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A Bride for The Prince
(Español)
CAPÍTULO 5
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Nada en la vida te prepara para la repentina reaparición de un amigo de la infancia. En especial, uno al cual Marinette creyó que nunca más volvería a ver.
—Me reconociste, entonces, ¿eh? —dijo Adrien, dirigiéndole lentamente una tímida sonrisa.
—S-sí —farfulló. No importaba que hubiera crecido varios centímetros, que sus hombros se hubieran ensanchado y que su mandíbula se hubiera esculpido de tal forma que le daba un toque afilado a su rostro, ella todavía podía reconocerlo.
Con un resoplido, Adrien apartó la mirada, frotándose la parte posterior de su cuello.
—Espera —dijo ella de pronto. Los engranajes en su cabeza lentamente comenzaban a girar—. Tú... lo sabías, ¿no?
Adrien cambió su sonrisa tímida por una diabólica. En cuestión de segundos, Marinette olvidó por completo su sorpresa inicial.
—¡No puedo creerlo! —exclamó, golpeando su pecho con el dorso de su mano, justo como solía hacerlo—. ¿Lo supiste todo este tiempo? ¿Es por eso que me diste un trato especial?
—Bueno, no —dijo él, sus ojos brillaban peligrosamente—. Te vi tan torpe como siempre y te chocaste conmigo...
—¡No te puedo creer! —gritó, golpeándolo nuevamente. Sonriendo entre dientes, Adrien esta vez dio un paso atrás para esquivarla. No es como si ella se lo permitiera—. Eres un, un, un… un sinvergüenza.
La risa de Adrien iba aumentando de intensidad mientras continuaba alejándose de Marinette. Ella lo golpeó una vez más, por si acaso.
—¡Ey! —dijo el rubio entre risas, agarrando su mano para detener su siguiente golpe— ¿Es esa la forma de tratar a tu viejo amigo de la infancia?
—Sí, considerando que eres tú. —Ante su comentario, Adrien soltó una carcajada.
—Eres tan feroz como recuerdo. Excepto que tus golpes duelen un poco más ahora.
Ella suspiró, deteniendo su avance. Paralelamente, el regocijo de Adrien se fue apaciguando de forma gradual, dejándolos a ambos mirándose el uno al otro.
—Con total seriedad —dijo él en voz baja—. Me da gusto verte de nuevo, Marinette.
—También me da gusto volver a verte, Adrien —suspiró, incapaz de borrar la sonrisa de su rostro mientras miraba al hombre que una vez había conocido.
—Honestamente, pensé que nunca te volvería a ver —aseguró él, ampliando aún más su propia sonrisa—. Y, definitivamente, menos aún disfrazada como una lady.
—Tengo mis razones —dijo Marinette, sonrojándose.
—Lo sé. No dudaría de eso.
Ambos oyeron las campanadas de la torre del reloj marcando la hora, provenientes de algún lugar en la distancia.
—Gracias por creer en mí.
—No eres el tipo de mujer que estaría aquí sin una buena razón. Siempre tenías buenas razones para casi todo lo que hacías.
—¿Y cómo sabes que no cambié? —preguntó, con sus mejillas calentándose aún más ante su apreciación.
—Dudaría seriamente que pasaras de ser honesta a una completa mentirosa. Tú sólo... simplemente no eres ese clase de persona.
Ella no sabía cómo manejar los cumplidos que él estaba derramando sobre ella, por lo que echó un vistazo hacia donde deberían estar Alya y Nino, solo para descubrir que se habían ido.
—Oye, ¿a dónde fueron?
Adrien levantó la vista. Alya y Nino no estaban por ningún lado.
—Creo que hemos sido abandonados.
—Deben haberse marchado al concurso de Alya —dijo Marinette con el ceño fruncido—. Pero, ¿por qué no nos esperarían?
—Probablemente querían estar los dos juntos a solas. O tal vez Nino pensó que podría ser capaz de convencer a Alya de no hacerlo.
—Muy poco probable —se burló Marinette.
—¿Cómo los conoces tan bien a pesar de que llevas poco tiempo con ellos? —Adrien se rio entre dientes.
Marinette se encogió de hombros.
—Bueno —dijo Adrien, inclinándose más cerca de ella—. No me voy a quejar. Tengo una preciosa joven en mi compañía, así que la voy a disfrutar—. Con eso, extendió su brazo hacia ella. Y Marinette, sonriendo, envolvió sus manos alrededor de su codo
—Veo que te has convertido en un adulador.
—Nah... —desestimó él—. Sólo con ciertas encantadoras señoritas.
—Por supuesto. Te creo.
—Deberías. Particularmente, si se trata de una joven encantadora a quien solía esperar verla en DuPont año tras año.
La sonrisa de Marinette se desvaneció ante su comentario.
—¿Por qué nunca volviste? A DuPont. Simplemente desapareciste.
Toda hilaridad desapareció de la expresión de Adrien.
—Yo... la reina falleció —respondió—. Lo que significa que nunca tuve una razón ni una oportunidad para regresar a DuPont.
—Oh —fue todo lo que logró articular—. Yo... supongo que tiene sentido.
—No me gustó ni un poco —dijo Adrien—. Te extrañé.
Marinette sintió como si su corazón se salteara un latido.
—Yo también te extrañé. Pero más que nada, solo quería saber qué te había ocurrido. Quería saber si... si estabas bien. Más de una vez pensé que estabas muerto y que por eso nunca volviste.
—Lo siento —dijo Adrien, estirando su mano libre para cubrir la de ella—. Por haberte causado tanta preocupación. Jamás tuve esa intención. Nunca... nunca pensé que te interesarías tanto por mí.
—Fuiste lo más destacado de mis veranos —replicó con rapidez—. Eras prácticamente mi mejor amigo. ¿Cómo podría no estar preocupada por ti?
Sus palabras parecieron pillarlo con la guardia baja. Él la miró un momento antes de desviar la mirada con una sonrisa.
—Gracias, Marinette.
Ella ladeó la cabeza, su frente arrugándose en franca confusión.
—¿Por qué?
—Por preocuparte —respondió simplemente.
Pero eso no la satisfizo. Ella se detuvo, obligándolo a detenerse también a él.
—No entiendo, Adrien. ¿Qué quieres decir?
Él le mostró una sonrisa amable que lentamente apaciguó la curiosidad en ella.
—Nada —dijo, retirando su brazo con delicadeza para poder tomar sus manos entre las suyas—. Solo que aprecio tu preocupación. Para serte sincero, lamenté mucho haberte perdido en todos los siguientes veranos. Pensé que a esta altura ya lo habrías dejado atrás.
—Yo... bueno, sí, lo hice —respondió ella—. Pero siempre me he preguntado por tí. Y ahora que vuelves a aparecer en mi vida, no puedo evitar querer ponerme al día contigo. Tengo que saber cómo has estado. Todavía me importa, aún cuando te dejaría ir nuevamente.
—Bueno, yo no tengo la intención de dejarte ir otra vez tan fácilmente —dijo Adrien, sonriendo de lado mientras apretaba fuertemente sus manos—. Pero voy a ignorar la inevitable despedida y pasar tiempo contigo ahora.
—Me gusta esa idea —convino Marinette, sintiendo una agradable calidez inundado su pecho.
Él le sonrió y luego volvió a situar las manos de Marinette sobre su codo.
—Vamos.
A partir de ahí, pasaron el tiempo deambulando y charlando, cubriendo todo el tiempo que habían estado separados. Adrien le contó sobre sus contratiempos al convertirse en guardia real, pero como, de hecho, disfrutaba bastante de la profesión. Marinette le detalló sus aventuras en corte y confección y su trabajo como doncella de Lady Bug.
—Y Lord Stoneheart me dijo que una vez que todo esto terminara, insistiría en que regresara a reclamar mi puesto como la doncella de Lady Stoneheart.
—Leal como siempre —comentó Adrien—. Realmente no esperaba nada menos de ti.
Ella se encogió de hombros.
—Creo que es importante preocuparse por la gente que te importa. Eso es todo.
—Y esa es una de las cosas que siempre me han gustado de ti —dijo Adrien—. Tu sólo... te preocupas. Y siento que muchas personas en mi vida no lo hacen.
—Entonces necesitas encontrar mejores amigos.
La sonrisa de Adrien se volvió dolorosa, pero ella no supo por qué.
—Sí. Lo estoy intentando. Oye, ¿tienes hambre?
Ella quiso indagar por el repentino cambio de tema, pero decidió dejarlo pasar.
—¿Tú tienes hambre? —Marinette le regresó la pregunta con una sonrisa forzada—. Nunca has rechazado la comida en casa. ¿Todavía tienes ese apetito?
—Me he calmado un poco —dijo, sonriendo con pillería—. Pero déjame decirte, ¿sabes cuánto he extrañado tus pasteles? —Ante su expresión, Marinette profirió una risita tonta—. ¡No te rías! No hay ninguno como esos en todo el reino. Sólo existe un pequeño lugar que encontré por aquí que quizás puede satisfacer mi antojo por tus dulces.
—¿Oh? —preguntó ella, curiosa—. ¿Y cuál es?
—Por aquí, mi Lady.
—Suficiente del título —pidió ella, golpeándolo—. Siento que te estás burlando de mí.
Una sonrisa engreída se abrió paso entre sus labios, provocando que ella lo volviera a golpear.
—¡Eres muy mala! —se burló con una mueca—. ¿Cómo te atreves a atacar a una guardia real?
—Lo superarás.
Adrien soltó una carcajada, y todos los rastros de su angustia anterior ahora desaparecieron por completo. No importa cuán curiosa fuera, ella lo dejaría pasar por alto con tal de ser testigo de la sonrisa que él le mostraba ahora.
Ambos continuaron bromeando mientras Adrien la llevaba por una calle lateral, luego otra, antes de colocarse en una larga fila frente a un puesto de comida.
—Vaya, seguro que son populares, ¿no?
—Tienen los mejores pasteles de la ciudad. No puedo decir en todo el reino. Tú ostentas ese título.
—¡Oh, ya para! —exclamó ella, golpeándole el brazo.
—Es la verdad.
—¿En serio?
—Yo no soy un mentiroso.
—Lo dice el hombre que no me dijo quién era.
—¡No pensé que me recordarías! —se lamentó, su expresión se asemejaba a la de un cachorro lastimado.
—¡Eras mi mejor amigo! ¿Pensaste que no me daría cuenta de quién eras?
—No me habías visto en mucho tiempo. No lo sabía.
—No has cambiado tanto. Todavía tienes ese cabello rubio revuelto y salvaje y esos bonitos ojos verdes y esa estúpida sonrisa de satisfacción. —Al instante, se arrepintió de haber dicho esas palabras, ya que veía como la misma estúpida sonrisa petulante que ella recordaba, se empezaba a dibujar lentamente en su rostro.
—Bonitos ojos verdes, ¿eh?
—Sí. ¿Y qué? —desafió Marinette, esperando que sus mejillas no se vieran tan rosadas como las sentía.
—No encontrarías ningunos más bonitos, ¿verdad que sí?
Sí. Sí, ella lo hizo. Había descubierto que le gustaban mucho. Pero él no tenía que saberlo.
—No. Eres tan feo como siempre.
La expresión atónita de Adrien le demostró que valió la pena su respuesta.
—Oh, mi pobre corazón —chilló, cambiando su expresión en una divertida—. Alguien lo atravesó con un cuchillo.
—Cálmate, Chat Noir. —Marinette logró contener su risa durante cinco segundos. Ella no podía evitar reírse cuando él estaba casi de rodillas, histérico.
—Oh, Marinette —dijo él, tranquilizándose—. Tu lengua se ha vuelto más afilada.
—He estado trabajando en eso.
—Me doy cuenta. Al menos ninguna de las otras ladies querrá atormentarte si sigues así.
Ambos compartieron otra risita antes de pasar al frente de la fila.
—Dos éclairs (*), por favor —pidió Adrien. El dueño de la tienda le entregó dos pasteles con una sonrisa, y Adrien se apresuró a pagarle al hombre—. Gracias.
Pastelería en mano, caminaron hacia un costado y se alejaron de la fila. Marinette probó un bocado, y descubrió que él tenía razón. El éclair era bueno, pero ella le tenía mucho cariño a lo que horneaban sus padres.
—¿Ves? —inquirió Adrien, probando su propio éclair—. No es tan bueno. Gracias a ti, me he tenido que conformar con pasteles mediocres. Tú y tus padres me arruinaron para siempre.
—No lo sé —dijo Marinette, sacando un poco de crema del centro con su dedo—. La crema pastelera es bastante buena. La cantidad justa de dulzura. Creo que el problema está en la masa misma; es como... apagada y no puedo decir por qué.
Antes de que ella pudiera lamer la crema de su dedo, Adrien tomó su mano y lo hizo por ella. Marinette chilló indignada cuando su lengua lamió su dedo, pero el calor en sus mejillas y la velocidad de su corazón dificultaron el funcionamiento de su cerebro.
—Tienes razón. ¡Delicioso! —la miró a los ojos, saboreando la crema, con esa sonrisa engreída volviendo a su rostro.
—Descarado —gruñó Marinette, observando su dedo ahora libre de crema pastelera, apartándose un poco para disfrutar el resto de su éclair sin que él se lo robara.
Adrien rio silenciosamente, dejando al corazón de Marinette hecho un lío.
Ella lo fulminó con la mirada justo cuando él le daba otro mordisco a su propio éclair. Pero antes de que pudiera hacerlo, ella extendió la mano y apretó la masa, disparando toda la crema dentro de su boca y provocando que se atragantara de la sorpresa. Marinette se echó a reír mientras él se inclinaba, tratando de mantener bajo control su boca llena de crema.
—Y me llamas a mí descarado —dijo con una sonrisa presumida, mirando a la masa hueca de su éclair ahora vacío. Ella le guiñó un ojo mientras le daba otro mordisco a su pastel. Él sacudió la cabeza, haciendo que su sonrisa se ensanchara—. Me gusta este lado tuyo.
—Oh, me aseguraré de mostrarlo constantemente, entonces. O, al menos durante una semana, para compensar todos los días en los que nunca me dijiste tu identidad.
—Nunca vas a dejar de recordarme eso, ¿verdad?
—No —respondió ella con una mueca divertida.
—¿Hay algo que pueda hacer para recuperar su gracia, mi Lady? —suspiró, agachando su cabeza en fingida vergüenza.
—Puedes no llamarme así cuando estemos los dos solos.
—Oh —dijo Adrien, arqueando sus cejas—. ¿Quieres decir que habrá más de nosotros dos solos? ¡Qué escandaloso!
Las mejillas de Marinette se calentaron ante la idea. Es curioso como unos pocos años podrían marcar la diferencia: de dos amigos jugando juntos a un encuentro entre ambos de carácter escandaloso. Para ella, no se sentía así. Marinette era generalmente cuidadosa con los hombres con los que pasaba el tiempo y, a pesar de que acababa de darse cuenta de quién era, Adrien era uno de esos hombres con los que se sentía cómoda.
—Bueno, tal vez no me opondría a eso.
—¿Tal vez? —Adrien repitió, con su sonrisa volviéndose presumida mientras se acercaba más a ella—. Mmm... Entonces haré todo lo posible para ser tan encantador que no puedas decir que no.
—Eres ridículo —Marinette rio con pequeños jadeos cortos.
—Con orgullo.
Ella sacudió la cabeza antes de comer el último bocado de su éclair.
Cerca de donde se encontraban, los músicos terminaban su canción, provocando una ronda de aplausos. La siguiente canción fue anunciada, advirtiendo a la gente que buscara una pareja.
Adrien se inclinó ante ella, con la mano extendida.
—¿Te gustaría bailar?
—¿Y si digo que no?
—Te arrastraré de todos modos.
Con una sonrisa, Marinette puso su mano en la suya.
—Me encantaría.
La sonrisa que él le dio hizo que su corazón se disparara. Rápidamente, ella apartó de su mente ese sentimiento, sólo para que resurgiera con mayor fuerza cuando él la tomó entre sus brazos.
«¡Contrólate, Marinette!»
Ella tenía que hacerlo. ¿Qué importaba que un joven apuesto la sostuviera tan cerca suyo? Era un baile entre dos amigos. Eso era todo.
Eso era todo.
Después de ese primer baile, y el segundo, se encontraron sorprendentemente cerca. Cada canción parecía más lenta que la anterior, incitando a las parejas a acercarse.
—Bailas muy bien —comentó Adrien entre murmullos.
—Tuve un gran profesor —respondió ella con el mismo secretismo—. Me alegra haber prestado atención a todas las lecciones que me diste antes de considerar que las necesitaré ahora.
—Me encantaría enseñarte más. Para que tengas más confianza cuando lleguen los bailes.
—Realmente te lo agradecería.
—Entonces ya está decidido —le dijo con una sonrisa—. Seré tu profesor de baile de ahora en adelante.
Ella le sonrió, inundándose de calidez.
—Gracias Adrien. Sé que me suelo burlar de ti, pero también sé que siempre podría contar contigo.
—Bueno, sabía que lo hacías en ese entonces. Quiero demostrarte que nunca cambié en ese sentido.
—Confío en ti —dijo Marinette. Las palabras resonaban en su interior, y claramente, también lo golpeaban a él con fuerza—. Sé que probablemente no debería… No nos hemos visto en años… Pero lo hago.
Él le apretó la mano.
—Prometo no decepcionarte.
«Te creo.»
Ella le apretó el dorso de su mano, devolviéndole el gesto.
La última canción llegó a su fin, por lo que las parejas de baile se separaron, haciéndose mutuas reverencias. Adrien se inclinó profundamente, mostrándole una llena de respeto por ella, mientras Marinette hizo la mejor reverencia que pudo.
Las campanas del gran reloj de la ciudad repicaron. Adrien lo miró de reojo.
—El espectáculo de luces comenzará pronto. —Él tomó su mano y la guio lejos de la multitud—. Ven. Quiero llevarte al mejor lugar posible para verlo.
—¿El mejor lugar posible?
—Sí —asintió Adrien—. Pero es un secreto. No puedes contarle a nadie sobre ese sitio. Nino y yo lo hemos confiscado.
—Lo prometo. ¿A quién le diría, de todos modos?
—Supongo que es verdad —convino él—. Una cosa más: todavía trepas a los árboles, ¿verdad?
—Sí —dijo ella, frunciendo el entrecejo.
—Bien —celebró, con una sonrisa llena de entusiasmo infantil.
Él atrapó su mano e inmediatamente tiró de ella, abriéndose paso entre la multitud y zigzagueando edificios con una impactante facilidad. Sorprendentemente, ella le siguió el ritmo mientras continuaban su aparentemente incesante recorrido.
—Este lugar tuyo está un poco lejos, ¿no?
—Vale la pena —le dijo, haciendo una pausa para mirarla a los ojos—. Lo prometo.
De alguna manera, esas palabras la tranquilizaron.
—Confío en ti.
Él sonrió, apretando su mano y haciendo que su corazón saltara en el proceso.
—Eso es todo lo que me importa. —En un instante, emprendieron la marcha nuevamente y continuaron avanzando entre la multitud hasta llegar a un área de altas casas. Desde allí, la arrastró por un callejón completamente despejado—. Aquí. Los tejados.
Marinette parpadeó varias veces antes de mirar a su alrededor.
—No veo árboles.
Él sonrió ampliamente.
—Solo quería saber si aún escalabas. Mira. Las tablillas de la casa ofrecen una base de apoyo, mientras que, gracias a las cuerdas de los tendales, postes de estructura y alféizares de las ventanas, tenemos de donde agarrarnos para poder trepar.
La luna estaba llena, de lo contrario, no había forma de que ella pudiera ver algo. Marinette estudió el costado de la casa, creando un camino con los ojos de su imaginación.
—Está bien. —Se agachó para arremangarse la falda de una manera muy poco femenina, pero eso le permitía la capacidad de escalar.
—¿Quieres seguirme? —preguntó Adrien— ¿O quieres que vaya detrás de ti? Para atraparte si te caes.
Si su expresión no fuera tan seria, ella definitivamente lo habría golpeado. Sin embargo, había pasado un largo tiempo desde la última vez que había trepado a algo.
—Detrás de mí, por favor.
—Muy bien. Sube, mi Lady.
Ella lo fulminó con la mirada por eso.
Él sonrió de lado.
—¿Qué otras expresiones cariñosas se me permiten si no puedo usar esa?
—Cualquiera.
—¿Cualquiera?
—¡No! —chilló ella, espiando esa sonrisa petulante suya—. No. Cualquiera no. Simplemente esa no.
—¿Y qué tal…
—Menos charla; más escalada.
Adrien se rio entre dientes.
—Ok. Solo dame más tiempo para pensar.
—Lamento haberte dicho que no me llamaras por mi título falso.
Varios minutos después, Marinette finalmente se hizo camino en dirección a la azotea, con Adrien siguiéndola justo detrás. Ella casi se resbaló una vez, pero él sostuvo su pie para darle estabilidad.
—Gracias por eso —le dijo, una vez que ambos estaban parados firmemente en el techo.
—Por eso estaba detrás de ti, ¿cierto?
Un rubor le estaba cubriendo las mejillas, Marinette estaba segura de eso.
—Sí. Pero igual.
La sonrisa amable que Adrien le mostró resplandecía a la luz de la luna.
—De nada, Bichito.
—¿Bichito? —repitió, solo ligeramente divertida.
—Creo que es apropiado para tí, Lady Bug.
Ella le dirigió una sonrisa burlesca, percatándose de la analogía entre el apodo y su falso nombre.
—¿En qué otros has pensado?
La sonrisa de Adrien se ensanchó, volviéndose lo suficientemente brillante como para iluminar la noche.
—Me alegra que hayas preguntado...
De repente, un zumbido proveniente de un costado interrumpió las palabras de Adrien, llamándoles la atención. Ambos levantaron la mirada, sólo para observar que algo explotaba en el cielo, iluminando la noche con chispas de colores.
Adrien tomó su mano, tirando de ella hacia la parte superior del tejado y rápidamente se sentó. Marinette se apresuró a acomodarse junto a él, consiguiéndolo justo cuando el siguiente fuego artificial se disparó hacia el cielo.
—¡Wow! —Marinette exclamó—. ¡Estamos muy cerca!
—Sí —dijo Adrien, con su voz llena de asombro—. Te lo dije.
—Lo hiciste —convino Marinette en estado ausente, observando como otro fuego artificial zumbaba en el cielo y luego estallaba en varias llamas de colores, que desaparecían a medida que caían al suelo.
Se quedaron allí por un rato, observando con asombro como cada uno de los fuegos artificiales explotaba en el cielo. Y en la última tanda, varios fuegos artificiales estallaron juntos, antes de desaparecer y dar de esa forma por terminado el festival.
—¡Eso fue impresionante! —gritó Marinette, su voz casi ahogada por los atronadores aplausos y vítores desde abajo—. Y mucho más grande que cualquier cosa en DuPont. Pero supongo que eso era de esperarse.
—Mientras lo disfrutes, eso es todo lo que realmente importa.
Marinette esperaba que su rubor estuviera lo suficientemente oculto por la luz de la luna.
—Yo... creo que tal vez deberíamos volver al castillo. Se está haciendo tarde.
—En cuanto la multitud se disperse un poco —dijo Adrien.
Marinette se mordió el labio.
—¿Estás seguro? No quiero estar fuera más tarde de lo que debería.
—Todo va a estar bien —aseguró Adrien, extendiendo la mano para depositarla sobre la de ella. —Eso... y que no estoy listo para irme todavía.
—¿O-oh?
Él sonrió, mirando hacia otro lado.
—Llámame egoísta, pero no estoy listo para dejarte ir por esta noche. La idea de llevarte de regreso al castillo y tomar caminos separados... no parece exactamente atractiva.
Marinette parpadeó un par de veces, su mente no estaba funcionando.
—Adrien...
—¿Por favor? —preguntó, volviéndose para mirarla—. Yo... —tragó saliva—. Te extrañé mucho. Y no me había dado cuenta de cuánto hasta ahora.
Marinette sentía la boca seca, incapaz de dar una respuesta.
—Yo... quiero decir... —Ella tragó saliva, esperando que alguna respuesta coherente viniera a ella—. Siempre podemos encontrarnos de nuevo —dijo finalmente—. Esta no tiene que ser la única vez que nos crucemos.
Lentamente, los labios de Adrien se levantaron en una media sonrisa.
—¿Como encuentros clandestinos? —bromeó.
Ella resopló.
—Los haces parecer escandalosos.
—Tú eres un escándalo andante, Bichito —se mofó—. Nuestros encuentros tendrían que ser secretos.
—Mmm… Supongo que tienes razón.
Él se acercó para tomar su mano entre las suyas.
—Así pues, mientras estamos atrapados aquí arriba, esperando que la multitud se desvanezca, me di cuenta de que nunca te hice una pregunta muy importante.
Su ceño se alzó, junto con las comisuras de sus labios.
—¿Oh? ¿Y cuál sería?
—¿Has sido cortejada por algún pretendiente?
El corazón de Marinette dio un brinco divertido antes de enviar una explosión de calor a través de su pecho.
—¿Muy importante?
—Tengo que saber si tengo que ir a DuPont y amenazar la vida de algún hombre si éste no se preocupa por ti como es debido. Las gemas como tú deberían ser pulidas y siempre mantener su brillo intacto, ¿sabes?
Adrien pudo haber estado sonriendo, pero su expresión denotaba sinceridad. Fue casi aterradora para Marinette.
—No tienes que protegerme, lo sabes.
—Claro que sí —dijo—. Juré que siempre lo haría.
Ella frunció el ceño. El recuerdo de un niño de siete años jurando su lealtad eterna pasó a ocupar el primer plano de su mente.
—¿Todavía recuerdas eso?
—Por supuesto. Me tomé esa promesa muy en serio.
—No voy a atarte a eso, ahora.
—Deberías —susurró—. Te lo estoy diciendo.
El calor comenzó a correr una carrera desde su pecho, subiendo por su cuello y llegando hasta sus mejillas.
—Bueno, gracias.
—Sabes que todavía no has respondido mi pregunta.
Ella se rio nerviosamente.
—Y yo esperaba que te olvidaras.
—Nunca —dijo con una mueca.
Divertida, ella sacudió la cabeza.
—No hay nadie de quien debas preocuparte. Hubo un artista, y luego un músico viajero que una vez estuvieron interesados en mí. De hecho, él es el líder del Grupo Couffaine.
—¿El cantante?
Ella asintió.
—Sí. Estaba pasando por la ciudad y nos hicimos amigos, pero quería seguir pretendiéndome a pesar de que siempre estaba viajando. No importaba cuánto me gustara, yo solo... No podría estar con alguien que se la pasaría más tiempo desaparecido que conmigo. Y lo mismo pasó con el artista. Así que al final, los rechacé a ambos.
—Inteligente —respondió, asintiendo con la cabeza en señal de aprobación —. Te mereces más que eso.
Ella se encogió de hombros.
—Me gustaría pensar que sí. Quiero una familia y un esposo que realmente esté presente. No creo que sea mucho pedir.
—No lo es.
—Varias de las demás chicas dijeron que fui una tonta al rechazarlos.
—No lo fuiste —aseguró Adrien.
—Suenas tan seguro.
—Marinette. —La veneración en su tono de voz avivó el fuego aún más ardiente en su pecho. Cómo era eso posible estaba más allá de su comprensión. Y por qué se sentía tan nerviosa, era todavía más confuso—. Eres una joven increíblemente hermosa con muchos talentos. Habrá un buen hombre para ti. No te dejaré ir con nadie más que con el mejor.
Ella no sabía cómo procesar sus palabras. Por un lado, probablemente debería burlarse y llamarlo ridículo, pero no parecía que estuviera bromeando. Y eso la hizo avergonzarse incluso más allá de lo imaginable, porque ¿qué se suponía que debía contestar a eso?
—Deberíamos irnos. Se está haciendo tarde, y tengo que madrugar con todas las otras chicas mañana.
La forma en que Adrien la miraba demostraba que sabía claramente lo que ella estaba haciendo. Sin embargo, lo dejó pasar.
—Entonces vamos, mi Lady.
Nunca ese título le había sonado tan mal como en ese momento, escuchando decírselo con tanta melancolía.
La multitud se había reducido un poco, permitiéndoles serpentear fácilmente a través de las calles, de vuelta al castillo. Adrien volvió a entablar conversación sobre la vida de ambos después de su separación, lo que los mantuvo ocupados mientras regresaban.
Los vendedores estaban guardando sus mercancías por esa noche, cerrando las tiendas y apagando las farolas. Pero uno llamó la atención de Marinette. El hombre parecía tan extranjero como su madre y permanecía de pie observando a la gente pasar, aparentemente rehusándose a dar por terminada la noche. Las decoraciones estaban llenas de símbolos familiares y conocidos, y no pudo evitar sentirse atraída por ellas.
Adrien se detuvo para mirar la tienda.
—Vayamos a ver —dijo con una sonrisa placentera, tirando de ella y acercándose a la tienda.
—Buenas noches —dijo el hombre—. Menudo festival acabamos de tener.
—Definitivamente —estuvo de acuerdo Adrien. Los fuegos artificiales fueron más brillantes de lo habitual.
—Mhmm... —pronunció el hombre, acariciando su pequeña barba—. La buena compañía suele influir en esas cosas.
—Bueno, no puedo negar eso.
Marinette centró su atención en los hilos de cuentas de colores brillantes en vez de lo cálida que parecía la voz de Adrien.
—Son amuletos de buena suerte —dijo el hombre—. Fabricados con cuentas con la buena fortuna escrita en ellas.
—Son bonitos —dijo Marinette—. A pesar de ser tan simples, son tan coloridos y alegres.
—Deberías tener uno —alentó Adrien.
—No lo sé...
—Corrección —interrumpió Adrien—. Escoge uno.
—No puedo obligarte a hacer eso.
—No me estás obligando a hacer nada. Quiero conseguirte uno.
Marinette vaciló.
—Hagamos lo siguiente —dijo Adrien, alcanzando uno de los amuletos—. Elegiré uno para ti, y tú elegirás uno para mí. De esa manera, cada uno tendrá algo que el otro nos dio para llevarlo a todas partes.
Marinette se mordió el labio.
—¿Estás seguro?
Su gentil sonrisa fue suficiente respuesta.
—¿Por favor?
Ella no podía resistirse. No cuando se sentía tan cálida y emocionada, casi como si pudiera derretirse bajo esa sonrisa. Se volvió hacia los amuletos, mirando todas las opciones antes de elegir uno de cuentas rosas y verdes. Adrien, a su vez, extendió la mano para tomar uno de cuentas azules y naranjas, una de las cuales tenía forma de pájaro.
—Ambas buenas elecciones —animó el hombre con una sonrisa divertida.
—Creo que sí —dijo Adrien, entregándole algunas monedas.
El hombre las tomó con una reverencia.
—Gracias. Que tengan una buena noche, los dos.
—Gracias.
Antes de que pudieran alejarse de la luz proveniente de la tienda, Adrien detuvo a Marinette.
—Para ti, Bichito. —Él envolvió el amuleto alrededor de su muñeca, atando el extremo para asegurarlo. Parecía tan orgulloso de sí mismo antes de ofrecerle a ella su propia muñeca.
Marinette, con una franca sonrisa, rodeó la muñeca de Adrien con el amuleto que escogió, antes de asegurarlo con un lazo.
—Listo. Cuídalo.
—Es mi amuleto Marinette de la suerte. Es muy importante que lo haga.
Las mejillas de Marinette ardieron por enésima vez esa noche.
Enseguida, estaban caminando de vuelta al castillo una vez más, y Marinette descubrió que le preocupaba bastante regresar a su habitación. Su agarre en el brazo de Adrien se intensificó.
—¿Crees que alguien esté despierto para descubrirme?
Adrien frunció el ceño.
—Te acompañaré hasta tu habitación, por si acaso.
—Gracias.
Por segunda vez esa noche, el corazón de Marinette palpitaba con fuerza mientras se escabullía por los pasillos, las escaleras y los corredores hasta su habitación. Afortunadamente, no había nadie cerca que pudiera descubrirla, pero cuando llegaron a su puerta, su corazón cayó por una razón completamente nueva.
Porque eso significaba el final de su noche juntos.
—Gracias, Adrien —dijo ella, soltándolo y retrocediendo para abrir su puerta—. La pasé muy bien.
—También yo —dijo él—. Tendremos que hacer esto de nue...
Fue interrumpido por el sonido de fuertes pasos haciendo eco por el pasillo. Antes de que Marinette pudiera actuar, Adrien empujó la puerta semiabierta y, tomándola por la cintura, tironeó de ella hacia el interior de su habitación. Cerrando rápidamente la puerta, él puso un dedo sobre sus labios, y no lo retiró hasta que los pasos se desvanecieron.
El corazón de Marinette estaba tronando en su pecho, presa del pánico. Cuando Adrien apartó su dedo, ella ignoró la forma en que le temblaban los labios y, en cambio, suspiró aliviada.
—Deberías irte —dijo Marinette—. Odiaría que te atraparan.
Él sonrió con pesar.
—Por mucho que me gustaría quedarme, creo que tienes razón. Pero salir por tu puerta es una mala idea.
Ella frunció el ceño.
—Y entonces… ¿Cómo?
Con una sonrisa que la hizo preocuparse, Adrien caminó hacia las puertas dobles que conducían al pequeño balcón conectado a su habitación.
—Al estilo de Romeo y Julieta.
—¿Qué?
—Por el balcón.
Marinette abrió los ojos como platos.
—Por favor, no seas idiota.
—Lo he hecho antes —aseguró—. No te preocupes.
—Por supuesto que lo haré.
—¿Oh? —Su ceño se arqueó y esa sonrisa engreída regresó a su rostro—. ¿Te preocuparás por este pobre guardia, mi Lady?
El fuego inundó sus mejillas, cuello y pecho e incluso hizo su camino hasta los dedos de los pies.
—¡N-no!
—¿En serio?
—¡Oh, sal de mi vista, estúpido gato callejero!
Él soltó una carcajada.
—Lo que diga mi Lady. —Saltó por encima de la barandilla de metal, sujetándose de ésta con una sola mano—. Siempre y cuando me permita complacerla, me inclinaré ante cada orden que caiga de sus labios.
El corazón de Marinette se apretó en su pecho.
—¡Ya basta!
—Pero me estoy divirtiendo mucho.
Ella gruñó.
—Por favor, sólo vete. Y-y no te lastimes.
—No te preocupes. —Él alargó la mano y tomó la de ella, acercándola hasta sus labios y depositando un prolongado beso en los nudillos—. Tu fiel guardia estará a salvo. De momento, que descanses, mi Lady. Buenas noches.
Y con eso, él le soltó la mano y desapareció de la vista.
Sus nudillos hormigueaban por la sensación de sus labios, haciendo que su corazón se agitara torpemente en su pecho. Era imposible ignorar el ardor de sus mejillas; la sensación había sido una constante durante casi toda la noche. Apoyó los codos en la barandilla, cruzando las manos de tal manera que podía sentir el sencillo cordón de pequeñas cuentas de madera debajo de su palma.
—Buenas noches —susurró en el aire—, Adrien.
Notas:
(*) Éclair: bollo fino hecho con pasta choux, a la que se da forma alargada y se hornea hasta que queda crujiente y hueco, y que habitualmente se rellena. (Fuente: Wikipedia)
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¡Hola!
Al fin les traigo nuevo capítulo.
Disculpen la demora, estuve (y estoy) algo desganada estos días, la cuarentena me tiene mal.
Pero espero compensarlos con este capítulo de puro Adrinette del bueno, lleno de fluff y alta dosis de ceguera, como no podía ser de otra manera.
¡Cuídense mucho y quédense en casa!
Au revoir !
