Kagome amaneció con dolor de cabeza. Se sentó en la cama y acercó sus piernas a su pecho abrazándolas y pensando en todo lo que había pasado. Inuyasha entró en la habitación con una bandeja de desayuno lista.

— No hace falta que me consientas así. —Sonrió débilmente. Mientras masajeaba su cuello, le dolía.

Dejó el desayuno sobre las piernas de Kagome y se acercó para darle un masaje en el cuello y los hombros. Sabía el estrés por el que su compañera estaba pasando. — Respira profundo.

— No sé que hacer. —Comenzó a llorar. —No sé.

Inuyasha la abrazó por la espalda. —No quiero dejarte sola con él, pero quizás lo mejor sea que hablen en privado. Es imposible presentarle a Setsuna y Towa si no controla su carácter.

— Quizás deberíamos darle unos días para que asimile todo.

— Ha estado 10 años en coma, lo que menos querrá es seguir perdiendo el tiempo. Tenemos que decirle la verdad cuanto antes.

— Tienes razón. —El desayuno se veía tentador pero era incapaz de probar un bocado. Tenía el estómago cerrado.

— Anoche llamé a mi familia, llegarán por la tarde. Mi madre lloraba de la felicidad. No podían creerlo...luego de tantos años. —Suspiró. — Quizás es un poco egoísta lo que digo, sabiendo lo preocupada que te tiene la situación, pero me siento muy feliz de tener a Sesshomaru de vuelta.

— Cuando vio a Maroha se quedó en shock. No debimos llevarla con nosotros.

—No sabíamos cómo podía reaccionar. Kagome... esto no es tu culpa. —Se puso de cuclillas junto a la cama y sujetó su mano. —Te hiciste cargo tu sola de dos niñas. Sesshomaru no es quien para juzgarte, hiciste lo mejor que pudiste.

No pudo evitar sonreír ante aquellas tiernas palabras. Jamás se dio cuenta en que momento Inuyasha se convirtió en el pilar más sólido de su vida. Había sido tan sutil y gradual.

—¡MAMÁ! Dile a Moroha que me devuelva mi teléfono. —Dos de sus hijas acababan de irrumpir en su habitación.

—Ahh mami estoy viendo yutub. —La más pequeña subió a la cama y se arrojó a los brazos de Kagome. Inuyasha levantó la bandeja con el desayunado antes de que todo cayera sobre el edredón.

— Moroha... devuélvele el teléfono a tu hermana. —La regañó Inuyasha.

— ¡Siempre hace lo mismo papá! ¡Y nunca le dicen nada! —Se quejó Setsuna.

— ¡¿Por qué gritan?! No me dejan dormir. —Acababa de entrar en la habitación la última habitante de la casa, Towa.

—No peleen niñas. Vengan, denle un abrazo a su madre que las necesita. —Las tres hicieron un pacto implícito de paz temporal y abrazaron a su madre.

— ¿Estas así por lo del tío Sessh, Mamá? —Interrogó Setsuna.

—No es nuestro tío tonta, es nuestro otro padre. — La corrigió Towa. —El que duerme mucho.

— ¿El príncipe es nuestro papá también? —Interrogó la más pequeña. Así le decía, "el príncipe durmiente".

— Tuyo no, solo de Setsuna y mío. Tu papá es papá. —Se refería a Inuyasha.

Inuyasha no pude evitar soltar una carcajada. Kagome sintió pena por la confusión que generaba la situación en sus dulces hijas.

— El príncipe es el papá de Towa y Setsuna. —Le explicó Kagome. — pero al mismo tiempo es tu tío Moroha.

— ¿Y entonces por qué le dicen papá a mi papá si no es su papá? —La curiosidad de la pequeña era sumamente enternecedora.

— Porque sí, porque él nos cuidó desde bebés, tonta. —Le explicó Setsuna de mala gana, como si aquello fuera una obviedad.

— ¿O sea que ahora tienen dos papás? Yo tambien quiero dos papás. —La risa de Inuyasha y Kagome inundó la habitación. Solo unos minutos con sus niñas bastaba para alegrarle el día y la vida entera.

— ¿Cuando vamos a poder verlo, mamá? —Interrogó Towa.

— Pronto. —Intentó esbozar una sonrisa. —Muy pronto.

— Es muy gritón tu papá. —Dijo con mala cara Moroha.

—Suficiente. —Hizo saber Inuyasha. —Niñas vayan a prepararse para ir a la escuela. —Se dirigió a Towa y Setsuna. Ambas asintieron y salieron de la habitación. —Y en cuanto a tí, pequeña diablilla. —Atrapó a Moroha entre sus brazos.

—Ve a darle de comer a Odie. —El pequeño perro de la familia.

—Sí papá. —Luego de que fuera liberada por el platinado se dispuso a cumplir la tarea encomendada.

—Nunca te lo dije... pero todo esto no sería posible sin tí. —Kagome se había levantado de la cama y se acercaba lentamente al platinado. —Tenemos una familia maravillosa. —Lo abrazó por detrás desde la cintura. Él giró sobre sus pies encontrándose con su mirada chocolate.

—Te amo. —Le susurró cerca de los labios antes de besarla.

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Inu no Taisho e Irasue acababan de llegar al país. Como era de suponer su primera parada fue la clínica donde se encontraba su hijo. La mujer entró a la habitación con el corazón acelerado. Tuvieron que pasar treinta minutos de abrazos y llantos para poder entablar una conversación normal.

— Sabía que lo lograrías. —Irasue se había negado a perder las esperanzas.

— Pero ha pasado tanto tiempo, mamá.

— ¿No me preguntarás dónde está tu padre?

— Supuse que no quiso venir.

— Al contrario, estaba más emocionado que yo. Pero tuvimos problemas con nuestro equipaje en el aeropuerto y debió quedarse para solucionarlo. Llegará en cualquier momento.

—Ya veo. —Sonrió débilmente. Sus pensamientos divagaban. —Es bueno saber que podré verlo pronto.

— ¿Pero qué pasa, hijo? ¿Te duele algo? Te ves mal. —Tocó su frente para comprobar que no tuviera fiebre. — ¿Es por Kagome no es así? —Directo en el blanco, o mejor dicho directo en su corazón.

Sesshomaru suspiró. —No entiendo qué pasó. Ayer estábamos a punto a casarnos y hoy tiene una hija con mi hermano. No sé qué debo hacer. La amo mamá, pero no me interpondré entre una familia.

— Acabas de despertar, no entiendo por qué estás pensando en estas cosas ahora.

— Lo perdí todo.

— ¿Qué te hace pensar eso?

— Porque los vi a los tres juntos, Kagome, Inuyasha y la niña. Ya no consigo pensar en otra cosa. Él me quitó todo.

— Pero Sesshi... —Se sentó en la punta de la cama. —Inuyasha nunca tuvo intención de lastimarte ni mucho menos. Hubieras visto a Kagome, se la pasaba llorando junto a tu cama día y noche. Hablándote como si la escucharas. Cuando cayó desmayada a las semanas nos enteramos de su embarazo. Fue peor, no solo vivía llorando sino que tampoco comía, ni siquiera salía de la habitación del hospital. Deberías agradecerle a tu hermano, sin su ayuda Kagome y tus hijas la hubieran pasado muy mal. Otro hombre no hubiera hecho lo que él hizo. Tomó bajo su responsabilidad a dos bebés y ayudó a Kagome a salir del pozo de depresión en donde se había sumergido.

— ¿Mis hijas? ¿De qué hablas? La niña no tiene más de 5 años.

— No me refiero a Moroha. Me refiero a las gemelas. Kagome tiene 3 hijas zopenco.

— ¿Qué? —Acababa de perder el habla.

— Estoy segura de que empezaste a hacer un berrinche infantil y no te molestaste en escucharla.

— Mamá...

—Hombres, no puedes entenderlos pero tampoco vivir sin ellos. —Suspiró.

— Mamá... —Repitió. — ¿Tengo dos hijas?

— Pues claro Sesshi, no voy a mentirte con algo como eso. Sus nombres son Towa y Setsuna. — La puerta de la habitación se abrió sin previo aviso interrumpiendo su conversación.

— ¿Su? —Dijo sonriente Kagome al ver a la mujer. — ¡Que alegría verte!

Irasue la abrazó con fuerza durante algunos segundos. —Lo mismo digo, querida. Los dejaré solos para que hablen. —Se acercó al oído de Kagome y le susurró. —Creo que te facilité el trabajo. —Le guiñó un ojo y salió de la habitación.

Acordaron hablar con tranquilidad, Sesshomaru aun no podía caminar por su cuenta por lo que Kagome se ofreció a empujar la silla de ruedas en la que iba. Se detuvieron frente a un enorme ventanal que tenía vista a un jardín cubierto por nieve. No había nadie más alrededor.

— ¿Por qué? —Rompió con el silencio. Ella volteó a verlo.

— ¿Por qué, qué?

— ¿Por qué él?

— Quieres oír una respuesta concreta pero no tengo nada que decir que satisfaga su curiosidad. Simplemente pasó. Él estuvo junto a mi mucho tiempo, me ayudó en los momentos difíciles. El amor solo fue algo que surgió entre ambos sin darnos cuenta. Para ti todo es igual que hace 10 años, para mi nada es lo mismo.

— Tenemos dos hijas.

— Su te lo dijo... — Respiró profundamente, buscando el aire que le faltaba de a ratos. — Son maravillosas. — Sonrió ante el recuerdo. — Towa me recuerda mucho a ti, tiene su cabello. Setsuna, por otro lado, se parece mas a mi, eso hay que admitirlo.

— No pude ver crecer a mis propias hijas. —Lo disimulaba pero las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

— Lo siento. También me hubiera gustado que estuvieras allí para ellas. — Sujetó su mano. — Quieren conocerte. — Sonrió entre lágrimas, conmovida por los sentimientos de Sesshomaru. — Siempre supieron que tu eras su padre, pero te advierto que así es como llaman a Inuyasha también. No es nada contra ti es solo que...

— Lo entiendo. — Inuyasha las había cuidado desde pequeñas, era obvio que veían en él a un padre. Kagome sujetó la mano del platinado con fuerza. Por fin ambos volvían a estar en la misma frecuencia. — Lo lamento... lo lamento profundamente. — Jamás había visto a Sesshomaru quebrar en llanto de esa forma. Lo atrapó entre sus brazos con fuerza para intentar consolarlo.

Ambos habían llegado a la misma conclusión, aunque por caminos separados: su destino no era estar juntos.

Continuará...