¡Muy buenas tardes! Ya llegué para darles la continuación de esta divertida cita doble. Y no, todavía no termina XD Pero ya en la siguiente actualización tendremos el desenlace y continuaremos con la programación habitual. Sin más, disfruten.

Capítulo 34

Irony

Habían dejado atrás los altos rascacielos y el creciente afluente de personas mientras los tonos naranjas y amarillentos se intensificaban, desapareciendo con avidez el celeste que hasta hace poco les indicaba que aún no era demasiado tarde para continuar aprovechando su domingo libre.

El trayecto de regreso a la estación fue tranquilo, plagado únicamente de conversaciones superficiales que llevaron a los cuatro a relajarse, a olvidarse de los pequeños tropiezos que se habían vivido hasta el momento en lo que iba de la cita doble. Y simultáneamente, fue más que gratificante para esos dos que se habían asustado con tan poco y que no deseaban volver a tocar ese tema por lo vergonzoso y patético que les resultaba.

Se detuvieron afuera de una tienda de conveniencia a petición de sus acompañantes. Parecían estar un poco sedientas y deseaban comprar unas bebidas antes de dirigirse a la estación del metro.

—Debes aceptar que esta cita ha sido espectacular —Mei ya había dejado atrás el momento nada masculino que vivió con el castaño. Era alguien que se sobreponía rápidamente.

—Ruega para que Sora no le envíe esa imagen a Kuramochi o estaremos muertos —con semejante pieza, Yōichi haría hasta lo impensable. Ya lo de menos sería que Sawamura lo señalara de traidor; otra vez.

—Es tu novia. Haz algo.

—Lo dices como si fuera tan simple —si esa chica fuera fácil de convencer ya tendría de regreso la grabación que el rubio le hizo. Pero no. Negociar con ella era peor que hacerlo con un abogado.

—Es porque no estás atacando correctamente —¿a qué se refería? ¿Había cambiado de tema o qué?—. Kazuya, eres su novio, convéncela como es debido.

—Mmm —hizo silencio. Narumiya chasqueó la lengua, torciendo el entrecejo.

—¿Quieres que te explique cómo hacerlo? —preguntó. Tal vez Miyuki desconocía de esos temas más de lo que se había imaginado.

—¡Claro que no!

—En ti queda que esa fotografía no sea compartida en todo Seidou. Porque si eso pasa, llegará hasta Inashiro y entonces mi impecable reputación será ensuciada por tu falta de temple para ver películas de terror —el descaro no conocía límites.

—Te recuerdo que fuiste tú el que me abrazó. No yo —claramente iba a defenderse de semejante difamación.

—Oye, ¿no crees que ya se demoraron bastante? Digo, no había muchos clientes —más de quince minutos para seleccionar y pagar un producto era mucho tiempo desde su perspectiva.

—Tal vez no se deciden qué bebida comprar o decidieron llevar otras cosas —Kazuya no era tan alarmista como ese rubio.

—¡Idiota! ¡Mira! ¡No se están entreteniendo con las compras, sino que esos tontos están amedrentándolas! —sujetó el rostro de Miyuki con sus dos manos, girándolo hacia el interior del combini; habría de obligarle a ver lo que estaba ocurriendo adentro para que entendiera la severidad de la situación—. Tenemos que ir a salvarlas.

—Créeme. Ahí los únicos que necesitarán protección van a ser esos dos —él sabía muy bien que su novia lo único que tenía de frágil era su apariencia.

Sin embargo, Narumiya ignoró las palabras del castaño y entró a la tienda, llevándoselo a rastras.

—¿Por qué no se van y las dejan en paz? Es obvio que ellas no desean hablar con ninguno de ustedes dos —el rubio tenía demasiadas agallas por lo que no se dejaba intimidar por la diferencia numérica. Él iba a defender a Harada a como diera lugar.

—Oh, ¿pero qué es lo que tenemos aquí? —el más alto y de peinado afro postró su atención en quien les estaba hablando con demasiada desfachatez—. ¿Quién dejó salir de casa al pequeño de secundaria?

—Tu amigo nerd y tú no deberían estar fuera de casa a estas horas. Así que regresen con su mamita antes de que les pase algo —el segundo era corpulento y con dos arracadas en cada oreja que lo hacían ver como un pandillero al que era mejor sacarle la vuelta.

—Los únicos que deberían de largarse de aquí, son ustedes dos —Harada miró con hosquedad a los dos entrometidos que habían estado flirteando tanto con ella como con Sora. Eran justamente la clase de hombres que más le tocaban las narices.

—Sí, háganlo antes de que se me quiten las ganas de dialogar con ustedes dos —Yūki no poseía mejor semblante que Annaisha.

—Ya las escucharon. Esfúmense —el As de Inashiro se mantenía firme. Podría lucir pequeño al lado de esos hostigadores pero no se dejaría intimidar; él jamás huía da nada ni de nadie.

—Mei, no seas inconsciente. Si te metes en una absurda pelea podrías salir seriamente lastimado. Y si eso ocurre perjudicarás a todo tu equipo —Miyuki hablaba con la voz de la razón, sin embargo, para el blondo también estaba en juego su orgullo y la seguridad de la joven a la que había invitado a salir.

—No soy tan descuidado como piensas. Sé valerme por mí mismo.

—Sólo hablas y hablas niño bonito. Pero no veo que hagas algo —el de peinado afro lo agarró del cuello con su mano derecha, alzándole para que estuvieran cara a cara. Era como contemplar a David contra Goliat—. Te enseñaré cómo se respaldan las palabras con hechos.

—Suelta a Narumiya-kun, ahora mismo —la petición provenía de Annaisha, quien ya había sujetado al abusador de su antebrazo izquierdo—. Hazlo.

—¡Jajajajaja! ¡Pero qué patético! —exclamaba el larguirucho adolescente, con guasa y carcajadas—. ¡Hasta esta chica ha visto que eres incapaz de valerte por ti mismo y ha decidido intervenir por ti!

—¡No son más que unos pobres diablos! —y los denigrantes adjetivos continuaron hacia esos dos jugadores de béisbol.

—Por ningún motivo puedo permitir que hieras a nuestro As. Incluso si eso significa que tenga que recurrir a medidas que no son del todo mi agrado. Pero tu nulo interés por el diálogo no me está dejando otra elección —Harada lo liberó y avanzó lo suficiente para estar frente al abusador—. Una disculpa por adelantado por mi brusquedad, pero no hay otra opción.

El blondo fue soltado, no por la buena voluntad del moreno, sino porque había sido obligado por quien menos se imaginó, empleando un método que dejó a más de uno con la boca abierta.

—Oh, un estilo callejero y salvaje. Difícil de predecir pero a la vez arriesgado. Pero lo ejecutaste muy bien —felicitaba Sora a quien había desafiado cualquier premisa y le había atestado semejante puñetazo en la cara al malhablado infractor—. Esperen un momento, esto como que se me hace familiar...

—¡Maldita zorra, ¿pero qué es lo que le has hecho a mi amigo?! —se habían olvidado del otro sujeto hasta que habló, hasta que se acercó a la jugadora de Inashiro—. No tendré condolencia solamente porque eres una chica.

—Te adelanto que yo no pienso pedirte disculpas.

Las palabras desconcertantes de Sora fueron acompañadas con una simple pero contundente acción. ¿Y es que quién se imaginaría que una patada circular media podría ser tan dolorosa como para llevar a la víctima al suelo?

—Tienes bastante fuerza en las piernas. Y que le hayas pateado en tacones, le da un mérito extra —Annaisha no era partidaria de la violencia, sin embargo, debía admitir que esa Mid Kick había sido bastante espectacular—. Ahora que hago memoria, ese día que fui a dar a ese lugar, los adultos que estaban a mi alrededor hablaban de una niña que les había dado un escarmiento a unos chicos del vecindario... ¿Será posible que se tratara de ello? Aunque eso significaría que nos conocimos desde mucho antes...

—¿Se encuentran bien ustedes dos? —preguntó Yūki a los que estaban más pasmados que un tío al enterarse de que será padre a sus dieciséis años.

—S-Sí...—contestó Mei, contemplando a los pobres diablos aún botados en el piso, quejándose como dos niñas lloronas—. Kazuya...¡Sora es una salvaje! ¡Una bestia! ¡Mira cómo dejó a ese idiota! ¡Es que de milagro no le rompió nada a ese saco humano! ¡¿A qué se dedica?! —nunca en su vida había errado en juzgar a una mujer como ese día.

—Tu cita no es precisamente una doncella en apuros —que Narumiya quisiera fingir demencia ante lo que ambos vieron, era asunto suyo, por lo que no tenía que minimizar lo que esa pelinegra había hecho—. Ella también es una salvaje.

—¡Ey, no te refieras a mi Anna de ese modo tan despectivo! —ahora era el de gafas quien ocupaba toda su atención—. Retira lo dicho.

—Ustedes son los únicos que deberían retirarse —claro, ¿por qué no se les ocurrió que esos dos individuos también pudieran tener amigos que se cansarían de esperarlos? Lo peor es que estaban parados a sus espaldas, orillándoles rápidamente a girarse y tomar distancia.

—Nos haremos cargo de estos dos enclenques. Así que quédense tranquilos.

—Parece que llegó el resto de la basura —la boquita de Mei ya los había condenado—. Nos encargaremos de ustedes dos. ¿No es así Kazuya?

—No creo que esa sea una buena idea...—¿pacifista, cobarde? ¿Cuál de las dos era ese castaño?

—Harada-kun y yo ya tenemos las bebidas. Así que vayamos a pagarlas —Sora se acercó a los dos que estaban a nada de ser atrincherados en compañía de Harada—. ¿Pueden hacerse a un lado? —ya estaba empezando a mosquearse por los estorbos que la vida le estaba poniendo en su camino.

—Ustedes pueden irse, pero sus acompañantes no —fue cuando Harada y Yūki entendieron que esos dos no habían visto quiénes fueron los que apalearon a sus amigos. Simplemente dedujeron que habían sido Miyuki y Narumiya por ser varones.

—Lo siento, pero aquí nadie osará tocarle ni un solo cabello a mi delicado y pacifista novio porque Seidou se queda sin su mejor cácher y su capitán —caminó hacia esos dos mientras deslizaba su mano hacia la bolsa derecha de su gabardina—. Y obviamente no puedo permitir que lo lastimen bajo ningún precepto porque aunque es un incordio, es mi incordio y sólo yo lo molesto.

Ellos rieron ante sus palabras. Era una chiquilla altanera que a lo máximo les sacaría un gas pimienta que fácilmente podrían arrebatarle. Pero no se trató del aerosol de pimienta sino de otra sorpresa menos agradable.

Las carcajadas se fueron cuando uno de ellos se cayó al suelo de rodillas ante el dolor que le embargó el cuerpo en cuanto ese pequeño objeto se le incrustó directo en el abdomen.

—¡¿Una táser?! ¡¿Por qué una chica tiene una pistola eléctrica?! —¿a dónde se había ido el fiero gamberro?

—Fue un regalo de cumpleaños de un viejo amigo mío —no tenía necesidad de responderle pero de igual modo lo hizo—. Dijo que necesitaba protección extra —el arco voltaico visible y ruidoso del arma le advertía que más le valía mantener su distancia o lo lamentaría.

—Sora, no olvides que te menospreciaron con la mirada. Así que no tengas piedad y dale otra descarga —Mei era un rubio listo y precavido que ya estaba a las espaldas de la pelinegra junto con Harada; porque su seguridad y la de su enamorada eran primero.

—¿Qué clase de amigos te regalan esa clase de cosas? —Kazuya era otro joven precavido que ya estaba junto a quien además de su novia se había vuelto su guardaespaldas—. Empiezo a creer que sólo te llevas con vándalos —lo soltó en broma, pero ella no le siguió el juego ni tampoco se rio.

—Ki-chan es un alma libre. Y a veces las normas de esta sociedad no le acomodan bien.

—¡Vámonos de aquí! —el único que no había sido maltratado en el combini, siendo movido por el instinto de la supervivencia, cargó a sus amigos como bien pudo y escapó de allí a toda prisa. Más valía aquí corrió que aquí murió.

—Kazuya, engáñala y será lo último que hagas en tu corta y patética existencia —Narumiya, siempre tan positivo y con consejos que absolutamente nadie le pedía.

—Literalmente podría ser tu último error —expresó Harada para el sujeto que pecaba de pasivo. Porque aunque estaba en contra del uso indiscriminado de violencia, consideraba que por mínimo debió de mostrar más preocupación por la seguridad de la pelinegra. ¿Es que era tan indiferente a lo que pudiera pasarle a su novia o es que confiaba plenamente en que ella podía salir airosa?

Abordaron el tren y cada pareja tomó asiento en frente de la otra. Justo como había ocurrido en el viaje de ida. No obstante, no había el mismo ruido que en la mañana; ahora el único ruido que escuchaban era el del resto de los pasajeros.

—Creo que esa experiencia fue más de lo que ha podido procesar Narumiya-kun —expresó Sora después de ver al blondo completamente absorto en la pantalla de su celular, como si viajara solo—. Y Harada-kun está absorta en su mundo —la pelinegra vaciaba toda su concentración en el pequeño libro que sostenía entre sus manos—. Y pensar que hasta hace una media hora destilaban miel.

—Agradece el silencio y la paz que hay en vez de quejarte —porque él sí estaba complacido por cómo estaba marchando todo— ¿Qué pasa ahora? ¿Estás preocupado por esos dos? —sintió su mirada encima y le fue inevitable curiosear al respecto.

—¿Por qué tú estás tan normal? —cuestionó, rotando para quedar cara a cara. Deseaba una respuesta así como contemplar sus reacciones corporales—. Derribé a un tonto con una simple patada y al otro le di una descarga eléctrica. Así que deberías estar todo traumatizado como Narumiya-kun.

—Bueno, con tu carácter y tu innecesaria habilidad para provocarles dolor físico a otros, era evidente que esos sujetos terminarían en el suelo, quejándose —Yūki suspiró, dándole la absoluta razón—. Y ese no es el caso de Mei. Por eso está en estado de negación.

—¿Intenta ignorar la realidad para que la perfecta imagen que tenía sobre Harada-kun no se destruya y pueda seguir viéndola como la chica ideal para él? ¿Tanto le ha afectado verla ser "tan poco femenina"?

—Todo ha sido culpa suya, por idealizarla. Por lo que no debería indignarse —no era la primera vez que algo como eso ocurría. Era como un mal hábito que el blondo poseía cuando una chica lo cegaba tanto que no podía contemplar todos sus defectos.

—Ciertamente ese fue un gran error de su parte.

—Así que no sientas pena por él que se lo tiene más que merecido —él estaba tan tranquilo. Parecía ser el último en estar preocupado por el amargo momento del rubio.

—...Kazuya...—habló quien por un largo tiempo estuvo callado—. ¡Kazuya! ¡Hazme caso! —¿a dónde se había ido su tranquilidad? ¿Por qué ya se veía de ánimos otra vez? ¿No podía seguir deprimido hasta llegar a Tokio y usar eso de pretexto para regresar a Seidou?—. ¡No finjas que estás durmiendo porque estaba escuchando perfectamente todo lo que decías sobre mí! —y es que el castaño se había cruzado de brazos para quedarse estático como una verdadera estatua—. De modo que osas desafiarme, Kazuya —se levantó y llegó su puesto, sin quitarle la mirada a quien pasaba monumentalmente de sus quejas.

—¿Qué estás planeando? —Sora empezó a tener un mal presentimiento.

—Se ha quedado dormido porque está exhausto del día que hemos tenido. Por lo que debe descansar lo más cómodamente que le sea posible. Y considerando el lugar en el que estamos, pues la mejor elección es el regazo de tu querida novia —porque únicamente él tendría el descaro y las agallas de recostar a Miyuki sobe los muslos de la pelinegra como si fueran una almohada.

—...K-Kazuya...—¿cuál era el afán de Narumiya por ponerla en aprietos? ¿O es que todo lo hacía con el deseo de joder al castaño?

—¡Mei! —profirió en tono alto tras volver a recuperar su espacio personal, tras haberse apartado de Sora y abandonar tan comprometedora posición—. ¿Pero qué estabas pensando? —Mei iba a tomarse en serio su reproche porque soltó cada palabra con enfado, pero al ver esas mejillas encendidas en la coloración de la grana, optó por ensanchar una sonrisa victoriosa—. ¡Mei!

—¡Deberías verte a ti mismo! ¡Estás todo rojo con algo de lo más simple! —señalar era de mala educación pero al blondo poco o nada le interesaba la etiqueta en ese momento.

—Narumiya-kun —el pitcher calló. No era su pelinegra la que le estaba hablando, sino la novia de a quien le había hecho semejante jugarreta—, ¿te has divertido haciendo algo como esto? —¿responder con honestidad o fingir que nada de aquello ocurrió? Dudaba principalmente porque la veía tan sosegada, como si lo sucedido no le hubiera afectado en lo absoluto; tanta pasividad apestaba a peligro.

—¡Todo es culpa de Kazuya!

—Narumiya-kun —le nombró por segunda ocasión. Esta vez se dibujó una suave sonrisa en sus labios y eso le despertó otras alarmas al blondo—, eres un amigo de lo más considerado. Incluso te has adelantado a mis pensamientos —¿lo estaba felicitando o amenazando de manera silenciosa y pasiva? Que alguien le dijera porque estaba a nada de confundirse y perder la razón.

—¿Lo...he hecho? —preguntó, dudoso.

—Por supuesto —Miyuki se limitó a observarla; él sabía que esa mujer estaba maquinando algo y lo mejor era no intervenir porque podría resultar mucho peor—. Después de superar las extenuantes prácticas del entrenador Kataoka, a Kazuya le gusta relajarse un poco. Por lo que a veces le doy un masaje en toda la espalda para que se relaje y descanse —y el castaño no negaría lo buena que era para esa tarea—. O en ocasiones le es más que suficiente descansar y dormir sobre mi regazo. Aunque claramente es algo que hacemos en privado —en cuanto Narumiya procesó cada palabra que Sora le dijo entró en un estado de estupefacción que le impedía formar el más pequeño de los vocablos mientras no dejaba de mirar a su rival y amigo desde secundaria.

—K-Kazuya... No sabía que ustedes dos eran tan íntimos —¿en qué momento Miyuki empezó a disfrutar como era debido de las relaciones sentimentales? ¿Cuándo dejó de ser tan chapado a la antigua? ¿Qué otros secretos le guardaba el castaño?—. Pensaba que ni siquiera tenías el valor de tomarla de la mano por la calle.

—Él a veces peca de tímido y reservado. Pero no es algo que me disguste del todo; podría decirse que provoca que me atraiga aún más de lo que ya lo hace —el As de Inashiro seguía atónito. Y su pasmo se incrementó en cuanto vio a la pelinegra prendarse del brazo del moreno; lucían como una pareja acaramelada que no se cortaban en mostrarles a todos lo bien que la llevaban estando juntos—. Kazuya puede dormir sobre mi regazo las veces que quiera y él lo sabe perfectamente. ¿Verdad?

—...Sí...—contestó por inercia porque en ese instante su mente estaba en blanco y solamente podía enfocarse en lo que Sora pensaba sobre ciertos aspectos de su personalidad, sobre lo que supuestamente hacían a escondidas de todos y lo que deliberadamente le estaba haciendo creer al rubio.

—Estoy segura que con lo que le dije te dejará en paz hasta la próxima que lo vuelvas a ver —era la primera vez que una chica le hablaba al oído, por lo que le fue inevitable ser dominado por un fugaz pero intenso cosquilleo—. Eres un bonito tomate.

—No te atrevas a decir nada más —su mirada escapó de la de ella. Tal vez si dejaba de verla o recordar cada una de sus palabras y acciones el rubor de sus mejillas se extinguiría como lo hacía la tarde ante el advenimiento de la noche—. Ella es realmente...perversa. Más de lo que creía que era —jamás contempló que encontraría a alguien con un cinismo más grande que el suyo. Y lo peor era que justo esa persona se había vuelto su novia.

Tokio era una ciudad estruendosa, plagada de luminarias y numerosos establecimientos que invitaban a la gente a permanecer un poco más fuera de casa para olvidarse de cualquier problema que agobiara sus vidas y entregarse plenamente a la diversión nocturna.

Sin embargo, esos cuatro jóvenes que se desplazaban con paso firme, perseguían un objetivo completamente diferente al resto de adolescentes y parejas que se movían entre las atascadas calles de la ciudad.

—¿Hacia dónde nos dirigiremos, Narumiya-kun? —cuestionamiento que nacía en Sora a raíz de que llevaban más de quince minutos caminando mientras el blondo no les decía absolutamente nada sobre hacia dónde se dirigían.

—Sora, Sora. Iremos a uno de los mejores restaurantes que hay en toda la ciudad —proclamó Mei para la que poseía el mejor apetito de los cuatro.

—¿A cuál?

—Iremos a Hyotan —la pelinegra cesó su caminar en cuanto escuchó ese nombre. ¿Por qué tenían que ir justamente ahí? Había tantos restaurantes buenos a lo largo de la ciudad como para haber elegido justamente ese—. ¿No te gusta? La comida es excelente —postuló con enorme fervor—. La calidad de la carne y la fórmula secreta de su salsa de sukiyaki claramente demuestra que el sabor es lo más importante de ese lugar.

—Incluso yo lo he visitado en algunas ocasiones con mi familia y no nos hemos arrepentido en lo absoluto —habló Harada—. ¿No te gusta su sazón?

—No es eso...

—¿Y entonces? —el rubio le presionaba con la mirada. A él no lo dejaban con la duda encima.

—Pues...

—Es el restaurante de sus padres —Kazuya hablando cuando no debía hacerlo y frente a la persona menos indicada. Tal vez se estaba vengando por dejarlo en jaque en el tren; o simplemente le apetecía ir a cenar al restaurante de sus padres porque le gustaba la comida de allí.

—¡Oh! ¡¿En serio?! —al As de Inashiro se le iluminaron los ojos ante semejante revelación. Es que no era algo de lo que se enteraba uno todos los días—. ¡Esto es más que perfecto! —tomó sus manos entre las suyas con la emoción de un chiquillo al ver la enorme pila de regalos bajo el árbol de Navidad.

—¿Por qué lo es? —era buen momento para temer un poco.

—A tus padres les encantará que su adorable hija lleve a cenar a su novio y a los queridos amigos de este —Yūki quería zafarse de su apretón pero él no la dejaba—. Sora, eres una novia increíble por invitarnos a cenar a todos. Kazuya debe sentirse orgulloso de tener una mujer empoderada en todos los aspectos. Especialmente en el ámbito económico.

—E-Espera...—debía detenerlo pero ese pitcher poseía demasiado entusiasmo.

—¡Anna, Kazuya, andando! Tenemos que llegar a Hyotan para cenar hasta hartarnos.

—Gracias por la cena, Yūki-chan —Annaisha hasta la ofertó una reverencia a quien les iba prácticamente a pagar la cena.

—¿Chicos? —todo había pasado tan rápido que no tuvo tiempo para reaccionar. Ahora esos tres estaban de lo más emocionados por el banquete que se iban a dar

—Vas a mal acostumbrar a Mei. Luego no podrás quitártelo de encima —ahora fingía que no tuvo nada que ver en ello a la vez que la sermoneaba.

—Tú fuiste el que le dijo algo que no debía —la sonrisa que el castaño le obsequiaba haría babear a alguna chica incauta, pero no a ella. No en ese momento.

Recorrer una cuadra era lo único que necesitaban para llegar hasta el popular y concurrido restaurante. Sin embargo, la siempre mirada observadora de Mei se distrajo en cuanto sus ojos enfocaron el llamativo y sublime automóvil que yacía aparcado de su lado opuesto.

—El dueño de ese auto sí que tiene un buen gusto —Narumiya silbó ante aquella máquina de correr de tonalidad azul rey, franjas horizontales blancas y rines deportivos.

—Narumiya-kun, no sabía que te gustaran los autos —Harada había descubierto algo nuevo sobre el blondo.

—Bueno, podría decirse que sé un poco al respecto —estipuló, sonriente—. Sé apreciar una obra maestra de la ingeniería automotriz cuando la veo —él siempre tan sabio hasta para temas que no eran el béisbol.

—Entonces, ¿qué modelo es? —porque Miyuki tenía el deber moral de cobrarse las bromas del pitcher. Y como sabía de antemano que Mei conocía de vehículos tanto como él de fútbol, era la oportunidad perfecta para dejarlo en evidencia—. Ilustranos Mei.

—Ah... ¡Claro que lo sé!.—había cavado su propia tumba en su intento de lucirse frente a Anna.

—Es un Ford Mustang Shelby —la respuesta llegó de la mano de quien menos se imaginaron—. Tiene que ser su auto. Lo que significa que...

—Sora, estoy sorprendido. Eres algo así como un estuche de monerías —si Mei la estaba halagando, preferiría que no lo hiciera—. Kazuya jamás debe de aburrirse contigo.

—Entremos antes de que me arrepienta de invitarles la cena.

Sora iba por delante de ellos, por lo que se tomó la molestia de deslizar la puerta corrediza cuando se encontraron fuera del bullicioso establecimiento. Y al entrar se inundaron con las deliciosas fragancias culinarias que se adentraban sin compasión alguna dentro de sus fosas nasales y causaban una reacción en cadena en donde su estómago era el más afectado.

—Huele demasiado bien —Mei estaba ansioso por hincarle el diente a esa jugosa y suave carne que tanto le fascinaba.

—Parece que tendremos que esperar un poco. Toda las mesas están ocupadas —mencionaba Harada tras darle un rápido vistazo al área.

—Podemos ver en la segunda planta —sugería Kazuya.

—Excelente idea. Vayamos —a Narumiya no le gustaba esperar.

Si no está aquí, debe de estar en la segunda planta...Y nosotros iremos justo para allá —podía denominarlo como un favor divino o pura suerte, pero antes de que pudieran dirigirse hacia las escaleras, una mesa se desocupó—. Ya tenemos nuestra mesa.

—La buena suerte siempre acompaña al Príncipe de Tokio.

—Mei, vamos a pedir sin ti si no te apuras —porque Miyuki, Yūki y Harada ya se habían sentado a la mesa y contemplaban el menú.

—¡Ey, no se atrevan a pedir sin mí!

En poco tiempo su mesa se encontró repleta de una diversidad de coloridos y muy suculentos platillos por lo que optaron en dejar la charla para otro momento y se centraron en saciar su apetito. Incluso tuvieron la osadía de pedir los postres por adelantado.

—Nada mejor para terminar un domingo que con un helado frito —es que Sora ya tenía una cuchara en su mano izquierda, lista para atravesar el crujiente exterior que protegía un frío relleno.

—Simplemente no dejo de asombrarme de lo que es capaz de comer —Mei con apuro se había terminado su segundo plato de sukiyaki y no podía pensar en el postre.

—Todo ha estado delicioso —Annaisha había terminado por lo que limpiaba la comisura de sus labios con una servilleta.

—Si como algo más voy a estallar —ese día había sido de completa glotonería para Kazuya.

—Deberían probar esto. Es una delicia —y Sora podría seguir deleitándose con la textura y sabor de aquel postre capeado sino fuera porque sus grisáceas pupilas se encontraron con aquellas que se comparaban con la tonalidad del despampanante automóvil que estaba aparcado afuera.

—Mira que es raro verte en el restaurante de tus padres —no era lo grave y áspero de su voz lo que calaba, sino su altura y la fuerte presencia que emitía sin el más mínimo de los esfuerzos. Y es que fácilmente superaba el metro noventa—. Y más en compañía de otros que no sean esos esos —el hombre de complexión atlética, poseía piel morena y una cabellera corta negro azulado.

Era fácil saber a qué se dedicaba cuando portaba un uniforme tan característico que nadie tomaría a la ligera. Aunque lo más curioso de aquel desconocido que conocía bastante bien a la pelinegra, era que parecía conocer de alguna parte a la otra jovencita que estaba allí presente y a la que vio en el instante en que se aproximó hasta su mesa.

—No cabe duda de que el mundo es un pañuelo. Mira que encontrarte a ti también —el moreno hablaba con Annaisha y aunque ésta no pronunció monosílabo alguno, sus gestos faciales lo dijeron todo—. Espero que no estén planeando ninguna trifurca en conjunto o me tendré que ver en la necesidad de llevarlas de nuevo a la estación de policía.

—Espera...

—¿Acaba de decir estación de policía? —Narumiya giró su atención hacia Harada. Le fue imposible contenerse. Aquella revelación había sido el equivalente a un Home Run hecho por Tetsuya Yūki.

—Tal parece que no saben nada sobre sus citas —versaba para los dos muchachos que mostraban diferente grado de perplejidad—. Y por lo visto ustedes dos ni siquiera se acuerdan de haberse conocido desde antes.

Para ella no era la primera vez que llegaba a ese sitio de la mano de aquel intimidante hombre por lo que la mayoría de los rostros que allí se encontraban le eran sumamente familiares; y éstos parecían reconocerla del mismo modo que no dudaron en saludarla con una sonrisa burlona mientras debían estarse preguntando el motivo por el cual había sido traída en esta ocasión.

Tomó asiento frente al escritorio del uniformado que la atrapó infraganti y se mantuvo en completo silencio; por ahora su interés estaba en la placa dorada que descansaba en el inmueble de roble mientras suspiraba ante la nula organización que el moreno poseía y que quedaba reflejada en las pilas de documentos que allí había.

—¿Qué es lo que hablamos la última vez que viniste? —sus oscuras y agudas pupilas azul rey se posicionaron en quien tenía más interés en su papeleo que en él.

—Que las rosquillas rellenas no se pueden comparar con las tradicionales de toda la vida. Esas que se toman con una buena taza de café —respuesta que llevó al hombre a fruncir el ceño.

—De eso no hablamos la vez que te traje por andar incordiando a los mocosos de aquel parque —la niña lo veía con fingida sorpresa. Era como si de verdad no supiera de qué demonios hablaba—. Todos esos niños te señalaron por haberlos golpeado.

—No diré nada sin la presencia de mi abogado.

—Tú ni siquiera tienes uno —dijo con obviedad—. Y hoy de nuevo vuelves a hacerlo. Sólo que en otro parque —ella se cruzó de brazos, indignada—. Ahora te haces la ofendida.

—No es mi culpa. Sino la de toda ellos —estaba tan segura de su postura que hasta había iniciado una confrontación de miradas con el policía—. Eso les pasa por abusivos.

—Golpearlos a ellos también te convierte en una abusadora.

—Claro que no, Dai-san —él se mentalizó. Ya sabía lo que se vendría en este momento—. Apunto hacia el cazador no hacia las presas. De manera que no se trata de empoderamiento ni intimidación, ni mucho menos de un acto de abuso —se puso de pie y apoyó sus manos sobre el escritorio. Y de nuevo cruzaron miradas—. Sólo es socorrer al menos hábil, al abusado, al oprimido que no puede ayudarse a sí mismo por sus propios medios.

—Si mi abogado hubiera tenido la mitad de la labia de esta niña, mi mujer no me hubiera quitado todo después de pedirme el divorcio —comentario que provino de otro oficial que se había acercado para dejar un fólder con más documentación.

—No le des cuerda o será mucho peor.

—Buenas tardes, Matsushita-san —saludó la infante con bastante educación—. ¿Cómo sigue de su espalda baja? ¿Y ya hizo avances con Ito-san?

—El remedio de tu abuelo es increíble. Desde que me lo tomé me siento como un jovencito de veinte años —expresaba de lo más bonachón y sonriente—. Y sobre lo de Ito-chan...este fin de semana tenemos nuestra primera cita.

—Esas son excelentes noticias, Matsushita-san —decía para el hombre—. Te aconsejo que hables de temas que sean interesantes para ella.

—¡Ey! ¿A dónde van? ¡Aún no he terminado de hablar con ella! —y antes de que aquel uniformado se llevara a esa niña con él, lo ahuyentó con la mirada—. A mí no me vas a embaucar como a todos los idiotas que hay aquí —es que ya estaba al lado de la pelinegra, jalándole las mejilla—. Vamos, te llevaré a que cumplas con tu castigo y después les llamaré a tus padres para que pasen por ti.

—Ponla a que archive todo lo de este mes y déjala ir —un tercer uniformado llegó. Pero no venía solo; una niña de cabellos oscuros y pupilas achocolatadas le acompañaba—. Quiero que también te encargues de ella.

¿Por qué trae una manopla de cácher? ¿Y la habrán traído por las mismas razones que a mí?

—¿Qué fue lo que hizo?

—Se le fue encima a dos chicos y los golpeó con esta manopla hasta que un adulto logró detenerla —relató para su compañero—. Como los padres de esos niños armaron todo un jaleo le hablaron a la policía y así terminamos aquí.

—¿Por qué tengo que lidiar con niñas problemáticas? —¿le veían cara de correccional o qué?

—Buenas tardes. Mi nombre es Harada Annaisha. Es un gusto conocerlos oficiales —se presentó la segunda niña conflictiva del día.

—Te quedarás con el oficial Suwabe-san mientras nos encargamos de comunicarnos con tus padres —ella asintió y el adulto se retiró.

—Estoy a su cargo, Suwabe-san.

—Vengan conmigo —el moreno se movilizó y ellas lo siguieron en silencio—. Ya que no puedo mandarlas a hacer limpia comunitaria tendré que ponerlas a hacer algo.

Estaban en una oficina. Probablemente la más desordenada y polvorienta de todas porque a donde quiera que colocaran la mirada había papales mal puestos y archiveros a nada de vomitar todo el papel que se les había metido.

—¿Lo mismo de siempre? —cuestionó quien ya era más que conocida ahí.

—Sí —vio a ambas y suspiró—. Explícale a ella lo que tiene que hacer. ¿Entendido?

—Por supuesto —y el adulto responsable de fue, dejándolas a solas—. Sacaremos todos los informes y los clasificaremos de acuerdo a la fecha porque Dai-san no quiere que curioseemos en los crímenes que hay escritos ahí.

—Esto... ¿Cómo es que te llamas? —no podía dirigirse a ella apropiadamente si no conocía ni siquiera su nombre.

—Yūki Sora —respondió—. Pero todos me llaman Ōkami. Así que puedes decirme de ese modo —Annaisha estaba confundida. Era la primera vez que conocía a alguien que se presentara y aparte ofertara su apodo para que le llamaran de esa forma.

—¿Ōkami? —dudó. Pero tuvo el presentimiento de que ella se sentía más cómoda con ese apodo cuando estaba frente a los extraños.

—Ya que las presentaciones están hechas, hagamos lo que Dai-san ha dicho o no terminaremos.

Sacaron cada uno de los fólderes y los fueron poniendo sobre el suelo para irlos acomodando más fácilmente. Y aprovecharon para limpiar el interior de la archiveros y todo aquello que fuera víctima del polvo.

Tras más de una hora el trabajo estuvo hecho. Y como resultado todo relucía de lo pulcro que ambas niñas lo dejaron; aunque en cambio ellas eran las que lucían como aquella oficina cuando recién comenzaron.

—¿Y a ti por qué te trajeron aquí? —Sora no era demasiado curiosa con quienes no conocía, sin embargo, a esa comisaría sólo iba a dar ella y sus amigos; era la primera vez que la veía a ella ahí.

—Alguien se metió donde no lo llamaban y tuvo que recibir un llamado de atención.

—¿Y usaste eso para golpearlo?

—Sirve para muchas cosas más allá de atrapar una pelota de béisbol —indicó—. Y tú, ¿qué fue lo que hiciste? —porque esa niña que tenía frente a ella era bajita y menuda, de una complexión que costaba trabajo creer que pudiera arremeter contra alguien.

—Nada extraordinario como tú que usaste una manilla —¿así lo veía?—. Únicamente ajusté el orden social que imperaba en el parque.

—¡A uno lo mandaste al suelo con una patada y al otro le diste un derechazo! —Yūki se indignó ante la llegada e intromisión del moreno.

—Soy pequeña y frágil. Ni siquiera puedo abrir un frasco de pepinillos sin irle a pedir ayuda a mi hermano.

—Ese cuento sólo te lo creen los que no te conocen —Yūki se limitó a ignorarlo. Justo como siempre lo hacía cuando deseaba negar algo que era cierto—. Quédate aquí hasta que regrese para llevarte a casa —sentenció para la revoltosa que mejor conocía—. Harada, ya han venido por ti. Así que andando.

—Está bien, Suwabe-san —ya estaba mentalizada sobre el llamado de atención que iba a recibir por parte de su progenitora; pero al no ser la primera vez, ya estaba mentalizada y más que preparada para afrontar la situación—. Hasta luego, Ōkami-kun.

—Adiós. Y que el castigo te sea llevadero —se despedía Sora con un ademan—. Y aprende a golpear bien o la próxima vez te lastimarás los nudillos.

—¡Ey! ¡Deja de incitarla!

—¿No que ya se iban?

—¡Pequeña mocosa!

El mutismo con el que aquel revelador y comprometedor relato dio inicio aún se mantenía vigente, dejando un ambiente de incomodidad para quienes nunca se imaginaron que esas dos se conocieron desde hace varios años atrás bajo semejantes circunstancias.

Miyuki miró a quien estaba comiendo muy tranquilamente su tempura helado y suspiró. Él sabía que ella no fue precisamente una niña tranquila y que poco o nada le importaba meterse en líos; pero sí que le sorprendía que todos en la jefatura de policía la conocieran. Aunque tal vez lo más revelador era descubrir que embaucaba a la gente de su alrededor con una destreza digna de alabar y de temer.

—Jamás jugaría sobre lo que siento por alguien —el castaño parpadeó a consecuencia de lo patidifuso que lo dejaron sus palabras.

—¿Qué? —genial, estaba confundido y ni siquiera él sabía por qué.

—A veces puedes ser bastante transparente —Miyuki calló involuntariamente. Ahora lo único que podía hacer era masticar la cucharada de postre que le fue introducida a la boca tan inesperadamente.

Narumiya por su parte continuaba abstraído, asimilando el relato que ese policía les había contado en cuanto reconoció a Annaisha y a Sora. Si bien ya había dejado a un lado lo del combini, enterarse de aquel episodio de su pasado le hizo darse cuenta de muchas cosas.

La chica de la que se había enamorado no era tan delicada y frágil como él creía que era. Ni siquiera se imaginaba que ella fuera capaz de levantar su puño contra alguien hasta ese domingo.

Nunca creí que Anna resultara ser tan...poco convencional. Que fuera así de salvaje como la novia de Kazuya —era cuando se daba cuenta que había sido demasiado presuntuoso al creer que conocía lo suficiente a Harada como para que ya nada lo sorprendiera sobre su persona. Y también se percató de lo prejuicioso que se volvió al descubrir aquella parte de su persona—. Anna...

—Yūki-kun y yo nos conocimos hace varios años atrás. Y por coincidencias de esta vida, ambas llegamos a la misma jefatura de policía. Ella tumbó a dos tipos de una patada y yo golpeé a un idiota con mi guante —se había esmerado para evitar que Mei descubriera que ella podía ser tan escasamente femenina y un tanto salvaje. Pero todo se había ido al traste cuando ocurrió lo de la tienda de convivencia y él empezó a tomar su distancia. Así que ya no podía seguir rehusando ese lado suyo; tenía que mostrarse tal cual ante él y descubrir así, si todos esos sentimientos que Narumiya le profesaba eran tan sólidos como para aceptarla con todo y sus defectos.

—Supongo que ese idiota se lo tenía bien merecido. Porque no perderías los estribos de no ser así, Anna —¿qué importaba que hubiera apaleado a alguien en el pasado o al que quiso pasarse de listo con ella hace una hora atrás? ¿No era grandioso que ella fuera capaz de protegerse a si misma? —. Sólo ten cuidado. No quisiera que salieras lastimada —expresó con seriedad, con preocupación genuina. Y esos sinceros sentimientos llegaron hasta Annaisha, llevándola a sonreír con alivio, con felicidad, con cariño—. Yo también soy capaz de protegerte, Anna.

—No hay necesidad de eso. Yo puedo cuidar de los dos —¿imaginó alguna vez que se enamoraría tan profunda y estúpidamente de alguien hasta el punto de sentir toda aquella dicha por ser aceptada y querida por ese ser especial?

—De ninguna manera Anna. Yo te protegeré de todos esos idiotas.

—No. Lo haré yo.

—Esos dos están que vomitan miel —comentaba el policía tras haber escuchado y visto a esos dos melosos—. Más te vale que no te metas en problemas, ¿entendido? —sentenciaba para Sora—. Y tú haz tu trabajo. Mantenla tan ocupada para que no tenga tiempo de ir a incordiar a nadie.

—Ah...—¿cómo se supone que respondiera a eso? No eran los clásicos consejos que reciben las parejas.

—Descuida. Él hace bien su trabajo —hablaba Sora para el que la veía con evidente desconfianza.

—No sé por qué no te creo.

—Eres un hombre de poca fe, Dai-san —dijo para quien le respondió con un suspiró. Incluso miraba con pena al castaño.