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A Bride for The Prince

(Español)

CAPÍTULO 21

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La ceremonia de boda se llevó a cabo una semana después de que Marinette aceptara la proposición de Adrien. Este período de tiempo permitió que los anuncios sobre quién sería la novia del príncipe se distribuyeran por todo el reino, así como también que cualquiera que quisiera ver el evento pudiera viajar para presenciarlo.

Durante ese tiempo, Adrien había traído a los padres de Marinette al castillo, asegurándose de que estuvieran allí para ser testigos del matrimonio de su hija. Explicarles todo lo que había acontecido les llevó medio día, y Marinette aún podía decir que sus padres pensaban que estaban soñando.

Francamente, Marinette también sentía que estaba soñando. ¿De verdad se acababa de casar con Adrien? ¿Realmente había caminado hacia el altar para reunirse allí con su amor de la infancia? Y más aún, ¿ella acababa de decirle "Sí, acepto" al príncipe del reino?

Todo era demasiado para asimilar.

Se miró fijamente en el espejo delante suyo. No era posible que esa mujer que veía fuera ella. No había manera de que pudiera estar contemplando su propio reflejo. Parecía una pintura en un cuadro.

El vestido de novia en sí era, ni más ni menos, una obra de arte sobrenatural. Al otro día de haber sido aceptada como la futura esposa de Adrien, había sido asediada por una cuadrilla de damas que le habían tomado sus medidas y arrojado tanta tela encima que podría haberse ahogado en ella. Les tomó un día diseñarlo, y luego el resto de la semana para darle vida. Y al final, lucía como si debiera ser usado por una estatua de mármol.

Y se sentía tan pesado como una, también.

Marinette no pudo resistirse a pasar sus manos sobre el vestido por enésima vez ese día. Nunca antes había sentido una tela tan fina. Y el encaje -oh, el encaje- había tanto de él, y tuvo que haber tomado bastante tiempo confeccionarlo. Decoraba las mangas y el corsé, cubriéndola desde sus caderas hasta el suelo.

Luego, estaban las joyas. En primer lugar, el diamante rojo sangre de la familia Noire asentado en su mano derecha. A diferencia del resto de las joyas que la adornaban, había tenido tiempo de adaptarse al peso del anillo, tanto metafórico como físico. Lady Noire. Le otorgaron el título de Lady de la finca Noire. ¿Cómo fue que, a ella, una sirvienta que no había hecho otra cosa más que enamorarse, se le haya concedido un título nobiliario?

Aún no lo asimilaba del todo. Se sentía como un sueño. Uno del que, francamente, no quería despertar.

De su cuello, pendía un pesado collar de plata y diamantes que el propio rey Gabriel le había obsequiado. Un collar que, según dijo, había usado la reina anterior el día de su propia boda.

Con honestidad, probablemente era el objeto de mayor peso que llevaba puesto en ese momento. El rey Gabriel apenas la había aprobado. El día que Adrien regresó con ella al castillo a toda prisa, prácticamente irrumpiendo a las corridas en la sala de presentaciones para presentarla como su novia, Marinette nunca se había sentido tan pequeña. Después de todo, el rey y toda su élite se habían sentado en fila para evaluarla.

Se había sentido como una oveja enviada al matadero, cuyo deceso era inevitable.

El rey se había esforzado tanto en intimidarla, amenazando con que el camino para convertirse en una princesa sería difícil. Que habría mucho entrenamiento que tendría que soportar. Años de eso.

Pero ella no se había echado atrás. No cuando Adrien estaba a su lado, sosteniendo su mano con fuerza y vertiendo su valentía y seguridad en ella. Le dio el coraje suficiente para mirar al rey a los ojos e insistir en que podía lograr cualquier cosa que se le exigiera.

Aunque había estado muerta de miedo por su audacia al hacer algo semejante, esa había sido su salvación. El rey Gabriel dijo que, si ella hubiera vacilado, no la habría aceptado como la esposa de su hijo.

Suspirando, Marinette se quitó la tiara de la cabeza. El velo sujeto a ella hacía más difícil poder desplazarse, considerando que lo arrastraba varios metros detrás suyo, siendo incluso más largo que la cola de su vestido. La depositó sobre su tocador, mientras esperaba a que llegara Alya, su ahora doncella permanente.

Su corazón se aceleró. Alya le ayudaría a quitarse el vestido de novia y se pusiera un camisón, para que luego Marinette caminara hacia la habitación de su esposo. Su rostro enrojeció intensamente al pensar en la noche de bodas. Su madre ya le había hablado al respecto, lo que solo le trajo una nueva oleada de vergüenza.

Sabía que no era algo de lo que debería avergonzarse. Su madre le aseguró que era algo hermoso del matrimonio, pero eso no consiguió que Marinette se sintiera menos nerviosa al respecto.

Un golpe provino desde la puerta, provocando que Marinette se volteara en la silla de su tocador.

—Adelante.

Pero, en lugar de que se abriera la puerta principal, fue la que conectaba la habitación de Marinette con la de Adrien la que se abrió, revelando a su esposo allí de pie, con una sonrisa enamorada en su rostro.

Su esposo.

—Adrien —susurró, casi sin aliento—. Pensé que eras Alya.

—Lo siento —se disculpó, su sonrisa tornándose un tanto tímida al momento en que cerraba la puerta detrás de él—. Pero le pedí a Alya que me permitiera ser yo quien ayudara a mi esposa con su vestido esta noche. ¿Es eso aceptable para ti, o preferirías llamar a Alya?

Un rubor completamente nuevo apareció en las mejillas de Marinette. ¿Cómo iba a responder a eso? A partir de hoy, ese hombre era su marido, y él podría ayudarla ya sea con su vestido o con su camisón esa noche.

Además, era Adrien: el hombre en quien confiaba más que a nadie. Aunque ciertamente avergonzada, no tenía ningún problema con que le cancelara a Alya.

Con el rubor en sus mejillas regresó la mirada hacia su tocador, aunque no podía esconder su rostro de él mientras estuviera sentada frente al espejo.

—Está bien —le dijo, incapaz de mirarlo—. Puedes... quedarte.

Ella lo escuchó acercarse, luego sintió las manos de él descansando suavemente sobre sus hombros. Solo entonces levantó la mirada hacia el espejo para ver que él también tenía rubor en las mejillas.

—Yo también estoy nervioso, ¿sabes?

De alguna manera, esas palabras la tranquilizaron. Ella no era la única tímida y nerviosa por los eventos de su noche de bodas. Adrien también lo estaba. Saber eso fue como un consuelo, dándole más valor para continuar.

—Está bien estar nervioso —prosiguió él—. Lo entiendo. Prometo ser tan suave y delicado contigo como pueda, y resolveremos esta noche entre los dos juntos, ¿de acuerdo?

Sus mejillas todavía se sentían como si estuvieran en llamas, pero pudo esbozar una sonrisa. Conocía a Adrien lo suficientemente bien como para sentirse cómoda de afrontar esta noche con él. Y tener su palabra de que, por ella, se lo tomaría con calma...

Su estómago estaba hecho nudos. Ya sea por anticipación o por miedo, no estaba muy segura.

—Gracias —murmuró—. Pero es... es algo más que eso.

—¿Oh? Entonces, ¿qué es, amor?

Sus palabras eran delicadas, llenas de afecto. Tal como lo habían sido desde hace varios días. Dudaba que alguna vez se cansaría de ese tono de su voz. Siempre la llenaba de una reconfortante calidez.

—Solo... es demasiado para procesar. Se siente como si todo esto fuera un sueño. Me casé con el príncipe del reino. Soy una princesa ahora. ¿Cómo... cómo es posible? Siento que voy a despertar y volver a ser la doncella de Mylène.

—Uhm... —musitó al comprender—. Yo también me siento como en las nubes —admitió, inclinándose sobre ella para tomar su mano—. Hace dos meses, estaba totalmente aterrorizado por este evento. Debía enfrentar la inevitabilidad de tener que elegir a una mujer para que fuera mi esposa, aun sabiendo que probablemente no la amaría. Me he estado preparando para eso.

Sus ojos luego se anclaron a los de ella, mientras apretaba su mano con firmeza.

»Y entonces… entonces me crucé contigo. O, mejor dicho, tú te topaste conmigo, literalmente —aseveró con una sonrisa burlona—. Y trajiste alegría a mi vida nuevamente, en un tiempo que había considerado que sería estresante. Estaba tan agradecido de encontrarme contigo otra vez. Pero, incluso entonces, no pensé que... —se agachó, apoyando el mentón sobre su hombro mientras su otra mano descansaba sobre su cadera—, que me habría enamorado de ti. Y que pudiese casarme contigo. Bueno… —le soltó la mano, solo para poder envolver sus brazos completamente alrededor de su cintura y así estrecharla con fuerza—. Me siento enormemente bendecido.

A Marinette se le hinchó el corazón por su sincera confesión, desbordando todo el amor que sentía por él.

—Oh, Adrien.

Ella colocó una mano sobre los brazos en su cintura, luego alzó la otra para acunar su mandíbula, girando su propio rostro hacia él, dejando que sus ojos se cerraran mientras presionaba su mejilla con la nariz.

—Te amo —afirmó él—. Te amo tanto.

—Yo también te amo —le respondió.

Ninguno de los dos se movió; en vez de eso, ambos disfrutaron de ese momento de simplemente estar juntos, cada uno agradecido por tener la oportunidad de permanecer junto al otro.

Adrien fue el primero en moverse, levantando la cabeza para poder dejar un prolongado beso en la mejilla de Marinette, antes de descansar juntas sus frentes.

—Estoy tan feliz —susurró.

—Yo también —contestó ella—. Cualquier obstáculo que hayamos tenido que enfrentar valió la pena para poder estar contigo.

—Hmm… ¿Incluso aunque estés siendo torturada?

Marinette no pudo evitar soltar una risita.

—No es tan malo —reflexionó, aunque no estaba muy segura de ello. Tener que instruirse para comportarse como una verdadera princesa era difícil. Había tanto que aprender y absorber que a veces se sentía abrumada por ello. Pero, dentro de su mente, era un pequeño precio a pagar por convertirse en la esposa de Adrien.

—Oh, mentirosa —exclamó—. Estabas al borde de las lágrimas hace dos noches.

Por mucho que quisiera, Marinette no podía discutir contra eso.

Él suspiró, dándole otro apretón.

—Ojalá pudiera ayudarte más.

—Ya me estás ayudando mucho —replicó—. Has pasado todas las noches de esta semana ayudándome.

Era como cuando él le enseñaba a bailar. Siempre la pasaba a buscar después de la cena, y juntos se escabullían en algún lugar del castillo para practicar más a fondo lo que Marinette había aprendido ese día. Adrien siempre era paciente con cada lección, animándola constantemente durante todo el proceso.

—Estás trabajando tan duro para convertirte en una auténtica princesa, solo para poder permanecer a mi lado —aseguró—. Es mi culpa que estés siendo forzada a pasar por este entrenamiento. Si puedo ayudarte, aunque sea en lo más mínimo, con mucho gusto dedicaré mi tiempo para ti.

—¿Aunque estés ocupado con otros asuntos?

Siempre encontraré tiempo para ti —Sus palabras fueron profundamente serias y genuinas. Adrien colocó su mano sobre su mandíbula, girando su rostro hacia él. Su mirada estaba llena de una feroz sinceridad y un ferviente amor por ella, que sintió que podría derretirse—. Te lo prometo —continuó—. Siempre encontraré tiempo para ti. Tú lo vales, mi querida esposa.

Marinette suspiró, sus palabras la conmovieron.

—Pero también me importa tu bienestar. Por favor, no te preocupes por mí.

Él dejó salir una risita burlona.

Nunca dejaré de preocuparme por ti. Porque te amo.

No pudo evitar sonreírle. No tenía sentido discutir con él. Era obstinado cuando se trataba de ella. Y por mucho que quisiera aprender a valerse por sí misma, para que Adrien no tuviera que preocuparse constantemente por apoyarla en cada pequeña cosa, la conmovía que estuviera tan tercamente dispuesto a hacerlo. Eso la hacía querer luchar aún más por él.

—Gracias, cariño.

—Por ti, haría lo que sea —susurró, inclinándose para colocar un beso en su frente—. Cualquier cosa. —La besó en la mejilla—. Soy tuyo. —Le besó la otra mejilla—. Y con mucho, mucho gusto, te daré todo lo que pueda. —Le besó la nariz—. Porque te amo demasiado.

Levantó ambas manos para acunar sus mejillas, presionando su frente contra la de ella. Llegados a este punto, a Marinette le daba vueltas la cabeza y su respiración era acelerada.

—Soy el hombre más afortunado del mundo —afirmó Adrien en voz baja, aferrándose a ella con fuerza—. Tengo tanta suerte. Vale la pena luchar por ti. Tú vales todas y cada una de las cosas que tengo para ofrecer. ¿Cómo pude ser tan afortunado de casarme contigo…? —exhaló—. Esa tuvo que haber sido tu suerte, que se me ha contagiado. Entiendo por qué Lady Stoneheart dice que eres como una "mariquita de la buena suerte".

—Intentaría contradecir eso —deslizó Marinette, su mente se volvía más confusa a cada segundo, incapaz de pensar con claridad debido a su fervoroso afecto—. Pero realmente soy afortunada por haber tenido la oportunidad de casarme contigo.

Adrien sonrió feliz antes de que sus labios aterrizaran sobre los de ella. Con un pequeño gemido, ella correspondió su muestra de afecto. Enrolló los brazos alrededor de su cuello, aferrándose a él tanto como pudiese.

—Me alegro —comentó Adrien mientras la salpicaba de besos a lo largo de sus mejillas, labios y mentón—. Porque no sé si habría podido sobrevivir sabiendo que no podía casarme con la mujer que amo. Me ha puesto una gran prueba al tener que ir tras ella, todo mientras esperaba poder traerla de regreso a tiempo.

—Tuve que hacerlo —objetó, su corazón palpitaba intensamente por la forma en que sus labios viajaban ahora por su cuello—. No podía... no podía soportar la idea de verte proponer matrimonio a otra mujer.

—Oh, entonces estamos a mano —concluyó. Marinette se estremeció al sentir que Adrien susurraba esas palabras en el costado de su cuello, sobre su pulso—. Porque me habría destruido si hubiese tenido que verte con otro hombre. Quiero ser yo el único que se preocupe por ti.

El placer se disparó por todo su cuerpo, embriagándola por completo; su estómago se apretó por el tono posesivo en la voz de Adrien.

—Bueno... —logró decir, casi sin voz—. Soy tu esposa, ahora. Así que no tienes que preocuparte por eso.

Adrien emitió un sonido que se asemejó al ronroneo de un gato, y Marinette sintió que estaba perdiendo lentamente todos sus sentidos.

—Te demostraré que soy digno de todas las dificultades por las que estás pasando —pronunció—. Prometo que haré todo lo posible para ser el hombre que te mereces.

Ella sonrió.

—Creo que debería cuestionarme si es que te merezco en absoluto.

—Créeme, princesa mía —ronroneó, acercándose cada vez más a su rostro—. Soy yo el que no te merece.

Y con eso, reclamó sus labios una vez más.

Ella inhaló profundamente por la nariz, pero aún sentía dificultad para respirar. Su agarre en él se intensificó, sujetando su chaqueta con los puños, usándola para tirar de él más y más cerca. Su corazón galopaba salvaje a estas alturas, su rostro enrojeció furiosamente cuando los recuerdos de la noche en que Adrien le propuso matrimonio por primera vez la inundaron de golpe. Él recostado sobre ella, sus labios viajando por todas partes...

Esta noche prometía ser incluso más que aquella, llegarían mucho más lejos. Y de alguna manera, a pesar de sus nervios, estaba lista. Dispuesta a entregarle todo a este hombre: su marido.

Su marido.

Ella sonrió justo cuando Adrien interrumpió el beso. Sus ojos se abrieron lánguidamente, lo que le permitió distinguir la sonrisa en el rostro del joven.

—¿Puedo ayudarte con tu vestuario... mi amada esposa? —preguntó, su sonrisa en el límite entre traviesa y pecaminosa.

Marinette seguía respirando pesadamente mientras respondía:

—Puedes.

Ampliando su sonrisa, Adrien se apartó, para su consternación. Sin embargo, no se alejó demasiado, moviéndose solo para pararse detrás de ella.

Lo primero que hizo fue desprender su collar. Cada roce de sus dedos en el cuello disparaba una sensación de placer a través de su cuerpo. Con manos temblorosas, se quitó sus pendientes mientras él le retiraba el collar, devolviéndolo a la caja forrada de terciopelo situada en su tocador.

Lo siguiente fue su cabello. Ella le mostró cómo el diseño arremolinado estaba sujeto con horquillas, y los dos lentamente comenzaron a sacarlas una por una. Y cuando Adrien le quitó la última horquilla, le peinó suave y cuidadosamente el cabello con los dedos.

Ella suspiró ante la relajante sensación, dejando que sus ojos se cerraran mientras él continuaba con sus atenciones.

—Eres tan hermosa —susurró.

Abrió nuevamente sus ojos, encontrándose con los de él en el espejo. Ella no pudo evitar sonreír ante su expresión de adoración.

—Tú también eres hermoso.

Los ojos de Adrien brillaban con deleite. Peinó sus cabellos con los dedos una última vez, prolongando su agarre lo suficiente como para besarle las puntas antes de dejarlo caer de entre sus dedos.

Lo cual dejaba solo una cosa restante en ella.

Antes de que Marinette tuviera un segundo para pensar en Adrien teniendo que quitarle el vestido, la levantó de su banqueta, alzándola directamente en sus brazos. Ella profirió un chillido de sorpresa, agarrándose rápidamente de sus hombros.

Adrien rio entre dientes.

—No quise asustarte. Pero te ves muy bonita en este momento.

Su corazón revoloteó divertido en su pecho mientras sus mejillas se calentaban por la vergüenza.

Desvanecida su sonrisa burlona, esa mirada de adoración regresó a su rostro. Solo que esta vez, había fuego en sus ojos, uno del que casi podía sentir el calor.

—¿Puedo llevarte a mi habitación, esposa mía? —preguntó en voz baja.

Ese calor en sus mejillas brotó por debajo de su cuello y hasta su pecho. Tenía la boca seca, las palabras no salían, por lo que simplemente asintió.

Él la sujetó con fuerza, estrechándola contra su cuerpo, haciéndole sentir segura y amada. Caminó hacia su habitación, esquivando con cuidado la cola de su vestido que aún se arrastraba por el suelo a pesar de que él la sostenía en brazos.

Logró evitar pisarlo, incluso después de patear la puerta que conectaba ambos dormitorios, cerrándola tras de sí. Luego la sentó en su cama, girándola con delicadeza para que su espalda y, por lo tanto, los lazos que sujetaban su vestido, quedaran de frente a él.

La respiración de Marinette ya era bastante rápida mientras sentía cómo él desataba las ataduras de su vestido. Pero al hacerlo, estaba ligeramente inclinado; sus labios ahora se situaban justo encima de la unión entre su cuello y su hombro, y en el momento en que aterrizaron en ese lugar, dejando allí un beso largo y persistente, ella gimió.

Detrás suyo, Adrien se rio entre dientes, pero ella sintió más el aliento sobre su hombro que el sonido de su risita.

Finalmente, percibió que los nudos se aflojaban, e instintivamente, colocó sus manos frente a su pecho para sostenerse el vestido.

—Ahh, ¿por qué esconderte de mí, amor? —Un brazo serpenteó alrededor de su cintura, solo para cambiarla suavemente de posición, acostándola en la cama, con la cabeza colocada cuidadosamente sobre la confortable almohada.

Ella jadeaba pesadamente en este punto, el aire era caliente y sofocante. Al levantar la vista, pudo ver la tierna sonrisa de Adrien, resaltada por la única vela que permanecía encendida en la habitación. Con delicadeza, él retiró sus manos de su pecho y se las llevó a los labios para besarlas.

—Te amo —pronunció, usando una mano para sostener las suyas encima de su corazón, mientras con la restante acarició su cabello desde su frente hasta detrás de su oreja—. Te amo tanto.

—Yo también te amo —respondió con la misma calma y seguridad.

La sonrisa de Adrien se iluminó, llena de amor y afecto. Luego se inclinó para presionar un beso en sus labios, uno largo y persistente, recordándole plenamente su intención.

Marinette estaba segura de que su corazón latía tan rápido como podía en ese momento.

Y cuando Adrien se alejó, permitiéndole recuperar el aliento, apagó la lámpara, dejando que la azulada luz de la luna sea lo único que iluminara la habitación.

—¿Está bien así, mi amor? —preguntó—. ¿O prefieres que cierre las cortinas esta noche?

Ella no tenía ni idea de lo que quería.

—Yo... —tragó saliva, la boca se le secaba—. Solo quiero besarte de nuevo.

Observó cómo su expresión se volvía momentáneamente sorprendida antes de que se inclinara, acomodándose pronto sobre ella en la cama, con los brazos a cada lado de sus hombros.

—Bueno... Eso se puede arreglar.


-.-.-.-.-.-.-.-


Cuando Marinette se despertó, lo único que notó fue la calidez que la rodeaba. A pesar de encontrarse durante los calurosos meses de verano, no quería nada más que acurrucarse en esa calidez y nunca apartarse.

Pero a medida que se volvía más lúcida, comenzó a notar otras cosas, como la mano que sostenía la suya o el brazo que cubría su cintura o, más notablemente, la sensación de su espalda desnuda presionada contra algo que no eran las sábanas.

Y de repente, los recuerdos de la pasada noche inundaron su memoria.

Adrien... ella estaba con Adrien. Se había casado con él ayer y después...

Después él había pasado toda la noche reclamándola íntimamente como suya.

Su corazón comenzó a acelerarse, su cuerpo comenzó lentamente a recordar lo que había ocurrido entre ellos, en esa misma cama, la noche anterior. Su corazón palpitaba velozmente, su piel se sentía como si estuviera ardiendo con su tacto. Enterró la cara más profundamente en la almohada, apretando la mano que sostenía de Adrien aún más fuerte.

—¿Marinette?

Su voz, ronca y profunda por el sueño, flotaba sobre su hombro. Él tensó el agarre de su mano para igualar el suyo, y su pecho se movió contra su espalda mientras se colocaba sobre ella.

—¿Amor? ¿Estás despierta? —susurró.

—Mhmm... —murmuró, volteando la cabeza y abriéndole somnolienta los ojos a una visión borrosa de él. Mientras lo enfocaba, pudo distinguir que los rayos de sol entraban por la ventana y resplandecían en su cabello dorado, creando un halo alrededor de su hermoso rostro que ostentaba una brillante y radiante sonrisa.

—Buenos días, mi bichito del amor —susurró con suavidad. La ternura en sus ojos se combinaba con la adoración en su voz—. ¿Dormiste bien?

No podía apartar los ojos de él, luciendo como si fuera la estatua de un dios griego, con sus bien trabajados brazos que la habían abrazado, manteniéndola unida a él la noche anterior, o el cincelado pecho contra el que había sido apretada.

—Sí —respondió, sin ser plenamente consciente de las palabras que rebosaban de sus labios.

—Me alegro —dijo él, inclinándose para presionar su frente contra la de ella.

—Hmm —musitó, disfrutando de la sensación, sonriendo feliz —. ¿Y tú?

—La mejor noche de mi vida —respondió rápidamente. Ella dejó escapar una risita, un tanto tímida—. Creo que podría acostumbrarme bastante a que estés a mi lado así —susurró.

Tenía la boca reseca, y sus mejillas ardían nuevamente ante sus palabras. Francamente, ella también podría acostumbrarse a esto, ser abrazada por él durante toda la noche. Su agarre era cómodo y seguro, y su toque era relajante, así como increíblemente apasionado.

Ella esperaba que los tonos cálidos del sol de la mañana ocultaran el color de sus mejillas mientras regresaban los recuerdos de la noche anterior.

—Me gusta la idea —convino, musitando las palabras—. Me gusta mucho la idea.

La sonrisa de Adrien retornó con toda su fuerza, y ella no pudo evitar que una amplia y placentera apareciera en su propio rostro.

—Me gusta cómo suena eso, princesa.

Princesa. Sí, ahora era una princesa. La esposa del príncipe heredero. La mujer que él amaba más que a nada. Y ciertamente se lo había dicho repetidamente, una y otra vez.

¿Cuántas mujeres habían luchado para llamar la atención del príncipe, esperando y suplicando que sus esfuerzos tuvieran éxito y que él las reclamara como su princesa? Era curioso cómo la única mujer a la que realmente no le había importado ese título era a la que se lo había otorgado. Incluso ahora, a Marinette no le interesaba. Lo único que le importaba era cómo ese título la vinculaba con su esposo.

—Te amo —dijo ella, alzando sus manos para acunar su mandíbula—. Mi príncipe.

La expresión del joven se iluminó cuando sujetó su muñeca, manteniéndola allí para poder depositar un beso en la palma de su mano.

—Creo que nunca antes me gustó tanto mi título como cuando lo dijiste.

—¿Quieres que te lo vuelva a decir? —bromeó.

—No —respondió finalmente, después de haberlo meditado durante un rato—. Por mucho que me guste cuando tú lo pronuncias, creo que ahora mismo, no quiero ser el príncipe heredero. Solo quiero ser tu marido. ¿Te parece bien?

Su marido. Solo su marido. No pudo ocultar su enorme sonrisa, mareada de felicidad de la cabeza a los pies.

—Creo que sí, pero solo si puedo pasar el resto de la mañana no como una princesa, sino solo como tu esposa.

—Mmm... —bisbiseó, con una brillante sonrisa, llena de todo su amor por ella. Solo por ella—. Me gusta mucho esa idea... mi querida esposa.

Cuando se inclinó para besarla, Marinette suspiró de felicidad, sintiendo que ya se estaba derritiendo en el colchón una vez más. No estaba segura de cómo su suerte la había traído hasta aquí, pero nunca lo cuestionaría. No cuando había sido tan afortunada de casarse con su mejor amigo.

No si eso significaba que iba a convertirse en la esposa del príncipe.


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Salut, les amis! Perdonen el prolongado tiempo de inactividad con esta historia. Pero aquí está, el penúltimo capítulo, con la feliz parejita recién casada y viviendo su noche de bodas.

Ya solo nos falta un último capítulo y nos despediremos de esta hermosa colab. Y hablando de colabs, pueden pasarse por la mía, un Ladrien que están en pleno apogeo xD (la encuentran seguro en mi perfil), la escribimos con mucha pasión y nos gusta mucho cómo está quedando.

Agradezco el apoyo que he recibido a lo largo de todo este fanfic, y espero traerles pronto el capítulo final, pero desde ya les pido paciencia, porque el calor me quita las ganas de todo jsjsjs

¡Nos leemos pronto!