Historia escrita para el Proyecto "Escribe a partir de una imagen".

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Personaje: Daisuke y Miyako (Daiyako)

Digimon no me pertenece


Capítulo XVII. De caballeros ingleses a vagabundos zarrapastrosos

Miyako pensaba que lo que sentía por Ken era amor. Él era perfecto, inteligente, caballeroso, guapo… ¡todo lo que una mujer hubiese querido! Un verdadero y educado caballero inglés. Había sido su amor platónico durante mucho tiempo y cuando por fin lo conoció, en el Mundo digimon, descubrió que era exactamente como ella lo había pensado: inteligente, caballeroso, guapo… lo era todo. Pero aunque desde el primer momento se llevaron muy bien, la chica no consiguió sentir esa chispa que debería aparecer cuando se rozasen; era como si no hubiese atracción entre ellos.

Por eso se sorprendió cuando Daisuke entró en su vida. Al principio fue un total coñazo; siempre tan burlón, sin tomarse nada en serio, con su pelo lleno de rizos estúpidos y su manía de querer llamar la atención. Peleaban a diario y conseguía sacarla de quicio como nadie había logrado nunca. Era todo lo opuesto a Ken, casi como un zarrapastroso vagabundo en comparación, pero un día se sorprendió al ver que sentía aquello que debería sentir con su antagonista.

Fue un día en el que iban caminando por la calle y discutiendo, como siempre. Miyako terminó gritando, adelantándose para poder hacerle frente y aprovecharse de que le llevaba unos centímetros de altura, pero Daisuke no se inmutó de su pequeña carrera y siguió adelante sin mirar, con el resultado de que se chocó contra ella y ambos cayeron al suelo. Sus amigos se apresuraron a auxiliarles, ayudando al castaño a que se levantase y que la chica pudiese respirar sin el peso masculino encima.

—¿Estáis bien? —preguntó una preocupada Hikari al ver que ninguno de los dos hablaba—. ¿Os habéis hecho daño?

Ambos se apresuraron a negar y siguieron su camino hasta que cada unos e fue a su casa. Tanto Miyako como Daisuke miraron una sola vez hacia atrás cuando estaban a punto de perderse en la esquina, y sus ojos se cruzaron una sola vez antes de perderse de vista.

Cuando la chica llegó a su casa, se tiró a la cama y cogió un cojín para amortiguar el grito de adolescente histérica que pugnaba por salir de su garganta. Por su mente pasaron todas esas escenas típicas de mangas shoujo en la que la chica y el chico tienen algún encontronazo y sus papeles salían volando, haciendo que sus manos se rozasen al recogerlos. O aquella en la que ella se resbalaba y él la sostenía entre sus brazos antes de que cayese. O incluso esa en la que las chicas de su clase se metían con ella y él aparecía como un caballero de brillante armadura para defenderla.

Miyako siempre había soñado con vivir alguna de ellas con Ken, y había terminado por protagonizar una de ese mismo estilo con el idiota de Daisuke. No había tenido los preciosos ojos oscuros de Ichijouji mirándola a escasos milímetros de distancia, ni había tenido a un educado Ken levantándose apresuradamente para ayudarla al tiempo. Tampoco había tenido al moreno preocupándose por si se había dañado e invitándole a tomar un helado en compensación.

En su lugar, Miyako se había encontrado con un anonadado Daisuke que torpemente le había caído encima y se había quedado quieto, sin moverse ni molestarse en pensar que estaba aplastándola. Habían sido Iori y Takeru los que habían alzado al chico y desde luego después no se había preocupado por si ella se había hecho daño o si podía compensarla.

Pero daba igual todo eso; daba igual que ella hubiese anhelado que Ken hubiera sido el protagonista de sus fantasiosos sueños, ni que el garrulo de Daisuke hubiera protagonizado todo. En su mente solamente estaba el pequeño gesto del que nadie, salvo ellos dos, era consciente. Porque nadie lo había visto, pero al caer, sus caras habían quedado más cerca de lo que todos pensaban, hasta el punto en el que sus labios se habían rozado. No se podía considerar un beso siquiera, pero había congelado a los dos jóvenes hasta el punto de que el resto había tenido que entrar a ayudarles. Y no dejaba de repetirse en su mente una y otra vez.

Miyako se puso el cojín en la cara amortiguando el sonido y gritó, mucho, y con mucha rabia. Después, cuando ya apenas le quedaba voz y estaba cansada, lo lanzó con fuerza al suelo y se quedó mirando el techo.

No quería aceptarlo, pero debía. Antaño había soñado pletóricamente con terminar casada con un educado Ken Ichojouji, y había terminando dando su primer beso a un inesperado Daisuke Motomiya. Y no le había desagradado. Nada.

Suspiró profundamente y cerró los ojos. ¿Qué se le iba a hacer? Parecía que finalmente iba a cambiar a los caballeros ingleses por los vagabundos zarrapastrosos. Y tampoco estaba nada mal…


¡Y he vuelto por fin! A ver si os gusta lo que ha salido... hacía mucho tiempo que no escribía un Daiyako así que, ¡ahí está!

Espero que os guste.

¡Nos leemos!

Mid*