2


El ambiente en Longbourn cambió de forma importante tras las revelaciones por parte del señor Bennet, especialmente porque Elizabeth ya no se sentía inclinada a discutir con su madre a cada momento.

Después de ese primer par de días, Elizabeth se disculpó múltiples ocasiones con Fanny. La conversación ayudó a sanar un poco las heridas que ambas se habían infligido a lo largo de sus vidas. Al convivir con su madre en un momento más privado y calmado, Elizabeth escuchó, una vez más, los reproches que Fanny tenía consigo misma por no haber engendrado un hijo.

Tal vez era porque su propio espíritu estaba lastimado, o tal vez porque su madre sonaba profundamente herida, pero las ideas de Elizabeth sobre un matrimonio por razones materiales ya no sonaban como algo realmente malo. Escuchó a Fanny lamentar la pérdida del que habría sido un sexto hijo y la eterna duda de si tal vez ese habría sido el tan deseado heredero de Longbourn.

Elizabeth aún deseaba casarse solo por amor, pero ahora, en las lágrimas y resentimientos de Fanny, pudo experimentar una empatía que jamás había sentido. Frente a ella, Elizabeth tenía a una mujer que si bien no con la mejor educación, había sabido dirigir una casa, criar a cinco hijas, soportar las burlas de un esposo negligente y, al menos los últimos dieciseis años, había vivido con el miedo a ser destituida de su hogar. Había tenido que soportar las miradas de pena de muchos de sus vecinos por no darle un hijo al señor Bennet. Todo lo tuvo que soportar sola. El señor Bennet no tenía por qué preocuparse, él tenía una casa mientras viviera, pero no ellas. Fanny solo dependía del dinero que Edward Gardiner, su padre, tuvo a bien dejarle como dote, excelente dadas las circunstancias de él.

Un nuevo sentido de respeto empezó a brotar en Elizabeth, y aunque aún no respaldaba acciones como que Fanny hubiese autorizado a Lydia salir en sociedad a una edad tan temprana, ya no la juzgaba tan duramente como el señor Bennet lo hacía. Él tenía la autoridad para rectificar esa clase de decisiones y prefería mantenerse al margen de todo.

Mientras en su madre hallaba un nuevo respeto, con el señor Bennet ya no encontró el mismo gusto en su compañía. Ella se sentía herida solo de recordar la expresión divertida de él al mencionar que ella no era la hija natural de alguien. El señor Bennet no se disculpó por sus palabras en ningún momento y por el contrario, continuó con su comportamiento normal, fingiendo que nada había sucedido.

-o-

Tres días después de que Elizabeth rechazara al señor Collins, Charlotte se presentó en casa de los Bennet para buscar a su amiga y darle las noticias de su compromiso. Charlotte sabía que Elizabeth tendría algo que decir acerca de la unión, pero aun así estaba dispuesta a verla. Ella desconocía completamente lo sucedido, por lo que la mujer que encontró la dejó desconcertada.

Ella leía en el jardín cuando Charlotte llegó. Jane le dijo dónde podría encontrar a su hermana y decidió no acompañarlas para que ellas tuvieran privacidad para platicar. Después de los saludos obligatorios y un poco de charla insustancial, Elizabeth trajo el tema.

—¿Cuándo es la boda?—Su voz no tenía reproche ni censura como Charlotte hubiese esperado, Elizabeth sonaba calmada, muy calmada.

—¿Cómo lo supiste?—respondió ella, sin ocultar el tono de sorpresa en su voz.

—Adiviné— comentó ella encogiéndose de hombros— eso, o tu hermana le dijo ayer a Lydia que el señor Collins habló en privado con tu padre— ella desvío la mirada de su amiga y después de una pausa, agregó— estoy feliz por ti, Charlotte. Si consideras que tu vida será buena con él, no hay nada que yo pueda juzgar mal.

Charlotte no era una mujer propensa a perder una apariencia mesurada, sin embargo, la declaración de su amiga la hizo sonreír y se atrevió a abrazar a Elizabeth.

—Gracias, Eliza, significa mucho para mí esto.

Elizabeth mantuvo su expresión de apoyo mientras duró la conversación. En ningún momento se atrevió a preguntar los motivos que llevaron a Charlotte a aceptar la propuesta del señor Collins. La escuchó hablar de la ilusión que le hacía tener un hogar propio y ser madre, cuánto alivio le causaba saber que ya no sería una carga para su familia ni para sus hermanos en el futuro. Posterior a ello, fueron en busca del resto de los Bennet para compartir las noticias, aunque la boca suelta de Lydia ya había enterado a todos de la reunión de Collins con Sir William. Todos intuían la razón para tal conversación, por lo que para cuando Charlotte compartió esto, ya nadie estaba realmente sorprendido.

La señora Bennet no estaba feliz con la perspectiva de Charlotte siendo un día la señora a cargo de Longbourn, pero se abstuvo de expresar reproches contra Elizabeth por haber rechazado a Collins y, con fingido agrado, felicitó a Charlotte por su compromiso. El señor Bennet felicitó a su primo empleando su clásico sarcasmo y después regresó a su biblioteca.

Jane parecía verdaderamente contenta por Charlotte, a ella la tenía en concepto de buena mujer y al señor Collins por alguien decente. De alguna manera, esa mañana los Bennet fueron capaces de sostener una buena impresión a pesar de los eventos anteriores.

Cuando los visitantes dejaron Longbourn, Elizabeth se retiró a su habitación para pensar en lo sucedido. Había demasiado que ella le hubiera querido decir a Charlotte, pero se mordió la lengua de hacerlo. Ella creía que su amiga jamás podría ser del todo feliz con el señor Collins, ella era mucho más inteligente y sensata que él, pero entendía el temor por la incertidumbre del futuro. Si con el silencio ella podía preservar una relación importante, eso haría.

Ahora que con el señor Bennet la confianza quedó fracturada, Elizabeth no estaba dispuesta a perder a su amiga o herirla. Cualquier cosa que ella dijera, en contra de la unión con Collins lastimaría a Charlotte, y ella ya no quería ser la persona que con sus palabras era capaz de herir. Era la vida de Charlotte, quien parecía haber tomado su decisión con los ojos bien abiertos. Lejos de recriminarse el no haber sido honesta con ella, Elizabeth se felicitó por no haber dicho algo ofensivo.

-o-

Al caer la noche, el recuento de la visita de Charlotte trajo una vez más a los Bingley, de quienes aún no había noticias y por quienes la señora Bennet estaba interesada en saber. Nadie se enteró de la famosa carta; Hill prometió no comentar al respecto.

Jane escuchaba a su madre hablar sobre cómo, en cualquier momento, el señor Bingley regresaría y haría una oferta de matrimonio. Ella solo asentía, incluso si por dentro poco a poco sus esperanzas disminuían.

Elizabeth notó la incomodidad de Jane y antes de dormir, se acercó para intentar preguntar a su hermana sobre cómo se sentía. Aunque Jane insistió en estar bien, era claro que estaba ocultando algo.

—¿No crees que volverás a ver al señor Bingley?—preguntó Elizabeth con semblante serio.

Jane sonrió por la preocupación de Elizabeth.

—No lo sé, Lizzy. Cuando estuvimos en el baile, él comentó que su viaje duraría dos semanas y apenas han transcurrido cuatro días. Lo cierto es que he tenido tiempo para pensar que tal vez leímos demasiado en las atenciones de él.

—No, Jane. Todo Meryton vio como él quedó cautivado contigo. En la casa de Sir William jamás se alejó de tu lado. Mientras estuviste enferma él preguntó por ti cada instante, en el baile de Netherfield... Él está interesado en ti.

—Sabes que como tú, yo espero casarme por amor, Lizzy; pero también estoy consciente que Londres ofrece una sociedad más diversa con mujeres mejor relacionadas y más dinero que yo. Tú mencionaste cuánto la señorita Bingley admira a la señorita Darcy.

—Porque ella está interesada en el señor Darcy. Caroline se ha fijado como propósito ser la esposa de ese hombre.

—Tal vez sea así, no lo sabemos. Solo te pido que seas realista, Lizzy. Claro que siento afecto por el señor Bingley, pero hay otras consideraciones en el matrimonio. En un mundo ideal, todos se casarían por amor.

—Jane, esta no eres tú. ¿Qué sucede?

—Te diré qué, le daré al señor Bingley el tiempo restante de esas dos semanas. Si regresa y muestra interés en mí, entonces me permitiré creer que su afecto es real y no solo buenos modales. Él hará una oferta y tendremos hijos a los que enseñarás a tocar el piano terriblemente—comentó ella usando las palabras que alguna vez Elizabeth pronunció— ¿Te parece bien?

—¿Pero qué tal si sus hermanas lo convencen, Jane? Tú tal vez piensas lo mejor de las hermanas del señor Bingley, pero yo no creo que ellas quieren ver a su hermano feliz. Creo que ellas se esforzarán en alejarlo de ti. Solo mira lo que hicieron, se fueron sin una palabra de despedida para ti—agregó ella, los rumores de los habitantes de Netherfield dejando la casa ya circulaban por Meryton y llegaron hasta Longbourn.

—Entonces todo terminará—ella replicó, con una sonrisa y tomando la mano de Elizabeth, la miró para decir—Está en él volver por mí, Elizabeth. Si algo podemos aprender del señor Collins es que él venía determinado a encontrar esposa y eso hizo. Él no permitió que un rechazo lo detuviera.

—¿En serio lo tomas a él como ejemplo, Jane?—dijo entre risas Elizabeth.

— ¿Y por qué no?—preguntó ella—, No admiro la premura con la que él actuó, pero respeto su voluntad para buscar una compañera de vida. Quiero que el señor Bingley vuelva, pero no quiero pasar todo el tiempo sufriendo si no lo hace.

—¿Dos semanas?—murmuró Elizabeth y Jane asintió en confirmación—espero que él sepa sobreponerse a su amigo y sus hermanas.

—Tendremos que esperar para ello, Lizzy. Si él no lo hace, será solo un joven amable que visitó el condado durante el otoño.

A Jane se le encogió el corazón al pronunciar esas palabras, pero estaba determinada a seguir adelante. Ella no conocía a la señorita Darcy, pero si era una unión que las familias veían con buenos ojos, ella no quería seguir sosteniendo esperanzas respecto al señor Bingley.

Elizabeth suspiró resignada. Ella realmente creía que el señor Bingley amaba a Jane, pero si algo pudo aprender durante su estancia en Netherfield, fue que él se fiaba demasiado de la opinión de los demás, y nadie apoyaría su decisión de casarse con Jane.

-o-

En una casa en el corazón de Londres, los hermanos Robert y Daniel, hijos de Lord Matthew Walden, jugaban a las cartas.

El padre de los muchachos era solo uno de los ocho rostros que aparecían en uno de los más costosos retratos que el abuelo de Matthew pudo encargar. Lord Walden pidió, unos veinticinco años atrás, que pintarán a sus cinco nietos y tres nietas juntos. Con edades entre los veintitrés y los diez años, el grupo posó para su abuelo. Tomó semanas enteras finalizar la pintura, pero todos estuvieron dispuestos a complacerlo, incluso el pequeño Jonathan Spencer.

Uno de los rostros que más tristeza generaba a la familia correspondía al de Emily, prima de Matthew; ella, a los veintiún años, escapó de la casa de sus padres para casarse con el hombre que realmente amaba.

Con la huida de Emily, todos perdieron a alguien.

Matthew perdió a su prima favorita, Lewis y Carlton a su compañera de debates, Henry a su rival en las cartas, Marianne y Susan a su mejor amiga. Jonathan perdió a su hermana.

2