Luego de varios minutos llegaron a un edificio de fachada humilde, subieron hasta el apartamento 9 y se detuvieron justo frente a la puerta que ella indicó.

—No es la gran cosa, pero a partir de ahora será mi hogar. —Sonrió levemente.

— ¿No me invitarás a pasar?

Dudó un poco en hacerlo. —La verdad es que estoy algo cansada, pero te agradezco haberme acompañado.

—Vamos Kagome... no te comeré, lo prometo. —Le guiñó el ojo sonriendo con malicia.

—Algo me dice que no confíe en ti.

—Solo bromeaba. Te ves cansada. —Se acercó a ella. — Nos vemos mañana.

—Sí, adiós. —Dijo sin moverse ni un centímetro de donde estaba.

—Sip, adiós. —Seguía inmóvil, viendo los ojos color chocolate de la muchacha.

—Ya me voy... —Mientras asentía, sin dejar de mirarlo.

—Yo igual. —Se acercó aún más a ella.

—Entonces... nos vemos mañana. —Ella también se acercó.

—Sí, hasta mañana. —Sujetó sus manos.

—Aún no te has movido. —Dijo divertida.

—Ni tú... —Sus frentes estaban tan cerca que podían tocarse, sus respiraciones se entrelazaban y fundían en una sola.

—Inuyasha... —Dijo con la respiración agitada.

— ¿Si?

— ¿Quieres pasar?

—Hasta que al fin lo dices... —La acercó de un empujó hacia él, atrapando su boca en un impetuoso beso.

Kagome intentó abrir a tropezones la puerta, mientras Inuyasha besaba su cuello con fervor, haciéndola retorcerse ante él. La puerta se abrió y ambos se hicieron paso en el apartamento.

Tiró su bolso y sus cosas al suelo, mientras desesperadamente se sacaba el abrigo. Él no liberaba sus labios ni por un segundo.
Su delicada camisa ya estaba a medio desprender, sin contar los botones que salieron disparados, luego de que el peliplata se los arrancara de un tirón.

Ella se abrazó al cuello de su joven amante mientras entrelazaba mis piernas a su cintura. Él deslizó una de sus manos desde la rodilla hasta los muslos, que dejaba a la vista la corta falda de Kagome.
—Dijiste que no me comerías. —Le reprochó entre besos

—Mentí. —Dijo antes de azotarla con fuerza contra la pared.
Ella enterró sus manos en el cabello plateado, tirando de él. Siguieron chocando contra muebles y paredes, antes de llegar a los pies de la cama.
La dejó caer entre las sábanas blancas mientras se sacaba la remera y desprendía su pantalón; ella hizo lo mismo con la ropa restante.

El ambarino gateó desde la punta de la cama hasta llegar donde Kagome estaba, posicionándose encima de ella. Comenzó a jugar con uno de sus senos, acariciándolo agresivamente, mientras lamía el otro. Ella dejaba escapar pequeños gemidos ahogados mientras jugueteaba con el cabello de Inuyasha. Él descendió por su vientre hasta llegar a su pelvis donde se deleitó con la suave intimidad de la azabache.
Finalmente, al sentirla lo suficientemente húmeda y excitada el peli plata dejó a la vista su virilidad, y se deshizo con prisa de la diminuta tanga color fucsia que la muchacha aún tenía puesta, ella abrió sus piernas dándole paso. Él acomodó su miembro en la húmeda entrada de su compañera y la penetró con salvajismo. Ella arqueó la espalda por inercia mientras clavaba sus uñas a la espalda del muchacho.

Mantenían un movimiento agresivo, la cama iba de un lado a otro, los gemidos comenzaban a inundar la habitación, solo los besos lograban silenciarla.

Aumentó sus embestidas, ambos llegaron al clímax, pero no se detuvieron. Él la tomó de la cintura haciéndola girar y quedando en cuatro patas sobre la cama dónde volvió a penetrarla con fuerza desde el nuevo ángulo.
Un grito ahogado escapó de los diminutos labios de la azabache luego de que él se corriera en ella sin previo aviso.

Ambos cayeron exhaustos, uno junto al otro. Inuyasha la abrazó atrayéndola a su pecho. —Te amo Kagome. — Confesó, depositando un dulce beso en la frente de su compañera. Desearía haber estado dormida para no tener que escuchar tal declaración, pero no fue el caso.

~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•

Era tarde, casi de madrugada, cuando el teléfono de Inuyasha comenzó a sonar. Pretendió ignorarlo, pero era tan persistente que quien fuese no dejaría de llamar hasta que le atendieran.

Salió de la cama a pasos pluma y ya que estaba cerca aprovechó a ponerse su bóxer otra vez.
Mientras se acercaba al celular, mantenía una pequeña sospecha de quien podía ser. Sospecha que quedó confirmada apenas divisó el nombres del contacto en la pantalla. Quién más sino que su preocupado hermano.

Sonrió mientras contestaba. —Hola... —Dijo con una gran sonrisa en los labios.

— ¡¿Se puede saber dónde estás?! No me importa si es tu vida, mientras seas menor de edad y vivas bajo mi techo, acatarás mis reglas. —Gritó furioso.

—Relájate. No es para tanto.

— ¿Qué no es para tanto? Inuyasha son casi las 6 de la mañana.

—No tengo 15 años.

—Sigues estando bajo mi cargo. Dime dónde estás, iré a buscarte.

— ¿Seguro que quieres saber? —Preguntó arrogante. — ¿Por qué no adivinas?

Sesshomaru sabía que esa arrogancia de Inuyasha solo podría deberse a la compañía de una mujer. — ¿Kikyo? Era lo más obvio, era su novia después de todo.

Algo de culpa atravesó la mente de Inuyasha. —No, haz otro intento.

Se quedó mudo. Un solo nombre pasó por su mente. —Kagome... —Susurró deseando que sea mentira.

—¡Tin tin tin, Correcto! —Sonrió triunfante mientras veía a la azabache dormir plácidamente al otro lado de la habitación.

Eso fue suficiente para hacerle hervir la sangre al mayor de los Taisho. —Te dije que no te metieras con ella.

— ¿Quién está celoso ahora? —Preguntó irónico.

— ¿Estás haciendo esto para vengarte de mí? No metas a Kagome en tus juegos. Si haces eso haré tu vida miserable.

—Te equivocas. Voy en serio con ella.

—¡Mientes! —Gritó del otro lado de la línea.

—Y no te preocupes por seguir ocultando su relación de mí. Ya me contó todo.

— ¿Todo? —Interrogó atónito, no lo podía creer.

—Tuve que presionarla un poco, pero...

— ¡¿La obligaste a hablar?!

—Necesitó un pequeño incentivo.

—No te entiendo Inuyasha. Siempre haces lo mismo, te encaprichas con una mujer, la enamoras y cuando al fin obtienes su atención la rechazas y la haces a un lado ¿Esa es tu idea del amor?

— ¿Y qué sabes tú de amor?

—Más que tú... te lo aseguro. ¿Qué va a pasar con Kikyo ahora?

—Kikyo es pasado.

—No creo que ella piense igual que tú.

—Luego arreglaré ese asunto, por ahora veremos si me canso o no de esta nueva aventura. —Dijo sin remordimientos.

—¡No hables así de Kagome! No permitiré que la utilices.

—Como digas. Pero esta vez... yo gano. —Cortó.

—¡Imbécil! —Arrojó el teléfono contra la pared haciendo que se rompiera en pedazos.

— ¿Inu...yasha, que pasa? —Interrogó somnolienta Kagome tras escucharlo parlotear a la distancia.

—Nada, solo buscaba mi celular. Descansa Ángel.

—Aún es de madrugada regresa a la cama. —Dijo mientras se cubría con las sábanas.

—Ya voy.

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Amanecer el uno junto al otro fue extraño, demasiado nuevo para ambos.
Se despertaron tarde, antes de darse cuenta ya era tiempo para ir al colegio.
No hablaron sobre el tema. Parecía Tabú. El recorrido fue algo tenso. ¿Qué eran ahora? ¿Novios? ¿Amigos? ¿Amigos con derecho? Un error, tal vez.

De camino al colegio...

Inuyasha decidió acabar con la tensión que invadía el aire. —Oye Kagome...

—Apresúrate o llegaremos tarde. —Se alejó corriendo, sin dejarlo hablar.

—Espera. —La siguió. —No corras. —Dijo recuperando el aliento.

Llegaron justo a tiempo, el timbre sonó y una ola de alumnos los obligó a separarse durante el trayecto al salón.

En clase...

—Kagome! —Corrió su amiga a abrazarla. — ¿Estás bien?

—Lamento haberte preocupado Sango. Falté porque estaba cansada por la mudanza.

—Ya veo. La próxima tennos al tanto, tonta.

—No volverá a pasar. —Sonrió. Minutos después vio llegar a Inuyasha todo desarreglado, como si un huracán lo hubiese arrastrado.

— ¿Qué te pasó? —Interrogó Sango.

—Esas salvajes me arrastraron por todo el pasillo, preguntándome millones de cosas absurdas.

—Eso te pasa por llamar tanto la atención. —Explicó la azabache.

—No seas así Kagome, no es su culpa.

Hubo un gran silencio, nadie hablaba, eran como tres extraños en la misma habitación.
La puerta del salón se abrió y el hombre de cabello plateado y buen porte comenzó su clase.
Eran más que obvias las miradas entre él y su hermano, era una sentencia a muerte, una guerra no declarada. Se podía notar la tensión entre ambos... ¿Había sido este el comienzo de una catástrofe?

La clase terminó en "buenos términos", ni muy bien, ni muy mal.
El primero en salir del salón por obvias razones fue Inuyasha, la azabache trató de seguirlo sin embargo fue detenida en la puerta.

— ¿Ocurre algo? Interrogó al antiguo recuerdo de su amor.

—Hay dos cosas que necesito decirte y ambas son importantes. —Sentenció serio Sesshomaru.

Ahora que veía a Sesshomaru directo a los ojos comenzaba a pensar en que tal vez había cometido un error la noche anterior al acostarse con Inuyasha. Se sentía dolida, pero tampoco podía permitirse vivir el resto de su vida sola, tratando de serle fiel a un hombre que ya no le pertenecía.

Y como si eso no fuera suficiente castigo, las palabras del platinado terminaron de dar la estocada final a su corazón. Esas dos cosas importantes, que sin duda, lo eran, definirían su destino a partir de ese momento.

Salió pálida del salón, todavía no podía asimilar lo que acababa de oír. Se sentía furiosa y decepcionada al mismo tiempo, pero aún así le daría a Inuyasha el beneficio de la duda. Era justo escuchar su versión de los hechos, necesitaba saber quién era Kikyo.

Continuará...