El pelinegro marcaba el paso firme con un destino claro y un futuro incierto. ¿No sería demasiada imaginación de su parte pensar que Kagome podía llegar a ser su... hermana? Hasta donde él sabía no tenía ninguna hermana y mucho menos una perdida al otro lado del mundo, pero estaba casi seguro que el hombre de la foto, que ahora llevaba en las manos, era su padre. Claro que los años habían hecho lo suyo, pero aún se podían identificar claros rasgos característicos de él.
Cruzó el campus corriendo, llegó a la puerta de entrada del edificio donde se encontraba, la Dirección. Miró hacia arriba desde donde estaba, podía distinguir la clara silueta de su padre que se acercaba a la amplia ventana del último piso. Ahí se quedó por unos segundos, observando como su padre parecía hablar con alguien a sus espaldas.

Se alejó de la ventana, escapando de la vista de su inquieto hijo. Souta respiró intensamente, intentando no alterarse, recuperando la calma y su apresurada respiración por la corrida. Una vez tranquilo, entró al edificio y subió en el ascensor hasta el último piso. Allí la secretaria de su padre lo recibió con una cálida sonrisa. Sonrisa que él, solo por educación, devolvió falsamente. Preguntó por "El Director" como lo llamaba frente a otros en el colegio, la mujer le informó que tendría que esperar unos minutos ya que estaba en una reunión.
No demoró mucho tiempo para que su padre desocupara el despacho y lo invitase a pasar. Siempre era una gran alegría para él ver a su predilecto y adorado hijo, al cual recibió con un fuerte abrazo. Pese al gesto de cariño, la cara de decepción del chico era demasiada como para ser ignorada por su padre.

— ¿Qué ocurre Souta? ¿Por qué traes semejante cara?

— Director...

— ¿Director? estamos solos, no necesitas llamarme así aquí. Soy tu padre, por dios santo. —Le dio la espalda.

— Padre... —Rectificó— Tengo algo importante que preguntarte.

— ¿Qué te tiene tan inquieto? —Souta sacó del bolsillo del pantalón la foto y luego se la enseñó a su padre sin decir palabra. —Se parece mucho a mí. —Dijo desinteresadamente luego de varios minutos de observar aquella fotografía, pero en realidad estaba eligiendo con cuidado sus palabras.

— ¿"Se parece"? Ese hombre eres tú.

— Te aseguro que no. —Le devolvió la foto. Su hijo la cogió y no dejó de mirarlo con desconfianza. — ¿De dónde la sacaste, Souta? —Preguntó mientras estudiaba las facciones del pelinegro. Un poco molesto tal vez.

— Es de una amiga... su nombre es Kagome. ¿Te suena? —Dijo sarcástico.

Se hizo el desentendido. —Ni un poco. —Negó. Comenzó a caminar por la habitación. — ¿Por qué suponías que una amiga tuya tendría una foto mía? Y tan vieja además. —Preguntó riendo.

— No lo sé, tal vez sea que... —Se calló en cuanto vio a su padre girar sobre sus talones y clavarle una mirada de sentencia.

— Continúa... —Lo retó a continuar... si es que se atrevía.

Suaves golpes se escucharon desde el otro lado de la puerta. La secretaria tocaba pidiendo permiso. Oportuno momento.

— Pasa. —Dijo el Director.

— Lamento interrumpir Señor Muso, pero tiene una llamada de su esposa.

— Transfiere la llamada, gracias. —La muchacha desapareció tras escuchar la orden de su jefe.

— Ya me voy. —Anunció Souta.

— Esa amiga tuya ¿estudia aquí?

— ¿Por qué el repentino interés?

— Simple curiosidad. —Guardó las manos en los bolsillos de su pantalón.

— No hagas esperar a tu esposa o podría enojarse.

— Descuida, conozco a tu madre. —Sonrió.

Se disponía a irse, pero antes de salir por la puerta se detuvo en seco. Sin voltear. —Ella está aquí, y busca a su padre. —Tiró la foto al suelo, a los pies de Muso. Este último se inclinó a recogerla.

— Haz lo que quieras con ella... solo es una copia de la original.

— Souta espera... —Intentó detenerlo pero el chico ya había salido azotando la puerta con su partida. Sabía que su hijo no era tonto, pero no estaba listo para tener esta conversación con él aún.

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En casa de los Taisho.

— Hijo, tu amiga está aquí. La haré pasar. —Anunció Irasue desde el otro lado de la puerta del cuarto del Inuyasha.

— ¡No, espera! —Gritó al mismo tiempo que intentaba esconder debajo de la cama la maleta que preparaba antes de que la morocha entrase en su habitación.

— Ni intentes esconderlo. Sé lo que harás. —Amenazó Sango con postura firme a espaldas de Inuyasha.

— En ese caso... ¿Qué necesito hacer para comprar tu silencio? —Se acercó a ella amenazante.

— Si me llevas contigo prometo hacer un intento para no decir nada.

— ¿Acaso piensas que soy una empresa de turismo o algo así?

Sango arqueó una ceja. —Estoy segura de que a tu hermano le encantará saber de tu viajecito a Italia. —Se cruzó de brazos al mismo tiempo que desviaba la mirada a sus perfectamente arregladas uñas.

Nunca había permitido que lo chantajearan, pero esta vez sentía que tenía la cuerda al cuello. —Bien. —Respondió frustrado finalmente, entre dientes.

— ¡Sí! —Gritó emocionada. —Sabes... eres demasiado transparente cuando se trata de Kagome.

— Cállate, Sango. —Sonrojado.

— Aun después de saber que ella no te dará ni la hora.

— No espero nada, pero la extraño muchísimo y quiero verla.

— ¿Cuándo nos vamos? —Sonrió.

— Digamos que si no te apuras, te perderás el viaje. —Rió al ver la cara de desconcierto de la muchacha.

— ¡¿Qué?! ¡Iré a preparar el bolso! — Desapareció en un instante.

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En la oficina del Director, Italia.

— Yura, necesito que hagas algo por mí. —Se dirigió a su joven secretaria.

— ¿Qué necesita, Señor?

— Que busques entre los registros del colegio un nombre. —La muchacha de cabello corto asintió, era tarea fácil. —De más está decir que también requiero de tu completa discreción.

— Claro, cuente conmigo. ¿A quién debo buscar?

— Kagome.

— ¿Apellido?

Permaneció en silencio unos momentos rebuscando en su memoria y como una luz que se enciende en medio de un camino oscuro lo recordó. —Higurashi. Intenta con ese y luego me dices que encuentras.

— ¿Qué es lo que debo buscar exactamente, Señor?

— Todo. Absolutamente todo.

La joven no tardó ni un minuto en sumergirse en su nueva labor. Sus manos se deslizaban a través de las teclas del ordenador y sus ojos permanecían fijos en la pantalla. Muso dio la vuelta hacia su oficina para dejar a la eficaz muchacha trabajar en paz, cuando de improvisto ella lo interrumpió evitando que continuara su marcha.

— La encontré. Higurashi Kagome, tiene 18 años, llegó a Italia gracias a una beca de un programa de intercambio estudiantil. Lleva aquí poco más de 3 meses, desde finales del año pasado. Su madre, Naomi Higurashi, consintió el viaje. No hay registros del padre.

Naomi. —Recordó y una ola de nostálgica lo arrastró mar adentro en sus recuerdos.

— Reside en la habitación n° 30, Ala Oeste. Su compañero de cuarto es... —La mujer hizo una pausa para confirmar lo que veía.

— ¿Quién es, Yura?

— Su hijo, Señor... —Le confesó, mientras dejaba de ver la pantalla y dirigía la mirada a la de su jefe.

Con que así lo supiste. —Pensó.

— Será que el joven Souta se enamoró de esta chica. ¿Por eso quiere saber de ella señor? — interrogó inocentemente la muchacha, recordando sus tiempos de estudiante.

La mirada de Muso palideció ante el comentario. —Jamás permitiría eso. —La preocupación lo consumió. Tendría que enfrentar el asunto más rápido de lo que pensaba. —Gracias, Yura.

Muso se retiró de la oficina y luego del edificio. Se subió al auto y dirigió a un lugar. ¿Cómo había podido el destino jugarle tan sucia pasada? Sin previo aviso tendría que dar aquellas explicaciones que pospuesto durante tanto tiempo a su nueva familia.

¿Cómo miraría a Souta a la cara y le diría que había abandonado a su hija y esposa? Esa era la explicación corta, esperaba tener la oportunidad de explicar sus razones, aunque eran imposibles de justificar. Tendría que haber regresado por ellas, por aquella niña a la que tanto había amado, pero simplemente no pudo. Había sido demasiado cobarde por aquel entonces.

Le había mentido a Souta sobre la foto momentos antes, había intentando evitarle la pena y la decepción, pero bajo ninguna circunstancia podía permitir que... sus dos hijos llegaran a enamorarse. Era un pecado del que sería culpable si no lo impedía. Souta nunca se había mostrado muy interesado en las relaciones amorosas, pero eso no dudaría para siempre.

Al entrar por la puerta de su hogar la empleada doméstica le recibió el abrigo y le chismorreó que su hijo estaba en la casa y de malhumor. Sin dar más explicaciones volvió a colocarse el abrigo y se marchó, no sin antes advertirle a su trabajadora que olvidara que lo había visto llegar.

Con su hijo en la casa era una buena oportunidad para reencontrarse a solas con su pasado. Un pasado con nombre y apellido.

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La azabache acomodaba algunas cosas, tras la repentina ausencia de su compañero tenía la habitación para ella sola todo el fin de semana. Acababa de sacarse los auriculares de los oídos cuando escuchó que llamaban a la puerta. Seguro era Souta que había olvidado sus llaves, pensó, pero no se trataba de él. Un hombre alto y de facciones apacibles la observaba desde el otro lado de la puerta. A pesar de sus años y lo desarreglado de su cabello era una persona apuesta.

Ella sonrió y lo saludó amablemente. Él le pidió permiso para entrar, y al recibir una positiva de parte de ella, se hizo paso en la confortable habitación.

— ¿Eres Kagome? —Preguntó con cierto rastro de nerviosismo en la voz.

— ¡Habla español! —Se sorprendió gratamente. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que escuchó a alguien hablar algo que no fuera italiano. —Sí, soy yo. —confirmó su identidad. —¿En qué puedo ayudarlo? —Volvió a regalarle una dulce sonrisa.

Él sacó del bolsillo interior de su saco la copia de la foto que Souta le había dado. Ella la observó y luego subió la mirada hasta los ojos azul profundo que la penetraban con la misma intensidad que su alma se estrujaba. Sintió que las piernas le flaqueaban de la impresión. Muso la sujetó para que no cayera. Ella se alejó al instante. Había logrado reconocer esa mirada. Él no era cualquier persona, era la persona que ella había estado buscando los últimos 3 meses.

Se tomó unos minutos para examinarlo. Tragó en seco, se le acababa de formar un nudo en boca del estómago. Se acercó a él, un paso a la vez y llevó su mano hasta su mejilla, necesitaba estar segura.

— ¿Realmente eres tú? —Preguntó al borde de las lágrimas.

— Soy yo, hija. —Confirmó poniendo su mano sobre la de ella, intentando darle alguna seguridad.

Vaciló entre abrazarlo o abofetearlo fuerte en la cara, pero el anhelo de su cariño era más fuerte que cualquier rencor. —No lo puedo creer. —Sonrió, mientras él le ofrecía un pañuelo para secar sus lágrimas. — ¿Cómo me encontraste?

Ignoró su pregunta y sujetó las manos de ella entre las suyas. — ¿Algún día podrás perdonarme, Kagome? —Sus palabras parecían sinceras.

— ¿Pero qué pasó? ¿Por qué te fuiste? —exigió respuestas.

— ¿Naomi nunca te lo dijo?

— Ella jamás volvió a hablar de ti.

— No la culpo, comenzó a odiarme desde el primer momento en el que le dije que me iría. —Liberó las manos de la azabache.

— Quiero saber la verdad. Quiero saber qué pasó, por qué te fuiste.

— Y lo sabrás, pero no aquí, no ahora.

— ¿¡Cuándo!? No quiero que vuelvas a desaparecer antes de que respondas a mis preguntas.

— No desapareceré, lo juro.

— ¿Cómo puedo confiar en ti?

— Hija... —Al segundo se arrepintió por llamarla así. — ¿Puedo decirte así?

— Si tu conciencia te lo permite. — Se sentía molesta, a la defensiva. No quería darle a ese hombre la oportunidad de lastimarla nuevamente.

— Hija... —Repitió con seguridad en la voz. —Prometo que no desapareceré, tengo una vida aquí y asumiré mis responsabilidades, tienes mi palabra.

— ¿"Una vida aquí"? ¿Tienes otra familia? ¿Una esposa? —Dijo miedosa. — ¿¡Hijos!? —La idea la aterrorizaba. Era lógico que después de tanto tiempo él rehiciera su vida, pero la idea la perturbaba por obvias razones. Sentía que la había cambiado por algo mucho mejor.

— Este no es lugar para discutir esos asuntos. Hay un restaurante afuera del campus, cerca de la entrada. Búscame allí mañana, almorzaremos juntos. —Ella recibió el papel que él le ofrecía con la dirección del lugar. — Si te pierdes llámame al número del reverso de la hoja. Se acercó a la puerta.

— ¿Ya te vas?

— Lo siento si no dispongo de más tiempo para ti ahora, pero no eres la única a la que le debo explicaciones.

— ¿¡Necesitas más tiempo!? ¿15 años no fueron suficientes?

— Kagome...

— Tienes razón, vete. —Se dirigió a la puerta y la abrió, dándole a entender que la conversación había terminado.

— Lamento si no soy lo que esperabas encontrar.

— No es eso. —Se abrazó a sí misma con la mirada cabizbaja.

— Te veré mañana. ¿Verdad?

— Allí estaré. —Le aseguró luego de unos minutos de suspenso.

Antes de irse, volvió a dirigirle una última mirada. —Sé que es mucho pedir pero no le menciones a nadie que he estado aquí. —Ella iba a protestar, pero él no le dio tiempo a hablar. —Te lo explicaré mañana. Hay una buena razón.

— Bien. —Aceptó sin más preguntas.

— Casi se me olvidaba, esto es para ti. —Le dio una pequeña bolsa dorada adornada con una cinta rosa. —Eran tus favoritos de pequeña, espero que aún te gusten. —Sonrió mientras ella aceptaba el pequeño obsequio. —Descansa Kagome. —Dicho esto último se marchó.

Tras la lluvia de emociones que amenazaba con volcar su corazón, Kagome respiró profundo y se convenció de que no estaba soñando. Abrió la pequeña bolsa que acababa de recibir dejando caer al suelo la cinta rosa. Se inclinó intentando ver que había adentro, aventuró su mano para descubrirlo. Eran caramelos en forma de estrella, tal y como ella los recordaba de pequeña. El sabor era el mismo, una ola de nostalgia la golpeó. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Se transportó a aquellos tiempos en los que era una dulce e inocente niña de tan solo tres años. Sin embargo, pese al bello recuerdo no pudo evitar que la preocupación le invadiera el pecho. ¿Podía confiar en ese hombre?

Continuará...