Historia escrita para el Proyecto "escribe a partir de una imagen".

Imagen: Anciano vendiendo caramelos. Propuesta de HikariCaelum karipurplefield .deviantart art /If-That- Were-Me-356759945

Personaje: Hikari(Kari) Yagami

Digimon no me pertenece.

Espero que os guste.


Capítulo II. Nunca más

Tenía cinco años cuando lo vio por primera vez.

Siempre estaba sentado en aquella esquina del parque, cerca de los columpios, con la espalda apoyada en la valla que separaba la fuente de agua para que nadie se cayese. Con pantalones grises y chaqueta verde oscura, ambos desgastados, y un gorro rojo que a Kari le hizo gracia porque le recordaba a un duende que una vez había visto en la televisión, vendía diversos artículos puestos sobre una raída manta de colorines. Desde bisutería hecha a manos hasta caramelos, se podía encontrar lo que a la niña le parecían miles de cosas diferentes. A Kari le encantaba acercase a descubrir qué nuevos secretos le llevaba, y cada vez descubría algo extraño que le hacía chillar de alegría.

Iba todos los martes, después de clases, con su hermano Tai custodiándola, o más bien él tenía que correr detrás de ella cuando entraban al parque porque la niña salía corriendo al improvisado puesto. Llegaba, se ponía de rodillas frente al hombre, y parloteaba incesantemente sobre todo lo que había hecho durante la semana mientras rebuscaba entre las cosas hasta que encontraba ésa que brillaba más de lo normal; aquella que, por lo que fuese, le atraía la mirada como si de un imán se tratase. Solamente entonces, Kari se giraba hacia su hermano, el cual siempre se hallaba detrás de ella con los brazos cruzados y golpeando el pie contra el suelo impacientemente, y alargaba la mano hacia él. Y Tai descruzaba los brazos y le daba unas monedas, que su madre les había dado para comprar alguna golosina pero no le importaba entregarle al ver la enorme sonrisa que adornaba su carita.

Durante todo ese proceso, que se repetía todas las semanas sin excepción, el anciano solamente sonreía enternecido a la niñita haciendo que su poblada y espesa barba se moviese ligeramente y las arrugas alrededor de sus ojos se marcasen más. Y cuando Kari elegía su regalo, con voz sosegada y grave, le contaba una pequeña historia. Suficientemente corta para que Tai no se impacientase demasiado y lo bastante larga para que ella se quedase satisfecha.

Un día, una historia. Ese era el trato.

Entonces el chico la llamaba y agarrando su mano se la llevaba donde sus amigos, mientras Kari elevaba el brazo gritando "adiós" y él levantaba una mano en señal de despedida.

Había pasado ya mucho tiempo yendo allí para su sencilla rutina, dos años de idas y venidas; de objetos misteriosos y especiales que la chica atesoraba en su habitación. Hasta ese día.

Al principio pareció un martes normal, con Kari corriendo hacia él y Tai detrás de ella. La niña se arrodilló frente a la manta y rebuscó entre los objetos, hablando de su día como de costumbre. Parecía un día normal, pero no lo era. Fue Tai el que se dio cuenta de ellos.

El anciano no había abierto los ojos en ningún momento desde la llegada de Kari, y si bien había veces que estaba más cansado y no lo hacía o simplemente los cerraba para escuchar mejor, aquel día el muchacho de 10 años vio algo diferente. Quizás fuese las oscuras ojeras que tenía, o que no había sonreído ni una sola vez, pero no tardó en darse cuenta de que algo iba mal.

Haciendo caso omiso de las protestas de su hermana, tiró de ella para levantarla y se encaminaron a un policía que había cerca de allí. Kari no escuchó lo que dijeron, enfurruñada por querer volver, pero vio como el hombre se acercaba al anciano, lo zarandeaba y la cabeza del último caía inerte a un lado. Quiso ir, preocupada por él, pero su hermano no le dejó.

La chica, hasta ese momento, ni siquiera había oído hablar de la muerte, y el perder al anciano, al que ya veía como parte de la familia, la destrozó. Lloró en brazos de Tai hasta que su madre vino a recogerlos y siguió llorando en casa hasta que quedó dormida de cansancio.

Después de eso Kari pareció volver a la vida solo que sin aquella sencilla rutina de todos los martes. Pero en su interior algo cambio; se prometió a si misma que, mientras estuviese en sus manos, nadie de sus seres queridos saldría herido nunca más.

Tenía cinco años cuando lo vio por primera vez, y siete años la última.


Segunda viñeta.

¡Nos leemos!

Mid.