Capítulo 2: ¿Y dónde está la gracia en eso?
Aeropuerto Hartsfield-Jackson, Atlanta
22 de mayo del 2026, 22:40h
Beca escucha por debajo de la música que sale de sus AirPods el anuncio del piloto del avión avisándoles de que van a comenzar las maniobras de aterrizaje en el aeropuerto de Atlanta.
- Son las once menos veinte de la noche y hay 16°C con cielos despejados.
La morena deja de prestar atención cuando el piloto empieza a darles las gracias por haber escogido su compañía para volar, y procede a colocar su asiento recto antes de que la azafata llegue a ella.
Quita la almohada de donde la tenía enganchada entre su cabeza y la ventanilla, y levanta la persiana de plástico para observar las luces del aeropuerto cada vez más cerca.
No ha querido dormirse porque, además de que para su cuerpo son las siete de la tarde todavía, prefiere esperar a llegar al hotel para caer rendida en la cama y dejar que su ritmo de sueño se adapte solo al desfase horario.
Son solo tres horas de diferencia pero, después de tantos años de tours, sabe perfectamente cómo dejar que su cuerpo luche contra el jet lag.
En cuanto el avión deja de moverse y Beca siente el pequeño estremecimiento del morro al acoplarse la pasarela a la puerta, se desengancha el cinturón y se pone en pie.
A su lado, la mujer asiática con precioso pelo rizado que Beca está bastante segura de que es una actriz, pero no termina de ubicarla, también se incorpora y ambas coinciden cuando van a abrir el compartimento de las maletas.
- Perdona – se disculpa Beca con una sonrisa, retirando sus manos.
- No pasa nada – la mujer sacude la cabeza y corresponde su sonrisa mientras tira del enganche de la puerta y la alza hacia el techo del avión.
Beca espera pacientemente a que la mujer coja su maleta y cazadora, sin embargo, se da cuenta de que la mujer la está observando y no está haciendo amago alguno de ir a moverse.
La morena hace un pequeño gesto confundido con la cabeza, sin entender muy bien qué está ocurriendo.
- Perdón – ahora es el turno de la mujer de disculparse con una risa y se lleva una mano a la frente –. Es que a mi sobrina le encanta tu música y me mataría si se entera de que te he conocido y no te he dicho nada.
Beca suelta una risa, algo sorprendida.
Creía que la mujer no le había prestado atención alguna. Cuando Beca se subió al avión, ella ya estaba en su asiento enfrascada en unos papeles que llevaba encuadernados y no había alzado la cabeza ni un solo instante hasta que anunciaron que iban a aterrizar.
- Odio ser este tipo de persona, pero… – la mujer tuerce la boca, avergonzada, y Beca sabe inmediatamente lo que está a punto de pedirle.
- Oh, no te preocupes – le tranquiliza y procede a ser ella quien haga el ofrecimiento para que la mujer no se sienta tan culpable –. ¿Quieres una foto? ¿Un autógrafo?
- Eso sería genial.
Beca no sabe muy bien a cuál de las dos opciones se refiere, pero pronto se da cuenta de que quiere ambas cuando, después de hacerse un selfie juntas, la mujer procede a sacar de su bolsa los papeles encuadernados en busca de una hoja en blanco.
Beca ve con total claridad que se trata de un guion e intenta que en su rostro no se muestre ningún tipo de satisfacción por ver sus sospechas confirmadas: esa mujer es una actriz conocida.
Sabía que su cara le resultaba familiar, el tipo de familiar de una persona con la que te cruzas habitualmente en el transporte público, o un rostro en un cartel por el que pasas todos los días.
Si Beca tuviera un poco más de cultura audiovisual, probablemente sabría quién es. Pero, por mucho que hayan pasado los años, el gusto de Beca por las películas no ha cambiado nada y ahora mismo está jugando en su contra.
Acepta el rotulador Edding que le tiende la mujer y dibuja con su tinta verde su firma sobre el papel en blanco.
- ¿Cómo se llama? – pregunta, alzando la mirada un segundo hacia la mujer.
- Sarah.
Beca escribe un breve mensaje para la niña y devuelve el Edding con la tapa puesta.
- Muchas gracias – exclama la mujer con una sonrisa radiante.
- No hay de qué.
La mujer se vuelve hacia el compartimento y recoge sus cosas, despidiéndose con un gesto de la mano que Beca corresponde.
Distraída por la curiosidad de saber con quién acaba de hablar, Beca se mueve de manera automática cuando sus manos encuentran el enganche frontal de su maleta y tira de ella hacia el borde del compartimento.
Agradece que sea un viaje corto y una maleta de cabina sea más que suficiente para llevar todas sus cosas, porque lo que más odia de viajar en avión es tener que esperar luego por su equipaje.
Todo el tiempo que te ahorras viajando por aire, lo pierdes luego esperando en las cintas de equipaje viendo millones de maletas diferentes pasar frente a tus ojos sin que ninguna de ellas sea la tuya.
Deposita su maleta sobre el suelo acolchado del avión y, al incorporarse, se da cuenta de que la puerta está abierta y los pasajeros de primera clase ya pueden desembarcar.
Beca se despide con una sonrisa cordial del par de azafatas que están apostadas a ambos lados de la puerta. Rueda su maleta por la pasarela, desactivando el modo avión de su iPhone con la otra mano.
Mientras espera a que todos los mensajes vayan entrando en una avalancha de vibraciones, alza la mirada y ve que, unos pasos más adelante, la mujer del avión parece estar haciendo exactamente lo mismo que ella.
Beca siente su curiosidad crecer más todavía a medida que atraviesan el aeropuerto siguiendo las señales que las guían hacia la salida.
Sabe que no va a quedarse tranquila hasta que sepa de qué conoce exactamente a esa mujer, de modo que desbloquea su iPhone y entra en Google. La búsqueda de "actriz asiática famosa" es bastante genérica, pero es lo mejor que puede hacer en estos momentos.
No se fijó en qué era el guion que había estado leyendo, y la mujer no tenía nada distintivo más allá de su increíble pelo rizado que hiciera más fácil encontrarla en internet.
Le lleva un rato de desplazarse por las imágenes de Google, pero al final encuentra una foto pequeña de ella. Con un gesto de triunfo, pincha con el pulgar sobre ella y lee el titular al que es redirigida.
Sandra Oh es la primera mujer asiática nominada a Mejor actriz principal en los Emmys.
Sandra Oh, repite Beca en su cabeza con un asentimiento. Intenta ignorar el sentimiento de vergüenza por no haberla reconocido a tiempo para poder haberle dicho algo un poco más inteligente que las cuatro palabras que habían intercambiado.
Tendría que haber sido Beca la que le pidiera a ella una foto y un autógrafo, y no al revés. Especialmente porque así podría haberlo usado para darle envidia a Kyle, que hasta hace unos años veneraba el suelo que pisaba la actriz.
Beca rueda su maleta hacia el puesto de alquiler de coches y sus uñas golpean en un ritmo irregular el mostrador de plástico durante la espera para que le den las llaves que corresponden con su reserva.
Minutos más tarde, se dirige al parking de la empresa de alquiler con el mando de un Mercedes en la mano y las indicaciones de que su coche está aparcado en la plaza E-5.
Una vibración en su móvil desvía su atención de la búsqueda del coche, y se olvida de ello un momento mientras saca su iPhone para comprobar que no sea nada importante que se haya perdido por el vuelo.
iamsandraohinsta te ha etiquetado en una publicación
Esboza una sonrisa torcida llena de deleite y ni siquiera se para a leer qué ha escrito Sandra Oh antes de reenviar la publicación a Kyle por mensaje directo.
La respuesta de su asistente es inmediata.
kylewilsonn: OH DIOS MIOOOOOOOOOOO
kylewilsonn: ME MUERO DE ENVIDIAAAAA
kylewilsonn: Con esto asumo que has llegado a Atlanta sana y salva 😝
kylewilsonn: Si no es así, y te han secuestrado, di: MI ASISTENTE KYLE ES EL MEJOR DEL MUNDO Y NO PUEDO VIVIR SIN ÉL
kylewilsonn: Y sabré que tengo que mandar refuerzos
Beca ríe para sí misma y opta para dejar los mensajes para después, una vez esté en la habitación del hotel y cómodamente metida en la cama.
Retoma su paseo por las hileras de plazas del parking y, con cuidado de no rozar la chapa impoluta de los coches, cruza entre un BMW y un Ford para llegar a la fila E. Presiona el botón de abrir del mando y unas luces intermitentes parpadean un par de plazas más allá.
Al identificar el coche que le ha alquilado Kyle, Beca se detiene de golpe en medio del parking.
- Yo le mato – gruñe en voz alta.
Aeropuerto John F. Kennedy, Nueva York
24 de mayo del 2026, 16:29h
Chloe sabe que las nubes tan feas que encapotan el cielo de Nueva York no son buena señal en cuanto las ve por la mañana al despertarse, y refuerza su opinión al casi ser arrastrada por una ráfaga de viento mientras espera al taxi en las escaleras de entrada a su edificio.
De modo que no le sorprende cuando, una vez llega al aeropuerto, se acerca a la pantalla digital en la que están las horas de despegue y las puertas de embarque y ve un "RETRASADO" escrito en amarillo junto al número de su vuelo.
Mira la hora en el móvil y se muerde el labio, inquieta.
La reunión no empieza hasta dentro de cuatro horas, pero Chloe tampoco tiene forma de saber exactamente cuánto va a durar el tiempo de retraso. A veces son solo veinte minutos y otras veces lo van retrasando cada vez más hasta que lo cancelan.
Será justo su suerte que, por comprar un billete tan tardío para que le saliera más barato, vaya a perderse la reunión.
Su mirada nerviosa recorre la terminal en busca de algún punto de información al que poder acercarse a preguntar. Rueda la maleta sobre sus cuatro ruedas a su lado, esquivando justo a tiempo a un grupo de turistas con mascarillas que se cruza en su camino.
Espera pacientemente en la cola que se ha formado frente al puesto de American Airlines y avanza cuando por fin es su turno.
- Buenas tardes – le saluda la azafata con una sonrisa cordial.
- Hola, buenas – Chloe devuelve el saludo de forma menos compuesta –. ¿Se sabe cuánto tiempo va a ser retrasado el vuelo a Atlanta?
La azafata agacha la cabeza y teclea algo en su ordenador, oculto bajo el mostrador.
- El vuelo ha sido retrasado porque hay una tormenta y están esperando a que pase o se suavice lo suficiente como para que sea seguro traspasarla – informa leyendo de la pantalla –. Estiman que alrededor de una hora.
Chloe asiente.
- Pero estas cosas pueden variar – le recuerda la azafata con delicadeza.
- Ya – Chloe esboza una sonrisa, pero es más una mueca –. Gracias de todos modos.
Se aleja del puesto lo suficiente como para no molestar y vuelve a detenerse, mirando a su alrededor. Con un suspiro, se resigna a pasar en el aeropuerto una hora sin hacer nada, si es que esa hora no se convierte en más.
Mira en la pantalla su puerta de embarque, para por lo menos estar cerca no vaya a ser que haya cambios y Chloe no se entere por no estar ahí.
Las señales indican que para las puertas de la C a la H tiene que atravesar uno de los múltiples Duty Free que hay esparcidos por el aeropuerto y, ya que Chloe tiene tiempo de sobra, se para a cotillear un poco.
Huele los perfumes, ojea los libros y las revistas, juega con los peluches y pasa de largo por la zona de dulces porque son de tamaño XXL y a Chloe nunca se le ha dado bien eso de resistir la tentación.
Uno de los dependientes del Duty Free se fija en ella cuando ve a Chloe curiosear sin intención clara de ir a comprar nada y no deja de taladrarla con su mirada, como si creyese que va a intentar robar algo.
Al final Chloe termina por sentirse incómoda e intimidada, y decide continuar el trayecto hacia su puerta de embarque.
Con un café y un muffin de chocolate del Starbucks, toma asiento en una de las sillas metálicas que hay libre. Deposita el vaso de cartón en uno de los reposabrazos mientras saca la funda de los AirPods y su iPhone de su bolso.
Se acomoda todo lo que puede en la incómoda silla metálica y procede a intentar hacer más liviana la hora de espera viendo la serie aleatoria que se había descargado de Netflix porque la imagen de portada le resultaba llamativa.
Entre capítulo y capítulo, Chloe ve los minutos pasar inexorablemente y el nudo de ansiedad de su pecho se va atando cada vez más fuerte alrededor de sus pulmones.
La hora de espera se convierte en hora y media, y Chloe cada vez está más convencida de que no va a llegar a tiempo a la reunión.
Se plantea marcharse del aeropuerto, no subirse al avión, no hacer el viaje a Atlanta. Pero le da tanta rabia dejar plantadas a las Bellas y perder el dinero de los billetes y del hotel que, solo por eso, permanece sentada.
Se muerde el interior de la mejilla hasta que se hace una herida y su lengua se llena del sabor metálico de su propia sangre.
El iPhone vibra en su mano y parpadea para enfocar su mirada perdida en la notificación emergente que aparece en la parte superior de la pantalla. Sale de Netflix para abrir el chat grupal de las Bellas.
Stace (17.45)
Chloe
Dónde estás?
Nos han dicho en recepción que no has hecho el check-in todavía
Chloe (17.45)
Sigo en NY 😓
CR (17.45)
Qué?!
Por qué?
Chloe (17.45)
Han retrasado mi vuelo
Al parecer, hay tormenta y no es seguro despegar
No sé si llegaré a la reunión chicas
Se suponía que solo era 1h de retraso pero ya llevamos más
Y no dan noticias de que vaya a haber avances pronto
Stace (17.46)
Joder…
Bueno, mantennos informadas con lo que sea
Chloe (17.46)
Lo haré! 😊
.
Chloe bloquea el móvil y se lo guarda en uno de los bolsillos traseros de sus vaqueros.
Siente las piernas entumecidas después de estar sentada tanto tiempo y retorcida en cualquier postura que convirtiera esa silla metálica en algo cómodo. Recoge sus cosas y se pone en pie para ir en busca del baño más cercano.
Por el camino, se cruza con una basura y tira en ella el vaso de cartón vacío y el plástico que protegía la base de su muffin.
Tras hacer pis, se lava las manos bajo el grifo automático y observa su propio reflejo en el espejo lleno de manchas de salpicaduras.
Pasa sus manos mojadas por algunos mechones pelirrojos despeinados y tuerce la boca en una mueca decepcionada al fijarse en la simple camiseta blanca y vaqueros rotos que optó por ponerse para viajar.
Esta mañana, al decidir cómo vestirse para el vuelo, contaba con poder pasar primero por su hotel y hacer un cambio rápido de ropa. Hasta había comprado un bonito vestido floreado especialmente para la ocasión.
Ahora, esa opción está completamente descartada y, en caso de llegar a tiempo a la reunión, tendría que ir directa desde el aeropuerto y con lo puesto. El vestido se va a quedar doblado al fondo de su maleta sin quitarle la etiqueta siquiera hasta que vuelva a Nueva York y lo cuelgue de una percha en su armario.
Chloe suspira y coge su blazer negra de donde la había colgado en precario equilibrio del mango estirado de su maleta. Se la pone y, con una última mirada lastimosa a su reflejo en el espejo, sale del baño.
Cuando vuelve a su puerta de embarque ve que la gente se ha levantado de sus sillas y han formado dos filas.
Chloe se apresura a acercarse a la que le corresponde, la de los viajeros sin prioridad, y da dos toques suaves en el hombro de la señora que tiene delante. La mujer se gira hacia ella, billete y carné de identidad en mano.
- Perdona – se disculpa Chloe –, me he ido un momento al baño y parece que me he perdido lo que hayan dicho. ¿Vamos a embarcar ya?
La señora asiente a modo de respuesta y Chloe le da las gracias, rebuscando en su bolso por su cartera para sacar el carné de identidad.
Lo sujeta entre los dientes un momento mientras abre el ticket en la app de American Airlines y prepara el código QR que los azafatos siempre escanean. Por último, vuelve a abrir el chat de las Bellas para darles la buena noticia.
Chloe (17.59)
Ya estamos embarcando!
Si todo va bien, llego a la reunión!
Un poco tarde, pero llego
CR (18.01)
Genial!
Universidad de Barden, Atlanta
24 de mayo del 2026, 20:00h
El reloj del salpicadero de su Mercedes marca las ocho en punto cuando Beca apaga el motor tras haber aparcado fácilmente en una de las plazas vacías del parking trasero del auditorio.
Un vistazo a su alrededor le confirma que todavía no parece haber llegado mucha gente, si la cantidad de coches aparcados es un indicativo fiable.
No quiere ser la pringada que se presente allí la primera, mucho menos ahora que es una persona relativamente conocida y estas reuniones son el lugar perfecto para ser emboscada por los curiosos.
Coge el iPhone del compartimento de debajo de la consola central del coche y se pone a responder emails porque, aunque Kyle se asegurase de dejarle el fin de semana libre, los emails siguen llegando.
Cada confirmación que recibe, cada posible sesión de grabación, cada evento al que es invitada, los va a apuntando en su calendario con todos los datos claramente detallados para evitar confusiones.
En eso está cuando su pantalla se pone en negro y le salta una llamada entrante de Kyle.
- ¿Estás trabajando en tu fin de semana libre? – le acusa su asistente apenas un instante después a que Beca presione el botón de descolgar.
Ni siquiera le ha dado tiempo a colocarse el iPhone en el oído, pero escucha perfectamente la voz exaltada de Kyle a través del pequeño altavoz. Resopla una risa y pone los ojos en blanco.
- Kyle, cuando tienes un negocio no existen los días libres – responde Beca con tranquilidad porque sabe que tiene la carta ganadora en su poder –. La pregunta más bien es: ¿qué haces tú trabajando un sábado por la tarde?
- Por muy triste que sea, yo no tengo nada mejor que hacer un sábado por la tarde que trabajar. Tú, sin embargo, tienes una reunión a la que acudir – le recuerda con cierto retintín burlón –. Y, si no me equivoco, empieza justo ahora.
La mirada de Beca se desliza hasta el reloj del Mercedes y ve que ya han pasado diez minutos desde que aparcó.
- Ya ha empezado, de hecho.
- Espero que no estés pensando en escaquearte.
Beca bufa y echa la cabeza hacia atrás hasta que su coronilla golpea el reposacabezas de cuero de su asiento.
- Si estuviera planeando escaquearme no me habría molestado en venir hasta Atlanta, lo habría hecho desde la comodidad de mi propia cama. Solo estaba haciendo un poco de tiempo para evitar ser emboscada.
- ¿No estás con las Bellas?
Beca emite un ruido de negación y ladea la cabeza para poder mirar a través de la ventanilla tintada del Mercedes. Sus ojos escanean el parking, siguiendo las figuras que cruzan la explanada de asfalto en dirección al auditorio.
Ninguna le resulta conocida y, una vez más, se pregunta a sí misma qué demonios está haciendo aquí.
- Hablé con Stacie por la mañana y quedamos en que nos veríamos aquí – responde de manera distraída –, y el vuelo de Chloe fue retrasado así que llegará tarde, si es que llega.
Justo en ese momento, como si las hubiera invocado al pronunciar sus nombres, ve el viejo coche de Cynthia Rose entrar en el parking. Sigue siendo inconfundible, con su color amarillo pollo, y le hace contener una risa.
Cynthia Rose aparca dos filas más allá, más cerca del auditorio que donde está Beca, quien escogió una plaza en el fondo precisamente porque sabía que nadie se iba a molestar en buscar sitio tan lejos si había libres más adelante.
Rápidamente, pasa a sujetar el móvil entre su hombro y oreja y con la mano libre hace girar la llave en el contacto solo un paso, lo suficiente como para poder hacer señales con las luces a las chicas.
- Oye, Kyle – corta a su asistente a mitad de lo que le estuviera contando y a lo que no estaba prestando atención –. Tengo que irme, las chicas acaban de llegar.
Ve a Stacie mirar en su dirección, confusa, y presiona dos veces el claxon en una sucesión corta. Stacie da un brinco y sonríe, girándose a decirle algo a Cynthia Rose en tono excitado, quien también se gira a mirar.
- Vale, pero intenta disfrutar de la noche. No te quedes en una esquina lanzando miradas fulminantes a todo a quien se te acerque.
- Yo nunca hago eso – resopla Beca. Vuelve a apagar el coche por completo y, al retirar las llaves del contacto, recuerda la cuenta pendiente que tiene con Kyle –. Por cierto, no te creas que te has librado. Cuando vuelva a Los Ángeles hablaremos seriamente de tu pequeña bromita.
- ¿Sabes ya lo de la subasta? – Kyle suena tan sorprendido que, por un instante, Beca se olvida de procesar lo que ha dicho.
- ¿Qué? No – musita, confusa. Sacude la cabeza y frunce el ceño –. Me refería al coche que me has alquilado, ¿de qué subasta me estás hablando?
- Oh, te cortas – exclama Kyle con una ligera nota de pánico en su voz.
- ¡Kyle! ¿Qué subasta? – presiona Beca en un gruñido.
- ¡No te oigo! – la voz de Kyle suena lejana, como si estuviera sujetando el móvil todo lo lejos que le permitiera su brazo estirado –. ¡Adiós! ¡Pásalo bien!
Su asistente corta la llamada de golpe antes de que Beca tenga oportunidad alguna de intentar sonsacarle más información sobre esa supuesta subasta de que la que ella no sabe absolutamente nada.
Pero Beca no tiene mucho tiempo de maldecir a su asistente porque unos golpeteos insistentes en la ventanilla de su Mercedes casi le hacen tener un ataque al corazón.
Se gira y ve la sonrisa de Stacie presionada contra el cristal, usando sus manos como visor para proteger sus ojos del reflejo del sol bajo de la tarde y poder así ver a través del tinte que oculta el interior.
Beca no puede evitar olvidarse de su enfado y soltar una risa. Coge su cazadora de cuero negra y su pequeño bolso del asiento del copiloto, y le hace un gesto a Stacie con la mano para que se aparte.
Apenas abre la puerta un centímetro cuando Stacie tira de ella por el manillar exterior y la abre de golpe.
- Beca Mitchell – exclama con una amplia sonrisa.
- Stace – ríe Beca, deslizándose desde su asiento hasta el suelo con extremo cuidado de que su vestido no revele nada que no deba revelar.
Está tan acostumbrada a que siempre haya algún fotógrafo malintencionado preparado para capturar un descuido, que no se para a pensar en que está en su vieja universidad y aquí no hay nadie interesado en vender fotos de sus bragas.
- No sabía que eras el tipo de persona que conduce todoterrenos – se burla Stacie, repasando con la mirada las líneas firmes del Mercedes Clase G.
- No lo soy. Precisamente por eso mi asistente pensó que sería muy gracioso alquilarme uno – responde Beca algo rencorosa.
Se ve atraída a un abrazo asfixiante en el que su cara, para variar, acaba hundida en el escote de Stacie mientras la Bella la zarandea de lado a lado y le grita en el oído que es amor acumulado que no ha podido darle porque hace siglos que no se ven.
Cuando por fin la suelta, Beca está tan mareada y falta de aire que casi no reconoce a Cynthia Rose.
- ¡Tía! ¡Tu pelo!
Antes de poder pensar en lo que está haciendo, se ve a sí misma alargar una mano para coger una de las sedosas trenzas en las que Cynthia Rose ha recogido su larga melena y que caen como una cascada morena salpicada de destellos metálicos allí donde se ha puesto aros y adornos.
- ¿Te gusta? – pregunta CR con un movimiento de cabeza para echárselas por detrás del hombro.
- ¿A que le queda divino? – coincide Stacie, sonriendo con orgullo.
- Me encanta – exclama Beca, asintiendo –. Pero no me lo esperaba tan largo, por eso me ha sorprendido tanto.
- Tú también lo llevas bastante largo – observa Cynthia Rose, dando un suave tirón a las puntas casi rubias de Beca que le llegan hasta mitad de la espalda.
Beca sonríe y ambas se funden en un breve abrazo bajo la mirada radiante de felicidad de Stacie.
- La moraleja de todo esto es que no podemos estar tanto tiempo sin vernos – declara Stacie, estirando sus brazos hasta que cada uno cae en los hombros de Beca y CR y las hace caminar hacia el auditorio.
- Es que la última vez fue… – Cynthia Rose guiña los ojos, intentando recordar.
- En mi cumpleaños – completa Beca por ella –. Vinisteis a LA a celebrarlo aunque yo os dije claramente que no quería hacer nada especial – sus ojos en blanco son más una muestra de cariño que de fastidio.
- Eran tus treinta, Bec – le recuerda Stacie, zarandeando sus hombros con su brazo –. No podíamos dejar que lo pasaras sola y encerrada en casa.
- Entonces, desde… – recapitula CR –. Año y medio. No llega a dos, porque tú cumples en septiembre.
Beca asiente. En aproximadamente cuatro meses cumplirá treinta y dos años, y lo peor de todo es que no sabe exactamente cuándo ha pasado todo ese tiempo porque ella se quedó estancada en los veinte.
Stacie suspira, probablemente pensando en lo mismo.
- Nos hacemos viejas, chicas – sentencia.
- Vosotras os hacéis viejas – rebate Beca –. Tú eres madre desde hace seis años – señala a Stacie con un gesto de la mano y la Bella suspira, aunque ahora de forma cariñosa –, y CR lleva casi… – hace el cálculo mental rápidamente y se sorprende con el resultado –, diez años felizmente casada.
- Es que… Ya te vale, tía – bromea Stacie, chocando caderas con Cynthia Rose.
- Yo sigo exactamente igual que cuando veníamos a ensayar aquí todos los días – termina de decir Beca.
- Los Grammys en tu estantería no están de acuerdo con eso – comenta Cynthia Rose, haciendo un gesto circular hacia la morena con su dedo índice.
Beca pone los ojos en blanco.
- Eso no cuenta – desestima, barriendo las palabras del aire con la mano –. No puedo hablar con los Grammys cuando llego a casa por la noche.
Cynthia Rose le dedica una mirada compasiva y tuerce el rostro.
- Es curioso que estéis hablando de esto precisamente hoy – interrumpe Stacie en tono pensativo mientras retira sus brazos de sus hombros cuando alcanzan la pesada puerta del auditorio.
Beca reprime un escalofrío al notar la brisa de la tarde traspasar la fina tela de su vestido veraniego.
- ¿Curioso por? – inquiere. Se descuelga la cadena de su bolso y mete los brazos por las mangas de su cazadora de cuero.
Agradece con una sonrisa que Stacie mantenga la puerta abierta para que pasen, y la escuchan retumbar a sus espaldas al cerrarse tras ellas.
Las tres se quedan un instante paradas en la entrada del auditorio, sintiendo caer sobre ellas un bombardeo de cientos de recuerdos acumulados durante cuatro años visitando este sitio casi a diario.
- ¿Cómo es posible que siga exactamente igual? – pregunta Cynthia Rose en un murmullo maravillado.
Y tiene razón, porque a pesar de los diez años que han pasado, todo sigue igual. Beca casi tiene la impresión de que está de vuelta en su época de universitaria y este es solo un día más de ensayos de las Bellas.
Sin embargo, la ilusión se rompe al ver el cartel que cuelga de esquina a esquina en una de las paredes, dando la bienvenida a la reunión de los diez años a la promoción del 2015-2016, y la mesa justo debajo con bebidas y comida.
También han montado un pequeño escenario en el espacio libre que han dejado las gradas al haber sido guardadas.
Ya hay bastante gente repartida por el espacio libre, agrupadas en corros mientras hablan entre ellos tranquilamente. De fondo, pueden escuchar una lista de reproducción de las canciones que estaban de moda en su último año en Barden.
Beca se repone de ese breve viaje al pasado con un parpadeo y una sacudida de cabeza.
- ¿Qué estabas diciendo antes? – pregunta, girando la cabeza para mirar a Stacie.
La Bella frunce el ceño, habiendo perdido ya el hilo de la conversación, pero solo necesita pensarlo un momento antes de que su rostro se aclare al recordar en qué estaba pensando antes del déjà vu de entrar al auditorio.
- Ah – exclama, chascando los dedos –. Nada, que me parece curioso que estuvierais hablando de eso precisamente hoy porque…
Pero Stacie no tiene oportunidad de terminar su pensamiento ya que, una vez más, son interrumpidas.
Solo que esta vez no es por los recuerdos, sino por una mujer de pelo rizado color zanahoria que se planta frente a ellas con los brazos estirados y una sonrisa tan amplia que cualquiera diría que la conocen de algo.
- ¡Chicas, qué alegría que hayáis venido! – La forma que tiene de recibirlas es tan familiar que las Bellas dudan y se quedan paralizadas, ninguna queriendo ser la que admita que no tienen ni idea de quién es.
- Eh, sí, claro… – responde Cynthia Rose, sonriendo forzadamente.
- ¿Qué tal está la pequeña Bella? – pregunta mirando a Stacie –. ¿La has traído?
- No, se ha quedado en casa con mi madre – el tono de Stacie hace sonar su contestación más como una pregunta que como una afirmación, sus ojos guiñados mientras mira fijamente a la mujer de pelo rizado.
Por fin, la mujer parece darse cuenta de que no se acuerdan de ella y deja escapar una escandalosa carcajada.
- Perdonad, quizá debería haber empezado con mi nombre – se disculpa –. No todas seguimos como si no hubieran pasado los años por nosotras – les regala un guiño un tanto torpe y las Bellas ríen, aunque no sin cierta incomodidad.
Se retira el chal vaporoso que cuelga alrededor de su cuello y destapa la típica pegatina roja y blanca en la que pone "Hola, mi nombre es:" que lleva pegada sobre la camisa. En el rectángulo blanco ya está escrito su nombre en un garabato de tinta negra.
- Soy Christie – se presenta, posando una mano sobre su pecho –. Fui la delegada de nuestra promoción los dos últimos años. Soy la que ha organizado todo esto – hace un gesto circular con la mano para abarcar el auditorio.
Las tres Bellas estallan en sonrisas y exclamaciones de reconocimiento, pisándose las unas a las otras en sus disculpas por no haberla reconocido.
- No pasa nada – Christie agita una mano para tranquilizarlas –. El paso de rubia a pelirroja te cambia mucho la cara, o eso dicen – otro guiño conspiratorio y una risa.
Su atención cae en Beca y vuelve a llevarse la mano al pecho, su rostro contraído en una mueca de afecto.
La morena cambia de peso de un pie a otro, incómoda.
- Beca, no sabes lo mucho que me alegró ver que ibas a venir – dice en tono afectado –. Tu generosidad esta noche no va a pasar desapercibida – le da un suave apretón en el brazo y parpadea, sus ojos húmedos.
Beca sonríe y traga saliva, en pánico absoluto en su interior. Espera que no se note que sigue sin tener ni idea de quién es esa mujer y es todo un acto.
- ¿Mi generosidad? – pregunta, su voz tan delicada como siente que es su control y comprensión de la situación en la que se encuentra.
- Me sorprendió mucho cuando tu asistente me dijo que estarías más que encantada de participar – asiente Christie –. Aunque siempre sospeché que tenías un corazón de oro – se lleva un dedo a la nariz y se da un par de toquecitos, sonriente.
Beca deja escapar una risa un tanto seca, pero Christie no se da cuenta porque parece que va flotando en su nube particular.
- Bueno, os dejo para que os reencontréis con el resto de vuestros compañeros – exclama con una palmada que sobresalta a las Bellas –. La comida y la bebida está por allí – les indica –, y si queréis vuestras propias pegatinas la mesa de manualidades está justo al lado.
Se despide con un último guiño y la observan emboscar al siguiente grupo de recién llegados con cierta preocupación.
- Ninguna nos acordamos de ella, ¿verdad? – dice Stacie en voz suficientemente alta como para que solo la escuchen sus amigas.
- Ni idea – niega Beca, aliviada de no ser la única.
- Yo creo que no la había visto nunca en mi vida – responde Cynthia Rose, curvando sus labios hacia abajo.
- Seguro que Chloe sabría quién es – comenta Beca.
- Chloe sabría quién es toda esta gente – Stacie le da la razón con un asentimiento distraído. Sus ojos verdes recorren el auditorio y parece perdida por un momento –. ¿Dónde están los frikis de la a cappella? No reconozco a nadie – exclama, confusa.
- Vamos a necesitar alcohol para sobrevivir a esto – declara Cynthia Rose, observando ella también a la gente del auditorio como si se encontrasen en territorio hostil.
- Esa es la primera idea buena que escucho en todo el día – Beca señala a CR con un dedo y asiente.
Con mucho cuidado de no ser separadas, atraviesan el auditorio hasta declarar como suyo el lateral de la mesa que tiene todas las botellas de vino y los refrescos. Stacie se coloca detrás y saca a relucir sus habilidades como camarera al servir tres copas.
- Oye, ¿y se puede saber en qué has aceptado participar? – pregunta CR de repente, girándose hacia Beca.
La morena alza la mirada de donde la tenía clava en el fondo de su copa y suelta una risa sarcástica.
- ¡Eso mismo me pregunto yo! Pero habiendo conocido a nuestra amiga Christie… – dice, señalando con un gesto de barbilla hacia la mujer en cuestión –. Me temo lo peor.
Cuando se giran hacia Stacie, ven que está sujetando en una mano su copa de vino blanco y, con la otra, escribe frenéticamente algo en su móvil.
- ¿Qué haces? – pregunta CR.
- Mandar un S.O.S. – responde Stacie con simpleza.
El iPhone de Cynthia Rose deja escapar un pling en cuanto Stacie deja de escribir, y el de Beca vibra sobre su cadera, dentro del bolso. No se molesta en sacarlo porque Stacie gira la pantalla de su móvil para que puedan leer qué ha escrito.
Beca bufa una risa.
Stacie (20.24)
CHLOEEEEEEE
Dónde estás?
Necesitamos tu asistencia
No conocemos a nadie de esta gente :((((
SOS
.
- Oh, lo decías literalmente – dice Cynthia Rose con una risa.
El iPhone de Stacie vibra y una burbuja de mensaje aparece abajo del todo en el chat grupal. Las cejas de Beca se arquean y coge la muñeca de la Bella para que esté quieta y pueda leer mejor lo que pone.
Siente una pequeña agitación nerviosa en su pecho al ver quién lo manda.
- ¡Es Chloe! – exclama –. Acaba de aterrizar y viene para aquí ya.
- Salvadaaaas – canturrea CR aliviada.
Brindan las tres con sus respectivas copas y Beca deja que su mirada vague por el auditorio. Algunas caras le resultan vagamente familiares, pero no lo suficiente como para acercarse a entablar conversación con ellos.
Probablemente solo los conozca porque coincidieron en una clase o fueron sus vecinos el año que vivió en Baker Hall.
Matan el tiempo poniéndose al día y burlándose del ocasional ridículo del que son testigos desde la seguridad que proporciona la distancia. El vino blanco fluye por sus copas y los mensajes de Chloe siguen llegando al móvil de Stacie, detallando cada avance por su parte.
Cuando les avisa de que está a cinco minutos del auditorio y de que va con la maleta, Cynthia Rose propone que salgan a darle la bienvenida y así puede guardar su maleta en el maletero de alguno de sus coches.
Desfilan hacia la puerta, pero alguien retiene a Beca con una mano en su hombro antes de que puedan salir del auditorio.
Se gira a ver quién ha sido y se encuentra con la sonrisa ilusionada de Christie.
- Beca, ¿te importa que te robe un momentito?
Beca mira a las Bellas y sus ojos están llenos de alarma, gritando socorro en cien idiomas diferentes.
- Claro – acepta, devolviéndole la sonrisa a Christie como buenamente puede.
La mujer da un pequeño brinco de emoción y le pide que la siga. En cuanto le da la espalda, Beca se gira a las Bellas y, sin emitir sonido alguno, les pide que se den prisa y vuelvan a rescatarla lo antes posible.
Cynthia Rose le devuelve una mirada algo asustada y Stacie le promete que serán rápidas.
Christie guía a Beca hacia el escenario mientras no para de parlotear sobre algo a lo que Beca no está prestando atención alguna porque su mente está ocupada intentando crear una excusa convincente para marcharse de allí.
- …tar a subastarte es de lo más generoso – le dice Christie.
Beca asiente, pero algo en su cerebro le indica que esas palabras son importantes y debería escuchar. Deja de planear su escape y parpadea para centrarse en la voz aguda de la mujer.
- …y todos los beneficios recaudados se donarán a esa organización – está explicando en ese momento.
- Espera, espera – pide Beca, alzando una mano. Christie se calla inmediatamente y si Beca hubiera sabido que era tan fácil hacerla callar lo habría hecho mucho antes –. ¿A qué organización?
- Un fondo de becas estatal para niños en posiciones económicas de riesgo.
- ¿Y qué es lo que se supone que voy a hacer exactamente?
- Vamos a subastarte – responde Christie como si fuera lo más obvio del mundo. Luego, ríe para sí misma de esa forma que parece decir "tonta de mí" y sonríe –. Bueno, técnicamente vamos a subastar una cena contigo a la persona que más dinero done.
Beca abre la boca, pero le es tan difícil hacerse a la idea de lo que acaba de oír que tiene que volver a cerrarla y frotarse la frente con un resoplido.
- ¿Es una broma, no? – ríe al final.
- No – Christie en ningún momento se da cuenta del problema, y sigue igual de ilusionada que siempre –. Es el gran evento de la noche, todo el mundo está esperando a que empecemos. ¿Por qué crees que ha venido tanta gente si no?
- ¿Porque tienen vidas tristes y aburridas? No lo sé, Christie – responde Beca, exasperada.
- Eso… Eso no es muy amable – por primera vez, Christie parece consternada.
Beca suspira y se presiona el puente de la nariz, intentando con todas sus fuerzas no perder los nervios.
- ¿No puedo donar yo el dinero directamente y nos olvidamos de todo esto? – sugiere lo más amablemente que puede.
Christie parece olvidarse de todo y suelta una risotada.
- ¿Y dónde está la gracia en eso? – exclama.
Se marcha hacia el centro del escenario riéndose para sí misma, y Beca se fija en el micrófono que ha aparecido en su mano derecha como por arte de magia cuando ya es demasiado tarde.
La música se corta de golpe y Christie se acerca el micrófono encendido a la boca con un pitido estático.
- ¿Uno, dos? ¿Se me escucha bien?
De los asistentes surge un murmullo generalizado de afirmación y Beca maldice. Para una vez que todos los aparatos electrónicos funcionan correctamente a la primera, y no es cuando a Beca más le conviene.
- ¡Alumni de Barden! – exclama Christie con su habitual felicidad –. ¿Sabéis cuál es la probabilidad de que alguien de vuestra promoción luego se haga famoso? Pues yo tampoco – se ríe de su propio chiste y sigue adelante –. Pero lo que sí sé es que nosotros fuimos muy afortunados de ser la excepción.
La hace un gesto a Beca con la mano para que se ponga a su lado, pero Beca se mantiene congelada en el sitio como si se acabase de olvidar de cómo se anda.
Es curioso que alguien como ella, que además de actuar habitualmente frente a grandes públicos durante la universidad, luego estuvo cuatro años haciendo tours mundiales en estadios con capacidad de diez mil personas, pueda tener miedo escénico.
Pero eso es precisamente lo que está ocurriendo.
- No solo tuvimos el privilegio de ver a Beca Mitchell convertirse en la súper mujer que es hoy, sino que además Beca nunca se ha olvidado de sus raíces y nos ha dado el gran regalo de poder contar con su presencia en esta noche tan especial.
Al ver que Beca no tiene intención alguna de moverse, Christie se acerca a ella en un par de largas y poderosas zancadas. Su mano la agarra de la muñeca y la arrastra a donde un solitario foco dibuja un haz de luz sobre la madera vieja y arañada del escenario.
De golpe, como si le acabase de caer un rayo encima, Beca se acuerda de Christie.
Recuerda acabar de bajarse del taxi la primera vez que pisó Barden y ser prácticamente asaltada por una excitable rubia que le ofreció un silbato anti-violaciones e indicaciones para llegar a Baker Hall.
Siente el mismo terror y repulsión contenida hacia ella que sintió en su día cuando estuvo a punto de hacer sonar el silbato en su cara a pesar de que le había advertido que solo debía usarlo en emergencias reales.
- Y, por si eso no fuera suficiente, ha decidido participar en una pequeña obra benéfica para ayudar a niños que no tengan los recursos suficientes para pagarse una educación.
Christie hace una pausa para escuchar los aplausos repartidos de su audiencia y sonríe.
- De modo que, sin más dilación, ¡empezamos con la subasta! – anuncia –. Aquella persona que done más dinero a esta causa tan honrada podrá asistir a una cena privada con Beca Mitchell.
Eso parece generar más reacción en los asistentes a la reunión que todas las palabras que han caído de la boca de Christie hacia el momento.
El murmullo del público llega a oídos de Beca y por fin le hace reaccionar. Le arrebata el micrófono a Christie y esboza una sonrisa que, espera, sea mucho más amable de lo que ella se siente ahora mismo.
- Un momento, un momento – pide, acallando los murmullos cuando todo el mundo se gira a mirarla –. Si voy a hacer esto, quiero establecer unas reglas base primero.
Escucha los ruidos de decepción en el público y sonríe.
- Precisamente por eso, no quiero que nadie se haga falsas ilusiones – señala en la dirección general de los asistentes –. Será una cena de dos horas, no sea que me aburráis mucho con vuestras vidas – bromea.
Se pausa un instante para dejar que las risas se apaguen por sí solas, y alza un segundo dedo para marcar la siguiente regla:
- Podréis preguntarme sobre lo que queráis menos sobre mi vida privada, porque es privada por algo.
Se encoge de hombros ante los abucheos, recibiéndolos con una sonrisa, porque eran de esperar. La gente solo quiere hablar con famosos principalmente para conseguir cotilleo antes que el resto del mundo.
Alza un tercer dedo.
- No va a pasar nada después. Estáis comprando una cena conmigo, no a mi vagina – les recuerda con un guiño.
Una mezcla de silbidos y risas llena el auditorio.
- ¿Y si te gusta? – pregunta la voz indeterminada de un hombre.
Beca ríe para no bajarse del escenario y darle un puñetazo a ese tío.
- Te prometo que tú serás el primero en enterarte – le responde con voz peligrosamente dulce.
Una vez ha dejado claras sus reglas y parece que todo el mundo ha comprendido el funcionamiento básico del juego, Beca decide dar por comenzada la subasta.
- Venga, empecemos por lo bajo porque no veo que tengáis mucha pinta de poder poneros a tirarme billetes – bromea –. ¿Quién da veinte dólares por mí?
