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ENSEÑAME
X
—… Hyüga Hinata, futura líder Hyüga de Konoha…
Ante la entrada, apareció en escena usando un paso seguro. Con el obi mucho más apretado a la cintura de lo que sus pulmones podían tolerar, y la espléndida tela blanca y violácea del kimono casi tocando el suelo, Hinata se topó de lleno con la visión de cientos de personas desperdigadas por uno y otro lado del camino. ¿Alfombra roja? ¿en serio, padre?
Abochornada, notó cómo los miembros del clan le sonreían con orgullo, flanqueando sus costados, todos vestidos a juego con colores claros. Ella se concentró en terminar el recorrido con rapidez, pintando una suave sonrisa en la boca.
¿Estaría Naruto entre el gentío? ¿Estarían todos sus amigos siendo testigos del descarado despliegue de poderío?
—… Nuestra bella heredera, veintiún años, completamente en edad casamentera…
El rubor le cubrió las mejillas. Por Dios, ¿cuál de todos sus primos estaba al micrófono?
—… Los guapos y poderosos shinobis pueden dejar su hoja de vida en la portería del complejo.
La noche, era justo decirlo, no estaba siendo todo lo maravillosa que debería haber sido con una fuente enorme de chocolate en mitad del jardín, fuegos artificiales, y una infinita variedad de comida y bebida. Era un cumpleaños, pero se sentía más como un festival, y entre tanta gente, Hinata apenas podía vislumbrar y sonreír a las caras conocidas antes de ser arrastrada por un mar de rostros y bocas desconocidas.
—Ryouma, de Kirigakure.
—Kenji, príncipe heredero del clan Kuroba.
—Sougo, de la familia Tori.
Si por alguna razón, las personas a las que era presentada eran, en su totalidad, hombres relativamente jóvenes de posiciones importantes, prefirió fingir no notarlo, y sonrió con amabilidad a cada uno de ellos.
—Luce espléndida, Hyüga-san.
—Espléndida de verdad. Y sus ojos… Bueno, son únicos.
¿Únicos? Habían cientos de personas con esos mismos ojos tan "únicos" rodeándolos en ese preciso momento.
—Un gekke genkai verdaderamente poderoso.
—Esplendido de verdad.
—Los terrenos de su clan son también espléndidos.
—Espléndidos de verdad.
Temiendo que su boca fuese a quedar permanentemente en una mueca de sonrisa, Hinata se giró hacia un miembro del boüke que pasaba cerca con una bandeja llena de licores y tomó algunos, pasándoles algunas copas. No fue un gesto muy femenino, la verdad fuera dicha, pero a sus acompañantes no pareció contrariarlos. Al contrario, podría decir que les agradó.
—¿Gustan? Tan interesante charla reseca la garganta.
Y los oídos. Y las ganas de vivir.
Hinata trató de no tomar el líquido ambarino de un trago, pero por Dios…
—¿Puedo venir pronto a visitarla, Hyüga-san?
—¿Y yo?
—¿Recibirá mi visita también, verdad?
Desocupó la copa antes de esbozar una sonrisa amarga, tan amarga como el líquido que se deslizaba por su garganta.
—Pero p-por supuesto, caballeros. Todos serán bien recibidos —giró la vista, ojeando insistente a su alrededor, y los ojos le chispearon ligeramente al percibir un destello rubio—. Ahora, si me disculpan, he de saludar a un buen amigo.
Pero antes, ¿dónde podía conseguir otra copa?
Naruto estaba increíblemente atractivo. Jesucristo. Él era la figura estereotipada del príncipe azul, tan rubio como el sol, de ojos tan azules como un claro manantial. Jesucristo. Ella era la figura para nada estereotipada de… nada en absoluto. ¿Princesa con ojos de muerto? ¿dónde se había oído semejante cosa? Sin embargo, y con todo lo sexy que lucía Naruto con su chaleco oscuro, y su cabello absurdamente mal peinado, ella hizo de tripas corazón y se acercó. Primero al grupo gigante que lo rodeaba, apabullándolo con charlas, solicitando autógrafos y demás, y luego, finalmente, después de unos pocos empujones y "disculpen, permiso, estoy pasandooo", a él.
De frente. Una sonrisa de exuberante blanco. —¡Hinata!
Enrojeció al ser consciente de los murmullos que generaba el que el héroe del mundo se dirigiese a ella por su nombre de pila. Tal familiaridad… Ah, sintió un cosquilleo absurdo en el estómago. Valiente, le devolvió el gesto: —Naruto-kun.
—Lo siento —él se acercó más a ella para hablarle sin ser oídos por terceros que, aunque todavía curiosos, se iban alejando—, creo que te estoy robando protagonismo´ttebayó.
—No me molesta en absoluto.
Él la miró con una rubia ceja arriba. —¿De veras?
—Totalmente. Ya he tenido suficiente atención por esta vida.
Una risa ronca brotó de los labios de hombre. —Nunca has estado cómoda en estas situaciones, ¿verdad?
—N-Nunca he estado cómoda siendo el centro de las miradas.
—Tartamudeas.
Ella parpadeó. —¿Disculpa?
—Tartamudeas —le repitió él, rascándose la nuca—. Aún lo haces. Cuando estás nerviosa. Tartamudeas y te pones un poco demasiado roja. Como cuando eras niña´ttebayó.
—Uhm… —desvió la vista, tratando de ocultar su vergüenza, sin saber exactamente qué responder —Supongo… que hay cosas que son difíciles de cambiar.
Y entonces, justo cuando empezaba a sentirse un poco miserable, ligeramente humillada frente al amor de toda su vida, él abrió la boca, y dijo la cosa más maravillosa que pudo:
—No cambies. Me gusta la gente como tú.
La conversación con Naruto, para su eterna frustración, no duró demasiado. Los fans podían ser verdaderamente molestos, pero más podían serlo sus propios amigos. Shikamaru, Sai, y Chöji, después de saludarla, felicitarla, e intercambiar un par de frases corteses y amistosas, encerraron a Naruto en una conversación en la que pronto ella se sintió como una extraña. Luego, Kiba, Shino y Lee se unieron fácilmente a la pequeño grupo de varones, y la reunión se tornó exclusivamente masculina.
Incómoda porque, a pesar de todo, Naruto y Kiba seguían tratando de integrarla, preguntando su opinión a cada momento (¿qué piensas, Hinata? ¿preferirías morir atravesada por un rasengan o destrozada por mis colmillos en un salvaje gatsuuga?), y ella respondía suavemente a cada una de sus interpelaciones, buscando la excusa para escapar sin resultar abiertamente grosera.
Cuando, finalmente, pudo despedirse, alegando tener que hablar con varios de sus familiares, una mirada verdosa la congeló. Por el rabillo del ojo vio a Sakura de brazos cruzados con la vista fija en ella, y el sentimiento que centelleaba en sus bonitas pupilas la congeló…
Compasión.
¿Habría notado el anhelo que la atenazaba en presencia de Naruto? ¿se había dado cuenta de eso? ¿sentía pena de ella, una pobre mujer ignorada y despechada? Por Dios, ¿Naruto le habría contado algo a Sakura acerca de ella? ¿le habría dicho a su querida amiga y antigüo amor que no sentía atracción por la tímida y rara prima de Neji y que, muy por el contrario, sólo le inspiraba lástima? Quiso morir. El mundo le dio una vuelta, y tuvo que hacer gala de todo el autocontrol que le quedaba para no dejar traslucir el sentimiento de opresión que la embargaba al ver que la ninja médico se inclinaba a susurrar algo al oído de Ino. ¿Cómo no la había notado? ¿qué estarían secreteando? ¿acaso estaban hablando de ella? ¡Por favor!
Estaba siendo estúpida, pensó sonriendoles, muy, muy estúpida. Ellas no tenían nada malo que decir sobre ella. Después de todo, había pasado tiempo con Naruto antes, y él no había parecido incómodo en su presencia… Habían comido juntos, y él fue tan divertido y amable, incluso cuando ella no se había comportado como una dama debería.
Él había dicho que le gustaba. La gente como ella le gustaba. No le quitaba el sueño, no lo trastornaba, no lo encendía ni le sacudía el piso bajo los pies. No aparecía en sus sueños, y él podía pasar días, semanas, meses y años sin dedicarle ni un pequeño y solitario pensamiento… pero le gustaba.
Desinflándose, mientras saludaba y sonreía, y volvía a saludar para sonreír, mientras veía a todos moverse hasta la pista de baile, Hinata murmuró: —Necesito otro maldito trago… —y, oh, se sintió tan bien.
—¿Qué haces aquí, Neji-niisan?
Honestamente, pensó, esa era la pregunta que ella (la persona por la que Konoha intentaba reventar con algarabía el territorio Hyüga) debería responder. La había estado observando de lejos durante toda la noche, notando su incomodidad casi palpable todo el tiempo. ¿Cómo parecía que nadie más lo notaba? Primero, siendo presentada a todo el público, forzada a caminar en medio de todos y a sonreír para luego ser relacionada y rodeada por infinidad de hombres (que, por cierto, la habían morado como si ella fuese un pequeño y delicioso bocado que planearan devorar junto a un vaso de leche y galletitas). Su angustia se calmó cuando la vio conversar con Naruto y suspiró aliviado al pensar que ella, finalmente estaba disfrutando de su propio cumpleaños, y completamente segura. Pero luego, en un descuido, ella había desaparecido totalmente de su campo de visión (lo que, dramáticamente, nadie más había parecido notar), y él simplemente no pudo estar tranquilo; el lugar estaba lleno, infestado, de personas, extranjeros incluidos… y aunque los aires eran pacíficos, prefería pecar de prevenido antes de tener algo que lamentar.
Al verla sentada en aquel remoto pasillo de madera, observando los diminutos copos de nieve que bailaban a su alrededor, su ritmo cardiaco se había normalizado. El sonido de la música llegaba amortiguado por la distancia.
—Hanabi-sama me envió a dar una vuelta por ahí para que ella pudiese seguir tranquilamente en su idilio de amor con Konohamaru Sarutobi.
Escuchando su suave risa, se sentó a su lado.
—Tus palabras son diplomáticas —mencionó ella con gracia, una pequeña sonrisa acariciaba su boca—. Sospecho que Hanabi no lo dijo exactamente así.
—Astuta.
Neji hizo un gesto de molestia. Él sólo había intentado recordarle a su prima más joven que en la sala de retratos familiares descansaba la memoria de más de doscientos cinco de sus ancestros y que, seguramente, no les estaba pareciendo muy agradable ver al nieto del tercer hokage meterle mano frente a ellos; pero ella había reaccionado agresiva con un "¡vete a joder a alguien por ahí y déjanos a mí y a esos ancianos en paz de una buena vez!" que lo había dejado fuera de combate.
La escuchó reír más fuerte, y al girar el rostro para observarla, Neji se topó con un par de ojos brillantes y mejillas arreboladas. Con un parpadeo, trató de recordar si la había visto consumir licor, y con afano se preguntó cuántas copas la había visto tomar durante la noche y madrugada: maldita sea, en cada momento ella había tenido las manos ocupadas. Había pensado ingenuamente que se trataba de sólo una o quizás dos, pero al parecer ella había vaciado su copa más veces de las adecuadas.
Frunció el ceño.
—¿Cuánto, exactamente, ha bebido?
La vio mirarse las manos, moviendo los dedos, contando. —No estoy segura… —ella ladeó el rostro, confusa—, ¿doce? ¿desde cuándo tenemos doce dedos, Neji-niisan?
—Desde nunca —Neji suspiró—. Está ebria.
Ebria. Con todo el mundo allí. Dios mío, afortunadamente ella había tenido el buen juicio de esconderse en un rincón alejado, y él el buen juicio de buscarla.
—No estoy ebria —la oyó protestar, pero luego, un suspiro suave brotó de sus pequeña boca, y una presión en su hombro le sobresaltó. Su pequeña y adornada cabeza descansaba ahora sobre su hombro—. Bueno, quizá un poco…
Para su ventaja, las palabras no le sonaban demasiado arrastradas.
—¿Se siente bien? —preocupado de que ella pudiese resbalar, la rodeó con un brazo, recargándola contra su costado.
—Tenía frío, pero ya no —respondió—. Tu ropa es calentita.
Sintió sus labios moverse en una sonrisa divertida. Él debía sermonearla. Diablos, debía darle unos cuantos azotes por ser tan obviamente descuidada (¿debía decidir emborracharse precisamente ese día, con todo el mundo cerca para juzgarla?), pero su ternura lo había desarmado. En silencio, la acercó más.
—¿No está disfrutando de la celebración?
Ella hizo una mueca. —Me siento como una vaca de feria…
—¿Qué? —él rió por la vulgar comparación.
—¡Es la verdad! —respondió, acalorada—Miren, miren, vengan a observar. Hinata Hyüga, la vaca más gorda y lechera del condado. De fina raza, abundantes carnes y grandes ubres, ¡no se pierda la promoción! —ella estiraba el brazo, mostrándole la ferie imaginaria—, ¿puedes verlo, Neji-niisan? Padre está ansioso, esperando la mejor oferta.
Molesto por el auto-desprecio en sus palabras, Neji apretó la boca. —No hable de esa forma.
—¿Por qué? Sólo te muestro la realidad. Él prácticamente está pidiendo a gritos un esposo para mí con esta fiesta.
Y, aunque no lo diría ni ebria, un pinchazo de dolor le golpeaba el pecho por eso. Había sido tonta al creer que su padre estaba esforzándose tanto sólo por ella. No. Claro que debió sospechar que esta fue simplemente una oportunidad para establecer buenos nexos, para mostrarla ante el mercado matrimonial. Increíble que a los veintiuno ya estuviese entrando en el grupo de las solteronas para su familia, pero tristemente así era.
—¿Entonces está huyendo de eso? —le preguntó—. Antes la vi hablando con Naruto, y lucía feliz. Pensé… Pienso que no le parecerá tan molesto el empeño de Hiashi-sama si se trata de él.
Ante la mención de Naruto, ella lanzó un bufido. —Él… —desvió la mirada, aunque ni siquiera estaban mirándose. Hablaban en susurros, muy cerca, pero mirando mirando al frente. Neji bajando de vez en cuando la mirada para otear su perfil—Oh, él definitivamente sería la opción, si estuviese mínimamente interesado.
—Yo creo que usted ha captado su interés —nada más había que notar la forma en la que él intentaba inútilmente de zafarse de las conversaciones y la perseguía con la mirada ansiosa—, sólo que no lo nota.
Hinata se mantuvo silenciosa.
—Él dijo que le gustan las personas como yo.
—¿Lo ve?
—Pero, sabes… no me quiere realmente.
Ante la tristeza en su tono, Neji le acarició el brazo con suavidad. —¿Por qué lo piensa?
—Porque siempre he sido yo la que voy tras él, queriendo estar a su lado… Y sé que te pedí ayuda para atraerlo, pero a veces me pregunto… —ella tragó saliva—si es verdaderamente lo correcto. ¿Me buscará alguna vez él por voluntad propia? —se giró para mirarlo, angustiada—. Si un día desaparezco, ¿él me buscaría?
—Naruto… Él es fiel con sus amigos, y un buen hombre.
Ella pareció un poco más triste. —Me buscaría, lo sé. Él siente que la seguridad de sus compañeros es su deber. Pero dime, Neji-niisan, ¿crees que algún día sentirá que su corazón duele si me voy?
Él no podía mentir. Por ello no respondió. Naruto era noble, Naruto era bueno, Naruto era probablemente el mejor hombre de Konoha, el mejor hombre para Hinata. Y aunque hasta ese momento a Neji le había parecido impensable que él (o cualquier otro, en realidad), pudiese despreciar a su adorable prima, en ese momento la lengua le pareció pesada; ¿podía realmente asegurar que Naruto llegaría a amarla y a sufrir tanto como ella lo hacía por él?
No podía.
El sentimiento de frustración lo hizo sentir amargado. Podía protegerla de todo, menos de su corazón.
—Si usted se va, todos sufriríamos mucho.
—Pero todos seguirían sus vidas, porque hay alguien más importante por el cual deben continuar —después susurró, más bajito—. No seré jamás la más importante para Naruto. No seré la más importante para nadie…
Neji lo meditó un instante, reflexivo. Si ella… desapareciera, Kiba y Shino estarían destrozados, pero a la fuerza tendrían que seguir con sus vidas. Ellos tenían sus vidas, sus familias, tendrían sus propios amores, y con el tiempo Hinata sería para ellos un doloroso y preciado recuerdo. Su tío, Hiashi Hyüga, sufriría lo indecible, pero seguiría por el clan, por Hanabi, su hija predilecta, quien a su vez, se compondría del dolor para levantarse como la líder de la familia. Y el resto de sus amigos la extrañarían. Naruto se sentiría culpable por no haber podido protegerla, pero continuaría su camino…
Ella tenía razón.
Pero entonces, la pregunta le taladró la mente, ¿qué haría el propio Neji? Habiendo fracasado en la misión de su vida, ¿qué le quedaría? Ella era, para él, el centro de la existencia. Entonces, supo lo que debía decir.
—Desde que me fue presentada, un día como hoy, hace dieciocho años… usted se volvió lo más importante. Sin usted, Hinata-sama, mi camino acaba. Así que si desaparece… mi vida carecería de objeto —carraspeó, incomodo—, de sentido. Mi deber es asegurar su bienestar.
—Ahí lo tienes —le rebatió, amargada—. Es tu deber.
—Pero lo cumplo con gusto, ¿verdad?
—El deber, Neji-niisan —dijo, alzando el índice con aires de sabionda, enderezando la espalda—, sigue siendo deber. Y es una carga, aunque no resulte excesivamente desagradable. Y no es precisamente halagador el pensar que represento una carga para ti… o para nadie.
Neji se mordió el labio. ¿Una carga? Ella no lo era. Si bien existían ocasiones en que le generaba uno que otro dolor de cabeza… bien, bastantes dolores de cabeza, la verdad era que no se había sentido agobiado. Cuando era más joven, cuando solía culparla de todo lo malo que pasaba en el mundo, él había pensado seriamente que no tenía obligación alguna para con ella, ¿por qué tenía que gastar su tiempo cuidando de una pequeña debilucha? ¿esa era la misión en la que se basaba su existencia? ¿para ella vivía? Se había negado rotundamente, se había prometido que jamás desperdiciaría su aliento en seguirla, en cuidarla… y, sin embargo, sin entenderlo y para su eterna frustración, siempre terminaba tras ella, observándola en silencio, tratando desesperadamente de descubrir por qué era tan diferente a todos los demás miembros de la familia (¿por qué su cabello era tan oscuro? ¿por qué sus ojos tenían un tinte violáceo y, sobre todo, por qué, por el amor de Dios, sus mejillas tenían la mala costumbre de tornarse como dos tomates?)… siempre, siempre al pendiente de ella. Incluso cuando había guiado su dolor y frustración en su dirección, llevándola al borde de la muerte, él la había analizado; los gestos que expresaban sus dudas y, luego, su férrea determinación; la conocía más que cualquier persona del mundo, porque se había pasado la vida observándola… Quizá tanto como ella había estado observando a un muchacho rubio.
Perturbado por el pensamiento, volvió a carraspear. —Usted no es mi deber —le aseguró, con voz plana y fuerte, forzadamente inexpresiva. Ella lo miraba con atención—:Es mi persona más preciada.
Y casi se atraganta al notar la verdad en sus propias palabras.
No la veía en ninguna parte.
—Te vas a torcer el cuello donde sigas así.
Naruto bajó el rostro para toparse con las pupilas verdes, que lo observaban con expresión divertida. Apretó el agarre en su cintura inconscientemente, esbozando una sonrisa, mientras se forzaba a seguir los pasos. —No sé de qué hablas, Sakura-chan.
—¿Ah, no? —ella alzó una ceja—. Estás todo distraído, mirando a todas partes, y pisándome cada dos segundos. ¿Qué te sucede?
—Nada.
—Naruto… —diablos, esa ceja rosa alcanzaba un ángulo imposible.
—Ya, está bien, es sólo que no veo a Hinata desde hace un buen rato.
—¿Y eso te preocupa porque…?
—No es que me preocupe —desvió la mirada, incómodo—. Es sólo que, bueno, es su cumpleaños. Debería estar aquí, bailando, disfrutando la fiesta, ¿no? Debió suponer un esfuerzo enorme organizar todo esto, es increíble´ttebayó.
Sakura admiró con un breve vistazo el ambiente. Las personas estaban animadas, la pista de baile infestada, y las mesas de bufé estaban siendo saqueadas por invitados maravillados y hambrientos…
—Quizá está cansada y se retiró antes. Ya es tarde. Y, como dijiste, todo esto seguramente le significó gran estrés.
No muy convencido, Naruto asintió. —Sí, puede ser.
Una total lástima, porque no había tenido oportunidad de darle su presente. En realidad, ni siquiera había tenido la oportunidad de felicitarla adecuadamente.
Dio un pequeño giro a Sakura, tratando de no parecer una pareja de baile muy desconsiderada.
—O quizá esté en algún rincón… Ya sabes cómo es Hinata. Siempre está buscando el momento para escabullirse, pues le molesta el ruido y la multitud —ella frenó en seco y le dedicó una brillante sonrisa cómplice, empujándole el pecho—. Deberías ir a buscarla.
—Pero…
—¿Naruto Uzumaki dudando? —Sakura rió, puyándolo con el dedo—. Anda, ve. Yo estaré por ahí, buscando a alguno de nuestros amigos solteros para no importunar.
No estaba en ninguna parte.
Quizá Sakura tenía razón, y ya se había marchado a descansar. De ser así, jamás encontraría su habitación en aquel enorme lugar sin activar el modo sabio, pero Naruto no quería hacerlo. Diablos, no podía buscar su habitación de ninguna manera, ¿qué se había creído? No había forma alguna en el infierno de que lo hiciera. Si Neji se enteraba de que la idea simplemente se le había pasado por la cabeza, seguramente lo masacraría.
—Usted no es mi deber.
Naruto abrió los ojos al reconocer la voz. ¡Neji! Era él. Sonaba cerca y estaba hablando con alguien. Sigilosamente, dio un par de pasos hasta detenerse en una esquina con un respingo. Desde allí pudo ver el perfil de su amigo, sentado en la madera de aquel pasillo alejado de la mano de Dios.
—Es mi persona más preciada.
Su voz sonaba extraña, excesivamente seria, y Naruto frunció el ceño. Al otro lado de Neji, había alguien. Una mujer. Podía ver la tela de su kimono, pero no distinguía correctamente los colores por el resplandor de la luna. El brazo de Neji pasaba por su espalda y ella posaba la cabeza en su hombro de manera confiada. ¿Una conquista? Sin poder evitarlo, sonrió travieso, ¡qué bien guardado se lo tenía!
Curioso, Naruto se agachó, escondiéndose tras la columna, y entrecerrando los ojos para descubrir la identidad de la mujer. El silencio se volvió abrasador, y él quedó congelado, temiendo ser descubierto, mientras sólo las respiraciones llenaban el ambiente. Mierda. Él era el ninja más llamativo e inquieto del mundo entero, y todos sabían que las misiones de sigilo no eran para nada su campo, pero sin importarle, concentró todas sus fuerzas por permanecer en calma.
Demonios, ¡que alguno de los dos se moviera ya!
Cuando se estaba aburriendo de esperar, y se disponía a dar la vuelta para que Neji siguiera con sus cosas, un movimiento captó su atención.
La mujer se movía.
Atento, observó que ella giraba la cabeza en dirección al rostro de Neji, quedando ambos arrolladoramente cerca. Un destello de oscuro cabello se dejó ver por el lateral del rostro de Neji, y unos ojos claros y brillantes.
Una Hyüga.
El corazón de Naruto se agitó ante la familiaridad de las escasas facciones que pasaron por su vista durante el breve segundo en que la cabeza de Neji retrocedió, pareciendo incómodo.
Era Hinata.
¿Qué demonios estaban haciendo? ¿qué, en el maldito infierno, estaban esos dos haciendo?
Ella estiró un brazo, llevando la mano desde su regazo hasta la mejilla de Neji, y Naruto perdió la visión de su rostro femenino, y sólo pudo apreciar cabello castaño y la silueta de los nudillos delicados sobre un rostro que se inclinaba hacia adelante, hacia abajo, hacia ella…
El ambiente era íntimo, y Naruto se sintió más como un intruso de lo que jamás se había sentido en la vida.
Hinata. Neji.
Pasó saliva.
El sonido suave de la música podía fácilmente ocultar el sonido leve de los labios al unirse y separarse en cálidos y sensuales besos, y tampoco es que tuviera una gran visión de la acción, pero su mente trabajó a mil para imaginarla. No tenía que ser un genio, que no lo era, para interpretar la situación.
Los primos Hyüga guardaban un gran secreto.
Y él no debería estar allí.
Con ese pensamiento, dio la vuelta, y desapareció en la penumbra.
Hinata Hyüga no estaba tan borracha, pero no quería que su más grande guardián lo supiera. De no ser así, quizá ella no hubiese hallado la fuerza para atraerlo y besarle el rostro, lentamente, mirándolo a los ojos.
—Hinata-sama… —él contenía la respiración, lo sentía mientras le deslizaba suavemente los labios por la mejilla que su mano no estaba acariciando.
Bajó la boca, y la posó justo debajo de los labios de Neji, en la curva sobre su barbilla. Él le había dicho que era la persona más importante. Ella, que nunca había sido notable, era lo más preciado para el genio más brillante de su clan. Su vida era mil veces más valiosa y, sin embargo, estaba segura, él la desperdiciaría por ella sin dudarlo. El pensamiento de perderlo le atenazó el pecho.
—Morirías por mí… —susurró, ocultando la nariz en la cálida curva de su cuello.
—Sí.
—Preferiría que no lo hicieras.
—Pero no es su decisión —su pecho vibró en una risa—. Está demasiado ebria, ¿no es cierto?
Ignorando su diversión, Hinata se apretó más, buscando su protección. —Yo también moriría por ti.
—Preferiría que no lo hiciera.
Esta vez ella fue la que rió, y se separó para que pudiese ver su gesto engreído. —Pero no es tu decisión, verdad?
Echándose hacía atrás, Hinata arrugó la nariz: —¡Qué horrible! ¿quién es el encargado de la música?
Un sonido fuerte y rápido, desastrosamente moderno y ruidoso había reemplazado las notas suaves y delicadas de repente, y Neji frunció el ceño, totalmente de acuerdo con la reacción de su prima.
—Seguramente uno de los primos más absurdamente jóvenes.
—¿Será que nos estamos volviendo viejos, Neji-niisan?
—No luce vieja en absoluto, Hinata-sama.
—Tú tampoco.
—Gracias.
Ella soltó una risita tonta. —Es gracioso.
—¿Qué cosa?
—Que es mi fiesta, pero nada me gusta. Ni la comida, ni los invitados, ni la música —lo miró risueña—, todos parecen estar disfrutando más que yo. ¿Puedes creer que nadie me invitó a bailar?
—Porque se estuvo escondiendo de sus pretendientes, no les dio oportunidad.
—Puede ser, puede ser —volvió a reír—, pero ahora con esa música… —negó con la cabeza, queriendo decir que no había la más mínima posibilidad de moverse al ritmo de ese ruido.
Sorpresivamente, contagiado de su buen humor, Neji se puso de pie, sin pensarlo demasiado.
—Baile conmigo.
Lo miró confusa desde abajo. —¿Qué? No, no, ni siquiera sé cómo bailar eso.
De todas formas, aceptó la mano que le era ofrecida. Hinata trastabilló un poco al ponerse de pie, pero la mano masculina se posó sobre la curva de su cintura, manteniéndola estable. Con una sonrisa entre apenada y agradecida, ella posó la suya sobre un hombro firme.
—Siempre podemos hacer nuestro pequeño baile privado, ¿no lo cree?
Con el suave murmullo, él empezó a guiarla en un vals considerablemente lento, totalmente discorde con el sonido.
—Pero, Neji-niisan, la música…
—¿Se refiere al bullicio del otro lado? —preguntó, negando condescendiente—. No lo escuche.
La mano de hombre se movió hasta la parte baja de su espalda, acercándola, y aún cuando unos centímetros separaban sus cuerpos, Hinata sintió el caliente y dulce vibrar de la voz ronca como un murmullo, justo sobre su oído.
—Música es lo que hay entre nosotros. Cierre los ojos, y siéntala.
Entonces, él empezó a tararear una suave melodía desde su garganta.
Pensando en lo absurdo de la situación, ella dejó escapar una risa de campanita, pero obedeció, siguiendo sus pasos.
Una vuelta sobre el lugar.
Dos.
Tres.
La voz de Neji era densa como chocolate caliente, relajante, deliciosa… Tan deliciosa que no tardó en hacerla suspirar, de pronto sintiéndose un poco más embriagada por el rasposo vals que entonaba, ebria del suave tacto de la mano grande sobre la suya y del calor de la otra, tan íntimamente puesta sobre su espalda.
Nerviosa, se detuvo, mirándolo. Neji le devolvió la mirada, confundido y preocupado, quizá preguntándose si los giros habían sido demasiados para su estado, y si iría a vomitar sobre sus zapatos, así que rápidamente ella explicó:
—Mi peinado —dijo, su lengua trabándose con la mentira. O por el licor. Demonios, puede que sí estuviera ebria—. Es in… incómodo.
Y, en un segundo, los dedos largos y hábiles de su primo estuvieron sobre su cabello, deshaciendo pequeñas trenzas y quitando horquillas. Él la recostó suavemente sobre su pecho para mayor facilidad, y Hinata sonrió silenciosamente, conmovida por la velocidad de su reacción. Así era él. Sólo una palabra de su parte y ya estaba moviéndose como si se tratara de una orden inaplazable.
El momento se sintió más íntimo que cualquier otro. Neji era el primer hombre que tocaba su pelo, que lo peinaba con sus dedos, y que lo aplastaba dulcemente con sus palmas, dándole forma. Las horquillas que lo sujetaban cayeron al suelo, laxas, sin vida, y el pesado cabello oscuro se derramó sobre sus hombros y espalda, casi rozando la curva de su pequeña cintura.
—¿Así está mejor?
—Mucho mejor.
Elevó la mirada para sonreírle.
Estaba tan cerca. Y, sin embargo, él no la separó. La sujetó nuevamente por la cintura, y Hinata creyó sentir un suave temblor en la mano que tomaba la suya. Sus ojos, por otro lado, permanecieron inmutables, fijos en ella, al momento de empezar nuevamente el informal baile.
—Eres la mejor rockola humana que he visto —comentó, sintiéndose liviana y muy muy, audaz.
Él interrumpió su gutural interpretación, y sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba. —Eso es porque no ha visto demasiadas, Hinata-sama.
¿Cuándo? Neji no lo supo exactamente, pero pronto sus movimientos se vieron reducidos a oscilantes balanceos en su lugar, y sus manos ya no estaban unidas, en cambio, él rodeaba su cintura con los brazos, mientras sentía laos largos y estilizados dedos femeninos sobre la piel de su cuello, tocando, raspando….
Lo único invariable fueron sus murmullos musicales.
Ella presionó la mejilla contra su pecho, duro como la piedra, pero tan esplendorosamente acogedor, y cerró los ojos, como arrullada por su voz.
En tensión, las manos masculinas se apretaron tras ella. ¿Cómo es que era tan pequeña y delicada? ¿cómo podía un ser tan sublime buscar refugio entre sus brazos, contra su cuerpo? Se sintió indigno. De abrazarla y de tocarla. De acariciarle la espalda, de rozar su frente con los labios…
—Neji…
Indigno. Totalmente. Completamente. Absolutamente indigno de sentirse excitado. —¿Sí?
Sigue moviéndote, se recordó, continuando con el suave vaivén de los cuerpos.
—Neji —ella repitió, mirándolo con los ojos perlas bien abiertos en una velada expresión de sorpresa que Neji no entendió.
Sus adorables mejillas estaban rojas como dos pequeñas ciruelas. Tan tentadoras que él tuvo que inclinarse para besarlas. Tuvo.
Hinata se estremeció de placer. Un rayo de gusto le atravesó desde la cabeza a los pies, y los de dos de sus manos se afianzaron más sobre el fuerte cuello, mientras sentía aún los labios pegados contra su piel. ¿Eso habría sentido él antes, cuando ella lo había besado de igual forma? El pensamiento la hizo temblar. —Neji…
Sus frentes se unieron, y ella desvió la vista desde sus ojos indescifrables hasta sus labios bien formados.
Deseaba besarlo.
La revelación la estrujó por dentro. Era lo que llevaba deseando durante mucho tiempo sin saberlo, se dio cuenta, pero no había tenido la fuerza para aceptarlo, ni tampoco la valentía. Ahora, sin embargo, estaba un poco ebria, y los ebrios eran temerarios, ¿verdad?
Ella no debía serlo tanto, porque sentía cómo el corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que amenazaba con asfixiarla.
—Neji… —le nombró, ansiosa, adolorida, antes de rozar sus labios en un fugaz beso que apenas logró contener sus ansias.
Él no reaccionó. Tan sólo la miraba como si fuese algo normal, de todos los días, y no algo por lo que ella moría de ganas y de vergüenza.
Temblorosa, se elevó nuevamente para tomar el labio inferior entre los suyos, el superior después y, luego, ambos. Deslizó una de sus manos desde su cuello hasta su rostro, la palma acariciando su rasposa mejilla. El vello de la mañana siguiente ya empezaba a asomarse, y disfrutó con el tacto, mientras le llenaba la boca y sus alrededores con besos cortos y suaves.
Temerosa y adolorida ante la rotunda falta de reacción a sus besos, Hinata retrocedió, pero notó con emoción que los ojos de Neji se habían cerrado y que, al percibir su ausencia, él, a oscuras, se inclinaba al frente nuevamente, chocando sus frentes.
Él no la besó ni abrió los ojos, pero ella interpretó ese gesto como uno de aceptación: no quería que se alejara, no le disgustaban sus caricias. Al contrario, él separó los labios para exhalar un pequeño suspiro, y ella pasó suavemente el pulgar sobre uno, luego sobre el otro, hasta que él encerró la punta del dedo entre ellos, chupando intencionalmente lento en un gesto que le encendió las entrañas.
Enfebrecida, Hinata dejó escapar un ahogado jadeo, casi sufrido. —Por favor…
Él no hizo más que ladear el rostro para besarle la mano que había encontrado descanso contra su mejilla.
—Por favor… —saltó al sentir la humedad de su lengua en el centro de su palma—Neji…
—¿Qué me está pidiendo exactamente, Hinata-sama? —su voz sonó rasposa, mientras se lanzaba nuevamente hacia adelante, hacia su rostro, en busca nuevamente del contacto con su piel, y Hinata se movió ansiosa al encuentro, enredandole ambos brazos tras el cuello.
Las narices se rozaron antes de tocarse realmente. Una, dos, tres veces; ambos girando la cabeza en pequeños movimientos horizontales, acariciándose mutuamente.
—Un beso —contestó.
Él presionó la boca contra la punta de su respingada nariz. —¿Aquí?
—No.
Deslizó los labios sobre su tabique, ascendiente hasta el entrecejo. —¿Aquí?
—No.
Besó tiernamente su frente, y saltó rápidamente hasta sus mejillas. La derecha. Luego, la izquierda. —¿Aquí? ¿aquí?
—No, no —ella soltó una risita—. Debes seguir tratando de adivinar.
Hinata se estremeció al sentir sus cálidos labios contra el hueso de su mandíbula. —¿Aquí?
—N-No.
Subió hasta su oreja, besándole el lóbulo. —¿Aquí?
—Nii-san… —se derritió rápidamente contra su cuerpo.
—Conteste —le presionó, encerrando la suave carne del lóbulo entre los labios.
Dios. Hinasa se mordió el labio y respondió en un suspiro: —No…
Entonces, increíblemente atrevido, Neji bajó, descansando la boca sobre la fina curva de su cuello, justo en el punto donde podía sentir el pulso rebotando. Las piernas de Hinata dejaron de sostenerla y los fuertes brazos que la rodeaban la sostuvieron, acercándola. —¿Aquí?
Apenas pudo responder con un sonido estrangulado que Neji sintió a través de la piel de su garganta, contra su boca…. Un sonido que se deslizó lenta, descaradamente, por su pecho, hasta dar un tirón en sus pantalones. Él retrocedió con la esperanza de respirar y de tomar una moderada distancia porque, diablos, las cosas se estaban tornando muy peligrosas. —Hinata-sama, yo…
Pero su disculpa quedó atorada a mitad de camino, cuando ella le tomó el rostro entre sus manos, subiéndolo hasta estrellar sus bocas cerradas. Fuerte. Sus manos sufriendo un ligero temblor que Neji interpretó correctamente como ansiedad…, pero el pensamiento de que ella posiblemente se estuviese sintiendo de la misma forma que él lejos de aliviarlo, le causó más tensión. ¿Cómo, en nombre de Dios, iba a negarle un beso?
—Aquí, Neji-niisan. Bésame aquí…
Y, entonces, conteniéndose todavía, Neji la besó, con la boca ligeramente abierta, lentamente, recorriendo los labios con los suyos. ¡Qué labios tan suaves, qué sensación tan deliciosa…!
Los dedos de ella le acariciaban el rostro, enviándole excitantes calambres por todo el cuerpo por su ternura. Dulce Hinata. Tierna Hinata. Preciosa, preciosa Hinata. Tan bonita, tan deliciosa.
Con cada pensamiento su beso aumentaba en intensidad y, sin darse cuenta, empezó a mover las manos sobre su pequeña espalda, las palmas abiertas abarcándolo todo, haciéndola arquearse, soltando un enloquecedor quejido, mitad ronroneo. Incapaz de modularse, Neji introdujo su lengua con brusquedad, absorbiendo como demente los gemidos de su atrayente boca.
Hinata estaba a punto de llorar. Eso, se dijo, eso era lo que estaba buscando. Esa fuerza, esa entrega, esa pasión ardiente… Así debía ser un beso. Dios, había pasado toda la vida deseando ser besada con tal ímpetu y ni siquiera lo había sabido hasta ahora…, así que deseando alargar el momento, se aferró al cuello del fuerte shinobi frente a ella, incapaz de frenar los sonidos de su garganta que se perdían entre sus bocas. Ansiosa, empezó a imitar los movimientos de su intrépida lengua, deseando agradarlo, queriendo con toda el alma que se sintiera de la misma forma que ella.
Él le acunó el rostro con las manos, inclinándolo, presionando suavemente con los pulgares las esquinas de su labio inferior. Ella sabía a licor y a chocolate. Él sabía a todo lo maravilloso del mundo. Y Hinata deslizó las manos hasta su pecho, apretando con puños inestables la tela de la camisa bajo su chaleco.
La música lejana desapareció entre los maullidos suaves de la boca femenina, y los sonidos bajos y roncos de la masculina. Todo ruido ajeno al de las lenguas chocándose y al de los labios chupando fue inmediatamente apagado. Ellos olvidaron la presencia de los cientos de personas al otro lado del recinto, saltando y divirtiéndose, y por la duración de su beso tan sólo ellos dos permanecieron allí.
Finalmente, con mucha lentitud, y dejando un rastro de picoteados besos sobre su boca, Neji separó el rostro, observando los labios profundamente rojos ligeramente hinchados, y frunció el ceño con preocupación. ¿Acaso había sido muy rudo? Para su consternación, Hinata se recostó en su hombro, tierna, frotándose como un gatito, y apretando todo su cuerpo contra él. Su hermoso cuerpo lleno de curvas…
Se tensó. —Hinata-sama.
—Fue maravilloso —soltó ella de repente—. Eres maravilloso.
Sus brazos le rodearon el torso, posándose sus manitas abiertas contra la espalda. Su cálido aliento al hablar chocaba contra la piel de su cuello, y Neji tuvo que reprimirse para no gemir bochornosamente. En cambio, se concentró en pasar los dedos por su angosta espalda, con fugaces caricias, aspirando el aroma de su pelo, y rezando para que la tela de su kimono no le permitiera sentir la prueba de su excitación entre sus cuerpos milimétricamente pegados.
—Usted es maravillosa —respondió apenas, en tono grave y profundo.
—¿Te gustó besarme?
—Casi no puedo parar…
Las delicadas manos empezaron un movimiento perezoso por la amplia espalda, y Neji se permitió disfrutar de sus atenciones por un momento. ¿Desde hacía cuánto tiempo no recibía las caricias de una mujer? Diablos, hacía siglos.
Y Hinata era una mujer. Una dulce, tierna y adorable mujer, pero también tentadora y muy sensual… Apasionada. Cerrando los ojos, Neji descansó la cabeza suavemente contra la coronilla de la suya, rendido.
—¿Lo hice bien?
Sonrió al oír su pregunta murmurada y tímida. Quizá la pequeña Hinata estaba ávida de palabras bonitas…
—¿Le cabe duda?
—Uhm… Neji-niisan —ella se apretó un poco más contra él.
—Dígame, Hinata-sama.
—Quiero que se repita, por favor.
Sus palabras, tan llenas de honestidad e inocencia, le hincharon el pecho. ¿Acaso ella no sabía lo que provocaban sus besos? Antes pensaba equivocadamente que no supondría problema para él el mantener el control y, además, soberbiamente creía que era el único capaz de mantenerla a salvo de los deseos masculinos. Pero estaba equivocado. Definitivamente su tierna protegida no estaba a salvo a su lado.
Con una risa oscura, respondió: —Quizá en su próximo cumpleaños.
Y ella bostezó, ingenuamente satisfecha. —Lo esperaré con ansias.
Neji la sintió volverse ligera entre sus brazos y, antes de que lo pidiera incluso, ya la estaba cargando, la mejilla presionada contra su hombro. —¿Me llevas a mi habitación? Creo que tengo sueño.
Y calor. Y quizá, quizá, estaba un poco borracha, pensó con diversión. —Como desee.
El camino hasta su alcoba fue largo y trastornado, pero finalmente lograron completar el recorrido sin ser vistos. Recostándola lo más suavemente posible contra el suave colchón de su cama, Neji soltó un suspiro, sonriendo luego al verla removiéndose y quejándose.
Retrocedió un poco, moviéndose sobre las rodillas para bajarse de la cama y marcharse para llamar a Hanabi y pedirle que, por favor, ayudase a su hermana a cambiarse esas incómodas ropas. Pensó por un momento en solicitar la ayuda de algunas muchachas del Bouke, pero rechazó la idea ante la posibilidad de que estas empezaran a circular rumores sobre el estado indecoroso de su líder. Ella no necesitaba más problemas ni atención indeseada.
—Neji…
Ella lo miraba a través de los parpados perezosos, y Neji se estremeció al verla estirarse, los pechos inclinándose provocadoramente hacia arriba, presionando tentadoramente la tela. —¿Te vas?
—Llamaré a Hanabi-sama para que la ayude a desvestir —explicó.
Ella parpadeó, frunciendo los labios en confusión. —¿A Hanabi? Pero si yo puedo sola.
Sí, claro.
—Por supuesto. Pero ella debe venir por si acaso.
Hinata permaneció un momento en silencio, mirándolo. Finalmente, ladeó la cabeza al preguntar. —¿Y por qué no me ayudas tú?
Él sintió la garganta reseca. —Porque no es correcto.
—¿Por qué no es correcto?
—Porque no.
—¿Por qué no?
—Hinata-sama —casi gimió de frustración. Ella se tornaba exasperante con tantas preguntas—, debo irme ya.
—¿Volverás?
Negó. —No, no. Hoy no.
—¿Entonces cuándo?
Nunca, pensó, nunca podría cometer ese craso error.
—Después —mintió—. No importa.
—Está bien —ella asintió solemnemente—, ¿pero puedes acercarte un momento antes de irte?
—¿Para qué?
—Para que puedas darme un beso, claro —ella lo miraba como si fuera lo más natural del mundo, y a él se le hundió el estómago de anhelo. ¡Pero si había acabado de despegarle la boca!
Él se quedó en silencio, la carne en sus pantalones dando un fuerte latido.
—Aún siento tu saliva en mi boca. Sabe bien —ella se llevó dos dedos hasta su labio más grueso, acariciándose—. Aunque me duele un poco… Pero me gusta —y para el momento en que la punta rosada de su lengua se asomó entre sus labios, Neji ya estaba sobre ella, chupándola, comiéndole lenta y profundamente la boca.
Sus bocas abiertas se besaban con avidez, apasionadamente, pero sin demasiada brusquedad, y con un gemido, una de las rodillas femeninas se elevó, abriendo un espacio que Neji no demoró en ocupar con su cuerpo.
Sólo cuando ella sollozó agudamente de placer ante la embestida de la dura erección contra su pelvis, la alarma sonó dentro de su cabeza.
Aterrado, se separó bruscamente, pero ella se aferró a su rostro, sus mejillas rojas, sus respiraciones agitadas. —No puedo, no puedo —él murmuró, desesperado, asustado, preguntándose qué demonio lo había poseído.
—Te quiero, Neji-nii-san, te quiero… —ella susurraba suavemente, besándole la mejilla, la nariz, la frente—. Me gustas muchísimo —le confesó en un suspiro, y Neji sonrió, permitiéndose el último placer de hundir la nariz en su cabello, de inhalar su aroma.
—Gracias.
Ella lo abrazó. —¿Te gusto yo? — y entonces, ella susurró la pregunta más verdaderamente descabellada—Si Naruto no me desea nunca, ¿podrías casarte conmigo?
Por Dios, él se lamentó internamente por la gravedad de la situación; ella estaba realmente ebria. Se había aprovechado totalmente de una mujer en tal estado…
—Naruto la querrá —murmuró, dejando un último beso sobre su frente, deshaciéndose de su abrazo. Huyendo. —Naruto no es tan tonto como para despreciarla. Pero ahora, por favor —resbaló por la cama, acomodando una gruesa cobija sobre ella—, duerma.
Y se marchó.
Regresé. ¿Qué les ha parecido? Agradezco a todos por sus comentarios y su inmenso apoyo, por su eterna paciencia ante mis infinitas demoras. Agradezco especialmente a mi amiga Connie. Sin ella, seguramente yo hubiese tirado hace mucho tiempo. Ella me maravilla con sus historias y yo no quiero hacer nada más que devolverle el favor.
