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DIA 4

LOVE STINKS

(o El amor apesta)

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Marinette y Félix, han dejado de salir juntos ya por un buen tiempo, ella ha seguido siendo la heroína de París,

mientras que él... en realidad, ella no sabe nada de él. Hasta que un día...

¿Song fic? Tal vez.


You love her

But she loves him

And he loves somebody else

You just can't win

And so it goes

Till the day you die

This thing they call love

It's gonna make you cry

I've had the blues

The reds and the pinks

One thing for sure

Love stinks yeah yeah

Love stinks yeah yeah

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Iba tan cargada de compras que al principio, le costó reconocerlo. Era verano y el sol asfixiante de julio le había frito la cabeza y las esperanzas. No tenía mucho dinero, así que evitó el taxi y fue a plantarse a la parada de buses más cercana para regresar a la panadería.

Fardos de tela, bolsas repletas de hilos, agujas y botones. Complementos, tijeras. Varios fieltros enrollados para hacer patrones.

Le faltaba poco para llegar a la parada, la cual veía como un oasis en medio del desierto. Un lugarcillo donde descansar del sol y de su mala decisión de hacer compras al mediodía.

Y entonces, quizá producto del calor, lo vio.

No lo reconoció al inicio. Estaba diferente, distinto. De espaldas a ella, mirando un mostrador de una tienda de música, en plena calle. Camisa de manga corta de color celeste claro, pantalón blanco ligero, cinturón negro, gafas de sol. Su piel estaba bronceada con un color espectacular, y su pelo rubio ahora estaba incluso más claro que antes, tal vez producto de mucha exposición solar.

Era él, Félix, el imbécil que la dejó plantada hace varios meses. El lejano Félix, el taciturno Félix, el que se abstraía en si mismo, que no participaba de la conversación. Qué le importaba una mierda el resto. Félix, un chico que en su silencio, ella había aprendido a valorarlo, a entender. A entender que las palabras sobran, que la gente mucha veces habla sin razón, a valorar el tiempo, a exprimirlo al máximo. Félix, el puntual, el impaciente, el perfeccionista.

Y ahora está ahí, a metros de ella. Golpeteando el suelo con su pie, llevando el ritmo de alguna canción, mientras miraba el escaparate.

- ¡Félix!- llamó sorprendida.

Inmediatamente vio como él perdía la espontaneidad de sus actos para ponerse rígido y recto. Pose perfecta, ni un error.

- No sabía que estabas aquí en Paris- le dijo, en la distancia, a unos metros de él. Se acercó tan rápido como pudo, aún con las bolsas en los brazos.

No sabía, no. Hubiera querido saberlo antes, sí. Para poder conversar como antaño y aclarar algunas cosas que no se dijeron y terminar de matar, de matar lo poco que fue, de cerrar un capítulo...bochornoso...en su rarísima relación de amistad.

- Dupain-Cheng, no pensaba encontrarte. Justo...iba ... a entrar a ver algo ahí- dijo señalando el interior de la tienda. - Pero está atiborrada y estoy esperando que salgan para poder entrar.-

Él le miró la compra, miró el sudor en su rostro. Marinette despeinada y acalorada, a punto de un caer por un golpe de calor.

Pero no era su problema, nunca lo fue. Una dulce chica, Marinette, amable, sensata, atenta, y siempre sin pedir nada a cambio. Félix suspiró perdiéndose en lo que no pudo ser, en lo que le costó no llamarla, en el tiempo que le tomó olvidarla y asumir, que sería extraño seguir con eso. Amor extraño y no convencional, pensó.

- Hasta luego, Marinette, ya voy a entrar.- murmuró apresurado por escapar de ella.

Y sin esperar su respuesta, empujó la puerta y entró a la tienda, dejándola estupefacta y aturdida. Ella no supo responderle nada, no pudo defenderse.

Abrió la boca sorprendida del desplante que le había hecho ese miserable traidor, mal amigo, agrio y maleducado Félix, mil veces odiado, mil veces incomprendido. Egoísta, cobarde, indigno.

Y vio a través del escaparate, cómo ese cobarde rubio y hermoso entró a la tienda, donde lo recibió una mujer casi tan alta como él, colgándose de su cuello y estampándole un beso hambriento en la boca. Un beso que él contestó, escueto y corto sí, pero contestó. La mujer siguió colgada de él, aparentemente feliz de su llegada. El intentó descolgarse de su abrazo y cuando lo hizo, su mirada verde coincidió con la de Marinette.

Pillado, te he visto.

Ella decidió cambiar de dirección, y llegar como fuera y diera lugar a la sombra de la parada de buses. Lo consiguió, pero con tanta mala suerte que se tropezó con un zapato y la compra salió volando por los aires, frente al bus. El chófer del bus, que le había abierto la puerta, hizo el amago de bajarse a ayudar, pero Marinette insistió en hacerlo sola y le animó a seguir su camino.

El bus partió, y ella simplemente, agobiada por todo, se inclinó y se puso a recoger uno por uno los complementos caídos, las telas, los fieltros, las tijeras.

- Espera Marinette, deja que te ayude.- escuchó que alguien le decía.

Su antiguo amigo estaba ahí, a su lado, junto a ella. Recogiendo todo lo que podía a una velocidad impresionante.

- ¿Te hiciste daño?- preguntó Félix.

Ella decidió que así como todo ese tiempo, él no le había escrito ni hablado, ella tampoco lo haría.

Meneó la cabeza de lado a lado, negando.

- Tengo el coche aquí mismo aparcado, Marinette. Te llevaré a casa.-

Ella volvió a negar, intensamente. Algo de orgullo y amor propio aun le quedaba.

- No me cuesta nada, además el bus pasará en media hora.-

Eso la hizo espabilar y comprender, porque caería derretida ahí mismo si se quedaba media hora más.

Él vio su duda, y se aprovechó de ella. Cogió entre sus brazos toda la compra que le cabía y echó a andar hacia su coche.

- No, no espera Fé...- dijo tímidamente, Marinette.

Ella miró hacia la tienda, en donde esa mujer le debería estar esperando. Pero no vio a nadie ahí dentro. ¿Serían alucinaciones?. Quizá sí. Casi sin darse cuenta, él ya había metido sus bolsas y le abrió la puerta del copiloto.

Sin embargo y a pesar de su mansedumbre, ella estaba desesperada por salir de ahí, del coche, de lanzarse a la calzada para evitar lo que sea que estuviera pasando entre ellos en ese momento.

- Bonito coche- susurró para romper el hielo.

Él asintió.

- Y, ¿no estabas esperando a alguien? porque no me gusta interrumpir las conversaciones, ¿sabes?...- dijo un poco más alto, cogiendo valor.

Él negó.

- ...De hecho, no me gusta hablar mucho, siempre soy muy callada y dejó que los demás hablen. Y, bueno...¡que calorazo! y ..¡que tropezón!, ¿no te parece?. Y...

Él seguía mirando al frente, concentrado en el navegador que lo estaba orientando en medio de las calles de París.

- Ya llegamos.- dijo él, interrumpiendo su monologo.

E inmediatamente Félix bajó del coche, abriendo primero la puerta de ella y luego abriendo la puerta de detrás, cogiendo la compra. Avanzó hasta la puerta de la panadería y usando su espalda se apoyó en la puerta, se impulsó había dentro, metiéndose sin pensarlo en la boca del lobo.

Había mucha gente dentro, pero dejó la compra de Marinette en una esquina, sobre una mesa libre y decidió que su buena acción había acabado y era tiempo de desaparecer en ese instante.

Ella se había quedado fuera, inexplicablemente. De pie enfrente a su propia casa.

- Fé, gracias, yo...- ya empezaba a tartamudear. Maldición, tenían tanto que hablar o aclarar. ¡Ella era Ladybug! ella era valiente y había que demostrarlo. - ¿Crees que después por la tarde...podamos ir a tomar algo y ..?...-

- Lo siento, Marinette, debo volver a Londres, ya he estado mucho tiempo fuera de casa, y debo organizar todo para empezar en septiembre la Universidad...y...-

- ¿Mucho tiempo en París?- lo interrumpió ella, francamente aturdida.

- Estos meses he venido muy seguido, porque Gabriel ha empezado a hacer contratos extraños y he debido venir para supervisar nuestra inversión... - trató de aclarar en algo sus largas estancias en París, sin contactarse con ella. -Debo irme, Marinette, me están esperando.- se excusó.

Fue un sentimiento extraño, el de no saberse nada para él. Ni amiga, ni enemiga, tal vez una conocida. Alguien a quien ayudar si se partía el lomo. Había estado en París una buena temporada, y él no la había buscado, ni una vez. Un extraño malestar apareció en su garganta, mientras él estaba el ahí, echándole prisas porque debía de largarse con esa mujer. Rabia, desazón.

- ¡Vaya!, se enfadará si no eres puntual con ella, ¿no?.- dijo finalmente.

No supo de dónde salió la pregunta ni de dónde salió el dolor.

- Sí, ella es muy puntual.- contestó rápidamente.

- Y supongo que ella no llega tarde nunca.- continuó Marinette, pero su voz tenía un tono triste y derrotado.

- No, no lo hace...-

Ambos se miraron, sabiendo las pullas que se estaban lanzando indirectamente. Una situación difícil, un problema delicado.

- Adiós, Marinette. Me alegra ver que estás bien.-

Y dejándola con sentimientos encontrados, de amor y odio, de cariño y dolor, él se montó en el coche y se fue de allí, sin mirar atrás.

En ese momento, una pareja muy bien abrazada, salió de su panadería. Conocía a ambos, claro que sí.

Ay dios.

- ¿Marinette? ¡Te hemos estado esperando! Habíamos quedado en salir de compras, ¿recuerdas?. Y justo Adrien consiguió escapar de su padre para unírsenos. Oh, ¿pero qué te ha pasado? ¡Tienes una zapato roto! y tu pelo, y te ves fatal. ¿Estás bien?- una vieja amiga suya y su novio la miraban, preocupados.

"Claro que estoy bien, estoy fenomenal. Casi muero de un golpe de calor, me tropiezo, veo a Félix comiéndole la boca a una desconocida inglesa obsesa de la puntualidad y ahora te veo a ti, Kagami Tsurugi, también comiéndole la boca a tu novio, que antes era mi crush, que antes fue mi amigo y que ahora, ahora...¿ahora, qué?..."

- Estoy bien, Kagami, gracias. Lo siento chicos, creo que debo entrar a casa. Qué tengáis buena tarde. Adiós Adrien. Adiós Kag.-

Y justo cuando iba a desaparecer por la puerta, su aguzado oído de heroína no pudo evitar escuchar lo último que dijo él.

- Vaya, que mal aspecto tiene. Quizá debamos llamarle más tarde e invitarla a salir para animarle...-

- Sí, buena idea, cariño.-

Cariño.

Por el rabillo del ojo, se percató que Kagami otra vez había abrazado a Adrien y le estaba introduciendo la lengua dentro de la boca, en un beso candente de pleno verano.

Cariño.

Dentro de la panadería, en la radio sonaba una canción viejísima de los años ochenta que no supo reconocer pero del que se quedó el estribillo:

love stinks yeah yeah, love stinks yeah yeah...

Y vaya si era una mierda. El amor era una montaña de basura. El amor, el amor.

Se lanzó a su cama y se puso a llorar.

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¡27 días de felinette!

Cambio y corto.

Lordthunder1000