AVENTURAS EN TOKIO

IV.

Ya para la noche y luego de cenar tenían tendido y alistado el futón, estaban sentadas sobre éste, contra el muro y una junto a la otra, hombro con hombro. Honoka estaba ligeramente recargada en Nagisa, Nagisa veía el televisor mientras Honoka leía la misma novela. La futura investigadora no tenía tantos libros a la mano como antes debido a la falta de espacio, pero eso nunca la detenía de disfrutar la misma lectura una y otra vez, terminaba de leer la novela que Nagisa le regaló, "Huracán Pirata". Según investigó, la había escrito una autora joven en pleno ascenso, Akimoto Komachi. Desde el principio la lectura la atrapó y por alguna razón cuando leía las partes centradas en el protagonista, podía imaginar que era alguien como Nagisa en su identidad de Cure Black. Todo ese valor y decisión, todos sus ánimos aun cuando tenía todo en contra, y por tener todo en contra hablaba de un barco pirata fantasma en medio de una terrible tormenta.

Sí, le gustó ese libro y ya había perdido la cuenta de cuántas veces lo había leído desde que se lo regaló.

Nagisa estaba bastante cómoda en su sitio, tener a Honoka recargada no era incómodo, es más, el ser más alta ahora les hacía más fácil esa posición. Veía un programa nocturno de comedia y esos chistes eran mejores que los malos chistes de su padre. Comía papas fritas que se había comprado el día anterior y reía con la comodidad y seguridad de que su pequeño escándalo no le era incómodo a su compañera. Sabía que Honoka no era del todo fanática de la comida chatarra como ella, pero eso no evitaba que de vez en cuando le ofreciera una papa en silencio, solo la acercaba a la boca a ajena y esperaba ya fuera una amable negativa o que comiera. En esa oportunidad Honoka le aceptó el bocado. Sonrió. Siguió viendo su programa, ya casi eran las once de la noche y su cuerpo comenzaba a pedirle descanso. Hacer su tarea al mismo tiempo que Honoka le ayudaba a terminar rápido, incluso se había dado un rato para explicarle lo aprendido a Honoka y siempre le sorprendía lo rápido que su compañera captaba los temas y aprendía junto con ella. Era divertido estudiar a su lado. No compartir escuela ni materias parecía no tener mayor importancia en esos momentos.

Mepple y Mipple ya estaban dormidos, se encontraban cerca del televisor. Dormir era suficiente para que el par de seres mágicos cargaran su batería, literalmente.

Pensaba apagar el televisor apenas terminara su programa de variedades, y debía encargarse que Honoka durmiera temprano, bien sabía que si nadie la detenía, era capaz de leer hasta entrada la madrugada. Mipple les contó de ello, sobretodo porque la pequeña princesa no podía detener a Honoka una vez se enfrascaba en un tema. Nagisa era más grande y fuerte y ella podía hacer que Honoka se acostara.

Honoka ya estaba en el punto clímax de una de las escenas tensas, una batalla en medio de la tempestad, con las olas inmensas a punto de cubrir el barco entero y el protagonista en medio de todo ese alboroto, de pie y sin ánimos de rendirse a pesar de que el poder de la tormenta y la furia de los piratas era algo que lo supera por mucho. Era imposible no imaginarse a Nagisa en aquel protagonista, a momentos su mente se iba un poco más lejos que la historia del libro en sus manos y recordaba a Nagisa como Cure Black. Su brava compañera poniéndose en pie a pesar de haber recibido una paliza, protegiéndose una a la otra y cómo, a pesar de que todo era muchísimo más grande que ellas, salieron victoriosas. Cure Black... Nagisa. Su compañera.

Estar en esa posición era cómodo, podía sentir lo suave que era su piel, cosa fácil si Nagisa vestía una blusa de tirantes. Nada qué ver con su propia prenda, esa camisa enorme era de varón además, Fujimura se la regaló porque incluso a él le quedó grande y se le hizo una linda idea que ella la usara de pijama, tenía discretos estampados de un equipo de fútbol europeo y en la espalda el número 7. Su mentón estaba contra la piel del hombro de su compañera, su sien contra la mejilla ajena. Podía sentir su calor, su aroma a lavanda. Ambas olían a lo mismo, ella misma hizo los productos de baño que usaban. Tenía en planes abusar un poco del equipo de laboratorio de la universidad apenas tuviera oportunidad, quería hacer otro lote de jabones y champús para ambas, oh, y más desodorante personalizado para las dos. Aun tenían suficientes, pero no estaba de más preparar otro poco. Mención aparte, se ahorraban costos.

Notó cuando Nagisa le ofreció otro bocado, pero ésta vez se negó. Con uno estaba bien. De momento estaba concentrada en lo cómodo que era estar ahí, con ella, en esa posición que se sentía tan natural a esas alturas. Suspiró discretamente, en algún momento dejó de leer lo que tenía en manos. Cerró los ojos y respiró hondo. El aroma de Nagisa ahora se sentía más intenso, pero no sabía si era por la cercanía o porque estaba pensando demasiado en ello. Cualquiera fuera la razón se estaba relajando bastante. Tenerla cerca, así, era algo que ya era costumbre para ella y que no quería perder. Nagisa, su compañera. Un suspiró más abandonó su cuerpo.

Por su lado, Nagisa comió la papa que Honoka ya no quiso. Pasó su bocado antes de soltar otra risa por culpa del chiste en turno. Sabía que lo que veía era lo mejor de la peor programación basura de su país, pero tenía cierto encanto, no podía negarlo. Y no tenían su reproductor de vídeo a la mano para poder ver películas, a saber en cuál de todas las cajas sin desempacar estaba. A pesar de sus risas y de tener la atención en la pantalla, pudo sentir cuando Honoka suspiró. La caricia de su aliento tan cerca la tensó un momento, primero supuso que era por culpa de la cercanía, cualquiera saltaría si le respiraban encima.

Pero lo que no era ni un poco normal es que Honoka tuviera piernas tan lindas. Ella misma estaba sentada con las piernas cruzadas y la bolsa de papas en su regazo, Honoka tenía las piernas estiradas, la enorme camisa cubría hasta la parte alta de sus muslos, por lo que podía verla por completo. No pudo controlar su propia mirada, menos en esa posición. Tragó saliva de manera tan discreta como pudo. Sus propias piernas tenían músculo definido, no era tan notorio como en un corredor profesional, pero sí se notaba su trabajo de piernas. Honoka, por su lado, tenía piernas definidas, sus pantorrillas daban a saber que ella estaba en forma, no se marcaban sus músculos pero sí estaban bien formadas, la piel se notaba suave incluso a más distancia que esa. Y no se diga cuando subía la vista más arriba de sus rodillas. Sintió las orejas calientes luego de contemplarla un poco más y mejor volvió su vista al frente.

Ya casi acababa el programa. Todo eso debía ser culpa de su cuerpo cansado. Además, habría que estar ciego para no admirar la belleza de Honoka. Fujimura lo decía sin apenarse, Kimata también, ambos podían decir lo hermosa que era Honoka y lanzar cumplidos sin sentir pena, ¿porqué ella no? Eso debía ser, solo estaba exagerando demasiado el asunto. Y vaya que seguía con esa mala costumbre de hacer una tormenta en un vaso con agua.

Con algo más de calma alcanzó el control del televisor para apagarlo. Honoka pareció no haber notado eso último. La movió un poco con su hombro, rió al verla sobresaltarse. ─De verdad te metes en la lectura, ¿verdad? Me alegra que te gustara el libro ─dijo Nagisa con una sonrisa. No se acabó sus patatas, cerró bien la bolsa para comer el resto después y se limpió las manos con un pañuelo desechable, tenían la caja de pañuelos a la mano─. Anda, vamos a dormir ─de manera amable le quitó las gafas del rostro apenas se limpió las manos. No tenía empacho en admitir que Honoka se veía muy linda con los lentes puestos. Eran prescritos, el leer con poca luz desde que sabía leer le estaba pasando factura más temprano que tarde, por suerte no era nada severo en sus ojos, solo debía usar sus gafas sobretodo a la hora de leer. Sabía que no le gustaban los de contacto, le eran incómodos.

─De acuerdo, es buena hora para dormir ─dejó el libro a un lado, recuperó sus gafas de manos de Nagisa y las puso a salvo un poco más lejos del futón. Siempre le era gracioso que debieran quitar la mesa para poder tender el futón en el suelo por culpa del estrecho espacio. No se quejaba, era bastante mullido. Dormir acompañada ayudaba a no pasar frío, y en tiempos de calor calculó que bastaría con taparse algo más ligero o simplemente no taparse.

Se lavaron cara, manos y dientes; cerraron bien las ventanas, apagaron la luz y se recostaron al fin. Honoka dormía del lado del muro, Nagisa al otro lado porque era algo más inquieta para dormir y más de una vez había amanecido con medio cuerpo en el suelo. Por suerte no golpeaba a Honoka con sus movimientos inconscientes, pero sí solía amanecer en posiciones muy raras. Se dieron las buenas noches y solo los sonidos nocturnos de ciudad quedaban al fondo. Los sonidos eran casi iguales como en casa, ligeramente más ruidosos, pero para entes citadinos como ellas, esos ruidos eran la señal de una ciudad viva, repleta de vida. Ya habían estado conectadas a todas las formas de vida una vez, así que les gustaba sentir las señales de Vida. Eso era el constante recordatorio de que habían hecho un buen trabajo como las Emisarias de la Luz.

Ambas durmieron casi al instante. Honoka no solía moverse de su posición, era muy calmada para dormir, Nagisa era más inquieta y justo entre sueños giró a su costado hacia Honoka y se pegó a su brazo. La estaba empujando un poco buscando una posición que su cuerpo durmiente le dijera que era cómoda. Honoka sintió esos movimientos, despertó apenas, no lo sabía pero pasaba de medianoche. Miró a un lado y vio el rostro durmiente de Nagisa. La ventana con la base para macetas la tenían justo encima, así que algo de la luz exterior entraba entre las cortinas. La casi fantasmal iluminación le daba una apariencia bastante llamativa a Nagisa, casi etérea... ¿O quizá pensaba eso porque estaba más dormida que despierta? Era posible. El empuje de Nagisa la obligó a tomar una nueva posición, se acomodó de costado dándole la espalda a su compañera para darle un poco más de espacio para moverse.

Aun entre sueños, sintió cuando Nagisa se pegó a ella un poco más. No le molestó, al menos no soltó un manotazo o algo, pero no era como si la hubiera golpeado antes por algún movimiento involuntario, nunca había sucedido y aseguraba que no comenzaría desde ese momento. La dejó ser.

Sintió un brazo colarse por debajo del propio a la altura de su cintura, en el hueco que quedaba a la altura de su codo. El fuerte brazo de Nagisa quedó alrededor de su cintura por debajo de su pecho. Podía sentirla, además, completamente pegada a su espalda, la frente de Nagisa estaba contra su nuca, no era complicado adivinar la posición en la que se encontraban. Se pegó también a la altura de su cadera, pero sus piernas no se tocaban.

No sabía si era porque no le incomodaba la posición o porque estaba más dormida que despierta para pensar en ello, quizá un poco de ambas pero la dejó ser, se dejó hacer. Cerró los ojos y permitió que el calor de su compañera, que su respiración calmada y profunda fuera lo que le ayudara a volver a su sueño profundo. Honoka no volvió a despertar si no hasta que sonó la alarma del despertador. Sí, tenían uno aparte porque Mepple y Mipple no gustaban de despertar tan temprano e inconscientemente desactivaban las alarmas matutinas de su sistema.

Quien sí despertó en medio de la madrugada fue Nagisa. Necesitaba ir el sanitario. Estaba tan cómoda que solo su necesidad básica la obligó a despertar... Y notó su posición. Estaba abrazada a la espalda de Honoka. Eso le hizo sonrojar y casi respinga, pero pudo contenerse, tampoco que quisiera despertarla. Solo se movió entre sueños, era todo, no se trataba de algo que debiera alarmarla. Al menos no la ha golpeado entre sueños o destapado, era ella misma quien tenía las piernas por fuera de la manta.

Logró calmarse lo suficiente a sí misma y con mucho cuidado, tan lento como pudo, deshizo la posición y pudo levantarse del futón. Eran las tres con treinta de la mañana. Se frotó los ojos camino al baño, bostezó un par de veces también. Salió del baño unos minutos después y bebió un poco de agua antes de volver al futón. Una parte de ella le dijo que debía acostarse correctamente para no terminar de poner a Honoka contra el muro, podría estar frío y le haría daño. Sin embargo, yendo completamente en sentido contrario a su razonamiento, su cuerpo volvió a buscar la misma posición en la que estaba.

─No puedo creer esto ─murmuró entre labios, pero no hacía nada por detenerse, en cambio, buscó una mejor posición aprovechando que ya era más alta que Honoka. Volvió a colar su mano para rodear su cintura, hizo que la cabeza de Honoka quedara contra el pequeño hueco que se hacía en el espacio de su cuello y su pelvis quedó de nuevo pegada a la cadera de su compañera. Sus piernas quedaron algo más cerca, pero sin rozarse. Tragó saliva. Honoka comenzó a atarse el cabello en una cola baja para que no se le enredara a la hora de dormir, desde que era más largo ya no podía dejarlo suelto todo el tiempo.

Tragó saliva, Honoka olía bien, su cuerpo cálido se sentía bien, toda ella justo como estaba se sentía bien. Apretó los ojos y dejó que la comodidad y el calor ajeno la ayudaran a relajarse y volver a dormir. Y sí, pudo volver a dormir, aunque su corazón se quedó acelerado un rato más hasta conciliar el sueño.

La noche pasó con calma, con sus ruidos de ciudad acostumbrados, con el clima agradable y sin nada oscuro que amenazara con arrasar con toda la vida que hacía todo lo posible por vivir en ese mundo. Las otrora Guerreras Legendarias dormían en paz y sin que otra cosa obligara a alguna a despertar. La comodidad que generó Nagisa con la nueva posición hizo que Honoka, entre sueños, se pegase un poco más a ella e incluso buscara tomar la mano que descansaba cerca de su cintura. Tomarse las manos era un movimiento inconsciente, instintivo prácticamente, no que lo hicieran demasiado fuera de las batallas y aun después de que éstas finalizaran, pero había momentos donde compartían un apretón de manos, donde se daban apoyo mutuo estrechando la mano ajena, de hecho lo hicieron cuando estaban por tomar los exámenes de admisión. Esa vez viajaron por su propia cuenta a Tokio a tomar sus exámenes, que fueron el mismo día. Todo el camino en el tren estuvieron tomadas de la mano, sentadas una al lado de la otra y en silencio.

Y en el silencio de esa noche, la mano de Honoka buscó la de Nagisa, y la de Nagisa instintivamente correspondió el toque. Al ser sus manos derechas, la de Honoka cubrió la de Nagisa e hizo presión, como buscando que la apretara un poco más contra su cuerpo, y eso pasó. La mano de Nagisa logró enredar sus dedos con los de Honoka tanto como la posición se los permitió. Ambas suspiraron al mismo tiempo sin darse cuenta.

Esa noche descansaron mucho mejor que las noches anteriores, no que las otras noches fueran malas, pero sus manos unidas seguían teniendo la misma magia y energía de siempre.