Buenas noches criaturas. Espero hayan tenido un lindo fin de semana. Yo tuve uno bien relajado, aunque casi me da el mimiski cuando se cerró el archivo en el que escribo este fic D: ¡No aparecía el último capítulo por ninguna parte y casi me da algo! Pero por fortuna, salí y volví a entrar, y ya estaba ahí, recuperado T_T Espero este capítulo les guste :,v El anterior quedó muy soso...
Capítulo 37
Glass
No era el primer chico arrogante que se postraba frente a ella con una mirada de superioridad y una actitud déspota que sólo lo transformaba en una persona desagradable de la que no quería conocerle ni el nombre. Y tampoco era la primera ocasión en que por diferencias de opinión terminaba en desacuerdo con alguien. No obstante, sí era la primera vez en que se sentía así de enfadada hasta el punto en que la palabra diplomacia estaba fuera de practica.
—Si piensas declararte, hazlo rápido porque tengo muchas cosas que hacer en el Club de Baloncesto —habló, con una prepotencia descarada. ¿Qué le hacía creer que lo había citado atrás de los salones para hablarle sobre amor?
—Eres más idiota de lo que ya creía que eras —se estremeció no como consecuencia de que se sintiera cohibido por ella, sino por la fría hostilidad que emanaba cada una de las palabras que le había dirigido—. Aunque lo peor es tu nivel de desfachatez —nunca creyó que la mirada de una mujer pudiera serenarse hasta el punto de provocarle miedo.
—No sé de qué me estás hablando, maldita loca —retrocedió dos pasos, movido por la ansiedad que lo hacía temer y empezar a sudar como un cerdo.
—A las basuras como tú no se les debería tener ninguna consideración. No obstante, tengo que ayudarte a recordar para que no vuelvas a hacerlo —avanzó y él nuevamente se hizo para atrás—. Los de tu tipo siempre reaccionan de esta forma. Siempre son tan patéticos y cobardes.
Sus últimos insultos impactaron de golpe contra eso que llaman dignidad y ego masculino. Era un ataque directo contra su persona, contra lo que era; y no podía quedarse cruzado de brazos y dejar que continuara humillándolo de ese modo. Tenía que callarla por el método que fuera.
—Será mejor que guardes silencio como una buena chica. O te cerraré la boca y después estarás lloriqueando —la distancia que los separaba se había extinguido. Ahora tenía su atención puesta en ella mientras sus manos sujetaban con brusquedad sus antebrazos, con la intención de lastimarle y dejar en su piel escandalosas marcas de maltrato.
—Y sólo sigues cavando más y más tu propia tumba —su atacante no respondió; le dolía lo suficiente el pie izquierdo como para expresar algo que fuera más allá de quejidos de dolor. Y aunque buscara reincorporarse para hacerla pagar por aquel pisotón, la vida le estaba gritando violentamente que se olvidara de esa idea—. Allí está tu segundo error.
El suelo lo había acogido en cuanto aquel puñetazo se estrelló tan veloz y certeramente en medio de su rostro, justo donde estaba su nariz. El dolor que sacudió cada uno de sus nervios en cuestión de segundos se instaló en su cara, en esa zona tan cartilaginosa, indicándole que algo posiblemente se había roto y empezaba a sangrar.
—¡Maldita seas! ¡Maldita salvaje! ¡Me has rotó la nariz! ¡Voy a acusarte y haré que te expulsen! —gritaba colérico, desde el suelo, desde esa posición que era la más segura para él en ese momento.
—Para empezar, tendrías que explicar por qué motivo estás aquí, atrás de los dormitorios de las chicas en horario no escolar —¿había sido demasiado estúpido o su vanidad por recibir una declaración amorosa lo cegó como para que no se diera cuenta de que infringiría un par de normas al dejarse llevar?—. Otros chicos han intentado anteriormente colarse por los dormitorios para espiar a las chicas, de modo que no sería extraño que "hubiera otro más" —nada había sido casualidad. Ella lo había planeado todo meticulosamente hasta el punto en que él era el malo del cuento y ella la persona que había detectado sus asquerosas intenciones; y por ende, actuó en legítima defensa del honor y pudor de sus compañeras de escuela.
—¡De ninguna manera creerán ese cuento! ¡Los profesores no van a creer en tu versión!
—Entonces no deberías tener ese rostro de pánico —él no poseía un espejo para verse, pero ella podía leerlo claramente—. No está rota. Así que no estés armando todo un drama —decirle quejica sería un acto más benévolo de su parte, pero no estaba para permitirse tal bondad.
—¡Maldita seas! —deshonra. Eso y más fue lo que le hizo ponerse de pie mientras pasó por su mente cometer su segunda equivocación de la tarde. Sin embargo, únicamente se quedó en eso; algo dentro suyo le gritaba que lo siguiente que ella le lanzaría no iba a ser tan amable—. Vas a pagar por esto, te lo puedo asegurar —se fue de allí, corriendo tan rápido como sus piernas se lo permitieron.
—Si le hubieras puesto un poco más de fuerza a ese puñetazo, esa nariz estaría completamente rota.
Ella reaccionó tan rápido como lo haría una escurridiza liebre ante el más ligero de los sonidos porque eso hacía la diferencia entre vivir un día más o perecer ante las garras de su depredador. Y la situación que la vida le estaba planteando en ese preciso instante, era equivalente a la de ese animal placentario.
—Por su comentario está claro que vio todo de principio a fin...De modo que estoy en graves problemas —había tantos profesores en aquel colegio que le resultaba una tarea imposible el ubicarlos a todos, pero por su atuendo podía deducir que se dedicaba a enseñar Literatura o alguna asignatura de naturaleza parecida.
—Tu silencio demuestra que estás consciente de que te has metido en un enorme lío, señorita. ¿No es verdad? —una persona que portaba un elegante y, posiblemente costoso traje, no podía ir por ahí sin hablar con propiedad. Y es que hasta su ondulada cabellera castaña cobrizo estaba perfectamente peinada mientras su rostro lucía un impecable maquillaje.
—Tengo razones de peso que justifican lo que acaba de ver. Pero supongo que poco o nada importan ahora —la serenidad del grisáceo se encontró con la curiosidad creciente del ámbar.
—Vendrás conmigo. Iremos directamente a la dirección y allí podrás justificarte todo lo que quieras. Ya quedará en la directora si te cree o no.
—Está bien —objetar sería apresurar su condena y ya no podía permitirse semejante suicidio. Por ahora se limitaría a seguirla en silencio, meditando sobre cómo se dirigiría y expondría sus motivos hacia la mayor autoridad de toda la escuela.
La ausencia del alumnado transformaba a cada uno de los pasillos por los que se desplazaban en un camino de confinamiento, en un pequeño viaje de introspección que culminaría en una especie de cámara de castigos y sentencias, donde la clemencia venía de la mano de un ejecutor que muchas veces carecía de benevolencia.
—Pasa —la profesora abrió la puerta y le permitió el acceso a ella.
—Gracias —entró, sin dedicarle unos segundos de su atención. Lo único que captaba su interés eran el juego de sillas con abultados cojines en los que se sentaban los alumnos que eran mandados a la dirección; y sin pedir autorización, se sentó y aguardó en silencio.
—La directora ha salido desde muy temprano. Pero regresará antes de las ocho de la noche —¿planeaba dejarla allí, esperando más de cuatro horas?
—Entonces regresaré mañana temprano para que atienda mi caso —su intención era levantarse e irse, pero la mirada de aquella mujer le indicaba silenciosamente que permaneciera donde se encontraba.
—¿Por qué no me cuentas los motivos por los que casi mandas a la enfermería a esa chico? —se sentó a su lado, aguardando por la respuesta que tenía que darle quisiera o no.
—Usó su balón de baloncesto para herir de muerte a un indefenso gato. Y aunque lo llevé de urgencias a un veterinario, no pudieron salvarlo; el golpe fue tan duro que algunos de sus órganos estallaron —cólera, impotencia, furia, todas esas asfixiantes y dolorosas emociones la consumían tan fuertemente desde las entrañas que sus pupilas las exponían, las dejaban notar para que comprendieran a la perfección el modo en que se sentía—. Yo encontré a ese gato vagando por la escuela hace dos semanas, parecía estar buscando algo, así que mientras indagada por las instalaciones, yo le daba de comer y beber —sabía que estaba mal en alimentar a un animal callejero dentro de la escuela pero no poseía corazón para negarle algo tan básico para un ser viviente—. Iba a llevármelo y buscarle un hogar. Pero justo cuando lo estaba buscando, lo encontré moribundo en el suelo...—sus dedos se aferraron al contorno de la silla; se sujetaban con fuerza, intentando que aquel pesar volviera a dominarla como lo hizo en cuanto se encontró con esa desgarradora escena. No quería perder los estribos y mucho menos deseaba romper en llanto—...Quienes hacen algo como eso no merecen ser llamados seres humanos...Son algo peor que escoria...
—Entiendo completamente tu enfado. Yo tampoco tolero esa clase de actos aberrantes. Porque incluso yo le hubiera dado su escarmiento al tipo que hizo algo como eso y no me hubiera moderado de la forma en que lo hiciste tú —¿estaba intentando hacerse la buena y comprensiva con ella o de verdad sentía empatía? ¿A dónde quería llegar con discurso?—. Pero hacer justicia con tus propias manos, no siempre será la respuesta. Debes hacer las cosas como debe de ser.
—¿Acusarlo con algún profesor? —cuestionó, con mordacidad-. ¿Para qué? Me mandarían a la dirección de todos modos y sólo le llamarían la atención al tipo ese; después de todo, ese gato no debía estar en la escuela y al estar muerto éste, el problema estaría por completo resuelto.
—Tienes una mentalidad muy torcida sobre el comportamiento de los adultos.
—No la escucho que esté negándome nada. Sólo oigo lo que siempre he escuchado de boca de la gente mayor que me rodea —expresó, viéndola desde el rabillo del ojo. La adulta sonrió con disimulo.
—Tienes agallas niña —no fue ese extraño elogio lo que la dejó sin habla, sino la forma en la que la estaba viendo—. ¿Por qué no hacemos un trato?
—¿Un trato? ¿De qué me está hablando? —los maestros no iban por allí ofreciendo esa clase de cosas sólo porque sí.
—Mi nombre es Tsukino Someina. Soy la profesora Historia, pero también soy la entrenadora del Equipo de Sóftbol Femenino de esta escuela —extendió su mano, en son de saludo. La joven aceptó su apretón de mano.
—Yūki Sora —le correspondía presentarse del mismo modo.
—¿Alguna vez has jugado sóftbol? —la curiosidad era agradable pero no cuando estaba enfocada en ella.
—No —poseía una hipótesis sobre hacia dónde quería llegar.
—Nuestro equipo siempre tiene las puertas abiertas para jugadoras potenciales que estén dispuestas a aprender y superarse —había acertado totalmente y su respuesta era tan obvia que Tsukino no necesitaba ni preguntarle—. Piensa que al formar parte del club, ganarás más de lo que perderás.
—¿Quiere que me una a su club de sóftbol y a cambio usted mantendrá mi incidente en secreto de la directora para que no sea expulsada?
—Parece que además de fuerte y defensora de los derechos animales, eres lista. Así que, ¿qué me dices?
—Si algo me gusta de esta escuela es que no obligan a sus alumnos a formar parte de ninguno de sus clubs. Y ahora debo hacerlo para salvar mi pellejo —hasta el abogado más fracaso le diría que el trato que le ofrecieron era el mejor que podría recibir con todas esas pruebas en su contra. Sin embargo, también estaba esa parte que le decía que debía aceptar las consecuencias de sus actos. Había tantos puntos que evaluar y tan poco tiempo para ello.
—A tus padres no les gustará que su hija sea expulsada a un par de meses de iniciado el curso escolar —sus progenitores pegarían el grito en el cielo en cuanto se enteraran. Y mas, al conocer el motivo de aquella suspensión definitiva—. Si aceptas, no sólo les evitarás semejante pesar, sino que se sentirán orgullosos de que su hija se dedique a uno de los deportes más queridos de este país.
—Debe ser buena lavándole la cabeza a sus estudiantes —reconocería que sabía cómo conducirse para conseguir lo que quería—. No espere demasiado de mí.
—Oye, ¿tan pronto y piensas menospreciarte de ese modo? —¿qué tanta confianza cree que tenían ahora que habían pactado un trato ilegal, como para jalarle las mejillas?
—Soy una persona realista —y de nuevo otro tirón en sus mofletes—. Eso me está doliendo.
—Haremos que uses toda esa fuerza bruta que posees para que seas una bateadora zurda de gran poder. Aunque primero evaluaré tu precisión; y si no es suficientemente buena, nos enfocaremos en ella antes que otra cosa —ya estaba exponiéndole sus planes a futuro con ella en el equipo.
—¿Cuándo se supone que...voy a empezar? —cuestionó con cierto recelo.
—Justo iba en dirección al campo de practicas cuando me topé contigo y ese chico. De modo que vayamos para allá inmediatamente.
—Esperen, ¿todo lo del llamado de atención y la venida hasta acá no fue más que circo y maroma? ¿Desde qué momento planeó todo esto? —astuta y manipuladora, eran los dos adjetivos principales que describían a su actual entrenadora—. Ni siquiera vengo con ropa apropiada para entrenar...
—Descuida, tenemos suficientes uniformes. Estarás bien —genial, iba a ser arrastrada desde ya.
El campo de béisbol que tenía frente a ella, era amplio, meticulosamente cuidado y bordeado por un enmallado que impedía que las suaves pelotas salieran volando e hirieran a algún incauto que fuera pasando por allí. También contemplaba un par de almacenes hacia el norte, donde todo el equipo debía ser resguardado al termino de cada práctica.
Y alrededor de la cancha, corrían enérgicamente, las que desde esa tarde serían sus compañeras de equipo y con las que irremediablemente tendría que presentarse.
—Vamos para que las conozcas, Yūki-kun —animó a quien había estado en total silencio, observando el entusiasmo con el que trotaban esas adolescentes.
—Entendido.
A la entrenadora no le tomó más que un par de minutos reunir a todo su equipo. Todas mostraban una mirada atenta y curiosa hacia el rostro desconocido que le acompañaba.
—Ella es Yūki Sora. Y a partir de hoy será un miembro más de nuestro equipo de sóftbol. Por lo que espero que puedan orientarla si tiene alguna duda, así como espero que puedan llevarse bien entre ustedes —le dio un par de palmadas en la espalda a quien no había dicho ni pío—. ¿Por qué no interactúas un poco con las chicas en lo que traigo tu uniforme?
—Bien...—Someina se había retirado, dejándola ahí, a solas con ese mundo de jovencitas.
—¿Te gusta mucho el béisbol, Yūki-kun?
—¿Por qué recién te unes al equipo? ¿Tenías problemas de salud o algo parecido?
—¿Qué posición juegas? —demasiadas interrogantes. Demasiadas miradas encima. Pero era una presión social que solamente experimentaría en ese justo momento por ser la nueva.
—Me gusta el béisbol gracias a mis dos hermanos y a mi mejor amigos. Los tres lo practican activamente —iría en orden para responder cada cuestionamiento—. Y no me había unido anteriormente al club porque he estado atareada con la mudanza, así que perdí la noción del tiempo —el verdadero motivo lo mantendría oculto por el bien de ella y de Tsukino—. Y al igual que mis hermanos, soy bateadora.
—¡Excelente noticia! —habló una con un entusiasmo que a Sora le parecía extraño—. Nunca está de más tener más potencia de ataque.
—Yūki-kun, ¿hablaste de mudanza? ¿Es que has venido de muy lejos?
—Vivo en Tokio —todas se miraron entre sí, con más dudas que hace unos minutos atrás que cuando llegó.
—¿Es que en Tokio no hay buenas escuelas de sóftbol?
—¡Oye, no seas desconsiderada! Probablemente escuchó de nuestro equipo y quiso unirse a toda costa. Después de todo, nuestra escuela siempre llega a las nacionales y en más de una ocasión nos hemos hecho del título.
—Chicas, no deberíamos confiarnos. No olviden a nuestro acérrimo rival. El torneo pasado casi perdemos contra ellas.
—Mis abuelos paternos consideraron que esta escuela era apropiada para mí por el gran prestigio que posee. Por lo que me inscribieron aquí. Sin embargo, al quedarme tan lejos de casa, tuve que verme en la necesidad de mudarme a esta ciudad, con ellos —relató para quienes resultaron ser un poco cotillas—. Cierto es que no sabía que aquí había un equipo de sóftbol y mucho menos que fuese tan bueno. Y eso sólo significa que Tsukino-san no me va a dejar nada fácil las cosas.
—Tal parece que estás llevándote bien con las chicas —Someina llegó sin su atuendo planchado y costosa, sino con el atuendo característico de la escuela—. Tu cabello es muy bonito, se ve que lo cuidas muy bien. Sin embargo, tendremos que cortarlo un poco.
—¡Un...momento! —la entrenadora ya tenía en su mano derecha unas largas y brillantes tijeras de metal, de esas que se ocupaban en costura. Yūki por su parte, había retrocedido por precaución—. No pienso llevarlo por encima de los hombros. Debe quedar a media espalda.
—Perfecto~ —Sora suspiró, aliviada. Al menos no iba a quedar con un ridículo peinado que recordara a la mitad invertida de un coco—. Pero si faltas o no realizas los entrenamientos completos, te cortaré un centímetro de cabello.
—¡Eso es una maldita amenaza con todas las de la ley! —había entrado a la cueva de un oso y la entrada estaba completamente bloqueada. No podía escapar, sólo enfocarse en sobrevivir—. Siempre que me propongo a hacer algo, lo llevo a cabo sin importar qué. Por lo que no debe preocuparse en ese aspecto —además, su cabello estaba en juego. Por lo que tenía una motivación adicional.
—Me gustan las chicas comprometidas y decididas. Por lo que nos llevaremos bien.
A Sora no le había costado demasiado esfuerzo darse cuenta de que su entrenadora estaba muy lejos de lo convencional. Porque para empezar, nadie en su sano juicio reclutaría a alguien para ser bateadora sólo por verle golpear a alguien de manera tan eficiente. Y si eso no era suficiente, también estaba el hecho de que se ponía a correr con los miembros de su equipo únicamente para demostrarles que incluso alguien de su edad podía ser igual o más veloz que ellas.
Y aunque sus entrenamientos rozaban lo espartano, nadie allí omitía queja alguna. Todas parecían estar acostumbradas a ese estilo tan salvaje. Poco o nada les importaba que terminaran todas sudadas y polvorientas, como si por ese par de horas que duraba el entrenamiento la palabra "glamour" no existiera.
—Nunca te lo pregunté y tú jamás lo mencionaste, pero, practicabas algún deporte de contacto. ¿Verdad? —a Tsukino ya no se le hacía extraño ver a la joven quedarse después de la práctica para limpiar y pulir personalmente su bat metálico.
—No consideré que fuera un dato relevante. Por eso no vi la necesidad de mencionarlo.
—De hecho es más sustancial de lo que piensas —ella cesó su labor y la miró; estaba algo más que intrigada.
—¿De qué manera se relaciona una cosa con la otra?
—Primero dime, ¿qué practicabas?
—Kick Boxing durante secundaria. Y Judo cuando estaba en primaria —la entrenadora dio un largo chiflido como muestra de lo asombrada que estaba.
—Eso fue como esperar un tira buzón y recibir en su lugar un Change-Up —esa mujer era la primera persona que escuchaba hacer chistes y analogías con tópicos de béisbol y por ende, no acababa de acostumbrarse a ello—. Eres técnicamente más peligrosa que la pistola de electrochoque que traigo en mi bolso...
—Una chica debe saber defenderse. No puede estar esperando a que alguien venga a su rescate. Y mucho menos si ese "alguien" es un hombre.
—En eso tienes razón. La mayoría de ellos son unos inútiles —una idea en la que coincidían y por la cual terminarían riendo a la par—. Pero regresando al tema, el que te hayas dedicado a deportes como esos ha sido bastante beneficioso —Sora buscaba respuestas y ella solamente le provocaba más dudas—. Los practicantes de Kick Boxing son rivales muy fuertes para cualquier persona que se dedique a otra arte marcial de lucha de pie, ya que estos tienen una gran resistencia, contundencia y aguante debido a la forma en la que se practica este deporte —ese era conocimiento que ya sabía. Su antiguo entrenador siempre se los recordaba cada vez que alguna de ellas perdía algún combate—. Eso aunado a tus buenos reflejos, te vuelven en algo temible a la hora de batear.
—Sí sé que los reflejos son buenos, sin embargo...
—Aunque más que reflejos yo los denominaría como "instinto animal". Tu cuerpo reacciona por acto reflejo, como si se moviera por sí mismo antes de que tu cerebro se lo indique. Y eso es algo que se puede desarrollar con cierto trabajo o con lo que se nace —¿cómo debería reaccionar ante sus palabras? ¿Lo consideraría como una especie de insulto porque le había dicho que poseía una "parte animal" más desarrollada que el resto? ¿O lo tomaría como un halago poco convencional?
—Lo hace ver como si fuera un animal salvaje que golpea la pelota por mero instinto.
—No lo quise poner en esas palabras, pero sí. Es de esa forma —el descaro nunca se detenía con esa profesora de Historia—. Si tuerces demasiado el entrecejo te arrugarás antes de tiempo, Yūki-kun.
—Eres la entrenadora, no deberías salir con esas cosas —criticó.
—Si te hace sentir mejor, parece que es de familia —¿de qué hablaba ahora?—. Estuve viendo en Internet los partidos de Seidou. Y puse especial atención en el bateo de tu hermano mayor y la mayoría de las veces se mueve por instinto, como un animal que no piensa dejarse acorralar por su depredador —ella jamás había analizado a su hermano de ese modo. O posiblemente nunca puso tanta atención cuando entraba a la cancha a dar el todo por el todo.
—No es que me dé mucho consuelo.
—Piensa que tus padres deben estar muy contentos al saber que han procreado puros bateadores —¿ellos se sentirían muy dichosos ante ese hecho? Esa mujer la estaba poniendo a pensar cosas que jamás pasaron por su cabeza—. Ahora vete a casa. No quiero que tus abuelos se preocupen. No queremos que dejen de traernos esas deliciosas galletas cada que tengamos un partido oficial, ¿verdad?
—Así que se trata de eso —la vio, con discriminación.
—No, claro que no —allí estaban sus nada suaves y muy salvajes palmadas sobre su espalda. Las mismas que un día de estos le reacomodaría todo el contenido de su caja torácica.
Desde su llegada a Seidou jamás había tocado el tema de su anterior escuela ni mucho menos sobre las actividades o acontecimientos que allí había realizado. Situación que nacía a razón de que ella no era alguien afecta a compartir esos datos personales con cualquiera y también, porque era demasiado recelosa con su pasado, con todo lo que allí permanecía y que no valía la pena volver a revivir.
No obstante, hizo una excepción con quien tenía sentado frente a ella, con ese semblante que no sabía leer con mucha precisión. No podía decir si consideró su relato como aburrido, como una banalidad o una simple pérdida de tiempo. Hablar sobre viejos capítulos personales siempre era una apuesta.
—Podría decirse que Rei-chan reclutó a Sawamura casi por los mismos motivos que tu entrenadora —y vaya que le causó mucha risa el enterarse de ese detalle. Y parece que podía volver a gozar de la misma experiencia.
—Yo la verdad jamás logré comprender la arbitrariedad con la que se movía esa mujer —ni hasta el último minuto que formó parte de ese equipo logró entenderla. Ella era tan caótica, como un destructivo huracán.
—Y por lo que has contado, los equipos de sóftbol siguen la misma dinámica que los de béisbol, ¿no? —ella asintió y él reanudó su charla—. Los mismos torneos, las nacionales...Suena muy divertido.
—Hokkaidō, Tōhoku, Kantō, Chūbu, Kansai, Chūgoku, Shikoku, Tokyo, Hokushin'etsu y Kyūshū suelen ser generalmente la diez regiones que participan en cada torneo. Justo como ocurre con ustedes.
—¿Y tu escuela a qué región pertenecía?
—A Tōhoku. Estaba ubicada en Sendai, capital de la prefectura de Miyagi —porque amaba ser tan precisa como le fuera posible—. El Instituto Tsurouka-kita es conocido por ser implacable en las competencias deportivas en las que participa. Y el sóftbol no es la excepción.
—El ataque no lo es todo sin una buena defensa.
—La entrenadora era agresiva en sus juegos, pero nunca descuidó la defensa del equipo. Siempre supo emplear adecuadamente los puntos fuertes de cada jugadora y ayudó a fortalecer aquello en lo que flaqueaban. Era buena motivando al equipo —versó, con cierta pizca de orgullo. Estaba claro que admiraba a esa mujer, incluso si no lo confesaba abiertamente—. Y nuestra As era de temer.
—¿Qué clase de lanzamientos hace? —para un cácher como él, no importaba el género del lanzador. Lo único que le valía era lo que era capaz de lanzar hacia su guante.
—Sato-kun lanza una tremenda curva que pocas pueden tocar. Y aunque su slider no era perfecto, le daba muchos problemas a nuestras contrincantes —Kazuya esbozó una enorme sonrisa, una que gritaba la emoción que sentía al conocer a una pitcher con un arsenal tan interesante—. Ella se esfuerza mucho porque sabe que es el As, y también porque quiere salir de la sombra de su hermana mayor.
—A la larga eso puede ser un arma de dos filos.
—Sí. Pero ella es muy necia. Por lo que siempre entrena más que el resto porque nunca está satisfecha con lo que lanza —suspiró, con lamentación—. Era muy divertido verla riñendo con la cácher; lucían como un matrimonio.
—Vaya, desde ahí ya gustabas de disfrutar de la desgracia ajena.
—No del mismo modo en que tú lo haces, Kazuya-kun —le recordó por si se le había olvidado.
—Ahora queda claro por qué actuabas algo raro con Harada. No sólo fue porque ambas son unas prófugas de la ley, sino porque terminaron enfrentándose —y tanto que se esmeró para que esa verdad no saliera a la superficie y ella misma se encargó de su único consuelo era que únicamente lo sabría Miyuki y no cierto rubio que de vez en cuando la sacaba de quicio con sus mensajes llenos de fotos de él con Annaisha.
—Mi memoria no es tan mala como para no haberla recordado, pero no siempre competíamos contra Inashiro. Si bien son buenas, de su lado hay otro equipo igual de desafiante y lo mismo aplicaba para nosotras —contó, acariciando su mentón con su mano izquierda—. A veces no calificábamos y lo mismo ocurría con ellas.
—Suenas a que disfrutabas de esa rivalidad.
—Sin buenos rivales es imposible que mejores —y él estaba totalmente de acuerdo con ella; que por algo amaba enfrentarse a jugadores formidables Nada como poner a prueba tus habilidades y poder de adaptación y evolución.
—Todo parecía ir bien para ti y tu equipo. ¿Cómo fue que terminaste en Seidou donde ni siquiera hay un equipo de sóftbol?
—Terminé lesionada durante el Torneo de Primavera de este año después de que realicé una barrida demasiado brusca y muy mal calculada para completar una carrera. Apoyé mi mano izquierda sobre la tercera base, con demasiada fuerza porque de no haberlo hecho hubiera pasado por completo y me hubieran ponchado —las lesiones dentro del mundo deportivo eran tan comunes que no causaban demasiada impresión en quienes se desarrollaban en aquel campo. Y él estaba acostumbrado a escuchar esa clase de incidentes.
—Terminaste con un esguince de muñeca.
—Mis abuelos paternos son muy sobreprotectores, por lo que después de ese incidente decidieron que lo mejor era que regresara a Tokio. Y mis padres para no tener problemas con ellos, aceptaron; además, también era un colegio de paga, así que tampoco venía tan mal de todo el cambio de decisión —las familias parecían ser siempre complicadas sin importar qué; incluso la de ella era de ese modo—. Seidou no tendrá equipo de sóftbol pero es menos asfixiante que ese instituto para señoritas y señoritos de la alta sociedad japonesa —expresó, con guasa. De verdad que había sido un verdadero incordio el haber asistido a una escuela tan apretada.
—Y no olvides que fue en Seidou donde conociste al mejor cácher de todo Japón~ —una arrogancia que resultaba tanto irritante como atractiva. Y una sonrisa que invitaba a callarle o a seguir admirándole hasta que el raciocinio se suicidara del rascacielos más alto.
—No me hagas reconsiderar la propuesta de Harada-kun de trasferirme a Inashiro —tenía deseos encontrados. Por un lado quería zarandearlo hasta que dejara de ser un cabeza de huevo; y por otra parte, quería plantarle un buen beso para que dejara de parlotear de una vez por todas. Así que, ¿cuál ganaría?
—Oh, eso sería muy conveniente. De esa forma podrías obtener información valiosa de Mei y los demás~ —allí estaba otra vez ese gesto que combinaba su innegable perversidad con su cómica manera de expresarse.
—¿Y crees que Narumiya-kun es tan tonto como para dejarse espiar así como así?
—Solamente dile que es el mejor pitcher que Japón haya concebido nunca antes y lo tendrás mostrándote todos sus lanzamientos sin parar, mientras pide que lo alabes por lo bien que lo hace. Y si le agregas que es el más apuesto e inteligente, se olvidará por completo que alguna vez estuviste en Seidou —Sora jamás creyó sentir lastima por ese altanero rubio hasta que se dio cuenta de cómo era en verdad la relación que guardaba Kazuya hacia él.
—Esa horrible personalidad tuya cada día se tuerce un poco más —tal vez había llegado el momento de decirle a Mei que se buscara otro mejor amigo.
—¡Gracias!
—¡Que no es para que te sientas agradecido por eso cabeza de pino!
Después de que Sora se calmase para no dejar a Seidou sin su capitán y su preciado cuarto bateador, prosiguió a pagar la cuenta y poder así, abandonar el restaurante. Y si bien aún no era demasiado tarde, ambos prefirieron caminar en dirección hacia la escuela y tomárselo con cierta calma; estaban demasiado llenos y el paseo les sentaría bien.
—A todo esto, todavía no has hecho eso que me prometiste a cambio de esas fotografías que Narumiya-kun me envió —nada como un comentario casual en medio de un paseo nocturno bajo la protección de la luna.
—Ah...—no es como si se le hubiera olvidado ese detalle, sino que estaba esperando a que a ella pasara de ese tema y no tuviera que preocuparse más al respecto.
—Y ya que me he acordado de ellas, será mejor que las respalde en mi computadora. Porque una nunca sabe cuándo puede ocurrirle una desgracia a mi celular —el cuerpo de Kazuya fue azotado por un salvaje escalofrío que le alertaba del inminente peligro que se avecinaba—. Todavía no termino de ver la última carpeta, pero podría hacerlo esta noche.
—¡No! —él sabía que las peores y más comprometedoras fotografías estaban allí. Y no permitiría por nada del mundo que ella las viera.
—Entonces pactemos un trato y las borraré hoy mismo —se adelantó para quedar parada frente a frente. Esa clase de cosas debían hablarse directamente a la cara.
—¿Qué es lo que quieres? —las sonrisas de Sora eran tan escasas, casi como los lanzamientos perfectos de Sawamura. Y sin embargo, éstas aparecían cuando él estaba. Era como si se las dedicara únicamente a su persona, o como si nacieran a raíz de su presencia. Y resultaba ridículo que ambas opciones le agradaran con demasía—. Porque conociéndote debe estar relacionado con comida —frunció el entrecejo, como protesta de que le estaba diciendo glotona y como queja de que odiaba resultarle tan predecible. Era tan infantil y no temía mostrarle esa parte de su personalidad—. Y entonces, ¿en qué consistirá nuestro trato? —sonrió, presuntuoso, dispuesto a encarar cualquier desafío. Después de todo, él era Miyuki Kazuya, el mejor cácher de todo Japón.
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