. Hizo círculos con los pulgares sobre los duros pezones, que se marcaban contra la tela del sostén. Hinata dejó salir un ahogado gemido mientras seguían besándose, que hizo que su erección creciese aún más.

Despacio, con cuidado, evitando hacerle sentir cualquier tipo de daño o incomodidad posible, palpó con los dedos hasta dar con el broche del sujetador y lo soltó, apartándolo de su torso para dejar libres ese par de preciosas redondeces que habían poblado―y todavía poblaban―sus sueños más húmedos.

Hinata también lo acariciaba. Los dedos femeninos se paseaban ahora por su espalda, avanzando centímetro a centímetro hasta asir el borde de la camiseta y tirar hacia arriba, siendo capaz así de notar por fin con sus manos los duros músculos de ese terso estómago del que tanto había presumido ante sus amigas, diciendo que era liso y suave, pero al mismo tiempo duro como el acero.

Entendiendo la petición no formulada, Naruto se alejó unos segundos, los suficientes para quitarse la chupa y la camiseta. Volvió a pegarse al cuerpo de su novia pero esta apoyó las manos en su pecho, sintiendo los acelerados y emocionados latidos de su corazón.

―N-no… ―Naruto la miró, confuso al ver su pálido rostro adornado con un furioso color carmesí―. N-no te la… quites. Dejátela… de-déjatela puesta. ―Naruto pestañeó y miró entonces para el lugar donde yacía su chupa de cuero, comprendiendo ahora la extraña petición.

Sonrió de forma pícara, pero alargó el brazo hasta tomar de nuevo aquella cazadora que Hinata le había regalado y que ya había protagonizado alguno de los encuentros más íntimos y apasionados que habían vivido juntos, en brazos del otro.

Se la puso sin mucha ceremonia, impaciente por volver a lo que estaban haciendo. Hinata se mordió el labio inferior y, casi sin quererlo, alargó las manos para desabrocharle el pantalón y poder meterle mano en todo el sentido de la expresión. Naruto se tensó, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, gimiendo de puro gozo ante el poco usual atrevimiento de la joven.

―Hinata… ―Ella lo acarició con mimo, sosteniendo también los sensibles globos colgantes y pasando el pulgar por la cabeza, recogiendo así una gota de humedad que extendió por toda su dura longitud, lubricándolo―. Hinata… ―gimió Naruto de nuevo; aquello era una exquisita tortura que lo estaba llevando poco a poco a la locura.

Sin demora, se bajó los pantalones y los calzoncillos y se pegó a Hinata, besándola con pasión y buscando él también el recoveco oculto entre sus piernas, bajando la goma del pantalón premamá hasta encontrar el lugar húmedo y palpitante de deseo. Acarició los rebeldes rizos que guardaban ese sitio prohibido que las féminas cuidaban con celo y al cual los hombres deseaban llegar en cuanto se enteraban de para qué servía y lo que su propia entrepierna podía hacer en―y con―él.

Encontró al fin la pequeña protuberancia que era la fuente del placer femenino y jugó con la misma, haciendo círculos, de más amplios a más pequeños, como si fuese un cazador acechando a una presa largamente ansiada.

Finalmente, ahondó en la mojada gruta, hasta que un duro nudillo rozó los sensibles labios que custodiaban aquella entrada que tantas y tantas veces había traspasado con el beneplácito de su dueña.

Hinata gemía con cada demoledora caricia, preguntándose cómo podía ser tan desvergonzada, cómo podía dejar que su novio la estuviese llevando a lo más alto del disfrute físico a pleno día y nada más y nada menos que en su lugar de trabajo.

Aunque ella no se quedaba atrás, acariciando, apretando y raspando con las uñas la parte más sensible del cuerpo masculino, ambos ya a punto de estallar por tanto placer acumulado.

Naruto abandonó entonces su tarea, deseoso de hundirse en Hinata. Al mismo tiempo, Hinata dejó de acariciarlo a él, como si ella tampoco pudiera esperar más para sentirse el uno al otro en toda plenitud. Naruto apoyó las manos en su cintura y dejó caer la cabeza contra su hombro desnudo, donde respiró hondo y depositó un sentido beso, mientras sus dedos se extendían por todo el extenso estómago femenino. Su hijo se movió y pateó al sentir aquel sutil tacto.

―Dame unos segundos para hacer sentir bien a mami, ¿vale, campeón?―Hinata no pudo evitar dejar salir una risita. Le acarició el torso y las mejillas, repasando las marcas de su rostro mientras Naruto la ayudaba a sentarse y a acomodarse sobre la mesa, apartando los envases que todavía tenían comida dentro con cuidado de no tirarlos al suelo. Hinata abrió las piernas lo más que pudo y él se guio hasta su centro, presionando con cuidado hasta que se vio totalmente rodeado por su calor y humedad.

Hinata gimió y él esperó unos segundos, disfrutando al máximo de la sensación de sentirse acogido, de sentirse en casa. Con los ojos cerrados empezó a moverse, despacio al principio, saliendo por completo para volver a introducirse casi al instante, con el mismo cuidado.

Poco a poco fue aumentando el ritmo de sus empujes, permitiendo que la lujuria ganara terreno a cada segundo.

Por su parte Hinata lo observaba, comiéndose con los ojos el perfecto cuerpo masculino cubierto por la chupa de cuero, cuyo olor se mezclaba con el del sudor, así como con el de la excitación que emanaba de ambos, algo que hacía la situación aún más placentera si cabía.

Sus manos no permanecieron quietas: acarició con mimo y ternura cada centímetro de ese bien tonificado pecho, raspando con las uñas los oscuros pezones y arrancando de esta manera un siseo de placer de los labios de su amante. Naruto volvió a besarla, alimentando las llamas de la hoguera que ya los consumía a los dos. Se aferró a sus hombros de forma que sus dedos se curvaron sobre los duros músculos, haciendo presión hasta que las uñas se clavaron en la piel morena; más tarde recordaría aquel pequeño instante y se diría que, si hubiese habido algún fotógrafo con talento observándolos, habría captado justo aquel momento suspendido en el tiempo, solo para dejar constancia de lo mucho que aquel gesto decía de ellos dos.

Que se amaban, que se deseaban, que se complementaban.

Cerró los ojos, sintiendo que se acercaba a la cumbre más rápido de lo que querría. Dejó que el placer la dominara y se perdió en él, en lo bien que se sentía, en lo mucho que deseaba que ese justo instante se quedase así, suspendido en el tiempo, para que pudieran disfrutarlo hasta que ninguno de los dos pudiese soportarlo más.

Pero tanto el cuerpo humano como el tiempo tenían sus limitaciones, así que Hinata permitió que el primero tomara el control, dejándose llevar por uno de los orgasmos más increíbles y explosivos que Naruto le había hecho sentir nunca. Porque todos ellos habían sido provocados por el rubio de una u otra manera, aun si él no había tenido participación activa―o presnecial―en algunos de los mismos.

Gimiendo, se pegó a su prometido y dejó que los últimos coletazos del reciente clímax sacudieran su cuerpo mientras él la sostenía, jadeando y gruñendo como un animal en celo.

Naruto se sintió espoleado por la liberación de Hinata; algo se rompió en su interior; tumbó a Hinata sobre la mesa y sujetó sus rodillas por la parte de atrás, obligando a sus piernas a abrirse todo lo que su avanzado estado de gestación le permitía. Un pequeño retazo de su conciencia le gritó que estaba siendo demasiado brusco, pero la nube de placer que lo envolvía hizo desaparecer cualquier recato.

Amaba a Hinata, deseaba a Hinata, se sentía completo con Hinata. Solo con ella.

Con su chica.

Notó las pequeñas y pálidas manos de su novia aferrarse a sus brazos y escuchó un leve gemido pronunciado con su dulce vocecita. Aquello lo envalentonó y convirtió el ritmo de sus embestidas en una cadencia salvaje, casi desesperada, como si algo muy dentro de él desease quedarse así para siempre, compartiendo todo su ser, todo lo que era y lo que Hinata le hacía sentir, con ella.

Sintió que su virilidad se hinchaba y se endurecía, anunciándole así su incapacidad para aguantar más de aquella deliciosa y placentera tortura. Tensó todos los músculos y, con un bramido salvaje, se inclinó hasta apoyar sus manos sobre la mesa, a cada lado de la cabeza de su novia, mientras su esencia salía disparada furiosamente en el interior del amor de su vida, como si de esa forma su parte más primitiva y salvaje quisiera reclamarla, quisiera dejar una marca imperecedera para que cualquier persona, hombre o mujer, niño o adulto, supiera por instinto que aquella bella mujer ya tenía dueño y ese era él y nadie más que él.

Cuando los temblores cesaron en ambos, Naruto se desplomó a un lado de Hinata, con la respiración acelerada y entrecortada y el corazón latiéndole a un ritmo totalmente anormal. Sonrió al pensar en que, si el médico del equipo le hiciese una revisión ahora mismo, seguramente lo mandaría derechito a urgencias por temor a una posible enfermedad cardíaca.

Ninguno de los dos dijo nada durante varios minutos, pero lejos de molestarles el silencio este les sirvió para relajarse y calmar sus nervios y sus revolucionadas hormonas.

Porque si por Naruto fuera―y este apostaba a que Hinata estaba en la misma onda―volvería a subirse sobre ella, volvería a besarla, volvería a acariciarla y volvería a hacerle el amor como un loco desquiciado. Justo como acababa de hacerle.

Oyó un suspiro tembloroso a su lado y sus labios dibujaron una muy satisfecha sonrisa.

―Ha sido… ―Hinata luchó por encontrar las palabras adecuadas. Naruto decidió ayudarla.

―¿El mejor sexo de tu vida?―Hinata se sonrojó furiosamente.

―¡Naruto-kun! ¡No digas-

―No, tienes razón―la interrumpió―. Corrijo: ha sido el mejor sexo de nuestra vida. ―Hinata enrojeció aún más.

―¡Naruto-kun, basta! No digas… eso. ―Naruto tuvo que luchar para contener la carcajada que tenía atascada en el pecho.

A pesar de los años que llevaban juntos, a pesar de la intimidad compartida, a pesar de la infinidad de veces que la había hecho suya―y ella suyo a él―todavía prevalecía en Hinata algo de la educación austera que su padre y un sinfín de profesoras de buenos modales, usos y costumbres le habían inculcado.

Hinata opinaba que sexo era una palabra muy vulgar. Prefería el término largo con el que los poetas románticos habían agasajado los oídos de los más vanidosos y soñadores a lo largo de la historia.

Para ella, no tenían solo sexo, hacían el amor. A pesar de que él le aseguraba que no tenía nada de malo, que solo era una palabra―quizá con matices y connotaciones distintas que su frase homónima, pero solo una palabra, al fin y al cabo―, había veces en que se mostraba de acuerdo con su prometida.

Y esa era una de esas ocasiones.

No habían solo tenido sexo duro y caliente en la oficina que su novia, además, compartía con otras dos mujeres que además eran muy buenas amigas suyas.

No.

Habían, efectivamente, hecho el amor. Con todas las de la ley.

Con un suspiro, le pasó el brazo por la cintura y acarició el costado de la misma con las yemas de los dedos, para luego deslizar las puntas de esas mismas falanges sobre la piel estirada de su vientre.

Hinata se estremeció ante la tierna caricia y sonrió cuando el bebé se hizo notar, revolviéndose en su interior para patalear justo en el punto en el que su padre había hecho cosquillas sobre aquella tersa capa de piel.

Naruto amplió su sonrisa, aunque la borró enseguida y pasó a fruncir el ceño, al percatarse de que los pálidos brazos femeninos que lo rozaban se encontraban con el vello erizado y la piel de gallina.

―¿Tienes frío?―preguntó, acercándose más a ella para besarle el hombro perlado de sudor frío y poder pasarle también algo de su propio calor corporal.

Hinata consideró mentirle, pero sabía que no conseguiría colársela. A Naruto no. Y menos en esas circunstancias. Elevó despreocupadamente su otro hombro y asintió casi con descuido.

―Un poco. Pero seguro que se me pasará en cuánto se regule la temperatura de nuestros cuerpos. ―Naruto dejó salir un bufido.

―Eso es lo menos romántico que te he oído decir hoy'ttebayo. ―Hinata giró su rostro para poder mirarlo con las cejas arqueadas.

―Perdóname por querer ser práctica y evitarle preocupaciones innecesarias a mi novio. ―Ahora fue el turno de Naruto de alzar las cejas.

―No tienes que evitarme nada. Creo recordar que, cuando confirmamos tu embarazo, te hice prometer que jamás de los jamases me ocultases nada. Por nimio o estúpido que te pudiera parecer'dattebayo. ―Hinata sonrió con cariño al recordar aquel exacto momento, en la consulta del obstetra.

Acababan de confirmarle con unos análisis de sangre que le habían hecho y una ecografía que sí, estaba esperando un bebé, y que debía cuidarse más a partir de aquel momento. La ginecóloga le estaba explicando que cualquier alteración o cambio brusco de ánimo podía alterar el equilibrio natural de su cuerpo y provocarle situaciones de lo más desagradables y peligrosas, tanto para ella como para el bebé.

En ese preciso momento Naruto se había abalanzado prácticamente sobre ella mientras todavía seguía tumbada en la camilla, con la blusa subida hasta casi dejar sus pechos al descubierto y el gel frío aún sobre su todavía plano estómago.

Le había agarrado las mejillas con sus fuertes y cálidas manos y había clavado sus preciosos ojos azules en los suyos, más serio de lo que Hinata lo había visto jamás.

―Júrame ahora mismo que a partir de ahora no te guardarás nada. Que cualquier cosa que te irrite, moleste o desagrade me lo dirás enseguida. Pase lo que pase. Aunque pienses que puede enfadarme o molestarme. Júramelo.

―Naruto-kun…

―Jurámelo, Hinata. Jurámelo'dattebayo. ―Y, con los ojos llenos de gruesas lágrimas, se lo había jurado.

Porque era Naruto y él jamás haría nada que pudiera dañarla… dañarlos. Ni a ella ni a su hijo.

Así que suspiró y asintió.

―Sí, tengo frío. ―Naruto asintió, serio, y procedió a la molesta tarea de levantarse y vestirse a toda prisa. Luego volvió junto a Hinata y la aferró de las manos, tirando con sumo cuidado y delicadeza para ayudarla a incorporarse y poder así empezar a ponerle la ropa.

Hinata frunció el ceño y bufó cuando él se empeñó hasta en agacharse para meterle los pies en los agujeros de las bragas, uno por cada hueco.

Los había exagerados y sobreprotectores y luego estaba Naruto Uzumaki.

Pero lo dejó hacer sin más protestas, sabiendo que aquel ritual lo tranquilizaba y lo ayudaba a sentirse más aliviado y seguro de que todo iba a ir bien.

Podía darle esa pequeña concesión. Sobre todo cuando acababa de proporcionarle uno de los mejores orgasmos de toda su vida. Y sí, sabía que estaba sonando repetitiva, pero es que no podía evitar revivir en su mente lo perfecto, maravilloso y placentero que había sido todo ese rato que ahora tan solo permanecería en su memoria y que tendría que contentarse con recordar de vez en cuando.

Claro que siempre podía crear nuevos recuerdos placenteros junto a él…

―¿En qué piensas?―le preguntó la voz ronca y varonil de Naruto en el oído.

Hinata enrojeció y se apartó bruscamente de él, temerosa de que descubriera sus pensamientos y se propusiera seducirla para ponerse a crear esos nuevos recuerdos a la de ya.

Su cuerpo iba a necesitar algo de descanso antes de… de volver a realizar cualquier actividad física que obligase a sus músculos a trabajar intensamente de nuevo.

―En nada. ―Hizo una pausa y tomó aire―. De-deberíamos irnos. Ya he terminado por hoy y… eh… te-tengo ganas de ir a casa y descansar el resto del día.

Narutó volvió a arquear las cejas ante su nada convincente explicación. Estaba casi seguro de que había visto titilar el deseo durante unos breves segundos en los ojos perlas de Hinata. Pero tan rápido como apareció esa llama se apagó de nuevo.

Naruto suspiró y decidió darle una tregua. Además, él también debía descansar y reponer fuerzas. Aquel interludio lo había dejado satisfecho por ahora. No podía ser egoísta y dejarse llevar solo por sus deseos e instintos. Si Hinata no quería o no le apetecía volver a hacer el amor con él en ese momento, pues a otra cosa, mariposa.

Estaba en su derecho de decir no y de exigir espacio cuando lo necesitaba. Y él era lo bastante hombre como para respetar sus deseos, por muy dispares que estos fueran con respecto a los suyos.

―Muy bien. Si mi chica quiere sofá, manta, té y rollos de canela eso es exactamente lo que tendrá'ttebayo. ―A Hinata se le llenaron los ojos de gruesas lágrimas al oírlo.

No pudo evitar contenerse y se lanzó a abrazarlo, llenando de besos su barbilla. ¡Oh, cómo lo amaba!

―Gracias. ―Le dijo cuando sus cansados pies protestaron por estar soportando todo su peso en las puntas de los la abrazó y besó su cabeza, para luego acomodar su mentón sobre aquella coronilla negro azulada.

―¿Por qué, nena?

―Por ser tan maravilloso. ―Su respuesta hizo que todo el ser de Naruto vibrara y se llenara de una calidez indescriptible. Le puso los dedos con delicadeza en la mejilla y le levantó el rostro para poder mirar a esas límpidas y transparentes lagunas perladas que lo habían cautivado cuando no era más que un mocoso de dieciséis años empeñado en demostrar a todo el mundo, incluso a la chica que le gustaba por entonces, que no era tan lelo para los temas intelectuales como todo el mundo creía.

Hinata lo había flechado con solo una mirada de aquellos ojos claros, unos orbes que en primera instancia lo habían mirado con sorpresa, temor y admiración cuando se lo encontró una tarde sentado en el salón de su casa con su primo como si tal cosa, como si siempre hubiese ido allí a pasar el rato.

Naruto recordaba perfectamente sus balbuceos incomprensibles, el temblor de sus manos y aquel cabello liso y brillante que la rodeaba como si de un ángel se tratase. Su corazón había latido un poquito más deprisa al verla, y le llevó dos minutos reconocer a la chica tímida que le lanzaba miradas cuando creía que nadie le estaba prestando atención.

Pero él sí ya se había dado cuenta. Era tonto, pero no tanto. Si una chica te observa durante tanto tiempo como creía que Hinata llevaba observándolo a él, al final salta la liebre.

Recordaba haber levantado su mano como saludo y haberle sonreído, pronunciado un alegre hola. Fue en ese momento que Hinata retrocedió, trastabillando, se dio la vuelta y huyó como si le persiguiera el mismísimo diablo escaleras arriba, seguramente en dirección a su habitación.

Desconcertado, Naruto se había vuelto hacia Neji, como buscando una respuesta a tan extraño comportamiento. ¿Había hecho algo que pudiese haberla ofendido o haberla hecho sentir mal? Pero Neji se había encogido de hombros.

―Hinata es algo tímida, especialmente con aquellos que no conoce demasiado bien. No le des importancia. ―Pero Naruto se la dio, porque nunca, nadie, había reaccionado de aquella forma tan peculiar ante él. ¡Ni que fuera un emperador esperando a que lo adulasen a todas horas!

Además, si ya sentía curiosidad por Hinata, ahora se sentía intrigado. Se propuso descubrir todo sobre ella, hacerse su amigo.

Solo que, en el proceso, había perdido su corazón, cayendo irremediable y perdidamente enamorado de aquella chica tímida, dulce, alegre y cariñosa.

Pero también fuerte, inteligente, leal y testaruda.

―¿Naruto-kun?―La voz de su prometida lo sacó de sus recuerdos, trayéndolo de vuelta al presente. Le sonrió para tranquilizarla.

―Perdona, me perdí un segundo. ―La miró, dándose cuenta de que ella misma había terminado de vestirse. Suspiró, lamentando haberse perdido el poder acariciar su cuerpo una vez más con la excusa de ponerle la ropa encima―. Bueno, ¿lista?―Hinata asintió―. Pues vamos. Estoy seguro de que a los de Netflix les encantará ver cómo hacemos uso de nuestra cuenta. ―Hinata soltó una risa y cogió la mano que él le tendía.

Recogió su bolso mientras Naruto cerraba y guardaba los envases con la comida sobrante así como las servilletas y todo lo utilizado en una bolsa aparte, para tirarlo en un contenedor nada más salir.

Aquel simple gesto tan cotidiano le llegó a lo más hondo, y se dijo que estaba siendo estúpida. Cualquier persona con un mínimo de decencia y de consideración limpiaba lo que ensuciaba.

Pero el embarazo hacía que prácticamente todo la hiciese llorar. Hasta cuando veía a un niño hacer un berrinche en la calle porque su madre no quería comprarle chuches a la hora de la merienda. Sentía la injusticia y la frustración del pequeño como propias y se le saltaban las lágrimas.

Sacudió la cabeza. No era momento de pensar en sus comportamientos irracionales de embarazada.

Tenía toda una tarde por delante para disfrutar de la compañía y de acurrucarse en el sofá con su sexy y cariñoso novio.

Y no pensaba desaprovecharla por nada del mundo.


―¿Y…? ¿No tienes nada que contarnos?―Hinata dejó de retocar el plano de un proyecto nuevo que les acababa de llegar esa misma semana y levantó la mirada en dirección a su socia y compañera de trabajo, Ino, que se encontraba medio apoyada sobre su mesa, con una de sus blancas manos sosteniendo su cabeza y el otro brazo doblado sobre el tablero, sus uñas perfectamente pintadas y cuidadas repiqueteando sobre la madera.

Una juguetona y alegre sonrisa curvaba sus labios, que esa mañana llevaba de un rojo mate que hacía resaltar los tonos claros de su piel pálida, sus ojos azules y su cabello rubio, peinado en una coleta alta que dotaba de sofisticación y juventud a su figura delgada llena de curvas.

Hinata pestañeó, preguntándose a qué podía estarse refiriendo Ino. Buscó en su memoria si es que había olvidado comentarle algo respecto a algunos de los proyectos activos que tenían entre manos o a algún evento que ahora mismo no recordara. Pero no encontró nada que hubiese olvidado decirle.

―¿A qué te refieres?―La sonrisa alegre de Ino decayó un poco y ladeó su bonito rostro, quizá un poco molesta de que la que consideraba una de sus mejores amigas no quisiese compartir con ella ningún detalle jugoso.

Tras ellas, Konan suspiró, en parte divertida y en parte exasperada porque Hinata, a esas alturas, no conociese las mañas de Ino cuando quería sacar información que ella consideraba imprescindible.

―Quiere saber si la visita del otro día de Naruto fue tan importante como ella se imagina―dijo Konan, sin dejar de teclear en su ordenador y sin variar su expresión seria. El trabajo era lo más importante, lo primero cuando estaban en la oficina.

Hinata parpadeó nuevamente para seguidamente sonrojarse como una colegiala a la que sus padres hubiesen pillado besuqueándose con su novio en el sofá del salón.

―O-oh… ¿quién… ―La amplia sonrisa de Ino hizo que enrojeciese todavía más y bajase la cabeza.

―Matsuri me dijo cuando llegué esta mañana que el otro día tu buenorro y caliente prometido vino para darte una sorpresa. Según ella, parecía compungido y algo desesperado porque le fuese a negar la entrada. Naruto le explicó que habíais discutido y, en mi mundo, solo existe una manera de reconciliarse con tu pareja tras una pelea. ―Hinata sintió que su rostro se calentaba a niveles insospechados hasta ahora y bajó la cabeza, empezando a mover el lápiz táctil sobre la pantalla del ordenador como una posesa, casi sin fijarse en lo que hacía. Sin embargo, Ino no cesó en su empeño. Quería tener la exclusiva de aquel cotilleo. ¡Oh, sí, claro que la quería!―. También me dijo, tan roja como estás tú ahora mismo, que cuando bajasteis para iros los dos ibais con el pelo revuelto, la ropa arrugada y una cara post sexo que no podíais con ella. ―Hinata dejó escapar un gemido torturado de pura vergüenza e Ino se recostó más sobre la mesa, ahora sujetando su cara con las dos manos, una abarcando cada mejilla, la sonrisa más ancha que nunca.

―Ino, no es de nuestra incumbencia―dijo Konan, tratando de que su amiga dejara de meterse en la vida privada de Hinata. Por supuesto, no funcionó. Ino era implacable cuando de sacar información se trataba.

―Vamos, Konan, tú también quieres saber. Sé que quieres. Además, esta oficina la compartimos las tres, y tengo derecho a saber si habéis corrompido mi mesa o alguna zona común. Tengo mis derechos, y los pobres muebles ya ni te cuento. ―Hinata quiso que la tierra se la tragase. Un desmayo también le valía. ¿Dónde estaban las molestias prenatales cuando una las necesitaba? Sin poder evitarlo, miró de reojo para la mesa redonda que estaba en un rincón. Ino siguió su fugaz vistazo y sonrió, triunfante.

―¡Ajá! Así que en la mesa, ¿eh? Espero que el equipo de limpieza del edificio sea tan concienzudo y eficiente como prometen en su página web. ―Hinata gimió por segunda vez, sumamente avergonzada. Tal era su malestar que incluso sintió una punzada en su bajo vientre, sin duda producto de alguna subida de tensión o de su temperatura corporal―. Vamos, ¡no te avergüences, Hina! Yo también habría aprovechado la oportunidad de hacer el ya tú sabes con Sai si esta se me hubiera presentado, especialmente tras una discusión. El sexo de reconciliación es el mejor sexo de todos. Y además con un jugador de fútbol que está, mmmmmm…, para comérselo enterito cubierto de nata y chocolate…

―¡Ino, que estás hablando del futuro esposo de Hinata! ¡Tu amiga!―intervino Konan, dejando que se notara una leve irritación en su tono de voz, viendo además que su otra socia y amiga ya no sabía dónde meterse, a punto de explotar de vergüenza.

―¿Y? Naruto es casi un monumento nacional, tendrían que declararlo patrimonio natural vivo protegido por la UNESCO. Además, solo me dedico a admirar y alabar sus encantos. Jamás se me ocurriría ponerle las manos encima, ni aunque estuviera soltera, que no es el caso. Amo a Sai. De verdad, a veces me ofende que tengáis tan mal concepto de mí. ―Konan mostró su arrepentimiento levantándose y yendo a junto de sus dos amigas, dándole un pequeño apretón en el brazo a la rubia.

―Lo siento, no pretendía insinuar nada, lo sabes. Es solo que las intimidades de Naruto y Hinata no son asunto nuestro. ―Ino suspiró, irguiéndose.

―Ni que la estuviera sometiendo a un tercer grado. Es solo que últimamente no ha pasado nada interesante. Konoha se ha vuelto una ciudad aburrida. ¿Dónde están los delincuentes, las fiestas clandestinas, los famosos que llenan de glamur las calles de una población?―Konan dirigió su vista hacia Hinata, puso los ojos en blanco y meneó la cabeza. La Hyūga se tapó la boca con una mano y soltó una risita.

Konan tenía razón: Ino no tenía remedio. Pero así la querían. Era la amiga loca, alegre y llena de energía que todas querían tener. Hinata recordó entonces una frase que Shikamaru Nara, un buen amigo de Naruto y de ella que había sido además compañero del instituto, solía decir casi a todas horas: «Pon una Ino en tu vida y tendrás la emoción y el desastre garantizados».

Tras aquel pequeño lapso, las tres se concentraron de nuevo en el trabajo. Hinata devolvió su atención al plano que había estado repasando antes de que Ino la interrumpiese. Empezó a trazar dibujos y notas con el lápiz táctil, mientras con su mano libre se frotaba distraídamente la parte baja de su tripa hinchada, donde había aparecido una segunda punzada de dolor.

El resto de la mañana transcurrió en paz y tranquilidad. Ino tuvo que salir al mediodía porque había quedado con una clienta, una chica joven que estaba planeando su boda y quería que ese día todo fuese más que perfecto, así que quería repasar la disposición de las mesas y la decoración floral. Era el trabajo perfecto para Ino, así que Hinata y Konan la habían dejado encargarse prácticamente del proyecto a ella sola. Ambas sabían que la Yamanaka haría un gran trabajo.

Cuando regresó, las dos mujeres de cabello oscuro estaban teniendo un agradable interludio, con café y galletas. Ino se unió a ellas más contenta que unas pascuas, y procedió a contarles cómo había ido el almuerzo con la clienta y los cambios que iban a tener que hacerse para que todo estuviese a su gusto.

Hinata escuchó todo con una enorme sonrisa en los labios. Ino estaba más que entusiasmada con aquel trabajo. Ella y Konan la escucharon con suma atención, preguntándole cosas y dando su opinión y su punto de vista cuando lo creían oportuno o cuando Ino les preguntaba algo de lo que no estaba cien por cien segura.

Hinata dio un sorbo a su café descafeinado y se frotó el estómago. Las punzadas habían aumentado en intensidad y frecuencia, pero no quería hacer una montaña de un grano de arena. Seguramente tan solo estaba cansada.

―¿Te encuentras bien?―le preguntó Konan, con sus ojos violetas observándola con preocupación. Hinata sonrió y asintió, volviendo a sorber del líquido marrón de su taza.

―Sí, sí. Es solo una leve molestia.

―¿Segura?―preguntó Konan, nada convencida. Había notado que Hinata no había parado de frotarse la misma zona una y otra vez a lo largo de la mañana, así como las muecas que hacía cada vez que se movía.

Hinata asintió otra vez, con convencimiento. Lo último que quería era preocupar a sus amigas.

―Sí, no es nada. De verdad―añadió, al percatarse del ceño fruncido de Ino.

―¿Estás completa, absoluta y totalmente segura de que no es nada?―Hinata suspiró, apreciando en lo más hondo la preocupación de las dos mujeres.

―Sí, aunque… ¿sería mucha molestia que me fuera ya a casa? Tal vez, aunque no sea nada, sería mejor que descansara. Solo por… por si acaso. ―Tanto Ino como Konan se apresuraron a asentir.

―¡Por supuesto que no, Hina! Vete tranquila. Konan y yo cuidaremos el fuerte hasta mañana. Ninguna catástrofe ocurrirá bajo nuestra vigilancia. ―Konan alzó unas cejas ante el tono teatral de Ino pero lo dejó correr. A veces, un poco de frivolidad incluso hasta venía bien para calmar una situación.

―¿Quieres que llame a Yahiko para que avise a Naruto?―preguntó Konan, siguiendo a Hinata hasta su mesa, dónde esta apagó el ordeandor y empezó a recoger sus cosas.

―No, no―negó con la cabeza―. Al llegar a casa me echaré un rato. Estoy convencida de que solo es algo de cansancio acumulado. ―Una punzada de dolor la asaltó justo en ese instante, haciendo que se le cortara la respiración y se tambalease. Tuvo que aferrarse al borde de la mesa mientras que Konan se apresuraba a sostenerla de los hombros e Ino soltaba una exclamación.

―¡Hinata!―La aludida permaneció varios largos segundos con los ojos cerrados, inhalando y exhalando profundamente, tal y cómo le habían enseñado en las clases pre parto.

―E-estoy bien… ―Konan suspiró. Ino terminó de meter todo en su bolso y lo sostuvo contra su cuerpo, nerviosa y preocupada por aquel actuar tan poco usual en la joven de ojos perlas.

―No, no lo estás. Ino, dame las llaves de su coche―dijo Konan, con calma. Ino se apresuró a obedecerla, sin chistar. Hinata miró para ella con el ceño fruncido.

―Ya he dicho que estoy bien. ―Konan no le respondió, se limitó a recoger las llaves de la mano de Ino y las dejó sobre la mesa, a un lado del teclado del ordenador.

―Llama a Matsuri y dile que pida un taxi―siguió Konan, mirando para la rubia Yamanaka, que se abalanzó sobre el teléfono para hacer lo que Konan le acababa de pedir.

Hinata escuchó el breve intercambio de palabras entre Ino y la recepcionista del edificio, que parecía estar asintiendo vehementemente al pedido de la joven. Ninguna le estaba haciendo el más mínimo caso, así que decidió claudicar. Sabía que solo se preocupaban por ella. Además, dejar el coche en el aparcamiento de la oficina no sería la gran cosa. Naruto podía ir a buscarlo más tarde o incluso alguna de ellas o su hermana o Tenten podían ir a llevárselo.

Así, flanqueada por Konan e Ino, salió de la oficina y bajó en el ascensor hasta la planta baja, notando pequeños pinchazos de dolor, cada vez más seguido. Matsuri las esperaba de pie al lado de su mesa, y pegó un brinco cuando vio las puertas del ascensor abrirse y a las tres avanzar hacia la salida.

―¡Señorita Hyūga! ¡¿Se encuentra bien?!―preguntó la castaña, visiblemente nerviosa. Konan le lanzó una advertencia con sus ojos y Matsuri reculó, entre avergonzada e intimidada.

―¿Está ya aquí el taxi, Matsuri?―Esta tragó saliva y asintió efusivamente con la cabeza.

―S-sí, acaba de llegar. Le he dicho al conductor que esperase unos minutos…

―Bien―la interrumpió Konan, mientras ella e Ino acompañaban a Hinata fuera y la ayudaban a acomodarse en el taxi.

―¡Pégame un toque cuando llegues, Hina! ¡Prométemelo!―Le exigió Ino. Hinata hizo su mejor esfuerzo para sonreír.

―Claro, Ino. Sin problema. ―Konan la miró unos segundos más con sus penetrante orbes violáceos, como si estuviera evaluando su estado de salud o de ánimo.

Finalmente, las dos amigas se despidieron con un abrazo y un beso, dejando así que el vehículo se pusiera en marcha por fin. Ambas se quedaron en la calle, observando hasta que el taxi desapareció al virar en una esquina.

―¿Estás segura de que estará bien?―preguntó Ino, dejando entrever todo el miedo y la preocupación por Hinata. Konan meneó la cabeza, haciéndola saber que no lo sabía.

Mientras se daban la vuelta y volvían a entrar en el edificio de oficinas, Konan sacó el móvil del bolsillo de su chaqueta y lo desbloqueó, marcando un número que se sabía de memoria.

―Yahiko―pronunció cuando contestaron al otro lado de la línea―, dile a Naruto que vaya cagando leches para casa. Hinata no está bien. ―Y con eso cortó la comunicación, mientras Ino la observaba con la boca abierta. Konan alzó una ceja al percatarse de su expresión de incredulidad.

―¿Qué?―Ino sacudió la cabeza.

―Nada. Es solo que… nunca te había oído hablar así. Tan… coloquial. ―Konan curvó sus labios en una sonrisa.

―Yahiko es un hombre. Lo amo y todo eso, pero si no le hablo en su idioma, no se entera. ―Ino no pudo evitar soltar una carcajada al oírla.

―En eso tengo que darte la razón. Adoro a Sai, pero a veces me desespera su falta de inteligencia emocional… ―Así, intentando relajar el ambiente con una charla casual, regresaron a la oficina, para seguir trabajando en lo que restaba de día.

En el taxi, Hinata había intentado relajarse sobre los asientos traseros, cerrando los ojos y tratando de concentrarse en el tranquilizador rugido del motor.

No funcionó. El dolor creció todavía más en la siguiente punzada que asoló su vientre y tuvo que morderse los labios para no gritar de esta vez. No quería asustar al pobre chófer, que ya le estaba echando de cuando en cuando miradas nerviosas a través del espejo retrovisor.

―¿Señorita? ¿Se encuentra bien?―Hinata iba a responder que sí cuando de nuevo regresó el dolor.

Ya no había ninguna duda: estaba de parto. Aquellas punzadas eran contracciones, estaba segura. No se trataba de una falsa alarma ni de las contracciones de Braxton Highs previas al parto.

Con toda la calma que fue capaz de reunir, miró a los ojos al conductor a través del espejo y dijo en un tono sereno que estaba muy lejos de sentir.

―Por favor, ¿sería tan amable de llevarme al hospital?―El hombre abrió mucho los ojos y asintió, virando de manera algo brusca en el siguiente cruce.

Entretanto, Hinata se hizo con su teléfono móvil y le mandó un mensaje a su prometido.

Camino al hospital. El bebé ya viene.


Naruto atravesó como una tromba las puertas automáticas de las urgencias del hospital. Iba jadeante, sudoroso, pálido como un muerto y con las ropas del entrenamiento aún puestas. Tras él, Yahiko lo seguía a trompicones, pisándole los talones y gritándole que se calmase y lo esperase.

Lejos de hacerle caso, Naruto detuvo a la primera persona que vio vestida de blanco agarrándola por la ropa.

―Hinata… mi bebé… dónde… ―balbuceó. Yahiko se paró por fin al lado de su amigo y compañero de equipo para tomar aire, intentando disculparse de paso con el pobre chico al que el rubio se negaba a soltar.

―Discúlpalo, por favor. Está un poquito nervioso… Errr… ¿Información?―El chico agradeció con una mirada a Yahiko cuando este, con delicadeza, agarró el brazo de Narutuo y lo obligó de un suave pero firme tirón a soltarle.

―Allí―el empleado del hospital señaló con la cabeza un mostrador tras el que dos enfermeras atendían al público. Luego se los quedó mirando, como si de repente los hubiese reconocido de algún sitio―. ¿Vosotros n-no seréis…

―Sí, amigo. Lo somos. Ahora, si me disculpas… ―Yahiko sonrió cortésmente y salió en pos de Naruto, que ya se abalanzaba sobre las recepcionistas, gritando y exigiendo respuestas sobre cómo estaban y dónde se encontraban su prometida y su hijo.

Claro que el chico no pudo evitar sacar su móvil, hacer una foto rápida y mandarla a todos los grupos que tenía en sus aplicaciones de mensajería. ¡No todos los días coincidía uno con dos estrellas de talla nacional!

―¡Naruto, por el amor de Dios, cálmate!―le gritó Yahiko, forcejeando con él para que soltara a una enfermera que tan solo pasaba por allí. Sin más remedio, Yahiko echó el brazo hacia atrás y descargó un puñetazo en el estómago del Uzumaki, dejándolo sin aire y haciendo que se doblara a causa del repentino dolor.

Naruto jadeó y se llevó ambas manos a la zona golpeada, al tiempo que fulminaba al que creía uno de sus amigos de confianza hasta el momento.

―¡Yahiko, ¿qué mierda-

―¡Así no vas a conseguir nada, imbécil! ¡Tranquilízate, joder!―Naruto abrió la boca para protestar y seguir gritando su disconformidad, pero Yahiko fue más rápido―. Piensa en Hinata, tío. ¿Cómo crees que se sentirá si entras ahí―señaló las puertas dobles que separaban el área pública de la de los pacientes ingresados―con cara de estarse acabando el mundo? Es el partido más importante de tu vida―le dijo, poniéndole las manos sobre los hombros―, no la cagues. ―Naruto se puso tieso como una tabla y clavó la vista en el rostro ahora imperturbable del que era el capitán de su equipo.

Cerró los ojos y buscó la férrea calma y la fría lógica que siempre lo acompañaba antes de poner el pie en el campo para un partido. Le vino inmediatamente a la cabeza el rostro de Hinata, asustado, con los labios temblando y sus ojos reflejando las mil y una posibilidades que podían ir mal. Aquella imagen bastó para que fuese capaz de enterrar sus propios miedos. Debía… no, tenía que ser fuerte.

Por ella. Por él.

Por su hijo.

Cuando volvió a abrir los ojos, estos eran dos esquirlas de hielo, imperturbables e inamovibles. Yahiko sonrió, satisfecho, y, ahora sí, se giró hacia la recepcionista, que esperaba, ansiosa, con una mano sobre el teléfono por si tenía que avisar a seguridad.

―Disculpe a mi amigo. Su prometida entró en trabajo de parto y entró en pánico. Se suponía que no salía de cuentas hasta… dentro de unos días. ―La joven, pese a poner cara de comprensión, no hizo ademán de retirar la mano del aparato telefónico. Solo por si acaso.

―Lo siento―dijo, en tono compungido; y era cierto que lo sentía: la pobre chica no tenía la culpa de que sus previsiones en cuanto al nacimiento de su bebé no se hubiesen cumplido. La naturaleza era imprevisible, decían―. Estoy buscando a mi novia, Hinata Hyūga. Debió de llegar hará una hora u hora y algo. Me mandó un mensaje cuando venía de camino de que estaba en trabajo de parto. Mire. ―Sacó el móvil, buscó el mensaje y se lo enseñó a la recepcionista, que no parecía del todo convencida.

―¿De cuántas semanas estaba?―preguntó. Naruto tragó saliva y respondió, con toda la calma que fue capaz de reunir.

―Treinta y seis. Vinimos a consulta la semana pasada y todo estaba correcto. Nada indicaba que esto pudiese ocurrir'ttebayo… ―masculló más para sí mismo que para Yahiko o la recepcionista, molesto por no haberse dado cuenta aquella mañana de que algo no iba bien.

Hinata le había sonreído al despertarse, la había hecho sentir bien antes de dejarla levantarse. Luego se habían duchado, usando el cuarto de baño por turnos: él primero, ya que tardaba menos. Ella después, porque así podía disponer de tiempo para lavarse con calma, ya que sus movimientos se habían vuelto más lentos y torpes en los últimos meses, a medida que su encantadora barriguita se expandía para acoger al bebé de ambos.

La chica tecleó algo en el ordenador, haciendo una búsqueda rápida en la base de datos. Efectivamente, vio que una tal Hinata Hyūga, con treinta y seis semanas de embarazo, había ingresado hacía exactamente una hora y treinta y ocho minutos. Estaba ingresada en la planta de ginecología y obstetricia, en la cuarta planta. La estaban atendiendo la doctora Senju y su residente estrella, la doctora Haruno.

Suspiró, diciéndose que deberían darle una propina cada vez que un novio o un marido histérico cruzasen las puertas de urgencias. Y el doble por los padres. Los padres eran, sin duda, los peores. Y este chico―¡nada menos que Naruto Uzumaki! Al menos esta vez había podido alegrarse la vista―entraba en ambas categorías.

―Habitación 409. Cuarta planta. Solo un familiar directo por habitación. ―Naruto le dio las gracias efusivamente y corrió hacia el ascensor, colándose en uno cuando las puertas ya se cerraban.

―¡Llamaré a Konan para informarle!―Pero Naruto, ya dentro del ascensor, ni lo oyó. Yahiko suspiró y se metió las manos en los bolsillos, observando para las puertas cerradas tras las que su amigo había desaparecido.

―Disculpa… ―La voz de la recepcionista captó su atención y lo hizo volverse―. ¿Podrías darme tu autógrafo?―preguntó con timidez, tendiéndole un cuaderno y un bolígrafo. Yahiko puso su mejor sonrisa.

―Claro. ¿Cuál es tu nombre?―La chica soltó un gritito de felicidad y se lo indicó. Mientras Yahiko garabateaba su firma en la hoja en blanco, pensó que, por fin, Naruto iba a conocer al pequeño ser del que no había parado de hablar desde hacía ocho meses, casi nueve.

Sonrió para sí mientras le devolvía el cuaderno a la chica, que lo apretó contra su pecho, con una expresión de absoluta felicidad, corriendo hacia la sala de descanso para enseñárselo a todos sus compañeros de trabajo y darles así un poquitín de envidia.

Tal vez… eso de estar ilusionado por traer una nueva vida al mundo no estaba mal.

Cogió el móvil y llamó a su mujer. Seguramente Konan estaría subiéndose por las paredes de la preocupación… interiormente hablando.

―Konan, estoy en el hospital. Sí, ya llegó y ya entró y todo. Bueno, es Naruto, así que sí, entró en pánico. No, no puedes culparlo. El pobre estaba de los nervios mientras veníamos hasta aquí. Oye, tengo que recuperar el tiempo perdido en el entrenamiento, pero… estaré para la cena. Creo que… debemos hablar. No, no, no es nada malo. Tranquila. Te gustará lo que quiero decirte. Confía en mí. Sí, nos vemos para cenar, entonces. No trabajes mucho. Te amo. ―Colgó la llamada y se metió las manos en los bolsillos, observando una vez más para el ascensor tras el que Naruto había desaparecido hacía escasos minutos.

Sonrió y se giró, saliendo del hospital para marcharse de vuelta al campo de entrenamiento del equipo. El entrenador lo pondría a trabajar de firme durante las dos o tres horas siguientes, pero solo con pensar en que Konan lo estaría esperando en casa al final del día, lo llenaba de fuerza para afrontar la jornada restante.


―¡HINATA!―La puerta de la habitación se abrió con tanta fuerza que rebotó contra la pared con un ensordecedor ruido. Tres rostros femeninos se volvieron a la vez hacia él, pero los ojos azules del rubio tan solo se fijaron en los de su prometida, que yacía semi recostada contra un par de gruesos almohadones en una camilla. Tenía el camisón del hospital levantado, dejando a la vista su barriga hinchada, en la que estaban prendidos varios cables que partían de una máquina de esas que monitorizaban los latidos tanto de las madres como de los fetos―. ¡Hinata, Dios mío, me has dado un susto de muerte'ttebayo!―Corrió a su lado para poder abrazarla y besarla. Acarició su cabello y apoyó su barbilla sobre su cabello negro azulado, aspirando con fuerza su aroma, aliviado a más no poder al verla sana y salva.

―Naruto-kun… ―Las manos de Hinata se aferraron a su camiseta y también dejó salir un suspiro de alivio, sintiendo como parte de su tensión se desvanecía al tenerlo, al fin, allí con ella―. Estoy bien. La doctora Senju y… su residente me estaban revisando ahora mismo. ―Dudó y miró de reojo para la joven de cabello rosado y ojos verdes que permanecía al pie de la cama, revisando unos datos en su tableta. Se dio cuenta de que la paciente la miraba y levantó la vista. Vio la duda y la angustia en el rostro de Hinata y sonrió de forma tranquilizadora, diciéndole así que todo estaba bien.

Comprendía que aquel momento debía de ser incómodo. No se habían visto desde que ella había decidido ir a terminar su especialidad en cirugía a Konoha, la que era su ciudad natal. No las tuvo todas consigo cuando solicitó estar al servicio de la célebre doctora Senju. Pero había tenido la buena fortuna de que esta la aceptara como alumna, así que allí estaba: de nuevo en Konoha y frente a frente con dos de las personas más importantes de su pasado.

―¿Cómo se encuentra, vieja- ―Naruto se dio la vuelta para encararse con la doctora Senju, pero enmudeció en el acto al toparse con unos ojos verde jade que él conocía a la perfección―. ¿Sakura-chan? ¡¿Eres tú?!―La aludida sonrió y Hinata sintió que un poso de ansiedad se asentaba en su pecho y luchó por desterrarlo.

«No empieces, Hinata. Ya no eres esa niña asustadiza e insegura. Un poco de madurez, por favor».

Sakura sonrió, afable, asintiendo a la pregunta del que fuera su mejor amigo durante toda su infancia y adolescencia.

―Sí, Naruto, soy yo, en carne y hueso. ―Volvió de nuevo la atención a la tableta. Estaba trabajando, así que no debía confraternizar con los pacientes ni con sus familiares en demasía. En momentos como este, tenía que mantener la cabeza fría y pensar con lógica.

Su prioridad eran la madre y el bebé.

―Maldito niño, ¡deja de llamarme vieja!―Claro que su maestra siempre era una excepción: inteligente, brillante, una genio en el campo de la medicina… y tremendamente temperamental.

Tsunade Senju golpeó con su tablet la rubia cabeza de Naruto, haciéndolo dar un grito de indignación que también sonó a mitad dolor. Naruto frunció el ceño y se frotó la zona dolorida. Juró que, como alguien más lo golpease aquel día, lo mandaría derechito a cuidados intensivos. ¡Ya estaba bien de meterse con el pobre y preocupado novio/futuro padre!

―¿Y bien? ¿Cómo se encuentran Hinata y Boruto? ¿Están bien?―Tsunade parpadeó mientras que Sakura reprimió una sonrisa. Boruto… sí, digno nombre para el hijo de alguien como Naruto.

―¿Boruto? ¿Quién demonios es Boruto?―preguntó la doctora Senju, confundida a más no poder.

―Es… e-es el nombre de nuestro bebé―respondió Hinata, algo abochornada porque Naruto lo hubiese utilizado sin que el niño estuviese aún allí, con ellos. Era… raro.

―Ya veo. ―Tsunade repasó los datos de la tableta y luego suspiró―. De momento, parece que todo va normal. Recuerda: respira hondo cuando te venga una contracción. Tenemos que esperar aún a que rompas aguas, vulgarmente hablando, pero en cuanto lo hagas, vendremos a verte con más frecuencia. Y, si tras eso empiezas a notar unas fuertes ganas de empujar, avisa sin demora a la enfermera.

―Y recuerda que, por mucha sed que tengas, no puedes beber nada. Ahora mismo te traerán un vaso con hielos. Humedécele los labios o déjale chupar un cubito de cuando en cuando, ¿de acuerdo?―añadió Sakura dirigiéndose ahora a Naruto, que asintió, serio.

―Así lo haré, Sakura-chan, vieja. Gracias. ―Tsunade gruñó con molestia pero esta vez lo dejó correr.

Las dos médicos salieron del cuarto dejando al fin a la pareja sola. Naruto suspiró aliviado y acercó la silla que había a un lado de la camilla, desplomándose sobre la misma, sin soltar en ningún momento la mano de Hinata.

―Naruto-kun…

―¡Dios, no sabes lo preocupada que estaba! Creo que volví loco a Yahiko mientras venía de camino al hospital'ttebayo―dejó salir una risita mientras se pasaba las manos por el pelo, alborotándose los cortos mechones rubios.

Hinata le apretó la mano y le frotó el hombro con su mano libre, tratando de reconfortarlo.

―N-no te preocupes, estoy segura de que Yahiko lo- ―Un quejido salido de sus labios interrumpió sus palabras. Sobresaltado, Naruto se giró a mirarla. Ella se apresuró a hacer un tembloroso gesto con la mano―. E-es una contracción, pasará… rápido… ―Inspiró hondo y exhaló despacio, dejando que el dolor la abandonara poco a poco.

Naruto se sintió fatal, viéndola sufrir sin poder hacer nada para aliviarla o ahorrarle aquel trance. Cuando Hinata se incorporó, aún seguía pálida, pero el color había vuelto a sus mejillas. Se dejó caer contra las almohadas. En ese momento, una enfermera entró en la habitación y dejó sobre la mesilla un vaso de plástico repleto de pequeños cubitos de hielo. Hinata hizo ademán de cogerlo pero Naruto se le adelantó, solícito, deseoso de hacer algo por ella.

―Espera, yo te ayudo. Ten. ―Cogió un pañuelo de tela que la enfermera había dejado debajo del vaso y sacó uno de los trocitos de hielo, dejándolo caer en el pañuelo, asiéndolo suavemente para humedecer los labios de Hinata para después ayudarla a metérselo en la boca, dónde ella empezó a moverlo con la lengua de un lado a otro, mordisqueándolo, procurando que le durara lo más posible.

Naruto volvió a dejar el vaso sobre la mesilla, junto al pañuelo y la miró, dudoso.

―¿Has… has avisado a Hanabi o a Tenten o…―Hinata negó con la cabeza―. ¿Quieres… quieres que lo haga yo?―Hinata asintió. Naruto respiró hondo, se levantó de la silla y se inclinó para darle un dulce beso en la frente―. Vuelvo enseguida. No empieces la diversión sin mí, ¿eh, Boruto?―Hinata sintió que la invadían las ganas de llorar. Observó cómo su prometido salía durante un par de minutos del cuarto, para hablar con mayor libertad en el pasillo.

Volvió a entrar al poco rato, sonriendo.

―Tu padre y Hanabi vendrán en cuánto puedan. También… también he avisado a papá. Dice que vendrá… ―Hinata notó el tono apesadumbrado y alargó el brazo hacia él. Naruto se apresuró a llegar a su lado para tomar su mano y apretársela, dejándose caer de nuevo en la silla.

―To-todo irá bien, Naruto-kun. Ya lo verás…―Una nueva contracción hizo que su expresión tornara en una mueca. Naruto la sostuvo mientras el espasmo pasaba y luego le dio un nuevo cubito de hielo para que chupara, con la esperanza de que el frío la distrajera del malestar generalizado que asolaba su cuerpo.

Así pasaron las siguientes tres horas y media, hasta que Hinata había dilatado lo suficiente como para que pudieran romperle la bolsa de forma artificial, puesto que esta no parecía querer hacerlo por sí sola, cómo sería lo natural. Hacía unos minutos, además, la habían llevado a ponerse la epidural, puesto que el dolor ya estaba empezando a ser insoportable.

La trasladaron entonces a una sala de partos. A Naruto lo hicieron detenerse en una sala contigua, a ponerse una mascarilla, calzas en los zapatos, una bata esterilizada y un gorro para el pelo. Así ataviado, lo dejaron por fin pasar. Hinata ya estaba acomodada sobre la camilla, con las piernas levantadas y dobladas, con el rostro algo más apacible ahora que el dolor del parto había sido paliado en gran parte.

Naruto se apresuró a colocarse a su lado, cogiéndole la mano y pegando su frente contra la suya.

―Bien, Hinata, vamos allá. ―La matrona se colocó al pie de la camilla, entre las piernas de la futura madre―. Cuando te diga, empuja con todas sus fuerzas, ¿de acuerdo? Así podremos traer a este pequeño al mundo cuánto antes. ―Hinata miró con algo de temor para Naruto, que le sonrió para tranquilizarla y le dio un fugaz beso en la comisura de los labios.

―Puedes hacerlo, nena. Yo estaré contigo, ¿de acuerdo? No te soltaré. Te lo prometo'ttebayo. ―Algo más tranquila, Hinata miró para la matrona, que terminaba de examinarla en ese momento.

Sintió que una contracción comenzaba y la enfermera le sonrió alentadoramente en el instante en el que ella también la sintió.

―¡Ahora, empuja!―Hinata tensó todo el cuerpo y obligó a sus músculos a trabajar, haciendo una fuerza casi sobrehumana para expulsar al pequeño ser que pugnaba por salir de su cuerpo.

A su lado, Naruto tuvo que morderse la lengua para no chillar como un niño pequeño al que le hubiesen negado su juguete favorito. Menuda fuerza tenía Hinata cuando se lo proponía… esperaba salir con su mano intacta.

Ninguno supo exactamente el trabajo de parto. Solo que, cuando escucharon un sonido como de ventosa seguido de un llanto ensordecedor, ambos se miraron y prorrumpieron en risas y llanto, todo a la vez. Las enfermeras se apresuraron a poner al niño sobre su madre mientras, con manos temblorosas, Naruto cortaba el cordón umbilical siguiendo las concisas instrucciones del personal médico. Acto seguido, y tras dejarles disfrutar unos pocos segundos, el pediatra de guardia cogió al pequeño para medirlo, pesarlo y hacerle un reconocimiento general.

―Es precioso… ―suspiró Hinata, mientras a ella le sacaban la placenta―lo que supuso un alivio enorme para su maltratado cuerpo―, la lavaban y la cosían.

―Sí que lo es'dattebayo―corroboró Naruto, abrazándola mientras ambos contemplaban embelesados los piececitos de su hijo moverse sobre la báscula para neonatos que había en la sala de partos.

En cuanto la matrona terminó, las enfermeras ayudaron a tumbarse a Hinata y enseguida le llevaron al niño. Dejaron a Naruto cogerlo primero, durante un minuto. Al Uzumaki se le llenaron los ojos de gruesas lágrimas y el labio le tembló, mientras estudiaba la pelusita rubia de su cabeza, su piel clara―sin duda herencia de su madre, sus deditos diminutos y perfectos―diez en las manos y diez en los pies, como tenía que ser, su boquita que ahora abría y cerraba, como buscando algo, las dos marcas que adornaban sus regordetas mejillas―¡eso sí que era suyo!―y su pequeña naricita.

Era el ser humano más perfecto que sus ojos jamás hubiesen contemplado. Era increíble. Y era suyo. Suyo y de Hinata. Su bebé.

Su hijo.

―Boruto... ―Acercó su nariz a su carita y aspiró su aroma a bebé, en el que aún se encontraba mezclado el de su madre.

―¿Naruto-kun? ¿Ocurre algo?―Naruto notó el tono ansioso y preocupado de su novia y despegó al bebé de sí, sonriendo al mirar a sus preciosos ojos perlas.

―No, perdona. Las mamás primero. ―Depositó con sumo cuidado al pequeño a su lado, sobre la camilla, tal y cómo le indicó la matrona. Hinata sintió que las lágrimas le escocían mientras acariciaba la arrugada carita de su hijo―¡su hijo!―y lo ayudaba a engancharse a su pezón, del cuál empezó a chupar, ávido. Naruto no pudo evitar reír ante aquella tierna escena.

―¡Sí que es mío'ttebayo!―Bajó la cabeza y susurró al oído del bebé―. ¿Sabes? A papá también le chifla esa zona en particular del cuerpo de mamá. ―Hinata enrojeció ante tan descarada declaración. ¡Acababa de dar a luz, por Dios! ¡Y seguro que estaba horrible, toda sudada y pegajosa!

―Naruto-kun… ―se quejó, en tono lastimero, no pudiendo exclamar debido al agotamiento.

Naruto sonrió y besó su aún húmeda mejilla de sudor.

―Perdona. Tienes razón. Debéis descansar. Los dos. ―Le dio un último beso y un apretón a una de sus manos y permitió al fin que los celadores empujaran la camilla fuera de la sala de partos. La matrona le indicó el número de habitación y la planta a la que iban a llevarlos.

Naruto asintió y vio perderse la camilla por el pasillo en dirección al ascensor. Seguramente madre y recién nacido quedarían dormidos en cuánto el segundo terminase de alimentarse, así que podía darles un rato para que durmieran a gusto. Además, él también tenía cosas que hacer antes de regresar con ellos. Debía acercarse a la sala de espera para dar la buena nueva a todos los familiares y amigos que seguramente estaría agolpados en los incómodos y diminutos asientos.

Sonriendo y con el corazón rebosante de felicidad, corrió hacia los ascensores destinados al público general.

No podía esperar para ver las caras de felicidad y las sonrisas en todas las personas que los amaban a él y a Hinata y que solo les habían deseado lo mejor durante todos los años que llevaban juntos.

Aquel era un nuevo comienzo. Una nueva etapa en su vida.

Y pensaba disfrutarla al máximo, tal y cómo había hecho con todas las anteriores.

Porque formar su propia familia al lado de la mujer que amaba siempre había sido uno de sus sueños más anhelados.

Y daba gracias a todos los dioses que conocía por habérselo concedido.

Fin 6


¡DIOS SANTO, CÓMo ME COSTÓ ESCRIBIR ESTE CONDENADO CAPÍTULO! Entre el lemon largo (quería y necesitaba algo así en mi historia xD) y toda la situación del parto, pues casi se me pone en las cincuenta páginas. Es más, los que crean que el nacimiento ha llegado a su fin... ¡se equivocan! Tenía planeado escribir más escenas relacionadas con el postparto, pero no se pudo (porque entonces sí que no lo sacaba hoy ni de coñaO; pero no os preocupéis: el siguiente capítulo irá inmediatamente después de este, nada de saltos temporales a lo bestia, que es a lo que os tengo acostumbrados en este fanfic xD.

Ea, no comento más, que aún me quedan cosas por hacer esta madrugada...

¿Me dejáis un review? Venga, aunque solo para gritarme por haber tardado tanto en actualizar. Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

¡Muchísimas gracias por los suyos a: Guest, Lila, Marys y a Megu86!

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.

P.D.: estoy pensando en empezar algún anime nuevo. ¿Qué me recomendáis? (Pasaos por mi perfil y ahí podéis ver los que sigo o los que tengo a medias... aún).

P.D2.: ¡me acabo de dar cuenta de que no actualizo desde antes del verano, desde mayo! ¡MAYO! ¡Dios mío, ¿cómo me has dejado llegar tan lejos?! ¡PERDÓÓÓÓÓÓÓÓÓÓÓN!