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A Bride for The Prince

(Español)

CAPÍTULO 17

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Decir que Marinette estaba flotando en el aire era un eufemismo. Su cabeza bien podría encontrarse en las nubes, se sentía tan liviana. Adrien la amaba.

Adrien la amaba.

Ella no podía tranquilizarse. No después de que él la había besado total y completamente sin sentido bajo el estrellado cielo nocturno.

Su corazón comenzó nuevamente una loca carrera. El calor se esparcía por su rostro mientras su estómago se retorcía de ansiedad. Adrien había estado inclinado al ras del suelo, sobre ella, en una posición profundamente íntima. Solo eso haría que el rostro de cualquier mujer respetable se pusiera colorado. Pero combinado con la forma en que sus labios se habían encontrado una, y otra, y otra vez, antes de que los de él deambularan por su barbilla y descendieran por su cuello…

Con un gemido de vergüenza, se hundió de rodillas en el suelo.

—Contrólate. ¡Contrólate! —susurró, regañándose a sí misma por no solo haber permitido que Adrien depositara suaves mordiscos en su cuello en primer lugar, sino también por posiblemente haberlo alentado a hacerlo, con la forma en que se había aferrado a su ropa, a sus hombros y a sus brazos.

Esa era la otra cuestión: sus manos no conocieron límites. Dios, ¿qué diría su madre si supiera lo que su hija soltera había hecho con un hombre? Al menos estaba prometida a dicho hombre y no habían avanzado hasta el punto de concretar… ciertas acciones que solo correspondían dentro del lecho matrimonial, ¡pero ciertamente no había sido apropiado!

Marinette escondió su acalorado rostro entre sus manos, gimoteando de pura vergüenza. ¡La habían criado mejor que esto! Siempre había regañado a otras doncellas cuando se escabullían a altas horas de la noche para flirtear con los guardias o con cualquier otro miembro del personal de servicio, castigándolas por actuar de manera tan libertina, pero aquí estaba ella, la mayor hipócrita de todas.

No podía dejar que eso volviera a suceder. La próxima vez que viera a Adrien…

Un golpe provino de la puerta, uno silencioso pero frenético.

—¡Marinette! —siseó una voz familiar.

—¿Adrien?

—Marinette, por favor, necesito hablar contigo.

Su voz era tan desesperada como sus golpeteos. Ella se apresuró y abrió la puerta.

Inmediatamente, Adrien se deslizó dentro de su cuarto y cerró la puerta tras él.

Bueno, hasta aquí llegó lo de comportarse de manera decorosa con Adrien la próxima vez que lo viera.

—¿Qué estás haciendo? —siseó ella. Debería haberse alejado de él. No debería estar tan cerca. Debería ser capaz de controlarse.

"Debería" era la palabra clave. Porque se sentía atraída hacia él como una polilla a la llama.

«Adiós, decencia»

—Tengo que hablar contigo —dijo Adrien, levantando las manos para sostener sus brazos, sujetándola con firmeza.

Marinette no podía apartar sus propias manos de los hombros de él.

—Adrien, me estás asustando —Su agarre era fuerte, pero eso, acompañado por el tono de su voz y la congoja que era evidente en su rostro…—. Algo anda mal.

Esa congoja en su expresión se intensificó hasta el punto en que le dio la impresión de que podía sentirla. Adrien apretó los dientes, cerrando fuertemente sus ojos mientras bajaba la cabeza con una mueca de disgusto. Su agarre se tensó cuando tiró de ella, acercándola más.

El corazón de Marinette se aceleraba de preocupación mientras su estómago caía al suelo como si fuese de plomo. Incluso la forma en que apoyó su frente contra la suya no la estabilizó.

—Adrien.

¡Argh! No quiero tener esta conversación —gruñó, afligido.

Lenta, nerviosamente, ella levantó sus manos para apoyarlas sobre sus mejillas, apartándolo de tal manera que pudiera mirarlo de nuevo a los ojos. Se veía tan nervioso, y ella comenzó a frotar lentos círculos en sus mejillas con la esperanza de calmarlo.

—¿Qué es lo que te pasa? —preguntó—. Déjame ayudarte. Cuéntame. Por favor.

—Tengo que hacerlo, quiera o no —suspiró, dejando que sus ojos se cerraran un momento antes de volverlos a abrir. Pero cuando ella se encontró con su fija mirada, no se sintió cómoda ante la intensidad que mantenía—. Quizás quieras sentarte, Marinette. Yo… —resopló—. Tengo algunos secretos que contarte.

Un peso de plomo cubrió su estómago, haciéndola sentir casi enferma físicamente. De hecho, sentía como si todo su cuerpo estuviera lleno de plomo, porque le resultó muy difícil moverse para tomar asiento.

Quizás la cama no fue el mejor lugar que escogió para sentarse; ella tenía una silla, después de todo. Eso habría sido más apropiado. Pero Adrien tuvo la oportunidad de sentarse a su lado, tomándola de la mano de una manera que la tranquilizó mientras comenzaba.

—Marinette, yo... en realidad no soy un guardia.

La aludida frunció el ceño e inclinó la cabeza en señal de confusión.

—¿Qué?

Él se frotó la mandíbula, avergonzado.

—Es solo... solo una pantalla. Para darme un poco de libertad.

Marinette profundizó su expresión de desconcierto.

—¿Pantalla? ¿Libertad? ¿Qué…?

Suspirando profundamente para tranquilizarse, Adrien tomó sus dos manos entre las suyas, sujetándolas con firmeza, armándose de valor para sus siguientes palabras.

—Marinette... en realidad, soy el príncipe heredero.

Ella parpadeó, mirando fijamente su rostro. Inesperadamente, una enorme sonrisa apareció en su faz, una que era francamente incómoda. Las incontenibles risitas le hacían cosquillas en la garganta, y se instalaron con inquietud en sus pulmones, provocando que estuvieran lo suficientemente llenos como para tomar un gran respiro, que a todas luces necesitaba para aclarar su mente.

—¿De qué estás hablando? ¿El… el príncipe heredero? ¿Tú? Tú eres... eres el hijo... el hijo de una criada...

El semblante de Adrien era serio, sin bromas a la vista. Solo tristeza.

Tristeza por la confesión.

—No —musitó Marinette, la realidad se estaba tornando lentamente tan confusa como un sueño. Sus risitas se volvieron autodespectivas, como si se burlara de ella misma, y su sonrisa se convirtió en una mueca—. No, no. Tú eres... no es posible... Eso no puede ser...

—Marinette —la llamó, interrumpiendo sus pensamientos al apretar sus manos de manera tranquilizadora—. Marinette, hablo muy en serio.

—Pero... no es quien... dijiste... dijiste que eras el hijo de...

—Mi madre insistió —cortó—. No quería que admitiera mi verdadero título. Esa fue la condición que me dio para poder jugar con niños que no pertenecieran a mi clase social.

Marinette sentía como si una soga se apretara alrededor de su cuello, el aire se volvía cada vez más escaso mientras ella luchaba por respirar. Como respuesta, su corazón latía más fuerte y más rápido en su pecho, frenético y aterrorizado.

—Yo... yo no...

—Lo sé —le aseguró, apretando sus manos y acercándose a ella—. Lo sé. Es... es mucho para asimilar.

—Yo... —le fallaron las palabras. ¿Qué se supone que tenía que decir a eso?—. ¿Tú eres el príncipe heredero?

—Lo soy —asintió.

Y fue ahí, en ese preciso momento, cuando la revelación la impactó de lleno. Él era el príncipe heredero. Podía verlo, su rostro escondido detrás de una máscara blanca. Podía escuchar su voz, una que la había reconfortado en un salón de baile lleno de gente y que bromeó con ella en el jardín, corriendo a través de un laberinto para escapar de Nino. Y él... el príncipe heredero...

Se estaba comprometiendo... con ella.

—Adrien. —De repente se puso de pie, apartando sus manos de él como si la hubiera quemado. Se quedó observándolo, con los ojos muy abiertos por la súbita realización. Él era el príncipe heredero, y ella solo una sirvienta—. Tú... ¡oh Dios... no! Nosotros... no podemos... tú no puedes...

—Marinette. —Se levantó de su sitio, aproximándose a ella—. Marinette, escucha.

Ella dio otro paso hacia atrás, manteniendo ambas manos cerca de su pecho. Todo la estaba desbordando de una sola vez, mientras su mente peleaba por conectar los puntos.

—Tú... tú lo sabías. Sabías que era una sirvienta. Sabías que no era una lady. ¿Por qué…?

Él lo sabía. Lo supo todo este tiempo. Tenía todas las cartas en sus manos y jugó con ella, la engatusó y le dio falsas esperanzas, todo mientras tenía que saber que nunca podrían... que ellos nunca podrían...

Las lágrimas ahora se derramaban torrencialmente por su rostro.

Adrien.

—Marinette —la persuadió, finalmente tomándola de los hombros para atraerla hacia sí—. Marinette, escúchame.

—¿Por qué? —cuestionó, sin saber si le estaba preguntando por qué lo debería escuchar o por qué la había engañado—. Dime, ¿por qué?

—Lo voy a hacer —le aseguró—. Pero por favor, deja de forcejear y permíteme explicarte.

Hipó un sollozo, cubriéndose rápidamente la boca con la mano y sintiendo los rastros húmedos de lágrimas que goteaban sobre sus dedos.

Él la acomodó en su agarre, afianzándola con uno de sus brazos, mientras usaba su mano ahora libre para enjugar las lágrimas de su mejilla.

Pero eso solo logró que las lágrimas empeorasen.

—Antes de decir una palabra más, necesito que sepas que todo lo que te dije fue en serio —clamó, con voz firme y segura—. Que todavía lo es. Cada palabra, cada beso; todo es verdadero. Te amo, Marinette. Quiero que seas mi esposa…

—Eso no puede suceder —replicó—. Entonces, ¿por qué…?

—Pasé días encerrado en la biblioteca del castillo buscando algo que dijera que no podía estar contigo —le interrumpió—. Cualquier cosa. Porque una vez que me di cuenta de que me estaba enamorando de ti, supe que nunca estaría satisfecho con ninguna otra mujer para que fuese mi esposa, excepto contigo. Así que me lancé a la búsqueda de cualquier cosa que me dijera que no podía estar contigo, esperando que no pudiera encontrarla. Y no lo hice.

Ella frunció el ceño.

—¿Q-qué?

—No pude encontrar nada —declaró—. No había ninguna ley que estableciera que no podría tomarte como mi novia. Pero… —su expresión se ensombreció—. Pero mi padre... y sus tradiciones...

Lo cual quería decir... Marinette entonces se congeló, mientras el miedo se colaba sigilosamente por su sistema.

—¿Tu padre sabe...? ¿So-sobre mí?

Adrien asintió con una mueca.

Sus rodillas cedieron por completo, pero él afortunadamente estaba allí para atraparla, bajándola hasta el suelo y arrodillándose frente a ella.

—No —susurró, su corazón martillaba con fuerza a medida que un terror gélido se apoderaba de ella.

—Marinette. —Adrien la sujetó por las mejillas, forzándola a encontrarse con su mirada—. Marinette, escúchame. No te va a pasar nada. Te juro que nada malo será de ti. Haré todo lo que esté a mi alcance para asegurarme de eso. Pero… —hizo una mueca de dolor—. Ah, ¡maldita sea! —bramó antes de apoyar su frente contra la de ella, acunando la parte posterior de su cabeza para mantenerla allí—. Te lo prometí, Marinette. Y lo dije en serio. Todavía lo digo en serio. Y si pudiera, lo dejaría todo por...

—¡Pero no puedes! —chilló ella—. Eres el príncipe heredero. No puedes simplemente abandonarlo todo por mí.

—¡Tú lo vales! —gritó Adrien, sacudiéndola hasta la médula en el proceso—. Sí, renunciaría a todo por ti —reiteró, más calmado esta vez—. En un abrir y cerrar de ojos, sin dudarlo. Para cumplir mi promesa. Para estar contigo. Te amo.

Él la amaba. La amaba. La quería lo suficiente como para tirar todo por la borda.

Y maldita sea, ella lo amaba lo suficiente como para asegurarse de que no fuera un idiota.

—No puedes hacer eso —le contradijo—. Y lo quieras o no, sabes que no puedes, Adrien. Tienes un reino que te necesita... mucho más que yo...

Adrien hizo una pausa, su rostro se contorsionó en una mueca.

—Lo sé —aceptó a regañadientes—. Sé que mi reino me necesita para cuidar de él. No puedo abandonar a mi gente. Si supiera que mi pariente más cercano gobernaría con justicia, no dudaría tanto en abdicar, pero no puedo abandonar mis obligaciones. Porque si lo hago, entonces tú… —su expresión se volvió dolorosa mientras sus ojos se tornaban vidriosos—. Podría protegerte del mundo, pero no de mi padre. No del todo. Y no puedo... no puedo... —la estrujó con fuerza—. No puedo ponerte en peligro por mi egoísmo. Al final de cuentas, te amo, y tengo que pensar en lo mejor para ti. Tengo que hacer lo que sea necesario para protegerte, aunque eso signifique que no pueda estar contigo.

El corazón de Marinette estaba en ruinas a estas alturas, al igual que su relación. Podían luchar todo lo que quisieran, pero al final...

Al final, todo sería en vano.

—¡Maldito seas! —exclamó, las lágrimas se derramaban sin control por su rostro—. ¿Cómo te atreves a entrar en mi vida de nuevo, solo para dejarme así? ¡Te conviertes en mi mejor amigo por segunda vez, y entonces vas y haces que me enamore de ti! Te robas mi primer beso, logras que te desee como nadie lo ha hecho, creyéndote tan maravilloso que ningún otro hombre podría siquiera compararse con lo que me haces sentir, y todo eso, ¿para qué? ¡Para que finalmente revelaras que nunca debí hacerme ilusiones, que jamás pude haberte tenido desde el primer momento! ¡Me has arruinado por completo! —azotó sus manos contra el pecho de Adrien, el dolor en su corazón se hacía cada vez más grande. Justo cuando una nueva ola de lágrimas e histeria volvían a invadirla, lo golpeó otra vez, aferrándose con fuerza a su camisa mientras gritaba—: ¡Maldito seas!

—Me lo merezco —Adrien concedió en voz baja, viéndose físicamente dolido ante cada palabra que salía de su boca.

Ella se ahogó con un sollozo, inclinando la cabeza mientras las lágrimas se desbordaban, surcando a raudales por sus mejillas. Con las manos todavía enredadas en su camisa, lo mantuvo a cierta distancia, sabiendo que solo empeoraría el dolor si él estuviera más cerca.

Sin embargo, él desprendió con suavidad las manos de su ropa, aprovechando el contacto para acercarla a él al tiempo que también se deslizaba para acortar la distancia entre ellos.

Y ella se sentía demasiado débil como para oponer resistencia alguna.

Marinette se encontró entre sus brazos, abrazada fuertemente contra su pecho mientras prorrumpía en llanto. Si estuviese un poco más consciente, se habría dado cuenta de que no era la única que lloraba desconsoladamente.

Les tomó un tiempo a ambos calmarse, él se aferraba a ella y ella se aferraba a él. Ninguno estaba dispuesto a dejar ir al otro.

—Si de mi dependiese, Marinette —pronunció Adrien al cabo de un rato, su voz sonaba ronca a causa de las lágrimas—. Si hubiera alguna forma de mantenerte conmigo, lo haría—. Ella lo sabía. En el fondo, le creía—. Pero... en definitiva, mañana tendré que elegir una novia.

«Y esa no serás tú», terminó ella mentalmente.

—Aunque me casaría contigo sin dudarlo ni un instante, si tuviera la oportunidad.

Marinette ahogó un sollozo, exhausta de tanto llorar pero prácticamente lista para comenzar de nuevo. Después de todo, tuvo que obligarse a sí misma a apartarse primero, rompiendo con lentitud el necesitado abrazo. Claramente, Adrien se mostraba algo renuente a soltarla, si la forma en que parecía intentar retenerla era un indicio. Pero desde su nueva perspectiva, Marinette al fin pudo ver sus ojos enrojecidos y el rastro de lágrimas que recorrían su rostro.

«No lo hagas. No lo...»

Pero lo hizo. Marinette extendió su mano para limpiarle las lágrimas de los ojos, dándole a él la oportunidad de sujetar su mano y mantenerla depositada sobre su mejilla. Ella no tenía la fuerza de voluntad para apartarla, acción de la que se arrepintió después cuando él le dio un prolongado beso en la palma de la mano.

Ese sería el último beso que él le daría. Tendría que serlo, o su corazón se detendría ahí mismo.

—Adrien —susurró casi sin voz, retirando finalmente su mano—. Tienes que irte —Le dolía en el alma pronunciar esas palabras, pero era notorio que también lo lastimaban a él—. Debes… debes elegir una novia.

«Esa no soy yo y nunca lo seré.»

—Aquí es donde nosotros… —las lágrimas inundaron los ojos de Marinette, mientras las últimas palabras formaban un nudo en su garganta—… nos separamos —finalizó, su voz quebrada se oyó como un chillido, pero fue lo mejor que consiguió articular.

Por su lado, Adrien lucía poco menos que absolutamente devastado.

—Maldición —musitó, inclinándose hacia adelante para juntar sus frentes por última vez.

Ella atesoró la sensación, sabiendo que cuando se alejara, esa sería la última.

—Sólo vete —susurró—. No... no hay forma de hacer que... que esto duela menos.

—Lo sé —dijo Adrien—. Y no puedo soportarlo.

Ella tampoco.

Aun así, Adrien se puso de pie. Luego, como todo un caballero, la ayudó a levantarse. Se tomaron de las manos por un momento más, separándolas después de un apretón final. En el instante en que él soltó sus manos, Marinette dio un paso atrás. Pero Adrien se mantuvo inmóvil en su sitio, resistiéndose a moverse ni un centímetro, mirándola con lágrimas en los ojos.

—Te amo.

Marinette podría haber llorado ante sus palabras.

—Deja de hacerlo más difícil —lo regañó. Con una expresión desconsolada, Adrien comenzó a retroceder hacia la puerta. Afortunadamente, Marinette tuvo la sensatez de darse cuenta de que esas no eran las últimas palabras que quería decirle—: Yo también te amo.

Adrien se quedó paralizado, con la mano en el picaporte mientras le devolvía la mirada, su boca ligeramente abierta debido a la sorpresa. Sin embargo, rápidamente se convirtió en una sonrisa de labios apretados, con marcados rasgos de dolor.

Y eso fue lo último que vio Marinette antes de que se escabullera por la puerta, abandonando no solo la habitación en el proceso.

Una vez que se marchó, ella se quebró, deshaciéndose en miles de pedazos al derrumbarse sobre su cama, abriendo su pequeño y destrozado corazón y llorando a lágrima viva. Apretó las sábanas con ambas manos y ahogó un grito contra la almohada mientras su cuerpo se estremecía de dolor.

No supo cuánto tiempo se permitió ser tan severo desastre, pero una vez que se recompuso y comenzó a procesar todo, supo... supo que no podía quedarse allí. El amor de su vida iba a elegir a una mujer para casarse, y no iba a ser ella. No podía soportarlo. Simplemente no podía.

Aunque completamente exhausta, tenía una nueva determinación, una conducida por el punzante dolor que palpitaba por sus venas. Se escurrió por el castillo, hacia los aposentos de los sirvientes, tratando de encontrar en qué habitación se alojaba el conductor de su carruaje.

Una vez que la halló, lo despertó con los golpes más silenciosos que pudo en su puerta. Recordó sus conversaciones cuando emprendieron este viaje y el conocimiento de que tendrían que estar preparados para partir de inmediato en el momento en que alguien sospechara de ella. Marinette había llegado a pensar que, afortunadamente, tal vez habrían podido marcharse sin recurrir a su plan de emergencia.

Sin embargo, se había equivocado.

Ella le indicó que preparara el carruaje y le explicó que iría a empacar sus cosas y luego partirían. Asintiendo, el hombre se marchó a toda prisa.

Marinette entonces se escabulló del pasillo del dormitorio, creyendo que iba a ser capaz de escapar de las habitaciones de los sirvientes sin ser vista.

—¿Marinette?

Su corazón saltó por el susto. Marinette se giró hacia la voz, hallando a Alya de pie en ese sitio, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—¿Qué te ocurre? ¡Tienes un aspecto terrible! —observó en voz baja, corriendo hacia su amiga.

Marinette dio un paso atrás, causando que Alya se detuviera en seco.

—Tengo que marcharme.

Alya se veía totalmente confundida por esas palabras.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué ha pasado?

Marinette sacudió la cabeza.

—Yo... yo no... no puedo... —Se mordió el labio para evitar que le cayeran las lágrimas—. Me tengo que ir.

—Marinette...

Por favor, Alya —imploró—. Por favor. Déjame ir. No quiero hablar de eso.

—Está bien —cedió, suavizando su expresión—. ¿Pero tienes que irte?

—Sí —contestó Marinette—. Así que, tengo que ir a hacer mi equipaje…

—Iré contigo —resolvió Alya.

—No...

—Por favor —pidió, con la voz llena de preocupación—. Déjame ayudar.

Después de un momento de silencio, Marinette se rindió. Sigilosamente, las dos chicas se apresuraron a regresar a su habitación, guardando las cosas en su baúl antes de que Alya se ofreciera a ayudarla a bajarlo.

Enseguida, el cochero se reunió con ellas.

—Tengo un baúl más en mi cuarto —le susurró Marinette al recién llegado—. Uno más pequeño.

El hombre se dio prisa e inmediatamente fue en su búsqueda. Y lo siguiente que supo Marinette fue que todas sus pertenencias ya estaban empacadas, lista para ser conducida en medio de la noche.

—Marinette... —comenzó Alya.

—Gracias por todo —cortó ella, manteniendo la distancia de su más reciente amiga. No podía abrazarla, sabiendo que rompería en llanto si lo hiciese—. Y, por favor, por lo que más quieras, por favor no le digas a Adrien que me fui. No se lo digas a nadie.

Alya parecía indecisa, pero después de un momento de tensión, suspiró derrotada.

—Bien —cedió—. Si eso es lo que quieres.

Marinette asintió, sorbiendo por la nariz, mientras sus lágrimas brotaban una vez mas.

—Sí —logró articular con un chillido—. De verdad te ruego que hagas eso por mí.

Con una mirada comprensiva, Alya caminó hacia adelante con los brazos extendidos. Y aunque Marinette sabía que sus lágrimas empeorarían, no pudo evitar darle un abrazo a Alya de todos modos.

Tras un breve momento de llanto sobre el hombro de Alya, Marinette se apartó.

—Gracias por todo —añadió, enjugándose las lágrimas por enésima vez esa noche.

Alya asintió con la cabeza.

—Desde luego. Y si necesitas algo más de mí, siempre estaré aquí para ti, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —respondió, caminando de espaldas hacia el carruaje—. Gracias, Alya.

La morena levantó la mano en señal de saludo.

—Permanezcan a salvo.

—Haremos todo lo posible. —Con eso, Marinette se subió al carruaje, saludando a Alya por la ventana una última vez, antes de que el cochero pusiera en marcha los caballos hacia la oscuridad de la noche.

Observó cómo el castillo lentamente se hacía más y más pequeño a medida que se alejaban. Eventualmente, se volvió tan diminuto que ya era casi imposible verlo, así que finalmente apartó la mirada de él, del lugar que albergaba tantos recuerdos.

Descansó las manos sobre su regazo, y fue entonces cuando lo notó.

Aun llevaba el amuleto de la suerte de Adrien en su muñeca.

Con una punzada en el corazón, pasó tímidamente los dedos sobre las cuentas, los recuerdos la inundaron con tan dolorosa intensidad que no pudo contener las lágrimas. Sujetando el brazalete, mientras lo mantenía cerca de su pecho, sollozó.

Cuando llegó por primera vez al castillo, todo lo que tenía que hacer era evitar al príncipe y asegurarse de que nunca pusiera los ojos en ella. Y pensó que lo había logrado. Lo que no había planeado fue que otro hombre se enamorara de ella. Aun así... no obstante, se trataba de un guardia. Estaba dentro de su posición. Fue una sorpresa, pero algo aceptable, incluso una bendición. Pero…

Pero que la vida le jugara una broma tan cruel no era justo.

Se suponía que era una mariquita de la buena suerte. Entonces, ¿por qué…?

¿Por qué tuvo que enamorarse del príncipe?


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¡Buenas, buenas! Al fin les traigo el capítulo, el momento post declaración y beso ahora desde el punto de vista de Marinette. Y sucedió lo que se esperaba, Adrien le confiesa que es el príncipe y le rompe el corazón, y ella termina por abandonar el castillo antes de que las cosas empeoren. Acá tengo más pañuelos, por si les hacen falta. Y créanme, para el siguiente capítulo, también los van a necesitar.

Y ya que menciono el siguiente capítulo, les comento que decidí dividirlo en dos partes. Primero porque es el más largo hasta ahora, y como he vuelto a trabajar hace algunas semanas, tengo menos tiempo para actualizar. Y segundo, porque la primera parte es tan emotiva, que merece ampliamente el cliff hanger, los quiero hacer sufrir un poco xD

En verdad siento la demora, y les agradezco el apoyo que le dan a la historia, por sus reviews a los que me leen en fanfiction y por los comentarios en Wattpad, que fueron record en el capítulo pasado. Me emociona de verdad que lo disfruten, aunque no sea mi historia, porque le pongo muchas ganas a esta traducción. Quizás con el tiempo les traiga otra, me lo estoy pensando …

Les mando un fuerte abrazo, ¡y hasta pronto!