ENSEÑAME
VI
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Honestamente, Hinata se avergonzó de su propio pensamiento, Neji podría llevarla al sitio que deseara y ella no opondría ninguna resistencia. No. En realidad, la sensación de estar entre sus brazos era lo suficientemente agradable y él la tenía de tal manera que sus latidos pegaban sutiles en su oído, arrullándola, adormeciéndola…
—¿A dónde nos dirigimos?
Estaban a la intemperie y a una pequeña parte de su cerebro le aterraba la posibilidad de ser vistos. No estaban haciendo algo malo, pero debía ser, sin duda, una imagen extraña digna de ver: encogida como una bolita en el pecho de su primo, vestida por un ligero y cómodo kimono, apenas con una manta verde sobre sus hombros aun cuando la noche amenazaba con ser fría. Qué penoso.
—No se preocupe demasiado, Hinata-sama —él dijo, sonando contento consigo mismo—. Le gustará.
¿Me gustará?
Diablos.
Se arremolinó un poco más, abochornada, tomando la oportunidad para esconder el rostro. Afortunadamente, la mirada de Neji iba clavada al frente, segura y confiada de su camino.
Oh, Neji-niisan, si supieras…
Decidida a no pensar demasiado en su creciente costumbre de malinterpretar las palabras, Hinata cerró los ojos. Si bien dicho hábito podía llegar a considerarse un síntoma de buena imaginación, para ella era absolutamente tormentoso y francamente agobiante al tener siempre la cabeza llena de imágenes irreales. Desde niña había poseído una mente inclinada a las fantasías, pero jamás éstas la habían hecho sentir tan ansiosa, tan cansada, y ni siquiera en la retraída adolescencia pasada obsesionándose con Naruto los pensamientos la habían acorralado de tal manera.
Hinata suspiró, rendida. En su mente aparecían una y otra vez unos labios rasposos que se deslizaban por su boca y quijada. En su mente tenía la sensación de lana deslizándose entre los dedos, de lana que no era lana sino cabello… Cabello en el que sus dedos se crispaban cuando él (porque siempre tenía que ser un él, siempre) serpenteaba por su cuello, besando y estremeciendo todo a su paso, y ella apenas podía deducir que los quejumbrosos quejidos que llegaban a sus oídos nacían de sus propios labios. Y luego lo peor, sencillamente lo peor; una respiración caliente, la vibración electrizante golpeando justo en el contorno de su mentón al recepcionar un murmullo. Dios, el murmullo. Sublime y dulce. "Hinata-sa…".
—¡Hinata!
—¿Q-Qué…?
Asustada al punto de la muerte, abrió los ojos como platos, y le tomó varios segundos asimilar que había sido abruptamente interrumpida en su fantasía y que, en realidad, nadie la había descubierto en una situación comprometedora en el mundo real.
—¡Oye, Neji! ¿Puedes soltarla, sabes? Creo que ella sabe caminar con sus propias piernas, hombre.
O quizá sí.
—¡Kiba-kun, Shino-kun!
—Kiba, quizá ella se encuentra herida, sé cuidadoso.
—¿Herida? Joder, ¡¿lo está?!
—Claro que no está herida —Neji sonó un poco ofendido, casi como si hubiese sido atacado. Apenas ella hubo tocado el suelo con los pies, él se alejó unos pasos como para probar su punto—. Hinata-sama está sólo ligeramente cansada —anunció.
—Es comprensible, teniendo en cuenta la carga a la que posiblemente ha estado sometida debido a los compromisos de su alta posición social.
Shino. Confiable y práctico Shino.
Kiba inmediatamente llegó a su lado, tocándole el hombro con aparente ternura, pero él era tan naturalmente rudo que Hinata se sintió ladear un poco. —No te robaremos mucho tiempo, Hinata, sólo queríamos verte con nuestros propios ojos para asegurarnos de que siguieses con vida —la rodeó con un brazo y Hinata no pudo evitar descansar su costado contra su cuerpo varonil. La risa de Kiba rebotaba de manera muy agradable, entrañable, ¡los había extrañado demasiado!
—Sigo con vida —murmuró—, y los he echado mucho de menos.
Shino la miró por entre sus gafas increíblemente oscuras. —Luces un poco pálida —apuntó— y tienes ojeras.
Sabiendo que debía dar una imagen lamentable y absolutamente descuidada, se sonrojó ligeramente. Si hubiese sabido que los vería se habría arreglado al menos un poco.
—¡Ah, vamos, Shino, déjala en paz!
—Creo que eres tú el que debería soltarla, se está tornando violeta.
—No es violeta, es rojo, deberías notar la diferencia —Kiba negó apesadumbrado—. Por Dios, tanto que nos costó amenazar a este tipo para que la trajera y viene tu muy imprudente boca a avergonzarla hasta la muerte. Oye, Hinata, no lo escuches, las ojeras son sexys.
—¡Kiba-kun!
—¿Qué? ¿no es verdad, Neji? Dile que lo son.
Notablemente incómodo por haber sido introducido de manera abrupta en la conversación, Neji carraspeó. —No lo sé.
—Oh, por favor. Hinata, yo te lo digo, eres sexy —y, por el amor de Dios, de nuevo giró hacia su primo—. Dile que es sexy, Neji.
Casi se atraganta.
—¿Por qué insistes en confirmar con Neji cada una de tus aseveraciones, Kiba?
—Es obvio —él rio—, porque Hinata no me cree, así que debería decírselo él para que ella lo acepte. Después de todo, se trata del parco y absurdamente honesto Hyüga, ¿no?
Hinata vio la contrariedad en el rostro fino serio de Neji. En su cabeza miles de posibles salidas ante la situación debían estar girando en remolinos. Seguramente muchas de ellas relacionadas con asesinar a su compañero de equipo, así que dispuesta a evitar la inminente tragedia, carraspeó.
—¡Oye, Kiba-kun! —intervino, soltándose tímida de su brazo—, ¿y Akamaru-kun? No lo veo por aquí.
—Oh, sí —su semblante tosco se tornó oscuro—. No lo he podido traer, hoy está al cuidado de Hana.
Hinata se sobresaltó ante la mención. —¿Le sucedió algo?
—Nada grave, sólo le cayó una pequeña esquirla en nuestra última misión, estará bien —respondió, rascándose la cabeza—. En realidad, tenemos bastante que contarte, así que tú —señaló a Neji despreocupadamente con el pulgar para, seguidamente despedirlo con un gesto despectivo de la mano—, son cosas de equipo. Shu, shu, fuera de aquí.
Nunca había sido fan de los Inuzuka; eran desordenados, ordinarios, imprudentes y el olor a perro mojado no los solía abandonar con frecuencia. Entre ellos, Kiba era definitivamente el peor, de manera que si los Inuzuka podían llegar a considerarse la antítesis de los Hyüga, Kiba Inuzuka no podía ser menos que la de Neji Hyüga. Sin embargo, a pesar de los amplios defectos latentes en sus genes, los Inuzuka eran leales, tan leales como sus jodidos cachorros, y eso, en lo que a Neji concernía, era lo esencial; que dicho sabueso humano fuese completamente fiel a su prima y futura cabeza del clan.
Sólo por eso, estando completamente seguro de que la más valiosa perla de la familia se hallaba en buenas manos, Neji había regresado calmo a su pequeña y cálida habitación para descansar después de un muy merecido y relajante baño. Kiba y Shino le habían asegurado que acompañarían a Hinata de vuelta, también prometieron no demorarla demasiado al ser conscientes de que ella tenía que estar despierta y bien dispuesta a primera hora… Pero cuando Neji se cayó de espaldas en el colchón, usando apenas unos pantalones azules de pijama, descubrió con decepción que dormir se le haría imposible.
Estaba preocupado.
Estaba genuina y malditamente preocupado, tan preocupado como lo había estado las últimas semanas, y por la única razón que lograba hacerlo sentir ansioso: Hinata.
¿Qué estaba pasando con ella?
Cuando habían iniciado ese (aún en su opinión) absurdo juego de lecciones de seducción, había justificado el interés de su protegida con la inminente necesidad de conseguir un matrimonio conveniente para el clan. Hinata, como era natural, ansiaba asumir su papel de líder de la mejor manera posible, y la idea de que su estado civil pudiese interponerse en su meta de alguna forma le había llevado al punto de pedir su ayuda para evitarlo. Sin embargo, era también conocedor de los tiernos sentimientos que desde muy joven había albergado su corazón de mujer, sentimientos que desde el primer momento sólo estuvieron destinados a un hombre rubio, de ojos azules y sonrisa fácil. Sí, claro que él siempre lo había sabido (en realidad, dudaba de que una sola alma en Konoha no estuviese enterada, a excepción del propio susodicho), y por tanto, Neji se empeñó en darle una mano; si ella quería a Naruto, y dejando a un lado el hecho de que él representaba la mejor opción diplomática posible al ser de manera inminente el sucesor del hokage, y si en él se encontraba la felicidad de Hinata, Neji haría todo lo posible para que pudiese alcanzarlo. No debía ser tan difícil, pensaba, y a sus ojos la situación no era compleja: si Hinata conquistaba el corazón de Naruto, ella estaría feliz y, a su vez, su matrimonio superaría las expectativas del clan, con lo cual ella podría acceder al liderazgo entre aplausos y sin ningún tipo de objeción arcaica… Pero, siempre había un pero…
Empezaba a dudar acerca de las intenciones de su prima.
No debía ser malinterpretado; Hinata era tan pura y angelical como una niña pequeña, no había forma alguna en el infierno de que planes perversos se albergaran en su mente, no, no, claro que no, simplemente… ¿cómo decirlo? Neji se removió incomodo ante el pensamiento: Hinata… Ella… Ella podría, quizá, sólo era una posibilidad… Ella puede que tuviese algún tipo de deseo carnal.
Eso explicaría por qué se había comportado de manera tan inusual e intensa cuando él estuvo transformado en Naruto. O…
Quizá –Neji se sintió azarado- ella no sólo estuviese consciente de su papel dentro de la jerarquía Hyüga y de la conveniencia social de tener una pareja, sino también, otra vez quizás, ella podría estar necesitando la compañía de un hombre… de un hombre que le hiciese compañía en las noches y la hiciese sentir…
Y entonces lo supo.
Bueno, siempre lo había sabido en realidad, claro, no era estúpido, pero la realización cayó sobre él como un baldado de agua fría, haciéndolo ahogar un gemido de frustración mientras se cubría el rostro: Hinata era una mujer. Una mujer adulta, además.
¡Qué terrible descubrimiento!
Su maestro se sentía perturbado. No era posible notarlo a simple vista, pero pocas cosas podían escapar al gekke genkai del clan Hyüga, y el que su primo se contuviera durante sus casi dos horas de Puño suave no fue una ellas. Él no era obvio, claro, pero el chackra que emanaba de sus palmas venía en cantidades un poco menores de las que las habituales en su característico nivel de exigencia, su ceño se fruncía con frecuencia, su conversación era escasa y titubeante, sin mencionar el que, durante los breves descansos usados para hidratarse, estuvo evitando realizar contacto visual todo el tiempo.
Nuevamente, no es que él fuese obvio; simplemente ella estaba prestando juiciosa atención a cada aspecto de su comportamiento.
Mientras pasaba una toalla húmeda sobre la piel de su frente, apartando y mojando algunas hebras de cabello oscuro, Hinata suspiró. ¿Estaría incómodo en su presencia? ¿querría estar en otro lugar? Sobre su hombro pesaba todavía una gran culpabilidad; lo había besado… Se había lanzado sobre sus labios como una fiera salvaje en cuanto ve un sabroso pedazo de carne. Dios mío, ¿cabría la posibilidad de que en el fondo fuese una completa pervertida? No, no. Un ligero pinchazo le apabulló el pecho: ¿estaría pensando su protector que era una completa, desconsiderada e irreparable pervertida?
¿Habría sido un error incorregible el haberse dejado llevar por el impulso de besarlo o, si lo pensaba con exactitud, el impulso de besarlo a él durante su transformación en Naruto? Casi podía echarse a llorar de vergüenza, ¡qué rayos le estaba pasando! Ella no era así, ella normalmente no actuaba como una mujer pecaminosa de la que tanto de las que tanto prevenían a los jóvenes Hyüga adolescentes, ¡en serio no lo era, alguien debía creerle!
Un carraspeo ronco la sobresaltó. Neji estaba mirándole de soslayo. Diablos, ¿será que podía parar de observarla con ese sospechoso gesto de "conozco su verdadera corrompida naturaleza, Hinata-sama, pero no lo diré directamente para evitar hacer de esta una situación incómoda"?
—¿Se encuentra bien, Hinata-sama? —sus ojos se mantuvieron de soslayo sobre ella al hablarle, pero rápidamente se volvieron haciaa la toalla blanca que sostenía con las manos. Señor, casi pudo notar el movimiento lento y pesado de la manzana de Adán en su cuello; el hombre estaba definitivamente incómodo, y casi, casi pudo jurar ver un tono claro de rosa en su mejilla cuando dijo: —Está… gimiendo.
Abrió la boca, pero de esta no brotó más que un "¿eh?" agudo y estupefacto, casi ausente, segundos antes de que la sangre de todo su cuerpo empezara a aglomerarse en dirección a su rostro. —¡N-No estaba haciendo tal cosa, Neji-niisan! —chilló, totalmente abochornada.
—Lo estaba —él configuró un gesto serio, girándose por completo en su dirección—. Mientras secaba su frente con la toalla. Cerró varias veces los ojos y frunció el ceño mientras lo hacía. Decía "Ahhh" —su boca se abrió al soltar el inexpresivo sonido—de manera prolongada. ¿Está bien?
Menuda pena. Hinata se cubrió el rostro con ambas manos, un temblor sacudiéndole el cuerpo de pies a cabeza, ¿lo decía en serio? Quizá se había quejado un poco en su pequeño soliloquio, pero, por todo el chackra del mundo ninja, ella no estaba gimiendo. Ella nunca gimió. Pero tenía que venir él a hacer la peor elección de palabras y la representación más humillante de sus sonidos.
Podía ser el mayor genio que el clan Hyüga hubiese engendrado nunca, podía amarlo con toda su alma por ser su primo, pero por favor, que un rayo atravesara la madera del techo ahora mismo y lo partiera en dos. O a ella. O, saben qué, a los dos.
—Hinata-sama, no tiene porqué abochornarse, en realidad, es algo completamente natu-
—No estaba gimiendo —la voz le salió quebrada, pero bien pudo interrumpir su vano intento por calmarla.
¿Qué pensaba Neji? ¿Qué tendría que ofrecerle a darle "la charla" o algo así? Odió que le hablara como a una total ignorante.
—No lo hacía —continuó, retirando las manos para poder mirarlo, molesta—. No estaba gimiendo, estaba atormentada pensando en la manera en que debía disculparme contigo para que dejes de comportarte tan extraño a mi alrededor —él parpadeó, quizá sorprendido por su inusual forma de hablarle, o quizá pasmado al sentirse descubierto—. Sólo estaba reprochándome el haberme lanzado a b-besarte en nuestro último entrenamiento, c-cuando tú usaste un henge de Naruto-kun, porque eso estuvo mal, y lo siento mucho, y eso causó que tú te sientas incómodo estando ahora en mi presencia, así que me hace sentir terrible… y tu forma de mirarme —pasó saliva, su tono volviéndose cada vez menos molesto y más reflexivo y honesto—tu forma de mirarme ahora es como… como si estuvieses pensando cosas sobre mí, como si me vieras diferente y ya no estuviese en lo más alto de tu pedestal, Neji-niisan, y eso… eso… simplemente me hace sentir muy mal. Y tú vienes y usas esa palabra gemir que sólo debe usarse cuando las personas tienen pensamientos obscenos, y no es el caso porque solo quería pedirte perdón por causar tu desagrado a causa de mi estúpido error de antes y estaba mortificada por ello… Todavía hoy no tengo claro qué fue lo que sucedió aquel día, sabes, no es propio de mí comportarme de esa manera, y-
—Pero estuvo muy bien —él interrumpió la absurda verborrea, observándola con seriedad, a la vez que ella le miraba sorprendida, y sonrojada por la agitación—. Estuvo bien, porque fue parte de la lección.
—¿La lección?
Neji asintió tranquilamente, inclinándose para depositar la toalla en un banquillo, y se acercó a ella. —Hizo contacto físico con Naruto. Fue un gran avance —movió ligeramente los hombros, fresco—mi henge funcionó.
—Entonces —Hinata parpadeó lentamente—¿se suponía que hiciera exactamente lo que hice, Neji-niisan?
—Bueno —titubeó—, honestamente tuvo una reacción bastante más… animada de lo que esperaba, pero no quiere decir que sea algo malo. De cierta manera podría considerarse que su pasión por Naruto es grande.
—P-Pasión…
Neji carraspeó. —Y, aunque es algo natural, ya que todos los seres humanos llegan a esa edad en la que… bueno, a esa etapa de la vida en la que empiezan a surgir ciertos, eh, deseos… deseos de acercarnos a alguien del sexo opuesto…—tres carraspeos más—, lo que quiero decir es, verá, aunque no fue en absoluto una acción reprochable de su parte, debe aprender a manejarla para que en el futuro no suponga una debilidad.
La mirada masculina era genuinamente seria, aunque Hinata casi pudiese ver las gotas resbalando por los laterales de su rostro debido a la tangible incomodidad. Ella, por su parte, sólo estaba anonadada: ¡le estaba dando la charla! ¿qué tan bajo tenía que caer? No, pensó, la pregunta correcta era qué tan bajo la haría él sentir que había caído… ¡Dándole la charla a los veinti tantos años de edad, faltaba más!
Sonrosada de la ira, solo permaneció en silencio mientras era tratada como una niña.
—… Si un enemigo llegase a descubrir su punto débil, Hinata-sama, podría hasta-
—Suficiente.
Neji parpadeó ante el tono implacable. —¿Disculpe?
—Dije —le miró con seguridad, su pequeña figura irguiéndose con orgullo—: suficiente. Haz silencio y date prisa en transformarte.
Le tomó un segundo descifrar la orden. —¿En Naruto?
Asintió. —Estás tardando demasiado y mi tiempo no es ilimitado.
Algo bullía en su interior, podía sentirlo, ardiente, burbujeante. Neji no tardó en obedecer, y pronto los ojos en los que brillaba el asombro pasaron de ser perlas para volverse un cielo. Ardía. Y no era pasión, como pensaría su muy bocazas maestro.
No.
Era rabia.
Y poseída por esta, Hinata se acercó en dos pasos largos y firmes hasta casi poder saborear la respiración del hombre rubio frente a ella. No existieron los nervios, no hubo revoloteo de mariposas, no quemó más que el fuego del orgullo al murmurar: —Sé lo que es la pasión —mientras hablaba, una de sus manos se escabullía bajo la chaqueta naranja, tocando el abdomen sólo por encima de la delgada camiseta negra del interior—. No sé lo que es la pasión de un hombre, en eso te doy la razón, ni sé cuán intensa puede llegar a ser, pero la mía…
La mía me consume.
Me abrasa viva.
Enséñame cómo sobrevivir a ella.
Hinata se detuvo lo suficiente para mojar los labios con la lengua suavemente. Estaba jugando con fuego. Ardía. El aire tibio. El calor de la piel llegando hasta sus dedos aún con la tela de por medio. Sin embargo, aunque se sentía malditamente bien, sus pupilas no flaquearon. Se inclinó un poco, sólo para que sus labios pudiesen tocarse y poder hablar sobre su boca, apenas en un denso susurro: —La mía la conozco bien, y ni siquiera esto —le palpó el pecho, enfatizando—es suficiente para hacerme perder el control, Naruto-kun.
Ante la masculina mirada que portaba una expresión casi aterrada, contrastando con las mejillas oscurecidas por un leve rubor, Hinata retrocedió dos pasos, eliminando todo contacto.
—Deshazlo.
Un ¡puf! Después, pudo encarar directamente el rostro de su primo, un Hyüga, un Bouke. —Ahora que ambos estamos de acuerdo con que mi control es espléndido, quisiera aclarar algo —empezó, retorciendo los dedos en un ligero temblor que, a esas alturas, ya no estaba segura si era por la ira o por el aún reciente cosquilleo del calor corporal—; te busqué para que me mostraras cómo despertar el interés en un hombre, y nada más. Así que ya puedes dejar de actuar como si trataras con una adolescente hormonal, e ir enfocándote en tu tarea.
Lo vio separar los labios, unirlos, y volverlos a abrir. Finalmente, con una pequeña reverencia, la reunión terminó:
—Como desee, Hinata-sama.
Le temblaban las piernas. No como a Bambi recién nacido, claro, pero había temblor al fin y al cabo. Ni los más fieros y despiadados ninjas habían logrado descomponerlo ni siquiera ligeramente en batalla alguna y, sin embargo, ahí estaba él, el más grande genio que hubiese parido el clan Hyüga en mil generaciones, temblando… por una mujer.
Y no había que malinterpretarlo, no era miedo, claro que no. En realidad, si hubiese que describir la sensación, sería correcto decir que era una mezcla entre emoción y sorpresa: Hinata, su Hinata, ¿esa intimidante mujer era la misma tierna, dulce, tímida, recatada y frágil princesa Hyüga a la que todos conocían?
"Así que ya puedes dejar de actuar como si trataras con una adolescente hormonal, e ir enfocándote en tu tarea".
Ahogó una pequeña risa en solitario al escuchar nuevamente la fina voz en su cabeza. De cierta manera, se dijo, ella tenía razón. De cierta manera también, él podría tener todo el derecho del mundo de estar sintiéndose herido en ese momento por haber recibido un trato tan impersonal.
Pero es que, ah, ese tono orgulloso y esa altanera mirada le quedaban tan bien.
Quizá, Neji sonrió, quizá era hora de ponerse serios.
