Kagome cerró los ojos tratando de conciliar el sueño una vez más, pero al igual que las veces anteriores fue en vano. Horas antes había recibido una llamada de Souta, avisándole que pasaría el fin de semana en casa de su familia por lo que estaría sola. Volvió a cerrar los ojos, y por un instante creyó haber conseguido volar en brazos de Morfeo, pero un sonido recurrente y constante no la dejaba dormir en paz. Se levantó en medio de la oscuridad, un leve destello de luz de luna iluminaba tenuemente el lugar. Tok Tok. Ahí estaba otra vez, ese molesto ruido. Bajó ambos pies de la cama y se dirigió a la pequeña cocina-comedor dispuesta a saber qué era y de dónde provenía.
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— ¿Es aquí? ¿Estás segura? —Interrogó impaciente el platinado.
— Claro que no. Pero ya hemos revisado 10 habitaciones antes que esta, se podría decir que estamos más cerca de dar con la correcta.
— ¡No podemos despertar a todo el edificio! ¡Dijiste que sabías dónde era! —Le gritó a la morena.
— Ya cállate, tus gritos son los que despiertan a todo el mundo.
Kagome pudo escuchar todo el alboroto del otro lado de la puerta de su habitación. Esas voces, solo podían ser de dos personas. Se apresuró a llegar hasta la puerta. El corazón le saltaba del pecho y las manos le temblaban lo que le impedía girar la llave de la puerta con normalidad. Logró girar la llave, la puerta se abrió y tras de ella encontró a sus dos grandes amigos. Los abrazó antes de que ellos pudieran reconocerla por completo.
— ¡No me lo creo! No lo creo. —Saltaba llorando de la emoción la azabache.
— Llevamos un largo tiempo buscándote. —Dijo Sango mientras se aferraba fuerte a su amiga. — Se supone que sería una sorpresa, pero perdimos el número de tu habitación.
— Vaya, sí que es una sorpresa y muy grata además. —Se separó de ellos. —Entren antes de que alguien nos regañe.
— Si eso ocurre será pura y exclusivamente culpa de Sango.
— Cállate, Inuyasha. —Lo empujó la aludida dejándolo afuera. Cerró la puerta con seguro.
— ¡Sango! Si no me abres regresarás a casa nadando. ¿Me oíste?
Kagome abrió nuevamente la puerta y le regaló una dulce sonrisa que lo tranquilizó. —Deja de gritar TONTO.
— ¡Pero Kagome!
Lo sujetó de la camisa y lo condujo hacia adentro. —Shhhhh —Dijo tan cerca de él que podía sentir su respiración. Se apartó al instante.
— Hay tanto que quiero contarte, Kagome. —Sango capturó por completo su atención.
— Ya lo imagino. —Sonrió ansiosa.
— ¿Por qué no has llamado? —Interrogó preocupada.
— Fue una semana dura de exámenes. Por suerte terminó. —Dijo aliviada Kagome.
— Pensamos que algo andaba mal. —Agregó Inuyasha.
— Hasta Sesshomaru se notaba ansioso. —Comentó la morena.
Una mirada triste se dibujó en su rostro luego de oír aquel nombre. Inuyasha le arrojó su abrigo a la cara. —Deja de hacer esa cara, tonta.
— Alguien está celoso. —Pronunció en un suave susurro Sango.
— Claro que no. —Negó al instante.
— Claro que sí. —Le enseñó la lengua.
— Es un idiota. —Lo fulminó con la mirada Kagome, luego de hacer a un lado el abrigo de su cara.
Luego de una larga charla entre risas y nostalgia el sueño finalmente venció con ellos. Habían acordado que Sango dormiría en la cama de Souta, Inuyasha en el sofá y Kagome en su cama habitual.
Luego de apagar las luces y pensar que ambas chicas estarían completamente dormidas Inuyasha se levantó del sofá y se dirigió hasta la habitación. Sin arriesgarse a encender la luz caminó con sigilo hasta dar con el borde de la cama de Kagome. Levantó las sábanas suavemente y se acurrucó detrás de ella, abrazándola por la cintura. Con su cometido cumplido y una amplia sonrisa, cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño.
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A la Mañana siguiente, Café Maid.
La mañana había amanecido calurosa, el joven de cabello plateado y ojos miel se encontraba sentado sin compañía en el café que visitaba con recurrencia tras la partida de Kagome.
— Señorita... —Se dirigió a la mesera. —Me gustaría pedirle un café y...
— ...una porción de cheesecake. —Adivinó ella regalándole una sonrisa.
— Eso mismo. —Se sorprendió. — ¿Cómo...?
— ¿...lo sabía? —Volvió a robarle las palabras de la boca. —Es lo que me ha pedido cada vez que viene aquí, señor. — Él no pronunció palabra, se quedó perdido en su brillante sonrisa. —Me llamo Rin. —Se presentó extendiéndole la mano.
Correspondió de igual manera. —Es un placer, mi nombre es Sesshomaru.
— No olvidaré su nombre, señor Sesshomaru. —Era evidente el tono de interés en su voz. Mientras se alejaba en busca de la orden deslizó sutilmente sus dedos por la parte trasera del cuello del platinado.
Una corriente eléctrica parecida a un escalofrío le recorrió el cuerpo entero, habían pasado meses desde la última vez que experimentó algo parecido en la piel. Luego de entender lo que estaba pasando sintió la imperiosa necesidad de huir, sin embargo no lo hizo. Rin regresó momentos después y sin emitir comentario se limitó a dejar el desayuno sobre la mesa. No apartó ni por un instante la mirada de los ojos de Sesshomaru. Éste devoró ferozmente el cheescake, pagó la cuenta y salió del Café casi al galope. Subió a su auto y emprendió viaje rumbo a la universidad.
Necesitaba escuchar la voz de Kagome, sin embargo ella no contestó. Se sintió un idiota por dejarse tentar con un simple gesto de otra mujer. Deshizo de la mente los pensamientos molestos y se concentró en planificar el día que tenía por delante.
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En Italia.
Kagome se despertó casi de mediodía, justo a tiempo para el encuentro con su padre. Tras la agitada noche había olvidado poner alguna alarma. Salió de la habitación evitando hacer ruidos para no despertar a Sango. Llegó hasta el comedor y se sorprendió de no ver a Inuyasha durmiendo en el sofá. Pensó que tal vez había salido a comprar algo por ahí. Se vistió con un vestido turquesa y unas sandalias blancas. Recogió su cabello en una cola alta y repitió frente al espejo del baño varias de las preguntas que tenía pensado hacerle a su padre. Antes de irse dejó una nota sobre la mesa dirigida a sus amigos diciéndoles que regresaría hasta después del almuerzo. Luego de eso salió con prisas, temerosa de no llegar a tiempo.
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En casa de los Taisho.
— Hijo, me alegra que decidieras venir visitarnos. —Comentó Irasue durante el almuerzo.
— Concuerdo con tu madre.
— Necesitaba despejar la mente. —Confesó Sesshomaru e intentó no volver a recordar lo de esa mañana en el café.
— Ahora que Inuyasha no está en la casa se siente todo tan silencioso.
— ¿Y a dónde fue ahora? —Interrogó mientras bebía un sorbo de vino.
— ¿No te lo dijo? —Irasue miró a su esposo. Parecían compartir el presentimiento, porque él hizo lo mismo. Ambos rieron incómodos.
Sesshomaru alzó una ceja intrigado. — Por qué no me dicen que sucede, en lugar reír como tontos.
— Tu hermano viajó a Italia. —Le confesó Inu no Taisho sin rodeos.
— ¡¿Qué?! —Se puso de pie y la silla cayó hacia atrás.
— Sabía que esto pasaría. —Le susurró a su esposo.
— No se podía evitar. —Dijo de igual forma. Cortó un trozo de carne y se lo llevó a la boca como si nada pasara. Sesshomaru buscó su abrigo y se dirigió a la salida.
— ¡¿A dónde vas?! —Lo siguió por toda la casa su madre.
Se detuvo en seco tras llegar a la puerta. Volteó en dirección a Irasue. —Sabes perfectamente a donde voy.
Su madre suspiró. —Saluda a tu hermano de mi parte y no peleen.
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En Italia.
La luz se filtraba por las rendijas de la ventana desde algunas horas. Inuyasha despertó tras sentir que el sueño abandonaba su cuerpo. Abrió los ojos despacio y se vio aún abrazado a la azabache. Sonrió por conseguir llevar a cabo su travesura. Sentía el calor de su cuerpo junto al suyo, le acarició el cabello suavemente, pero en lugar de los tan suaves y amados mechones negros como la noche de los que Kagome era dueña, se encontró con un tono color chocolate.
Se dio cuenta de su gran error tarde por desgracia. Se había metido a la cama equivocada. Sango se dio vuelta chocando con su mirada.
— ¿¡QUÉ DIABLOS HACES!? —Gritó empujándolo de la cama.
— Y-Yo pensé que eras Kagome. —Se justificó desde el suelo.
— ¡Kagome está en aquella cama, imbécil! —Señaló la cama en dirección opuesta a la de ella. Ambos voltearon a ver, pero la aludida no estaba.
— ¿Dónde está? —Se puso de pie Inuyasha.
— ¿Cómo podría saberlo? Acabo de despertar... y junto a un depravado. —Agregó esto último en un tono más sutil. —Jamás te creí capaz de meterte a la cama de Kagome. Ya hasta te pareces a Miroku.
— Yo no...
— ¡Ni lo niegues! Ya lo confesaste. —Y como un rayo, una disparatada idea cruzó su mente. —Espera... ¿no me digas, tú y Kagome... son... amantes? —Sintió lástima por el pobre de Sesshomaru que se encontraba a miles de millas de distancia.
— ¡Claro que no! Solo somos amigos.
Sango lo miró desconfiada. —¿Y por qué harías esto si solo fueran amigos?
—No lo sé, solo se me ocurrió.
—Tal vez solo sea mi imaginación. —Se convenció a sí misma.
— ¿Dónde está Kagome? —Insistió. Se dirigió a inspeccionar el resto de cuartos de la habitación. —Dejó una nota. —Le informó a Sango. —Dice que no regresará hasta dentro de unas horas. Fehh que ingrata y nosotros que vinimos a visitarla desde tan lejos.
— Apostaría que se trata de algo muy importante.
— Aun así. —Apretó entre sus manos la nota.
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Kagome entró al extravagante restaurante casi corriendo. Su padre la esperaba en una de las mesas más alejadas. Se puso de pie en cuanto la vio llegar.
— Realmente lo lamento. —Se disculpó por la demora.
— No hay cuidado. Estás muy bella, por cierto. —Apartó la silla para que ella tomara asiento.
— Gracias. —Sonrió, mientras apartaba un mechón de cabello de su rostro.
— Bueno, vayamos directo al punto. —Deslizó la servilleta hasta su regazo. —Supongo que tienes muchas preguntas.
Kagome se sorprendió ante la actitud tan abierta de él. —Sí... sí, no sé por dónde empezar. —Los nervios le jugaban en contra y todas las preguntas que había pensado tan cuidadosamente se desvanecieron de su mente.
Muso notó eso y tomó la iniciativa en la conversación. —Hay una razón por la cual me fui. No es algo que decidí de la noche a la mañana.
— Bien, te escucho.
— Por ese entonces, cuando tú tenías casi tres o cuatro años tu madre estudiaba de residente en un hospital, dependíamos enteramente del dinero de mi trabajo.
— Ella aún trabaja allí, ahora es jefa de enfermeras.
— Veo que logró lo que quería. Como sea, en ese entonces mi trabajo pendía de un hilo. Estaban haciendo recortes de presupuesto y mis opciones eran ser trasladado o que me despidieran. No podía darme el lujo de perder mi empleo y cuando le comenté la posibilidad de ser trasladado a otro sitio tu madre enfureció. Ella no quería renunciar a su residencia en ese hospital y tener que empezar de nuevo en otro. Le dije que en ese caso podía viajar solo y enviarles dinero desde el extranjero. Cuando tu madre lograra graduarse podía viajar a donde yo estuviera o yo buscaría un nuevo trabajo, pero no logré convencerla. Esa misma noche tiró mis cosas afuera de la casa y me gritó que no volviera. Recogí lo que pude y me marché.
— ¿Solo así? ¡¿Solo te fuiste?! ¿Qué hay de tu hija? ¿De hay mí?
— Dejarte fue lo más duro, pero llevarte conmigo no era una opción, Kagome. Jamás podría cuidarte solo, además tu madre no lo hubiera permitido. Pensé que dejarte con ella era lo mejor.
— Entonces solo te fuiste...
— No creía que me enviaran tan lejos, pero como le prometí a Naomi cada mes les enviaba el dinero que ganaba. Tú madre me regresó cada centavo. No quiso volver a saber de mí.
— ¿Intentas decirme que fue culpa de mi madre?
— Claro que no. —La mesera llegó y tomó la orden de ambos. Disolviendo la tensión por un momento. — Luego de dos años me promovieron y logré recaudar suficiente dinero para regresar, pero simplemente no pude.
— ¿No pudiste?
— No encontré el coraje para enfrentar a tu madre. Además... —Hizo una larga pausa.
— ¡Habla de una vez!
— Además conocí a una mujer aquí. Una mujer de la cual me enamoré perdidamente. Lo siento si esto te lastima.
— Ya lo imaginaba. —Su visión se hizo difusa a causa de las lágrimas. No lograba descifrar si era por el abandono de su padre o por el hecho de sentirse reemplazada por otra familia.
— Por favor, Kagome, no llores.
Se levantó del asiento y secó bruscamente sus ojos. —Mientras tú vivías tu vida feliz y jugabas a la casita perfecta. Mi vida... —Se golpeó con furia el pecho. —...se volvía un infierno. Naraku hizo mi vida una tortura.
— ¿Quién es Naraku? —Se incorporó.
— El nuevo esposo de mi madre. —Dijo con asco.
— ¿Ese hombre te hizo algo? —Horrorizado ante la idea.
— Crecí rodeada de sus insultos y maltratos.
— Por dios, yo jamás pensé que...
— Pensar es algo que usted no hace con mucha frecuencia, Señor. —Buscó sus cosas con la intención de marcharse.
— No te vayas... —La detuvo.
— ¿Para qué me quedaría?
Muso se acercó a ella. —Lamento todo lo que pasó, no puedo volver el tiempo atrás...
— Claro que no puedes.
— Pero 15 años no se comparan con toda una vida. Podemos empezar de nuevo.
— Pero esos 15 años de ausencia fueron en los que más necesité un padre a mi lado. Ya no te necesito, tengo 18 años ahora, soy una adulta. —Se disponía a irse, pero él la detuvo sujetándola del brazo.
— Yo te necesito. Quiero saber todo de ti. —La miró a los ojos fijamente.
Algo en su interior pareció destruirse. —Ya debo irme. Mis amigos me esperan.
— Está bien, está bien. —Sabía que no debía presionarla. —Déjame llevarte hasta donde quieras.
— Gracias pero no hace falta.
— Insisto.
Muso pagó por los servicios en el restaurante aunque fueron pocos ya que salieron antes de que la comida pudiera llegar a su mesa. Él la guió hasta su auto. Kagome se sorprendió al ver el modelo que él conducía. No era amante de los vehículos pero podía distinguir un buen auto cuando lo veía. ¿Era su padre alguien con dinero, ahora? De todos modos, eso no le interesaba.
Él le abrió la puerta y ella tomó asiento. Le pidió que la acercara hasta el campus, pero en vez de eso, fueron en dirección contraria.
— ¿A dónde vamos? —Desconfiada.
— Ya lo verás. Te daré algo que te pertenece, Kagome.
— ¿A qué te refieres?
— Solo dame una oportunidad. —Condujo hasta la entrada de un gigantesco banco.
— ¿Qué hacemos aquí? Yo no quiero tu dinero si eso pretendes. —Se sintió ofendida, ni todo el dinero del mundo podría comprar el perdón o el amor de una persona.
— No es "mi" dinero.
— ¿Y entonces?
— Es tuyo. —Kagome lo miró desconcertada. No entendía. ¿A caso había enloquecido? —Luego de que tu madre me regresara todo el dinero que yo le enviaba, vine al banco y abrí una cuenta a tu nombre.
— ¿¡A mi nombre?!
— Fue lo primero que se me ocurrió. Además era lo menos que podía hacer. —Bajaron del auto y entraron al antiquísimo banco. Allí, Muso se alejó para hablar con un hombre que parecía ser de importante rango. La azabache miraba boquiabierta lo majestuoso del establecimiento. Muso le hizo una seña con la mano y ella se acercó.
— Todo esto es innecesario. —Reiteró Kagome que seguía anonadada por lo extraño de los acontecimientos.
— Solo te estoy devolviendo lo que es tuyo.
— No me parece justo, ese dinero no es mío.
— Puedes hacer lo que quieras con él. Si quieres dónalo, gástalo, regálalo, no sé.
— Pero...
— Sin peros. —Ambos siguieron al hombre de traje hasta su oficina y tomaron asiento en frente de su escritorio. El hombre se tomó unos minutos para revisar su computadora antes de hablar.
— Muy bien, señorita Kagome Higurashi. Actualmente su cuenta dispone de 2 millones de Euros aproximadamente. —Kagome se ahogó de la impresión. Jamás en su vida habría siquiera imaginado una cantidad tan exagerada.
— ¿Estás bien?
— ¡Eso es mucho dinero! ¡No puedo aceptarlo!
— Según tengo entendido aquí, este dinero ya es suyo, señorita. Los dejaré a solas para que puedan hablar. —Se retiró del despacho.
Muso tomó la palabra una vez que estuvieron solos. —Desde que he podido he depositado dinero en esa cuenta. Ahora es todo tuyo.
— No puedo...
— Aunque no me creas Kagome, quiero redimirme y sé perfectamente que el dinero no comprará tu amor por mí, pero al menos déjame regalarte la posibilidad de vivir la vida que quieras.
Se tomó su tiempo para pensar y procesar todo lo que ocurría. Muso parecía realmente arrepentido y rogaba por su perdón. Ella misma conocía el valor de las segundas oportunidades, Sesshomaru la había salvado más de una vez, nunca la abandonó ni la juzgó por lo que hizo. Sería una hipócrita si le negaba la oportunidad de redimirse.
Volteó a verlo directo a los ojos y pronunció con dificultad. —Quiero que comencemos de nuevo. Quiero intentarlo. —Él exhaló profundamente como se hubiese estado aguantando la respiración durante todo ese tiempo. —Pero no quiero ese dinero. —Insistió.
Muso rió. —No hay forma de devolverlo. —Sonrió.
Dejó de lado el asunto del dinero y cambió el rumbo de la conversación. —Quiero saber más de ti. De tu nueva familia. —se sentía ansiosa de repente. Necesitaba poner de su parte si quería que esta relación no fracasara.
— Claro, te lo contaré todo, pero a su debido tiempo. —El representante del banco volvió a ingresar a la oficina. Trajo consigo una tarjeta dorada.
— Esto es suyo Señorita Higurashi. —Le extendió la tarjeta de crédito junto a varios papeles que solicitaban su firma y la de su padre.
Kagome se mostró renuente pero finalmente la convencieron entre ambos. —Bien. —Firmó un par de documentos y el banquero le entregó su nueva tarjeta.
— Fue un placer. —Se despidió con un apretón de manos y ambos salieron del establecimiento y regresaron al auto.
— No estoy segura de esto... ¿Qué pensará tu esposa al respecto?
— Ella ya conoce la parte de mi vida que te involucra a ti y está totalmente de acuerdo con que esto es lo correcto. Ahora, que no se hable más del tema. Te llevaré al campus. Seguro tienes cosas que hacer.
— Así es, mis amigos vinieron a visitarme. —Sonrió ampliamente.
— En ese caso, será mejor que no los hagas esperar. Por cierto, no dudes en llamarme cada vez que quieras, ya tienes mi número.
Asintió. —Préstame tu celular. —Él se lo entregó sin dudar. Ella comenzó a presionar teclas con agilidad. —Listo. Ahora tú también tienes mi número. Así podrás llamarme cuando quieras.
Muso sonrió. —Lo haré. —Apretó a fondo el acelerador y la velocidad del auto comenzó a aumentar.
Luego de despedirse de su padre, Kagome regresó corriendo hasta su habitación ansiosa por ver a sus amigos. Abrió rápidamente la puerta y vio a ambos sentados a la mesa a punto de disfrutar de unos sándwiches y una pizza. Luego de su rabieta en el restaurante se había ido sin probar un solo bocado y el hambre comenzaba a hacer ruido en su estómago.
— Hasta que al fin apareces. —Dijo el platinado mientras daba un gran mordisco a una rebanada de pizza que quedó sujeta a su boca desde un fino hijo de queso derretido.
Sango pateó a Inuyasha por debajo de la mesa por su brusco comentario. Él la miró con recelo. —De seguro era importante. —Sonrió la morena.
— Lo era. —Aseguró mientras se sentaba junto a ellos. —No saben el hambre que tengo. —Tomó entre sus manos un sándwich y lo atacó sin piedad.
— Se nota. ¿A dónde fuiste? —Quiso saber Inuyasha.
— Larga historia. Otro día se las contaré.
— El que calla, otorga.
— Mi conciencia está limpia. ¿Puedes decir lo mismo? —Sonrió con burla. Sango rió entre dientes. — ¿Cómo durmieron? —Preguntó a sus invitados.
— ¡¿Cómo?! —Dijo nerviosa la morena y su mirada se dirigió a Inuyasha que se atragantaba con un pedazo de pizza.
— Bi-bien. —Intentó aclarar la voz.
Kagome no pasó por alto la actitud sospechosa de sus amigos. —No te vi en el sofá cuando salí, Inuyasha. ¿A dónde estabas? —Miró fijamente sus ojos. De esa manera no te atrevería a mentirle.
— Yo...fui a... a —Miró a Sango en busca de ayuda. Si él se hundía, se encargaría de llevarla a ella consigo hacia el abismo.
— Salió a correr. —Vio cómo la mirada de su amiga se dirigía hacia ella ahora. —¿No es verdad, Inuyasha?
— Ahhhh Sí. Pff fui a correr por el campus.
— ¿Desde cuándo corres? —Preguntó al borde de la risa.
— Es mi nuevo hobby. Ya sabes... para comenzar el día con energía.
La azabache no le creyó ni una palabra. Lo conocía, era imposible que él decidiera salir a correr por sí mismo y mucho menos si era por la mañana. Pero ya que se esforzaban tanto en ocultar la verdad, decidió pasar el asunto por alto. Aunque tomaría venganza. —En ese caso, mañana saldré a correr contigo. ¿Quieres acompañarnos Sango?
— Yo paso, gracias. —Dijo pensando en las bellas horas de sueño que no quería perder.
— ¿A las 6 am está bien para ti, Inu?
— ¿¡6 AM!?
— ¿Ocurre algo? A estas alturas ya debes estar más que acostumbrado. —Dijo con ironía. Sango rió, sabía a la perfección lo que su amiga hacía.
— Esa hora e-es perfecta. —Dijo resignado a la idea de que tendría que madrugar un domingo.
— Cambiando de tema...Pensé que podríamos salir a algún lado hoy. —Sonrió la morena.
— Es una gran idea.
— Vi un circo cuando veníamos hacia aquí anoche. —Agregó Inuyasha.
— Yo también lo vi. —Dijo emocionada Sango.
— El circo será entonces. —Sonrió Kagome.
Luego del almuerzo, estuvieron un rato charlando y finalmente se cambiaron para ir a ver el espectáculo. El lugar estaba repleto de gente y era fácil perderse entre la multitud, por suerte se las arreglaron para permanecer juntos hasta el final del show. La cantidad de acróbata, trucos y maniobras que llevaron a cabo habían sido suficientes para dejar a Sango y Kagome con la boca abierta de la impresión, sin embargo Inuyasha parecía no haberse sorprendido mucho.
— ¡Fue grandioso! Nunca había visto algo así, lo juro. —Dijo fascinada Sango.
— Ni yo. —Concordó Kagome.
— Fehh, no fue la gran cosa.
— ¿Por qué eres tan arrogante, Inuyasha? —Lo empujó Kagome. —Ya quisiera verte yo, ahí arriba de esas cosas haciendo la mitad de lo que ellos hacen.
— ¿Eso quieres? Entonces lo verás. —Se echó a correr en dirección contraria. Sango y Kagome compartieron una mirada llena de incierto antes de salir tras Inuyasha, que no tardó en desaparecer entre la gente.
— ¿Piensas que se meterá a la tienda del circo para hacer alguna estupidez? —No recibió respuesta alguna de su amiga. — ¿Sango? —Dio una vuelta sobre el lugar buscándola. Acababa de perderla entre la gente. ¿En qué momento había sucedido? —Genial. —Se dijo a sí misma. Incluso ella estaba perdida ahora. Caminó un buen rato, la multitud de gente se disipó, a decir verdad no había nadie cerca.
La noche había caído sobre ella. Se adentró a un pequeño parque alejado de las atracciones. Vio a lo lejos una pequeña tienda. Tal vez allí podrían ayudarla a encontrar a sus amigos. Pidió permiso antes de entrar. Vio a una mujer con una macabra sonrisa que inspiraba todo menos confianza. Por su forma de vestir parecía de esas mujeres que leían el futuro. Ella era un poco escéptica de eso.
— Te estaba esperando, pequeño Ángel. —Le hizo una señal a Kagome para que entrase y tomase asiento. Sus uñas largas y filosas daban la sensación de cuchillos. —No tienes que temerme, Kagome.
— ¿Cómo sabe mi nombre? —Se sorprendió, por supuesto.
La gitana pareció disgustarse. —Todo el mundo pregunta lo mismo. ¿Es que ya nadie cree en los adivinos?
— Soy algo escéptica. —Dijo sentándose sobre el almohadón que le había señalado la gitana momentos antes.
— Te perdiste buscando a tus amigos, jovencita. No los hallarás aquí.
— Conoces el presente. —Confirmó.
— Y el pasado... —Aseguró. Movió sus manos frente a la bola de cristal que se hallaba sobre la mesa. —Y parece que tu pasado fue bastante turbulento. Drogas, alcohol y amores de una noche... —Susurró.
Kagome arqueó una ceja. —No te equivocas del todo. —Se sentía realmente interesaba.
— Pero veo en tus ojos, ahora no tan escépticos, que no es el pasado ni el presente lo que te interesa saber, sino tu futuro.
Acababa de dar en el blanco. Los ojos de Kagome brillaron. —Es cierto.
— Tengo que preguntar... ¿Estás segura? Muchas personas se arrepienten de lo que oyen.
— Podré vivir con ello. —Dijo sin mucha importancia.
— Como quieras. Después no digas que no te advertí. —Volvió a mover sus manos. Y su expresión se volvió más seria. — ¿Deseas que te cuente solo las cosas buenas o...?
— Todo, quiero saberlo todo. —Si había cosas malas en su futuro deseaba conocerlas.
— Bien, déjame ver que hay...Tendrás una visita inesperada pronto, muuuuy pronto. —Le aseguró.
— Creo que eso ya pasó... —Dijo pensando en Sango e Inuyasha.
— Yo solo digo lo que mi bola de cristal muestra frente a mis ojos.
— Continúe. —Insistió. Esta vez intentaría no interrumpir.
— Veo una vida de lujos, lujos como los que nunca has tenido. Un gran empleo y buenas personas junto a ti, incluso un hermano. También un viaje, regresarás al país del que viniste... pero tomará más tiempo del que creíste inicialmente. —Eso era imposible, no tenía pensado quedarse en Italia más tiempo del necesario. No había pasado ni la mitad del plazo y ya extrañaba inmensamente a Sesshomaru, no aguantaría más tiempo lejos de él. La gitana prosiguió. —Un hombre anhela tu regreso. —Fue imposible no sonrojarse. Era lo que sus oídos querían oír, aunque ya lo supiese. —Y también veo una proposición de matrimonio cerca. — ¿Cerca? Lo dudaba, Sesshomaru nunca había mostrado señales de querer casarse. —Serás una madre muy dedicada de tres niñas. ¿Madre? Pensó
— ¿¡Qué más!? —Se mostró curiosa.
— Ya te entusiasmaste. Cuidado pequeña, el futuro puede ser peligroso.
— Continúe por favor.
Volvió a concentrarse en el objeto frente a ella. —Deberás tomar una decisión que le causará dolor al hombre que amas y a ti. —Imposible, pensó Kagome. Jamás haría nada para lastimar a Sesshomaru. —Deberás pensar dos veces antes de actuar, niña. Otra mujer desea ocupar el lugar que es tuyo. —No se iba dejar llevar por simples palabras, pero la sensación de preocupación invadió su rostro. —Te lo advertí.
— Siga... —Insistió la azabache, intentando relajarse. La gitana suspiró ante tanta terquedad.
— Te veo vestida de un infinito y reluciente blanco, creo que es tu boda, niña. —Dijo sin subir la mirada. —Pero...pareces triste. —Un momentáneo silencio tomó lugar en la pequeña tienda. —Ahora lo veo... el novio no ha llegado y estás a punto de marcharte con el corazón destrozado. —Ambas miradas se encontraron. — ¿Segura que ese hombre es de confiar? —Kagome le regaló una mirada asesina. La idea de dudar en su amado era simplemente estúpida. —No te pongas así. Déjame ver qué más puedo ver... —De la nada Inuyasha apareció a espaldas de Kagome, interrumpiendo la sesión de providencia.
— Kagome... llevamos tiempo buscándote. —Se acercó a ella y la sujetó del brazo para que se levantara del suelo. — ¿Qué haces aquí?
— La señora me está diciendo mi futuro. —Señaló sin voltear a la mujer a sus espaldas.
— ¿Qué señora? —Hasta donde él podía ver no había ninguna otra persona además de Kagome en esa vieja tienda.
Kagome volteó hacia donde la mujer se encontraba, pero no la vio allí. Recorrió con la mirada el lugar buscándola. —¡Ella estaba aquí hace un segundo!
— Será mejor que nos vayamos, Sango estaba intentado hablar con la policía.
— ¿Policía?
— Hace horas que desapareciste. Pensamos que te habían secuestrado o algo peor.
¿Horas? Pensó. Pero si solo habían pasado unos cuantos minutos. — ¿De qué estás hablando? Solo ha pasado media hora, quizás menos.
— ¿Hablas en serio? —Dijo con ironía. Le mostró su reloj. La función había terminado a las diez de la noche y por lo que veía ya eran más de las dos de la mañana.
— Es imposible. No pude haber estado tanto tiempo aquí. —Volvió a mirar atrás mientras era arrastrada por Inuyasha hacia adelante. La tienda ya no estaba, intentó buscar la explicación más lógica... tal vez ya se habían alejado lo suficiente como para perderla de vista, eso quiso creer.
Caminaron hasta volver a dar con las luces del circo. Un alivio se despertó en el corazón de Kagome. Pudo ver a Sango sentada sobre una piedra llorando amargamente. Inuyasha gritó su nombre y ella subió la vista hasta dar con ellos. Corrió a su encuentro al instante.
— ¿Dónde estabas, Kagome? —Interrogó más calmada.
— La verdad no lo sé. Me encontré con una señora muy extraña. —Miró a Inuyasha, él se encogió de hombros sin saber qué decir.
— Yo no vi a nadie cuando llegué.
— ¡Pero estaba allí! —Aseguró Kagome, quien se negaba a creer que se había vuelto loca.
— Tal vez se fue sin que te dieras cuenta. —La azabache no respondió.
— Regresemos de una vez. —Sugirió Inuyasha. Luego le puso su abrigo sobre los hombros a Kagome, que comenzaba a tiritar de frío.
— Gracias. —Se sintió desconcertada, se negaba a creer que todo lo que había pasado era su imaginación.
Regresaron en taxi hasta la entrada del campus. Al llegar otro auto estacionó delante del suyo. La figura de un hombre se delineó frente a ellos. El viento hizo volar su largo cabello plateado. Ambas miradas se encontraron.
— ¿Sesshomaru?
Continuará...
