Disclaimer: Los personajes pertenecen a Naoko Taqueuchi, la historia es completamente mia.
Advertencia: El siguiente capitulo tiene lemón, que más bien viene siendo lime, porque es muy light.
Bueno, después de un tiempo (que admitámoslo fue poco) aquí está la actualización y capitulo final de este fic.
Capítulo2: Nunca es Tarde
Las manos le temblaban, un sudor frio recorría su espalda y un fuerte escalofrío la sacudió. Sentía con intensidad el frio piso debajo de ella, pero esto no era lo que causaba sus espasmos. Su imaginación debía estar jugándole una mala pasada, esas cartas no podían ser reales, y sin embargo, lo eran.
Podía sentir el fino papel de cada una de ellas al sostenerlas, se resistía a creer, creyendo estar en un error, hasta que revisó todas las cartas. Y así se cercioró que tenían el mismo destinatario y el mismo remitente. El nudo en su estómago se incrementó. Darien dijo la verdad, le había escrito, sólo que esas cartas jamás llegaron a sus manos.
Unas enormes ganas de correr y reclamarle a su padre la invadieron, pues sin duda él era el responsable, pero dada la situación se contuvo. Con el corazón herido y las cartas entre sus manos se fue a su habitación y comenzó a leer cada una de ellas.
Mucho rato después, las lágrimas no podían ser contenidas, cada una de las cartas expresaba lo mucho que Darien la amaba. En ellas le suplicaba que lo esperara, le decía que se sentía desolado por no recibir respuesta de ella, pero que entendía la situación, que la amaba y nunca dudaría de que ella también lo amara. Finalmente, llegó a la última carta, que había sido escrita una semana antes.
"La distancia ha separado nuestros cuerpos, pero jamás nuestras almas. El destino finalmente me sonríe y pronto podré cuidar de ti otra vez.
Amor mío, al fin regreso por ti. Sé que debí hacerlo hace mucho, pero como bien te conté en mis anteriores cartas, las cosas no marcharon bien al principio en Italia y después era imposible dejar el negocio debido a la enfermedad del señor Hope. Tras su lamentable muerte hace seis meses, he podido al fin cumplir su última voluntad y sin ningún pendiente me dispongo a partir a Japón. Estaré ahí en una semana y entonces volveré a amarte como aquella tarde de invierno.
Quizás ésta sea la carta más corta que recibas, pero la emoción me impide desplazar la pluma por más tiempo.
Eternamente tuyo.
Darien".
Serena apretó aquella carta contra su pecho, Darien había confiado en ella hasta el último momento, a pesar de tampoco recibir noticias de ella. Ahora entendía porque tanto dolor y resentimiento en su mirada. Ella no lo esperó, se casó y aunque había sido inmensamente infeliz, no contaba por que no había cumplido la promesa de esperarle toda la vida.
Serena lloró con todas sus fuerzas y entre sollozos los recuerdos de aquella tarde de invierno fueron llegando.
Recostó su cabeza sobre el pecho de Darien que yacía debajo de ella, se apretó con más fuerza a su cuerpo y después preguntó:
— ¿Y no me olvidarás?
—Primero muerto. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida —la mirada triste que percibió en ella, le incitó a preguntarle—: ¿No me crees?
— Italia está muy lejos y hacer una fortuna lleva mucho tiempo. No sé si me ames demasiado para resistir.
— ¿Cómo es posible que dudes de mi amor? —. Le reprochó dolido y ofendido.
— No es de ti de quién dudo sino de mí. No soy lo suficientemente bonita para que me ames tanto.
—Pero si eres preciosa cariño — la reconfortó mientras pegaba su nariz a la de ella y jugaba con esta.
— Entonces ¿Por qué nunca me has tocado íntimamente? ¿Acaso no me deseas?
— Tontita, si supieras cuantas duchas de agua fría me he tenido que dar de lo mucho que te deseo, creerías que soy un pervertido.
— Demuéstralo. Demuéstrame que me deseas tanto como yo a ti.
El joven la miró entre sorprendido y renuente, pero al descubrir aquel deseo profundo en los ojos de la rubia, no pudo contenerse ante aquel reto, después de todo, eso era lo que más deseaba. Así que la besó apasionadamente, un beso en el que quería transmitir todo el amor que no podía expresarse en palabras. Le acarició las rodillas y poco a poco fue subiendo la mano por el muslo, para poco después llegar a la prenda de arriba. Con mucha paciencia, le fue desabotonando la blusa mientras le regalaba tiernos besos en la cara. Una vez terminados los botones, el fino sujetador de encaje quedó al descubierto, y no pudiendo resistir la tentación, le besó los pechos por encima de la prenda ocasionado un leve jadeo en la chica. Con una maestría que no sabía que poseía, la despojó de su blusa y del delicado sostén, después llevó las manos de ella a los botones de su camisa, para que hiciera lo mismo con él. Ella, un poco sonrojada y con las manos temblorosas, fue quitando botón tras botón. Una vez descubiertos ambos de la cintura para arriba, se contemplaron con adoración, hasta que sus miradas se encontraron nuevamente y en silencio se dijeron que se amaban.
Darien no pudo contenerse y ella tampoco, pronto comenzaron a acariciarse nuevamente, ahora con la piel desnuda, sin el estorbo de la ropa. Él le volvió a dar un beso apasionado en los labios, para después ir bajando por su clavícula y luego por el pecho, para finalmente llegar al valle de sus senos. Serena sintió una pequeña corriente eléctrica con tal hecho, pero fue nada comparada a la que sintió cuando el introdujo su pecho a la boca apoderándose de un pezón y otorgándole un placer inigualable. Impulsada por una fuerza desconocida, Serena llevó las manos a la cabeza de Darien, hundiendo sus dedos en la negra cabellera. Nunca había experimentado tantas sensaciones juntas y a la vez desconocidas, pero sin duda no quería dejar de sentirlas.
Después de haber sentido tanto placer en ambos pechos, Serena sintió que necesitaba más y Darién sentía lo mismo, así que pronto despojó a su compañera de las prendas inferiores del cuerpo, haciendo lo mismo con él. Serena ni siquiera se dio cuenta de cómo ocurrió, pero ya se encontraba totalmente desnuda ante él.
Reanudando sus caricias, Darien besó el pulso sensible en su cuello y la joven se dejó llevar por las sensaciones placenteras que habían regresado. Nuevamente llevó sus manos a los senos y los acarició con dulzura sin apartar la mirada de ella. Pronto Darien quitó las manos de los pechos y fue acariciando de forma descendente hasta llegar a la intimidad de la chica, cosa que la hizo estremecerse. Con movimientos lentos y de tortura, Darien se dedicó a proporcionar caricias delicadas a aquel lugar. Repitió el recorrido, pero esta vez con sus labios, un estremecimiento y un gemido de placer deleitó sus oídos, volviéndolo loco de placer.
Cuando Darien sintió la palpitante intimidad de la chica más húmeda que nunca, supo que era el momento, así que volvió a besarla con pasión, mientras se acomodaba en medio de sus piernas.
Nada en su vida la había preparado para la excitación que la abrumó cuando sintió el miembro de Darién palpitar cerca de su intimidad y tanta cercanía a él la hizo gritar y retorcerse de placer.
Tenía la respiración demasiado agitada y su corazón latía como un tambor en su pecho, había esperado tanto tiempo para poseerla, que le parecía que todo aquello era un sueño. Serena sintió temor al sentir más fuerte la firmeza del miembro de su amado, pero sabía que Darien no la lastimaría así que no se dejó dominar por el miedo. Y cuando sintió la incomodidad en su cuerpo por el extraño visitante, supo que estaba lista para recibir el dolor, y así fue, un dolor profundo, pero placentero, le recorrió todo el cuerpo. Darien se quedo quieto, angustiado por el dolor que reflejaban sus ojos y sin poder contenerse le preguntó.
— ¿Te he hecho daño?
—No —le indicó ella. Pues el dolor estaba desapareciendo tan rápido como había llegado, pero su cuerpo debía adaptarse a la invasión inusitada.
—Eres tan delicada, que temo romperte — declaró Darien mientras depositaba un beso en sus labios. Cuando la expresión de la rubia fue más clara, Darien la tomó de las caderas para atraerla hacia él, soltando un gemido de placer, por sentirse completo.
Serena se sintió poseída por completo. Él empezó a moverse despacio, con delicadeza, para después subir de intensidad, haciéndola olvidar que existía un mundo afuera, solo eran ellos dos y esas maravillosas sensaciones de placer y de éxtasis que recorrían de manera deliciosa sus cuerpos.
Así, sin inhibiciones, ella ardió, oleada tras oleada hasta llegar a un clímax de placer tan intenso que casi la hizo desfallecer.
Tras haber consumado aquel acto de amor, Darién la abrazó, apretándola con tanta fuerza que apenas le permitía respirar y, con una sonrisa de felicidad, al fin ella se quedó dormida.
Los recuerdos desaparecieron y solo quedó la realidad. Jamás volvería a experimentar todo aquello, jamás se sentiría completa de nuevo.
Por supuesto que había tenido intimidad con Rubeus, pero las cosas siempre habían sido frías, nunca hubo ternura con él, tampoco existieron las chispas y mucho menos experimentó esa satisfacción al finalizar el acto. Al principio creyó que era su falta de amor hacia él, pero después se dio cuenta que Rubeus sólo buscaba su propia satisfacción y que le era indiferente que ella sintiera placer o no.
El evocar todo el sufrimiento y la infelicidad inmerecida, hicieron que soltara sollozos desgarradores y gruesas lágrimas de dolor, a pesar de creer que ya no podía llorar más. Así que cedió y dejó salir todo lo que sentía, ¿para qué luchar? Ya no podía seguir guardándolo más. Y lloró, lloró y lloró desconsoladamente, hasta que el cansancio la venció y quedó inconsciente.
Darien sintió un ardor en la palma de la mano, por inercia levantó esta para contemplarla y recordó que había improvisado un vendaje para cubrirse la herida. La mezcla de emociones y sentimiento se arremolinaron otra vez en su interior y sintió la pena que laceraba su corazón, nuevamente se lamentó hasta que las fuerzas le fallaron y el cansancio lo obligó a dormir.
Cuándo Serena se levantó al día siguiente, aún se encontraba en la habitación en la que había dormido de niña y adolescente, llevaba puesta la misma ropa que ayer. Las ojeras eran notables en su rostro y la tristeza que desprendía podía ser notable a kilómetros. Lo pálida que estaba, producto del cansancio por la desvelada y las innumerables lágrimas, le daban un aspecto enfermizo que angustió a Berjerite, cuando la vio. Serena la tranquilizó y se disculpó por no quedarse a desayunar con ella. Aún no estaba lista para enfrentarse a su padre, si lo veía ahora le recriminaría todo y en su estado de salud, aquello no sería prudente.
Manejaba despacio y con cautela exagerada, la verdad es que lo hacía a propósito. No quería llegar a su casa, no había nada que anhelara de aquel lugar. Su "casa" era una mansión enorme, con varias habitaciones y un gran jardín; diseñada exclusivamente para una familia numerosa. Su suegro se la había dado cómo regalo de bodas, diciéndole que esperaba que le diera muchos nietos.
Serena se había horrorizado con aquella sugerencia. No quería tener hijos con Rubeus. Eso la ligaría de por vida a él y ella no estaba dispuesta a eso. Gracias a Dios la madre naturaleza era sabia; Rubeus no podía engendrar, era estéril. Cuándo lo supo él la había mirado con rencor, pues sabía que no podía culparla a ella por no traer al mundo a un heredero. A ella no le importó aquel rencor, y dió gracias al cielo por aquel milagro.
Rubeus era un mal hijo, un mal esposo y, seguramente, también un mal padre. Sólo le importaba aumentar sus millones, tener sexo con cuanta mujer se le atravesara en el camino y adquirir más poder del que tenía. Quería un hijo, sí, pero no para amarlo y compartir con él los momentos felices. No. Sólo lo quería, para que su fortuna no fuera a manos desconocidas.
Serena sacudió la cabeza, alejando todos esos malos pensamientos y decidiendo que no quería llegar a aquella casa tan fría y vacía, a la que nunca había podido llamar hogar. Se desvió de su ruta y fue a parar a un pequeño café. Sonrió con nostalgia, era el café dónde había conocido a Darien.
Maldiciendo se paró y cogió el teléfono, dispuesto a solicitar que cancelaran su cuenta en el hotel y el botones subiera en una hora para recoger su equipaje, ya nada lo retenía en Tokio. Cuándo estaba por marcar el número de recepción, se escuchó un golpe en la puerta de su suite acompañado de una voz demasiado familiar para él.
Cuatro horas más tarde, Darien observaba a su amiga tomar un sorbo de su taza de café mientras esta lo veía con los ojos entrecerrados. Se había sorprendido mucho al escuchar la voz de Rei esa mañana, cuando él tenía la firme creencia de que ella seguía en Italia, pero Rei era así, tomaba sus decisiones de repente y jamás le daba explicaciones a nadie. Mucho menos a él.
Continuaron bebiendo café, en silencio, contemplándose mutuamente y esperando que uno de ellos iniciara la conversación. Rei dejó la taza nuevamente sobre la mesa, luego suspiró y lo miró profundamente con esos ojos amatista, que parecían sondearle el alma. De repente la joven decidió terminar con la inútil espera y dijo:
— ¿Así qué quieres un boleto de avión para regresar a Italia lo más pronto posible? —su tono fue tranquilo y natural, pero después golpeó la mesa con intensidad y agregó—: ¿Acaso te has vuelto loco Darien? —esto último lo gritó, perdiendo la compostura y dejando a un lado el respeto por su jefe, por qué además de su amiga, Rei Hino, era su asistente personal.
A Darién eso no le había molestado, conocía a Rei desde su llegada a Italia; era hija de un respetable matrimonio Italiano, pero se había educado en Inglaterra, por lo que ella jamás encajaría en el prototipo de chica italiana, además… su abuelo paterno era griego, así que la sangre que corría libremente por sus venas y su carácter apasionado y agresivo, hacían de ella una belleza indomable, impredecible y vivaz. Cuando algo no le gustaba, salía a flote todo ese temperamento griego que la caracterizaba y se imponía rotundamente, y si ella decía que te amaba, lo haría completamente, con la pasión y entrega de un italiano, de un modo u otro, las cosas al final se hacían como ella decía.
El primer día que Darien arribó a Italia, descubrió que Rei y él serian compañeros de trabajo y desde entonces laboraron codo a codo para el señor Cope, después ella se ofreció a mostrarle todas las maravillas de Italia, convirtiéndose en su guía turística personal. Al principio Darien había notado cierto interés de ésta por él, por lo que la evadía constantemente, pero después ella lo enfrentó y le dijo que le molestaba que no fueran claros con ella. Si ya no quería ser su amiga que lo dijera y asunto zanjado. Darien le confesó sus sospechas y que tenía una novia a la que amaba muchísimo y no podía corresponderle. Ella se rió en su cara, diciéndole que estaba muy enamorada de Zafiro, un joven griego que conoció en sus vacaciones pasadas con su abuelo. A partir de entonces, las cosas marcharon mejor y ellos se hicieron grandes amigos.
—Sé que será difícil en estos momentos conseguir un boleto de avión, pero no puedo seguir en Tokio, en serio. El motivo ya lo conoces: Serena se casó. Y ya nada me retiene aquí.
La joven lo miró con irritación y el ceño fruncido. Después se jaló su larga cabellera negra, algo que hacía a menudo en señal de exasperación.
— Mira Darien, el boleto no es problema para mí. Soy tan eficiente que lo conseguiré en un dos por tres, no tienes que agradecer por tenerme — dijo con arrogancia y Darien río tenuemente ante aquello—. Pero no permitiré que mi jefe y mejor amigo, ahogue su felicidad. Ella se caso, sí… ¿Y qué? Existe el divorcio. ¿No se supone que ustedes los japoneses, son más abiertos con ese tema, que nosotros los italianos? Tú mismo dijiste que creías que aún te amaba, ¿no? Entonces lucha por ella.
—No es tan fácil Rei.
La muchacha sacudió la cabeza. Sabía que su jefe era un hombre inteligente, pero a veces se encerraba en una burbuja que le impedía pensar con claridad y lo hacía complicarse la existencia él solo.
— A veces no logro explicarme cómo llegaste tan lejos en los negocios— le confesó y el chico se sorprendió por aquello—. Nadie dijo que fuera fácil —lo reprendió—, pera la determinación que te caracteriza y te ha dejado grandes logros en los negocios, aplícala también en la vida real —Le sugirió contundente.
—No lo entiendes. Ella ha pasado seis años de su vida casada con él, no creo que lo deje por mí —sentenció con tristeza.
— ¿Y quién te asegura eso? —le preguntó ella— ¿tu joven amiga pelirroja? Si me lo me preguntas, metió las narices dónde no la llamaban —añadió mientras resoplaba molesta.
—Ella creyó que yo estaba al corriente…
—Quizás, pero no puedo estar segura. Dijiste que Serena siempre le cayó mal, así que… no sé —la joven se encogió de hombros—, sólo creo que de no haberte enterado por ella, Serena te hubiera explicado todo y tú no la hubieras tratado como lo hiciste —le recriminó, pues para ella la situación era injusta. La novia de su amigo parecía haber sufrido mucho y él parecía no darse cuenta en lo más mínimo.
— Me confundes —confesó mientras llevaba su cuerpo hacia atrás y se reclinaba en el respaldo de la silla, cerrando los ojos dijo—: No sé qué hacer.
—Luchar —aseguró ella—, se lo debes.
El joven abrió sus orbes zafiro de golpe. ¿Se lo debía? A qué se refería con eso.
—No te entiendo.
—Y es por eso que no me explico cómo has llegado tan lejos —remarcó ella, arrugando el entrecejo—. Piensa Darien. Ella no ha tenido una vida fácil desde tu partida y tú me has dicho que cree que nunca le escribiste, puede que las cartas se perdieran en el correo… o que alguien se las haya ocultado —el moreno de repente pareció reaccionar ante aquello—. Quizás nunca sabremos lo que pasó con las cartas — Rei se encogió de hombros—, pero debes aceptar que tú tienes gran culpa de este embrollo.
— ¿Yo?— preguntó sorprendido.
—Sí, tú. Muchas veces te dije que no era normal que ella no te escribiera, que algo andaba mal. ¿Me hiciste caso?
El muchacho se sintió desolado ante todas las palabras cargadas de verdad. Muchas veces ella le había dicho que el silencio de Serena no era normal; que una mujer enamorada siempre se las ingenia para estar en contacto con el ser amado, que ella misma lo hacía con Zafiro. Y él había hecho caso omiso a sus comentarios porque Serena lo amaba y nada podía estar mal entre ellos. Ahora se daba cuenta de lo equivocado que había estado.
La joven sonrió, pues esperaba ese momento de debilidad.
—Mira, hagamos esto: yo te consigo el boleto para que hoy a las dos estés abordando un avión a Italia y tú le envías un ultimátum a ella, diciéndole que la amas y estás dispuesto a luchar. Si ella impide que abordes, entonces significa que te ama y si no, yo no objetaré nada y no volveré a sacar el tema.
Lo pensó detenidamente, no sabía si era buena idea, tenía miedo de que ella no llegara, porque significaría que no lo amaba. Pero finalmente reconoció que no podría vivir con la duda, así que agradeció a Rei por su apoyo y sus palabras y le dijo que lo intentaría. Ya la compensaría a su retorno.
Ella contestó fingiendo arrogancia e indiferencia.
—Descuida, no pasé seis meses luchando contra la bruja de Olympia Petronides, obteniendo aquella hermosa villa, para que al final nadie la ocupe.
Al llegar a la hermosa, pero fría mansión que ocupaba ya hace seis años, fue recibida por Molly, la muchacha encargada de la limpieza, quién le indicó que Rubeus había salido de viaje. También le dijo que había llegado un ramo de rosas rojas esa mañana. Era la primera vez que Rubeus le compraba rosas, por lo general siempre eran orquídeas. Y a pesar de lo hermosas y caras que le hubieran costado, Serena pensaba que eran tan frías como él, ya que solo se las compraba para guardar las apariencias.
—Muy bien, supongo que ya las pusiste en agua —dijo con desinterés—. Subiré a bañarme y después tomaré una siesta. Así que no me pases ningún recado.
Cuando al fin se disponía a subir a sus aposentos, la doncella la retuvo.
—Señora, trae una tarjeta.
Eso sí que era nuevo, Rubeus nunca le había escrito nada, solo llegaban las orquídeas y nada más. No quiso continuar divagando al respecto, así que tomó la tarjeta que le extendía Molly y la guardó en su bolso para así, por fin, retirarse a descansar. Más tarde, si sentía de humor, la leería.
Subió en el taxi para llegar a tiempo, esperaba encontrarla ahí. Aún no estaba seguro de haber hecho lo correcto. Pero Rei tenía razón; había regresado con un solo objetivo a Tokio y no podía regresar, sin siquiera haber dado batalla. Serena lo amaba, estaba seguro de ello, pudo notarlo en su mirada, al igual que la desolación y tristeza que de ella emanaba. Pero aun así, cegado por el dolor, se había rendido sin luchar. Si no hubiera sido por la conversación que mantuvo con Rei, jamás hubiera enviado aquella nota.
Al entrar al aeropuerto Darién se sintió algo decepcionado, por no encontrar a su hermosa rubia. Pero no se desanimó, aún faltaba una hora para partir. Pero conforme el tiempo pasaba y este disminuía cada vez más, el dolor comenzó a taladrar su corazón.
No llegó.
Tal vez le dolió tanto su trato de ayer y las palabras hirientes que le dijo, pero eso no era lo importante, sino que ella no estaba dispuesta a luchar por su amor.
Salada.
Estaba convencida de que su suerte estaba más salada que el agua del mar o, en su defecto, alguien allá arriba no la quería. ¿Cómo era posible que hubiera creído que Rubeus le mandaría rosas? Él nunca supo que eran su flor favorita y además siempre había preferido las orquídeas. De no haber bajado por un vaso de agua, no hubiera notado que llegaba la acostumbrada orquídea del día. Olvidándose de la sed que tenía, subió inmediatamente por la tarjeta en su bolso y al abrirla el corazón le saltó.
"La esperanza nace, nunca muere, solo crece. El destino nos marca, es verdad, pero no define el final porque este aún no está escrito.
No fui demasiado amable ayer, estaba dolido por todo, perdóname. Te amo y si tú estás dispuesta a luchar por lo nuestro, yo también. Hoy a las dos partirá un avión para Italia, si tú llegas no lo abordaré y me quedaré a luchar por ti, pero si no, tendré que partir con el corazón destrozado.
Siempre tuyo.
Darien Chiba".
Había leído la nota a la una y cuarto y tomando la primera prenda que encontró, se dispuso a salir al aeropuerto. Tenía el tiempo justo para llegar, esta sería quizás su última oportunidad de ser feliz y no estaba dispuesta a perderla.
Y ahora se encontraba parada en un embotellamiento a cuatro cuadras del aeropuerto, con solo quince minutos para las dos. No podía quedarse a esperar. Escapara del tráfico tomaría horas, así que pagando al conductor y sin detenerse a recibir el cambio, salió corriendo del taxi a todo lo que sus pies daban. Era en estos momentos en que se arrepentía de no haber seguido el consejo de su prima Mina: "es bueno mantenerse en forma, no sólo para lucir un vestido, también para correr en caso de alguna emergencia". Le había dicho al invitarla a ejercitarse con ella todas las mañanas, pero Serena perezosa desde niña, se había negado rotundamente. Y con tan sólo dos cuadras recorridas, ya se sentía fatigada, pero no se detendría, tenía que llegar. Así que sacando fuerza sobrehumana se obligó a correr más deprisa. Exhausta y con la respiración agitada, llegó al cinco para las dos, ya estarían abordando en estos momentos, así que no se detuvo a descansar, corrió nuevamente, deteniéndose sólo un segundo para preguntar por la puerta de abordaje del avión a Italia.
Era el último que quedaba en la entrada a la puerta de abordaje, una vez cruzando aquella puerta, a nadie más se le permitiría cruzar, Darien lo sabía. Se había colocado al final de la fila, con la esperanza de que tal vez Serena siguiera conservando aquella manía de llegar siempre tarde, pero después de tanta espera y ver que no había aparecido, su esperanza se había desvanecido. Así que con todo el dolor del mundo recogió su maleta del piso —apretándola fuertemente para contener las lágrimas—, pues la azafata que recogía los boletos ya lo estaba presionando. Eran las dos con dos minutos y Serena no había llegado, suspiró resignado y dio el primer paso, pero justo cuando se disponía a dar el segundo, escuchó aquella dulce voz que lo había perseguido en sueños, desde que la conoció.
— ¡Darien! —gritó con todas sus fuerzas y esperaba que la hubiera oído, pues su voz se encontraba distorsionada por su respiración acelerada. Cuando vio que el volteaba, dio gracias al cielo. Había llegado a tiempo y eso sí que era un milagro.
Sin pensarlo ni un segundo, Darién corrió a su lado y al estar frente a frente, sus miradas se cruzaron y sin ninguna pregunta, y mucho menos respuesta, se fundieron en un dulce y cálido beso. Él le acarició tiernamente la mejilla mientras la besaba, después de varios minutos, al fin se separaron y se quedaron viendo con intensidad, traspasando aquellos muros que los separaban, sólo con sus miradas profundas.
Permanecieron en silencio, porque no era necesario decir cuánto se amaban, ambos lo sabían, como también sabían que aún había un largo camino que recorrer y que este estaría lleno de obstáculos, pero no importaba cuantas veces cayeran, ambos estarían sosteniendo la mano del otro para levantarse, porque esta vez estarían juntos para luchar por su amor, como debió ser siempre y cómo sería ahora, porque después de todo: "nunca es demasiado tarde para luchar por el amor".
Por los comentarios de algunas de ustedes chicas, tal vez no les guste esta actualización. Pero así fue pensada y así me gustó que quedara. ¡Gracias por leer!
Gracias a Kelly por su Beteado.
