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A Bride for The Prince

(Español)

CAPÍTULO 7

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Marinette estaba muy nerviosa. Y eso era decir poco. La noche del baile había llegado, lo que significaba que debía bailar con el príncipe.

El príncipe.

¿Dónde estaba Adrien? Alya había hecho todo lo posible para tranquilizarla, pero lo único que Marinette quería, era escuchar de Adrien que ella estaría bien. Que la noche no sería un desastre. Que el príncipe no la descubriría de inmediato, ni la enviaría a la horca.

Respiró hondo. Tenía que calmarse, o ni siquiera llegaría a conocer al príncipe, antes de que las otras chicas se dieran cuenta de quien era ella primero.

En comparación con ellas, Marinette sentía que no les llegaba ni a los talones. Sus rostros estaban finamente pincelados con los mejores maquillajes. Sus vestidos eran deslumbrantes, y sus siluetas, adornadas con las más finas joyas. Marinette se sentía inadecuada. Mylène había tenido la amabilidad de prestarle algunas joyas, pero nada tan llamativo y extravagante como las que lucían las otras ladies. Un sencillo collar y un par de aretes a lunares rojos y negros.

Su vestido era rosado y bastante simple en comparación con las otras damas, pero a Marinette le gustaba mucho. Había trabajado duro para confeccionarlo, y fácilmente era la cosa más hermosa que había usado en su vida.

Cuando Mylène decidió que quería seguir adelante con el plan de Marinette de tomar su lugar en el palacio, había pedido de inmediato la tela para que ella se hiciera un vestido. Le había llevado dos semanas y la ayuda de unos pocos sirvientes, pero al final, Marinette tenía un vestido que, según ella creía, sería apropiado para una princesa. Las capas de tela por debajo le proporcionaban una falda voluminosa, y las grandes cintas, que pretendían ser mangas, colgaban de sus hombros. Mylène había insistido en ese estilo diciendo que le quedaría muy bien.

Marinette había sentido, en una ocasión, que un vestido así la haría destacar. Pero con tantas otras chicas con vestidos y joyas el doble de llamativas que lo que ella llevaba puesto, ahora lo sentía bastante poco e insuficiente.

A pesar de todo, sí había una cosa que todas tenían en común: llevaban una banda verde y violeta que colgaba sobre sus hombros, y estaban prendidas a la cintura con pines dorados que ostentaban el emblema del reino. Alya le había dicho a Marinette que era para distinguir a todas las novias potenciales del príncipe del resto de la multitud.

Todas ellas caminaron juntas hasta el Salón de Cristal donde, según había notado Marinette, había muchas más personas de las que esperaba. Su corazón se aceleró una vez más. Había tanta gente, tantos nobles, y no estaba completamente segura de cómo comportarse adecuadamente en un entorno así.

Nunca antes se había sentido tan sola como en medio de esa enorme multitud.

—Parece bastante perdida.

Sorprendida, Marinette se giró hacia la voz, viendo a un hombre alto y delgado con su cabello castaño recogido en una pequeña coleta. Aunque nerviosa, le mostró al hombre una sonrisa cortés.

—Un poco —respondió tímidamente—. Digamos que las fiestas grandes no son mi pasatiempo favorito.

El hombre frunció el ceño.

—¿Una mujer hermosa como usted? ¿Como puede ser? Estoy seguro que ha sido el centro de atención de muchos otros bailes—. Su voz era suave y sus palabras rodaban fácilmente de su lengua.

—Apenas. —Marinette sonrió, aunque su corazón se aceleraba por los nervios.

—Lo dudo seriamente, Lady... —se pausó, claramente en busca de un nombre.

—Bug —terminó ella—. Lady Bug.

—Bueno, Ladybug, es un honor conocerla —dijo él, con una profunda reverencia—. Soy el Duque Barbot.

Marinette contuvo el aliento. Ella estaba hablando con un duque.

«Que el cielo me ampare. Es sólo un rango por debajo del mismísimo príncipe. »

—Es un placer conocerlo —contestó con una reverencia.

—Créame, Milady, el placer es todo mío.

La sonrisa de Marinette era tensa. Las palabras del duque se sentían demasiado suaves, y su sonrisa la estaba inquietando.

—Veo que pertenece al grupo de señoritas entre las que el príncipe escogerá una novia.

Marinette apretó su banda con una mano, aunque le resultó difícil no juguetear nerviosamente con la tela.

—Así es.

—¡Qué gran honor!

—Lo es.

—¿Qué piensa del príncipe hasta ahora? —preguntó el duque—. Seguramente debe encontrarlo un tanto peculiar con esa máscara. Se rumorea que tuvo un terrible accidente y que ahora no está bien de la cabeza.

Marinette frunció el ceño.

—He escuchado otra cosa —contradijo—. Con seguridad, no está loco. Excéntrico, sí, pero no loco.

El Duque Barbot levantó una ceja, su sonrisa se desvaneció por un momento, como si estuviera realmente sorprendido por sus palabras.

Ella se arrepintió instantáneamente de haber abierto la boca.

—¿Ya ha entregado su primer baile? —preguntó, volviendo a colocar la sonrisa en su rostro.

Por mucho que quisiera decir "sí", ella no pudo mentir.

—No. No lo he hecho.

—Entonces, ¿puedo ser el primero, Milady, en bailar con usted?

¿Qué podría decir ella? ¿No? Pero entonces, si la pillaba pretendiendo ser invisible, observando desde lejos sin mezclarse entre la multitud, eso sólo podría causarle más problemas, ¿no? Él regresaría y le preguntaría de nuevo, sin dudas.

—Puede. —Ella se arrepintió al instante, pero ya no hubo marcha atrás.

—Se lo agradezco, Milady —ronroneó el duque—. Es todo un honor.

La melodía que había estado sonando llegó a su fin, por ende, el Duque Barbot extendió su brazo para que ella lo tomara. Ella lo hizo, con vacilación.

Cuando encontraron un lugar en la pista de baile, Barbot la atrajo hacia su cuerpo. Al instante, su corazón se aceleró, pidiendo ayuda a gritos. Ella estaba tan cerca de él. Demasiado cerca. Su brazo estaba alrededor de su cintura y ella descansaba el suyo sobre su hombro, una posición aparentemente íntima con un perfecto desconocido.

Respiró hondo, esperando calmar sus nervios, rogando internamente que el baile terminara lo más rápido posible.

La música comenzó y las palabras de Adrien resonaron en su cabeza.

«Derecha y atrás» se repetía a sí misma. «Derecha y atrás».

A medida que la canción avanzaba, su confianza iba en aumento. No le había pisado los pies, ni estaba dando ningún gran paso en falso. Ella seguía su ritmo, tal como Adrien le había enseñado a hacerlo.

—Estoy impresionado con sus habilidades, Lady Bug —comenzó el duque.

—Se lo agradezco —le contestó.

—Debo decir, has cambiado bastante desde la última vez que te vi.

Ella se puso tensa, causando que diera un paso en falso y pisara el dedo de su pie.

—Lo siento —balbuceó rápidamente, antes de intentar mantener bajo control los acelerados latidos de su corazón.

—Un poco más torpe, también, al parecer.

Su mente se quedó en blanco. Él lo sabía. Lo sabía, ¿no? Y allí estaba ella, en sus brazos, incapaz de escapar.

—Recuerdo que su cabello rubio era bastante hermoso.

Marinette tragó saliva, el miedo se apoderaba de ella. No se atrevía a mirarlo a los ojos y, en cambio, desvió la mirada hacia un costado, por encima de su hombro.

No obstante, ella sintió sus labios cerca de su oído, y no quiso nada más que desmayarse en el acto.

—¿Y no era más baja, de estructura más robusta, como su difunta madre?

El aire abandonó sus pulmones. «Oh, no

—Entonces, Lady Bug —canturreó, torciendo la sonrisa—. ¿Quién eres?

Ella no quiso responder. No supo cómo responder. Tenía la boca seca y estaba aterrorizada. Era su peor pesadilla hecha realidad.

—Soy Lady Bug —apenas pudo decir.

El duque afianzó el agarre de su brazo alrededor de su cintura, mientras se reía entre dientes.

—Oh, querida —su voz repentinamente sonaba casi siniestra, lo que le provocó un nudo en el estómago—. Eres una terrible mentirosa.

«¡No!» gritó mentalmente. «No, no puede ser

—Es tan claro como el agua que estás aquí para engañar al príncipe y lograr que se case contigo, ¿no? Y es por eso que volveré a preguntar: ¿quién eres?

La música llegó a su fin, y por suerte, él le soltó la cintura, pero mantenía su mano apretada con firmeza. Ella todavía no era libre.

—Disculpe. —se escuchó una firme voz a su espalda.

El corazón de Marinette dio un vuelco. Esa voz sonaba como Adrien. Ella se giró, esperando encontrarse con él y rogarle que la rescatarla.

En cambio, ella se encontró cara a cara con el príncipe mismo, con una máscara tan blanca como su traje cubriendo la mitad superior de su rostro.

—¿Qué está sucediendo aquí?

—No le gustaría saber, mi príncipe —dijo Théo con una sonrisa.

La expresión del príncipe se mantuvo estoica. Incluso, tensa.

—Me gustaría. ¿Le importaría explicarse?

La sonrisa burlona de Théo se desdibujó momentáneamente.

—Bien, Su Alteza —dijo, forzando nuevamente su sonrisa—. Tengo una información sumamente interesante, solo para usted.

—A menos que se refiera al motivo de por qué está actuando inapropiadamente con esta joven doncella, no me importa escucharla.

La multitud alrededor de ellos estaba sorpresivamente silenciosa. Marinette sintió todas las miradas posarse sobre ella, y no deseaba nada más que morir de vergüenza en el acto.

—Su Excelencia —dijo el príncipe, con voz firme y demandante—. ¿Por qué aún no suelta la mano de esta dama?

Théo miró al príncipe y luego, a regañadientes, liberó la mano de Marinette.

Ella, ahora libre, dio un par de pasos hacia atrás, aunque se sintió incapaz de escapar con la cantidad de ojos sobre ella.

El príncipe interpretó sus acciones, frunciendo aún más el ceño a medida que se volvía hacia Théo.

—Una mujer normal no actuaría de esa manera. A menos que... la haya hecho sentir profundamente incómoda.

—No he hecho tal cosa —argumentó Théo.

El príncipe levantó la barbilla. Incluso con la máscara, Marinette podía decir que su mirada fija era intimidante.

—¿Por qué mejor no lo hablamos en privado, Théo?

Un murmullo se levantó entre la multitud, probablemente por el inapropiado y, más aún, descarado uso del príncipe del nombre de pila del Duque Barbot.

Théo abandonó todo acto de cortesía cuando dejó que un ceño fruncido se apoderara de sus facciones.

—Por supuesto, mi príncipe.

Juntos, los dos hombres emprendieron la marcha. La muchedumbre de invitados se apartó para darles paso, por lo que Marinette fue capaz de ver a ambos hombres caminar hacia las puertas principales y salir completamente del salón de baile. En el momento en que la puerta se cerró detrás de ellos, un murmullo ensordecedor arrasó por toda la estancia. Y una vez más, Marinette sintió todas las miradas puestas encima de ella.

Tan rápido como pudo, encontró un hueco donde esconderse. Pero la música nunca se reiniciaba, y la gente hablaba cada vez más alto, poniéndola aún más nerviosa, si eso era posible.

Hasta que un sonoro y rotundo aplauso llamó la atención de todos. Marinette levantó la vista hacia el balcón, sólo para ver al Rey Gabriel, de pie delante de los músicos.

—Atención a todos —pronunció, con voz imponente—. Esta noche es un baile en honor a mi hijo, que pronto elegirá una esposa. Que la fiesta continúe.

Aquello se había escuchado como una amenaza, y Marinette sintió que podía desmayarse en cualquier momento. Sin embargo, la música pronto comenzó de nuevo y el bullicio fue disminuyendo. A mitad de la canción, era como si el incidente nunca hubiese ocurrido.

La interpretación de los músicos llegó a su fin y la gente aplaudió. Marinette aún no se había movido de su sitio. Y tampoco pudo, cuando vio al príncipe acercándose hacia ella.

—Lady Bug, ¿no es así?

Marinette hizo una reverencia.

—Sí, Su Alte...

—Levántese —le ordenó.

Ella se enderezó al instante.

—Ha tenido una noche agitada, y apenas ha comenzado —observó, tendiéndole una mano —. Compláceme con un baile, antes de que usted... —se acercó y bajó la voz—, se sienta débil de repente y deba ser acompañada a su habitación por el resto de la noche.

Le tomó unos segundos, pero se dio cuenta de que él le estaba dando una oportunidad de escape. Una escapatoria de la fiesta, el cotilleo y la excesiva atención. Ella suspiró profundamente aliviada, sus rodillas casi flaqueando.

—Su Alteza, estaré en deuda con usted.

Él sonrió.

—No piense en ello.

Ella tomó su mano y permitió que la llevara a la pista de baile. Con sumo cuidado, la guió hasta adoptar la postura inicial, afianzando su agarre. Contrariamente a sus preocupaciones, no se asemejaba en nada con estar en los brazos de Théo. Ella, por el contrario, se encontró sorprendentemente cómoda. La mano del príncipe se depositaba firme sobre su espalda, y aunque sostenía su mano con fuerza, ella sintió seguridad en el gesto, y no un aprisionamiento. Si cerraba los ojos, casi podía imaginar a Adrien siendo quien la sostenía.

La música comenzó, y a Marinette pronto le resultó fácil bailar siguiéndole el ritmo. Se sentía tan natural, como si estuviera sola en medio de la noche, con Adrien guiándola por el salón de baile vacío. Por un momento, se perdió en los recuerdos, y eso posibilitó que continuar la danza fuera más fácil.

La canción llegó a su fin, y las parejas de baile se inclinaron unas a otras, en un gesto de mutua reverencia.

—Ahora —susurró Adrien—, finja estar agotada y...

Ni siquiera llegó a terminar esa oración, porque Marinette descubrió que no podía levantarse de su reverencia y, en vez de eso, cayó de rodillas. El peso de todo lo acontecido estaba cayendo sobre sus espaldas. De como fue casi desenmascarada, siendo salvada por el príncipe, quien pensó que era Adrien; y luego bailar una pieza completa con el mencionado príncipe, creyendo nuevamente que era Adrien.

Era demasiado para manejar.

El murmullo de la gente comenzó otra vez, pero Marinette ya no oyó el estruendo en sus oídos.

—Milady —el príncipe habló en voz baja, ofreciéndole sus manos para levantarla—. Yo diría que debería ser disculpada por el resto de la noche.

—Se lo agradecería —respondió débilmente, asiendo sus manos y dejando que él la ayudara a ponerse de pie. Con sumo cuidado, él entrelazó su brazo con el suyo y la guió hacia las puertas de salida.

—Voy a escoltarla para que tome un poco de aire —les comunicó a los guardias—. Está abrumada por el amontonamiento aquí dentro.

—Sí, Su Alteza —dijeron los guardias, abriéndoles las puertas y dejándolos pasar.

Marinette se sentía mareada, como si el mundo estuviera girando vertiginosamente y nunca se detuviera. Incluso cuando la sacó al aire nocturno, la fría brisa fue solo otra sacudida para su organismo. Apretó el agarre en su brazo, sintiendo que él era lo único que la mantenía de pie en ese momento.

—¿Se siente débil? —preguntó el príncipe, con clara preocupación en su voz.

—Yo... —Ella no supo cómo responder.

Y luego tropezó con las capas de su vestido.

En un breve instante, se sintió arrastrada antes de que pudiera tocar el suelo, y le tomó un tiempo darse cuenta de que ahora se encontraba cargada en los brazos del príncipe.

Ella no se opuso, sino que dejó que sus ojos se cerraran, apoyando la cabeza sobre su hombro. A dónde la estaba llevando, ella no lo sabía, pero estaba abrumada y asustada, quería esconderse en un rincón y llorar. Si fuese Adrien, no perdería el tiempo para sollozar en su camisa. Pero se trataba del príncipe, por lo que se mordería el labio y mantendría la compostura.

Marinette sintió que él se detenía y la cambiaba de posición en sus brazos. Abrió los ojos, y contempló el contorno iluminado por la luna de lo que parecía ser un banco, en el que él la depositaba con suma delicadeza.

—Lo siento mucho —musitó, con voz débil—. Estoy siendo toda una carga...

No pudo seguir disculpándose, porque fue detenida por el príncipe, en el momento en que este presionó un dedo sobre sus labios.

—No es una carga —dijo, antes de sentarse a su lado—. Ahora descanse.

Ella no estaba segura de que pudiera hacerlo.

—Deberíamos seguir caminando. Estoy... estoy bien.

—Mentirosa.

Marinette bajó la cabeza y cerró los ojos, avergonzada.

Gentilmente, él la atrajo más cerca suyo para que ella pudiera recostarse sobre su hombro.

—Descanse —le repitió, su voz melodiosa y amable—. Tómese todo el tiempo que necesite. Francamente, mientras más tiempo permanezca con usted, menos tendré que permanecer en el baile.

Marinette frunció el ceño, las palabras de Adrien volvieron a su mente. Acerca del príncipe y su renuencia a seguir adelante con toda esta situación, pero siendo forzado a continuar de todos modos.

—¿No se está divirtiendo, Su Alteza?

—No lo creo —gruñó—. Y esta noche ya ha ido peor de lo esperado.

—Lo sien...

—No se disculpe.

Ella cerró la boca.

—Tómese tanto tiempo como necesite —murmuró el príncipe, con voz gentil—. No tengo ninguna prisa.

—Pero, esto es inapropiado —se dio cuenta, comenzando a alejarse de él. A pesar de que estaban ocultos en una glorieta, tan cubierta de flores que bloqueaban la visión en su mayoría, aún podrían encontrarse en serios problemas si llegaran a ser descubiertos.

—No me importa —sentenció—. Apenas es capaz de mantenerte en pie, y eso es mi culpa, por no haber echado al Duque Barbot del palacio antes de que siquiera colocara un pie dentro.

—¿Qué quiere decir? —se extrañó Marinette

El príncipe frunció el ceño. Una expresión de enojo se asomó repentinamente en su semblante.

—Para ser honesto, esta no es la primera vez que el Duque Barbot ha causado un alboroto en una fiesta. Si fuera por mí, él nunca sería invitado, pero mi padre siempre insiste.

—Oh —murmuró Marinette con voz apenas audible.

—No tema —dijo el príncipe, tomando una de sus manos entre las suyas y dándole un delicado apretón—. Lo excusé de la fiesta y le advertí que se mantuviera alejado de usted. Si no quiere escuchar, por favor avíseme de inmediato.

—Por supuesto —Marinette asintió, a pesar de que su corazón dio un brinco ante la idea de acercarse potencialmente al príncipe, si alguna vez volviera a cruzarse con el Duque Barbot.

Se quedaron en silencio por un rato. Marinette se concentraba en respirar, suplicándose a sí misma no perder la compostura frente al príncipe. Su corazón latía fuertemente por los nervios. Ella estaba en peligro, eso era todo lo que sabía. El príncipe descubriría la verdad pronto, si es que ya no la sabía. Y eso era casi suficiente para que considerara huir y esperar que nadie nunca pensara en buscarla.

—¿Se siente mejor? —el príncipe finalmente preguntó, sacándola de su ensueño.

—Oh. —Ella asintió frenéticamente, forzando una sonrisa—. Sí. Mucho mejor.

Él frunció el ceño.

—Lo dudo.

—De verdad —sostuvo ella—. Estoy bien, solo perdida en mis pensamientos.

—¿Qué tipo de pensamientos?

Marinette se mordió el labio, lamentando al instante su incapacidad para mantener la boca cerrada.

—Bueno... —comenzó, buscando una excusa para darle—. Si... si no está disfrutando el baile, entonces puedo fingir que estoy enferma durante un rato más.

El príncipe sonrió ampliamente. Era una sonrisa encantadora, comprendió. Amable, ladeada y genuina.

—Solo aceptaría su oferta, si supiera que no le afectaría negativamente. Debería descansar en su habitación el resto de la noche, no aquí, conmigo.

—Oh —dijo ella, bajando la mirada hacia su regazo.

—Mmm... —murmuró él, sin dejar de sonreírle, extendiendo la mano para tomar la de ella, lo que provocó que Marinette enrojeciera furiosamente. Con un poco de suerte, la tenue luz ocultaría el rubor de sus mejillas—. Es demasiado bondadosa con un sujeto extraño bajo una máscara —comentó, con un toque de diversión en su voz. Ella se encogió de hombros, insegura de cómo responder—. Especialmente con uno tildado de "excéntrico".

—Puede ser excéntrico y aun también amable —replicó ella.

De nuevo, él dejó escapar un murmullo de satisfacción con los labios cerrados, ensanchando su sonrisa presumida. Soltó la mano de Marinette, la cual quedó descansando nuevamente en su regazo, y en su lugar tomó el collar en su cuello, examinando el colgante antes de apartarle el cabello de las orejas.

El sonrojo de Marinette se extendió desde sus mejillas hasta su pecho, el corazón le iba a estallar a ese paso. Y estaba segura de que la ráfaga de vergüenza causada por el suave roce del pulgar del príncipe sobre sus aretes, provocó que ese sonrojo se oscureciera aún más.

—Usa joyas bastante sencillas —comentó.

Su corazón dio otro vuelco y encontró que era difícil respirar. Él sospechaba algo, ¿no? Théo tuvo que habérselo dicho, y ahora la estaba poniendo a prueba.

—Yo... —tragó saliva. «No lo arruines, Marinette. ¡Tu vida depende de ello!», pensó, y finalmente dijo—: No me gusta el peso de las joyas ostentosas.

El silencio pareció extenderse por toda una eternidad, aunque probablemente hayan sido solo unos segundos.

—Le quedan bien.

Adrien se puso de pie, alejándose unos pasos para mirar el frente de la glorieta, dejándola hecha un desastre. Su corazón tamborileaba, sus oídos rugían, su estómago se retorcía y su cabeza se sentía aturdida una vez más. Ella cerró los ojos mientras se recostaba contra el banco, esperando que eso la ayudara a calmarse más rápidamente.

Después de un rato, sintió que el príncipe regresaba a su lado, y volvió a abrir los ojos.

—¿Se siente mejor? —le preguntó. Ella asintió—. Bueno, entonces... —añadió, extendiéndole una mano—. Voy a llevarla a su habitación, ¿de acuerdo?

Ella no ofrecería ninguna resistencia. Cuanto antes regresara a su cuarto, más pronto se alejaría de él, por lo que ya no podría cometer más errores. Ella tomó su mano extendida y él la apretó con delicadeza, como si estuviera sosteniendo algo muy valioso, ayudándola a ponerse de pie. Marinette se sintió rara, sobre todo porque su agarre era cálido y seguro. Ahora que lo pensaba, era incluso extraño que no se sintiera cómoda con el Duque Barbot en un salón lleno de gente, pero que nunca se hubiera sentido ni una sola vez en peligro, estando sola con el príncipe.

Con cuidado, él envolvió su mano sobre su codo, antes de escoltarla fuera de la glorieta y a través del jardín. Su caminata se llevó a cabo en completo silencio, y en poco tiempo, Marinette estaba parada frente a su puerta.

—Gracias, mi príncipe —dijo, deslizando la mano de su codo para poder hacer una adecuada reverencia.

—Descansa bien —contestó, inclinándose como respuesta—. Odiaría que se enfermara. —Con eso, se dio vuelta y se marchó por el pasillo, probablemente resignándose a su destino.

Con un poco de curiosidad en su interior, ella lo observaba alejarse. Era un hombre extraño, sin dudas. Aún así, había algo en él. Algo casi reconfortante y tranquilizador.

Pero podría detenerse a pensar en ello más tarde, cuando no sintiera que se desmayaría en cualquier momento. Después de todo, esa tenía que ser la única razón por la que su mente estaba considerando que, en efecto, pudiera verse a sí misma gustando de un príncipe.


Después de que Alya viniera a ayudarla a quitarse el vestido de gala, Marinette fue capaz de dormir un rato. Desafortunadamente, sólo había sido un sueño ligero que no le duró la noche entera.

La luna estaba en su apogeo, por lo que el amanecer aún estaba lejos. Pero ella simplemente no podía dormir. Así fue como se encontró envuelta en un chal ligero, apoyada contra la balaustrada del balcón mientras miraba la luna y las estrellas.

—¿Mi Lady?

La voz la sobresaltó, arrastrándola fuera de su somnolencia. Marinette miró hacia abajo, solo para ver a un guardia parado allí. Uno con mechones rubios…

—¿Adrien?

—¿Qué haces fuera tan tarde? —le preguntó, tan silenciosamente como pudo.

—No puedo dormir.

Él inclinó la cabeza, claramente suspirando.

—Dame un segundo. —Y con eso, desapareció a toda prisa de su vista.

Algunos minutos más tarde, un golpe sonó en su puerta. Ella rápidamente fue a abrirle.

—Entra —dijo, mirando hacia uno y otro lado del pasillo, antes de cerrar la puerta en silencio detrás suyo.

—Escuché lo que pasó —dijo Adrien, quitándose la máscara, permitiéndole ver bien su rostro—. Y lo siento mucho.

Ella le dedicó una sonrisa afligida, pero no pudo mantenerla por mucho tiempo.

—Creo que el príncipe lo sabe.

Adrien frunció el ceño.

—¿Qué te hace decir eso?

—Yo solo... él habló con Théo y Théo lo sabía y luego comenzó a mirar mis joyas y comentar lo sencillas que eran y sentí como si me estuviera poniendo a prueba y…

—¡Ey! —exclamó Adrien, poniendo sus manos sobre los hombros de Marinette para detener sus divagaciones—. Cálmate. Respira hondo. —Ella lo hizo. Y luego, por orden suya, volvió a inspirar profundo—. Todo va a estar bien —agregó, su voz tranquila y relajante—. Lo prometo. Hablaré con el príncipe y veré qué sabe o sospecha, y luego nosotros…

—¡No! —se lamentó Marinette, agarrándole ambos brazos y sorprendiéndolo en el proceso—. No. No puedes. No lo hagas. No quiero meterme en problemas. No puedo dejar que sospeche nada. Yo...

—Marinette —la interrumpió, más firme esta vez—. Marinette, cálmate. No va a pasar nada. Estarás bien. Respira un poco, cielo.

Marinette jadeaba rápida y ruidosamente, y su corazón galopaba como un caballo. Fue una lucha mantener su respiración bajo control, pero después de un rato, pudo normalizarla, aunque sentía su cabeza muy ligera. Aturdida y tambaleante, ella se inclinó hacia Adrien, y él inmediatamente la envolvió entre sus brazos.

—Gracias —susurró contra su hombro.

—¿Por qué?

—Por estar aquí. Ahora mismo. Conmigo —ella intensificó el abrazo, aferrándose a él con firmeza, como si pudiera obtener fuerzas de él—. Gracias.

Adrien también apretó sus brazos alrededor de ella. La mantuvo cerca, estrechándola contra su cuerpo, y Marinette nunca se sintió más segura que arropada en sus brazos.

—Lo que sea que pueda hacer por ti —dijo, pasando una mano sobre su cabello y bajando por sus hombros—. Haría lo imposible por conseguirlo.

—Eres demasiado bueno —susurró.

—Solo porque tú te lo mereces.

Ella no supo cómo responder a eso, así que se conformó con abrazarlo más fuerte y saborear la sensación de permanecer en la seguridad de sus brazos.


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