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A Bride for The Prince
(Español)
CAPÍTULO 6
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La última vez que Adrien se divirtió tanto en un festival -o incluso en términos generales, de hecho- había sido en su infancia, cuando pasaba sus días jugando con Marinette durante sus vacaciones de verano en DuPont. Es cierto que Nino y él habían compartido momentos increíbles desde entonces, pero eso difícilmente podía compararse, porque pasar tiempo con Marinette siempre fue especial, fantástico e irracionalmente atractivo. Adrien dudaba que pudiera explicarlo con palabras; uno tenía que sentirlo para poder comprender. Que ella todavía fuera tan maravillosa como lo era en ese entonces era adorable, y Adrien mentiría si dijera que permitir que la noche acabara no fue decepcionante.
Pero, ser descubierto mientras descendía del balcón de la damisela en cuestión, era otro malentendido que no deseaba ni tampoco necesitaba en ese momento.
—Sabes... —Nino arqueó una ceja, cruzando los brazos sobre el pecho—, tengo mucha curiosidad por saber cómo vas a explicar esto.
Adrien se rio con nerviosismo.
—¿A qué te refieres exactamente?
—Tú, saliendo de la habitación de Marinette a través de su balcón, en medio de la noche.
Adrien se aclaró la garganta, acomodándose un poco la ropa.
—Hay una buena razón para eso, pero antes de dar más detalles, dime ¿qué estás haciendo tú aquí, debajo de su balcón?
—Estoy buscándote, de hecho —replicó Nino—. He estado tratando de localizarte desde que encontré tu habitación vacía cuando volví. ¿Y dónde estaba el señor? Aquí, escapando de la habitación de una dama a través de su balcón en medio de la noche. Muy interesante y, permíteme señalar, extremadamente escandaloso.
—¿Sabes lo que también es interesante? —preguntó Adrien, comenzando a caminar hacia sus aposentos, en dirección a la parte opuesta del castillo—. Que me estuvieras buscando justo debajo del balcón de Marinette. ¿Alguna razón especial para eso?
—Solo que vislumbré a ustedes dos, escabulléndose por los pasillos que conducían a los dormitorios de las ladies, un rato antes —respondió Nino—. Los seguí, pero...
Adrien detuvo su caminar y se dio vuelta.
—¿Así que eras tú? Sabía que no debía haber guardias en ese momento. Nos asustaste.
—Desapareciste.
—Porque nos escondimos en su habitación. Y luego salí por el balcón para proteger el honor de Marinette, en caso de que el guardia que nos sorprendió volviera y me viera salir de su recámara por la puerta.
Nino gruñó y se pellizcó el puente de la nariz.
—¿Y nunca se te ocurrió el hecho de que mucha más gente podría haberte visto bajando por el balcón? Mira a tu alrededor, Adrien; los guardias están rondando por los terrenos y quién sabe cuántas personas estén mirando a través de sus ventanas en este momento. No puedes camuflarte con la pared con tantas luces alrededor, lo sabes. Fue así como te vi, y por eso estoy aquí: para patear tu tonto trasero real.
Adrien se paralizó, maldiciendo por lo bajo.
—¿En qué estabas pensando, Adrien? —lo continuó regañando Nino—. Será mejor que estés rezando para que nadie más te haya visto haciendo de Romeo por ahí porque, ya sabes, ¡querías ayudarla, no etiquetarla como una cualquiera!
—Yo... —Adrien se pasó los dedos por el pelo mientras se esforzaba por encontrar las palabras—. No sé, Nino —se le escapó finalmente—. ¡No! Quiero decir que... ¡Argh! De acuerdo, no quise decir que quiero meterla en problemas. Lo que quise decir es que no sé lo que estaba pensando. Ni siquiera estoy seguro de haber estado pensando. Yo... solo la estaba pasando bien con ella. Siempre nos hemos divertido juntos, así que yo solo... ¡No lo sé! ¡Ok! Yo... yo no... —gruñó y reanudó su caminata, murmurando por lo bajo—. Espero que nadie más me haya visto, pero si lo hicieron, confío en que pienses en algo para mantenerlos callados.
—¿A dónde vas? —preguntó Nino, siguiéndolo—. Aún no he terminado contigo.
Adrien se quejó, deteniéndose y girándose nuevamente.
—Hazlo rápido. Estoy cansado.
—Deja de coquetear con ella.
—Me estás tomando el pelo, ¿verdad? —Adrien frunció el ceño—. No coqueteo con Marinette.
Nino arqueó una ceja.
—Los he visto interactuar, Adrien. Coqueteas con ella, y debo añadir, lo haces descaradamente. Incluso Alya estaba muy sorprendida, considerando que nunca antes te habíamos visto coquetear con nadie.
—Yo no coqueteo con Marinette, Nino —insistió Adrien, girándose sobre sus talones y reanudando su marcha—. Somos íntimos amigos, y así es como siempre hemos sido.
—Entonces permítame sugerirle que revise su definición de amistad, Alteza —sentenció Nino—. Esta forma de interacción entre ustedes dos pudo haber estado bien cuando eran niños, pero ahora no. Marinette ya no es una niña, y tú tampoco eres un niño sin preocupaciones en el mundo. ¿Has considerado que, debido a tus coqueteos, ahora podría enamorarse de ti? No sólo atraerás atención innecesaria para ella de parte de tu padre, lo cual, te recuerdo, es bastante indeseable en esta situación en particular, sino que puedes terminar rompiendo su corazón. Estoy seguro de que eso no es lo que quieres, ¿verdad? ¿O debo recordarte que es la única chica que no puedes elegir como tu futura esposa?
Adrien dejó de caminar.
—Lo sé.
—Entonces trata de que no se te olvide —refunfuñó Nino—. Si realmente quieres protegerla, mantente lo más lejos que puedas.
Adrien restó estático, observando a Nino alejarse. Algo en su interior se tensó y se rebeló. Nino estaba equivocado. Él no conocía a Marinette. No los conocía a ellos ni a su amistad. Adrien no estaba coqueteando con ella, y ella no se enamoraría de él. Sólo eran amigos y esa... esa era la forma como siempre se habían tratado. Por eso Marinette le agradaba tanto, era muy fácil llevarse bien con ella. No había necesidad de fingir o actuar, podía ser él mismo y ser aceptado sin condiciones. A cambio, ella mostraba su adorable yo con él, y eso le encantaba. Adrien no tenía muchas personas sinceras en su vida a quienes les importara menos su título, incluso si lo desconociera. Simplemente, no podía renunciar a una de ellas.
Sin embargo, tal vez Nino tenía razón acerca de no atraer la atención de su padre hacia Marinette. No querría meterla en problemas. Adrien tomó el amuleto de la suerte que le rodeaba la muñeca. Quizás, Nino tenía razón en este aspecto en particular, pero... esta muy posiblemente era la última oportunidad de Adrien de experimentar lo increíble que era Marinette y su amistad. Dudaba de que, con quien terminara contrayendo matrimonio, estuviera feliz de que él tuviera una amiga tan cercana... no es que eso importara de todos modos, porque Marinette regresaría a DuPont mucho antes de su boda y probablemente nunca la volvería a ver.
Adrien apretó su agarre sobre el brazalete. Marinette era una de las mejores cosas que le habían pasado. Era una de sus mejores amigas y un recordatorio de su etapa más feliz: una infancia libre de todas las expectativas y responsabilidades en DuPont. Ella le recordaba los días en que su madre todavía estaba allí con él. Marinette significaba para él más de lo que podía expresar, y pronto se desvanecería de su vida tan rápido como había reaparecido. Cuando llegara ese momento, tendría que colocar su título y su reino por delante de sus deseos y casarse con alguien apropiado a los ojos de la gente, en nombre de la tradición y sus dominios.
Pero no aún.
Aunque sólo fuera por un breve tiempo, Adrien todavía podría disfrutar de lo poco que deseaba en lugar de seguir lo que otros le decían que hiciera, algo que había hecho toda su vida. Apretó los puños a la vez, su decisión estaba tomada. Nino podría decir lo que quisiera y tener razón en todo lo que le plazca, pero no había forma de que Adrien pudiera mantenerse alejado de Marinette ahora mismo; tampoco quería hacerlo. Conociéndola, sería más probable que le rompiera el corazón al evitarla sin una explicación, que siendo él mismo durante el poco tiempo juntos que aún tenían. Tendrían que tener mucho cuidado, pero si Marinette también lo anhelaba, Adrien estaba más que listo para disfrutar de este inesperado regalo del destino tanto como pudieran.
El día siguiente procedió como de costumbre: Adrien desayunó con su padre, luego estudió en la biblioteca, antes de dirigirse a los jardines para observar a las muchachas durante su caminata matutina. Nada emocionante estaba sucediendo; todos estaban preparados para sus rutinas diarias, y Adrien se sintió absolutamente aburrido. En alguna ocasión, le había echado un vistazo a Marinette a cierta distancia, pero cada vez que ella parecía acercarse, Alya inevitablemente la llevaba a Marinette en la dirección opuesta. No es que importara mucho, porque Nino estaba a su lado asegurándose de que Adrien se mantuviera lo más lejos posible de Marinette.
—Es lo mejor —repitió su amigo por enésima vez—. Para ambos. Créeme.
—Seguro —murmuró Adrien, rodando los ojos—. Lo que tú digas, Nino.
La hora del almuerzo no podía venir más lenta, pero cuando llegó, hubo otra decepción esperando a Adrien. Debido a una repentina migraña, su padre había cancelado su aparición, dejando a Adrien comiendo solo en una mesa apta para veinte. Con Nino lejos, compartiendo su almuerzo con Alya, Adrien terminó su comida lo más rápido que pudo y, sin tener nada mejor que hacer, se puso la máscara y se dirigió a los aposentos donde sus potenciales novias pasaban la tarde leyendo, cosiendo, dibujando o practicando cualquier arte que disfrutaran mientras trataban de ser sociales. Esa era una actividad que Adrien no había presenciado aún, y esperaba que fuera más útil con la decisión que tendría que tomar en unas pocas semanas que observar a las damas deambulando por los jardines.
Sus ojos encontraron a Marinette en cuanto entró en el recinto; ella estaba dibujando en un cuaderno de bocetos en una esquina de la estancia. A Alya no se la veía por ninguna parte, por lo que Adrien no lo pensó dos veces y caminó hacia ella. Con suerte, al menos podría saludar antes de que Nino o Alya interfirieran.
Sin embargo, apenas logró dirigirle una sutil sonrisa, antes de que Nathalie Sancoeur, la asistente personal de su padre, ingresara en la habitación y demandara la atención de las allí presentes.
—Su Alteza Real, el Príncipe Adrien —proclamó la mujer—, será anfitrión de un baile real este domingo.
Una ola de gritos ahogados y susurros zumbaron a través de la sala. Un guardia junto a Nathalie se aclaró la garganta y pidió silencio, permitiendo que la mujer mayor proporcionara todo aquello que tuviese que decir, en una habitación relativamente silenciosa. Adrien observaba a Marinette palidecer lentamente con cada palabra, especialmente ante la mención de que cada lady tenía que bailar con el Príncipe al menos una vez. En cuanto la puerta se cerró a espaldas de Nathalie, el zumbido invadió nuevamente el lugar cuando las jóvenes se apresuraron a discutir entre sí las novedades.
Por el rabillo del ojo, Adrien notó que Alya entraba en la habitación. Rápidamente se acercó a Marinette.
—¿Cuándo puedo verte a solas hoy? —le susurró— Sin que Alya lo sepa.
Marinette pensó por un momento.
—Probablemente sólo después del toque de queda. Hoy no me ha dejado mucho tiempo sola.
Adrien trató de recordar el horario de los guardias tan rápido como pudo.
—Estate lista media hora después de eso. Golpearé tu puerta tres veces.
—¿Lista para qué?
—Te llevaré a un lugar —dijo Adrien con un guiño—, pero mantengámoslo en secreto, así que no se lo digas a nadie, ¿de acuerdo?
Con una sonrisa traviesa, Marinette asintió justo antes de que Alya los alcanzara.
—¿Chat Noir? —inquirió Alya, mirándolo con desconfianza—. ¿Puedo ayudarte en algo?
—Nop —respondió Adrien con una mueca divertida—. No te preocupes por mí. Solo estoy haciendo mi trabajo, cuidando a las encantadoras jovencitas como tú.
Alya desvió su atención hacia Marinette.
—¿Qué te dijo? Te ves un poco pálida.
—No es por él —suspiró Marinette—.Madame Sancoeur nos acaba de informar que el primer baile se llevará a cabo en unos días, y no soy tan buena con el baile formal, particularmente con el aspecto de "no pisar los pies de mi compañero".
—Eso no es un problema —objetó Alya, sentándose a su lado—. Es sólo falta de experiencia. No te preocupes, te enseñaré todo lo que pueda en los próximos días.
El rostro de Marinette se iluminó.
—Gracias Alya. Eres la mejor.
Alya asintió con la cabeza.
—No hay de qué. Prometí ayudarte con esto y, a diferencia de algunas personas —fulminó a Adrien con la mirada sin demasiada sutileza—, tengo la intención de cumplir mis promesas.
—Qué raro encontrarte aquí —intervino Nino, apareciendo al lado de Adrien. Acercándose aún más a él, le susurró al oído—: Te dejo por un minuto y vuelas hacia cierta persona como una polilla a la luz. Tus almuerzos por lo general duran más. ¿Qué pasó?
—Alguien me canceló —Adrien se encogió de hombros, incapaz de ocultar la decepción de ser atrapado una vez más por su amigo—. Entonces, decidí pasar mi tiempo ejerciendo mis deberes de guardia. ¿Algún problema con eso? Y este era el único lugar libre cuando llegué aquí, así que no me mires de esa manera.
Nino arqueó una ceja.
—Qué suerte para nosotros que muchos otros sitios se hayan liberado desde entonces, ¿verdad? ¿Te importaría si nos movemos? Ya has pasado más que suficiente tiempo en este lugar en particular.
—Muéstrame el camino, oh gran Carapace —pidió Adrien con seriedad, destilando burla en cada una de sus palabras—. Haces que parezca que tengo otra opción.
—Me lo agradecerás después —dijo Nino en voz baja y se dirigió hacia donde Lady Riposte estaba mirando a través de una ventana al campo de entrenamiento, con la expresión del mayor aburrimiento y añoranza en su rostro. Adrien lo siguió, dándole a Marinette una rápida sonrisa de disculpa antes de que Nino pudiera arrancarlo físicamente de allí.
Conocer las rotaciones de los guardias nunca antes había sido tan útil. Adrien no solo llegó a la habitación de Marinette sin ser detectado, sino que también tenía diez minutos enteros para recogerla, antes de que pasara el siguiente guardia.
Según lo acordado, dio tres golpes a su puerta.
Marinette abrió de inmediato. Se veía preciosa: un vestido rosa claro complementaba maravillosamente su delicada figura y ese adorable rubor en sus mejillas. Con el cabello suelto y los ojos llenos de preguntas, desconcierto e inquebrantable confianza, Marinette lucía absolutamente encantadora.
Antes de que ella pudiera decir algo, Adrien puso un dedo en sus labios.
—Debemos permanecer en silencio. Sígueme.
Marinette asintió y salió de su cuarto, cerrando la puerta tan silenciosamente como pudo.
Tomando su mano, Adrien se dirigió hacia el salón de baile más lujoso del castillo y, convenientemente, el más alejado de todos. Como bonus, los guardias caminaban alrededor de esa apartado rincón del palacio sólo unas pocas veces por noche, lo que significaba que el Salón de Cristal les daría la mayor privacidad posible y la menor oportunidad de ser descubiertos.
Les tomó unos quince minutos llegar hasta allí. Al abrir la puerta, Adrien no podía apartar la vista de Marinette: sus expresiones eran una de las mejores cosas para ver en el mundo, y él quería observar su reacción a lo que estaba a punto de contemplar.
Y Marinette no decepcionó, cuando el asombro y encanto absolutos descendieron sobre sus rasgos en el mismo momento en que puso un pie dentro de la majestuosa sala.
—¿Te gusta?
—No puedo creer que siquiera estés preguntando —susurró Marinette, contemplando el interior. La inmensidad del salón podría dejar a uno sin palabras, pero fueron las inteligentes elecciones de decoración las que hicieron de ese espacio realmente magnífico. Enormes ventanales dominaban tres de las cuatro paredes, permitiendo que la luz de la luna y las luces de los jardines desbordaran por toda la habitación, reflejándose en una multitud de cristales resplandecientes que parecían estar en todas partes. Un gran balcón, pinturas y decoraciones completaban la pared restante. Una docena de grandes arañas de cristal con velas colgaban del cielorraso, y unos pocos candelabros fueron colocados estratégicamente sobre un piso tan pulido que se podían ver sus propios reflejos en él. Marinette dio unos pasos más dentro del recinto—. Es fascinante —dijo, con la voz tomada por el asombro—. Y tan brillante incluso sin la luz.
—Es algo que se le ocurrió a la difunta Reina —comentó Adrien con una sonrisa agridulce—. Esta era su habitación favorita en todo el palacio, y ella solía pasar tiempo aquí con su esposo y su hijo. Sin embargo, estaban a menudo tan ocupados durante el día, que el único momento que podían venir aquí era después de que el sol ya se hubiera puesto. —Adrien hizo una pausa y se adentró en la habitación, su mirada fija en la mitad del salón como si visualizara las escenas del pasado—. Les encantaba bailar, pero la Reina no quería molestar a los sirvientes para que encendieran todas las velas solo por una o dos horas, por lo que les pidió que incorporaran cristales por toda la habitación. Reflejan la luz de la luna, creando este efecto de iluminación suave, y eso les brindó al Rey y a su Reina suficiente visibilidad para bailar. Por eso es conocido como "El Salón de Cristal".
—Es precioso —susurró Marinette.
—Sí —Adrien le hizo eco en voz baja—. Me encanta este sitio, y como no necesitamos luces para estar aquí, pensé que sería perfecto.
—¿Perfecto para qué? —Marinette lo miró, ladeando su cabeza.
—Para enseñarte a bailar, por supuesto —le guiñó un ojo—. Prometí que lo haría, ¿no?
Marinette lo observó durante un momento.
—Yo... Gracias, pero... Alya ya me está enseñando.
—¿Estás diciendo que no quieres mi ayuda? —preguntó Adrien con un mohín exagerado.
—No, no es eso —insistió Marinette, aproximándose—. Sólo no quiero que nos metamos en problemas, y no creo que se nos permita estar aquí.
—No te preocupes por eso —le aseguró Adrien—. Esa es otra razón por la que te traje específicamente a este salón de baile: nadie vive en esta parte del castillo, por lo que los guardias no patrullan aquí con tanta frecuencia. Tenemos alrededor de tres horas antes de que pase el siguiente.
Marinette se mordió el labio, con las dudas asaltando su semblante.
—No lo sé, Adrien. Realmente no puedo permitirme ser imprudente en este momento, no importa cuánto me guste la idea. ¿Y si esta noche no es nuestro día de suerte y nos atrapan?
—Entonces fingiré que soy el Príncipe y les diré que olviden que alguna vez nos vieron.
Marinette casi se ahogó con el mismo aire, su rostro se transformó abruptamente en una expresión en que la diversión y confusión peleaban por el liderazgo.
—¿Cómo puedes fingir ser el Príncipe? Estoy segura de que ellos conocen su apariencia.
—Síp —Adrien asintió—. Y es exactamente por eso que puedo hacerme pasar por él. Porque, verás... —se inclinó y pestañeó repetidamente, dándole la sonrisa más traviesa que fue capaz—. Muchas personas me han dicho que el Príncipe y yo somos increíblemente parecidos, y con esta máscara en mi cara y la tenue iluminación del salón, dudo que alguien pueda ver la diferencia en nuestros rostros.
—¿Y tu voz? Lo sabrán en el momento que hables.
—Tampoco es un problema en absoluto —sonrió Adrien con pillería—. La voz del Príncipe es tranquila y amable, mientras que la mía es definitivamente más divertida, pero puedo imitarlo bastante bien.
—¿Estás bromeando, ¿verdad?
—Nop. Lo he hecho antes —Adrien amplió aún más su sonrisa—. Y cada vez que lo hice, funcionó de maravillas.
—Adrien, eso es peligroso e imprudente —chilló Marinette—. Podrían enviarte a prisión por hacerte pasar por el Príncipe.
Adrien dio un paso hacia ella y tomó sus manos entre las suyas.
—Por ti y por la oportunidad de enseñarte a bailar, lo arriesgaría todo—. Lentamente acercó sus manos hacia sus labios, sin apartar los ojos de los suyos para no perderse ni un instante de esa expresión adorable e inquieta en su rostro al momento de besar sus nudillos—. Pero, en serio —añadió después—, mientras permanezcamos callados, no debería haber ningún problema.
—Pero... Alya ya me...
—Alya no puede enseñarte como lo haría yo —interrumpió Adrien—. Ella nunca ha asistido a un baile.
—¿Y tú sí?
La sonrisa de Adrien se volvió presumida.
—Puede que sí.
—¿Pero no son bailes sólo para la nobleza?
—¿Y quién dijo que no tengo sangre noble en mí?
—Trabajas como guardia —Marinette aseveró, con un deje de ironía—. Tu mamá era una criada. No pensé que los nobles se dedicaban a esa clase de tareas.
—Me ofendes, mi Lady —dramatizó Adrien con un fingido desmayo—. Mi madre era la asistente personal de la reina. Y para que sepas, si actualmente desempeño mi deber como guardia es porque el Rey incrementó las medidas de seguridad para este evento de "elige una novia". De otro modo, yo sirvo al Príncipe mismo: un trabajo que cualquier noble consideraría el mayor de los honores. Además, somos como amigos, y estoy haciendo todo esto de la guardia porque él me lo pidió personalmente. Una de las damas se convertirá en su futura esposa, y él sólo quiere a las mejores y más confiables personas a su alrededor.
Marinette arqueó una ceja, escéptica.
—Alya me dijo que ese era el trabajo de Nino: ser el guardia del Príncipe, su amigo y todo lo que acabas de decir.
Sí —asintió Adrien—. Nino es mi compañero; uno de los pocos. No pensaste que el Príncipe tendría un solo guardia, ¿verdad? Sin embargo... —dio un paso hacia ella—, ese no es el punto. El punto es que, por muy increíble que parezca, soy de la nobleza, y he pasado horas y horas practicando el arte de bailar. Puedo enseñarte mucho mejor de lo que Alya podría jamás, y por tu reacción al anuncio de Nathalie, asumo que necesitas todas las lecciones que puedas tomar.
—Pues, sí —suspiró Marinette—. Alya estaba menos que impresionada con mis habilidades.
—Entonces, ¿por qué no dejamos de perder el tiempo y vamos al grano? —Adrien la tomó de la mano y la llevó al centro del salón. Allí, él se paró frente a ella y se inclinó—. ¿Me concede este baile, mi Lady?
—Veo que realmente quieres enseñarme —comentó Marinette con una risilla.
—Lo hago —asintió Adrien—. ¿Puedo?
—Puedes —sonrió ella—. No obstante, me disculpo de antemano.
—¿Por qué? ¿Por deslumbrarme con tus movimientos de baile?
—Por pisar tus pies.
—Puedo sobrevivir a eso —se rio Adrien silenciosamente—. ¿Puedo suponer que conoces lo básico?
—Muy poco. Sólo lo que me has enseñado por aquél entonces, pero necesitaré un repaso.
—Por supuesto —Adrien le ofreció su mano. Marinette la tomó, colocando la otra al costado de su hombro. Levantando sus manos unidas, él envolvió su brazo alrededor de la parte superior de su espalda. Acercándola más hacia él, Adrien de repente se aquietó, siendo muy consciente del calor de su cuerpo tan cerca del propio. Incluso a la luz de la luna, no pudo evitar notar el inicio del sonrojo en sus mejillas, sus enormes ojos en el tono más hermoso de azul, sus perfectos y ligeramente separados labios, y las diminutas pecas esparciéndose por toda la superficie de su nariz.
Cuando eran más jóvenes, Adrien había estado tan cerca de Marinette varias veces durante muchas de sus escapadas en DuPont, pero en ninguna de ellas se había sentido así. Algo era diferente, porque en este momento se sentía como... Adrien no sabía cómo describirlo, pero ninguna de las innumerables compañeras de baile que había tenido antes lo hicieron sentir de esa manera. Ninguna de ellas provocó que su respiración se dificultara y su cuerpo se tensara. Ninguna de ellas había generado nunca una necesidad abrumadora de sostenerla como el tesoro más valioso del mundo.
Sin embargo, ninguna de ellas era Marinette.
Aunque, al bailar con ella en el festival unos días atrás, no había sentido nada similar, así que... debía ser por el sitio en donde se encontraban. El Salón de Cristal, y todos los recuerdos que había asociado con el recientemente; sus padres bailando el vals durante horas en la oscuridad, como lo hacían ellos en ese momento. Si. Por eso se sentía diferente, tenía que ser esa la razón. La habitación acogía con claridad la luz de la luna que, por cierto, hacía maravillas en los ojos de Marinette. Por más bonitos que fueran antes, ahora brillaban con tanta hermosura que Adrien no deseaba mirar hacia otro lado.
A juzgar por cómo Marinette lo miró de regreso, la forma en que se tensó en el momento en que la había tocado, y cómo se congeló en el lugar al igual que él, Adrien sospechó que Marinette se sentía tan extraña como él. Y eso era algo que no quería que sucediera. Odiaría incomodar a Marinette.
—Comenzaré a contar ahora —dijo, finalmente rompiendo el silencio y barriendo a un lado esa sensación. Fuera lo que fuese, no tenía tiempo para lidiar con eso ahora. Adrien contó y movió su pierna izquierda. Marinette hizo lo mismo, pisando al instante su pie derecho.
—Lo siento mucho —chilló y se alejó un poco—. Te dije que haría eso. Siempre olvido con qué pierna comenzar.
—No hay problema —sonrió Adrien—. Bueno, intentemos esto de nuevo. Comienzo con mi pie izquierdo hacia adelante. Tú con tu derecho hacia atrás. —Se detuvo a cavilar por un momento y agregó—: Piénsalo de esta manera: Todos tenemos nuestros derechos, ¿cierto? Pues bien, siempre debes dar un paso atrás, si en tu afán de ejercer tu derecho, limitas el de alguien más. (*)
—¿Estás seguro de que sólo eres unos años mayor que yo? —Marinette se echó a reír—. Suenas mucho más sabio que eso.
Adrien la acompañó, riendo él también.
—Pronto cumpliré veinte años, pero tuve muchos buenos profesores, que compartieron su sabiduría conmigo.
—Bueno, te agradezco por compartirla ahora conmigo —dijo Marinette con una sonrisa—. Es una linda manera de recordar los movimientos.
—Un placer. Ahora, ¿lo intentamos de nuevo?
Esta vez, salió mejor. Marinette duró un minuto entero antes de que volviera a pisarlo. Y después de eso, ella duró aún más. Cada intento de avance era aún mejor, y pronto Adrien consideró que su paso básico era bastante bueno, por el momento.
—¿Intentamos algunos otros movimientos? —propuso—. Un giro y unas vueltas deberían ser suficientes. No creo que necesites nada más que esos dos para este evento. El Príncipe no es fanático de los bailes extravagantes. Prefiere simpleza y elegancia.
—Está bien —convino Marinette, luego agregó—: Parece que lo conoces bien.
—¿A quién? ¿El Príncipe?
—Si. ¿Cómo es él?
—Oh. ¿Estás interesada? —Adrien bromeó con una sonrisa divertida—. ¿Has cambiado de opinión acerca de casarte con él?
Marinette se echó a reír.
—No. Sabes que no podría hacer eso, aunque quisiera, y realmente no lo deseo. Sólo tenía curiosidad, ya que circulan rumores de que es grosero y desagradable, y prefiero creer en tus palabras que en las de alguien que apenas lo conoce.
—Ya veo. —Adrien soltó su mano, sus ojos se desplazaron hacia las ventanas, luego se encogió de hombros—. No hay mucho que contar, para ser honesto. Yo no diría que es particularmente feo, y tampoco es malo ni grosero. O al menos a él le gustaría creerlo así. Diría que es un hombre digno. —Hizo una pausa, pensando por un instante, antes de añadir—: Él tiene un buen sentido del humor.
Marinette dejó escapar una risita.
—¿Eso es todo lo que puedes decir sobre él?
—No sé qué más decir —respondió Adrien—. El Príncipe es como cualquier otra persona: un ser humano normal con sueños y deseos y muchas responsabilidades que debe anteponer a eso.
—Debe ser duro para él —suspiró Marinette—. Mi amiga, Lady Bug, a menudo tenía que cumplir con cosas que no le gustaban solo porque nació en la nobleza. Esa es una de las razones por las que estoy aquí ahora: para ayudarla a cumplir al menos algunos de sus propios deseos. Estoy segura de que, si el Príncipe es tan digno como dices, no está exactamente entusiasmado con todo este calvario del matrimonio forzado, a menos, por supuesto, que esté enamorado de una de las candidatas. Personalmente, nunca podría casarme con alguien sin amarlo.
—No tienes idea de cuánto odia todo esto —aseguró Adrien, su voz tranquila y tensa mientras continuaba mirando hacia un costado—. Si fuera por él, esperaría hasta enamorarse de alguien por su propia cuenta, pero... las tradiciones y su padre no están para nada interesados en lo que el Príncipe quiere.
—Pobre chico —Marinette se hizo eco de sus palabras.
Adrien permaneció en silencio por unos momentos, luego miró a Marinette y sonrió.
—Bueno, no hay nada que podamos hacer, así que no nos preocupemos por eso. Ya está acostumbrado, de todos modos. No es que esta sea la primera vez que tenga que dejar a un lado sus propios deseos por el bien de nuestro país y sus tradiciones. Tiene que pagar por el privilegio de nacer príncipe, ¿no?
Adrien se arrepintió de sus palabras en el instante en que se le escaparon de los labios, porque los ojos de Marinette de repente estallaron de ira.
—¿Es en serio? —espetó—. ¡No lo puedo creer! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo puedes ver a tu amigo sacrificar su vida y su felicidad en beneficio de tradiciones estúpidas y obsoletas que a nadie más que al Rey le preocupan? Porque déjame decirte: a la gente de este reino no le importa con quién se case el Príncipe. ¿"Por el bien de nuestro país"? ¿De qué estas hablando?
—Marinette —Adrien trató de calmarla, pero ella continuó con más fervor del que le había visto alguna vez.
—¿Cómo puede parecerte bien verlo aceptar a pasar el resto de su vida con una persona que no ama en contra de sus propios deseos? ¡Es horrible! Si él lo odia, alguien debería hacer algo al respecto. Eres cercano a él. Dile que luche por su felicidad. Ya no estamos en la Edad Media. ¡Los tiempos han cambiado y esas estúpidas tradiciones también deberían hacerlo!
—No es tan fácil como crees —gruñó Adrien, bajando la mirada—. ¿No crees que trató de luchar? Lo hizo. Y no sólo una vez, pero nunca consiguió nada. Es imposible, Marinette. Y es demasiado tarde ahora, de todas maneras.
—No hay nada imposible en este mundo —contradijo Marinette—. Y nunca es demasiado tarde, Adrien. Esto no se acaba hasta que se acaba. Dile eso. Dile que tiene que pelear hasta el final si no quiere esto.
Adrien miró a Marinette. Sus ojos ardían con el fuego de la determinación y la justicia. Apartando la mirada, se mordió el labio. Alguna vez había luchado. Alguna vez también pensó que podría cambiar algo. Él también había tenido esperanzas.
Ahora, Adrien conocía mejor cuáles eran las implicancias de ser heredero del trono, pero aun así era agradable ver que Marinette se preocupaba tanto por el príncipe, alguien que ella nunca había conocido. Era tan maravillosa.
—Se lo diré. —Adrien le dedicó una sonrisa agridulce—. No puedo prometer que hará algo al respecto, pero me aseguraré de que escuche lo que acabas de decir.
—¿Lo prometes?
—Si.
—Pero no le digas que fui yo quien lo dijo.
—No le diré nada —prometió Adrien—. Sin embargo, estoy seguro de que rápidamente lo descubrirá por sí mismo cuando se conozcan. Aquí no hay muchas ladies, por no decir ninguna, que pudieran decirle ese tipo de cosas, excepto tú.
—Me aseguraré de encajar y pasar desapercibida —se rio entre dientes—. Tengo la misión de que no se fije en mí, así que no te preocupes, mantendré la boca cerrada y mis opiniones a salvo en mi cabeza.
Adrien se rio disimuladamente, cuando el sonido de las campanas en la lejanía anunció la llegada de la medianoche.
—Esa es nuestra señal. —Dio un paso atrás y se inclinó—. Fue un gran placer, mi Lady. Permíteme ahora acompañarte de regreso a tu habitación.
Marinette hizo una reverencia.
—¿Crees que estoy lista?
—Todavía no —respondió Adrien—. Pero tienes un comienzo sólido. Unas pocas sesiones de práctica más y nadie se atrevería a sospechar que no te has pasado bailando todos los días de tu vida.
—Sólo me quedan unos pocos días —se lamentó Marinette.
—No te preocupes. —Adrien colocó una mano en su hombro—. Prometí ayudarte, y lo haré. Practicaremos todas las noches que restan hasta el baile.
—¿Estás seguro de que no te importaría? Porque yo necesito de alguien que me enseñe y tú eres mejor que Alya.
—No me importaría en lo más mínimo —aseguró Adrien.
—Gracias —sonrió Marinette—. Eres el mejor amigo que he tenido.
Adrien le devolvió la sonrisa.
—Eso es realmente un gran halago, Marinette. Gracias. Y para que lo sepas, tú también eres una de mis mejores amigas, rivalizando sólo con Nino. Ahora... —tomó su mano y le dio un suave apretón— volvamos a tu habitación antes de que alguien note que te he secuestrado.
Gabriel odiaba las migrañas. No sólo interferían con su trabajo, sino que también hacían imposible vivir en una de las casas más ruidosas del reino. Tener una particularmente desagradable, cuando su castillo acogía a un gran número de potenciales novias para su hijo y a sus sirvientes, era una auténtica pesadilla. Especialmente, porque el primer baile llegaría en pocos días y exigía la asistencia del Rey.
Para restablecerse lo antes posible, Gabriel se encerró en su cuarto, pero eso no le sirvió de mucha ayuda, ya que el molesto murmullo de innumerables personas atravesaba las puertas y ventanas de su recámara, haciendo su existencia más que miserable; mientras sus sienes palpitaban del dolor, que se volvía más y más intenso con cada segundo que pasaba.
Al final del día, desesperado por alivio, Gabriel ordenó a su asistente personal que le preparara una habitación en el rincón más alejado del castillo, que restringiera todas las actividades y todos los guardias en esa área y mantuviera en secreto su paradero, para que nadie pudiera molestarlo hasta que se recupere. Esa parecía ser la manera perfecta de obtener finalmente la paz y la tranquilidad que tanto anhelaba.
Los fantasmas, sin embargo, parecían estar en desacuerdo con él, mientras charlaban, se reían y paseaban por los pasillos todas las noches. En principio, Gabriel no tenía idea de que su castillo albergaba fantasmas, pero podrían haber sido sus propios defectos, ya que esta era la primera vez que ocupaba una habitación en esta zona particular del castillo. De hecho, nadie había estado durmiendo allí durante al menos una década. Con el fallecimiento de su amada Reina, el número de invitados y bailes en el castillo disminuyeron significativamente, e incluso cuando la gente se quedaba como huésped, la parte principal del castillo tenía dormitorios más que suficientes para alojarlos a todos.
¿Acaso los ruidos molestos con los que los fantasmas lo torturaban durante unas cuantas horas cada noche, eran una especie de venganza por nunca antes haberlos honrado con su presencia real? Gabriel no lo sabía, pero cuando comenzaron a rondar por tercera noche consecutiva, ya había tenido suficiente. Levantándose de su cama, se puso rápidamente una bata y salió al pasillo.
—Quédense aquí —les ordenó a los guardias de pie frente a su puerta—. Necesito caminar un poco, a solas.
Sin embargo, lo que realmente necesitaba era decirle personalmente a esos fantasmas que se tranquilizaran porque, ¡en serio! ¡Suficiente era suficiente! El baile era mañana, y no estaba ni cerca de sentirse lo suficientemente bien como para asistir.
Para su sorpresa, Gabriel ya no pudo escuchar los sonidos una vez que echó a andar por el pasillo, haciéndole dudar de su cordura por un momento. Luego, recordó que el dormitorio que ocupaba tenía una habitación conjunta, que llevaba a un balcón con vista al Salón de Cristal. Se dio la vuelta y se deslizó silenciosamente en el mencionado cuarto, saliendo a dicho balcón sólo para retroceder instantáneamente hacia las sombras de las cortinas, porque esos no eran fantasmas danzando al ritmo del vals alrededor del salón de baile.
—Elegancia y fluidez, Marinette —escuchó decir al hombre. Un guardia, considerando la máscara en su rostro—. Todo está en la gracia del movimiento. Relájate; de lo contrario, seguirás equivocándote y echando todo a perder.
—Genial. —La chica, "Marinette", contestó con sarcasmo—. Gracia y elegancia es exactamente lo que tengo de sobra. Sabes que me tropiezo como por arte de magia todo el tiempo. No puedo hacerlo.
—Sí, tú puedes. Intentémoslo otra vez—. El hombre, cuya voz le sonaba muy familiar, caminó hacia la muchacha y la tomó entre sus brazos, preparados para bailar. La pareja giraba alrededor de la habitación en un vals silencioso, con el hombre contando en voz baja. No lo hacían mal. Bailaban muy bonito, de hecho, hasta que algo sucedió y la pareja cayó al piso. El hombre se giró en el aire, por lo que la chica aterrizó sobre su pecho en lugar de al revés.
—Lo siento mucho. —Gabriel la escuchó decir—. ¿Estás bien, Adrien?
Los ojos de Gabriel se abrieron como platos.
¿Adrien? ¿Como su hijo Adrien? No era de extrañar que la voz le sonara tan familiar.
Enseguida, Adrien soltó una risita divertida, seguida de algo que Gabriel no pudo distinguir, pero la muchacha se echó hacia atrás y se sentó, cruzando los brazos sobre el pecho y dándole la espalda a su hijo. Adrien se levantó bruscamente y lanzó sus brazos alrededor de la cintura de la chica, arrastrándola a un abrazo mientras continuaba riéndose.
Gabriel se quedó atónito ante la escena. ¿Dónde estaban los modales de su hijo? ¿Dónde estaban sus valores morales e ideales? Ahí estaba, el heredero del trono, en medio de un salón de baile a medianoche, retozando con alguna muchacha y todo sin supervisión. ¡Totalmente escandaloso! Así no se comportaba la realeza. ¡Así no era como cualquier hijo suyo debería siquiera pensar en comportarse!
La chica parecía estar de acuerdo con Gabriel, ya que se desenredó de su pegajoso hijo con un resoplido y se puso de pie.
—Llévame de vuelta a mi habitación —exigió—. Es mejor fingir una enfermedad y no asistir al baile que avergonzarme a mí misma.
Gabriel se calmó. ¿Entonces la chica fue invitada al baile? ¿Tal vez, era una de las posibles novias?
—Lamento decepcionarte, mi Lady, pero no hay forma de que Nathalie te permita hacer eso.
Gabriel arqueó una ceja. ¿Mi Lady?
Su hijo permaneció callado por un momento, luego se paró al lado de la quejosa chica.
—¿Confías en mí, Marinette?
Hubo una pausa.
—Sabes que sí —respondió ella en voz baja—. ¿Por qué sigues preguntando?
—¿Confías en mí para guiarte a través de este baile? ¿Confías en mí lo suficiente como para seguirme, en lugar de intentar recordar tus propios movimientos?
La muchacha pensó por un breve instante antes de asentir en silencio.
Gabriel frunció el ceño. ¿Adrien estaba ayudando a esta Marinette a practicar su baile? Porque claramente se veía así. Las palabras de Nathalie, sobre una de las novias potenciales con deficiente formación, le vinieron a la mente. ¿Podría ser ella? Necesitaba vigilar a esa chica. Principalmente porque ella, de alguna manera, parecía ser muy cercana a su hijo.
—Está bien, entonces intentemos esto una vez más —dijo Adrien—. Esta vez, sin embargo, solo mírame y déjame llevarte, ¿sí?
Por un instante, Gabriel consideró salir y detener lo que sea que fuera eso, pero algo en el ambiente había cambiado al observar a la pareja, dándole una oportunidad más. Esto estaba muy lejos del baile anterior. Éste parecía elegante y sin esfuerzo mientras Adrien guiaba a Marinette alrededor de la sala, ambos mirándose a los ojos en lugar de que ella mirara sus pies, como lo había hecho antes.
Después de dar una vuelta por el salón, Adrien se detuvo y se inclinó.
—Lo hiciste increíblemente —alabó él—. Te dije que podías hacerlo.
La chica hizo una reverencia.
—Todo es gracias a ti. Dudo que pueda repetirlo con alguien más.
—Confía en mí —respondió Adrien—. Si puedes hacer esto conmigo, serás capaz de bailar con cualquiera sin esfuerzo. Sólo recuerda confiar en tu pareja y dejar que te guíe a través del baile.
Gabriel arrugó la frente ante la extraña frase. Sonaba como si él le estuviera enseñando a bailar, en vez de ayudarla a pulir sus habilidades.
—Lo haré —dijo la chica, con una clara sonrisa en su tono de voz—. Gracias de nuevo, Adrien. ¿Nos podemos ir ya? El baile es mañana, y me vendría bien dormir unas horas más. Alya comienza a sospechar algo, ya que de pronto siempre tengo sueño estos últimos días.
—Dímelo a mi —se rio Adrien—. Nino no me ha dejado solo en todo el día. Es bueno que ya no tengamos que continuar con esto, porque no puedo garantizar que pueda escapar de él por mucho más tiempo.
Gabriel arqueó una ceja. ¿Qué era lo que estaba haciendo Adrien que implicaba escabullirse de ese chico Nino? Por lo general, se escapaban los dos juntos.
—Bueno, estoy muy agradecida por tu coraje y valentía y por todos los riesgos que asumiste en tu misión de ayudarme. —La muchacha hizo una reverencia una vez más—. Incluso te dejaré reclamar una recompensa de tu elección, siempre que pueda pasar este baile sin ningún contratiempo.
—Oh, ¿en serio? —dijo Adrien, su tono había sonado demasiado sugestivo como para ser considerado apropiado—. Lo tendré en mente. —Añadió algo en voz baja y tomó a Marinette de la mano, llevándosela de allí.
Gabriel regresó a su cuarto, descubriendo para su sorpresa que su migraña se había esfumado. Eso fue inesperado. Como también lo fue ver a su hijo enseñando a una dama a bailar el vals en medio de la noche y bajo ninguna supervisión. ¿Cómo diablos había pensado siquiera en hacer algo tan escandaloso, y por qué la joven permitía que su hijo fuera tan indecente? ¿Dónde estaban su orgullo y dignidad como dama de la nobleza? Tendría que vigilarlos a ambos para evitar cualquier potencial desastre…
De repente, lo asaltó un pensamiento, paralizándolo en su cama. ¿Tal vez esta era la forma de Adrien de conocer mejor a las muchachas antes de que tuviera que elegir una de ellas? Su hijo era muy inflexible sobre ese aspecto, así que... ¿podría ser posible que estuviera escabulléndose con cada una de ellas por separado para conocerse mejor, y Gabriel había descubierto sólo una de sus múltiples escapadas?
El hombre frunció el ceño. Eso no serviría. Esa no era la forma en que su hijo debía comportarse. Si Adrien quería pasar un tiempo a solas con sus posibles novias, entonces debería haber preguntado. Gabriel no era un monstruo; él organizaría eso para su hijo. De hecho, lo dispondría sin que Adrien se lo pidiera, comenzando el día después del baile. Su hijo tendría tiempo programado con cada una de las ladies pero en público, donde los guardias puedan acompañarlos. De la forma en que debería hacerse, no lo que fuera que Adrien estaba haciendo por su cuenta.
(*) Nota:
El juego de palabras que Adrien usa para que Marinette recuerde con qué pie empezar, no es exactamente el que leyeron, ya que en la frase que usó ChocoluckChipz en inglés no se puede traducir right como derecho. Así que lo que leyeron lo escribí yo ;D Espero se haya entendido igual el punto y no haberlo arruinado.
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¡Gracias por leer! Un beso.
