AVENTURAS EN TOKIO
I.
Faltaba solo una hora para terminar la jornada escolar del día. Nagisa estaba en el último entrenamiento junto con el resto de los novatos de su grupo, los mayores se divertían de lo lindo haciéndolos correr en los alrededores del campus, los torturaban un poco pero siempre cuidando que ninguno de los nuevos estuviera en peligro de lesionarse.
Con el tiempo, Nagisa ganó una resistencia casi a la par de su contraparte guerrera, había ganado bastante altura y era capaz de aguantar las largas carreras a la que todo su grupo era sometido. Su físico entero había tenido un cambio bastante agradable, no solo era más alta y más fuerte, había desarrollado unas agradables curvas, no muy pronunciadas pero sí bastante femeninas, su pecho era de una decente copa B y su cabello era ligeramente más largo, se lo podía atar en una cola alta. Era bastante atractiva a su manera e incluso desde preparatoria, cuando dio el estirón, era el motivo de suspiros de muchas.
Su entrenamiento y preparación física se había ampliado de una manera que no esperaba, pero que le llenó de emoción. No solo era su entrenamiento de lacrosse y correr para mejorar su resistencia, también incluía ir a sudar al gimnasio para mejorar la fuerza de sus brazos. La chica no negaba en lo absoluto que sentía mucho agrado al ver que sus bíceps estaban bien definidos y comenzaba a desarrollar un fuerte abdomen que era la envidia de sus compañeras, y compañeros, de clase.
Los ejercicios los daban los tutores en turno y se fijaban en que cada alumno desarrollara sus puntos más débiles para un crecimiento completo, y su vez mejoraran sus habilidades más personales. Nagisa no solamente tenía una velocidad que haría avergonzar a cualquiera de los equipos de carreras de su edad, sus reflejos eran rápidos, trazaba posibles rutas de manera instintiva y además sus brazos eran fuertes; por algo siempre tuvo la posición de atacante en el equipo, más que dar pases o ser defensa, ella era la mejor atacante, respaldada y certificada por sus compañeras de equipo de preparatoria y secundaria.
Lo que más le gustaba a Nagisa de la universidad, aunque llevara un par de semanas ahí solamente, era que incluso las clases teóricas eran entretenidas, todo lo que explicaban podía entenderlo, enseñaban con ejemplos prácticos, y además ayudados por la tecnología de esos días. ¿Cómo no sentirse llena de entusiasmo cuando todo ahí era grandioso, perfecto para ella?
Estar por su cuenta, sin Honoka compartiendo clases a su lado, fue el primero de sus retos, pero con el pasar de los días había aprendido a tomar su propio ritmo de estudio y a prestar más atención. Además, su amistosa y sociable forma de ser rápidamente le ganaron la simpatía de sus compañeras y compañeros de clase. Le era raro estar en una clase mixta, por seis años rodeada solo de chicas y ahora era casi cómico ver chicos en los salones de clases. Algunos eran muy ruidosos, otros eran unos verdaderos nerds y no faltaban los presumidos pero no tardó demasiado en adaptarse. Los chicos en especial tomaron simpatía por Nagisa y se hizo de amigos por igual en cuestión de días.
Eran cerca de las tres y ya todos estaban en las duchas luego de su entrenamiento vespertino, todos menos Nagisa, que solo se cambio de ropa, quería volver a casa pronto, moría de hambre. De haber tenido un mejor promedio escolar hubiera tenido una beca completa, ésta contaba con una estadía en los dormitorios del campus por los primeros seis meses, comida incluida. Pero eso tampoco era tan malo para la deportista, porque no estaba del todo desamparada, la media beca era suficiente y podría mantenerla mientras diera resultados en sus entrenamientos, competencias y sus calificaciones. Gracias a lo aprendido e inspirado por Honoka, Nagisa se sentía capaz de mantener un buen promedio por sí misma.
Salió del gimnasio y de ahí directo al estacionamiento de la escuela. Aun agradecía ese último regalo de cumpleaños de parte de sus padres: una genial bicicleta color negro con una canastilla al frente y una base atrás. Con eso se ahorraba los gastos del transporte. No que tuviera que recorrer una gran distancia, pero el tráfico y la densidad de personas en Tokio no se comparaba en nada con su ciudad natal. La bicicleta le permitió tomar una ruta menos problemática en un tiempo razonable. Y con su gran condición física, el viaje de treinta minutos le servía muy bien como calentamiento.
─Listo, volvamos a casa, Mepple ─le habló a su compañero, que ahora tenía la misma forma y función que un teléfono móvil normal. Y tenerlo en esa forma era mucho más cómodo. Se había hecho de la costumbre de siempre ir acompañada de él, y el Héroe Legendario estaba tan apegado y encariñado a Nagisa que se habían vuelto inseparables.
─Las clases de hoy fueron divertidas-mepo ─estaba en el bolsillo interno de la chaqueta de Nagisa─. Y me alegra que uses ese desodorante nuevo que Honoka hizo para ti, así no apestas tanto-mepo ─las burlas no debían faltar, claro.
─¡Cierra el pico, yo no apesto! ─aseguró la mochila con su uniforme y accesorios en la parte de atrás de la bicicleta. Se colocó todo el equipo de seguridad y con eso ya podía salir de ahí, eso incluía unas geniales gafas oscuras para ciclistas. En la compacta mochila en su espalda solo cargaba sus libros y libretas del día.
─Por cierto, no se te olvide que debes pasar por las com- ─pero no tuvo oportunidad de terminar de decir lo que quería. Sus nuevas habilidades y funciones le permitían el acceso a lo que estaba dentro de la memoria del "teléfono", como notas, mensajes y recordatorios. Y ahí en la memoria tenía anotada la lista de compras.
Nagisa no supo porqué se calló su compañero si no hasta sentir que alguien se emparejaba con ella para salir del estacionamiento. Se trataba de Fujimura y Kimata, ambos sobre la motoneta eléctrica de éste último. Y sabía que era la que usaba para las entregas que hacía en su trabajo de medio tiempo. El par, ya en segundo curso, debieron buscar su propio sitio. Era una suerte que familiares de Kimata vivieran cerca y les permitieran el uso al par de chicos de un espacio en la casa. Nagisa aun se sorprendía de lo numerosa que era la familia de su superior y de todo lo que ellos llegaban a tener, si no era una granja, se trataba de un spa en una montaña nevada. ─¡Hey, Misumi! ¿Ya acabaste con lo tuyo? ─preguntó Kimata con una sonrisa amplia. Fujimura iba detrás de él.
─Sí, ya terminé el entrenamiento de la tarde, debo ir a casa pronto si quiero comer y terminar mi tarea a tiempo ─rió la chica, y también necesitaba descansar.
─Recuerda ir con cuidado, Misumi, a veces se acelera mucho la ciudad, éste bobo más de una vez casi choca con conductores descuidados ─dijo Fujimura con gesto preocupado─. Se supone que las bicicletas tienen más prioridad, pero de todos modos ten cuidado, ¿sí?
─Lo tendré, lo prometo, ¿ustedes a dónde van? ─iban despacio, a la velocidad de ella al menos mientras dejaban el estacionamiento y salían propiamente del área académica hacía la calle principal. Ellos no eran los únicos con bicicleta y otros variados medios de transporte que también salían a esa hora, se movían sin prisa junto con todos los demás.
─A casa también, tenemos mucha tarea y luego debo ir al trabajo ─Kimata fue el primero en responder. Se encargaba de entregar víveres y paquetes desde un supermercado local.
─Yo estoy ayudando en unas reparaciones de la casa ─Fujimura no necesitaba entrar en detalles, como que aun había goteras por tapar y que las tuberías no estaban del todo en buen estado. Les permitieron quedarse ahí gratis, pero ellos debían hacerse cargo de sus propios gastos y el mantenimiento del cuarto. También tenía un empleo de medio tiempo, pero no era nada que pusiera en riesgo su físico. Nadie se lo creía aun, pero trabajaba en la recepción de un karaoke cercano a la casa... Que manejaba otro familiar de Kimata.
─Yo debo buscar un trabajo de medio tiempo también, no me gusta estar tan apretada en gastos ─comentó Nagisa y luego se echó a reír─. Senpai, ¿no tendrás otro familiar con un negocio donde necesiten una mano extra? ─le preguntó a Kimata en tono bromista, pero en parte hablaba en serio.
─Seguramente sí, puedo preguntar, Misumi, pero te recomiendo esperar un par de meses más mientras terminas de adaptarte, apenas estás comenzando en la escuela ─dijo el chico con seriedad. Tenía al menos cuatro familiares más en la gran ciudad, y todos con sus respectivos negocios. Él quería tener a futuro una tienda con artículos deportivos, era su sueño.
─Kimata tiene razón, termina de ambientarte a la ciudad y hazte de una rutina que puedas manejar, apuesto a que aun tienes cajas sin desempacar, ¿verdad? ─preguntó con tono gracioso, porque al menos ellos dos acababan de mudarse al nuevo cuarto y seguían sin saber cuál de todas las cajas era la que contenía sus videojuegos.
─Ugh, sí, aun las tengo ─y aun no tenía un espacio para acomodar todo eso, cabe mencionar─. De acuerdo, seguiré sus consejos ─recuperó la sonrisa y llegaron a la calle principal, ahí era donde dividían camino─. Yo me voy por acá, ¡nos vemos!
─¡Ve con cuidado! ─exclamó Kimata con una sonrisa.
─¡Saluda a Honoka de nuestra parte! ─fue el turno de Fujimura y pronto tomaron su camino siguiendo el río de automóviles.
─¡Lo haré! ¡Ustedes vayan con cuidado también! ─se despidió Nagisa a grandes voces y dobló en la esquina que le tocaba. Iba apenas por debajo de la velocidad límite. Lo sabía porque su bicicleta tenía un velocímetro simple pero funcional. Era imposible no ponerse contenta luego de hablar con ellos dos─. ¡Oh, cierto! Mepple, ¿qué es lo que ibas a decirme?
─Que no se te olvide pasar por las compras al supermercado, es tu turno de hacer la comida, no lo olvides-mepo ─le recordó el pequeño Héroe. Se transformó en su forma normal y quedó dentro de la chaqueta de Nagisa, su cabeza se asomaba bien e incluso se dio el gusto de usar lentes oscuros y un casco al igual que su compañera. Y estando en Tokio, que una ciclista tuviera un peluche consigo era lo menos raro de todo lo raro que podría llegar a ver ahí. Seguía sorprendiéndose mucho de muchas cosas que seguía descubriendo.
─¡Claro que no lo he olvidado! Por eso no me duché en el gimnasio, tengo que llegar a casa antes que Honoka ─dijo con una sonrisa amplia, feliz. Salían casi a la misma hora, pero a diferencia suya, Honoka prefería usar el transporte público porque eso le permitía leer y repasar sus notas en el camino.
El viaje de treinta minutos pasó sin mayores complicaciones. El supermercado estaba a un par de calles de donde vivía. Y donde vivía le gustaba. Era ridículo el minúsculo espacio donde vivía ahora. Siempre pensó que su casa era pequeña a comparación de la casa de Honoka, pero el nuevo sitio en especial eran apenas dos cuartos, el más pequeño de ellos era el cuarto de baño con una tina individual, apenas suficiente para poder estirar las piernas. Todo lo demás estaba en el otro cuarto. Era sitio solo para una persona, pero ahí vivían dos chicas que apenas rondaban la mayoría de edad. Honoka estaba a un par de semanas de cumplir los 18 años, a Nagisa aun le faltaban meses para ello.
Era un estrecho edificio de doce apartamentos, tres apartamentos por piso y el de ellas era el último del último piso. Y estaba bien posicionado para ambas de esa manera, Nagisa podía dejar su bicicleta contra una base en el muro sin que le estorbara a nadie más. De hecho era un sitio lindo, bien construido y bastante decente dejando de lado el hecho de que era pequeño. Su barrio no estaba nada mal tampoco, los vecinos eran amables. Estaba el supermercado a dos calles, también una lavandería que les venía perfecta porque no tenían lavadora, y a tres calles al sur habían unos baños públicos.
Tenía que agradecer el vivir ahí gracias a los padres de Honoka. Ellos eran tan desprendidos cuando se trataba de su hija, que cuando supieron que se mudaría a Tokio por cuestiones de estudios, de inmediato querían comprarle un sitio para vivir y ayudarle con los gastos, pero Honoka se negó, ella misma se lo contó. Honoka quería seguir con sus propias fuerzas, por sus propios medios y hacer las cosas como ellos lo hacían. En un intenso estira y afloja del que Nagisa sí fue testigo, los padres de su amiga quedaron en dejarle pagada la renta del sitio que ella quisiera durante el primer año, luego tendría que arreglárselas por sí misma. Honoka aceptó.
Ambas ya habían platicado de ese asunto previamente y Honoka le propuso vivir juntas por muchas muy buenas razones, Nagisa no se negó y eso a su vez le dio calma a ambas familias. El par pagarían la renta por la mitad cuando se cumpliera el año. Con ayuda de sus becas llevaban sus gastos diarios y tenían en plan tomar empleos de medio tiempo. Eran sus planes y se notaba la emoción en ambas. Nagisa estaba contagiada del entusiasmo por lo desconocido de Honoka, y Honoka analizaba todos los puntos de riesgo gracias a Nagisa, puntos que debía considerar antes de proponer algo más a sus vidas para los siguientes meses. El idealismo de Honoka se complementaba bien con el realismo de Nagisa.
Y hablando de Nagisa, ésta fue rápido al supermercado y llevó lo que necesitaba para la comida de ese día. Prepararía miso, arroz y unos filetes de pescado. Quién diría que llegar a ese momento independiente de su vida sería tan divertido.
