ENSEÑAME

VII

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Hiashi Hyüga frunció mínimamente el ceño, preguntándose el motivo por el cual su hija veinteañera lucía como si hubiese regresado a la pubertad, con sus mejillas pintadas de un fulminante rojo y el rostro vergonzosamente bajo. Había intentado ignorar este hecho durante un buen rato con el firme propósito de no interrumpir la cena (porque, la verdad fuera dicha, Hinata siempre había sido un poco rara), pero cuando ella hizo rodar la salsa de soya hasta el suelo luego de que su sobrino Neji se la pidiera, él, aún el líder del ancestral clan Hyüga, perdió la paciencia.

Dirigiendo su mirada molesta hasta ella, habló. —Hinata, hija, ¿qué está mal contigo la noche de hoy?

Ella interrumpió su disculpa hacia un miembro del Bouke que se había dado prisa en recoger el envase, y su pequeña espalda se inclinó rápidamente en una pequeña reverencia hacia la cabecera de la mesa. —N-No ocurre nada, padre, s-sólo creo que el cansancio me ha hecho actuar torpemente, lo siento.

Elevó una ceja, ocultando todo rastro de diversión en su expresión. ¿El cansancio te ha hecho torpe? Hinata, la torpeza es una de tus cualidades natas. Carraspeó. —Pasaré por alto el hecho de que hoy fue tu día libre, y serviré mi propio té por el momento, si te parece —alargó el brazo hasta la tetera, más cercana a la ubicación de su hija—, no te molestes en acercarla, por favor, no vaya a ser que termine también rota en un millón de trozos.

Una pequeña risa proveniente de los labios de su hija menor intoxicó el aire, profundizando aún más el rubor en el rostro de Hinata. —Nee-sama hace tiempo que no actuaba de forma tan patosa —la escuchó decir, mientras se llevaba, de forma muy poco elegante por cierto, un trozo de carne a la boca—, ¿qué shinobi la tendrá taaaan distraída?

—¡N-No es nada de eso!

—¿Entonces por qué se pone aún más roja tu cara, nee-sama?

—N-No es cierto.

—Sí lo es.

—No.

—Sí.

—Q-Que no.

Hiashi giró la cara, buscando ignorar los malos modales en la mesa de sus hijas, y se centró en Neji; él llevaba la comida hasta su boca en perfecta forma, con una expresión serena en el rostro, ajeno al bochinche. ¿Por qué, Dios del cielo, no podían aprender ellas un poco de él?

—¿Será un rubio cabeza de chorlito?

—¡C-claro que no!

—¿Aún no te confiesas? Qué lenta, ¡buu!

—B-basta, Hanabi, n-no es nada de eso.

—No debes ser tan mojigata, nee-sama, a los hombres les gustan las atrevidas, ¿verdad, padre?

El susodicho padre sorbía impasible un poco de su delicioso té de hierbas. —No dejaré que me involucres en su absurda discusión, Hanabi.

Enfurruñada, ella se volvió hacia el joven Hyüga. —¿Qué hay de ti, Neji-niisan, te gustan descaradas? —preguntó con una mueca traviesa.

Fiel clon de su tío, Neji permaneció parco, masticando un poco de arroz. —Eso no es de su incumbencia, Hanabi-sama.

—Oh, vamos, no me digas que te calientan las santurronas, eso nadie se lo cree.

Hinata ahogó un gemido, escandalizada. —¡Padre, Hanabi está diciendo cosas inapropiadas en la mesa!

—Hanabi, basta de hablar cosas inapropiadas.

—Padre, no es mi culpa que nee-sama tenga una edad sexual de tres años.

—¡Padre, haz que se detenga!

—Hanabi, detente.

—Padre, no es mi culpa que nee-sama quiera llegar virgen a los cuarenta.

—¡S-Suficiente!

¡Pam!

Los platos temblaron sobre la mesa y su preciado té se derramó un poco. Hasta Neji, quien hasta el momento se había mantenido al margen, fijó sus ojos en la mujer de pie a su lado que respiraba profundamente con las palmas apretadas sobre la superficie de madera.

—No toleraré más esto, Hanabi. Burlarte de la falta de experiencia de alguien de una noble familia es algo indigno, no te ridiculices más frente a nosotros con tus malos modales.

Hiashi sonrió al ver la boca abierta de su hija menor. ¡Bien hecho, Hinata!

—Y tú, padre, deberías sentirte avergonzado por permitir tal comportamiento en tu casa. Traes deshonor sobre tu propia cabeza al no poner límites a su viperina lengua.

¿Era raro que se sintiera emocionado de que la heredera de su casa le estuviera sermoneando? ¿era raro que se sintiera orgulloso ante tal descaro? Oh, diablos, él había esperado eso por tanto tiempo y no pensaba cuestionárselo ahora. Tan sólo disfruta, Hiashi, disfruta la gran vista de tu retoño empezando a florecer.

La vio girarse grácilmente sobre sus delgados talones, claramente dispuesta a darles la espalda y efectuar una espectacular salida, pero, para su sorpresa, a último momento dirigió la mirada hacia el más joven hombre Hyüga en la sala. La orden impersonal lanzada con tono autoritario hizo que Hiashi abriese asombrado los ojos, aún si tal tono contrastaba con sus mejillas adorablemente polvoreadas de rubor:

—Escóltame de regreso a mi habitación.

Cuando Neji la siguió, obediente, y tratando inútilmente de ocultar un destello de sonrisa, Hiashi se giró hacia su anonadada hija.

—Veo que no soy el único sorprendido.

Ella parpadeó tres veces, saliendo del pequeño trance en el que había sido inducida, y boqueó como un pez fuera del agua.

—¿Qué acaba de suceder, padre? —soltó una carcajada, su rostro de jovencita ruda iluminándose grácilmente—Si no lo hubiese comprobado con mi propio Byakügan, pensaría que Hinata-neesama ha sido plagiada, ¡demonios!

Ignorando la maldición (no propia de una dama de alta cuna), asintió, con una sonrisa torcida.

—Será interesante observar si este comportamiento es permanente, ¿no lo crees así?

—Lo creo —Hanabi reposó un codo en la mesa, apoyando su mejilla en el puño, pensativa—. ¿Y es idea mía o tú también piensas que a Neji-niisan parece no desagradarle demasiado el cambio?

—Eso parece.

Ella sonrió, traviesa.

—Oh, padre, al parecer los hombres Hyüga las prefieren atrevidas después de todo, ¿eh?


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Oía el leve pop, pop de los pies descalzos al chocar contra el suelo de madera con cada paso acelerado que daba por a través de uno de los pasillos que conducían a su alcoba. Sabía que tenía las mejillas encendidas; maldita sea, se conocía demasiado bien y, aunque podía afirmar rotundamente que había cambiado y que ya no era tan deprimentemente tímida como antaño, el tiempo le había demostrado que existían cosas que, definitivamente, eran inmodificables, tales como la facilidad de circulación de sangre hasta sus mejillas y la forma en que ésta se reflejaba en su rostro gracias a la transparencia de su piel. Aun así, Hinata no pudo evitar recriminarse internamente por ello.

Definitivamente sonrojarse hasta la médula al sermonear con prepotencia no era lo ideal, sino francamente contradictorio, ¡qué clase de imagen estaba dando a los demás!

Pero la culpa no fue toda mía, se recordó, aumentando la velocidad de sus pasos; siendo a su vez plenamente consciente de quien la seguía a corta distancia en silencio. Si él no…

—Hinata-sama —frenó en seco ante el llamado, y se mantuvo en silencio sin girarse.

Neji debió interpretarlo como una señal para continuar.

—¿Está molesta?

Se mordió el labio inferior. Lo estaba, claro que sí. —Un poco.

—¿Con Hanabi-sama?

Oh, Hanabi era una completa entrometida, claro, pero no estaba enojada con ella. Llevaba lidiando casi dieciocho años con ella como para molestarse realmente por su forma de hablar. La adoraba, en realidad. Así que negó suavemente con la cabeza, sólo para que él pudiese entender su negativa.

—¿Con Hiashi-sama?

Nuevamente una negación. Su padre era mucho más dócil y cálido que antaño, aunque seguía siendo firme, y sus palabras eran raramente hirientes.

—Entonces —hubo una breve pausa, y Hinata lo sintió dar un paso tras de sí, acercándose. Su voz fue dulce al preguntar—: ¿conmigo?

¿Lo estaba? En definitiva el haber tenido a Neji sentado frente a ella molestándola furtivamente durante toda la cena le había puesto de los nervios: los choques "casuales" entre sus pies, la forma en que él lucía tan calmo mientras hablaba con su padre sin siquiera dar una señal de que, bajo la mesa, los dedos largos del pie derecho se entretuvieran deslizándose de arriba abajo a través de la espinilla desnuda de su heredera. Hasta se había atrevido a pedirle la salsa de soya mientras se burlaba de ella con un atisbo de sonrisa tirando de sus labios, ¿es que nadie más, por el amor de Dios, había notado eso: lo malvado que Neji Hyüga podía llegar a ser? La prueba de ello: él había subido más allá de las rodillas justo cuando había alcanzado el frasco, sólo para hacerla brincar y fallar vergonzosamente frente al resto de la familia. Maldita sea, tenía razones para estar molesta, sin embargo…

—No —suspiró, girándose finalmente, su mirada desviada hacia el suelo, sus mejillas ahora apenas teñidas de rosa—, contigo nunca.

Él no se molestó en ocultar el alivio. —¿Entonces podría decirme qué la tiene molesta?

Ya estaban cerca de su destino, así que Hinata caminó apenas unos metros y giró el pomo de su puerta, dedicándole una mirada con la que le informaba claramente que esperaba que la siguiera, antes de entrar.

Neji, dudoso, se detuvo en el marco.

—No es decoroso que yo acceda a sus aposentos, Hinata-sama —mencionó, con reverencia.

Obtuvo como respuesta una oscura ceja elevada, ¿él estaba siendo serio al respecto? —¿Pero tocarme a escondidas bajo la mesa sí lo es?

Touché.

Una leve sonrisa deformó los labios masculinos. —De acuerdo, me tiene.

Hinata lo observó pasar a través del marco, mientras sentía su propio estado de ánimo aumentar gradualmente. Neji cerró la puerta tras él y le dedicó una fingida mirada de regaño.

—Pero en el futuro asegúrese, por favor, de no hablar como si yo fuese un violador, alguien podría malinterpretarlo.

Reprimió una suave risa.

—Lo siento, ¿pero lo viste?—susurró, su rostro decayendo ligeramente—Quien me tiene enojada soy yo… Mi reacción fue absolutamente vergonzosa, no puedo controlarlo. Intenté ser firme y enfrentarme a Hanabi con verdadero temple, pero mi actuación no fue muy convincente, mi voz fue temblorosa y mi rostro estaba en llamas.

—Lo hizo muy bien —él habló firmemente—, su postura fue adecuada, no titubeó y usó el tono correcto.

Lo miró, recelosa, tímida. —¿De verdad?

Neji asintió. —¿No se fijó en sus rostros? Sus quijadas casi tocan el suelo.

Ella se mantuvo en silencio un momento. —¿Entonces… lo hice bien, nii-san?

—Más que bien —dio un paso hacia ella—, fue feroz, pero distinguida.

—S-Seguramente lucí muy torpe…

—Lucía hermosa.

Hinata se sintió extremadamente tonta al abochornarse por el cumplido, sin embargo, era esa otra de las cosas perennes en su ser. Trató de no sentirse ligera, muy, muy ligeramente defraudada con el hecho de que su primo dijese cosas parecidas sin el más pequeño cambio en su expresión, como si fuese sólo le estuviese diciendo que el clima estaba fresco. Él no podía imaginar, claro, que era la única persona en el mundo que había usado ese adjetivo para describirla.

Hermosa.

Una palabra tan vergonzosa que, a pesar de todo, lograba que su ego femenino ascendiera un escalón.

Si tan sólo Naruto pensara lo mismo.

—¿Cree que sobrepasé los límites?

La pregunta la tomó por sorpresa. —¿Cómo?

Neji se notó un poco contrariado. —En la mesa, quiero decir.

—Bueno, definitivamente fuiste cruel al pedirme que te alcanzara la salsa, Neji-niisan —frunció los labios en un natural puchero—¿no veías mi rostro? Estaba muriendo a fuego lento ahí.

—Lo sé, soy maligno —él sonrió, pero rápidamente su expresión se tornó preocupada—, pero me refiero, Hinata-sama, a si usted considera que me sobrepasé al tocarla con mis pies. Me sentí realmente extraño, y estuve pensando fuertemente todo el tiempo en si eso la iba a enojar.

—No soy buena enojándome —mencionó.

—Bueno, el otro día me pareció genuinamente molesta, ya sabe, cuando me ordenó que no la tratara como una adolescente llena de hormonas, lo cual, aclaro nuevamente, nunca he hecho.

Hinata gimió, atormentada; ¿es que acaso nunca a superar eso? ¡ya había pasado más de un mes, Jesucristo! ¡qué hombre más rencoroso!

—¡Y ya me disculpé por hablarte así! —el quejido se mitigó entre sus manos, al cubrir su rostro—, fui una harpía.

—No fue una harpía, usted nunca podría ser una harpía —él se cruzó de brazos, retornando a su papel de maestro corrector—; fue segura de su posición, y determinada.

Hinata lo observó entre los dedos. Ella se había lamentado por dos semanas enteras el haber tratado a su querido primo de manera tan despectiva e impersonal. Dos semanas en las que se infringió un castigo a si misma al permanecer alejada de él, acumulando fuerzas para correr y disculparse debidamente, y seguía sin poder entender completamente el porqué él nunca pareció guardarle rencor. Cuando hablaron al fin, él simplemente había dicho: "Ah, ¿estaba preocupada por eso? Descuide, no fue nada" como si hubiese sido lo más insignificante del mundo. ¡Ella prácticamente había pasado dos semanas enteras hecha bolita, dándose latigazos mentales mientras él paseaba campante por ahí, ni siquiera consciente de su sufrimiento, ni siquiera ligeramente ofendido por las palabras más hirientes que ella le hubiese dirigido a alguien en sus más de veinte años de existencia! Fue desalentador, aunque al mismo tiempo un gran alivio.

Luego de ello, Neji se había mostrado interesado en sacar a relucir esa parte que tenía oculta en las profundidades más abismales de su ser (ella lo llamaba la Hinata harpía mentalmente), pues insistía en que era una forma excelente de llamar la atención. Según Neji, y un montón de libros y revistas de dudosa reputación, a la mayoría de los hombres les atraían las mujeres de carácter fuerte y, sacando a colación el hecho de que cierto rubio por ahí había declarado públicamente durante años estar loco por una mujer que lo zarandeaba cada dos por tres como una maraca, entonces Hinata había tenido que aceptar de mala gana esa estadística. A partir de entonces, sus clases, las clases de seducción, se habían enfocado en capacitarla para despertar aquel lado… El comportamiento de Neji esa noche en la mesa también fue parte de su entrenamiento; ella no debía inmutarse con nada de lo que él hiciera, pero claramente fue un fiasco.

—Me temo que debo retirarme pronto —su voz la hizo retornar a la realidad, retirando las manos de su rostro totalmente para observarlo. Neji se explicó—: No es conveniente que yo permanezca mucho tiempo en la alcoba de la heredera.

La heredera. Qué molestia. Tratando de relegar el fastidio en su voz, mencionó: —Puedes permanecer el tiempo que desees. Eres mi guardián.

Neji se tensó. —Actualmente, a los ojos del clan, soy simplemente la cabeza del Bouke.

El corazón de Hinata se encogió al entender el mensaje en sus palabras: "usted ya no me necesita", como si él fuese algo desechable. Hubo sido su guardián desde que tenía tres años y, sin embargo, ahora que a ella se le consideraba apenas lo suficientemente fuerte, se reputaba que su papel como protector era inservible.

—Todos saben que me proteges —aseguró, ferviente—. Necesito tu protección frecuentemente, y es imprescindible que permanezcas a mi lado —en algún momento, sus índices se frotaron tiernamente en aquel gesto infantil que se negaba a abandonarla. —Siempre, siempre, siempre…

Los hermosos ojos plateados de hombre se nublaron con una mirada dulce, nublada de resignación. —Siempre —le aseguró, condescendiente, interiormente enternecido por su cálida preocupación—, sin embargo, Hinata-sama, no es bien visto que yo permanezca demasiado tiempo en su habitación. Su reputación podría ser cuestionada.

—Me importa poco mi reputación —sus mejillas se sonrojaron por el enojo.

—Pero a mí me importa —él habló con un tono de voz contundente, mirándola con seriedad.

Hinata le sostuvo la mirada por un instante. ¿Era eso justo? Ella debería ser capaz de estar donde quisiera con su primo y el tiempo que ambos desearan, así como él debería ser capaz de estar despreocupado por las opiniones ajenas. ¡Quiso gritarle! Decirle que, por favor, no se fuera, pues eso la haría sentir como si fuera una muñequita que el protocolo y el decoro manejaba a su antojo, sin voluntad, una mera apariencia… Quiso decirle que no era secreto para ningún Hyüga que ella necesitaba de él y que, por favor, nadie se atrevería a cuestionar la moralidad de los actos del más grande genio de la familia. Los suyos propios quizá sí, porque, después de todo, había pasado su vida entera siendo objeto de las duras críticas, pero Neji… Neji era perfecto, impoluto…

—Debo irme —le oyó repetir, esta vez más lentamente, al romper el contacto visual con la despedida—Qué descanse, Hinata-sama.

—Espera.

Él se detuvo a medio camino hacia la salida, girándose nuevamente hacia ella, justo a tiempo para recibir la presión suave de dos manos sobre su pecho y la calidez de un beso en su mejilla. Ante la rapidez del movimiento, ella trastabilló un poco, debido también al hecho de haber tenido la necesidad de ponerse en punticas a causa de la diferencia de altura, pero las manos de Neji la sostuvieron al posarse en los delgados antebrazos.

—Hinata-sama —el aliento de su murmullo sorprendido le movió ligeramente el flequillo.

Ella, en lugar de alejarse, se acercó más. Tan, tan cerca, que su nariz estuvo tentada a rozar el hueso de la clavícula masculina. Ella podía fácilmente sentir el aroma de su piel. Suspiró, cerrando los ojos.

—Hinata-sama…

—Eres mi hermano —le susurró, bajito, suave, apenas con la fuerza necesaria para que llegase hasta su oído—. Todos lo saben. Nadie pensará mal.

Él tardó un segundo en contestar, sus manos afianzándose más en su piel cremosa, como si inconscientemente se preparara para repeler un posible acercamiento más profundo de su parte. Hinata se sintió ofendida. Parecía que él estuviese esperando para alejarla como si fuese una molestia. Pero su voz, a continuación, sonó tan ronca que ella olvidó rápidamente la desazón. —No somos hermanos.

—L-Lo somos —sintió deseos de llorar, inexplicablemente. De pronto, se sentía como si Neji pudiese desaparecer en cualquier momento, y ese pensamiento le hizo apretar los dedos en torno a la tela de su camisa, le hizo hundir el rostro en su cuello—. Eres mi familia. Nadie pensará mal de ti por estar a mi lado.

Un instante después, Hinata fue acunada entre unos brazos fuertes y mortales. Una fría ráfaga de aire proveniente de la ventana que solía permanecer abierta los golpeó, pero eso solamente provocó que se acogiera más al cuerpo de su primo, rodeándolo con sus delgados brazos, a la vez que él la estrechaba más en el calor fraternal de su abrazo.

Escondida en la cómoda intersección entre el cuello y el hombro, Hinata se estremeció al sentir la sutil caricia de los labios de Neji sobre su sien. —Sí, somos familia… —él besó la punta de su cabeza, besó su cabello, y posó la boca caliente en la punta de su pequeña oreja sobresaliente entre las hebras de cabello—, pero nuestra familia ha sido endogámica durante siglos, recuerde.

Hinata se tensó, los dedos largos y finos enterrándose en la espalda masculina ante las palabras certeras y el tono incitador. ¿Él lo estaba haciendo a propósito? No, no… Definitivamente era un juego de su mente. Sin embargo, la piel de su oreja seguía atrapada entre los labios entre abiertos que la atendían con pequeños roces.

—¿Q-Qué… qué quieres decir?

—Lo sabe —la voz de Neji era atrayente, densa como chocolate caliente, mientras se las ingeniaba para retirar el cabello oscuro sobre el hombro femenino, y Hinata casi, casi, deja escapar un gemido ahogado cuando Neji besó su lóbulo y respiró sobre su cuello como si aspirara su aroma—. Significa que siempre nos hemos preferido… siempre, entre nosotros, por generaciones.

No. No. No.

Sí.

Él hablaba de la historia de la línea sanguínea de los Hyüga, pero se sentía como si sus palabras estuviesen expresamente dirigidas hacia ellos dos. Sólo ellos.

—Siempre, Hinata-sama —si tocaba su cuello, moriría. Pero Neji, afortunada o infortunadamente, volvió a su sien expuesta, dejando una línea de besos juntos y suaves por el contorno derecho de su rostro, mientras repetía esa palabra como si fuese una plegaria, siempre, siempre, siempre y se detuvo en el hueso de su fina quijada.

En este punto, las manos femeninas se deslizaron hacia los costados del fornido hombre, aligerando el abrazo, facilitándole y buscando inconscientemente que tuviese el espacio suficiente para llegar a su cuello, o para besarle la boca…

Oh, Dios. ¿Qué demonios le estaba pasando? Se estaba sintiendo como aquella vez en el döjo… Y aunque se había atormentado innumerables veces por ello, ahora parecía querer repetirlo, no podía evitarlo. El ardor espeso en la boca del estómago, el temblor en las piernas, la resequedad en la boca, todo se sentía igual, o incluso mejor. ¿Era eso… placer?

Sintiéndose audaz al igual que sumisa, y teniendo aún la frente escondida entre su piel, Hinata movió la boca para besar su cuello, muy cerca de su sobresaliente manzana de Adán. Fue un beso idéntico al dado hace unos momentos en la mejilla, fugaz y cálido, pero él no se había quejado así antes…

—No haga eso —una mano fuerte le acunó la nuca, acariciándola con fuerza y ternura—No lo haga, no… —la inclinó suavemente hacia arriba, llenando de besos fuertes e insistentes su frente, sus ojos cerrados, sus pómulos, las comisuras de su boca, muy cerca a sus labios jadeantes.

Neji-niisan.

No podía más. Tenía que besarla. A este punto no la podía dejar así, ¿verdad? Pero él no se acercaba más, sentía su aliento sobre su nariz, pero él no se movía, y era tan, tan frustrante.

—No —él susurró, suavemente, casi en un ronroneo viril, y Hinata sintió una presión en su labio inferior. Ansiosa por ser besada, entreabrió los labios, pero no encontró los de Neji… Él simplemente estaba recorriendo su boca con el pulgar, ¡frustrante! —No debe usar ese tono con ningún hombre… sólo con Naruto, ¿entiende? Estará a sus pies.

Naruto.

Lentamente, abrió los ojos, llenándose con la visión de sus labios antes de subir a sus pálidas pupilas. —P-Pero tú…

—Yo soy un hombre, Hinata-sama.

—Lo sé.

—No —Neji cerró los ojos un segundo, luciendo contrariado. Luego, volvió a mirarla. Estaban tan, tan cerca—, no, no lo entiende. Soy un hombre de verdad —él la tomó del rostro con ambas manos—, ¿qué pasaría si la besara ahora mismo? ¿ah? ¿qué pasaría, Hinata-sama?

Hinata se afianzó acercó más a su cuerpo, ansiosa. Las mejillas rojas, los ojos nublados. —Y-Yo te besé antes… —susurró muy bajo—, no pasó nada.

Neji negó. —Es diferente, todo es muy diferente —suavemente, le acarició mejillas con fervor—. Le diré lo que pasaría —ubicó la boca sobre la piel de su pequeña frente—, yo querría más… y más… y terminaríamos ahí, sobre esa cama, usted abajo y yo arriba… en contraposición a nuestra clase social…. Diablos, en la cama eso no importa…

Neji…

Una suave risa ronca. —¿Lo ve? Hay razones por las que un hombre y una mujer deben mantener el decoro. Siempre.

La soltó. Se alejó. De un momento a otro, su mirada hubo perdido la chispa ardiente de hace unos instantes, dejando solamente la parsimonia usual de un estricto shinobi. —Así que, con su permiso, me retiro por hoy —él se inclinó en una educada, pero demasiado rápida reverencia; tan rápida y atropellada como sus palabras de despedida:

—Descanse, Hinata-sama.


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Neji Hyüga tenía todo controlado. Siempre. Todo el tiempo. Poseía la mejor visión de todo el país del fuego y absolutamente nada podía escapar de su radio de vigilancia. Él odiaba la sensación proveniente del azar y la incertidumbre, odiaba los juegos de dados, los casinos, las loterías y, sobre todo, odiaba no tener un plan trazado y una razón para cada cosa que hacía en la vida. Algo apenas lógico… Digo, ¿el mundo debe tener un orden, no?

Para Neji nada podía ocurrir sin explicación.

Lo ocurrido con su prima también la tenía, por supuesto. La regla era absoluta y ni siquiera la heredera del clan podía escapar de la lógica; él había querido mostrarle lo peligroso que era estar con un hombre a solas en su alcoba, y lo hizo (sin dañarla, claro, comentándole apenas lo que otro cualquiera podría haber hecho). No la había besado, claro que no, porque un beso hubiese sido innecesario, y sólo habría generado más incomodidad.

Hinata estaba en una etapa curiosa. Cualquier medida de precaución era adecuada para mantenerla alejada de los peligros que podría acarrear la interacción cercana con un miembro del sexo masculino. Ella estaba segura con él, por supuesto, más que segura, pero él no podía bajar la guardia; se había asegurado en carne propia de que su alumna siempre estaba bien dispuesta a recibir mimos y caricias, ella debía sentirse (cosa completamente natural) a gusto con el calor humano… Estaba bien si era el suyo; alguien centrado, con los pies en la tierra, preocupado por su bienestar más que nada en el mundo, pero ¿qué pasaría si algún indecente tipejo por ahí seducía a la inocente perla de la familia y se aprovechaba de ella? No quería ni imaginarlo. Ella caería demasiado fácil en las redes de cualquier embaucador debido a su naturaleza ingenua y a su total falta de experiencia.

No.

No lo permitiría.

Si fuera Naruto, estaría bien, se dijo. Si fuera Naruto, su prima sería dichosa, y si Hinata era dichosa, entonces por extensión Neji Hyüga lo era. Naruto era un buen tipo y, más que eso, era el tipo adecuado para relacionarse con Hinata.

Y mientras él (el imbécil, pero buen sujeto rubio) notaba que era el ideal para emparentarse con los Hyüga, Neji tenía una misión: debía prepararla.

Preparar a Hinata para entregarla, inmaculada y dulce, pero segura y conocedora del arte de la candente seducción. Se encargaría de enseñarle lo necesario y más, de forma tal que haría de ella la mujer más irresistible de las Cinco Grandes Naciones Ninja.

Ese era su papel.

Después de todo, desde el principio todo se había tratado de Naruto.

Todo.


Notas de Autor: Quiero aclarar que, por el bien de la trama del fic, y por mi sagrada voluntad, Hanabi y Hinata solamente se llevarán tres años de diferencia en edad. Es decir, Hanabi actualmente, y sólo para efectos de la historia, tiene poco más de diecisiete años.

Por otra parte, ¿alguien más cree que Neji se miente a sí mismo?