¡YAHOI! Sí, ya, lo sé: han pasado 84 años desde la última vez. Pero aquí estoy. De nuevo. Actualizando. Trayendo un capítulo nuevo.
No sabéis la guerra que me ha dado el muy maldito. Llevo tres días peleándome para poder terminarlo, dedicándome casi exclusivamente a escribir en cuanto tenía un momento a solas y libre. Pero al fin ¡al fin! conseguí sacarlo adelante. Por aquí os lo dejo.
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
¡Espero que os guste!
8
Hinata se asomó con cautela al pasillo. Con alivio, vio que estaba desierto. Respiró hondo, asintió para darse ánimos, y dio un paso tentativo. No hubo ruido ni sorpresas, así que dio otro. Con el tercero cogió algo de confianza y empezó a andar a un ritmo más o menos normal. Todavía debía ir con cuidado, porque aún le dolía si hacía movimientos bruscos o demasiado enérgicos, pero en general se sentía muchísimo mejor.
Aceleró un poco el paso. Necesitaba llegar a su destino. Con urgencia. Las escaleras suponían su mayor obstáculo. Pero en los días previos había memorizado qué escalones crujían y cuáles no. Así que, despacio, sin hacer muchos aspavientos, empezó a bajar los peldaños uno a uno.
«Eso es Hinata. Con tranquilidad. Despacio… uno… dos… Eso es…».
Estaba a punto de alcanzar el vestíbulo de la planta baja cuando escuchó el ruido de una llave siendo insertada en la cerradura, siendo girada; en segundos, la puerta estaba abierta y una sonriente Kushina entraba cargada con bolsas de la compra.
Hinata se quedó congelada en el sitio, conteniendo la respiración. Se dijo que, si no se movía, si no respiraba, tal vez Kushina no la vería, no la notaría. Y ella podría volver sigilosamente al piso de arriba, a meterse en la cama como una niña buena a fingir que se había portado bien y había estado todo el día guardando reposo.
Claro, como si los cerdos volasen.
En el momento en el que Kushina cerró la puerta tras ella y se dio la vuelta, sus ojos violetas conectaron con los perlas de su nuera, haciéndola dar un salto del susto.
―¡Hinata! ¡¿Qué haces aquí abajo?! ¡Tienes que descansar'ttebane!―Hinata cerró los ojos y respiró hondo, escuchando a Kushina dejar las bolsas en el suelo. La pelirroja se acercó a ella y la rodeó con sus brazos―. Vamos, todavía no estás recuperada. Creía que estabas durmiendo cuando me fui… y tampoco he tardado tanto… ―Hinata tuvo que hacer esfuerzos para no rechinar los dientes.
«Sí, porque me estaba haciendo la dormida» pensó para sí.
Rígida como una estatua, esperó a que Kushina dejase a un lado de la puerta, sobre el suelo, las bolsas de la compra y se acercara a ella para tomarla de los hombros y la cintura y ayudarla a subir las escaleras, de vuelta a la habitación.
Pasito a pasito, Hinata se dejó llevar sin protestar. Sabía que solo empeoraría las cosas si intentaba llevarle la contraria a su suegra. No es que no le agradeciera a la mujer pelirroja todo lo que estaba haciendo por ella y todo lo que había hecho desde que salió del hospital. Estaba más que aliviada de haber podido contar con un par de manos extra para ayudarla a cuidar de la casa y de Boruto.
Se le llenaron los ojos de lágrimas al pensar en su bebé, en su pequeño. Los únicos momentos en que podía estar a solas con él era cuando le daba de mamar, y con cada día que pasaba ese rato tan especial que compartía con su hijo se espaciaba más y más. En el par de meses que había pasado desde que se cogiera la baja por maternidad y empezara su periodo de recuperación, Boruto había crecido un montón. Había ganado peso, también, y sus curiosos ojos azules ya lo observaban todo y a todos, tomando nota incansablemente de aquello que más le llamaba a atención.
Naruto creía firmemente que Boruto era el niño más listo―y guapo―de todos, el bebé más inteligente sobre la faz de la tierra, y no dudaba en hacer partícipe de su brillante conclusión a cualquiera que estuviera dispuesto a escucharlo.
Pensar en su marido trajo otro aluvión de lágrimas. Kushina se limitó a acariciarle el pelo mientras la ayudaba a meterse en la cama y la tapaba con las mantas, acomodando varios almohadones a su espalda.
―¿Te encuentras mal? ¿Necesitas algo?―Hinata negó con la cabeza al tiempo que se limpiaba el rostro surcado de lagrimones. Kushina se sentó en el borde de la cama y alisó las arrugas imaginarias de la colcha antes de atreverse a decir nada más―. Naruto volverá en un rato. Sacó a pasear a Boruto porque el pequeño estaba algo inquieto esta mañana, al despertar de su siesta matinal.
Hinata asintió, restregándose los ojos con las manos para aclarar su visión.
―L-lo sé. Vino a despedirse y le di un beso a Boruto. ―No pudo evitar que la frustración se colara en su tono de su voz. Kushina sonrió.
―Entiendo cómo te sientes, Hinata'ttebane. Pero los médicos fueron tajantes: necesitas descansar y mucha tranquilidad. Nos diste un buen susto y aunque ya han pasado dos meses, aún no estás recuperada al cien por cien. ―Hinata cerró los ojos, tragándose la frustración.
Era consciente de ello, claro que sí. Todavía le dolía si se esforzaba más de la cuenta y los pinchazos en su bajo vientre, aunque habían disminuido considerablemente, todavía no habían desaparecido del todo.
Y además también estaba el otro asunto. Ese que no había sido capaz de hablar aún con su prometido y futuro marido porque, por un lado, le daba muchísima vergüenza sacar el tema y, por otro, no tenía ni idea de cómo fuera a reaccionar él; temía que ese momento llegara tanto como que no lo hiciera.
―Descansa un poco, hazlo por Naruto aunque sea, ¿vale?―Hinata acabó por ceder. Kushina sonrió, se levantó, le ahuecó las almohadas y luego salió de la habitación, diciéndole que dentro de poco tendría lista la comida.
Resignada, Hinata se acomodó sobre los cojines y cogió un libro de la mesilla de noche para leer. Había cogido su torre de lecturas pendientes y se la había llevado para ahí. Ya que iba a tener que guardar reposo, por lo menos podría matar el tiempo haciendo algo que le gustaba mucho.
Estaba a medio capítulo cuando escuchó ruidos en la planta de abajo. El silencio que siguió le indicó que seguramente serían Naruto y Boruto. Probablemente el bebé se había dormido con el paseo matutino y su padre estaba haciendo el menor ruido posible para no despertarlo.
Escuchó susurros y luego pasos silenciosos que subían por la escalera. Boruto había debido quedar al cuidado de su abuela y ahora Naruto subía los escalones para ir a comprobar cómo se encontraba.
Puso el marca páginas para no perder el punto de lectura y cerró las tapas, dejándolo a su lado en la enorme cama de matrimonio. Un minuto después, la rubia cabeza de Naruto asomaba por el marco de la puerta. Sonrió al verla despierta y descansando en la cama como una buena chica.
Se adentró en el cuarto y fue hacia ella, inclinándose cuando llegó a su altura para depositar un dulce y cariñoso beso en la frente femenina. Hinata arrugó los labios en una mueca de evidente disgusto. Pero no dijo nada y se guardó la decepción para sí misma.
Ahora no iba a sacar el tema, cuando su suegra andaba pululando por ahí y su hijo podría despertarse en cualquier momento e interrumpirlos.
―¿Cómo te encuentras?―Hinata hizo un esfuerzo enorme por sonreírle.
―Bien. El dolor ya casi ha desaparecido. Ahora solo me siento cansada y con pinchazos leves de vez en cuando, sobre todo si me muevo muy rápido o muy bruscamente. ―Naruto frunció el ceño.
―¿Has intentado levantarte de nuevo?―Hinata no pudo evitar sonrojarse ante su tono acusatorio―. ¡Hinata!
―¡E-es que ya no aguanto más! La doctora Senju dijo que ya podía dar paseos cortos siempre y cuando tuviese cuidado. Tengo que empezar a hacer algo de ejercicio. También necesito salir de estas cuatro paredes o me volveré loca. Literalmente. ―Naruto deshizo su ceño fruncido y suspiró.
Habían tenido aquella discusión decenas, tal vez cientos de veces antes. Él, más que nadie, la entendía. La primera y última vez que se había lesionado se había puesto insoportable debido a que no lo dejaban moverse más de lo estrictamente necesario. Aún no comprendía cómo es que Hinata no lo había dejado después de aquello.
Se sentó a su lado en la cama y le acarició una rodilla por encima de la colcha. Hinata alargó una mano y le cogió los dedos, entrelazándolos con los suyos. Naruto apretó su pequeña y suave extremidad y dejó que su palma descansara contra la de ella.
―Sé que te sientes impotente, nena. Pero, mierda, me diste un susto de muerte y… no pienso volver a pasar por eso'ttebayo. No puedo volver a pasar por eso. ―La comprensión suavizó la expresión en el rostro de Hinata. Dejó que su pulgar hiciera círculos sobre la piel bronceada y masculina, buscando deshacer la tensión de sus nudillos.
―Te entiendo―dijo, sinceridad pura y dura tiñendo su tono de voz―. Pero… en algún momento tendré que salir de aquí. Soy consciente de que aún no estoy al cien por cien, de que todavía no estoy recuperada. Solo quiero ir poco a poco. Me carcomen los celos cada vez que os oigo interactuar a ti y a Boruto. ―Naruto alzó las cejas ante su confesión, sin poder evitar que la comisura de sus labios se curvaran en una sonrisa divertida.
―¿En serio? ¿Estás celosa de nuestro bebé'dattebayo?―Hinata infló las mejillas con molestia y a Naruto le pareció lo más tierno y adorable del mundo. Quiso comérsela a besos en ese instante pero se contuvo. Estaban teniendo una conversación importante.
―No de nuestro bebé, sino de ti. De ti porque lo sacas a pasear, juegas con él, lo bañas o lo pones a dormir… Yo… apenas he podido disfrutar de esos momentos. ―Las lágrimas acudieron a sus ojos y Naruto sintió pánico y culpabilidad a partes iguales.
―N-no era mi intención que te sintieras así, nena. Solo… pensaba que te estaba ayudando, que estaba quitándote trabajo extra de encima… ―Hinata asintió, secándose las lágrimas con la manga de su pijama.
―L-lo sé. S-sé que no lo habéis hecho a propósito, ni tú ni tu madre, pe-pero… necesito tener esos momentos con nuestro bebé. Es mi bebé también. ―Naruto se sintió un completo imbécil por no haberse dado cuenta antes de cómo se sentía su prometida. Él creía que la ayudaba a recuperarse más rápido si se ocupaba de todo, que así podrían estar los tres juntos cuanto antes.
―Lo siento―se disculpó, comiéndole el remordimiento. Hinata asintió, aceptando sus disculpas―. Pero no puedes forzarte demasiado, tampoco.
―Lo sé, y soy consciente. Solo… podría pasar ratos con él cuando está despierto. También podría salir al jardín a tomar el aire. Te prometo que no haré nada imprudente o temerario. ―Naruto sonrió.
―Sé que no lo harías, nena. En eso eres mucho más disciplinada que yo'dattebayo. ―Hinata no pudo evitar soltar una risita ante aquella afirmación que no era más que la pura y simple verdad.
―Entonces… tenemos un acuerdo. ―Le tendió una mano. Naruto la miró durante unos segundos y luego se echó a reír.
―Lo tenemos. Eres una negociante verdad, ¿eh, nena?―dijo, estrechándole la mano con la diversión bailando en sus ojos. Hinata sonrió con un poquito de superioridad.
―Soy una Hyūga, al fin y al cabo. Llevamos los negocios en la sangre. ―Naruto rio más fuerte esta vez. Luego se inclinó para darle un corto y casto beso en los labios. Hinata se aferró a sus ropas y abrió su boca, queriendo, necesitando un contacto más íntimo. Pero el rubio enseguida se separó de ella y le cogió las manos, apretándoselas con cariño y separándolas de su cuerpo.
―Te traeré a Boruto ahora, ¿de acuerdo? Así yo puedo ayudar a mamá con la comida y tal vez me dé tiempo a darme una ducha rápida. Menos mal que aún no gatea ni se mueve mucho… ―Hinata lo vio salir de la habitación y oyó sus firmes pasos bajando las escaleras.
Cerró los ojos y se dejó caer pesadamente contra los almohadones que tenía a su espalda.
No podía quejarse. Había ganado una batalla.
Pero la guerra aún no había terminado.
Naruto llegó al pie de las escaleras y dejó que toda la tensión se desvaneciera al fin de sus músculos. Le había costado toda su fuerza de voluntad ceder ante los perfectamente plausibles y lógicos argumentos de Hinata, pero sabía que, en el fondo, ella tenía razón. No podía mantenerla para siempre encerrada. Algún día su salud mejoraría y se repondría completamente y entonces tendría que dejarla enfrentarse nuevamente al mundo exterior.
Solo de pensarlo le entraban escalofríos. Ahora que era más consciente que nunca de que una simple brisa podría incluso acabar con alguno de ellos―que eran la vitalidad y la energía mismas personificadas―tenía auténtico pánico a que ocurriera algo verdaderamente malo a cualquiera de los dos y, entonces, ¿qué sería de Boruto? Él moriría en vida si perdiera a Hinata. Y en caso de que fuera él el que muriese… bueno, Hinata sufriría, por supuesto, pero era fuerte y valiente. Tal vez tardaría un tiempo, pero acabaría superándolo. Lo haría sobre todo por Boruto, porque su hijo la necesitaría fuerte y sólida como una roca. Y eso es lo que haría. Las mujeres, especialmente las madres, tenían una fortaleza especial de la que los hombres carecían, un impulso de supervivencia que las obligaba a seguir adelante incluso cuando todo lo demás se derrumbaba a su alrededor.
Él lo había visto muchas veces en la familia de su madre, tan grande como principalmente femenina. Incluso su propia progenitora había hecho alarde de esa fuerza en las ocasiones en las que recibía alguna llamada especialmente mala de la comisaría o del hospital local, cuando a su padre lo herían a causa de su trabajo.
Konoha no era una ciudad especialmente peligrosa, pero tenía sus recovecos oscuros, como todo sitio del mundo.
Sacudió la cabeza mientras se masajeaba el cuello, apartando aquellas pesimistas divagaciones de su mente. Suspiró al entrar en la cocina. Su madre se volvió hacia él, limpiándose las manos en el mandil con el que había cubierto su vestido para no mancharlo. Borutro yacía en su tumbona de bebé, encima de la isla que dividía la estancia de planta abierta en dos.
―Hola, hombrecito. ¿Has dormido bien?―Desenganchó al pequeño de las correas, que intentó sonreír en cuanto se vio rodeado por los brazos de su padre, seguramente más que encantado de poder librarse de lo que, muy posiblemente, él consideraba una asquerosa prisión.
―¿Has hablado con ella?―Acomodando al bebé contra su pecho, Naruto miró para su madre y asintió.
―Tenías razón'ttebayo. Creo que la estoy agobiando demasiado. ―Kushina asintió, sonriendo.
―Siempre la tengo, cariño. ¿Vas a llevarle a Boruto?―Naruto respondió afirmativamente.
―Sí. Lo voy a dejar con ella un rato, así yo aprovecho para darme una ducha y tú tienes tiempo de terminar aquí sin impedimentos… ¿Papá viene a comer?
―Sí. Llamó hace un rato y dijo que en una hora o así llegaría. Eso fue hace unos veinte minutos, creo, así que… debo apresurarme con esto. Adiós, Boruto. Pórtate bien con tu mamá y nos vemos luego'ttebane. ―Naruto sonrió y, despidiéndose de su madre con un beso en la mejilla, se encaminó de nuevo hacia las escaleras, directo a la planta de arriba para cumplir con lo pactado con su novia.
Kushina lo vio irse con una sonrisa. Había sido una estúpida por haberse aferrado a la tonta idea de que Hinata no era lo que su niño necesitaba, de que no era buena para él. El tiempo le había dado la razón a la feliz pareja―y a su marido, que le había repetido hasta la saciedad que se equivocaba con respecto a su futura nuera―y ahora estaba encantada de que nadie le hubiese hecho caso.
Porque entonces su adorable y precioso nieto no existiría ni Naruto se vería tan feliz y radiante.
Minato había tenido la razón desde el principio: Hinata era para Naruto lo que su esposo era para ella.
―Al fin y al cabo, los opuestos se atraen ¿eh'ttebane? En fin, tengo que acabar con esto o sino no comeremos nunca… ¿Dónde he puesto la salsa…
Hinata terminó de amamantar a Boruto y lo puso a eructar, mientras Naruto recogía un poco el cuarto.
Había pasado la tarde entera con su novia y con su bebé, los dos jugando con su hijo, viendo la tv tranquilamente el rato que Boruto se echó la siesta o hablando en susurros. Hinata le agradeció enormemente―tanto en palabras como en besos y caricias―que Naruto fuese cediendo poco a poco a sus pequeñas peticiones. Desde la conversación de hacía tres días las cosas habían ido mejorando. Y para bien.
Hinata ya salía a dar paseos cortos por el jardín o por la calle. Naruto la acompañaba siempre y aprovechaban para sacar a pasear a Boruto. Solían detenerse en el parque que quedaba en el límite de su barrio, se sentaban a tomar el sol y a que ella recuperara fuerzas y luego volvían a casa, normalmente ya para la hora en que Boruto debía comer o tomar su baño. El pediatra les había recalcado la importancia de las rutinas en los bebés, y ellos trataban de cumplirlo a rajatabla.
Ahora, con Boruto ya bañado y alimentado, solo les quedaba ponerlo a dormir. Con cuidado, Hinata se levantó de la cama, mientras Naruto, con el bebé en brazos, se acercaba a la cunita y lo depositaba suavemente sobre las mantas. Boruto agitó sus piernecitas y sus bracitos, intentando agarrarse con sus diminutos puños a la ropa de su padre.
―Hay que dormir, Boruto. Mamá y papá necesitan descansar'dattebayo―le dijo Naruto en un tono suave, acariciando su suave mejilla con el dedo índice.
Hinata se puso a su lado y se dejó caer contra él, colocando una mano en el borde de la cuna y el resto del peso sobre el cuerpo masculino. Naruto tensó los músculos para poder aguantar mejor de pie. Hinata apoyó la cabeza en su hombro con un suspiro de felicidad y miró para su bebé, cuyos ojitos azules empezaban a aguarse.
―Papá tiene razón, Boruto: es hora de dormir. ¿Quieres que mamá te cante una nana?―Alargó la mano y acarició los sedosos mechoncitos rubios. Empezó a cantar, entonando una conocida canción de cuna. Naruto le pasó el brazo por la cintura y cerró los ojos, dejando que la voz femenina lo envolviera y lo adormeciera, tal y como, seguramente, le estaba ocurriendo a su pequeño.
Efectivamente, cinco minutos después, Hinata cesó de cantar. Abrió los ojos, topándose con la imagen de Hinata arropando a su hijo. Sonrió y se inclinó él también, para darle un último beso de buenas noches en la pequeña cabecita.
―Que duermas bien, Boruto.
―Dulces sueños, mi bebé. ―Ambos padres se quedaron unos minutos más embelesados, contemplando aquella perfección hecha bebé que tanta alegría había traído a sus vidas.
Tras un buen rato, Naruto se aclaró la garganta. Hinata se tensó, sabiendo lo que vendría ahora.
―Bueno… supongo que yo también debería acostarme… Es tarde y Boruto se despertará en unas horas pidiendo comer y…
―Quédate―le dijo Hinata, apretando el agarre que mantenía sobre su brazo y mirándolo directamente a los ojos. Naruto la miró, ligeramente sorprendido por la firmeza de su voz. Hinata se ruborizó pero no flaqueó en su empeño. Debía ganar esa batalla sí o sí―. E-es decir… no hay razón para que te vayas a otra habitación… Esta es nuestra habitación… la que compartimos desde que vinimos a vivir aquí… no hay necesidad de dormir separados…
―Todavía estás convaleciente. ―Hinata negó con la cabeza.
―Ya estoy bien… bueno, casi bien… Y… ―Se sonrojó todavía más pero continuó―… te echo de menos… ―El corazón de Naruto se aceleró ante sus palabras.
Quiso abrazarla, besarla, llevarla lentamente hasta la cama para tumbarla sobre el colchón y desnudarla al tiempo que acariciaba todas sus maravillosas y tentadoras curvas.
Se reprendió por sus pensamientos lujuriosos y por las imágenes eróticas que su traicionera mente le trajo, haciendo que una molesta erección le apretara los pantalones.
Hinata aún estaba recuperándose. Si se había ido a otra habitación era precisamente para que pudiera acomodarse a su gusto mientras dormía. Él era de los que tendían a abrazar mientras dormían, con piernas y brazos enredados alrededor del suave y precioso cuerpo de su prometida siguiendo la máxima de cuánto más cerca, mejor.
Pero Hinata estaba sensible e incómoda. Si la apretaba muy fuerte cuando la abrazaba gemía y se quejaba de dolor. Claro que ya habían pasado varias semanas y que había ido mejorando… pero…
―Te aseguro que ya estoy mucho mejor―insistió ella, aferrándose a sus ropas, en un agarre casi desesperado―. Quiero dormir contigo, Naruto-kun… Por favor… ―su súplica y sus bonitos ojos perlados llenos de lágrimas fueron los que acabaron con su resistencia.
Con un gran suspiro, le pasó los brazos por la cintura, pegándola con sumo cuidado contra él. Hinata quiso chillar de felicidad, sabedora de que había ganado otra batalla.
―Pero solo dormir'dattebayo. No haremos nada más―dijo él, quizá más para sí mismo que para que ella lo escuchase.
Hinata sonrió y asintió.
―So-solo dormir… prometido. ―Con gran regocijo, la joven se apartó del rubio y fue a acomodarse en la cama, mientras lo veía ir de aquí para allá en la habitación, desvistiéndose y buscando un pijama o algo que ponerse para dormir.
Tuvo que morderse el labio inferior al ver aquella espalda desnuda, morena y llena de músculos, inclinarse sobre un cajón inferior del armario, dejándole así apreciar esa retaguardia tan solo cubierta por un par de calzoncillos negros.
Se sonrojó nuevamente y sacudió la cabeza, diciéndose que ya parecía una pervertida en toda regla.
«¿Y qué hay de malo en apreciar las vistas? Al fin y al cabo, todo eso te pertenece, chica. Eres la única con el derecho a abrir todo ese paquete».
Se abanicó con una mano en cuanto unas imágenes nada inocentes pasaron por su cabeza, haciéndola plantearse todo ese asunto de volver a compartir la cama y de dormir juntos. Creía que podría controlarse, pero llevaba varias semanas de sequía y… si ella estaba así de… impaciente… ¿cómo estaría él?
Sacudió la cabeza. Debía dejar de pensar en esas cosas.
―¿Nena? ¿Te encuentras bien?―Hinata parpadeó y enfocó la vista, descubriendo a un preocupado Naruto escudriñando su rostro. Se las arregló para sonreír y asentir.
―S-sí. E-es solo que… hace algo de calor. ―Naruto pareció aliviado por su respuesta. Terminó de ponerse una camiseta blanca y se acercó a la ventana, para separar las cortinas y, sin hacer ruido, la abrió un poco para que refrescara un poco el ambiente.
―Luego, cuando Boruto despierte para su primera toma de la noche, la cerraré de nuevo. Pero es cierto que el tiempo cada vez es más cálido'ttebayo. ―Hinata se sintió aliviada de que él no se hubiese dado cuenta de nada.
Le sonrió cuando rodeó la cama y agarró la colcha y las mantas para echarlas para atrás y poder así deslizarse dentro. Mientras se acomodaba Hinata se tumbó y se giró hacia él. Naruto ladeó la cabeza para poder mirarla y le sonrió; le agarró una mano y entrelazó los dedos con los suyos, llevándola a sus labios para besarle los nudillos mientras sus ojos azules no se apartaban de los de ella.
―Te amo, Hinata. ―Ella sintió que su corazón redoblaba el ritmo y que su respiración se detenía.
El labio inferior le tembló a causa de la emoción y apretó los dedos en torno a la mano masculina, con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron aún más blancos de lo que era normal en ella.
―Y yo a ti, Naruto-kun. Gra-gracias p-por… por todo… ―Naruto esbozó una sonrisa y se movió hasta que su frente chocó contra la femenina. Le acarició las pálidas mejillas, ahora húmedas de lágrimas, y se las besó.
Luego dejó que ella se acurrucase contra su cuerpo. Le tomó toda su fuerza de voluntad no envolverse a su alrededor cual pulpo sobón, pero hizo el esfuerzo.
Por el momento, se conformaba con poder abrazarla nuevamente mientras dormían.
Y Hinata, perdida en su propia nube de felicidad, pensaba exactamente lo mismo.
Por el momento, aquello era suficiente. Ya más adelante, cuando estuviera más recuperada y se sintiera más fuerte―y dejase de sangrar de una maldita vez por ahí abajo―se aventuraría a hacer algo más atrevido.
Pero, por el momento, sentirlo así contra ella, abrazándola, con su respiración en su coronilla y el latido de su corazón resonando en su oído, era más que suficiente.
Y se dijo, por enésima vez, que no podía haber tenido más suerte al haber encontrado a un hombre como su Naruto.
Un hombre que la amaba más que a nada ni a nadie en el mundo excepto, tal vez, por el hijo de ambos.
Pero eso era comprensible.
Porque Boruto había pasado a ser su tesoro más importante.
―Entonces… ¿cómo lo estás llevando?―Hinata terminó de dar un sorbo a su taza de té con limón y suspiró.
Sus amigas habían ido a verla, para saber cómo estaba y si necesitaba algo. Konan e Ino habían estado muy preocupadas por ella y, aunque cada una había ido a visitarla por separado habían sido visitas cortas y nada más que para preguntar qué tal y poco más.
Pero ahora que ya estaba más recuperada y cada día más fuerte, sus médicos le habían dado el visto bueno para que empezara a ver a más gente. Hinata comprendía que la recomendación que le había dado cuando recibió el alta del hospital, de procurar guardar reposo y no someterse a escrutinios innecesarios, había sido por su propio bien. La gente, en muchas ocasiones, podía ser agobiante aunque esa no fuese su intención. Y el estar encima constantemente de un enfermo en vías de recuperación a veces podía ser más contraproducente que de ayuda.
―Bien―contestó a la pregunta de Ino. La rubia se relajó visiblemente ante su respuesta y ante la serenidad que mostraba su rostro.
―No sabes cómo nos alegra oír eso. Estuvimos preocupadísimas por ti―dijo Ino, tomándole las manos y apretándoselas con cariño. Hinata le sonrió, en agradecmiento.
―Sí, yo puedo confirmar eso―dijo Konan, dejando su taza de té sobre la mesa e inclinándose hacia delante, para poner su mano sobre una rodilla de Hinata―. La oficina no es lo mismo sin ti.
―Ni tampoco trabajar en los proyectos. ¿Quién me escuchará quejarme y contar los cotilleos jugosos si tú no estás?
―Te digo que invertirías mejor tu tiempo en adelantar el trabajo pendiente.
―¿Lo ves? Konan es una aburrida. No me entiende. ―Hinata rio.
―Prometo regresar lo más pronto posible.
―¿No te dijeron nada de darte el alta definitiva?―La Hyūga suspiró y negó con la cabeza.
―La doctora Senju y Sakura no quieren ni oír hablar del tema. Y ya no digamos Naruto-kun. Tuerce el morro cada vez que se lo menciono. Tampoco digo que quiera ponerme ya al cien por cien desde el primer día pero… no sé… coger la tableta o el ordenador y adelantar cosillas durante un rato cada día no creo que sea pedir mucho…
―Ay, Hina, se disgusta porque te conoce―le dijo Ino, acariciándole el pelo―. Siempre has sido muy inquieta en el sentido de que eres incapaz de vaguear: siempre tienes que estar haciendo algo. Da igual que sea coser un botón o dibujar garabatos en un papel. Odias estar ociosa. Aunque también eres de las que se toma las cosas con calma, así que supongo que no habría problema.
―En mi opinión―interrumpió Konan―, tanto Naruto como la doctora Senju temen que vayas a excederte si te dan manga ancha. Recuerda que nos diste un susto de muerte, Hinata. Dudo mucho que tu futuro marido quiera volver a pasar por algo así. ―Hinata se sonrojó y bajó la cabeza.
―Creo que Konan tiene razón. Probablemente sea eso. ―Hinata suspiró.
Sí, ella también concordaba con Konan en eso―y en muchas otras cosas―. Seguramente, Naruto sentía que, si aflojaba su constante vigilancia sobre ella siquiera un poco, se excedería, y entonces su estado de salud empeoraría y volverían al punto de partida.
Suspiró nuevamente, hundiéndose en el sofá. Se agotaba tan solo pensar en las posibilidades, en todo lo que podría salir bien o mal si hacía esto, aquello o lo de más allá. Y eso era algo a lo que su maravilloso novio, probablemente, le daba vueltas y más vueltas durante la mayor parte del día.
―A todo esto―dijo Ino, sacándola de sus pensamientos―. ¿Y Boruto? ¿Dónde está ese bebé precioso y suave al que tengo unas ganas locas de achuchar?―Hinata sonrió, con los ojos brillantes.
―Naruto lo ha sacado de paseo. Creo que quiso darnos un poco de privacidad. Hace mucho que no tengo una conversación de adultos que no implique mi recuperación o los cuidados de un bebé recién nacido. ―Konan e Ino rieron.
―Bueno, supongo que eso es dulce. Pero…
―Tranquila―dijo Hinata, haciendo un gesto con la mano―volverán pronto. Le dije que posiblemente querríais ver a Boruto. Así que no creo que tarde mucho en venir. ―Charlaron durante unos minutos más sobre asuntos triviales y también de trabajo. Hinata se moría de ganas por saber cómo andaba todo por la empresa y por cómo marchaban los proyectos que tenían activos en ese momento.
―La boda es el mes que viene ¡gracias al cielo! No sabes cómo estoy deseando perder de vista a la novia.
―¿Ha vuelto a cambiar de opinión sobre las flores?―preguntó Hinata.
―¡Peor! ¡Ahora dice que quiere servilletas lavanda con un diseño de mandalas hindúes! Le dije, muy amablemente, que a estas alturas era imposible hacer algo así. Un pedido tan grande requiere tiempo y que la fábrica iba a mandarnos a tomar viento si se nos ocurría plantearles algo así. Bueno, no lo dije exactamente de esa forma, fui un poco más… educada. ―Konan y Hinata se miraron y suspiraron al unísono. Ino no tenía remedio.
También tenía más razón que un santo. Pero no tenía remedio.
―Lo siento―dijo Hinata―. Por cargarte con casi todo mi trabajo. ―Ino negó con la cabeza.
―¡No te disculpes, mujer! Estás todavía convaleciente y es comprensible. Tú tranquila. Sí que lidiar con los clientes cuando se ponen cabezotas es lo peor pero… en fin, es lo que hay. Además, creo que Konan consiguió calmar la situación, ¿no es cierto?―La mencionada asintió mientras daba un sorbo a su taza de té.
―Mi madre conoce a la madre de la chica. Ambas suelen coincidir en el club de campo y han trabajado juntas en algún comité y en la organización de galas y eventos benéficos. Se llevan bien, así que dejé caer un par de comentarios en la última cena en casa de mis padres y ella se encargó de transmitir el mensaje. ―Konan sonrió, satisfecha. Ino la miró con las cejas arqueadas mientras que Hinata sonreía, con comprensión.
―Espero que no te costara muy caro el favor―dijo Hinata, en tono de broma. Konan suspiró.
―A mí no: a Yahiko. Tiene que ir a la próxima partida de golf que mi padre organice con sus amigos. Están locos por conocerlo. Pero ya conocéis a Yahiko: todo lo que sean negocios, trajes y conversaciones sutiles le da urticaria. ―Las tres mujeres rieron.
―Pobre Yahiko… lo compadezco. Aunque es hombre y además famoso. No creo que se quemen mucho con él. ―Konan asintió, cogiendo de nuevo su taza de té para beber.
―Mi padre lo adora. Al principio estaba un poco reticente por el tema de que era una estrella en ciernes cuando comenzamos a salir. Pero no porque él sea de baja cuna ni nada―dijo Konan, esbozando una leve sonrisa, perdida en sus recuerdos―. Mi padre temía que fuese a ser una estrella más del fútbol, siempre de fiesta, gastando dinero a manos llenas y siendo portada cada dos por tres de las revistas de cotilleo. Aparte de que la vida de un deportista es corta, dado que el cuerpo envejece y, si tienes una lesión importante, adiós a tu carrera. ―Miró para Hinata y ambas compartieron una mirada de entendimiento.
―Pero después todo salió bien, ¿no?―Konan parpadeó y asintió, mirando ahora para Ino.
―Sí, Yahiko supo ganárselos, a los dos. A mi madre con su encanto natural y a mi padre porque, cuando ganó su primer millón con los contratos de publicidad, le dio el cheque y le dijo que lo invirtiera dónde mejor creyera conveniente, que se fiaba de su criterio y que, si así lo quería, podía ponerlo en una cuente corriente a mi nombre, para que yo hiciera lo que quisiera con él. Mi padre supo entonces que era el hombre correcto para mí, porque era capaz de renunciar a algo que tanto le había costado ganar en pro de mi seguridad financiera.
―Pero… tú tienes dos carreas, Konan… y un doctorado y más títulos de idiomas que cualquier princesa europea―balbuceó Ino. De nuevo, las dos morenas se miraron y sonrieron.
―Los hombres como nuestros padres, Ino, han sido criados a la vieja usanza, en un ambiente en el que el hombre debe proveer y la mujer disponer de la casa, las fiestas y los hijos. ―Hinata asintió, corroborando así las palabras de Konan.
―Pero… Hina, tú fuiste a un instituto público… aquí, en Konoha… y tu padre nunca se ha comportado como… ―Iba a decir un hombre de las cavernas pero se mordió la lengua a tiempo.
―Eso es porque mi madre había estudiado allí, y yo tenía muchísimas ganas de saber más sobre ella, de saber cómo había sido de adolescente, por qué tomó el camino que tomó. Mi padre accedió porque sentía que no sería justo quitarnos esa opción. Él siempre nos contaba cosas, por supuesto, pero no era lo mismo. Tal vez, si ella hubiese vivido más años, las cosas habrían sido distintas… a lo mejor habría coincidido con Konan en el colegio exclusivo para señoritas al que ella fue. ―Konan sonrió.
―No le desearía eso ni a mi peor enemiga, créeme. Las chicas, si no hay chicos de por medio con los que liberar las hormonas, se vuelven seres crueles y mezquinos. Y aquella escuela solo fomentaba la competitividad entre nosotras.
―Pero algunas de las mujeres más influyentes del país salieron de ahí, ¿no?
―Sí, y te aseguro que no sé cómo ha ocurrido. A la mayoría las conozco y… no me lo explico.
―Oh, ¿te acuerdas cuando coincidimos con esa editora ex compañera tuya de la revista Play game!? ¡Pensé que ibas a arrancarle el pelo!―Hinata se tapó la boca para ahogar una risa. Konan rodó los ojos y dejó la taza bruscamente sobre la mesa para agarrar una galleta de un plato que había en el centro de la misma.
―No me lo recuerdes―masculló, mordisqueando el pobre círculo hecho de masa y chocolate como si quisiera destrozarlo.
―¡Huy, yo quiero saber! ¡Cuenta, cuenta!―Hinata sonrió como disculpa hacia Konan, quien gruñó con molestia, para acto seguida girarse hacia Ino y empezar a relatar la historia.
―Sabes que los deportistas de élite como Yahiko y Naruto-kun reciben patrocinios de marcas y son invitados a eventos organizados por las mismas. ―Ino asintió, dando a entender que conocía aquel hecho―. En uno de estos eventos, estaban entre los invitados revistas y medios de comunicación especializados en deportes.
―Como la Play game!―Hinata asintió.
―Exacto. El caso es que mandaron a una de sus editoras mujeres, por el tema de guardar las apariencias, supongo, porque la gran mayoría de los periodistas que había allí ese día eran hombres. ―Ino arrugó la nariz.
―Ugh. Demasiada testosterona. No me importaría si solo estuviesen los deportistas buenorros, claro… ―Konan le lanzó una mirada de esas que podían llegar a congelar un desierto entero que hizo a Ino reír nerviosamente y levantar las manos con las palmas hacia fuera, en señal de paz―. Ya, me callo, me callo. Sigue―le dijo a Hinata para instarla a continuar. Hinata tomó aire y prosiguió con su relato.
―Konan y yo fuimos en calidad de acompañantes de Yahiko y de Naruto-kun. Se suponía que ellos debían mezclarse con la gente, hablar y estrechar manos aquí y allá, ya sabes, por dar buena imagen y eso. Hacer un poco de relaciones públicas o de embajadores de la marcha. ―Calló para ordenar sus ideas y para dar un sorbo a su té, calmando así la sequedad de la garganta―. El caso es, que sabes cómo son los chicos: no les gusta dejarnos solas en medio de un montón de desconocidos.
―Lo de la sobreprotección les va en los genes, sí―acotó Ino, en tono comprensivo, sabiendo de lo que hablaba.
―Pero aquello se trataba de trabajo, así que al final no les quedó más remedio que mezclarse con la multitud mientras Konan y yo nos sentábamos tranquilamente en una mesa a charlar, a tomar algo y a hacer tiempo hasta que pudiéramos irnos. Pero entonces… ―Konan gruñó, sabiendo que venía lo peor―… Konan se levantó para pedir un par copas más, visto que íbamos a pasar más tiempo allí del que pensábamos, y una chica se le acercó por detrás para llamar su atención. Era la editora de la revista. No oí la conversación entera, pero…
―Básicamente, insinuó que debía de estar allí bien porque estaba acompañando a mi padre, ya que su empresa patrocina a celebridades varias, o bien en calidad de representante de su empresa, como si no pudiera haber obtenido éxito por mí misma mientras que a ella le iba estupenda, maravillosa y espléndidamente bien en su nuevo puesto de editora en una aclamada revista de renombre.
―Menuda arpía―dijo Ino, frunciendo el ceño―. ¿Y no le arrancaste los pelos? Yo es lo que hubiera hecho. ―Konan suspiró.
―Ganas no me faltaron, créeme.
―Yo me di cuenta de que Konan no parecía particularmente feliz con esa conversación, así que me levanté y fui a echarle una mano. Le dije que debíamos volver, que su novio estaba muy preocupado y que yo me había ofrecido a ir a buscarla, ignorando en todo momento, por supuesto, a la otra mujer.
―¡Hina! ¡No sabía que tenías una vena malvada!―Hinata enrojeció.
―Huy, y tanto que la tiene. Tienes que verla en las reuniones de la alta sociedad: los pone a todos firmes. ―Ino la miró con nuevos ojos.
―No te creo. ¿De verdad?―Su sonrojo se acentuó, negándose a admitir o a desmentir aquella afirmación hecha por Konan. Ino rio―. Dios, pagaría por ver eso. Oh, espera, ¿y Naruto conoce esa vena malvada tuya? Dime que sí y que haces buen uso de ella durante el se-
―¡Ino, por favor!―exclamó Hinata, tapándose la cara con suma vergüenza, incapaz de sostenerle por más tiempo la mirada.
La rubia suspiró y se cruzó de brazos, adoptando ahora un aire serio.
―Vosotras dos no sois nada justas: yo siempre os cuento cosas. ―Konan rodó los ojos.
―Y algunas de esas cosas desearía no haberlas sabido nunca―masculló la joven de ojos violetas―. ¿Quieres oír el resto de la historia o no?―Ino asintió, echándose hacia adelante.
―Por supuesto. Tenéis toda mi atención. ―Hinata le agradeció a Konan el cambio de tema con una mirada y luego se giró de nuevo hacia Ino.
―Mientras intentaba alejar a Konan de aquella chica, los chicos aparecieron.
―No sé cómo lo hacen, pero siempre aparecen en el momento justo. Instinto masculino, podríamos llamarlo. ―Hinata y Konan se sonrieron antes de seguir con su historia.
―Yahiko abrazó a Konan y la besó en la mejilla y le pidió perdón por haberla tenido abandonada.
―Y Naruto te devoró la boca de una manera que hizo sonrojar a medio salón mientras el otro medio deseaba estar en tu lugar. ―Hinata sintió que se le calentaban las mejillas nuevamente.
―Naruto nunca se anda con medias tintas, ¿eh? Para él es o todo o nada. ―Hinata sonrió para sí, secretamente feliz de aquel rasgo que poseía su prometido, el hombre con el que tenía planeado pasar el resto de su vida―. ¿Y? ¿Cómo acabó la cosa?―Konan y Hinata pestañearon, regresando a la realidad.
―Pues… la tipa esta se sorprendió, como ya te imaginarás, y ni corta ni perezosa se puso a parlotear y a decir que era una gran admiradora del fútbol, que eran sus ídolos y blablablá, puras patrañas. ―Hinata soltó una risita.
―Se puso a coquetear con ellos, vamos. ―Hinata asintió, con un suspiro.
―Pero Naruto le dio un corte tremendo. Le soltó… ¿cómo fue, Hinata?―La aludida sonrió, con los ojos brillantes.
―Le preguntó: «¿Quién es esta, nena? ¿Alguna clienta de vuestra empresa?». ―Ino se llevó la mano a la boca, con los ojos muy abiertos.
―¿De verdad que Naruto dijo eso? ¿Tu Naruto? ¿El chico que era incapaz de captar las indirectas por más directas que le lanzases? ¿Desde cuándo domina el arte de la sutileza?―Hinata sonrió.
―Creo que mi padre tuvo algo que ver con eso: el pobre tuvo que soportar veladas y fiestas al aire libre interminables cuando veníamos de vacaciones en verano, cuando aún íbamos a la universidad. Así que un día, papá lo cogió por banda y se encerró con él toda una tarde en su despacho. No sé lo que hablaron o lo que se dijeron, pero después Naruto-kun iba sin rechistar a esos eventos, e incluso se compró ropa más… elegante. Le dije que no tenía por qué cambiar por mí, pero él sonrió y aseguró que no estaba tan mal.
―Ay, lo tienes loquito, Hina. Bueno, ¿y cómo terminó la noche?―Konan sonrió.
―Pues… la cara de la tipa fue todo un poema. Ella que estaba toda convencida de que no había hecho nada de provecho por ser «la niña de papá» y mira tú por dónde: socia y dueña en parte de mi propia empresa. Se quedó a cuadros. ―Hinata rio a la par que Ino.
―Sí. La guinda del pastel fue cuando Yahiko abrazó a Konan contra su pecho y le dijo que deberían irse a casa, que quería compensar a su mujer por aguantar aquella noche como una campeona. ―Las tres mujeres rieron a carcajadas.
―La pobre ingenua… probablemente se pensaba que erais un mero pasatiempo para semejantes monumentos masculinos. ―Konan sonrió.
―Pero es que eso no es todo. ―Ino abrió los ojos.
―¿No? ¿Y eso? ¿Qué pasó luego?
―Bueno… ―Konan miró para Hinata y esta sonrió.
―Cuando vio que no tenía nada que hacer con Yahiko… centró toda su atención en Naruto. Le puso ojitos de cordero degollado y le sonrió al tiempo se ponía recta para intentar que sus pechos destacaran más.
―¡Tenias que haber visto la cara de Hinata! ¡Estaba que ardía de celos!
―Furiosa―corrigió Hinata―estaba furiosa.
―Y no es para menos. ¿Es que no había visto el pedazo pedrusco en tu dedo anular? ¿Estaba ciega, acaso?―Hinata suspiró.
―Es triste decirlo, pero a muchas mujeres no les importa el hecho de que una pareja esté consolidada o no. Y a muchos hombres tampoco. Es como si, a algunas personas, ese hecho los hiciera desear más aquello que, en teoría, y moralmente hablando, tendrían prohibido tocar.
―En fin, lo que ocurrió a continuación fue que Naruto arqueó una ceja y, mirando para Hinata, le dijo: «¿nos vamos ya, preciosa? Mañana temprano hemos quedado en desayunar con tu padre y con tu hermana». Te juro por Dios que se le fue el color de la cara y que le faltó tiempo para darse la vuelta y salir por patas. ―Ino se echó a reír a carcajada limpia. Lágrimas le salían de los ojos a causa de la risa.
―Ay, Dios, que me muero, ¡que me da algo!―Konan y Hinata bebieron tranquilamente de sus respectivas tazas de té y esperaron a que a su rubia amiga le pasase el ataque de risa.
Tras varios minutos Ino consiguió tranquilizarse lo suficiente como para coger su propia taza de té sin que las manos le temblasen y beber de la misma sin que ni una gota se derramara y salpicara su ropa o la bonita alfombra del salón de Hinata.
―En fin, basta de hablar de nosotras. ¿Qué tal estáis Sai y tú? ¿Alguna novedad?―Ino se atragantó por la inesperada pregunta.
Dejó la taza de nuevo sobre la mesa y cogió una servilleta para secarse los restos de la bebida caliente que le habían quedado en la barbilla.
―¿A qué viene eso ahora? Sai y yo estamos bien, muy bien. Más que bien. Estamos estupendamente. ―Konan y Hinata intercambiaron una mirada.
―Ino… ―empezó Hinata.
―No, no, de verdad, lo digo en serio. Estamos mejor que nunca…
―Ino―llamó ahora Konan, en ese tono cortante que lograba doblegar hasta al más duro de los seres humanos.
Ino intentó sostenerle la mirada pero enseguida claudicó, bajando la cabeza y apretando las manos sobre su vestido violeta. Movió nerviosamente los dedos de sus pies pintados de morado dentro de sus sandalias blancas de cuña.
―Hemos… discutido―admitió al fin, tras varios minutos de silencio. Hinata le puso una mano en el brazo y Konan respiró hondo, suavizando su expresión.
―Lo siento. ―Ino negó con la cabeza, como queriendo quitarle importancia.
―No ha sido nada, de verdad. Estoy segura de que cuando vuelva a casa esta noche ya todo estará arreglado y olvidado… ―Lágrimas asomaron a sus ojos azules. Hinata se apresuró a moverse para abrazarla por los hombros, tratando de consolarla―. Pe-perdonad… e-enseguida s-se me pasará… ―Hinata apretó su abrazo. Ino agarró una servilleta de papel para sonarse los mocos que ya le caían por la nariz y trató de sonreír.
―Ino, ¿qué ha pasado?―le preguntó Konan. La rubia se sonó de nuevo antes de tirar la servilleta usada en un bol vacío puesto en la mesa para tal fin y cogió otra limpia, retorciéndola entre sus dedos.
―Na-nada, una tontería… ―Konan alzó una ceja pero no dijo nada, esperando a que su amiga continuara hablando―. E-es solo que… os tengo una envidia loca, ¿sabéis? A todas vosotras. Konan, tú estás casada. Hinata, tú estás prometida y ya con un hijo. Chōji creo que quiere formalizar del todo con Karui, porque va a viajar a Kumo la semana que viene, para conocer a los padres de ella. Kiba y Tamaki viven juntos desde hace la tira y están planeando un montón de cosas para el futuro. Shikamaru me ha dicho que él y esa novia suya rara con la que mantiene una relación a distancia quieren irse a vivir juntos y están buscando la manera de hacerlo, o bien aquí, en Konoha, o bien en Suna, de dónde es ella. Shino no tiene pareja, pero tiene bien planificado su futuro.
»Neji y Tenten están casados y quieren tener niños, también. Sasuke y la frentona acaban de prometerse y dicen que no quieren esperar mucho para empezar a fabricar hijos. Mierda, incluso a Lee se le ha dado por tener un bebé y está buscando la manera de hacerlo… Y, sin embargo, yo… Sai y yo… somos los únicos que no tenemos planes para el futuro. Es decir: llevamos haciendo lo mismo desde la adolescencia, el único gran cambio fue cuando nos mudamos juntos, pero desde esa todo sigue igual. Ni una sola vez ha insinuado que quiera casarse conmigo o formar una familia… Sí, sí, ya lo sé: siempre he dicho que me importan una mierda los convencionalismos, que estoy bien como estoy, pero… no sé… cómo que me ha entrado el gusanillo y… Es que os veo a todas tan felices y enamoradas…
Los ojos azules de Ino se llenaron nuevamente de lágrimas. Hinata abrazó a su amiga mientras Konan se levantaba para sentarse al otro lado de la rubia y abrazarla desde el otro lado.
―Ino, sabes que no tienes porqué imitarnos a las demás. Cada persona es distinta… Kiba-kun y Tamaki dudo que se casen nunca, por ejemplo, ya que ninguno cree en el matrimonio…
―Pero se han inscrito como pareja de hecho en el Registro Civil hace unos meses… Y Sai jamás me ha sacado el tema…
―¿Y tú?―le preguntó Konan. Ino suspiró, secándose las lágrimas que habían empezado a caerle por las mejillas.
―No, me dije que estaba bien, que soy una chica fuerte y moderna, que no necesita de un papel que dé cuenta de nuestra unión o de lo mucho que nos queremos, pero… ―Dudó un segundo, pero entonces respiró hondo y habló, con una nota de tristeza en su voz―. Supongo que hasta una mujer del siglo XXI como yo le gusta un poco de convencionalismo de vez en cuando… ―Konan y Hinata se miraron y se sonrieron, comprensivas.
―No es una tontería, Ino. Es lógico que en un punto de tu vida quieras formalizar una relación larga como la que Sai y tú tenéis. Profundizar vínculos es algo inherente al ser humano.
―Eso es cierto―señaló Konan―. Somos criaturas sociales, incapaces de sobrevivir solas. Va en nuestro ADN. ―Ino sonrió y apoyó la cabeza contra el hombro de Hinata mientras apretaba una mano de Konan.
―Sois las mejores. Gracias por hacerme sentir mejor. ―Ellas le sonrieron.
―Para eso estamos las amigas―le dijo Hinata, acariciándole el cabello rubio con cariño.
Estuvieron un rato más así, las tres abrazadas sobre el sofá, hasta que oyeron abrirse la puerta principal y a alguien entrar en la casa. Ino les aseguró que ya se sentía mejor y, cómo no quería dar más explicaciones a nadie, se separaron y cada una regresó a su lugar. Cuando el misterioso visitante apareció en la puerta del salón, las tres mujeres ya charlaban y bebían de sus respectivas tazas de té sin dar muestras de que hubiese pasado nada triste o extraordinario.
Hinata saludó entonces al recién llegado―mejor dicho, recién llegada―con una sonrisa, que fue correspondida de manera tímida y vacilante.
―Hola, Kushina.
―Hola, Hinata. Perdona, no sabía que tenías visita… ―La dueña de la casa dejó su taza de té sobre la mesa e hizo un gesto con la mano.
―No, no, tranquila. Sabes que eres bienvenida siempre que quieras. Lo único que… Boruto no está, Naruto-kun lo ha sacado a dar un paseo…
―Lo sé―la interrumpió Kushina―. Pensé que igual estabas un poco aburrida y… bueno… también hice algo de compra. No puedes fiarte de los hombres para que llenen la nevera, ya sabes'ttebane. ―Hinata sonrió y asintió. Kushina se relajó al fin al ver el gesto―. Bueno… voy a… guardar esto en la cocina y… eh… ya me voy… ―Konan e Ino se miraron y asintieron al mismo tiempo, recogiendo sus bolsos y poniéndose en pie.
―En realidad, nosotras ya nos íbamos―dijo Ino, colgándose el bolso del hombro. Hinata alzó una ceja inquisitiva en su dirección pero la rubia se limitó a sonreírle, cómplice.
―No, no, no es necesario… me iré enseguida… yo…
―No se preocupe. Ino está en lo cierto: debemos irnos. Solo pasamos para ver cómo se encuentra Hinata. Se la echa de menos en la oficina.
―Espero poder volver pronto.
―Nosotras también, Hina. ¡Es increíble la cantidad de trabajo extra que hay cuando falta una de las tres!―Konan rodó los ojos ante el dramatismo fingido de Ino.
―Vámonos, Escarlata O'Hara. Antes de que empieces a fingir desmayos. ―Ino la miró entre ofendida y divertida.
―Que sepas que Escarlata O'Hara se las arregló bastante bien a pesar de sus circunstancias. No me importaría ser ella, la verdad…
―Claro, claro, cómo no sufrió desgracia tras desgracia… ―Hinata sonrió mientras las veía irse, medio riendo medio discutiendo.
Cuando la puerta principal se cerró tras las dos jóvenes, suegra y nuera se vieron envueltas en un repentino silencio, denso y sepulcral, que no hizo sino llenar el aire de tensión. Hinata no sabía qué decir y la pelirroja tampoco.
Lo cierto era que, aunque Kusihna y Naruto habían arreglado sus diferencias y por ende su relación―aliviando en gran parte el sufrimiento de Minato, marido y padre respectivamente de ambos personajes―ellas dos todavía no habían hablado. Ni siquiera habían coincidido a solas en una misma habitación, ya que siempre estaba alguien por allí, haciéndole compañía a Hinata o ayudándola con Boruto.
Hasta hoy.
No había ni un alma en la casa, todos estaban fuera, incluido el único infante de aquel hogar. Quizá era la oportunidad perfecta, la oportunidad que habían estado esperando, para poder arreglar por fin su casi inexistente relación.
Kushina suspiró, entendiendo a la perfección el apuro en el que ambas estaban. La Uzumaki siempre había sido orgullosa y de temperamento fuerte, y por lo mismo le costaba reconocer sus errores y enmendarlos, aunque siempre acababa por hacerlo, espoleada por los remordimientos y la mala conciencia de saber que estaba haciendo algo malo.
Pero con Hinata era distinto, porque no se trataba simplemente de decir un «Lo siento» y hacer como si nada hubiese pasado. Le había hecho daño a esa chica, la había juzgado y despreciado, negándose a reconocerla como la mujer de su hijo, la única para él, su alma gemela, a pesar de que Naruto y más adelante Minato habían intentado por todos los medios hacerla cambiar de opinión.
Apretó el agarre que mantenía sobre las bolsas de la compra y se aclaró la garganta, para llamar la atención de Hinata.
―Iré a…
―¿T-te apetece un té?―soltó de repente Hinata, sin levantar la vista de sus manos, entrelazadas sobre su regazo.
Kushina abrió la boca, ligeramente sorprendida porque la joven le hubiese hablado y además para hacerle una pregunta como esa. Tragó saliva y, sacando valor de dónde no lo tenía, asintió.
―Me encantaría'ttebane. Solo… déjame que vaya a dejar las bolsas a la cocina. Pesan como el infierno. ―Hinata elevó las comisuras de los labios en una sonrisa, mirando ahora para ella, y asintió.
―Claro… Oh, espera, es mejor recoger esto y traer tazas limpias…
―Deja, ya lo hago yo. ―Se apresuró a decir Kushina; corrió a la cocina para dejar las bolsas y regresó rápidamente a la sala, dónde recogió las tazas usadas por las tres amigas y las llevó al fregadero, dónde las dejó para lavarlas luego. Cogió dos tazas limpias de uno de los armaritos de la cocina y volvió a la sala―. Uh… ¿Quieres que lo caliente…?―Hinata negó, cogiendo la tetera.
―No, es de estas que conserva el calor, así que todavía está caliente… bueno, tibio, más bien…
―Está bien. Me gusta el té tibio. ―Con cautela, Kushina se sentó y agarró la tetera, vertiendo un poco de té en ambas tazas―. Esto… ¿leche y azúcar?―Hinata negó.
―Así está bien. ―Hinata agarró su taza y sopló un poco, antes de dar un tentativo sorbo. Kushina la imitó, saboreando el líquido caliente en su lengua.
―Hum… qué rico. ¿Qué sabor es?
―Oh, es un té de lavanda que hacen en una tienda de té especializada en la que suelo comprar mucho. Es uno de mis favoritos.
―Es una pena que Minato sea más de café que de té. Supongo que es el típico cliché del policía ¿no? Beber café del malo e hincharse a donuts. ―Ambas mujeres rieron ante la broma.
―Minato es un buen policía, no hay de qué preocuparse. ―Kushina asintió, terminando de beber un sorbo de té.
―Lo sé. Y un buen hombre, también. No puedo estar más orgullosa de mi marido. Ni de mi hijo. Ambos son hombres extraordinarios'ttebane. ―Calló, mirando para lo que quedaba de su té dentro de la taza.
Hinata también bajó la vista a su propia taza, apretándola en sus manos.
―Yo… creo que ha hecho un trabajo excelente con Naruto-kun. Es un buen hombre. P-por eso… por eso lo amo tanto, porque sé que merece la pena amarlo. ―Hinata tomó aire, respirando hondo―. Incluso cuando… cuando creía que él jamás me correspondería… nunca me arrepentí de amarlo, aunque fuese en secreto. ―Kushina la miró a través de sus pestañas.
Apretó los labios, sintiéndose culpable por haber rechazado en su día a esa joven que tanto amaba a su pequeño. Minato había tenido razón desde el principio: Hinata era buena para Naruto, era perfecta para él; ambos se complementaban de la misma manera que lo hacían Minato y ella.
―Hinata… yo… quiero que sepas que lo siento'ttebane… ―Hinata soltó el aire que había estado reteniendo.
―Yo lo sé y creo que-
―Déjame terminar―le pidió Kushina, levantando una mano, rogándole silencio. Hinata obedeció―. Lo siento. No tengo excusa. Mi única defensa es, quizás, que soy demasiado sobreprotectora con Naruto. Y muy orgullosa, también. Me cuesta mucho reconocer que me equivoqué, pero lo hice. ―Suspiró y miró para Hinata, fijando sus ojos violáceos en los perlados de la joven―. La primera vez que te vi… me sorprendí, me sorprendí mucho. Es decir: Naruto jamás te había mencionado, no nos había hablado de ti o de que le gustara otra chica diferente a Sakura. Siempre creí que ellos dos acabarían juntos, ¿sabes? Que Sakura, en algún punto, se daría cuenta de lo mucho que vale mi pequeño y le daría una oportunidad, y que Naruto conseguiría que ella se enamorara definitivamente de él.
»Por eso, cuando apareció en casa aquella tarde contigo… fue un poco… inesperado. No quiero que me malentiendas: no tenía nada contra ti, no en ese momento, al menos. Eras una completa, total y absoluta desconocida, al menos para mí. No era capaz de ubicarte, nunca te había visto antes ni había oído hablar de ti. Y, de pronto, apareces en mi casa y Naruto te presenta como su novia, a la que quiere con locura. Fue un total shock.
―M-me lo imagino… ―Kushina le sonrió suavemente.
―Ese fue mi primer error, Hinata: el pensar que, por no ser la persona que yo creía que debías ser, no eras suficiente para mi hijo. Siempre he sido muy sobreprotectora con Naruto, es mi bebé, así tenga cincuenta años seguirá siendo mi bebé, mi único hijo. Y pensaba firmemente que debería haberse juntado con una mujer fuerte, independiente y con carácter, que no necesitase que él estuviese todo el al pendiente de ella, que no fuese… emocionalmente dependiente de él, por decirlo de alguna manera. ―Kushina suspiró y la miró―. Y la primera vez que te vi… me dio la impresión de que tú no encajabas en ese perfil que yo deseaba para Naruto. ―Hinata no dijo nada, se limitó a seguir escuchando, atenta a las palabras de la pelirroja―. Pero a medida que pasó el tiempo, vi lo mucho que os queríais, vi lo mucho que Naruto se preocupaba por ti, lo mucho que sonreía cada vez que volvía a casa, lo feliz que era… y aun así quise convencerme de que era una etapa, de que tú solo eras un paso más en el camino, que Naruto necesitaba experimentar antes de encontrar finalmente a su verdadera alma gemela. ―Kushina se miró las manos, sintiendo un peso en el pecho.
―Kushina… ―La pelirroja inspiró hondo y expiró, lentamente, como si le hubiese costado un gran esfuerzo contarle todo aquello, admitirlo ante ella.
―No, no me digas que no pasa nada, que lo olvide o que me perdonas. Sé que quizá eventualmente lo hagas, aunque solo sea por Naruto o por Boruto. Te he observado, Hinata, durante todos estos años, y a pesar de todas las evidencias que he tenido de lo mucho que Naruto y tú os amáis, nunca he sido capaz de comprenderlo… Es decir, ¿cómo era posible que, de pronto, mi niño dijera que estaba enamorado de una chica totalmente diferente a aquella que siempre había dicho que le gustaba? Pero, supongo que, al fin y al cabo, en el corazón no se manda. Minato tampoco era precisamente lo que yo soñaba cuando era joven, ¿sabes?―Hinata sonrió.
―L-lo sé. Minato me contó vuestra historia. ―Kushina sonrió, con nostalgia, perdida en los recuerdos del pasado.
―Sí, yo creía que mi hombre ideal, mi príncipe azul, sería alguien fuerte y con carácter, que no se amedrentaría ante los retos. Pero, sin embargo, el destino me puso en medio a Minato Namikaze, un torpe y tímido adolescente, larguirucho y sin músculo, que prefería apelar al diálogo antes que llegar a las manos. Yo era todo lo contario, no entendía esa forma de pensar. Pero Minato me conquistó, poco a poco y sin que yo me diera cuenta. Caí por él tan profundo que nunca he sabido exactamente cuando fue que me enamoré de él. Y cuando te ocurrió lo que ocurrió cuando nació Boruto… cuando vi a Naruto tan hecho polvo… fue cuando me di cuenta de lo mucho que en verdad te ama, de que él no podría seguir sin ti, Hinata. Si te hubiese pasado algo realmente, no habría vuelto a ser el mismo. ―Hinata suspiró, temblorosamente, recordando aquellos días infernales de su enfermedad.
―Yo tampoco sería la misma si…
―Lo sé―la interrumpió Kushina, antes de que pudiera terminar la frase―. Ahora lo sé. Os amáis, del mismo modo en que yo amo a Minato o él a mí. Fui una idiota por no querer verlo antes, ahora lo sé. Por eso… quería pedirte perdón como Dios manda, Hinata. ―La joven asintió.
―L-lo entiendo, Kushina, de verdad que sí. Y, por mi parte, ya está todo aclarado, ¿de acuerdo? Vayamos… vayamos poco a poco y no volvamos a hablar del tema―zanjó; Kushina sonrió para luego reír.
―Eres igual que Minato. Él también odia los enfrentamientos y prefiere a veces dejarlo estar antes que discutir tontamente.
―Algunas discusiones no llevan a nada, solo suponen un gasto de energía, tiempo y saliva. ―Kushina soltó una carcajada.
―Sí, definitivamente eres como Minato. Bueno, ahora que he podido ponerlo todo en su sitio… me siento mucho mejor. Gracias, Hinata. ―Hinata sonrió y asintió―. En fin, será mejor que recoja esto, antes de ponerme con la comida. ―Hinata se levantó, haciendo amago de querer ayudarla―. No, no, déjame a mí, niña. Tú descansa. Así tendrás fuerzas para cuando llegue Boruto y quiera estar con su mamá. ―Hinata sonrió, consintiendo, no queriendo empezar una discusión por culpa de una nimiedad como quién iba a recoger o no los platos.
Se sentó nuevamente en el sofá y, tras unos minutos de ver y escuchar a Kushina yendo de un lado a otro, trasteando en la cocina, recogiendo, fregando y empezando a preparar la comida, suspiró y agarró el mando de la televisión que estaba sobre la mesita de centro. No es que hubiese mucho que ver últimamente, pero si no hacía algo, se aburriría mortalmente. No sabía cuánto más tardar iba a tardar Naruto en volver con Boruto del paseo, y tan solo pensar en subir las escaleras hasta el piso de arriba para recoger sus cosas y ponerse a trabajar un poco para distraerse le daba una pereza tremenda.
Así que se tumbó en el sofá, se tapó con una manta, se acomodó sobre los mullidos y cómodos cojines y fijó la vista en la pantalla de la televisión, dónde estaban poniendo una reposición de una serie de comedia algo antigua, pero muy divertida y graciosa.
No obstante, la modorra se fue apoderando poco a poco de ella y los ojos se le fueron cerrando paulatinamente. Intentó luchar para mantenerlos abiertos, debía estar despierta para cuando su prometido y su hijo llegaran, pero estaba tan cómoda y tan calentita que la somnolencia pudo al fin con ella y se quedó dormida.
Se despertó varias horas después, sintiendo algo cálido arrastrarse por su pelo y una superficie dura pero suave al tiempo bajo su mejilla. Arrugó la nariz cuando un mechón de pelo le hizo cosquillas en la punta de la misma. Una risa provocó que abriera los ojos y tuviera que parpadear para aclarar su visión, a causa de la fuerte luz del sol que entraba por las ventanas.
Bostezó y se estiró, poniéndose boca arriba, mientras dejaba que los últimos vestigios del sueño se disiparan. Notó de nuevo ese algo cálido acariciar su cabello y su frente, al mismo tiempo que una voz ronca y masculina hablaba:
―Buenos días, mi bella durmiente. ―Hinata enfocó sus ojos y abrió la boca sorprendida al toparse con las lagunas azules de su novio.
―¡Naruto-kun! ¿Qué estás… ¿Ya habéis vuelto… ¿Y Boruto… ¿Dónde… ―Naruto inclinó la cabeza y la besó suavemente en los labios.
―Boruto está echándose la siesta'ttebayo. No te preocupes. ―Hinata pestañeó.
―Pero… su toma del mediodía… ―Naruto sonrió.
―No te preocupes. Siempre guardamos leche materna en la nevera, por si acaso. Mamá le dio un biberón pequeño. Seguramente dentro de poco despertará nuevamente y reclamará comida, pero por ahora está descansando cual angelito'ttebayo. ―Hinata sonrió y elevó una mano para acariciarle el rostro. Naruto se la retuvo y besó la palma, sin apartar en ningún momento los ojos de ella.
Hinata le sonrió cálidamente. Ambos se quedaron así, durante un rato, acariciándose y dándose mimos, sin decir nada, disfrutando de la paz y la tranquilidad y del contacto del otro. Hasta que el llanto de Boruto a través del intercomunicador de bebés los hizo dar un respingo. Naruto suspiró y, separándose de mala gana de su novia, se levantó del sofá. Hinata se movió para que pudiera hacerlo sin obstáculos. Naruto salió del salón y desapareció escaleras arriba. Hinata lo escuchó entrar en la habitación del bebé―esa habitación que él había decorado y pintado bajo la supervisión y los consejos de Konan e Ino, para darle una de las mejores sorpresas de su vida―y hablarle para tranquilizarlo, seguramente mientras lo recogía en brazos de la cuna y lo arrullaba mientras venía de vuelta por las escaleras hacia el salón, dónde ella todavía permanecía tumbada encima del sofá.
Se sentó con un suspiro en cuanto los dos rubios de su vida entraron y empezó a desabrocharse la blusa que se había puesto ese día. Liberó uno de los pechos del sujetador de lactancia y Naruto le tendió a Boruto, ayudándola a acomodarlo en el hueco del codo mientras sujetaba el seno con la mano libre para guiarlo a la boquita de Boruto. El pequeño se pegó a su piel y empezó a buscar frenético, moviendo su carita de un lado a otro, hasta que enganchó el pezón al fin, empezando a mamar ávidamente.
Hinata, absorta en aquel proceso, no se dio cuenta de que Naruto tenía el móvil en la mano y le había sacado una foto, mientras ella sonreía y miraba directamente a los ojos azules de su hijo, hablándole.
Aquel momento creaba una conexión tal entre madre e hijo que ninguno de los dos se percataba jamás de lo que ocurría a su alrededor. Naruto envidaba a veces un poco ese vínculo, porque le daba la sensación de que a él lo dejaban fuera, aunque esa no fuese la intención de su novia.
Guardó el teléfono en el bolsillo de nuevo y se sentó al lado de Hinata, le pasó un brazo por los hombros y ella dejó caer su cabeza contra su hombro, mientras observaban alimentarse a Boruto.
Tras la toma, el bebé se separó del pecho de su madre. Naruto se levantó para cogerlo y ponerlo sobre su hombro, dándole suaves palmaditas para hacerlo eructar. Hinata le puso por encima la mantita mientras ellas alcanzaba el paquete de toallitas húmedas para limpiarse los restos de leche de la parte baja del pecho. Luego se volvió a colocar el sujetador, abrochándoselo y volviéndose poner la blusa por encima, abotonándosela. Naruto observó todo aquel proceso, sin apartar ni un segundo los ojos de ella, con su mano todavía dando pequeñas palmaditas en la diminuta espalda de su bebé para ayudarlo a expulsar los gases.
Una vez Boruto eructó, se acurrucó un poco más en el hombro de su padre, suspirando satisfecho. Naruto esperó a ver si quedaba dormido, pero su hijo tenía otros planes, porque un par de minutos después se revolvía, intentando alcanzar uno de los cojines que estaban sobre el sofá, seguramente dispuesto a chuparlo y a babarlo todo lo que pudiera y más.
Ambos padres rieron. Con cuidado, fue hacia un rincón despejado cerca de la televisión dónde habían montado una especie de zona de juegos para Boruto, con una manta lúdica para bebés y un par más de juguetes. Naruto se sentó con las piernas abiertas a cada lado de la manta y puso a Boruto en el medio de la misma. El bebé pateó, feliz, alargando sus manitas para intentar alcanzar algunos de los juguetes que colgaban por encima de su cabeza, sin éxito, limitándose a golpearlos con sus deditos rígidos.
―Mira, Boruto, así. Mira para papi, así ¿ves? Mira, mira como hace papi'ttebayo. ―Desde el sofá, Hinata observaba la escena con envidia, deseando poder reunirse ella también con su pequeña familia en el suelo. Pero todavía no podía hacer esfuerzos, se agotaba enseguida, y la visita de sus amigas y la posterior conversación con su suegra habían mermado todas sus fuerzas.
Su estómago rugió en ese momento, recordándole que se había saltado la comida. Se levantó con cuidado y algo de esfuerzo para ir a la cocina a buscar algo de comer.
―¡Espera! Ya voy-
―No―le dijo Hinata―. Tú estás jugando con Boruto. Llorará si te vas. Soy perfectamente capaz de calentar lo que quiera que haya sobrado de la hora de comer. ―Naruto no pareció muy conforme con su decisión, pero acabó dando su brazo a torcer, asintiendo.
―Hay filetes empanados en el horno. Y arroz en una olla en la nevera. ―Hinata asintió mientras salía del salón. Fue a la cocina, abrió el horno y sacó un plato con cuatro o cinco filetes de pollo empanados. Cogió un plato limpio y con un tenedor enganchó uno, echándolo en el mismo. Volvió a guardar los sobrantes en el horno, estaba segura de que no durarían más allá de la cena.
Se dirigió entonces a la nevera, dónde localizó fácilmente la olla de acero inoxidable en uno de los estantes. La tomó con un poco de esfuerzo y la puso sobre la encimera, destapándola y comprobando que estaba casi llena hasta los topes. Sonrió. Les quedaría arroz para comer mañana. Podrían mezclarlo con unas verduras salteadas y listo. Kushina pensaba en todo.
Se hizo con una cuchara y se sirvió una ración generosa del cereal blanco. Luego volvió a tapar la olla y la guardó nuevamente en la nevera, cerrando ésta una vez acabó la operación. Metió la que iba a ser su merienda-cena en el microondas y lo puso a temperatura máxima durante un par de minutos, para que estuviera bien caliente. Mientras se calentaba, sacó un cuchillo y un tenedor del cajón, cortó un trozo de pan y agarró un mantel individual. Kushina había recogido todo el salón mientras ella dormía el sueño de los muertos, y no iba a ensuciarlo todo de nuevo.
Llevó el mantel, los cubiertos y el trozo de pan junto con una servilleta de vuelta al salón, dónde su prometido y su hijo seguían entretenidos con los juguetes de la mantita para bebés. Sonrió maternalmente al verlos interactuar. Sabía que Naruto iba a ser un padre estupendo. Y no se había equivocado lo más mínimo.
Regresó a la cocina al oír el pitido del microondas, que indicaba que la comida ya estaba lista. Abrió la puertecita del aparato y cogió un paño para sacar el plato de su interior, ya que este quemaba un poco. Lo llevó al salón de vuelta y regresó una última vez a la cocina para coger una jarra con agua y un vaso limpio. Cuando volvió esta vez al salón, Naruto se había tumbado al lado de Boruto y trataba de que el bebé imitara sus gestos y sus movimientos. Hinata rio, sentándose en el sofá y empezando a comer, sin poder quitarles la vista de encima.
Para cuando acabó, se dejó caer satisfecha contra el respaldo del sofá, sobándose la barriga. Naruto la miró desde su posición aún tirado en el suelo, ahora boca abajo.
―¿Estás bien?―Ella asintió.
―Sí, ha sido la mejor comida que he probado en días… ―Naruto sonrió, notablemente aliviado por su respuesta.
―Eso es genial'ttebayo. Que recuperes el apetito es una muy, muy buena señal. ―Hinata asintió de nuevo, sonriendo.
―Sí, la verdad es que me he sentido mejor últimamente. ―Naruto le sonrió otra vez. Boruto escogió ese momento para chillar, llamando la atención de su padre, quien se apresuró a mirarlo y a volver a jugar con él.
Hinata puso la televisión, entonces, a un volumen bajo para no perturbar a Boruto.
―¿No lo sacas a pasear otro rato?―Naruto negó con la cabeza.
―No me gusta dejarte sola, ya lo sabes. Y además… dijeron que hoy iban a bajar un poco las temperaturas y que incluso podía llover a última hora de la tarde. No quiero arriesgarme a que Boruto se resfríe'ttebayo. ―Hinata parpadeó pero no dijo nada, pensando.
―Hum… tal vez tengas razón. Boruto aún es demasiado pequeño, y si va a hacer frío…
―¡Exacto! Sabía que lo comprenderías. ¡Si es que hacemos un equipo perfecto'ttebayo!―Hinata rio cuando el rubio mayor le guiñó un ojo.
Pasaron la tarde jugando con Boruto y hablándole. Hinata le dio el pecho otra vez antes de que Naruto lo acostara definitivamente. Él bajó entonces ya cambiado con ropa más cómoda y fue a calentarse algo para la cena. Vino con un plato y varios de los filetes de pollo metidos en pan, a modo de bocadillos. A Hinata no le sorprendió la cantidad de comida, sabía que él se los comería todos.
Se acurrucaron en el sofá a ver lo que estaban poniendo en la televisión―una película de época―mientras Naruto cenaba y Hinata lo abrazaba, apoyada contra su costado. A él no parecía molestarle, así que ninguno dijo nada ni se movió.
Cuando la película acabó y Naruto ya había terminado de cenar, este recogió todo y luego regresó al salón.
―Hum… es algo tarde, ¿quieres echarte un rato en la cama antes de que Boruto despierte para su toma o… ―Hinata negó.
―Me gustaría quedarme aquí un poco más, contigo. ―Naruto sonrió, yendo a sentarse en el sofá, con su andar fluido y masculino.
―Eso suena bien para mí―dijo, acomodándose y dejando que Hinata se acurrucara contra él una vez más. Él la abrazó también, disfrutando de su cercanía, del calor de su cuerpo y de su pequeña mano apoyada en su pecho, el calor de su palma traspasando la fina tela de su camiseta de dormir.
Intentó mantenerse sereno, a pesar de que su corazón latía a mil por hora. Estaba seguro de que Hinata debía de notarlo. Era imposible que no lo hiciera cuando parecía un caballo desbocado de carreras.
Sin embargo, aguantó. Por muchas ganas que tuviera de sentirla más cerca, debía reprimirse. Hinata todavía estaba convaleciente, recuperándose de su reciente enfermedad, y no podía forzar las cosas. La doctora Senju ya les había dado el visto bueno: la infección había desaparecido del todo―por fin―al igual que la cuarentena post parto que pasaban todas las mujeres que daban a luz. No obstante, les había recalcado la importancia de no bajar la guardia y de seguir tomándoselo con calma, al menos hasta la siguiente revisión, que sería en un mes, si todo iba bien.
Podía aguantar un mes más. Por Hinata, lo haría.
Sintió cómo ella se acurrucaba más contra él, con un seno presionando contra su brazo. Tragó saliva, sin apartar el rostro de la pantalla de la televisión. Ella empezó entonces a mover la mano que tenía sobre su pecho, arriba y abajo, a hacer pequeños círculos con el dedo índice, distraída. Naruto respiró hondo y atrapó su mano, deteniéndola del enloquecedor movimiento.
―Detente―susurró, con voz ronca. Hinata lo miró, con sus ojos perlas abiertos y más brillantes que nunca.
―¿Qué pasa?―preguntó. Naruto la miró, sin saber muy bien si la pregunta venía con segundas intenciones o no.
A veces, Hinata podía ser… impredecible. Y no sabía si esa era una de esas veces.
―Nena, no estás en condiciones. Aún no'ttebayo―dijo, optando por lo fácil y directo. Si tenía que dormir en el sofá, pues nada, era lo que tocaba. Pero creía estar seguro al noventa y nueve por cien de que no se equivocaba.
―La doctora Senju dijo que ya estaba recuperada. ―Naruto suspiró. No, no se había equivocado. Estaba más claro que el agua.
―No del todo―recalcó él. Hinata hizo una mueca.
―No puedo hacer esfuerzos, cierto, pero… nadie ha dicho que tú no puedas. ―Naruto quiso saltar sobre ella en ese momento y decirle que sí, que por supuesto él podía hacer todo el trabajo.
Pero su parte racional―esa que Sasuke siempre se empeñaba en negar que tuviera―hizo acto de presencia, recordándole que más valía prevenir que curar, que con la salud de las personas queridas no se juega, y menos con la de la persona que era más importante para él.
―Estás sensible―dijo él, rozando uno de sus pechos con la punta de un dedo―. Sé que todavía te duele y-
―Solo si hago movimientos bruscos o echo peso o fuerza en esa zona―lo interrumpió ella, no queriendo ceder por nada del mundo.
Naruto quiso sonreír. Ah, su testaruda Hinata. Cómo la amaba…
―Entiéndeme, nena: no puedo, ni quiero, arriesgarme. Boruto y tú sois lo más valioso que tengo en mi vida. Y por nada del mundo voy a poneros en peligro nunca jamás, a ninguno de los dos. ―Hinata se derritió ante sus palabras. Sobre todo porque sabía que eran ciertas, todas ellas.
―Lo sé―dijo la joven―, pero… en algún momento tendremos que… probar―intentó convencerlo. Naruto tragó saliva.
―Pero no tiene porqué ser hoy'ttebayo―argumentó Naruto, en un tono paciente que evidenciaba que estaba teniendo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para cumplir con lo dicho por sus palabras.
―¿Y si… y si vamos poco a poco? Podemos… besarnos y acariciarnos y… y si en algún momento me siento mal o me haces daño… yo te lo diré y paramos. ―Naruto la miró, con los ojos entrecerrados.
―No me fío ni un pelo. Eres capaz de aguantarte solo por no hacerme sentir mal'ttebayo. ―Hinata le sostuvo la mirada sin titubear.
―Te prometo que no, que si me empieza a doler o algo, te avisaré. ―Naruto lo pensó durante unos segundos. Realmente no perdían nada con intentarlo. Además, él también le tenía muchísimas ganas. Llevaban meses sin hacer el amor, entre unas cosas y otras. Y él lo deseaba, la deseaba. Con locura.
Se inclinó sobre ella y comenzó a besarla, tentativamente, lentamente. Hinata cerró los ojos, sintiendo la emoción de la victoria recorrerla. Dejó que Naruto fuese a su ritmo, a pesar de que ella tenía sobradas ganas de tomarlo de la nuca, hundir los dedos en su pelo y profundizar aquel beso que le estaba sabiendo más bien a poco.
Estuvieron así un rato, besuqueándose, con las manos masculinas moviéndose arriba y abajo por la espalda de la chica, acariciándola, siempre con suavidad, despacio.
Decidió entonces aumentar un poco la intensidad, metiendo los dedos bajo la blusa femenina y tocando al fin la pálida y suave piel de su espalda.
Gimió sin poder contenerse, extasiado de volver a sentir bajo sus manos aquel trocito de paraíso terrenal. Hinata aprovechó entonces para aferrarse a su camiseta, erguirse un poco e introducir la lengua en su boca. Naruto jadeó y correspondió con las mismas ganas, olvidándose momentáneamente de que debía ir con cuidado.
Ella era tan perfecta, tan hermosa, tan suave y cálida y tan… suya.
Intentó separarse de ella cuando un rayo de raciocinio quiso colarse en su conciencia. Pero Hinata no lo dejó pensar, puesto que adivinando sus intenciones se elevó y en un impulso pasó una pierna por encimad de las de él, quedando así sentada a horcajadas sobre su regazo.
Sintiéndose atrevida y sin dejar de besarlo ni un instante, Hinata se arrancó la blusa, haciendo saltar los botones, pero no tuvo valor para sacarse el sujetador, ya que sus pechos aún estaban llenos de leche materna y no sería bonito que algo se escurriera por dónde no era.
Fascinado por su arrebato, Naruto se apoderó de sus caderas y gruñó cuando Hinata empezó a contonearse sensualmente, poniéndolo más duro de lo que ya estaba, si es que eso era posible. Las delicadas manos femeninas se colaron por el borde de su ropa, para alcanzar así la piel morena que había debajo, enviando escalofríos más que placenteros por todo el cuerpo de su prometido. Naruto siseó cuando una uña traviesa raspó uno de sus pezones, poniéndolo a cien.
Hinata siempre lograba encenderlo con un simple roce. Solo hacía falta un beso o una caricia por su parte y ya estaba impaciente por sentirla.
Dejó de besar sus labios para pasar a su mejilla, a su oreja, a su cuello. Lamió ese punto sensible que sabía la volvía loca y sonrió contra su piel al oírla gemir y contonearse con más fuerza.
Se estaba esforzando por controlarse, por no echársela sobre el hombro cual cavernícola y llevarla a su habitación―a la habitación de ambos―para hacerle el amor y hacérselo durante lo que restaba de la noche.
―Na-Naruto-kun… ne-necesito… necesito…
―Sé lo que necesitas, nena―le susurró al oído, con la voz ronca. Soltó una mano de sus caderas y la llevó hacia el elástico de su pantalón de tela, acariciando de paso la piel de su estómago, amando cada onda y cada rugosidad de la misma, evidencia de que acababa de dar a luz a su hijo, al bebé más perfecto de todos los tiempos, simplemente porque era mitad de él y mitad de Hinata. Un ser tan precioso que lo había amado desde que supo a ciencia cierta que estaba creciendo en el interior del vientre de la mujer a la que amaba más que a nada ni nadie en el mundo.
Sus dedos alcanzaron al fin el punto más caliente del cuerpo femenino y lo acarició, gruñendo al sentir lo mojada que estaba. Hinata se arqueó, queriendo llevar aquellos dedos traviesos dónde más los necesitaba. Naruto soltó una maldición cuando la yema de su dedo índice notó aquella abertura intentando atraparlo en su interior.
Respirando hondo para calmarse, la besó, a un ritmo lento, dejando que ella siguiera frotándose contra él. Sabía que para Hinata no estaba siendo suficiente, que quería más, necesitaba más.
Porque él también lo necesitaba.
Pero alguno de los dos tenía que ser cuidadoso y racional, y estaba claro que esta vez no iba a ser Hinata. Tomando aire, separó la mano del cuerpo de Hinata, haciéndola protestar y lloriquear de pura necesidad femenina.
―Lo sé, nena, lo sé. Tranquila. Estoy ahí. Te tengo'ttebayo. ―Pegándola contra él, Naruto la levantó y la tumbó en el sofá, empezando a deslizar sus pantalones junto con su ropa interior fuera de sus preciosas y cremosas piernas, esas piernas que adoraba―y esperaba―tener envueltas alrededor de su cintura mientras él la penetraba una y otra vez, sintiéndola convulsionar alrededor de él, amando cada maldito segundo de ello.
No se quedó atrás y él mismo se deshizo de sus ropas.
―Naruto-kun.
―Ya voy, nena. ―Se tumbó sobre ella y la besó, mientras una de sus manos sujetaba uno de sus muslos y la otra volvía a ocuparse de su mismo centro.
―Naruto-kun… Por favor… no puedo… ―Naruto soltó una maldición al notar que ella estaba a punto. Realmente había sido demasiado tiempo. Para los dos. Porque él también sentía que iba a explotar en cualquier momento.
Decidió dejarse de preámbulos e ir directamente al grano. Ya tendrían tiempo más adelante, otro día, para ir más despacio, para adorarla y amarla como solo Hinata se merecía. Ahora, la cruda necesidad los acuciaba a ambos.
La tomó de la parte posterior de sus rodillas, abriéndole las piernas con cuidado lo más que el sofá le permitía sin llegar a hacerle daño y empujó hacia adelante. La sensación los golpeó tan fuerte que los dos gritaron al momento de sentirse unidos. Naruto tuvo que tomar varias bocanadas de aire para tranquilizarse, o aquello terminaría antes de que los dos lo quisieran.
Solo cuando estuvo seguro de que no iba a correrse a las primeras cambios empezó a moverse, lentamente al principio, jugando y probando la resistencia de sus cuerpos. Hinata gimió, arqueándose y empezando a acompañarlo en sus rítmicos movimientos, buscando liberar toda esa tensión acumulada que la estaba volviendo loca. Había pasado tanto tiempo…
Se movieron, juntos. Naruto fue aumentando el ritmo poco a poco, buscando llegar al punto álgido del placer sin querer causar ningún tipo de dolor o incomodidad a Hinata. Ante todo, ella iba primero. Siempre iría primero. Ella y Boruto irían siempre primero, antes de él o de nadie más.
Sintió el clímax comenzar a construirse, la tensión en su bajo vientre que anunciaba el final inminente. Cerró los ojos, notando el cuerpo de su novia tensarse bajo él, para luego sacudirse, entre gritos y gemidos de puro placer femenino. Aquello lo envió al borde y, dando un último empujón y un sonoro y ronco gemido final, terminó, dejando toda su esencia en el interior de su chica, golpeando contra ella hasta que sintió que vaciaba hasta la última gota en ella.
Tuvo que agarrarse al borde del sofá para no colapsar sobre ella, respirando agitadamente, sudando a causa del esfuerzo. Hinata no estaba mejor, con su pecho subiendo y bajando rápidamente, su respiración entrecortada, su cabello pegándose a sus sienes por el sudor y las mejillas sonrojadas.
―Dios mío―dijo Naruto cuando pudo recuperar su voz, tras varios minutos de silencio―. Eso ha sido… guau… ―Hinata sonrió, mirándolo por encima de sus pestañas, somnolienta a causa del cansancio.
―Ha-hacía demasiado tiempo… ―Naruto inspiró y expiró.
―Y habría esperado más. Lo sabes.
―L-lo sé pe-pero… estoy bien―dijo Hinata, sonriéndole y acariciando una de sus bronceadas mejillas, repasando con los dedos las marcas de las mismas, esas que lo hacían parecer un zorro, uno adorable, en opinión de Hinata.
Naruto suspiró, dejándola por imposible.
―Mañana tendré que ir a comprar condones―dijo Naruto, levantándola y abrazándola contra él. Hinata envolvió las piernas en su cintura y apoyó la cabeza en su hombro, dejando salir un suspiro acompañado de una sonrisa satisfecha contra la piel masculina―. Supongo que no será la última vez que me asaltes'ttebayo―murmuró para sí. Hinata detectó la diversión en su voz y reprimió una risita, acurrucándose más contra él.
Naruto la conocía muy bien. Por supuesto que no iba a ser la última vez. Es cierto que a veces su timidez le podía, pero situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas. Y si esperaba a que su chico diera el paso definitivo, podría estar esperando hasta el fin de los tiempos.
Naruto siempre era muy cuidadoso―llegando a rozar en muchas ocasiones lo paranoico―en lo que a su bienestar y su salud―y los de Boruto―se refería. Pero en fin, así era su futuro marido y así lo amaba, sobreprotector y todo. Es más: a ella le encantaba que él se preocupara tanto por ellos, aunque a veces tuviera que poner un alto a sus desmesuradas acciones.
Pero con Naruto siempre había sido así: o todo o nada. Iba de extremo a extremo y no solía tener un término medio. Pero así era él.
Se abrazó a él, acurrucándose en su pecho cuando al fin llegaron al dormitorio que compartían y el rubio los metió a ambos en la cama, tapándolos con las sábanas y abrazándola por la cintura para pegarla contra sí.
―Te amo―le dijo, exhalando sobre su piel y haciendo que los vellos dorados que lo cubrían se erizaran. Naruto sonrió y besó la cima de su cabeza.
―Lo sé, nena. Yo también te amo. ―La pegó más contra él, asegurándose de que sus cuerpos estaban tan pegados como era posible físicamente hablando―. Ahora duerme. Boruto no tardará en despertar para pedir comida'ttebayo. ―Hinata obedeció, cerrando sus ojos y relajando sus músculos. Pronto su suave respiración, tranquila y constante, llenó el espacio.
Naruto sonrió, acariciando su dormido rostro con reverencia. Era tan hermosa… y era toda suya. Aún no podía creerse que ella lo hubiese aceptado totalmente en su adolescencia, ni que lo hubiese aguantado todos aquellos años.
Sin duda, el amor era incomprensible muchas veces.
Pero también hermoso.
Lo más hermoso del mundo. Sobre todo cuando cuándo el corazón escogía a alguien tan perfecto como Hinata.
Porque no había ni habría jamás nadie más que ella.
Nunca.
―Juntos hasta que la muerte nos separe, nena―y con esas palabras él también cerró los ojos, dejándose sumergir por fin el mundo de los sueños.
Aunque estos jamás serían tan placenteros y perfectos como su realidad.
Fin 8
Ale, ahí os queda. Ya me diréis si os ha gustado o si lo habéis odiado. Si podría mejorar algo o no y, bueno, esas cositas que soléis comentarme y que me hacen muy, muy feliz leer. Así que... ¿Me dejáis un review?
Porque, ya sabéis:
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¡Muchísimas gracias por los suyos a: Guest, Peach y Flor! ¡Gracias, gente, de verdad, por leerme siempre y dejarme un bonito review que me alegra el día! ¡No sabéis como lo aprecio, en serio: muchísimas gracias! ¡Sois los mejores!
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Lectores sí.
Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
