¡Muy buenas tardes! ¿Cómo va su domingo? El mío de maravilla hasta el punto en que no me puedo quejar. Y como amanecí de buen humor, pues terminé el capítulo y me dispuse a publicarlo para que les dé diabetes con lo que están a punto de leer. Espero no se asusten de la extensión, pero a veces pasa que me emociono y termina una cosa monstruosa XD ¡Nos leemos hasta la próxima!
Capítulo 31
Sweet Impression
Suspiró por décima quinta vez, lamentándose haber cedido ante la presión que el blondo colocó en su persona durante toda la semana para que aceptara su invitación, mientras aguardaba sentado con soberana aburrición en la amplia y solitaria sala de la acogedora casa de la Familia Yūki.
Él sabía de antemano que las mujeres se tomaban su tiempo para lucir presentables cuando salían en una cita. No obstante, no consideraba que ella pudiera ser englobada con el resto del género femenino, por lo que se le estaba siendo muy extraño que ya llevara más de media hora sin salir de su habitación.
Así que sin más, se puso de pie y fue directo al cuarto de la pelinegra. Y antes de que pudiera tocar, la puerta fue abierta, dejando ver a la joven que lo observaba con extrañeza.
—¿No me digas que ya te estabas impacientando? Yo misma te dije que iba a demorar un poco.
—Es que estabas tardando demasiado —por lo menos esa había sido su percepción.
Las castañas pupilas del cátcher pasaron por la alba blusa de tirantes ligeramente holgada, al short de tela de coloración vino que llegaba hasta la mitad de sus muslos. También se percató de las oscuras y altas calcetas que se asomaban hasta sus rodillas y que desembocaban hasta unos botines café pardo de tacón delgado y alto.
Por encima llevaba puesta una gabardina rosa pálido suave, que la cubriría del posible frío otoñal a la vez que le daba un toque un poco más elegante a su atuendo.
—Había escuchado que tenías un gusto extravagante a la hora de vestir, pero no pensé que fuera verdad —comentaba al tiempo que terminaba de colocarse el arete de oro rosa en forma de flor en su lóbulo izquierdo mientras colgaba su azabache bolso en su hombro izquierdo—. Ya estamos casi sobre la hora, por lo que tendremos que tomar un taxi.
—Ah…—necesitaba que alguien le pellizcara para que se diera cuenta de que el atuendo de aquel domingo no había sido una coincidencia y que esa mujer podía ser de todo menos escasamente femenina a la hora de portar ropa civil.
—La verdad me sorprende que hayas aceptado salir. Pero me supongo que es normal porque se trata de Narumiya-kun.
—Sí, algo por el estilo —no era la primera vez que admiraba la figura de alguna chica, pero le resultaba extraño estarlo haciendo con ella. Porque aunque eran novios, era Yūki Sora de quien se había quedado abstraído momentáneamente—. Aceptaré que sabe combinar muy bien las prendas de ropa que posee —ciertamente había valido la espera.
—¿Por qué razón te has quedado tan callado?
—Por nada en particular.
—Entonces vámonos.
Incluso cuando tomaron un taxi para llegar a tiempo, aquel viejo amigo de Miyuki ya se encontraba esperando por ellos con un semblante de verdadera impaciencia. ¿Es que no sabían lo que era la puntualidad? ¿Creen que tenían derecho de hacerlo esperar?
—Kazuya, ¿pero qué crees que estás haciendo? —nada como una cálida bienvenida por parte del rubio.
—¿De qué hablas? Si son justamente las dos —señaló al redondo y grande reloj que estaba incrustado en la entrada de la estación en la que quedaron de encontrarse.
—No me refiero a eso —Miyuki no captaba a lo que se refería—. ¿Cómo puedes salir a la calle vestido de ese modo? Y más cuando ella viene tan bien vestida —el rostro de Mei era de horror ante lo que sus ojos veían. ¿Dónde estaba la policía de la moda cuando se le necesitaba?
El cátcher usaba una playera blanca tres cuartos de manga negra, un short café claro de tela y hasta las rodillas y unas zapatillas deportivas violetas con naranja. Y aunque se le veía cómodo y hasta deportivo, definitivamente los conocedores de la alta costura y la moda no aprobaría semejante aberración.
—No veo nada de malo a lo que traigo puesto —el pitcher había intentando infinidad de veces que su amigo aprendiera a vestirse como la gente decente, pero siempre fallaba de manera garrafal.
—Vienes a una cita doble en compañía del "Príncipe de la Capital". Lo menos que puedes hacer es estar a la altura —el As de Inashiro no hablaba únicamente porque tenía boca. Él respaldaba sus palabras con hechos sólidos.
Botines café y un pantalón negro y de mezclilla iban a la perfección con la camisa de vestir azul cielo que vestía y que sobresalía mucho más gracias a la chaqueta de cuero que usaba encima de esta. Era el perfecto ejemplo que combinaba la juventud y el buen gusto.
—Tal parece que tu cita no ha llegado todavía.
—¡Kazuya, no me ignores! ¡Tienes que corregir esos execrables gustos! —le gritoneó, valiéndole un bledo ser visto por la gente.
—Nunca imaginé que fuera tan diferente dentro y fuera de la cancha —guardar silencio le parecía la mejor elección, especialmente porque el rubio continuaba riñendo al cátcher—. No cabe duda de que las apariencias engañan.
—Espero que por lo menos te hayas pasado un cepillo por la cabeza porque esa cabellera tuya luce como un nido de aves.
—Todavía estoy a tiempo de irme y aprovechar el día para entrenar —amenazó con vileza. El otro hizo un puchero tan infantil que provocó una sonrisa guasona en los labios del moreno.
—¡Kazuya, eres muy injusto!
—Y tú te preocupas por temas sin importancia.
—Lucir presentable nunca será un tema irrelevante —se mantendría firme en su posición sin importar los argumentos que su amigo le diera—. Estoy seguro de que tu novia debe sentirse avergonzada de ir caminando a tu lado, luciendo tan desentonado.
—Creía que cuando se reunían se ponían a hablar de béisbol hasta decir basta, pero están teniendo una plática muy usual entre las chicas —cesó con sus pensamientos en cuanto esos zafiros se posicionaron en ella; ¿por qué la veía tan fijamente? ¿Por qué se estaba acercando hacia ella?
—Narumiya Mei, encantado en conocerte —el chico extendió su mano hacia su persona y ella se limitó a estrecharla—. Kazuya fue un grosero al no hablarme sobre ti. Pero me alegra que hayas aceptado en venir; de ese modo podremos conocernos mucho mejor.
—Él es muy insistente y no conoce eso llamado como privacidad. De modo que aún podemos irnos —siseaba Miyuki para quien en verdad estaba considerando sus palabras.
—Y bien, ¿cómo te llamas? —él estaba decidido en saciar su curiosidad, por lo que lo haría con o sin el permiso de ambos.
—Narumiya-kun, lamento la demora —una segunda voz femenina se unió al grupo de tres. Una evidentemente desconocida para los inscritos en Seidou.
—¡Anna! —saludó entusiasta, con una sonrisa encantadora que tenía el poder de derretir los corazones de cualquier fémina—. Descuida, has llegado justo a tiempo.
—Y a nosotros nos ha echado el sermón de que lo hemos puesto a esperar —murmuraron tanto Sora como Kazuya para el que ahora pasaba totalmente de sus existencias.
—Pero vamos, acércate para que puedas presentarte —invitaba con caballerosidad el blondo.
Su lacia y azabache cabellera caía con delicadeza hasta la mitad de su espalda. Sus castañas pupilas quedaban enmarcadas con unos lentes de diseño cuadrado y gruesa montura. El apiñonado de su piel resultaba agradable a la vista y perfecto para alguien de largas y delgadas piernas, cuyas pronunciadas curvas no dejaban indiferente a quien le dedicara unos segundos a su exterior.
Llevaba puestos unos botines negros de tacón en armonía con unos pantalones entubados caqui a la cadera. Su blusa era blanca y lisa, entallada y con un cuello en uve. Y aunque era casi imperceptible, un pasador decorado adornaba el costado derecho de su cabeza mientras de su mano izquierda colgaba una chamarra alba y delgada, con una cinta en la cintura.
—Buenas tardes. Mi nombre es Harada Annaisha. Gusto en conocerte, Kazuya Miyuki —expresó con cordialidad y una notoria emoción la joven.
—Esta chica de aquí es la novia de Kazuya. Se llama…—Mei cayó en cuanta de que esa chica nunca le dijo su nombre.
—Yūki Sora —no es que fuera grosera, simplemente prefería ver cómo él y su novio se peleaban verbalmente en vez de ponerse a hablar sobre sí misma.
—¿Yūki? —el apellido captó la atención del rubio hasta el punto de arrastrar su mirar hasta la muchacha—. ¿Estás relacionada de algo con Yūki Tetsuya?
—Mi apellido es de lo más común. Debe de haber cientos en todo Tokio —expresaba para quien sospechaba que le mentía.
—Es la hermana menor de Tetsu-san —genial, nada como ser ventilada por tu propio novio.
—Ese partido fue uno de los más divertidos y emocionantes de la temporada. Nadie esperaba que tu hermano bateara a Narumiya-kun —Annaisha estaba a un costado de quien continuaba considerando al ex cuarto bateador de Seidou como uno de sus más acérrimos rivales—. En el béisbol nada está completamente asegurado; incluso al final puede sorprenderte. Esa es la magia del deporte más apasionante e increíble que puede haber.
—Kazuya, explícate. ¿Por qué razón decidiste salir con ella? ¿Es que acaso me odias? ¿Por qué me estás traicionando de esta manera? —la hora del drama había llegado.
—Justamente por este motivo no te lo dije —tenía el presentimiento de que se alteraría un poco si sabía la relación entre Sora y el sujeto que siempre le plantaba cara cada que salía al montículo al lanzar.
—Dile a tu hermano que la próxima vez que nos veamos me encargaré de que no pase ni siquiera a primera base —a veces su timbre de voz se podía oír serio y decidido—. Lanzaré tan rápido que ni siquiera sabrá qué fue lo que lo sacó de la cancha de béisbol.
—Mi hermano está estudiando para su examen a la universidad. No hay manera de que él vuelva a desafiarte —soltó para quien ardía en pasión por irse a ponchar a su hermano mayor.
—Pásale mi mensaje, Sora-chan.
—No le diré nada si me sigues llamando de ese modo —¿qué tenía el mundo contra su nombre y ese honorífico? O tal vez él también la quería incordiar como cierto castaño que conocía.
—La cita ni siquiera ha dado comienzo y ya estoy totalmente agotado —él estaba esperando a ver en qué momento la paciencia de la pelinegra se terminaba a causa de cierto rubio que no dejaba de llamarle de esa forma que tan poca gracia le causaba.
—En cierto modo se me hace familiar su rostro. Pero no puedo recordar de dónde —conocía a Mei cerca de dos años y estaba tan acostumbrada a su manera de ser que no le extrañaba su comportamiento actual. Y aunque una parte de ella sabía que había exagerado un poco al agitarse tanto por la relación consanguínea de la chica y el ex bateador de Seidou, también lo veía como algo enternecedor—. Probablemente ya estoy pensándolo de más. Hasta puede que la esté confundiendo con otra persona.
—Bien, ¿vas a seguir haciendo eso toda la tarde o vamos a ir a comer? —Kazuya debía poner orden aquí y ahora antes de que se descontrolara todo.
—¿Comer? Todavía es temprano para eso —el rubio recuperó su porte y temple usuales. Ya se le veía de nuevo como el pitcher de pedigrí que era—. La comida es el tercer punto de la lista.
—¿Lista? ¿De qué hablas? —Sora miró al descarado cátcher; sospechaba que había ignorado el itinerario de cierto amigo suyo a propósito.
—Kazuya, te dije todo lo que haríamos en la cita el día que me confirmaste tu asistencia —allí estaban sus ojos de cachorro triste, abandonado e ignorado—. Jamás me pones atención.
—Descuida, se lo hace a todos.
—¡Sora-chan, tú entiendes mi dolor!
—No me quejaré solamente porque me resulta muy divertido ver cómo Narumiya-kun lleva la paciencia de Kazuya al límite —nadie se esperaría que ese hombre pagaría tan pronto todo lo que le había hecho hasta ahora. Era tan entretenido y relajante que sonreía con candidez mientras los escuchaba en silencio—. Esta chica se ve que está más que acostumbrada a Narumiya-kun. Incluso parece disfrutar del momento de fraternal amistad entre ambos —su mirar se encontró por primera vez con el de esa bonita joven y se mantuvo así por unos cuantos segundos—. Por alguna razón su rostro me es familiar… Esas gafas las he visto en otra parte Pero, ¿en dónde?
—¿Será que ella también tiene el presentimiento de que nos hemos encontrado en algún otro lado con anterioridad pero no conmemora en dónde? —ella era una persona directa que no temía lanzar preguntas si la duda la invadía. Sin embargo, apenas la había conocido; no se habían dirigido más que el nombre.
—Anna, ¿sucede algo? —preguntaba Mei para quien se había quedado callada de repente.
—No. No ocurre nada —respondió cortésmente, mirándole de soslayo.
—Será mejor que nos pongamos en marcha que hay muchas cosas por hacer —proponía para ese par de noviecitos que temían por todas las actividades que tenía preparadas.
—Todavía podemos escapar de aquí —murmuraba el castaño para su pareja. Ambos empezaron a desplazarse en cuanto Annaisha y Mei lo hicieron.
—Tengo el horrible presentimiento de que si hacemos eso, la pasaremos peor.
—Ciertamente sabe cómo convertirse en un dolor de cabeza —¿no era hermoso que tuvieran en común la misma visión hacia el rubio? Tal vez no eran tan diferentes como creían.
—Además, ¿no has pensado en por qué te insistió tanto para que vinieras a esta cita? —lo meditó brevemente pero no quiso darle demasiadas vueltas al asunto—. Hasta donde he escuchado Narumiya-kun es muy popular en su escuela, por lo que las conquistas deben sobrarle.
—Él adora las citas dobles. Así que no creo que sea por otra cosa en especial.
Viajar en tren no sólo era la opción más plausible económicamente hablando, sino también la que les aseguraba llegar a su primer destino en el tiempo más corto posible. Y mientras la corta travesía daba marcha, el joven que se había encargado de orquestar la cita doble, tomó la palabra para dirigirse al resto.
—Nuestra primera escala será en Shinagawa —Mei tenía un mapa que pasó a cada uno de sus acompañantes—. Y se preguntarán, ¿qué es lo que iremos a hacer allí?
—No. Yo la verdad no.
—Kazuya, deja que termine de hablar —regañó a quien seguía reacio a toda esa experiencia de una cita doble—. Entonces, ¿por qué nos dirigimos allá?
—Porque visitaremos un acuario —respondió la pelinegra. Mientras Miyuki pensaba en toda la multitud que habría y tendría que soportar, Sora parecía mostrarse interesada.
—¿De verdad iremos a un acuario? —Annaisha no podía ocultar la sorpresa que experimentó en el instante que le escuchó pronunciar aquello; por lo que le fue inevitable mirar al sonriente joven. ¿Por qué siempre poseía esa actitud tan fresca, tan despreocupada, casi encantadora?
—Sé que amas a los tiburones blanco y quería que los vieras en algún acuario. Pero al investigar me di cuenta de que estos no sobreviven en cautiverio, por lo que tuve que buscar otra opción —sabía que en algún momento le mencionó que aquel pez cartilaginoso era su animal favorito, sin embargo, jamás se esperó a que él deseara mostrarle uno y que se tomara tantas molestias para lograrlo—. En el acuario de Shinagawa hay una sala especial donde proyectan a través de hologramas, tiburones blancos, en su ambiente natural —tenía muchas cosas que decir en ese instante, pero la mayoría la condenarían en ese momento. Se supone que debía resistirse a él, no rendirse ante su detallismo—. Sé que no es lo mismo, pero por ahora es lo único que puedo hacer —¿en serio se quejaba por ello? —. Algún día iremos al mar a verlos personalmente.
—Sí, gracias. Estaré aguardando por ello con ansias —expresó, en automático, dejando que el raciocinio se apagara en su cerebro—. Él puede ser en verdad…
—¿No te gustan los acuarios? —preguntaba Miyuki a quien había estado buscando algo con la ayuda de su celular.
—No me gustan los sitios concurridos. Pero si se trata de un acuario, puedo tolerarlo —cierto, ambos no eran fanáticos de las multitudes—. Hay un pasillo de veinte metros bajo el agua que permite caminar a través de un mar de mantarrayas. Y debe ser espectacular, así que quiero intentarlo.
—Buena suerte con ello.
—Ni creas que te dejaré que escapes —en ese noviazgo parecían estar abundando las amenazas por ambas partes—. Irás y te maravillarás con esas magníficas criaturas marinas —el castaño sonrió. Le resultaba divertido y algo tierno que le dijera de manera indirecta que deseaba estar a su lado.
—¿Y a dónde más iremos? —Harada poseía un desconocimiento total sobre lo que se haría en aquella cita doble; solamente podía deducir las actividades gracias a las citas previas que había tenido con sus ex parejas.
—Caja de bateo, ir a comer a un restaurante, ver una película y luego la cena —ese pitcher ya les había planeado todo con ojo de detalle; casi podían jurar que lo tenía anotado en una hoja con horas y tiempos bien delimitados—. A qué es grandioso, ¿verdad? ¡Sé que están impresionados por mi planeación! No se contengan, elógienme.
—La caja de bateo suena grandioso —Annaisha se emocionó al oírle mencionar tan grandioso sitio. Era imposible no contemplar la llama de pasión que ardía intensamente en sus achocolatadas pupilas. Ya se veía más que lista para hacerlo—. Cuenta conmigo, Narumiya-kun.
—Tiene la misma expresión que Kazuya y los chicos —miró en silencio a la motivada jovencita, meditando sobre si era buena idea el tomarse el atrevimiento de preguntarle algo que a leguas parecía más que obvio—. Harada-kun, de casualidad, ¿juegas softball?
—Sí —su contestación inmediata sí que la tomó por sorpresa—. El béisbol es mi más grande pasión. Por lo que me he dedicado la mayor parte de mi vida a él.
—No van a creerlo, pero Anna es la mejor cátcher que tiene nuestro equipo de softball en Inashiro. Desde su primer año logró ascender al primer equipo —relataba con júbilo, con esa pasión que lo envolvía cuando lanzaba en su mejor forma. Dejando más que evidente lo mal que lo traía aquella pelinegra.
—De modo que también eres cátcher —dijo, con interés y curiosidad, mirando a la joven—. ¿Has tenido la oportunidad de atrapar para Mei?
—Por supuesto —sonrió con profunda satisfacción—. Sus lanzamientos son una verdadera obra de arte que ningún cátcher debería privarse de ver y experimentar de primera mano —Mei no pudo evitar sonreír bobamente mientras unas pequeñas chapitas le decoraban las mejillas; adoraba que reconocieran lo increíble que era, pero le fascinaba mucho más que lo hiciera ella.
—A la hora de jugar ella tiene un estilo muy parecido a ti, Kazuya. Agresivo, impasible, que adora provocar a los bateadores mientras se divierte con los resultados que obtiene por ello —describió a quien tenía a su lado, a quien al contemplarle tan calmada costaba creer todo eso.
—Narumiya-kun, me habló mucho sobre ti. Sobre que eran amigos de años. Y yo, al ser cátcher, sentí curiosidad de conocerte y cruzar palabras contigo. Considero que charlar con alguien que comparte tu misma posición es bastante proactivo; es una manera de obtener retroalimentación —eso dejaba claro el motivo que orilló al rubio a ser tan insistente con su asistencia a aquella cita doble—. Además, no siempre se tiene la oportunidad de conocer al mejor cátcher de todo Japón. Y es algo que debo agradecerle a Narumiya-kun.
—Ciertamente no es común que me ponga a hablar con otros jugadores que comparten mi misma posición. Pero si Mei ha reconocido tus habilidades, entonces no habrá desperdicio en ello —después de todo su fijación siempre habían sido los pitcher.
—Oh, Yūki-kun, espero no malinterpretes mi interés por Miyuki-kun. Solamente lo veo como un igual. Mi verdadero amor radica en los pitcher y sus monstruosas habilidades de lanzamiento.
—De todos modos, cualquier encanto se muere en cuanto sabes cómo es en realidad. Que no te cieguen sus habilidades para el béisbol —¿alguien pidió brutal honestidad? Tal vez nadie, pero eso fue lo que recibió Miyuki—. Ella también tiene fetiche con los pitcher. Como este incordio que tengo a mi lado.
—Sora parece que ya te conoce muy bien, Kazuya —Narumiya se llevó las manos hasta su barriga, la abrazo y siguió riéndose en su cara—. ¡Y lo que te falta por conocer!
—Narumiya-kun me advirtió sobre eso también. Que no eras precisamente alguien ejemplar.
—Ey, esto se siente como si estuvieran conspirando contra mí…
—No lo parece, lo están haciendo.
—Tú eres quien más debería estar de mi lado —se quejó con todo el derecho del mundo.
—Kazuya, existen causas indefendibles. Tu personalidad es una de ellas —les fue imposible a Mei y Annaisha contener sus carcajadas por más tiempo; ante sus ojos eran una pareja de lo más variopinta que les estaba aportando momentos de lo más chuscos y memorables.
Tras llegar a la estación correspondiente tomaron rápidamente un taxi a petición del As de Inashiro. Eso les permitió arribar con prontitud para comprar las entradas y poder al fin, entrar a tan famoso y popular acuario de Tokio.
No era de sorprenderse el afluente de gente que accedía y salía. Era domingo y muchos buscaban distraerse del mismo modo que ellos. Lo que era verdaderamente atractivo, eran la multitud de salas con las que contaba el acuario de Shinagawa; esas que exhibían hermosamente diversas especies acuáticas. Después de todo, el recinto contaba con más de 450 especímenes para admirar.
El emblemático tanque de 500 toneladas fue la primera escala que hicieron. Allí podrían apreciar en detalle toda la magnificencia de las tortugas marinas verdes, rayas gigantes y muchas más especies que no reconocían en lo más mínimo.
—¿Las tortugas te parecen entretenidas? —cuestionaba Kazuya a quien no despegaba su atención de los quelonios que nadaban cerca de donde permanecían de pie, admirando la fauna marina.
—Actualmente las tortugas son los reptiles más antiguos que existen sobre la faz de la Tierra. Han sobrevivido desde el Triásico —le comunicó por si no estaba enterado del dato—. Con frecuencia son vistas en la cultura popular como criaturas tolerantes, pacientes y sabias.
—Deberías ser más como una tortuga —aconsejó, viéndose de lo más serio el condenado.
— Y tú deberías ser como un mapache. Ah, espera que ya lo eres —sí, él sabía que no se iba a quedar callada.
—Que una tortuga y un mapache sean pareja no suena muy atractivo que digamos —tanto Sora y Kazuya voltearon hacia el que se había metido en su charla—. Deberían ser como Anna y yo.
—Ella ni siquiera está aquí contigo —mencionaba la pelinegra para el gracioso que estaba metiéndose con ambos.
—Prefiere ver a esos peces payaso por su cuenta que lidiar contigo —nada como la unión entre parejas para joder al que te intenta molestar—. Tal vez ya la asfixiaste demasiado.
—¡No aceptaré las palabras de un mapache y una tortuga que mantienen una relación extraña!
—Al menos tengo una tortuga.
—Y yo un mapache.
—¡Ustedes dos son horribles! —exclamó, como niño malcriado. Y es que hasta estaba haciéndoles pucheros y ellos muy vilmente le dedicaban su sonrisa más burlesca.
—Creo que ya cambió de pez. Ahora está mirando a esa mantarraya gigante —comentaba Yūki para quien veía en dirección a la cátcher.
—Ella ama los peces grandes, así que no me sorprende.
—Quisieras ser un pez grande en este momento, ¿no Mei? —Kazuya no desperdiciaba los momentos que tenía para meterse con ese rubio debido a que eran pocos—. Te atraparon por completo —que se oyera tan divertido mientras se lo decía no hacía feliz al pitcher.
—¡A ti también!
—Claro que no.
—De modo que todo esto fue orquestada con el fin de tener una cita en regla con Harada-kun —Narumiya guardó silencio, delatándose—. A sabiendas de que eres bien parecido, popular y con una labia peligrosa, supongo que ella se resistió a aceptar y por eso no tuviste más remedio que atacar desde otro punto. Eso fue bastante astuto de tu parte.
—Espera, ¿acabas de decir que soy todo un conquistador? ¿Y que soy más guapo que Kazuya? —sus celestes pupilas brillaban con la intensidad de un manto estrellado—. Kazuya, tu novia es muy sabia y tiene un gusto excepcional. Por lo que déjame felicitarte por tan gran elección.
—¿Qué? —repentinamente sintió una mirada sobre su persona.
—Nada.
—Kazuya, no me digas que estás celoso por lo que Sora-chan acaba de confesarme tan abiertamente —ahí estaba, codeándolo con suavidad, y sonriéndole como sólo lo hacía cuando lograba ponchar a todos los bateadores que osaban pararse frente a su montículo—. Es comprensible. No únicamente soy el Príncipe de Tokio, sino también el más apuesto de todo Inashiro.
—No lo estoy —espetó, secamente.
—Ese tono de voz me dice que sí —él lo conocía mejor que nadie más. No iba a engañarlo tan fácilmente.
—Claro que no.
—Sora, dile algo bonito. No sé, que incluso cuando se viste tan mal, se ve varonil —el chaval no tenía reparo en aproximarse a Sora y susurrarle todo aquello para que únicamente le escuchara ella—. O que sus atrapadas son las más impresionantes de todo Japón.
—Él no necesita esa clase de cosas. Es muy seguro de sí mismo —murmuró para el blondo sin mucha preocupación. El castaño ya estaba con la atención ocupada en una mantarraya; todos amaban a esas criaturas.
—A los hombres nos gusta recibir piropos de nuestras novias. Y él no es la excepción —¿así funcionaban los chicos ahora? —. Tú dale, como si le lanzaras una recta rápida y poderosa. Él no sabrá cómo demonios fuiste capaz de lanzar una monstruosidad como esa, pero igualmente la atrapará y estará ansioso de que le arrojes otra.
—¿Algún día dejaremos de usar esta clase de analogías?
—Ya no te quejes y hazlo. Anda —lo peor es que ya estaba empujándola para que se encaminara hacia donde estaba el castaño.
—¿Cómo terminé metiéndome en esto? —aunque quisiera escapar el rubio no se lo permitiría, que por algo estaba a sus espaldas, animándole en silencio a la vez que esas rubias cejas se alzaban y bajaban como señal de que se atreviera a calmar las aguas con su sentida pareja—. Kazuya…—el cátcher le dio como respuesta el verle desde el rabillo del ojo—. De verdad que eres un tonto —quiso objetar, pero no fue lo suficientemente rápido.
El agarre alrededor del cuello de su camisa fue lo primero que lo tomó por asalto. Lo segundo, lo impresionó y le obligó a contemplarle como si fuera lo único que tenía permitido hacer. Pero, al final, todo aquel estremecimiento se transformó en calma, en aceptación, en un momento agradable donde ella había tenido el suficiente valor para traspasar su espacio personal y robarse esos labios que ahora le pertenecían.
—…Eres bien parecido. Más que el mimado de tu amigo. Aunque eso no soluciona tu conflictiva personalidad —¿quién de los dos se encontraba más abochornado? ¿Ella por besarle y decirle algo tan comprometedor? ¿O él al darse cuenta de que le había demostrado su interés en público? Y es que toda la gente parecía haber dejado de observar a las criaturas marinas para centrarse en ellos.
—S-Sora, nos están viendo…—el tan poco afecto para esa clase de demostraciones y la gente que estaba siendo más cotilla de lo que debería.
—Y-Ya lo noté…—habló con nerviosismo, soltando el cuello de su camisa—. Es tu culpa por ser tan llamativo.
—¿Eh? Claro que no —sus ropas nada tenían que ver con ser el centro de atención de los chismosos.
—Como sea...nos siguen viendo —y como buen par de cohibidos se apartaron, quedándose lado a lado. Mirar esas adorables tortugas era mejor que contemplar al otro.
—Kazuya, Sora, son como dos niños de secundaria —decía el rubio con cierta guasa. Ciertamente le parecía algo adorable su comportamiento—. Yo mismo les enseñaré cómo se hace —Narumiya llegó hasta Harada con una seguridad digna del Príncipe de Tokio—. Ver a animales tan majestuosos como estos resulta muy relajante y estimulante. ¿No lo crees Anna?
—Existen dos especies de mantarrayas: la mantarraya arrecife y la mantarraya gigante
—Supongo que esa que nos está mirando en este preciso momento es una mantarraya gigante —se aventuró a concluir.
—Su disco central alcanza a medir los nueve metros —ilustraba la de lentes sin despegar su atención de tan majestuoso ser—. También carecen de aguijón a diferencia de otras especies.
—Como siempre sabes muchas cosas —él sabía perfectamente que la chica era un cerebrito o un ratón de biblioteca como solía denominarla Carlos, así que ya estaba acostumbrado a esos datos curiosos que soltaba de vez en cuando—. Se ve que está disfrutando del acuario.
Había salido infinidad de veces a citas con otras chicas, por lo que la experiencia lo respaldaba. Sin embargo, ella no funcionaba como el resto de sus anteriores intereses afectivos.
Estaban lado a lado, con un par de centímetros de separación. Era la distancia perfecta que causaba tanto tranquilidad como ansiedad.
Extendió su mano con decisión hacia la de Annaisha, rozándola con prontitud y suavidad, uniéndose a la de ella a través de una promesa de meñique.
—Anna puede ser tan adorable~ —era discreto al mirarle y percatarse que sus mejillas estaban teñidas de un llamativo pero brillante carmesí.
—Iremos por algo de beber así que...—Kazuya se había detenido justo porque Sora lo tomó del brazo—. ¿Pasa algo?
—¿Todavía preguntas? Míralos. Están muy ocupados y no quieren ser interrumpidos.
—¿Ocupados? Yo sólo veo que Mei se volvió demasiado soso —sabía de antemano lo descarado que era ese pitcher por lo que se le hacía raro su comportamiento—. Les doy una semana máximo.
—Eso es grosero y cruel de tu parte.
—Únicamente estoy siendo honesto —buen día que eligió para serlo—. Mei puede ser insoportable. No muchas chicas lo toleran después de que descubren cómo es en realidad.
—Siento que estás describiéndote a ti mismo.
—En fin, vayamos por algo de beber que estoy sediento —dio media vuelta y aguardó a que su pareja hiciera lo mismo—. Traigámosle un helado por si le rompen el corazón para cuando regresemos.
—¿No sería mejor tu apoyo moral?
—El helado es más barato y menos problemático que eso —soltó, sonriente. Era tan vil de un modo espeluznantemente natural.
—Eres vil.
—Gracias.
—¡No te estoy elogiando!
Para los cuatro era la primera vez que veían un espectáculo holográfico y que este les hiciera cuestionarse sobre si lo que estaban viendo de verdad era ficticio.
El majestuoso rey de los mares nadaba entre los espectadores, haciendo gala de su robusto cuerpo y su amplia y redondeada boca que permanecía entre abierta, mostrando una hilera de blancos y peligrosos dientes.
Y antes de que pudieran acostumbrarse a aquel animal, otros más emergieron súbitamente, como si hubieran estando aguardando a que llegara el momento idóneo.
Era lo más cercano que estarían de nadar entre tiburones.
—La longitud más frecuente entre los tiburones blancos adultos es de 5 a 7.5 metros. Siendo las hembras las de mayor tamaño —estaba fascinada y tremendamente abstraída por los tiburones blanco que poca importancia le daba a que lucía como una niña pequeña visitando por primera vez el parque de diversiones—. Son criaturas magníficas dignas de ser admiradas y vivir libremente en cada océano del mundo.
—Y es aquí donde Mei desearía ser un tiburón blanco. Aunque sería uno bastante pequeño. Casi una cría —nada como los comentarios de Kazuya en los momentos más oportunos.
—Si él fuera un tiburón blanco, tú serías su merienda del medio día.
—Lo cual me provocaría dolor de estómago y náuseas —se defendió el rubio porque tenía buen oído y escuchó claramente lo que dijo.
—Si la presa es pequeña como del tamaño de un león marino, el tiburón blanco se la engulle completamente. Sin embargo, si la presa es de gran tamaño —Annaisha volteó a ver al cátcher y le ofreció una pequeña sonrisa—, arranca un trozo grande de la misma y la ingiere; y así hasta que la devora por completo.
—Vas a sufrir mucho antes de morir, Kazuya —habló Sora para quien decidió sabiamente dejar las bromas sobre tiburones.
Dejaron atrás la sala interactiva y se encaminaron hacia la instalación más destacada con la que contaba el acuario: su túnel sumergido de veintidós metros que ofrecía a sus visitantes una panorámica única de 180 grados desde abajo.
Caminaron con soberana tranquilidad, maravillándose del grandioso trabajo de ingeniería que fue necesario para la construcción de tan intimidante espacio. Y por supuesto, se dejaron cautivar por el gran banco de mantarrayas que nadaba por encima de ellos; las sentían tan próximas, tan al alcance de sus manos y simultáneamente tan lejanas, como un sueño.
—No es tan malo caminar por aquí, ¿no te parece? —Sora caminaba al lado del castaño. Llevaban un ritmo moderado pero constante. Solamente de esa manera se podría disfrutar de una caminata por aquel alucinante túnel.
—Al menos no hay tanta gente.
—Kazuya, debes aprender a disfrutar un poco más de lo que hay a tu alrededor —¿era un consejo, un sermón o un llamado de atención?
—Ya lo hago —muy a su manera pero lo hacía.
—¿Y qué otras cosas te gustan hacer además del béisbol?
—Cocinar —lo cual era algo que conocía de antemano.
—Aparte de eso.
—Molestar a la gente —respondió cierto muchacho que aunque iba muy feliz gozando de la compañía y plática de la cátcher, no podía evitar ponerles atención.
—Supongo que eso cuenta —dijo Yūki para quien no tenía intención de negarlo—. Intenta negarlo aunque sea un poco.
—Hay cosas que no pueden ser negadas —esa sinceridad suya era muy impertinente—. Pero gracias a eso Sawamura y Furuya han mejorado muchísimo. Así que deberías de verlo más como una virtud que pocos saben apreciar —¿por qué era tan caradura? ¿Por qué estaba con esa risilla malévola mientras se adelantaba?
—Sora, de ahora en adelante, mucha suerte —le deseó Narumiya en cuanto puso su mano sobre su hombro y le obsequió una sonrisa digna de un modelo como una forma para darle apoyo moral. Sora lo sintió como si estuviera dándole el pésame.
La última y casi obligada parada del recorrido por el acuario de Shinagawa era la tienda de recuerdos. Allí podrían encontrar algo bonito o llamativo para llevarse a casa y presumir que estuvieron en tan maravilloso lugar.
—Esta tienda sí que es amplia —Sora miró en todas direcciones; no sabía decir si había más peluches y recuerditos, o gente.
—Esperaré por allí —Miyuki no tenía nada que comprar ahí por lo que no estaba en la necesidad de permanecer en ese sitio rodeado de tantos seres humanos.
—Está bien —expresó. Ella comprendía su repelús a las multitudes. Él se limitó a irse a la esquina derecha superior, a un costado de una expendedora de bebidas.
—¡Anna, mira, mira, es genial! —Mei se había acercado a la joven con cierta prisa; quería que viera cuanto antes lo que llevaba entre sus manos—. Es perfecto.
—Ciertamente lo es —observó embelesada el afelpado objeto que tenía sujeto entre sus manos. Estaba magníficamente hecho, cuidando hasta el más mínimo detalle: era una obra—. Es adorable.
—Pues es tuyo ahora —¿había escuchado claramente? ¿De verdad se lo estaba obsequiando? —. Es un regalo de mi parte por haber aceptado el venir conmigo a esta cita doble —su sonrisa, sus celestes pupilas que refulgían como un diamante bajo la luz, la manera de ser que tenía hacia ella, todo era un maldito combo que destruía fácilmente la barrera que puso entre él y ella hace casi un año atrás; la misma que ahora era más frágil que una hoja de papel.
—No era necesario que tuvieras esta clase de atenciones hacia mí. Pero te lo agradezco —tenía el peluche entre sus brazos. Era tan suave—. Huele a perfume... ¿Acaso será?
—Ah, lo siento si huele a perfume. Es que fue una odisea llegar a la caja; había demasiada gente y temía que alguien me lo quitara. Así que lo pegué a mí —no sólo era perfume de chico, sino que era su perfume—. Estoy seguro que con una lavada se irá —ella asintió con lentitud. Se sentía tan boba por lo feliz que la había hecho sentir con tan poco.
Mei y Annaisha concluyeron sus compras por lo que pronto se hallaron al lado de Kazuya, aguardando a que cierta pelinegra se reuniera con ellos.
—Ya se está demorando —expresó Narumiya con una soda fría en su mano izquierda.
—Se entretiene con cualquier cosa —agregaba el castaño. Él tenía una revista de béisbol que había llevado consigo por si se aburría.
—Y ese universitario parece haberse dado cuenta de ese hábito —ambos beisbolistas cesaron sus actividades en cuanto la oyeron; y sin discreción alguna miraron en la misma orientación que la joven cátcher.
A como entendieron la situación la pelinegra quiso alcanzar algo de un estante lo suficientemente alto como para ser incapaz de alcanzarlo, incluso con tacones. Y aquel alto joven le había hecho el favor de bajárselo.
—Los ciudadanos de este país son todos muy cordiales y serviciales —mencionaba Narumiya.
—Y al parecer también es muy diplomático —sentenciaba Annaisha para los dos ingenuos que la acompañaban.
—¿Ese peluche de pingüino es lo único que querías del estante? —preguntó el extraño a quien tenía su atención puesta en el souvenir del acuario.
—Sí. Gracias.
—No hay de qué —contestó con una sonrisa. Una que ella no notó—. Por cierto, no eres de por aquí, ¿cierto? —ella permaneció en silencio y él lo interpretó como un sí—. Shinagawa es un lugar grandioso para turistear. Podría ser tu guía turístico si es que temes perderte.
—Mi sentido de orientación es excelente. Además, he visitado esta ciudad en numerosas ocasiones, por lo que la conozco bastante bien —fue su respuesta. El muchacho parpadeó y se rio ante sus palabras—. ¿Qué parte de todo lo que le dije fue gracioso?
—Mei ya empezó a ponerse impaciente, así que será mejor que nos apresuremos antes de que se ponga insoportable.
—Kazuya —nombró en cuanto sus miradas de hallaron frente a frente. El moreno había llegado, deslizando su brazo alrededor de su cuello, reduciendo el espacio entre ambos.
—Vayamos a pagar esto y reunámonos con Mei y Harada —recomendó con naturalidad.
—Está bien —se apartó de Miyuki y lo miró con cierto conflicto—. Pero no sé si este peluche sea la mejor elección. También me gusta ese de allá —¿por qué todo lo que le gustaba lo ponían tan lejos de su alcance?
—Ya tuviste tiempo suficiente para pensarlo, así que llévatelo —oh, allí estaba ese infantil mohín; le divertía verle haciéndolos—. Toma —el rosáceo y afelpado pulpo que le entregó era tan achuchable que no dudó en estrecharlo entre sus brazos.
—Es lo suficientemente grande como para usarlo de almohada —ahora que hacía memoria, ella tenía varios peluches en su habitación. Así que no debía sorprenderse de que estuviera feliz de adquirir uno más.
—A veces puede ser tan infantil —sonrió ante lo que veía. Era una escena tan poco ordinaria que se transformaba en algo inolvidable—. Bueno, si está de buen humor podrá soportar el resto de la cita...y a Mei.
