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El color oscuro de los ojos, las ondas del cabello castaño y la forma de la boca; cada parte del rostro de la joven mujer que miraba a Jonathan, evocaba la imagen de Emily. Cientos de momentos vinieron a la mente de él; la vez cuando juntos robaron un pastel de la cocina, los viajes a Arundel para visitar a Lord Howard, la última vez que él se despidió de ella antes de volver a la escuela. Ahora, años después, parecía que la vida le regresaba a su hermana.

Los Gardiner y los Walden observaban con atención la inspección que Jonathan parecía estar haciendo a Elizabeth, hasta el momento en el que él cayó de rodillas y se cubrió el rostro con las manos. Todos abandonaron el salón excepto Matthew, sus padres y los Gardiner con Elizabeth. Ella se arrodilló frente a Jonathan y ofreció un pañuelo.

—Lo lamento, señor—, empezó a disculparse Elizabeth, ella tenía la sensación de que él estaba ofendido por la presencia de ella. Jonathan movió la cabeza en negación y le pidió que se calmara.

—Jonathan—intervino Matthew—, todo coincide, no te habríamos llamado si no estuviéramos seguros.

No era que Jonathan dudara del criterio de los Walden, simplemente se trataba de un momento que él jamás esperó vivir. Después de explicaciones y varias disculpas por la reacción, Jonathan aceptó lo que el resto de su familia ya había hecho y reconoció a Elizabeth como hija de Emily. Él estaba feliz, pero de al mismo tiempo, se sentía como si una vieja herida hubiese sido abierta.

Catherine entró con sus dos hijos, entonces Jonathan presentó a Elizabeth como su sobrina, para después explicarle a Joseph y Evan, que ella era parte de su familia. La conmoción del momento fue aliviada gracias a la soltura con la que los niños se dirigieron a Elizabeth, haciéndole preguntas sobre si ella tenía juegos favoritos y qué clase de mascotas le gustaban. El resto de la familia se incorporó al grupo, sin embargo, decidieron darles a Jonathan y Elizabeth, cierto espacio para que se conocieran.

Jonathan le contó cómo fue la infancia de ellos, algunas travesuras que hicieron juntos y muchas historias más recientes de la vida de Alexander, con quién no solo había una relación cordial sino una estrecha amistad. Las preguntas sobre la relación con los Bennet fueron necesarias, como una confirmación para él del trato adecuado que Elizabeth había recibido.

—No pasa un día en el que no lamente la actitud de mis padres hacia mi hermana—comentó él, cuando los dos estaban junto al piano—. La familia de mi padre, los Spencer, perdieron el título hace unos ciento cincuenta años; cuando el Vizconde de Liss empezó a mostrar interés en mi hermana, mi padre pensó que era una excelente oportunidad para volver a posicionar a un Spencer dentro de la nobleza.

—¿Cómo es la relación con Lady Virginia, señor? —cuestionó ella, Jonathan sonrió apenas.

—Por el momento nos entenderemos con formalidades, señorita Elizabeth; pero en el futuro, cuando nos conozcamos mejor, espero que usted pueda llamarme tío—protestó él y agregó—Mi madre, abuela de usted, ha vivido por varios años en Ashbourne, en Derbyshire, en una de las propiedades de la familia. Cuando mi padre falleció, ella decidió que permanecer en Kent era demasiado doloroso.

—Señor, debo preguntar, ¿qué pensará ella de mí? Por la manera en la que mi madre salió de la vida de ellos, necesito saber —la preocupación era evidente en el tono de Elizabeth, ella había escuchado muchas opiniones sobre Lady Virginia, las más terribles provenían de Lord Walden y Daniel, el segundo de ellos utilizó la palabra intransigente en repetidas ocasiones.

—Francamente, no lo sé. Hace dos años que no la visito, solo nos enviamos cartas. Mi relación con ella no es la más adecuada desde que ella se negó a recibir a mi hermana en Acker Hall. Desde ese momento, todo se ha deteriorado; pero puede usted tener la certeza, señorita Elizabeth, que jamás volveremos a dejarla sola.

Elizabeth vio certeza en los ojos oscuros de Jonathan, unos ojos que eran del mismo tono que los de ella, y eso la dejó tranquila. Todavía no estaba lista para perder la formalidad con algunos miembros de la familia Walden, pero poco a poco los empezaba a conocer mejor. Con los Spencer sucedería lo mismo, era pronto para llamarlo tío, pero ella era optimista en que no pasaría mucho tiempo para cambiar eso. Ella también encontró reconfortante que todos se expresaban en buenos términos de su padre, eso le daba esperanzas para cuándo llegase el momento de conocerlo.

Cuando Elizabeth regresó a casa con los Gardiner, durmió tranquila. Los objetos que Jonathan trajo de Kent, además de la impresionante semejanza entre él y ella, fueron una reafirmación de lo que ella ya había aceptado. Solo una sombra nubló por un momento su descanso, ya que ella se preocupó por el vínculo que se había establecido con el señor Wickham y la familia Bennet, especialmente ahora que Robert le había dicho acerca del verdadero carácter del soldado. Había sido difícil de conciliar los buenos modales de Wickham con los vicios que Robert acusó, sin embargo, ella no dudó que su primo dijera la verdad. Fue una conversación incómoda en la que en más de una ocasión ella se sonrojó y se sintió avergonzada por haber defendido a Wickham de forma tan vehemente durante el baile en Netherfield, en especial porque el señor Darcy tenía razón; lo cual la llevó a despreciar más al amigo del señor Bingley, ya que la ambigüedad de los comentarios que él expresó no podrían haber sido suficientes para advertir a la gente de Meryton. Él los dejó a merced de un villano.

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Por indicaciones del Conde, días atrás se hicieron los arreglos necesarios para una residencia en el área de Longbourn. Elizabeth sugirió Purvis Lodge por la proximidad a la familia Bennet y el resto corrió a cargo del empleado de Lord Walden. La casa sería suficiente para albergar a los Walden y los Spencer, ya que la familia Gardiner se quedaría en Longbourn como las veces anteriores.

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El viaje fue caótico, como podía esperarse. Con el grupo de niños de los Gardiner y los niños Spencer, había ruido y caprichos por competir por la atención de Elizabeth, hasta el punto que en varias ocasiones ella tuvo que cambiar de carruaje para tener a todos felices.

La caravana de carruajes no pasó desapercibida en Meryton y muchos especularon que se trataba de un grupo de la aristocracia con mayor rango que los visitantes del otoño que alquilaron Netherfield. Las esperanzas nuevamente se elevaron entre las familias con hijas solteras, aunque en esta ocasión, había aún más misterio. La premura con la que había sido rentada Purvis Lodge solo sirvió para aumentar la curiosidad.

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Elizabeth fue recibida con alegría por parte de la mayoría de los habitantes de Longbourn e indiferencia por parte del señor Bennet. Jane intentó aminorar el impacto de la actitud su padre, sin embargo, no lo consiguió y una vez más, la mirada herida de Elizabeth caló más profundo en su alma. Se prepararon las habitaciones para los Gardiner, cuyos hijos fueron enviados a descansar momentos después de la cena. Una vez que el salón familiar estaba libre de los más jóvenes visitantes, el señor Bennet se levantó para hablar a todos los presentes.

—El día de mañana, un evento importante tendrá lugar aquí mismo. Es mi deseo que todo transcurra en tranquilidad; Mary, Kitty, y Lydia, tengo que informales que mañana recibiremos a la familia legítima de Elizabeth, ellos la localizaron en Londres y han venido hasta aquí para reclamar el parentesco.

Las risas de Kitty y Lydia dejaron de escucharse, así como también Mary levantó la vista de su libro. Los Gardiner miraron estupefactos al señor Bennet y todos quedaron callados por unos instantes, él continuó.

—La señorita que ustedes han conocido como su hermana, es en realidad la ahijada de mi difunto hermano, Frank. Elizabeth fue criada por nosotros, sin embargo, ella no es una Bennet de nacimiento. El señor Gardiner tiene más detalles que les compartirá al respecto.

Después de ese anuncio, el señor Bennet se retiró a su biblioteca y dejó a un grupo de hermanas al borde de la histeria, una señora Bennet llorando y a Jane enojada. Elizabeth también quería unirse a Fanny y llorar, pero se contuvo.

—¿Es cierto eso?—preguntó Kitty. La expresión en los ojos de ella era de incredulidad y sus labios temblaron a cada palabra.

—Es verdad—, dijo el señor Gardiner y procedió a explicarles cómo sucedieron las cosas en Londres desde el momento en el que los Walden los vieron en Hyde Park. Fanny trato de recomponer su alterado estado y con más tiempo que calma, confesó la verdad al resto de sus hijas. Lydia y Kitty se tomaron de las manos mientras las lágrimas escurrían por sus mejillas ante la perspectiva de perder a una hermana. Mary trató de no perder la compostura, no obstante, en algún punto de la explicación, un par de lágrimas furtivas rodaron.

Para Lydia, los ocasionales regaños de Elizabeth no importaron en ese momento. Elizabeth era la hermana que había reparado los vestidos de las muñecas con las que ella jugó de niña, con quien Lydia jugó en los días de lluvia y quien tuvo la paciencia para enseñarle a leer, quien le regalaba la mitad de su postre. Para Kitty se trataba de la hermana con la que había practicado múltiples bailes, quien le prestaba sus sombreros y actuaba como mediadora cuando Lydia se comportaba de forma grosera. Para Mary, Elizabeth era quien se había tomado el tiempo para enseñarle a tocar el piano y leer las partituras, quien le arreglaba el cabello cuando tenían que atender alguna fiesta y quien se sentaba con ella cuando no estaba bailando, ella la hacía sentirse menos sola.

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Elizabeth y Jane ofrecieron palabras de consuelo para sus hermanas, reafirmándoles afecto tal y como había sido a lo largo de sus vidas. Ellas la abrazaron por turnos y después de que estuvieron menos alteradas, Jane siguió a su padre a la biblioteca. Ella se sentía cansada y furiosa. Él la hizo pasar y esperó a que ella hablara. Jane miró hacia todos lados y, antes de perder el valor de que había hecho acopio, se dirigió a él.

—¿Era necesario hacerlo de esa manera, padre?—preguntó ella, la dulzura de su mirada no estaba presente en esta ocasión—A pesar de todo, Elizabeth es nuestra hermana.

—Ella está por regresar con su verdadera familia, Jane. Jamás esperamos que sucediera y sin embargo, ya lo ves. Es mejor acostumbrarse a la idea, tus hermanas no podían permanecer en la ignorancia y enterarse el día de mañana, frente a todos. Aprecio tu preocupación en este asunto, pero no es necesario.

Los puños de Jane se cerraron y por primera vez en toda su vida, dejó escapar un grito de frustración. Caminó hacia el escritorio del señor Bennet y en un solo movimiento, tiró la pila de libros que estaban acomodados en una de las esquinas.

—¿Cómo cree que me siento, señor? —Espetó Jane—, usted me hizo creer que ella era mi hermana y yo no cuestioné jamás eso. Ahora usted dice que ella se va, como si se tratara de un animal al que se regala. Yo crecí con ella, la he cuidado cuando ha estado enferma y por noches enteras la escuché llorar. ¿Cómo puede usted hablar de Elizabeth en términos tan indiferentes?

El señor Bennet estaba sorprendido por el exabrupto de Jane, sin embargo, él no cambio su semblante tranquilo y prosiguió a quitarse los anteojos. Levantó uno a uno los libros y volvió a acomodarlos, esta vez más lejos de la orilla del escritorio.

—Jane—empezó él en tono condescendiente—, tu madre y todas ustedes deberían estar felices, con las nuevas relaciones de Elizabeth, ella podría ponerlas en el camino de otros hombres ricos, incluso tú podrías olvidar al señor Bingley. Todo padre con hijas debe asumir que en algún punto ellas formarán su propia familia. Elizabeth no nos deja por el matrimonio, pero es algo que yo ya había contemplado.

Los ojos de Jane se humedecieron ligeramente. A ella no le dolía la mención del señor Bingley pero sí el resto de lo dicho por el señor Bennet.

—Con permiso, padre, esta conversación es inútil—, dijo ella sin dar tiempo a que el señor Bennet refutara. Antes de salir de la biblioteca, ella lo miró desafiante y una vez más volvió a tirar la pila de libros.

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