Historia escrita para el Proyecto "escribe a partir de una imagen".
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Digimon no me pertenece.
Espero que os guste.
Capítulo XXII. Epifanía
Los niños jugaban en el parque entre risas, subiendo y bajando del tobogán, columpiándose en los balancines, haciendo castillos en la caja de arena. Pero aquél pequeño estaba alejado del resto de ellos, como si fuese un mundo aparte.
Sora había llegado allí en busca de respuestas pero su vista había quedado prendada en el chiquillo, de no más de 7 añitos, que estaba en una esquina, jugueteando los las largas hierbas como si ni siquiera las viese. Estaba sentado sólo, manchándose el pantalón blanco, y con el semblante más triste que había visto en la vida. Pero aún así no lloraba, incluso si parecía que estaba aguantándose las lágrimas.
Sus pies se movieron solos, ignorando los niños alegres que en teoría iban a hacerle cambiar de opinión, y caminando hacia el solitario pequeño al que todo el mundo hacía caso omiso. Cuando llegó hasta él, se agachó a su lado y carraspeó, sacando de su letargo al jovencito. El chico la miró con unos enormes ojos marrones-rojizos llenos de preguntas y Sora quiso pasar la mano por su melena de león, de un precioso castaño, y peinarlo como parecía que nunca nadie conseguiría.
—¿Estás bien? —terminó preguntando; el niño asintió frunciendo el ceño—. Se te ve triste.
—Mamá dice que no debo hablar con extraños —murmuró en bajito.
—Y tu madre tiene toda la razón —asintió ella, sintiéndose extrañamente orgullosa del niño—. Soy Sora, y fui una niña elegida. Así que ya me conoces y saber que yo no te haré daño.
Los ojos del niño brillaron de reconocimiento y pareció que la alegría volvía un poco a su cara. Pero fue más un espejismo porque la tristeza volvió a su tez cuando recordó qué le pasaba y Sora sintió su corazón encogerse al verse reflejada en esa oscuridad que hace años había sentido en el mundo digital.
—¿Cómo te llamas? —preguntó suavemente.
—Daiki —respondió él.
—Encantada, Daiki —la pelirroja sonrió al ver por qué sus padres le habían puesto el nombre que significaba "hombre valiente"—. Ahora, ¿quieres decirme qué te pasa?
El pequeño dudó, como si no estuviera totalmente seguro de si debía confiar en alguien, por muy famoso y bueno que fuese, pero finalmente pareció convencerse porque suspiró largamente y se dispuso a contar su historia.
—He roto el juguete favorito nuevo de mi hermana —explicó con los ojos llenándosele de lágrimas—. He intentado arreglarlo pero no he podido. Y me lo he llevado porque no quiero que ella se ponga triste. Pero ahora ella lo va a querer, y llorará también porque no la va a encontrar.
Sora no pudo evitar una sonrisa tierna al ver al niño preocupado por su hermana pequeña. ¡Era tan adorable! No se veía eso por esos días en todos lados… Tratando de reconfortarlo, acarició finalmente su cabello y el niño soltó por fin unas lagrimitas. Sora la abrazó maternalmente y el niño la abrazó a su vez, escondiendo la cabeza en su pecho y llorando silenciosamente. La pelirroja le acarició la espalda rítmicamente durante un rato, dejando que Daiki se desahogase. Cuando por fin paró, lo separó dulcemente y habló.
—Déjame ver ese juguete —le pidió.
El niño sacó del bolsillo una muñeca de trapo y se la entregó, dudoso. Sora la observó por todos los ángulos, viendo que, efectivamente, la camiseta que llevaba estaba rota del hombro.
Sonrió; eso iba a ser más fácil de lo que había pensado. La pelirroja rebuscó en su bolso hasta encontrar el kit de socorro de costura que siempre llevaba y se dispuso a solucionar el problema. Daiki la vio obrar magia con los ojos abiertos como platos y esperó pacientemente a que terminase. Cuando lo hubo hecho, le dio un par de vueltas a la muñeca y comprobó que el arreglo estaba perfecto. Después sacó una hebilla brillante en forma de corazón y la enganchó a la camiseta, dándole un toque diferente.
—¡Ya está! —le anunció, contenta—. Y de esta forma es una muñeca única por lo que tu hermanita estará muy contenta.
—¡Qué genial! —gritó el niño y cogió la muñeca, la cual acunó entre sus brazos—. Mi hermanita estaba buscando un nombre para ella así que le voy a decir que le ponga Sora, como usted.
Fue el turno de sorpresa de Sora, que abrió los ojos enormemente por lo que el niño le había dicho. Se llevó una mano al pecho y sintió el corazón palpitar con fuerza, sintiendo algo que nunca había sentido.
—¡Muchas gracias, señorita! —Daiki se levantó e hizo una profunda reverencia para después darle un beso en la mejilla e irse corriendo de allí, saludando con la mano hasta que se perdió por una esquina.
Sora se quedó allí unos segundos, mirando el sitio por el que Daiki había desaparecido. Sonrió, contenta de lo logrado, y lo hizo más cuando su mano subió hasta la mejilla donde el chico la había besado y sonreír enternecidamente.
—Eso ha sido muy bueno —la voz a sus espaldas la sobresaltó.
La pelirroja se levantó casi corriendo y se encontró a Taichi cerca de ella, con los brazos cruzados y sonriendo aprobadoramente. Su marido se acercó a ella y la beso en los labios, haciendo que ella parpadease finalmente, aún sorprendida de que la hubiese visto de aquella manera.
—Por cosas como esa quiero tener hijos contigo, Sora —fue directo el castaño—. Pero no quiero que peleemos por eso.
—Tai… —empezó a hablar pero él le puso un dedo en los labios, cortándola.
—Quiero tener hijos contigo, Sora, varios, pero quiero que tú los quieras. —aseguró el hombre—. Serías la buena madre, Sora. Ya sé que te asusta eso porque tienes dudas, pero tú no eres Toshiko.
—Yo no… —dudó, pero calló, sabiendo que lo que le estaba diciendo era verdad.
—Pero no tengo prisa —afirmó rotundamente—. Lo importante es que realmente quieras y esperaré lo que sea necesario. Y si no, compraremos un perro.
Sora rió, y un par de lágrimas se le escaparon. ¡Taichi siempre la comprendía y era tal dulce con ella! La pelirroja sabía que ser padre era uno de los deseos del hombre pero estaba dándola la opción de no serlo nunca, simplemente porque ella no quisiera. ¿Cómo podía no quererle?
Taichi aceptó el beso de amor de Sora y después pasó una mano por su cintura, tirando de ella fuera del parque. Estaba bien, ellos estaban bien. Sería lo que fuera, nada más y nada menos.
—Vamos a por u helado —propuso, contento.
La pelirroja asintió y juntos caminaron por las calles de la ciudad en busca de su heladería favorita, hablando de cosas cotidianas, de su trabajo y los cotilleos que Mimi le había contado.
Fue una buena tarde, y el asunto que había hecho que peleasen por la mañana quedó en el pasado. Por el momento.
Iban hacia su apartamento. La noche había caído, era tarde y tenían que madrugar. El frío era mayor que durante las horas de sol y Taichi le había dejado su chaqueta para ponérsela por los hombros. Caminaban en silencio, disfrutando solamente de su compañía.
—¿Qué opinas del nombre "Daiki"? —preguntó repentinamente Sora, sin apartar la vista del camino, nerviosa.
Taichi la miró y después sonrió, abrazándola más aún.
—Perfecto —respondió—. Me parece perfecto.
Nuevo capítulo. Creo que no hay nada que decir. Era una imagen triste, pero quería escribir otro tipo de historia.
Nada más, realmente espero que no sea un bodrio total.
¡Nos leemos!
Mid.
