— Bien alumnos, este será uno de los últimos exámenes del año. Espero que todos hayan estudiado... y los que no, buena suerte para la próxima. Aunque no creo que les vaya mejor que ahora. —Sesshomaru denotaba un obvio tono de sarcasmo en la voz.
— Siempre tan dulce. —Dijo con Ironía, Kagome. – Anda tu a saber por qué está de mal humor. —Le susurró a la morena que estaba a su lado.
— Lo tienes abandonado, eso pasa. —Le dijo en broma.
— ¡Sango! ¿¡Cómo puedes decir eso!? Estamos en clase, ¡cállate! —Le reprochó roja de los pies a la cabeza.
— Mira como te pusiste, pareces un tomate. —Rió.
— Señoritas, espero que tengan ese mismo entusiasmo cuando hagan el examen. Silencio. —Las regañó mientras les entregaba el parcial de 4 hojas.
— ¡Qué larga...! —Se quejó Kagome por lo bajo.
— Te oí.
— Mierda.
— Castigada, Higurashi.
— ¡Pero...!
Sango se rió por la desgracia de su amiga.
— ¿Quiere acompañarla, señorita Sango?
— No, lo siento. —Se mantuvo callada mientras comenzaba su examen.
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— Se acabó el tiempo. Entreguen. —Dijo finalmente. Uno a uno se levantaron y entregaron el examen para luego salir del salón dando por terminada la jornada.
Kagome trató de escabullirse con el resto pero le fue imposible.
— ¿A dónde va, Higurashi? —Le preguntó severo, al verla escondida entre la multitud de compañeros.
— Eh yo...yo. No sé. —Dijo sin poder inventar una buena excusa. Regresó a donde él estaba.
— Nos vemos, Kagome. —Se despidió Sango, con una sonrisa llena de segundas intenciones. —Diviértete. —Cerró la puerta del salón tras salir.
— ¿Pensabas escaparte? —Interrogó mientras se cruzaba de brazos.
— ¿Cómo dices eso? Se me cayó algo y lo estaba buscando.
— Ajá. —Arqueó una ceja.
— No me mires así. —Se acercó a él. — ¿Por qué estás con ese humor? —Le preguntó preocupada.
Su rostro se oscureció de inmediato. —No sé, en parte por Inuyasha, creo.
— Ya me imaginaba. ¿Por qué no vino hoy a clase?
— Tengo mis sospechas, pero no me dijo concretamente el por qué. El problema es que ahora deberé justificarlo y tomarle el examen otro día.
— No te estreses por tan poca cosa. —Se acercó a él derrumbando aquella barrera invisible entre ambos. Lo abrazó.
La tenía entre sus brazos, solo para él. —Estás usando un perfume nuevo.
— Te diste cuenta. —Sonrió tímida.
— Hueles muy bien.
Volvió a ponerse roja. —Gra-gracias —Apenas alcanzó a susurrar. — Él la acercó a su cuerpo desde la cintura. Ahora besaba su cuello.
— Sessh... vamos a tu casa. —Le suplicó al oído. Luego buscó los labios del ambarino, que por alguna razón, eran más exigentes de lo habitual. — ¿Pasa algo más que no me hayas dicho? —Interrogó sin apartar la mirada de sus ojos.
Él no respondió. —Sesshomaru Taisho, será mejor que empieces a hablar si no quieres meterte en un lío. —Movía su dedo índice en señal de reproche.
Sonrió ligeramente por unos segundos. —Es mi padre. —Confesó mientras se alejaba y comenzaba a caminar por el salón.
— ¿Qué ocurre con él?
— Mi madre me llamó y me dijo que anoche cuando volvía del trabajo sufrió un infarto, tuvo que ser internado en una clínica de urgencia.
— ¡Eso es terrible! ¿Está estable?
— No lo sé en realidad.
— ¿Por esa razón tampoco vino Inuyasha?
— Eso pienso, es lo más lógico. Mi madre me pidió que fuera a casa.
— ¿Y qué haces aquí entonces? Ve con tu familia, te necesitan.
— No puedo.
— ¿Cómo que no puedes?
— Si mi padre me ve, podría hasta empeorar. —Le dio la espalda. Se sentía fatal consigo mismo.
— ¿Cómo puedes decir eso? —Se acercó y lo abrazó por la espalda.
— Él y yo siempre discutimos cuando estamos en la misma habitación, ¿por qué sería diferente esta vez?
— Es un buen momento para arreglar las cosas. Dudo que él quiera tenerte lejos en un momento tan duro. Además, imagina el dolor de tu madre al verlos separados.
Se dio vuelta y la abrazó. —Mi familia no es precisamente del tipo... —Buscaba las palabras justas. — "habitual" como te la imaginas, preciosa.
— No puede ser tan mala. Al menos intenta conciliarte con ellos.
— No estoy seguro...
— Si no lo haces por ellos, hazlo por mí.
— Sabes que no puede decirte que no, si pones esa cara. Pero...
— ¿Pero?
— Ven conmigo. —Sujetó sus manos.
— No, Sessh. Yo no encajo muy bien en los ambientes familiares.
— Te necesito conmigo. —Se vio obligado a mostrar su lado más vulnerable.
—Iré... —Dijo sin dudarlo un segundo más. Él la necesitaba. Lo besó fugazmente.
— ¿Aún quieres que vayamos a mi casa? —Preguntó sonriendo. Sus frentes se tocaban por la cercanía.
— Claro que quiero... —Mordió su labio inferior. –...pero olvidé que tengo que ir al café. Lo siento, amor. Lo dejamos para otro día. ¿Te parece?
— ¡No me parece!
— Primero están las obligaciones. —Acomodó un mechón de cabello de su amado que caía por un costado.
— Al diablo, tendré que resignarme. Te dejo en el café y luego paso por ti para ir a casa de mis padres. ¿Te parece?
— ¿¡Esta noche!? —Dijo sorprendida. Era demasiado pronto. —Bueno, pero antes déjame volver a mi casa para cambiarme, no quiero ir con el uniforme.
— Como gustes. —Volvió a besarla.
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En el café...
— ¿Se puede saber que te sucede hoy? —Indagó preocupada Rin. —Si sigues temblando así vas a tirar la bandeja sobre la cabeza de algún cliente, cielo.
— Lo siento, estoy nerviosa.
— ¿Y a qué se debe ese nerviosismo? Si se puede saber, claro —Sonrió dulcemente.
— Esta noche iré a casa de mis... —Se detuvo.
— ¿Tus?
— Mis... ¿suegros? —Confesó dudosa. Luego miró a su compañera con incertidumbre. —No sé si llamarlos así. ¿Los padres de la persona con la que duermo? —Eso sonaba aún peor.
Rin dejó escapar una pequeña risa. —Es normal, descuida. Con el tiempo te acostumbras a las relaciones sin títulos. Además estoy seguro de que te amarán. —Pellizcó los cachetes de la azabache hasta dejarlos rojos. —Eres tan tierna. —Se dirigió a limpiar una mesa vacía.
Kagome la siguió de cerca. — ¿Y si lo arruino de alguna forma? ¿Y si hablo de más?
— Entonces habla menos, sonríe y sé simpática, pero sin olvidar quien eres y como eres. —Juntó la vajilla y la acomodó en la bandeja que sostenía con su mano izquierda.
— ¿Y si no les caigo bien? —Limpiaba la mesa.
— Es imposible. —Ambas se dirigieron a la cocina nuevamente.
— ¿Y si piensan que no soy adecuada para su hijo? Yo no tengo nada, Rin. Tú lo sabes. Apenas me alcanza para vivir.
Dejó la vajilla sucia en el fregadero. —El dinero no te define, cariño. Ser más rica no te hace mejor persona.
— ¿Y si piensan que soy una cualquiera? La verdad es que tengo un historial importante, no soy ninguna santa. —Se dirigieron a la sección de postres y dulces.
— Niña ya basta. —La calló poniendo un cupcake en su boca. —Ellos te verán con los mismos ojos con los que te ve tu novio. Y velarán por la felicidad de ambos... eso querría cualquier madre y padre con los pies sobre la tierra.
— Pero... —Masticando el bocado de cupcake.
— ¡Basta! Ve a entregar los pedidos, yo haré lo mismo. —La empujó en dirección a las mesas. —Y Kagome... —La azabache volteó a verla. —...deja de hacerte la cabeza en vano. Todo saldrá bien. —Sonrió relajada.
— ¡Lo intentaré! —Trató de convencerse a sí misma y siguió con el trabajo.
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Horas más tarde, en el departamento de Kagome.
— Ya casi estoy lista. —Gritó desde su habitación.
— Descuida hay tiempo, les dije que iríamos cerca de las 22hs y apenas son nueve y cuarto.
— No importa, no quiero llegar ni un segundo tarde. —Salió de la habitación dejando ver un delicado vestido negro con encaje, que se ajustaba perfecto a su figura. — ¿Te gusta? —Le sonrió esperando su opinión.
Estaba estupefacto. —Estás preciosa, deslumbrante y todo eso es poco. —Se acercó y la tomó de la mano, haciendo que diera una vuelta en el lugar. —Hermosa. —Besó el dorso de su mano.
— Gra-gracias —Dijo tímida. — ¿Me ayudas a recoger mi cabello?
— No prometo mucho, pero veamos que sale. Pásame el cepillo.
— Ya quedó. —Dijo minutos después.
Se acercó al espejo para ver el delicado recogido. —Me encanta. —Le sonrió satisfecha. —Vamos. —Ambos salieron del apartamento hacia el auto.
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Afuera de la casa Taisho...
— Estoy nerviosa. —Dijo Kagome sujetando con fuerza su mano.
— Yo igual. —Tocó el timbre de la casa.
Su corazón comenzó a latir cada vez más rápido. — ¿Y si nos escapamos? Podemos continuar con lo que dejamos pendiente hoy temprano.
—No me tientes, soy débil.
Se acercó a él jugando con su cabello plateado. Hizo puntitas de pies para llegar cerca de su boca. —Vámonos... —Insistió susurrando en un tono provocativo, al mismo tiempo que la puerta se abría frente a ellos.
— ¿Irse? Pero si acaban de llegar. —Habló la elegante mujer frente a ellos.
— Mamá... —Nombró frío.
— ¡¿Mamá?! —Se quedó paralizada de la vergüenza. No era una buena primera impresión. Ahora estaba completamente roja.
— ¿No me presentarás a tu encantadora acompañante? —Interrogó sonriendo.
Aclaró la voz. —Sí. Madre, ella es Kagome; Kagome, ella es mi madre Irasue.
— Que delicada flor eres Kagome. Tan joven y radiante. —Sé acercó a la muchacha besando cada una de sus mejillas. —Por favor, adelante.
Seguía muda, aun estaba en shock. Aunque a esa mujer no parecía haberle afectado en nada lo que acababa de oír. —Qué vergüenza, lo arruiné. —Le susurró al platinado.
— Claro que no.
— Para ti es fácil decirlo. —Él rió y la besó dulcemente para hacerle saber que todo estaría bien.
— Sesshi no sabes lo feliz que me hizo saber que vendrías esta noche. —Manifestó con alegría mientras avanzaban por los lujosos pasillos y habitaciones de la casa hacia la sala. —Hace tanto tiempo que no venías, hijo.
— Agradécele a Kagome, ella me convenció.
— No, la verdad yo solo... —Intentó sonar modesta.
— Te lo agradezco. Desde lo más profundo del corazón de una madre.
— ¿Y mi padre cómo estás? —Interrogó Sesshomaru con la garganta temblorosa.
— Velo por ti mismo. —En ese momento las dos grandes puertas de la sala se abrieron de par en par. —Querido, Sesshi llegó. —Le hizo saber a su esposo.
Sessh apretó ligeramente la mano de Kagome. Él también estaba nervioso. —Todo estará bien... —Sonrió ella. —Imposible que lo arruines más que yo. —Bromeó.
Finalmente las dos miradas doradas se encontraron. —Pensé que no vendrías, hijo. —Lo abrazó fuertemente.
Se sorprendió. No esperaba eso de parte de su padre. Miró a Kagome, ella estaba igual de sorprendida. —Me alegra que ya te encuentres mejor, padre.
— ¿Te das cuenta? Hace falta que me muera para que vengas a visitarnos.
— No digas eso. Yo pensé que tú... —Hizo una pausa. "No querías verme" pensó.
— No busques excusas. Como sea, a este viejo perro aún le quedan muchas vidas por delante. —Se acercó más a su hijo y lo interrogó con la intención de ser oído por el resto. —Dime ¿quién es la encantadora mujer que te acompaña?
— Mi nombre es Kagome. —Se presentó a sí misma con una cálida sonrisa.
— Con que Kagome... no puedo creer que una mujer tan bella como tú, se fije en alguien como mi hijo. —Bromeó.
— Gracias por eso. —Dijo con ironía el menor de los platinados.
— Su hijo es una gran persona. Usted me da demasiado mérito, ¿Señor...?
— Qué descortés de mi parte. Inu no Taisho. —Se presentó. Luego besó la mano de la joven.
Hasta el momento las cosas parecían ir bien. Sus "suegros" demostraron ser personas bastante amenas. No pudo evitar sonreír dejando a la vista su perfecta sonrisa.
Los cuatro tomaron asiento en la sala. Kagome y Sesshomaru estaban el uno junto al otro en el sofá principal, su padre estaba frente a ellos, en un sillón individual, y un poco más alejada, sobre el banquillo que correspondía al piano, su madre.
Los cuatro mantenían una plácida conversación de temas triviales. De vez en cuando una que otra anécdota sobre Sesshomaru, relatada por Irasue provocaba un sin fin de risas en Kagome y un sonrojo e incomodidad en el protagonista.
Para la azabache era un mundo perfecto, uno que ella jamás había podido conocer con su disfuncional familia.
Sin previo aviso, la puerta de la sala volvió a abrirse dejando a la vista la contextura del menor de los hermanos que acababa de llegar a la casa.
— No me avisaron que habría reunión familiar. —Dijo tajante mientras se hacía paso en la habitación. Su mirada y la de Kagome se cruzaron. Podía sentir el pánico en ella y el odio de su propia mirada.
— Pensé que te quedarías en casa de tu amigo esta noche. —Trató de suavizar el ambiente Irasue.
— Hubo un cambio de planes. —Caminó a paso lento entre los presentes. Pasó por detrás de Kagome, rozando su cabello con sus dedos.
— Pudiste avisar y enviábamos al chofer por ti. —Dijo su madre.
— Me da igual caminar. —Se detuvo, cuando encontró un punto en el cual ver a todos al mismo tiempo.
— Tu hermano vino a visitarnos y junto a su novia . Saluda, Inuyasha. —Sugirió su madre.
— Ya veo... —Dijo arrastrando las palabras con escarnio. — ¿Novia? Entonces ya es oficial. ¿No, Kagome? —Su voz, al igual que su rostro expresaban desagrado.
— ¿Ya se conocían? —Interrogó Irasue.
— ¿Conocerla? —Sonrió arrogante. —Claro que la conozco y muuuy bien. —Recorrió con la mirada a la azabache de pies a cabeza. Ella le suplicaba en silencio, con los ojos entornados que no continuase. —No deberías ocultar cosas, Kagome. Confiesa lo mucho que nos conocemos. —Miró a Sesshomaru.
Sacando fuerza sobrehumana Kagome se puso de pie. —Por favor... —Sus piernas temblaban. Su noche perfecta acababa de desmoronarse justo frente a sus ojos. Este debía ser su castigo.
— ¡No hasta esto! —Rugió Sesshomaru, mientras se acercaba a donde estaba su hermano.
Kagome sentía que moriría en cualquier momento. No quería verlos pelear y menos si era por su culpa. —Necesito salir. —Su respiración estaba agitada, parecía que se le escapaba el aire con cada bocanada.
— En aquella dirección está el jardín, querida. —Le indicó Irasue señalando la dirección con su dedo, de forma delicada.
— ¡Gracias! —Salió corriendo.
— ¡Kagome! —La vio alejarse llorando. — ¡¿Por qué diablos hiciste eso?! No era necesario humillarla así. —Inuyasha no respondió. —Y en cuanto a ustedes —Refiriéndose a sus padres. —Les pedí por una vez en sus vidas que se comportan como una familia normal, no que hagan este ridículo papel que están haciendo. —Todas esas sonrisas y buenos gestos no eran más que falsas ilusiones. Sus padres no eran así, él lo sabía, todo era un elaborado acting para embelesar los ojos de la azabache.
— Hicimos lo que nos pediste. No mencionaste que tu hermano también conocía a Kagome. No contábamos con su "grata" intromisión. —Se sirvió una copa de brandy que agitó antes de beber. Encendió un cigarro cerca de la ventana. —Ella no es para ti, cariño. —Confesó con frialdad en sus palabras. —Alguien tan jovial como Kagome se aburrirá a tu lado pronto. Sin mencionar que ya parece haber ido a buscar diversión con tu hermano. —Rió ante lo surrealista de la situación.
Sessh apretó los puños con fuerza, cada palabra era un puñal que se enterraba más y más profundo. —No debí venir, lo sabía.
— Lo mismo pienso. —Agregó Inuyasha.
— No discutiré contigo porque no quiero que nuestro padre sufra otro infarto, pero si no fuera por eso, juro que te rompería el rostro aquí mismo, por maldito.
— ¿Qué infarto? —Interrogó ignorando el resto de las palabras de su hermano. — ¿De qué hablas? A este viejo nunca le da dado un infarto en su vida. La hierba mala, nunca muere. —Agregó innecesariamente.
— ¡Más respeto mocoso! —Increpó su padre.
Sesshomaru dirigió la mirada a su padre, quien no negó nada de lo que Inuyasha acababa de decir. Luego esperó alguna explicación por parte de su madre. Ella volteó esquivando su mirada. — ¿Todo era un invento? ¡¿Cómo fueron capaces?! —Se sentía traicionado, ultrajado y furioso.
— No te enojes Sesshi. Tu padre y yo te vimos por casualidad junto a una mujer hace unas semanas. Quisimos saber quién era y como sabíamos que no nos la presentarías por tu propia cuenta, decidimos inventar esa "pequeña" mentirita del infarto para hacerte venir a casa. Aunque nos sorprendiste trayéndola aquí, pensamos que nos llevaría más tiempo convencerte de venir con ella.
— ¡No tienen vergüenza! ¿Cómo pueden jugar con algo tan serio como la salud?
— No exageres, estoy vivo, si eso era lo que te preocupaba. —Justificó su padre.
— Ya no entiendo nada. —Dijo igual de sorprendido Inuyasha.
— Tú solo cállate. Suficiente hiciste por hoy. —Dejó salir el humo de sus labios.
— ¡Tengo derecho a saber qué diablos pasa! —Gritó Inuyasha.
— ¡Cuida el lenguaje con tu madre! —Lo regañó su padre.
— Pero no tiene sentido, si no sabías del plan de nuestros padre... ¿por qué no fuiste a clase hoy? —Interrogó Sesshomaru a su hermano.
— Ibas a tomarnos examen y no había estudiado. —Explicó tranquilo. —Fui a lo de un amigo a pasar el rato.
— Pero yo pensé que era porque... —Se dejó caer sobre el sofá. Una dura realidad acababa de golpearle el rostro.
— No te pongas así. Tu madre y yo, sólo queríamos asegurarnos que no sucediera lo mismo que la última vez.
— ¿Te refieres a esa chica...Sara? —Dijo el menor de los hermanos rebuscando en su memoria.
— ¡Cállate! —Aquel nombre era la gota que faltaba para rebalsar el vaso.
— Tienes que aceptar que esa mujer siempre fue un problema en tu vida. —Sentenció Inu no Taisho.
— ¡Querido! No hables así de los muertos. —Lo regañó su esposa apagando el cigarrillo contra en fondo del cenicero.
— ¡Esto se terminó! ¡No tienen derecho a entrometerse en mi vida! —Se sentía como un volcán a punto de hacer erupción. — ¡Y ya no hablen de Sara!
— Que sensible... —Dijo con ironía Inuyasha.
— ¡¿Y qué esperabas?! Me traen hasta aquí con mentiras, humillan a la mujer que amo frente a mis ojos, se entrometen en mi vida como se les da la regalada gana y me recuerdan un doloroso pasado.
— Si lo ves de esa forma, suena bastante bizarro. —Admitió Inuyasha.
— Lo sentimos hijo, lo hacemos por tu bien. Tampoco somos perfectos. —Se disculpó Irasue.
— Ese no es el punto. Pudieron haber sido sinceros desde el comienzo.
— El resultado hubiese sido el mismo. —Expuso su padre.
— No es cierto. Yo con gusto les hubiese presentado a Kagome si así lo querían, y también le habría explicado las cosas claramente al idiota que tengo de hermano, para evitar escenas desagradables como esta.
— Pfff. —Inuyasha volteó hacia otra dirección. Estaba harto de que todo se tratara siempre de su hermano. La cortina de discusiones que sus padres causaban era perfecta para irse de allí sin ser descubierto. Todo ese teatro se le había hecho aburrido, se encaminó hacia el jardín.
— ¡Detente ahí maldito! —Le gritó Sesshomaru sin sacarle un ojo de encima. —No des un paso más. —Amenazó.
— Lo siento, es tarde. —Salió hacia la misma dirección que Kagome sin prestarle importancia a las palabras de su alterado hermano.
— ¡Inuyasha! —Se disponía a seguirlo, pero su padre lo detuvo.
— No es bueno que dos hermanos peleen por una mujer. Sólo causará miseria y dolor.
— Coincido con tu padre. No es sano. —Comentó su Irasue.
— No perderé a Kagome por sus caprichos o el de Inuyasha. Yo la amo y ella a mí. ¿Por qué debería renunciar a ella? ¡Él no la merece!
— La decisión final solo dependerá de ella. —Dijo sabiamente Irasue.
— Ella ya eligió y me escogió a mí. Por eso está aquí hoy, CONMIGO. —Recalcó esto último. —Y para su información yo ya estaba al tanto de todo lo que pasó entre Inuyasha y Kagome. Si no le recriminé nada fue porque sabía las circunstancias de por medio, no como ustedes que juzgan sin saber.
— ¡Es mucho menor que tú, es solo una chiquilla! —Gritó furioso su padre dejando de lado lo demás. — ¿Pensaste que no nos daríamos cuenta de la diferencia de edades entre ambos? ¡¿Qué sabe una niña como ella del amor?! Te tiene hipnotizado con trucos baratos. Sólo te quiere por tu dinero y es una realidad que debes afrontar. Siempre ha sido así. —Sujetó a su hijo con innecesaria fuerza de la ropa.
— No te atrevas a hablar de ella sin conocerla. —Se zafó del agarre y se dirigió corriendo al jardín. No pensaba seguir gastando palabras en oídos sordos.
Minutos antes en el jardín...
La azabache aún era un mar de lágrimas viviente. Un río caudaloso y desbordado, su agonía nunca tendría fin. Del delicado peinado que llevaba esa noche, solo quedaba el recuerdo. Al momento que salió corriendo de la casa éste se vino abajo, como una torre de naipes.
— Kagome... —La llamó Inuyasha, acercándose por detrás. Se dio vuelta al escucharlo. Su mano se movió sola hasta la cara del platinado, guiada por la rabia y la decepción. —¡¿Cómo te atreves a jugar tan sucio?!
La mejilla le ardía, el golpe había sido duro. A pesar de saber que se lo había ganado, todas sus facciones expresaban sorpresa. —Yo...
— No puedo creerlo. No tienes idea de lo importante que era esto para mí. ¿Qué intentabas demostrar? —Abrió sus brazos como si fueran alas. —¡Tú no me conoces ni la mitad de lo que piensas! —Lo señaló. —Te lo diré claro para que lo entiendas de una vez y ambos nos dejemos de estupideces...
— Espera yo...
— ¡No! No espero nada. Me dejarás hablar... —Hizo una pausa momentánea y continuó decidida a terminar. —Te quiero, reconozco eso, pero no de la forma que tú esperas. Desde el día que decidí hablarte del pasado que comparto con Sesshomaru, traté de dejarte en claro lo que sentía por él. Y aunque el maldito de tu hermano haya intentado alejarme un millón de veces... —Golpeó con suavidad el pecho del platinado con su puño. —... mientras mi cuerpo estaba contigo, mi corazón seguía en sus manos.
Inuyasha la miraba inexpresivo, atento a cada palabra. Era el final, lo presentía, la había lastimado, había ido demasiado lejos. —Inuyasha, realmente lamento que las cosas hayan sido así, pero necesito cortar definitivamente cualquier lazo contigo. —Sentenció dolida. Después de todo, perdería a alguien que, tiempo atrás, había llegado a ser su gran amigo. —Cuando te tengo cerca me siento... —buscaba las palabras justas —...ansiosa, rebelde, atrevida... tú das vuelta mi mundo, eres un huracán de emociones. Hubieses sido el chico perfecto para mí hace un tiempo atrás, pero esa persona ya no soy yo. —Dibujó una sonrisa triste. —Pronto cumpliré 18 años y necesito madurar. Tú sacas a la luz un lado de mi pasado que lucho por enterrar. No puedo seguir jugando a la niña indecisa solo por una calentura pasajera. Y antes de irme al extranjero, deseo tener el consuelo de saber que al menos hice las cosas bien. —Hubo un largo silencio.
— ¿Cómo estás tan segura de que ésta es la decisión correcta?
— No lo sé quizás no lo sea... —Sonrió. Se alejó de él. —...pero haré que valga la pena, no me arrepentiré.
— Así que ¡¿solo te irás y dejarás las cosas así?!
— Ya dije todo lo que tenía que decir.
La sujetó del brazo. — ¡No es suficiente!
— ¡Es todo lo que tengo, ya no queda nada de mí para ti! ¡Ni ahora, ni NUNCA MÁS!
— Si lo hay. —Dijo recuperando la calma.
— ¿A qué te refieres?
— Nuestra cita... —Le recordó, sonriendo de manera macabra. —Teníamos una promesa.
— "Teníamos", bien has dicho, tiempo pasado. Ya no insistas con eso. ¿Pretendes que vaya a fingir sonrisas? Aun estoy furiosa por lo que hiciste allí adentro. —Señaló la casa a sus espaldas. —Este es el final.
— No para mí. Te estaré esperando allí, tal y como pactamos. Dijiste que jamás te echabas atrás.
— Las cosas acaban de cambiar.
La miró serio, desafiándola con la mirada. —A las 9 pm. —Le dio la espalda mientras entraba a la casa nuevamente.
— No iré. ¿Me oíste Inuyasha? ¡NO IRÉ! —Él se alejaba cada vez más, no volteó a verla. —Imbécil. —Pronunció ella entre dientes.
No tardó mucho para que Sesshomaru apareciera junto a ella, por el mismo camino que acababa de recorrer Inuyasha
— ¿Cómo estás? —La abrazó en un arrebato de sentimientos.
— He tenido días mejores. —Su cercanía le reconfortaba el alma.
— Nos iremos de inmediato. Lamento que hayas tenido que pasar por todo eso.
— Presentía que algo pasaría, estoy maldita. —Intentó decir en broma. —Me iré de inmediato pero tú quédate aquí, tus padres deben querer que estés con ellos un poco más.
— Créeme, no me necesitan.
— Pero ¿y tu padre?
— No te preocupes por él, parece que ya está mejor. —La ironía en aquellas palabras pasó totalmente desapercibida por ella.
— Lo digo en serio, quédate Sessh. —Insistió.
— ¡No! Ya vámonos de aquí. —Sentenció decidido. —Saldremos por atrás. Le pediré al empleado que nos abra la puerta. Ella sonrió levemente y avanzó siguiendo sus pasos.
— ¡Sessh! —Gritó una mujer a sus espaldas, mientras corría hacia ellos a paso lento a causa de sus zapatos de tacón, que se enterraban en el césped. Con una de sus manos sostenía parte de su vestido turquesa para no pisarlo y con la otra, les hacía señas para que se detuvieran.
— ¿Ahora qué quieres, madre? —La irritación en su voz era notable.
— No seas así con ella. —Le pidió en un susurro Kagome.
— Habla rápido, porque ya nos vamos.
La mujer trataba de recuperar el oxígeno perdido. —Luego de lo que dijiste me di cuenta de que "tal vez" tu padre y yo nos equivocamos un poco. Lo siento, hijo. Si Kagome es la mujer que te hace feliz, siempre contarán con nuestro apoyo incondicional, por lo menos de mi parte. —Sonrió con sinceridad.
De cierto modo ya no estaba tan enojado. Suspiró. — Gracias. —Susurró débilmente.
— Eso sí... tu padre es otro tema. Ya lo conoces, cuando se le mete una idea en la cabeza ya nada lo puede hacer cambiar de opinión. Intentaré convencerlo, una buena copa de vino ayudará. — Les guiñó un ojo en complicidad. Aquello hizo sonreír a Sesshomaru. —Me encantaría que volvieran a venir en otra ocasión. La próxima, prometo que será menos dramática y llegaremos a cenar, ya que hoy no pudimos. —Les recordó apenada.
— No lo sé, no creo que sea buena idea.
— No me contradigas, jovencito. —Lo regañó tirando de su oreja.
— ¡Madre! —Reprochó avergonzado.
Ellos dos sí que parecían unidos, observó la azabache. —Volverá. —Le aseguró sonriendo Kagome. —Él volverá a visitarlos. —Casi sonaba como una promesa.
— Tú también Kagome. Ya te habrás dado cuenta que el "trío Taisho" no es fácil, pero si estás lista para lidiar con ellos entonces... ¡bienvenida a la familia! —Se sorprendió al oír aquellas palabras, eran dulces melodías para sus oídos. — Y en cuento a tu padre y tu hermano... no te preocupes. Desempolvaré el látigo del sótano. Si es necesario regresaré a mi época de BDSM y les enseñaré a comportarse.
— No creo que eso vaya a ser necesario. —Respondió avergonzado de las declaraciones de su madre.
Kagome dejó escapar una carcajada incrédula. —Lo dices como si ella estuviera hablando en serio. —Su sonrisa se tornó un gesto preocupante al percibir el semblante serio de Sesshomaru. — ¿Es una broma, verdad? —Lo interrogó.
— Ehhhh...bueno —No respondió.
— Todos tenemos nuestros secretos, querida. —Le guiñó un ojo. —Tal vez algún día, te enseñe un par de trucos Kagome... —Fue interrumpida por un grito desesperado de su hijo.
— ¡Nos vamos! Adiós mamá. —Cargó a Kagome entre sus brazos, para luego huir corriendo.
— Fue un gusto, Señora Taisho. —Se despidió mientras era secuestrada por su veloz amante. —Irasue los despidió con una sonrisa tierna desde la puerta trasera del jardín.
Afuera de la residencia...
— Estuvo cerca. —Respiró aliviado. —Mi madre y sus ocurrencias. —Se sentía avergonzado.
— Nunca usé un látigo. —Dijo gustosa de la idea, mientras jugaba con el cinturón de su vestido como si fuera uno.
— Tú no, por favor. —Suplicó aterrado por la idea.
— Estoy bromeando, amor. —Lo besó.
— Harás que mi corazón se detenga.
Kagome rió. Ahora conocía el punto débil de su amado. — ¿Y ahora qué? —Le sujetó la mano. Ambos comenzaron a caminar en dirección al auto.
— Si quieres vamos a casa y pedimos algo. Podemos ver una película mientras cenamos.
— Nooo. —Dijo en tono de queja. —Pocas veces puedo usar un vestido como este. Quiero que salgamos a algún lado. —Sus manos se movían juntas hacia adelante y atrás mientras caminaban. —¡YA SÉ! —Gritó sonriendo.
— Definitivamente me dará un ataque. —Tocó su pecho.
— ¡Vayamos a un club!
— ¿Un club?
— ¡Sí! Club, discoteca, antro... como quieras llamarlo. Hace tanto que no voy a uno.
— No sé, Kagome. No creo que un antro sea mi ambiente.
— ¿Eso es un no? —Dijo desilusionada.
Notó la repentina mirada desganada de su compañera. —Supongo que si es por un rato estará bien. —La complació.
Sonrió ampliamente. —Gracias, amor. Ahora ven aquí. —Llevó sus manos hasta el cabello plateado de Sessh.
— ¿Qué harás? — Sujetó todo su cabello y lo dividió en tres para trenzarlo. Prosiguió con su ropa. Le quitó la corbata. — ¿Vas a desnudarme? —Interrogó sonriendo, mientras ella, proseguía con su saco.
— Eres un chico ansioso. —Rió dulcemente. —Y por último, tu camisa. —Desprendió los primeros tres botones de arriba. Luego deslizó las manos hasta la cintura del ambarino y tiró de su camisa, dejándola por fuera del pantalón. —Así está mejor. — Dejaron las cosas innecesarias en el auto y emprendieron viaje a un club bien conocido por la azabache.
— ¿No hubiera sido mejor cenar algo primero? Podemos volver después. —Preguntó en cuanto llegaron a la entrada. No estaba 100% convencido de entrar. Estas cosas ya no eran su estilo.
— No te arrepientas ahora. —Sujetó su mano con firmeza y se acercó a su oído. —Si te da hambre...dejaré que me comas. —Le susurró. La piel de Sesshomaru se erizó al sentir el calor de la respiración de Kagome.
— Tardaremos una vida en poder entar. —La final llegaba hasta la otra cuadra.
— Tengo mis contactos, cariño. —Le guiñó un ojo. Enseguida se salieron de la final y se hicieron paso hasta la entrada. Detrás de ellos se oían las quejas de las demás personas. La azabache los ignoró. —¡Myoga! —Le sonrió feliz al hombre que custodiaba la entrada del club.
— ¡Miren nada más y nada menos! Mi bella Rose. —La abrazó fraternalmente. —Muchacha hace tanto tiempo que no venías por aquí.
"¿Rose?" Pensó Sesshomaru. Era la primera vez que escuchaba eso.
— Ya lo sé. Mi vida ha cambiada tanto Myoga, que ni te imaginas. —Señaló con la mirada a Sessh.
— ¿Él? —Se cruzó de brazos y lo observó críticamente con una ceja levantada.
— Anda Myoga. No lo mires así, es algo tímido. —Se bufó divertida.
— No parece de los de tu tipo.
— Es verdad, es un hombre completamente diferentes. Me encanta. Lo nuestro es más que un simple romance. —Le confesó a su viejo amigo y consejero.
— En ese caso, me alegra verte feliz, Rose. —Sonrió. —Pueden pasar. —Se hizo a un lado dejando el camino libre para que entrasen. Se despidió de la azabache con otro abrazo.
Atravesaron un largo pasillo, con escasa luz que iba desde la puerta de entrada hasta el salón principal. — "¿Rose?" —Interrogó Sesshomaru.
— Black Rose, así me conocen por aquí. Casi nadie sabe mi verdadero nombre. —Explicó mientras intentaba esquivar a las personas que se interponían. —¿Qué te parece el ambiente? Estoy segura de que te acostumbrarás pronto. — Divisó el final del pasillo y la emoción la llevó inconscientemente a apresurar el paso, perdiéndose de la vista de Sesshomaru debido a la multitud.
— ¡Espera, Kagome! — ¿Quién sabe cuánta gente había ahí adentro? No quería perderla.
Corrió por donde ella había pasado. Tras salir del interminable pasillo las luces LED lo obligaron a entrecerrar los ojos. El lugar estaba repleto, ni con suerte se salvaba de los empujones que recibía a cada lado de su cuerpo. Llamó a la azabache a gritos mientras avanzaba entre las personas, pero la música era más fuerte, opacaba cada palabra que él pronunciaba. Maldijo por sus adentros. Recién llegaba y ya quería irse al diablo de allí. Sin duda este era un mundo completamente desconocido para él y ahora estaba atrapado.
Continuará...
